Experimentando con Valle-Inclán

Luis Núñez Ladevéze

Autor: Ramón María del Valle-Inclán.
Obra: «Voces de gesta».
Teatro: María Guerrero de Madrid.
Precio: 1.300 pesetas.
Dirección: Emilio Hernández.
Escenografia: Carlos Cytrynowski.
Reparto: Magüi Mira, Ricardo Lucía, Andrés Mejuto.


Voces de gesta parece que se estrenó hace muchos años, en el tiempo en que fue escrita. Desconozco qué impresión pudo causar. Pero es patente que Valle-Inclán escribía sus piezas impulsado más por emociones estéticas y estilísticas que por interés en conseguir la adhesión del público. Al contrario que Benavente, de quien, mientras escribo, todavía de perdurar sus Rosas de otoño, quien orienta su teatro en el sentido clásico, como instrumento para suscitar la catarsis en el auditorio, Valle-Inclán no sólo se despreocupa de los sentimientos del público sino que escribe a sus espaldas, indiferente a las posibles reacciones del espectador cuando no dispuesto a provocarle. La estética modernista, de la que Valle-Inclán fue un excepcional intermediario, buscaba, entre otros efectos, la singularidad de la expresión, y Valle la encontró acumulando mensurables dotes literarias al servicio de una expresividad que zahiriese e irritase. La formalidad literaria se convierte en instrumento de lo grotesco, lo bárbaro, lo violento y lo esperpéntico. El espectador se ve obligado a desdoblarse si quiere aceptar el juego de que la fuerza lírica se convierta en vehículo de un dramatismo exagerado y, en muchos aspectos, artificioso.

Voces de gesta es una obra cuyos elementos se combinan para obligar al auditorio a que reaccione a estímulos equívocos: un texto literariamente perfecto, cuidado como una pieza de orfebrería como sólo pudiera surgir de una pluma modernista, la de Valle-Inclán, o tal vez la de Gabriel Miró; y una acción dramática cuyo patetismo tropieza con los límites aceptables por la sensibilidad de un público no preparado para subordinar todas sus motivaciones a la delectación de lo literario.

Por esta razón Valle-Inclán no esperaba mucho de la representación de su teatro, que concebía más como texto escrito que como acción representable. Pero esa indiferencia, rayana en la iconoclastia, hacia los sentimientos generales, sirvió a que algunos críticos interpretaran la estética de Valle-Inclán como un instrumento de crítica ideológica e incluso política.

Vista fuera de un contexto que facilitaba por su propia rigidez las interpretaciones oportunistas, la obra de Valle-Inclán se representa con perspectivas y puede saborearse en su más auténtica condición: como un ejercicio concebido para someter al espectador a un doble juego de motivaciones profundamente desarrolladas ambas, pero de signo contrario: la riqueza literaria y la exageración dramática. De aquí que el propio autor calificase de «bárbaras» algunas de sus comedias y de «esperpentos» otras.

Riqueza literaria y exageración dramática

Voces de gesta es, en algunos aspectos, bárbara, y, si no esperpéntica, llega a ser provocadora. Concebida como el esquema de una epopeya, o de una «gesta» que sirve de cauce de expresión de los sentimientos violentos, pasionales e irascibles de un pueblo que se resiste a la dominación por el invasor hasta el extremo de aceptar la lenta inmolación a través de una guerra desigual, el escritor no se entretiene en representar caracteres ni en describir los alientos psicológicos de sus personajes. Estos son solamente instrumentos para la representación de la violencia. Personajes descarnados que manifiestan la dimensión patológica con que una comunidad, de rasgos ancestrales y telúricos, puede identificarse con sus formas de vida y costumbres, y defenderlas sin esperanza contra un enemigo despiadado y más poderoso. Es difícil saber si Valle-Inclán se inspiraba en las luchas carlistas. Muchos detalles del texto y otros muchos datos de su obra literaria anterior y posterior permiten suponerlo.

Dado ese doble juego de impulsos a que responde la obra dramática de Valle, en general, y de Voces de gesta en particular, el juicio concreto sobre ella ha de tener en cuenta esos aspectos, expuestos por el autor de tal manera que al espectador no le resulten naturalmente conciliables. Juzgada como texto es imposible sustraerse a la precisión del verso, a su fuerza preciosista y a su vigor literario. Pero hay que saborearlo en sí mismo, y no como vehículo de la acción dramática. La aceptación dependerá de la receptividad del espectador a considerar el desencarnado patetismo de la trama como subordinado a la magia expresiva del lenguaje. Pero no todo espectador está preparado para aceptar ese punto de vista que subordina la estética deforme o exagerada de la acción a la función lírica del verso.

La dirección de Emilio Hernández, la escenografía de Cytrynowski y el arreglo musical de Llopis contribuyen a acumular elementos plásticos y formales que cooperen, en su conjunción, a resaltar los efectos estéticos tanto como a subrayar el tremendismo de la escena. Es dudoso que Valle-Inclán necesite de alicientes añadidos: la música original es eufónica, pero hay demasiada música; la dirección subraya los rasgos histriónicos, pero hay demasiado artificio dentro de la simplicidad; hasta hay demasiada niebla y demasiada pausa en la rítmica lentitud que encadena las secuencias. De la interpretación merece resaltar la difícil labor de Magüi Mira en su papel de Ginebra, intentando inútilmente dar vida a un personaje agobiado por tantos excesos, los procedentes de Valle-Inclán y los añadidos por el artificio pretencioso de esta puesta en escena. Los demás personajes eran caricaturas en este retablo en que el autor no describió personajes, sino caricaturas. Lo único que podía dar razonable sentido a este experimento, la fruición en el verso, quedaba más lamentablemente sepultado por el exceso de elementos que se sobrepusieron en la escenificación.