Las mujeres de hoy vistas por Marsillach

Luis Núñez Ladevéze

Autor: Adolfo Marsillach.
Obra: «Feliz aniversario».
Teatro: Marquina de Madrid.
Precio: 1.900 pesetas.
Dirección: Adolfo Marsillach.
Reparto: Julia Gutiérrez Caba, Alberto de Mendoza, Pilar Bardem, Ana María Barbany, Roberto Mosca, Blanca Marsillach.


No es Adolfo Marsillach un escritor que se haya acercado al teatro desde la literatura. Más bien habría que considerarle como un hombre de teatro, nacido en las tablas y educado en la escena. No es por eso meramente un director ni tampoco un gran actor. Es todas y cada una de las facetas simultáneamente. Como hombre del teatro conoce todos sus aspectos y animado por su propia delectación todos los cultiva. De tarde en tarde, el director-actor se convierte también en autor.

No se puede discutir en abstracto la capacidad histriónica de Marsillach ni tampoco su destreza organizativa como director de actores y creador de escenas. En abstracto están sobradamente demostradas, y en concreto habría que estudiar el modo de realizar su labor en cada caso.

Pero de todas las facetas cultivables por hombres de teatro, la de autor es la más autónoma y lejana. Porque para ser autor de teatro no se necesita haber nacido entre los apuros del escenario. Ser dramaturgo es, esencialmente, ser escritor, y sólo accidentalmente ser hombre de escena. Entre nuestros principales hombres de teatro algunos son escritores que aprendieron luego las artes de la escena, como Alonso Millán, y otros, son hombres de teatro en los que afloró la inquietud de escritor, como Francisco Nieva y Adolfo Marsillach.

Este Feliz aniversario, escrito por Marsillach en uno de esos momentos en que de tarde en tarde sufre la vocación de escritor, es una obra concebida por alguien que conoce el teatro a partir de la bambalina pero que no escribe con la ansiedad del dramaturgo que estima su obra como un instrumento de su creatividad intelectual. No trato de apuntar ningún demérito, sino de establecer una distinción entre actitudes diferentes. Marsillach propone una obra amable, concebida para entretener más que para padecer, en el sentido en que, sin olvidar a los modernos, los clásicos ligaban el «padecer» del auditorio a la liberación de su pathos profundo.

Marsillach invita a la reflexión del espectador, pero no tras cautivarle en la intensidad del conflicto o en la penetración de la descripción. Él utiliza el escenario con la habilidad de quien conoce las artimañas del tinglado, y escribe, sin complicarse ni complicar a la audiencia, con la suavidad y ligereza de quien se siente cómodo bogando en aguas tranquilas, a poder ser cerca de la costa.

Feliz aniversario no es una comedia ligera, ni un vodevil, ni un drama, ni una comedia de costumbres. Es una pieza de autor concebida para entretener y describir, una excusa para saltar de un plano de actividad a otro en el que los gajes del oficio se convierten en instrumentos que sustituyen con eficacia y habilidad las limitaciones de la creatividad literaria del dramaturgo.

La intriga es simple, sin complicaciones, lineal y descriptiva. Se trata de mostrar al espectador el itinerario de una persona representativa de la clase de profesional liberal más corriente del ambiente urbano. Una clase ascendente, acomodada, pero más gracias al trabajo personal que a las rentas familiares, cuyos orígenes son muy similares a su porvenir, aunque han sido desigualmente repartidos entre hombres y mujeres. Porque la protagonista, Lidia Constanza, es una mujer de nuestro tiempo a la que el autor sorprende en la crisis de un aniversario que acapara medio siglo de existencia. En medio siglo ocurren muchas cosas, y Marsillach se ocupa en contarnos, en breves pinceladas, que son ráfagas del mundo interior del personaje y descripciones costumbristas de época, lo que ocurre en ese intervalo de tiempo. Lidia Constanza descubre el amor, llega al matrimonio, se repliega a las labores domésticas, tiene una hija a través de la cual el autor refleja el prototipo de la juventud desarraigada de este final del milenio, se cansa de su vida dependiente, descubre la amargura de la infidelidad, el deseo de la realización y la independencia y la oportunidad de replicar con infidelidad al marido infiel.

Se trata de pinceladas eficaces, retazos breves para una vida muy larga, en las que el ingenio humorístico consigue suscitar la sonrisa y, a veces, la risa del espectador.

La cosa, pues, funciona, porque Marsillach además de ser hombre de teatro tiene la suficiente desenvoltura literaria como para poner sus conocimientos del oficio al servicio de su afición como autor. Pero no sería justo pasar por este examen sin reparar en los quiebros con que el hombre de teatro facilita su labor al dramaturgo ocasional.

Tablas

Esa larga descripción, resuelta en pinceladas, aparentemente amables aunque cuajadas de amargura y pesimismo, es materia fácil de hilvanar que apenas compromete la pericia del costurero. El truco es ingenioso y refleja por sí solo las tablas del escritor. Lidia Constanza dialoga con el público y representa escenas fugaces con los personajes que compartieron su vida. Nunca vemos en la escena más de dos protagonistas del diálogo. Marsillach los presenta uno a uno, los introduce y los retira como para evitar complicaciones. Y, efectivamente, las evita. El conjunto se hace simple y ligero, como si fuera un guión de telecomedia, esquemático pero habilidoso.

Lidia Constanza es Julia Gutiérrez Caba, y con eso está todo dicho. La dirección es de Adolfo Marsillach, y también con eso está dicho todo. La combinación de una actriz como Gutiérrez Caba con un director como Marsillach habla por sí sola, e invita a ahorrar el comentario. Pero no lo voy a hacer. Hay que saborear la capacidad de la actriz para expresar matices, para moverse por el escenario como si realmente hablara con el testigo mudo que la contempla, para convertir su desnuda presencia en una presencia múltiple, para actuar sin tener nada que hacer y para decir con una sola frase mucho más que una sola frase. Mientras Gutiérrez Caba esté en la escena, moviéndose de aquí allá, llevada por la mano diestra de un director oculto, no hay cuidado de que la escena se hunda. Y Gutiérrez Caba nunca abandona la escena.

Después están los demás: la eficaz Ana María Barbany, en su papel de Renata, y Blanca Marsillach, muy natural representando a Laurita. En general, todos bien, salvando las distancias. Sobre el conjunto, nada que objetar, pero sí que resaltar la labor de una actriz sin parangón.