«La sonnambula», en Bilbao

Dentro de la XXXIX temporada, organizada por la «Asociación Bilbaína de Amigos de la Opera» (ABAO), asistí, recientemente, a la presentación de La sonnambula.

Durante bastantes años, las óperas de Bellini se representaron muy poco. Esto, se decía, era debido a que a partir de la segunda mitad del siglo pasado dominaron en los espectáculos operísticos primero los genios de Verdi y Wagner; después, la gran ópera francesa (Meyerbeer) y, finalmente, los veristas italianos, con Puccini a la cabeza. Todo el mundo se entusiasmaba, pues, con Otelo, Loengrin, La Africana o La Bohème.

Pero yo tengo para mí que, además de estas razones, había otra, cual es lo difícil que es cantar óperas de Bellini. Quizá, todavía más que de Rossini o Mozart.

Los clásicos de la ópera son muy difíciles de interpretar como sucede con la música sinfónica o para piano; una sonata de Mozart es más comprometida para el intérprete que otra de un compositor de este siglo.

Volviendo a Bellini hay que señalar que, para interpretarlo, hace falta una excelente orquesta clásica; un magnífico coro y unos extraordinarios solistas. De aquí que les temblara el pulso a los organizadores antes de representar al genio de Catania.

Pero Bellini, al igual que otros contemporáneos suyos, ha encontrado en época muy reciente unos grandes artistas que han repuesto óperas «bel cantistas» para deleite de los aficionados actuales.

Ello se debe en principio a María Callas con su famosa representación de Norma y el camino ha sido seguido por Joan Sutherland, Richard Bonynge, Lucciano Pavarotti, Alfredo Kraus, etc. La versión de los tres primeramente citados de Los Puritanos, es inmejorable.

Esta temporada de la ABAO es muy prometedora. La representación de La Sonnambula, en conjunto, resultó muy buena, pero, por las razones apuntadas, rara vez se acaba de encontrar un Bellini perfecto. Y más en esta ópera en que la música lo tiene que hacer todo, pues el argumento es disparatado a pesar de deberse al gran poeta Felice Romani, inspirado en Scribe.

La orquesta de La Sonnambula exige una dosificación de planos, unos matices, unos empastes que la Sinfónica de Euskadi no alcanzó; por otra parte no demasiado bien dirigida por David Roberston, quien marcaba los tiempos, tal vez como pedía la partitura, pero sin ensamblar la música con el canto: solistas y coro.

Esto no es malo como corresponde a un coro vasco; pero no atinó con las entradas, y en el primer cuadro del primer acto fue por libre.

En cuanto a los solistas, mejor, como siempre, resultaron las mujeres que los hombres. Luciana Serra hizo una excelente «Amina» a pesar de que, al parecer, tenía problemas en la garganta; no se notaron. En el aria final, tal vez por demasiado famosa, entró con miedo pero se repuso bien; el coro no ayudó.

Itxaro Mentxaka compuso muy bien el papel de «Teresa», especialmente en lo musical; tiene una bonita voz de mezzo; en los conocidos concertantes con la soprano estuvo perfecta. El aspecto teatral de su personaje no fue bueno, tal vez por lo endeble del mismo.

Gloria Fabuel quedó bien en el rol de «Lisa», «la mala» de la ópera, aunque su voz a mí no me gustó.

Tenía mucho interés en ver y oir como «Elvino» al tenor Rockwell Blake, al que antes había visto cantar Los Puritanos en Barcelona. Decididamente no me convence, aunque es innegable que está muy en boga. Su centro es precioso, pero los graves muy poco consistentes y los agudos un semitono abajo. Además se queda como en trance en los «portamenti», que tampoco son su especialidad. Su italiano sólo discreto; representa bien el papel, se ve que es un buen actor.

En resumen, Rockwell Blake es muy probable que cante bien a Rossini, pero de surgir otros tenores auténticamente bellinianos como lo fue Tito Schipa o lo es actualmente Pavarotti, este tenorino norteamericano puede quedar oscurecido.

El «Conde Rodolfo» lo cantó muy bien Carlo Colombara, que es el tipo de bajo que pide la obra. Lo malo es que tiene un rol imposible. El público no le aplaudió lo que se merecía, pero ya se sabe que siempre, y yo no sé por qué, se aplaude más al tenor que al barítono y al bajo en las óperas.

Finalmente, Pablo Pascual en el papel de «Alessio», que es secundario, estuvo muy bien.

Debemos agradecer que la obra se cantara entera, sin los cortes habituales (así por ejemplo, la preciosa despedida de los enamorados en el primer acto que ambos cantaron muy bien). La puesta en escena sin ser muy brillante, porque tampoco lo pide la obra, quedó linda; así como la realización técnica de la difícil escena final de Amina, a punto de matarse por su sonambulismo. El movimiento escénico preciso en un escenario no demasiado grande.

En suma, a pesar de algunos fallos aquí o allá, una maravillosa noche del más puro «belcantismo» italiano. Ya dijo Wagner que Vincenzo Bellini era un genio.