Las arenas movedizas del Sáhara

El día 6 de septiembre se habrá producido algo que desde hace diez y seis años muchos esperaban: las armas dejarán de tener la última palabra en el Sahara Occidental y se iniciará un proceso político que deberá concluir en la tercera semana de enero con un referéndum de autodeterminación. Por fin, los esfuerzos coordinados de Naciones Unidas, la Organización de Unidad Africana (OUA), la Liga Árabe e incluso las partes beligerantes (Marruecos y el Frente Polisario) empezarán a dar frutos.

Alberto Míguez

En esta primera semana de septiembre se instalará en El Aaiún, capital de la ex-colonia española, Johannes Manz, representante del secretario general de Naciones Unidas, encargado de organizar el referéndum junto con dos mil observadores, civiles y militares, cuya misión inmediata será controlar la retirada de las columnas del Frente Polisario a sus ««santuarios»» argelinos de Tinduf y de una parte de las tropas marroquíes (más de 100.000 hombres están desplegados en la actualidad, y deberán reducirse a 65.000), establecer las listas electorales a partir del viejo censo elaborado por España en 1974 y, finalmente, organizar y fiscalizar los comicios.

El rey Hassan II ha dado prueba de enorme coraje político al aceptar que las «provincias del Sur», ocupadas en la segunda mitad de los años setenta y consideradas como «inalienablemente marroquíes», puedan ser objeto ahora de una consulta.

Lo menos que puede decirse de los dirigentes marroquíes y de los del Polisario es que, pese a todas las dificultades añadidas para alcanzar el alto el fuego, han hecho una serie de concesiones inconcebibles hace apenas unos meses, lo que pone de manifiesto no sólo la voluntad política compartida de alcanzar la paz lo antes posible, sino también y sobre todo la esperanza de encontrar una salida al problema que no excluya a nadie. Conviene, sin embargo, no ser excesivamente optimistas ni cándidos: este problema, que dura dieciséis años, no será fácil de resolver en unas semanas. Ni siquiera es seguro que el referéndum lo resuelva definitivamente. Las arenas del Sahara siguen siendo peligrosas y movedizas para quienes las transitan o para quien quiere quedarse definitivamente en ellas y con ellas.

El rey Hassan II ha dado prueba de enorme coraje político al aceptar que las «provincias del Sur, ocupadas en la segunda mitad de los años setenta y consideradas como «inalienablemente marroquíes», puedan ser objeto ahora de una consulta. Se trata, obviamente, para los marroquíes y para el propio rey, de un «referéndum de confirmación» (de la marroquinidad) de estos territorios, pero nadie debe excluir que los resultados puedan ser adversos. Hay antecedentes históricos mucho más graves, como, por ejemplo, los referéndum organizados por los generales uruguayos o por el propio Pinochet para permanecer en el poder, y en los que fueron derrotados por goleada. Claro que comparar a Hassan con Pinochet es política y moralmente un disparate, como lo sería comparar las sociedades chilenas y marroquí…

Frente Polisario

Los sacrificios y esfuerzos hacia la paz de los dirigentes del Frente Polisario tampoco son despreciables. A lo largo de estos años la troika que controla la organización guerrillera (Mohamed Abdelaziz, presidente de la RASD; Mohamed el Buhali, ministro de Defensa, y Bachir Mustafá Sayed, hermano del fundador del Polisario, El Uali Mostafá Sayed) ha tenido que cambiar radicalmente de postura con respecto al referéndum. Durante años los «polisarios» repitieron que el pueblo saharaui se había autodeterminado ya con las armas en la mano y que no era necesario un referéndum para confirmar su opción. Después, una vez ingresada la RASD (República Arabe Saharaui Democrática) en la OUD, debieron matizar esta posición y asumir a regañadientes porque Hassan II les ganó por la mano, adelantando que aceptaba la iniciativa del referéndum la inevitable prueba. En estos momentos creen o hacen creer que el referéndum será la vía segura para la independencia.

Durante años los «polisarios» repitieron que el pueblo saharaui se había autodeterminado ya con las armas en la mano y que no era necesario un referéndum para confirmar su opción.

