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Ver productos1 Oct 1991 - 7min.
A raíz de los acontecimientos en la URSS, el ministro de Asuntos Exteriores español, Francisco Fernández Ordóñez, dio muestra de su acentuado sentido del humor cuando dijo en una intervención ante el Senado que la pronta reacción de España al golpe de Estado en la Unión Soviética había sido «decisiva» para el fracaso del mismo. Hacía cierto bochorno en la sala y sus señorías estaban en plena digestión, de modo que nadie soltó la carcajada. Ordóñez es demasiado sensato y astuto como para sospechar que hablaba en serio.
En la cronología de los hechos producidos desde el 19 de agosto y publicada por la Cancillería española puede leerse esta deliciosa apostilla: «Carros blindados de las fuerzas especiales del Ministerio del Interior bloquean los accesos a la Plaza Roja y cercan el edificio del Parlamento ruso». Punto y aparte: «El ministro de AA.EE., Francisco Fernández Ordóñez, interrumpe sus vacaciones y convoca una reunión urgente de su departamento. El presidente del Gobierno suspende sus vacaciones veraniegas y celebra un almuerzo de trabajo en el Palacio de la Moncloa. Al término de la reunión, se facilita una nota del Gobierno en la que se califican los hechos de verdadero golpe de Estado». Tras un despacho con el Rey, que adelanta su regreso a Madrid, González ofrece una rueda de prensa.
La cronología coloca inmediatamente después de estas acciones decisivas para la desarticulación del golpe, la información de que el presidente Bush «califica de anticonstitucional la destitución de Mijail Gorbachov».
Al mediodía del día siguiente (en la cronología no se indican las horas) se producen dos hechos trascendentales y, desde luego, incomparables: «El presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, utiliza los canales de la televisión norteamericana para transmitir al mundo y al pueblo soviético los mensajes que no puede difundir por la televisión de su país, pidiendo la ayuda de todos para vencer a los golpistas». «El presidente del Gobierno español regresa a Huelva, tras haber intentado nuevamente, sin éxito, establecer comunicación con Mijail Gorbachov».
El día 21 de agosto el Ministerio del Portavoz del Gobierno hace pública una nota dando cuenta de las gestiones realizadas por el presidente del Gobierno para contactar directamente con Mijail Gorbachov y con el presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, «con el fin de transmitirles su profunda satisfacción por el fracaso del golpe de Estado». La nota no dice que fue imposible establecer la comunicación: de eso se encargará al día siguiente el propio presidente del Gobierno, que, en una rueda de prensa en los jardines del Palacio de la Moncloa, anuncia, al fin, la buena nueva: «Hablé con Yeltsin, temprano esta mañana. Estoy pendiente todavía de la llamada de Gorbachov».
Este frenesí telefónico del presidente español ocultaba además de una legítima preocupación por el estado de salud de Gorbachov cierta decepción: durante su viaje oficial a Moscú, González había firmado con Gorbachov un acuerdo por el que se establecía un teléfono «rojo» para situaciones de crisis entre la Moncloa y el Kremlin. El teléfono, naturalmente, no funcionó, tal vez porque no estaba instalado o, lo que es más probable, porque resultaba un tanto surrealista pensar que mientras al dirigente soviético sus próximos colaboradores le daban un golpe y lo encerraban en la dacha de Crimea, tendría tiempo u ocasión para comentar con sus colegas de otros países la evolución de los acontecimientos. ¿Se imagina alguien al difunto Salvador Allende conversando con el presidente Echevarría de México mientras Pinochet bombardeaba el Palacio de la Moneda? Tanto la idea de establecer el teléfono rojo Madrid-Moscú como la de utilizarlo entre Crimea y Huelva cuando se producía el golpe de Estado nos retrotraen a situaciones emparentadas con la «guerra de Gila», que tanto éxito tuvo en los años cincuenta.
