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Ver productosUna de las polémicas más interesantes sobre el origen del lenguaje humano divide a los lingüistas entre quienes piensan que la facultad de hablar es innata al hombre, lo que ha dado lugar a la aparición inconexa de muchos lenguajes diferentes, y quienes creen que se trata de un bien común conquistado tras un largo proceso evolutivo que generó una lengua única y primigenia, de la cual se derivan todos los idiomas de la humanidad. De ser cierta la última hipótesis, el español, el lenguaje de estas reflexiones, sería un vástago más de esa remota lengua madre de la que todos somos tributarios, lengua mantenida viva por el esfuerzo ininterrumpido de millares de generaciones sucesivas
1 Oct 1991 - 16min.
Probablemente esa disputa académica nunca podrá ser tajantemente resuelta. Hay argumentos en las dos direcciones de los que se pueden derivar conclusiones a un tiempo contradictorias pero convincentes.
No obstante, hay algo en el fenómeno del habla sobre cuya naturaleza acaso convenga indagar con sumo cuidado. Sería ahora repetir un lugar común decir, por ejemplo, que es el habla, la capacidad de articular sonidos y de domar con ellos el pensamiento abstracto, lo que determina y hace posible la existencia humana; y es también una verdad evidente insistir en que el hombre es el producto de la palabra, de ahí que tal vez interese más señalar un aspecto mucho menos visitado: es la peculiar anatomía del lenguaje lo que permite que el hombre sea libre. La adquisición de la palabra, con sus múltiples variables, es el campo de adiestramiento para el ejercicio de la libertad. Esa libertad que se nos asegura constituye un derecho inalienable de toda persona viviente desde el momento en que nace, pero sin advertirnos que ese derecho previo no puede ejercerse sin la existencia del lenguaje y sin tomar en cuenta las limitaciones que se le impongan a nuestra capacidad de comunicación.
La palabra nos es dada para escudriñar, para describir la realidad, pero también para matizarla, para inventarla, para adornarla. Se empieza a ser libre precisamente cuando se empieza a utilizar el lenguaje
Es cierto que todo lenguaje se da dentro de unas reglas, es verdad que la palabra siempre está sujeta a una sintaxis, atada a una estructura interna, contenida por un molde al que tenemos que someternos para hacer inteligible nuestro mensaje, pero ese arnés deja siempre espacio para el juego imaginativo, para una variedad combinatoria que se perfila en función de las características del mundo que nos rodea. Sabemos, por ejemplo, que los esquimales tienen en su simple idioma 8 o 10 matices del blanco, y también sabemos que los hombres de la selva, de todas las selvas, distinguen innumerables calidades del verde.
Porque la palabra nos es dada para escudriñar, para describir la realidad, pero también para matizarla, para inventarla, para adornarla. Se empieza a ser libre precisamente cuando se empieza a utilizar el lenguaje. Cuando escogemos el adjetivo hermoso en lugar de bello o de magnífico. Cuando seleccionamos la expresión «estoy triste» en lugar -por ejemplo de melancólico. Cuando le damos determinado énfasis a una palabra para expresar nuestro enojo, nuestra ironía o un desdeñoso punto de vista.
Con la adquisición de la palabra comenzamos a ejercer nuestra libertad. Aprendemos a ser libres en la selección del vocablo indicado para expresar nuestro yo, nuestra voluntad personal, nuestro estado de ánimo en un momento dado. Pero ese don y esa posibilidad de ser libres están sujetos a una necesidad de coherencia interna mínima entre lo que se cree y lo que se dice. En inglés se habla de «integrity», y me parece que en español ésa también puede ser la palabra adecuada: integridad. Cohesión en una sola pieza del carácter, las creencias y el discurso que las expresa. Sujeción del verbo a la verdad íntima por encima de todas las cosas.
Pero conviene advertir que la integridad es tanto una virtud de las personas con fortaleza espiritual como una necesidad imperiosa de la naturaleza humana. El hombre necesita ser integro. Necesita que no haya fisuras entre su conciencia y su palabra. Y cuando rompe esta regla, ya sea por conveniencias personales o por imposiciones externas, se produce lo que popularmente se conoce como «mala conciencia». Y la mala conciencia, cuando se sufre (o se ejerce) por períodos prolongados, puede llegar a somatizarse en neurosis, depresiones o en una profunda tristeza.