Lógicamente, en el cambio de ambos contendientes han influido circunstancias exteriores nada despreciables. La hipótesis del Polisario, según la cual no ganaría la guerra pero haría caer al régimen alauita en Marruecos mediante la presión di plomática, política, militar y económica, se ha demostrado errónea. El régimen de Hassan no sólo ha resistido en los peores momentos entre 1977 y 1981- las ofensivas del Polisario, sino que el «frente interno» alrededor del trono se ha fortificado. Hoy el rey es más popular y su trono menos inestable que hace diez años. Claro que esta guerra ha sido catastrófica para la economía marroquí y ha cegado las posibilidades de desarrollo que se avizoraban a principios de los setenta. Pero un vistazo a las vecindades de Marruecos bastaría para convencernos de que la fábula del sabio («cuentan de un sabio que un día…») es perfectamente aplicable al norte de Africa, donde la economía marroquí resulta incomparablemente más próspera y segura que las de Túnez, Mauritania o Argelia.

El cambio político ya que no social ni económico, donde hubo degradación y crisis-producido en Argelia ha sido un factor determinante para que el Polisario redujera su maximalismo y terminara aceptando el proyecto de Pérez de Cuéllar. La reconciliación entre Hassan II y el presidente Chadli Benyedid (dos espíritus pragmáticos) en primer lugar; la creación de la UMA (Unión del Magreb Árabe), con participación de los cinco países de la región y la exclusión, naturalmente, del Polisario; la reducción de la ayuda argelina a los independentistas v la reticencia política del presidente argelino a una «solución militar» del conflicto, y, sobre todo, la «estrategia de los muros» aplicada por las FAR (Fuerzas Armadas Reales marroquíes), que redujo al mínimo la actividad guerrillera y encajonó al Polisario en zonas deshabitadas, inclementes y estratégicamente nulas. Todos estos factores acumulados sirvieron para convencer a los independentistas sobre la necesidad de negociar. Eso explicaría en primer lugar la entrevista que los líderes «polisarios» mantuvieron en Marrakech con el rey Hassan II y que concluyó con una victoria en toda la línea del monarca.

Esta guerra ha sido catastrófica para la economía marroquí y ha cegado las posibilidades de desarrollo que se avizoraban a principios de los setenta.

Militarmente neutralizado, diplomáticamente capitidisminuido, sin la ayuda militar y económica de Argelia (o, al menos, con una ayuda progresivamente menor) y erosionado por periódicas deserciones de sus dirigentes, el Polisario ha tenido que agarrarse al referéndum como a un clavo ardiendo. Es lógico que aproveche ahora la oportunidad para ganar con los votos lo que no pudo en el campo de batalla.

Censo

El representante de Naciones Unidas deberá poner en marcha cuanto antes la Comisión de Verificación e Identificación, pieza clave para la realización del referéndum. Esta Comisión será la encargada de identificar a los saharauis que puedan votar en el referéndum, partiendo como queda dicho del censo español de 1974, al que todos reconocen su seriedad. En esta Comisión, polisarios y marroquíes darán la gran batalla. Y no será fácil, porque, por muy bien hecho que hubiese estado el censo del 74, ha soplado mucho viento desde entonces sobre las dunas del desierto, y muchos de cuantos fueron censados entonces han muerto, desaparecido, huido o se han exiliado. Cada parte discutirá persona a persona, clan a clan, tribu a tribu, hasta lograr un acuerdo aceptable. El papel de los expertos internacionales entre ellos el coronel español Cuevas, que participó cuando era joven oficial en el censo del 74 será clave porque les tocará a ellos zanjar las inevitables querellas y diferencias. Por de pronto, las cifras que unos y otros ofrecen son contradictorias. El Polisario eleva la cifra de saharauis con derecho a voto a más de 200.000. Marruecos la rebaja a 150.000, lo que es ya más del doble del censo español. Sea como sea, el proceso de verificación e identificación no podrá impedir la prueba referendaria.

Tampoco deberá impedirla el retorno de todos aquellos refugiados de Argelia o Mauritania que lo deseen, ni el estacionamiento de las tropas del Polisario en «zonas de seguridad» y de las tropas marroquíes en sus cuarteles. No será, sin embargo, fácil el desarrollo de la campaña electoral en una sociedad donde la democracia representativa resulta un tanto extraña y donde las libertades públicas han sido tradicionalmente inexistentes. La imagen probable de un orador pro-polisario atacando al rey Hassan II y a su política resultará si es que llega a producirse tan insólita como, tal vez, intolerable para las autoridades marroquíes. La pregunta es si unos y otros tendrán la capacidad de aguante y la tolerancia suficientes para resistir una campaña de estas características sin romper definitivamente la baraja. Alternativa que a estas alturas no puede en modo alguno descartarse.

