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Ver productos1 Ene 1970 - 4 min.
Título: «El héroe y sus máscaras».
Autor: Luis Alberto de Cuenca.
Editorial: Mondadori, Madrid, 1991, 259 páginas.
El mundo actual no está por los héroes. Nuestra cínica sociedad finisecular parece definitivamente convencida de que las únicas empresas heroicas aceptables han de estar registradas en el de la propiedad mercantil, y de que las únicas tablas redondas posibles sirven para reunir a los circunspectos y barrigudos miembros de un consejo de administración. El heroísmo ha sido barrido de la escena por el dragón del marketing, y Sigfrido se llama ahora Don Algodón. Puestas así las cosas, el libro titulado «El héroe y sus máscaras», que, firmado por Luis Alberto de Cuenca, acaba de aparecer en la editorial Mondadori, corre el riesgo de pasar por inactual.
Ahora bien: mientras escribo estas páginas, José Mari Bakero, más allá del límite del tiempo y casi del espacio, el último instante de un partido agónico, empalma un cabezazo portentoso con el que los colores azulgranas continúan presentes en la liza europea. Y las masas se conmueven -en directo- con un estremecimiento eléctrico. Probablemente la misma clase de de estremecimiento con el que las masas romanas acogían las noticias de las victorias cesáreas, o las masas atenienses se comunicaban a gritos las últimas palabras de Filípides.
Siempre han hecho faltas los héroes, y quien lea el libro de Cuenca con la atenición y el deleite que merece, no podrá obtener otra conclusión. Y si resultan inactuales los Lascáridas de Nicea, Odorico da Pordenone o el salón Witikibd, tanto mejor. Porque de entre las sombras a que está reducida hoy la memoria de esos caballeros inactuales saca el autor una luz constante, si bien de longitud de onda variable: una descripción del héroe y de lo heroico. Un luminoso proceso de análisis y síntesis alternativos que busca reflejarse en cada una de las facetas en que están tallados los héroes.
«Los héroes no existen, solo representan», afirma Cuenca al comienzo del primero de los veintidós trabajos que recoge el libro. Así declara su propósito de escribir acerca de lo representativo, de lo especular. Pero no por ello deja en su texto de ofrecer auténtica información «inactual», ni renuncia a describir con la minuciosidad que caracteriza a su estilo los detalles y pormenores del mundo en que sumerge al lector. Las armas, los caballos, los escudos y las damas quedan analizados en ese mismo primer trabajo, una especie de introducción al tema. A partir de aquí, el autor ordena sus ensayos en sucesión histórica. Nos habla de Gilgamesh, de los dioses griegos y germanos, de Homero, de Esquilo, de César, de los piratas más antiguos, de Bizancio, de los héroes medievales, del mesiánico Arturo, de un olvidado viajero por Oriente del siglo XII, se interna en la épica del Humanismo, y desde Calderón salta a Stefan George para luego deslizarse hasta Thornton Wilder y concluir con un análisis del Hércules de Sûrrenmatt. Un largo camino que cubre 238 páginas.
El las prosas que cubren esas páginas se reconoce con claridad una doble condición de poeta y erudito. Ello produce aquella notable combinación literaria a la que me he referido renglones más arriba: la síntesis poética remata su sentido. Y lo hace con garbo; a veces, incluso con desgarro. Por otra parte, Cuenca utiliza una paleta de efectos variada, de forma que no renuncia a casi nada -y menos aún al imprescindible sentido del humor- para convertir lo erudito en cotidiano, una especialidad estilística en la que ha demostrado verdadera maestría a lo largo de su trayectoria literaria.
Fiel a su concepto de que lo importante en el héroe no es su realidad, sino aquello que representa, el autor renuncia al instinto taxonómico y descarta por inútil cualquier catalogación de jerarquías heroicas: tan héroe es Hércules como Rodrigo Díaz o Conan el Cimerio. Civilizados o bárbaros, reales o imaginarios, todos ellos son depositarios de algo que es tan individual como colectivo. Tal vez la única diferencia entre el héroe civilizado es que el héroe bárbaro no conoce el miedo porque abomina de él, se cierra como un erizo ante la posibilidad misma de sentirlo, y si (como cualquier bicho) llega a ser invadido por el pánico, se las arregla para transmutarlo inmediatamente en furor. El héroe civilizado no actúa así. Reconociendo el peligro, atraviesa el miedo, lo supera, se impone a él. Su victoria, finalmente, es doble: sobre su miedo y sobre las dificultades de su empresa.
Una empresa heroica es también y en sí misma la que este libro aborda, pues trata de aportar un poco de memoria épica (más allá de los heroicos cabezazos en el último minuto) a la conducta de la tribu. El autor (o co-autor), que nunca se ha sabido muy bien) de ese simpático librito llamado Héroes de papel se revela ahora, con esta recopilación temática que recoge algunos de sus mejores textos ensayísticos desde 1974, como el más ameno guía para explicar la intrincada floresta épica a través de esta entrega que, además de cualquier otra consideración, resulta realmente placentera de leer.