El asunto es grave, porque al asumir el legado del lenguaje, ese don heredado de millones de otros hombres, que nos viene del más remoto pasado, con él nos llega también una singular contrariedad: la sociedad, el medio en el que adquirimos la posibilidad de comunicarnos, esto es, de ser libres, nos comienza a regatear ese magnífico patrimonio casi en el momento mismo en que comenzamos a apoderarnos de él.
El primer síntoma de esta contradicción viene dado en los tabús léxicos de la tribu a la que pertenecemos. Enseguida aprendemos que hay palabras que no se pueden decir porque con ellas se denominan objetos, simples cosas u órganos inmencionables por el grupo. El grupo tiene un orden, unas reglas, y por lo tanto unos limites y unas prohibiciones. Los niños deben aprender rápidamente lo que pueden o no decir, o escuchar, porque hay palabras malas que andan sueltas revoloteando como demonios en el seno del grupo.
Ésa es nuestra primera evidencia de que la palabra sirve para darnos la libertad, y al mismo tiempo para demostrarnos la frontera entre la autoridad-el yo colectivo de los otros, impuesto por la fuerza- y nuestro yo todavía vacilante, balbuciente.
Aprendemos a ser libres en la selección del vocablo indicado para expresar nuestro yo, nuestra voluntad personal, nuestro estado de ánimo en un momento dado. Pero eso don y esa posibilidad de ser libres están sujetos a una necesidad de coherencia interna mínima entre lo que se cree y lo que se dice.
A partir de ese momento el combate entre nuestra voluntad de utilizar la palabra sin límites ni temores y la voluntad de la sociedad de ponerle puertas a nuestra capacidad expresiva, no terminará nunca, y quizás ése es el territorio y el campo de batalla donde han transcurrido siempre las más memorables aventuras del hombre. ¿Qué fue sino una batalla por callar o decir ciertas palabras el episodio de Galileo frente a los inquisidores? Galileo, como antes Copérnico, sabía que el Sol y no la Tierra era el centro de nuestro sistema planetario. Sabía que la Tierra no estaba inmóvil en el espacio, y que describía su órbita en torno al Sol, pero no podía decirlo porque violaba los textos sagrados de su grupo. Al cabo, por miedo, Galileo cedió. Rindió su discurso y aceptó la falsedad. De ahí el melancólico sentido de su famosa frase, «y, sin embargo, se mueve». Galileo no pudo, realmente, callarse, porque callarse del todo le rompía la coherencia íntima, le destrozaba esa integridad moral que el hombre necesita para andar por la vida.
José Martí decía que la libertad era el derecho que tenía todo hombre honrado a pensar y hablar sin hipocresía. Y a mí me parece que de los miles de apotegmas que Martí escribió a lo largo de su vida, éste es uno de los más exactos, de los más inteligentes, de los más sorprendentemente sintéticos.
Pero si hurgamos un poco más bajo la piel de esta definición también nos encontramos frente a una de las más profundas y destructivas raíces del totalitarismo: la hipocresía, la negación descarada de la verdad existente. Porque la hipocresia es la columna de fuste sobre la que siempre se sustenta la tiranía. La tiranía, y especialmente cuando alcanza los límites monstruosos del totalitarismo, siempre tiene una verdad sesgada, unos inapelables textos sagrados con los que interpreta y explica la realidad. Y ante ellos sólo es posible la repetición mecánica del discurso oficial. Ante ellos sólo es posible la hipocresía o la rendición de la palabra, el silencio.
La voluntad de la sociedad de ponerle puertas a nuestra capacidad expresiva no terminará nunca, y quizás ése es el territorio y el campo de batalla donde han transcurrido siempre las más memorables aventuras espirituales del hombre
¿Cómo consiguen los tiranos esa forma monstruosa de obediencia abyecta? La experiencia es contundente: se logra mediante el miedo a los castigos. Primero se recurre al lenguaje para demonizar al transgresor. Se le llama traidor, divisionista, hereje, revisionista, gusano o cualquier otro epíteto previamente dotado de una connotación ominosa que lleva implícita el castigo. La sanción moral es sólo la advertencia previa, el heraldo negro de la sanción física que le sigue.