Esta historia sería simplemente anecdótica si no ocultara uno de los usos más socorridos de la diplomacia española desde hace años, consistente en intentar convencer a una opinión pública más bien ajena a estos temas sobre el papel decisivo que juega España urbi et orbi, ya sea en Nicaragua o Lituania, en el Sáhara occidental o Kuwait. La cosa viene de lejos, y sería injusto cargarle el muerto en solitario al siempre amable y eficiente Paco Fernández Ordóñez. Areilza no tuvo más remedio que vender una mercancía la democratización española más bien inexistente en Europa occidental y sobre todo en Estados Unidos. Marcelino Oreja engolaba la voz para que tomaran en serio a la democracia naciente e incluso a su patrón, Suárez, mientras éste peroraba sobre el «cuello de botella del estrecho de Ormuz» y abrazaba a cuanto palestino, negro, iberoamericano o árabe que se le ponía a tiro para subrayar sin duda el destino occidental de España. Morán entró como un elefante en una cacharrería para sacarnos de la OTAN y meternos en la CE: consiguió lo segundo y le costó la cartera lo primero. Ordóñez tenía y tiene ideas claras, pero ha chocado siempre con la autosatisfacción rampante de sus superiores -hay varios y con la indiferencia acentuada de una clase política enzarzada en batallas de campanario. No tiene más remedio que vender aire en muchas ocasiones, pero lo hace con tanta soltura y simpatía que nadie se atreve a rechazar sus ofertas.
Las relaciones entre España y la URSS han sido tradicionalmente inexistentes, por no decir nulas. Costó Dios y ayuda conseguir que Gorbachov visitara Madrid, tras haber peregrinado por el resto de las capitales europeas, y cuando vino se firmó un acuerdo financiero (1.500 millones de dólares en créditos españoles) que nunca funcionó y que tiene modestas posibilidades de funcionar en el futuro. Por eso resulta tan fácil anunciar a bombo y platillo horas después de que estallara el «tejerazo soviético» que se suspendían todas las operaciones de crédito y financiación con la URSS: no había ninguna en marcha.
La visita oficial de González a Moscú en julio se completó con el esperpéntico seminario organizado por Mario Conde y la Universidad Complutense, al que asistieron una docena de personas, algunas de las cuales están por cierto ahora en la cárcel porque tuvieron un activo papel en el golpe frustrado. González y sus acompañantes se creyeron entonces que había Gorbachov para rato: les hubiera bastado salir a la calle y pasearse diez minutos para percibir que los moscovitas estaban hasta el gorro del «gorbachovismo» y que podía ocurrir cualquier cosa, incluso un golpe de Estado. Pero el compañero Mijail los tranquilizó y volvieron a Madrid más contentos que unas pascuas, convencidos de que si ocurriese algo serían previamente avisados por el teléfono rojo.
Sólo el anciano y sagaz Shevardnadze le advirtió a Ordóñez que el «golpe fascista» venía, en una entrevista de cumplido. Yakovlev lo estuvo diciendo cada martes y cada jueves, pero Yakovlev «no era visita» en la embajada de España en la URSS, donde, por cierto, el golpe les sorprendió en cuadro, con el conserje segundo, un chófer, dos administrativos y un secretario de embajada que, dando prueba de su sagacidad, hizo unas históricas declaraciones reafirmando la constitucionalidad de la intentona. Decididamente, o a nivel mundial se cambia el calendario de los terremotos políticos imprevisibles (Irak, crisis de las embajadas en Cuba, Kuwait, URSS) o los embajadores españoles toman las vacaciones en febrero…
Todo el mundo supo en su momento que el problema de Gibraltar se resolvería abriendo a bombo y platillo la verja; nadie ignoró tampoco que el Grupo de Contadora, patrocinado por el Gobierno socialista español en su época, iba a resolver la guerra civil en Nicaragua, y que los practicantes españoles arreglaron provisionalmente el tema kurdo. Ahora, en las postrimerías del verano, hemos podido enterarnos de que la clara y tajante posición española fue decisiva para la derrota de los golpistas. Las fuerzas armadas soviéticas, conmovidas ante la declaración posterior al almuerzo del día 19 en La Moncloa, reflexionaron sobre la insensatez que iban a cometer y volvieron a los cuarteles. El KGB y el PCÚS, arrepentidos, decidieron también entregar armas y escritorios cuando se enteraron que el presidente del Gobierno español había regresado al Coto de Doñana pero no cejaba en su objetivo de hablar con Gorbachov en Crimea. Hasta las declaraciones del sagaz secretario de la embajada española en Moscú bendiciendo constitucionalmente la subversión ayudaron a que los golpistas no insistieran, dado que la razón hace la fuerza. Todo, en suma, fue decisivo en la respuesta española para la derrota de Yanaev y sus amigos. Y eso que el teléfono rojo no funcionó. ¡Otra vez la Telefónica!