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Ver productos1 Mar 1992 - 4min.
Título: Helena, Helena, amor mío.
Autor: Luciano de Crescenzo.
Editorial: Seix-Barral, Barcelona, 1991, 237 páginas.
Precio: 1.500 pesetas.
«No pertenezco a una generación que nunca jugó a indios y vaqueros. No sabría decir por qué motivos, pero de hecho nosotros, los «balilla» (años treinta) cuando teníamos que montar alguna gresca preferíamos dividirnos en griegos y troyanos». Con estas palabras que figuran en el primer párrafo del Proemio, aclara Luciano de Crescenzo los orígenes remotos de su novela, cuyo argumento está basado en el conocido episodio de la guerra de Troya tal como lo refiere Homero en su Ilíada.
De Crescenzo es un hombre singular, cuya personalidad y sentido narrativo ha despertado extraordinario interés en Italia, especialmente después del éxito alcanzado por esta novela (libro más vendido del año, 175.000 ejemplares en varias ediciones) que ha sido publicada ahora en España. Nacido el año 1928 en esa Nápoles heredada de la antigua «Neápolis» griega, capital de la Magna Grecia en el sur de Italia, el autor ha sabido despertar la atención hacia los temas de la literatura clásica tan abandonados hoy por la cultura —o, mejor, la incultura— ambiente, demostrando su atractivo inagotable y capacidad para entusiasmar al prosaico hombre de finales del siglo XX.
El relato ha logrado crear el clima propio de una acción de amor y de guerra inspirada básicamente en Homero aunque después los hechos transcurren movidos por la fantasía fértil de Luciano de Crescenzo. Episodios que se suceden dentro de un tono heroico resuelto muchas veces con tintes humorísticos próximos en ocasiones a la caricatura. Quizá se muestre irónico en exceso pero sin llegar a perder el respeto a unos protagonistas a los que trata con el afecto y la confianza que guardamos para los viejos compañeros de la infancia.
Vuelven a la vida Ulises, Aquiles, Héctor quienes encarnaron distintos aspectos del modelo ideal del ser humano, junto a los dioses del Olimpo, Zeus, Hera, Afrodita, Palas, representativos de virtudes y facultades siempre ansiadas como metas a conseguir por el hombre. Como también ocurriera entre los griegos del período clásico, Luciano de Crescenzo tampoco se toma demasiado en serio los motivos románticos de aquella guerra inspirada, más que en la belleza de Helena, en la necesidad de controlar el comercio marítimo en el estrecho de los Dardanelos.
En cualquier caso, el tema de la guerra de Troya permite hilvanar una novela de acción variada escrita con estilo ágil, sin que falte una cierta intriga en torno al verdadero protagonista, personaje de ficción fuera de la Ilíada, creado por de Crescenzo: un joven de 17 años que busca el paradero de su padre, desaparecido misteriosamente. El muchacho no sabe si su padre vive, murió en combate o fue asesinado a traición. Gracias a la figura de este adolescente, que se muestra sencillo, modesto, pero también emprendedor y decidido, el relato no es sólo una crónica mitológica o militar a base de dioses y guerreros, sino que cobra dimensión sentimental y la hace más cálida y humana.
Aunque el autor no es ambicioso en sus planteamientos, ni tampoco hace excesivos alardes documentales o históricos, cumple una evidente función divulgadora sobre aquella época, descrita sin demasiadas pretensiones literarias, pero mostrando sus peculiares características. En tal sentido resulta muy útil el breve diccionario de mitología, que se ofrece como apéndice final del relato, donde se sintetizan las complejas interrelaciones existentes entre los dioses, semidioses y héroes que se fueron incorporando a lo largo de los siglos al panteón olímpico, fiel reflejo del acontecer histórico de la Hélade y del avance de su proceso civilizador.
Aunque no nos encontremos ante un novelista original ni ante un maestro del idioma, de Crescenzo sí aparece como un hábil narrador de mitos a la manera del juglar que explica en prosa al pueblo oyente, historias fantásticas que les hacen olvidar la monotonía cotidiana. Al igual que aquellos juglares, de Crescenzo utiliza una gran variedad de recursos para mantener viva la atención del lector y satisfacer sus gustos.
Así, el moderno «romanceador» napolitano, recurre a cierto atrevido descaro para sazonar con picardía el relato de las aventuras casquivanas de los dioses, sin olvidar, como es de razón, referencias a los estragos que la belleza de Helena producía entre sus admiradores.