El miedo, entonces, pasa a presidir las relaciones entre los seres humanos sometidos a la tiranía. Un miedo que no tiene otro objeto que inducir una conducta hipócrita entre los hombres. Una conducta trenzada con palabras impronunciables, falsos gestos de adhesión y la mutilante supresión de la espontaneidad. Un mundo en el que la verdad no importa. La integridad de las personas tampoco. Lo único que al tirano le interesa es escuchar el coro unánime de sus subordinados para hallar en ese vago rumor la legitimidad que necesita para justificar sus acciones. Porque él y sus cómplices también requieren de una cierta coherencia formal, de una racionalidad. La fuerza bruta no existe en estado puro desde que el hombre consiguió hablar y articular su mensaje. Para ejercerla hay que construir un mensaje falso, contrario a la realidad pero dotado de su propia lógica, de su otra verdad.
¿Nos movemos en un plano demasiado abstracto? Descendamos, pues, a ejemplos concretos, tristemente concretos. Descendamos incluso a una anécdota esperpéntica para ilustrar estas reflexiones.
Hace poco tiempo, durante el juicio que se le siguió a los militantes argentinos, una de las víctimas, una mujer conmovida por el horror, contó cómo, desde su celda, pudo contemplar las golpizas brutales y las torturas que le infligieron a un joven detenido, con el solo objeto de que repitiera en voz alta la siguiente oración: «Mi madre es una puta y yo me las meto dobladas. Lo golpearon durante horas, le quebraron los huesos, probablemente lo mataron, pero el detenido no abrió la boca, murió, no entregado a la valentia de los gestos heroicos concebidos para alimentar la admiración exterior, sino murió defendiendo su integridad, su autoestimación, su coherencia intima de ser humano. Murió defendiendo su derecho y su necesidad de escoger sus propias palabras.
No creo que en nuestra especie existan conflictos más profundos que éste. No se me ocurre un dilema mayor que el de tener que escoger entre la muerte absurda, sin remedio, en la oscuridad de un calabozo, defendiendo la dignidad personal, y la vida lacerada por la hipocresía, por el dolor de tener que mentir para que no nos aplasten.
La verdad es que los Estados totalitarios modernos no inventaron este drama terrible. Esta tragedia está implícita en donde quiera que existen mecanismos escolásticos, es decir, verdades axiomáticas y autoridades con capacidad represiva que verifican su estricto acatamiento.
Pero si bien es cierto que no son los Estados totalitarios del siglo XX quienes crearon estas monstruosidades, ha sido en ellos donde ese horror ha alcanzado el mayor grado de sistematización durante los juicios ideológicos llevados a cabo contra los revolucionarios aparentemente desviados de la secta. No vale la pena detenerse en ellos, pero desde Bujarin hasta mi amigo Heberto Padilla hay suficiente material como para llenar los capítulos más terribles de aquella historia universal de la infamia que a Borges se le quedó necesariamente inconclusa.
Mas no dejemos que el rechazo a este fenómeno nos aleje de la indagación. Es casi una ley inexorable que la más enérgica represión léxica siempre va a ser ejercida por la sociedad en la zona donde descansan los fundamentos básicos del grupo. Cuando la religión es el principal elemento cohesionador, el discurso peligroso será siempre el que afecte a ese mundo particular. Un pueblo como el judío, por ejemplo, cuya esencia es la creencia religiosa, llegará a prohibir la mención del nombre de Dios en hebreo. Jehová es eso mismo: el innombrable. Porque nombrarlo ya comenzaba a ser una forma de retar su poder absoluto.
José Martí decía que la libertad era el derecho que tenía todo hombre honrado a pensar y hablar sin hipocresía.
Pero donde este fenómeno se hace totalmente transparente es en ciertas comunidades cristianas de la Edad Media que subrayaban su piedad y su subordinación al Todopoderoso con el más patente y tremendo de los sacrificios: el voto de silencio. Callaban por no ofender a Dios, y porque eliminar la palabra era la prueba suprema de la total servidumbre. Para estos cristianos, como para los israelitas, Dios estaba en el centro de sus vidas y a Él le rendían el más preciado de los dones humanos.
¿Por qué la blasfemia, o el juramento en vano del nombre de Dios, pueden ser considerados, en determinados períodos de hegemonía religiosa, una ofensa tan grande como para acarrear la muerte a quien se atreva a pronunciar las palabras prohibidas? Porque para ese particular grupo, en cierto momento de la historia, la creencia religiosa era un pilar fundamental al que se quería proteger para impedir el desplome de la fábrica social. Y ni siquiera hoy mismo, como ha comprobado con enorme perplejidad Salman Rushdie, en las culturas en las que la religión es la piedra miliar de la sociedad y el núcleo de su discurso oficial, las palabras de contenido religioso se vuelven singularmente peligrosas. A veces letales.
