Fuera de serie

Barenboim y la Orquesta Filarmónica de Berlín

Dentro del ciclo Fuera de Serie se presentó de nuevo Daniel Barenboim en el Auditorio Nacional, en esta ocasión al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín.

La Filarmónica de Berlín, fue fundada en 1882, es decir, cuenta con 110 años, larga vida de una historia llena de gloria.

La Filarmónica de Berlín, fue fundada en 1882, es decir, cuenta con 110 años, larga vida de una historia llena de gloria. Desde aquella fecha todos los grandes de la dirección, han pasado por su podium. Pero de entre todos ellos son fundamentalmente tres —que la dirigieron— con carácter titular los que la elevaron hacia el altísimo rango del que hoy disfruta. En 1887, se hace cargo de la orquesta un maestro que en aquella época era considerado el mejor director, el mítico Hans von Bülow. Él pone los magníficos cimientos en aquella agrupación recién nacida, sienta las bases que llevarían a la orquesta a las más altas empresas musicales. En 1923 llega a su dirección Furtwängler, quien imprime su particular manera de sentir, una singular y apasionada emotividad. A su muerte (1954) accede a su titularidad, Herbert von Karajan. Desde sus primeros contactos con la Filarmónica, ya se empezó a hablar de la maravilla Karajan. El maestro consigue un sonido único y maravilloso que yo calificaría como de oro. Y en todos los medios musicales, se habla del Bello son de Karajan, a este respecto él nos dice:

Están en lo cierto, cuando dicen de mí, que procuro siempre lograr un bello sonido, y no lo tomo como reproche, sino como un cumplido de algo que yo cuido extremadamente.

Por otra parte Karajan impondría a la orquesta, una disciplina y un rigor de trabajo, que él empezaba por exigirse a sí mismo. En este sentido, volvamos a oír al maestro que hablando de sus primeras relaciones, con el famoso conjunto, nos relata:

Volví a escuchar entonces, al expresar mi deseo de celebrar un ensayo, la famosa frase de que no era necesario, porque la orquesta se sabía el programa de memoria. Recuerdo todavía mi respuesta No dudo que ustedes dominen el programa. Pero lo comprobaremos en el ensayo.

Mozart y Bruckner

En la primera parte del concierto que pasamos a comentar se interpretaba la Sinfonía nº 39 de Mozart es la ante-penúltima, de las 41 sinfonías, y por tanto la primera de las tres últimas, que muchos consideran como las tres grandes del sinfonismo mozartiano. La versión se desarrolló con la máxima perfección, como no podía ser de otra manera con tan excepcionales mimbres. Pero para esta música, no basta con ser un grande de la dirección, y Barenboim lo es.

Ante estas partituras, es necesario situarse siempre en un estado de sensibilidad especial, y luego que la inspiración tenga su día; y pensé, mientras la orquesta con prodigiosa técnica desgranaba, esa maravilla del Adagio, que esta vez Barenboim no conseguía el poético y singular vuelo que requiere una música que parece hecha solo para las alas y el viento.

En la segunda parte vendría lo portentoso, lo auténticamente sensacional, en la Sinfonía nº 9 de Anton Bruckner.

Aquí Director y Orquesta llegaban a la misma altura. Juntos coronaban la más alta cima de la interpretación musical. Mucho se ha dicho que esta novena, del músico de Ansfelden, nos recuerda Beethoven, y más concretamente su novena Sinfonía. Pero todo está trasvasado a la original personalidad de un verdadero genio creador.

Siempre que oímos su música volvemos a admirar la minuciosa grandeza de su construcción donde ni una sola nota queda al azar. Volvemos a percibir el profundo aliento religioso —así en el Adagio final— de este practicante católico, gran organista, que tanto amó su instrumento y que como última voluntad, que afortunadamente fue cumplida, deseó que sus restos reposaran bajo el órgano, que él tantas veces pulsara, en la Iglesia Abacial de S. Florián.

La orquesta se entregaba fervorosamente a su tarea, consciente de que hacía música por y para el arte, y se les veía a los intérpretes complacidos en el gesto, con la alegría en los rostros.

La orquesta, se entregaba fervorosamente a su tarea, consciente de que hacía música por y para el arte, y se les veía a los intérpretes complacidos en el gesto, con la alegría en los rostros.

Bruckner estuvo en el repertorio habitual de Furtwängler y de Karajan, lo está en el de Celibidache, que también fue titular, de esta orquesta, hoy por hoy la mejor dotada para la música de Bruckner. El mejor elogio que se puede hacer de la versión conseguida por Barenboim y la Filarmónica de Berlín es que, matices aparte, fue insuperable. Y nada tiene que envidiar a las conseguidas por los otros grandes maestros citados.