Resulta también difícil prever las reacciones de una y otra parte, una vez que el referéndum se haya celebrado y haya resultados «claros e incontestables». Marroquíes y Polisario aseguran que respetarán estos resultados, sean cuales sean. Pero también aquí las palabras pueden ser barridas por el viento del desierto. ¿Se imagina alguien a las fuerzas armadas marroquíes, a los miles de «colonos» del norte establecidos en aquellas tierras, a las empresas y estructuras administrativas allí instaladas, haciendo las maletas? Eso es sencillamente lo que ocurriría si la opción integracionista marroquí fuera batida por la independentista polisaria. ¿Pero es que resulta siquiera realista creer, en caso contrario, que los guerrilleros y sus familias, con dieciséis años de éxodo y de batallas, cientos de muertos y heridos, desarraigados, sin oficio ni beneficio, volverán a un país que casi no es el suyo (y que en algunos casos no lo es en absoluto), integrándose en la vida civil, cambiando el fusil por el cayado de pastor, el jeep por el camello, y rindiendo homenaje de pleitesía al «emir de los creyentes», el sultán de Fez? Todo esto parece ahora sencillamente inimaginable.

Papel de España

Aspecto nada baladí del nuevo rumbo que a partir del 6 de septiembre tomará la cuestión sahariana es el papel de España en todo este embrollo y las repercusiones que el referéndum tendrá sobre la política exterior —e interior— del Gobierno socialista. Llegados a este punto, conviene ser claros y decir lo que uno piensa, sin otro norte que la propia percepción del interés nacional: lo peor que podría ocurrirle a España sería que el Polisario ganase este referéndum y que el Sahara Occidental se convirtiese, por arte de birlibirloque, al día siguiente en un nuevo Estado independiente a cien kilómetros de las Islas Canarias.

Lo peor que podría ocurrirle a España sería que el Polisario ganase este referéndum y que el Sahara Occidental se convirtiese al día siguiente en un nuevo Estado independiente a cien kilómetros de las Islas Canarias.

Naturalmente que ello no debe entorpecer la decisión —a mi modo de ver razonable— de que, mientras se prepara el proceso y se celebra el referéndum, el Gobierno español mantenga una estricta neutralidad. Pero una cosa es la neutralidad y otra muy diferente la estulticia y la mala conciencia con que desde hace dieciséis años los diferentes Gobiernos españoles han asumido la cuestión sahariana. Es cierto que la salida de la ex-colonia no fue un ejemplo de gallardía ni un modelo de descolonización, pero ¿había entonces —hay que hablar de «entonces», no de ahora— otra solución menos traumática y, sobre todo, más favorable a los intereses del Estado? Creo sinceramente que no, y entiendo que otros piensen lo contrario. Pero lo que no tiene ni pies ni cabeza a estas alturas es rehacer la historia, ajustar cuentas con un pasado donde muchos tienen responsabilidades, aunque ahora las oculten cuidadosamente.

El doble lenguaje y, sobre todo, la doble moral del Gobierno socialista en este terreno es una prueba fehaciente de hasta qué punto se puede estar en misa y repicando. Nadie se ha atrevido a decir oficialmente que un «Estado Polisario» frente a las costas del archipiélago canario sería un riesgo añadido a la siempre inestable situación de aquella región. Pero casi todos cuantos han reflexionado sin sectarismo sobre estas cuestiones, en el Gobierno y fuera del Gobierno, así lo creen. El Polisario, los campos de Tinduf, los huérfanos de la guerra (¿sólo hubo huérfanos en un solo campo?) han sido hasta ahora excelentes pretextos de las buenas almas y de sus compañeros de reclinatorio para atacar al que consideran el «enemigo principal», es decir, al rey Hassan II, y por extensión Marruecos. Pero ahora se acabó el carbón y deberán encontrar una nueva causa mejor o peor fundada, cuando el contencioso del Sahara entre, al fin, en un principio de solución. La neutralidad española no debe confundirse con la indiferencia o la irresponsabilidad. Precisamente por eso convendrá seguir en los próximos meses con meticulosa pasión lo que ocurra en las movedizas arenas del Sahara. Nos va en ello bastante.