Y es que la autoridad siempre está apuntalada por palabras. Sin ellas no es posible reconocerla. Las «excelencias», «majestades», «señores», «vuecencias» y demás categorías del linaje humano siempre han requerido un vocablo especial que las designe. Sin esas palabras no existirían las jerarquías. Esas palabras, incluso, se otorgaban (y hasta se compraban) mediante regulaciones cuidadosas, especialmente en los siglos XVI y XVII, cuando resultaban frecuentes las riñas entre espadachines por un «don» o un «señor» mal endilgados. Naturalmente, son siglos en los que se afianzan las monarquías europeas y en los que la estructura aristocrática necesita sustentar su poder y levantar barreras.
¿Cómo consiguen los tiranos esa forma monstruosa de obediencia abyecta? La experiencia es contundente: se logra mediante el miedo a los castigos. Primero se recurre al lenguaje para «demonizar» al transgresor. Se le llama «traidor», «divisionista», «hereje», «revisionista», «gusano» o cualquier otro epíteto previamente dotado de una connotación ominosa.
Mucho tiempo después, con el advenimiento de los períodos revolucionarios y el surgimiento de las democracias, el lenguaje encontrará otros campos minados. Entonces lo peligroso será decir «conde» o «marqués», porque la palabra mágica en un grupo que gire en torno al igualitarismo tiene que ser «ciudadano».
El orden siempre busca el rígido sometimiento de las palabras porque toda regla violada precipita al grupo a la incertidumbre. Y lo primero que se pretende es domar las palabras, sujetarlas por la cola para impedir cambios imprevistos. Sólo que la naturaleza misma del lenguaje es la incertidumbre. Ese poder elegir esta frase o aquélla. Ese tono irónico o aquel otro destemplado o solemne. El lenguaje siempre es sospechoso para el orden establecido.
Sin embargo, esa incertidumbre implícita en la naturaleza misma de la lengua, en su cuasi infinita variedad combinatoria, se compadece milimétricamente con el ejercicio de la libertad. La libertad es también elección, incertidumbre, riesgo. Se es libre cuando se puede decir esto o lo otro, cuando se puede escoger entre opciones diversas. No se obra bien cuando se sigue el curso impuesto por los otros, aunque sea correcto, sino cuando se puede obrar mal y se selecciona la alternativa opuesta.
Las sociedades más cerradas son precisamente aquellas que más estrechan el círculo de las palabras utilizables. Las que nos reducen nuestra posibilidad de tomar decisiones o nuestra libre selección de opciones hasta no dejarnos más que un estrecho sendero por el cual transitar.
Obviamente, la libertad no puede ser absolutamente cercenada, porque siempre existe la posibilidad última de tomar la libérrima decisión de no seguir vivo, pero la asfixia moral de los seres humanos cuando nos van privando de la potencialidad de utilizar libremente nuestro pensamiento es un fenómeno terrible y cotidiano.
Yo vengo de un país en el que se utiliza la mayor violencia posible contra el lenguaje. Cuba comparte con las sociedades totalitarias ese tristísimo signo. Más aún: es exactamente eso lo que la hace totalitaria, lo que le permite ejercer al resto violencias.
En el mundo totalitario hay una forma unívoca, cierta, espantosamente cierta, de analizar la realidad. En el mundo totalitario los comisarios, los dueños de la verdad, se han apoderado de las palabras y nos obligan a repetir, como en una letanía infinita, el discurso que traen los libros sagrados. En esas sociedades se sabe exactamente cómo es el pasado. Se sabe, sin matices, cómo es el presente, y, lo que es más horrible, se sabe cómo será el futuro. No hay espacio sin riesgo para las interpretaciones. A las interpretaciones se les llama herejías, o desviacionismo, o se les califica con cualquier epíteto lleno de malos presagios.
En el mundo totalitario hay una forma unívoca, cierta, espantosamente cierta, de analizar la realidad. En el mundo totalitario los comisarios, los dueños de la verdad, se han apoderado de las palabras y nos obligan a repetir, como en una letanía infinita, el discurso que traen los libros sagrados.
