Musica vienesa

Viena es la ciudad donde mejor música se puede «ver» y oír.

Su Ópera sólo es comparable a la de Nueva York. ¿Se imaginan ustedes ver y oír en la misma semana de noviembre Aida, El rapto en el Serrallo, El elixir de amor y La Flauta Mágica?

La variedad y calidad de sus conciertos sólo son equiparables a los de Londres, donde se pueden degustar toda clase de ellos, desde los de música antigua y barroca en sus maravillosas iglesias hasta los más actuales en sus grandes salas.

En Viena, además, han nacido y vivido, o al menos esto último, que es lo que verdaderamente importa, compositores como Hayden, Mozart, Beethoven, Schubert, Strauss, Mahler, Schomberg…

La Orquesta Filarmónica de la ciudad pasa por ser la mejor del mundo. Esta costumbre moderna, tomada del deporte, de los números uno, no es procedimiento aplicable a las Bellas Artes. Pero si no la mejor, es, indudablemente, una de las primeras. Y más si interpreta a dos compositores vieneses como Mozart y Schubert. Por eso, hace poco, al acudir en Madrid a un concierto de la Filarmónica de Viena donde se «hacía» música de estos dos compositores, se podía decir en verdad que uno iba a pasar una tarde de «música vienesa».

La primera parte del concierto, organizado por Ibermúsica, consistía en la interpretación de la Sinfonía n.º 36 en Do Mayor «Linz» de Mozart; la segunda, en la de la Sinfonía n.º 9 en Do mayor de Schubert.

Es difícil transmitir cómo «sonó» la orquesta, indudable especialista en interpretar a estos dos genios de la música. Porque la buena interpretación requiere, entre otras, dos condiciones básicas: la primera es hacer llegar al oyente el mensaje que el artista quiso dejar a la humanidad para la posteridad; mensaje de alegría o de tristeza, de paz o de melancolía, de amor o de odio. Y la segunda, que se oiga a la orquesta unida, pero sin perder la melodía de cada familia de instrumentos. Es decir, que el quedar un todo unido no vaya en demérito de la variedad y no resulte todo «borroso y difuminado», como decía en ocasiones el gran filósofo y músico español D. Manuel García-Morente.

Esto lo logra perfectamente la Orquesta Filarmónica de Viena, muy bien dirigida por el gran maestro italiano Ricardo Muti, que supo conseguir unos empastes perfectos, unas entradas exactas, unos silencios sobrecogedores.

La Sinfonía n.º 36 de Mozart no es de las más conocidas, pero en este genio hasta la música menos conocida es maravillosa y subyugante cuando se la oye así interpretada. Además, a mí me gustan más las sinfonías en tono mayor que en tono menor, porque son menos melancólicas que las otras en obras como ésta que de suyo está teñida de melancolía.

La 9.ª Sinfonía de Schubert es una de mis preferidas de todo el sinfonismo. También en Do mayor, se la conoce con el sobrenombre de «La Grande» y jocosamente con el nombre de «La inacabable» porque su duración es de aproximadamente una hora, lo que contrasta con su anterior sinfonía, la llamada «Inacabada» cada vez con menos propiedad.

La sinfonía es a la vez clásica y romántica, lírica y grandiosa, pero hay que interpretarla muy bien para que no resulten sus desarrollos algo reiterativos. Pero claro, cuando una orquesta tiene un oboe como éste, el segundo movimiento se hace cortísimo.

El público oyó embelesado el concierto. Como éste no se oye en Madrid más que de vez en vez. En Viena, todos los días. ¡Ah, qué envidia!