Este control sobre la palabra llega a ser tan tremendo en las sociedades totalitarias, que se crean verdaderos «ministerios de la verdad» dedicados a teñir de blanco o negro todas las zonas grises de la realidad. Ese organismo diabólico en Cuba se llama, o se llamaba, pues probablemente ha cambiado de nombre, DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria). Ahí se nos dice lo que se puede leer, lo que se puede escribir, lo que se puede creer de todo lo humano y divino, sin infringir las certidumbres revolucionarias. El DOR redacta el discurso oficial sobre todo acontecimiento humano, pasado, presente o futuro, sobre el que sea necesario o posible emitir una opinión. No hay hecho inocente en la historia humana. Corea, los hermanos Graco, el conflicto de Irak, las transformaciones en la URSS o la pobreza de Bangladesh tienen todos su epígrafe definitivo, su inscripción meticulosa. Y quien se salga de esos límites, quien se deje llevar por la duda y convoque a la incertidumbre, puede provocar las represalias de los dueños de la verdad, de los amos de la palabra.
La batalla por la libertad siempre se ha dado y se dará en el terreno del lenguaje. Los misiles, los cañones, toda la parafernalia desplegada, no son más que las expresiones finales de un fenómeno cuyo corazón radica en la posibilidad que tiene el hombre de decir o escribir ciertas cosas.
Y donde esta realidad se nos muestra sin ningún recato es en la URSS de Gorbachov. En cierta medida, la glasnost es la lucha por ampliar los horizontes de la palabra. La sociedad se abre cuando consigue examinar sin miedo su pasado y su presente para lograr, al cabo, intuir el futuro, o uno de los mil futuros posibles.
La lucha de los soviéticos hoy en día consiste en el esfuerzo por conquistar el derecho a la incertidumbre. El derecho a tener opiniones vacilantes, distintas y modificables sobre lo que ha ocurrido o sobre lo que sucede. El derecho bendito a no tener que predecir de manera infalible el curso de los acontecimientos, porque cuando la incertidumbre anida en el corazón de todos los hombres el futuro se va haciendo de una manera azarosa, aleatoria, sin que afortunadamente seamos capaces de encontrar una verdad absoluta y definitiva, pues si tal cosa existiera sería el fin de la naturaleza humana, sería la robotización de una criatura hecha por el azar y para el azar.
La libertad precede, antecede, al desarrollo. Lo potencia de una manera definitiva. No acertaban quienes vinculaban cierto per cápita a lo que en la década de los 60 se llamó «el umbral de la democracia».
Por otra parte, el melancólico hallazgo de los reformistas soviéticos, el más revolucionario de todos, es que la prosperidad y el desarrollo son también consecuencias de la libertad. Sólo cuando nos es dable examinar sin temor lo que acontece podemos corregir los errores y mejorar las circunstancias prevalecientes.
Es muy importante tener en cuenta esta secuencia porque demasiadas veces se nos ha dicho que sólo pueden tener acceso a la libertad los que han alcanzado un cierto índice de prosperidad. Y eso es radicalmente falso. La libertad precede, antecede, al desarrollo. Lo potencia de una manera definitiva. No acertaban quienes vinculaban cierto per cápita a lo que en la década de los 60 se llamó «el umbral de la democracia». Mientras más libertad de expresión y análisis, mientras más libertad exista de ejercer la crítica y de tomar decisiones, mayores serán las posibilidades de desarrollo individual y colectivo.
Para todo eso es nuestro deber luchar contra todo intento de restringir el uso de la palabra. Y no sólo porque constituya una posición de ser humano amable y tolerante, sino porque el discurso libre, fluido, sin escollos, donde todo pueda ser examinado sin temores y criticado sin piedad, aun injustamente criticado, es la mejor vacuna que existe contra el totalitarismo. Más aún: si esta hipótesis es cierta, debería convertirse en política de los Estados liberales. Sólo son convenientes las relaciones generosas y entrañables con aquellas naciones en las que no se le pone límites a la expresión de la palabra.
Y no es que una sociedad libre no pueda parir monstruos agresivos que pongan la paz en peligro, sino que es mucho más probable que los aborte durante el proceso de gestación. Al fin y al cabo, no hay otra vacuna contra el totalitarismo que las palabras libres salidas de las conciencias y de los corazones de los hombres sin miedo. Ojalá que ése sea el panorama que nos depare el futuro. Lo opuesto sería, simplemente, intolerable.