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Ver productosTres autores para el verano: Roger Garaudy, Arthur Schopenhauer y Fray Luis de León
1 Jul 1991 - 7 min.
Miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés, del que sería considerado el filósofo oficial hasta su expulsión en 1970, impulsor de los diálogos entre marxistas y cristianos, Roger Garaudy sorprendió al mundo en 1982 al anunciar su conversión al Islam. Ahora acaba de aparecer la traducción española de sus memorias, Mi vuelta al siglo en solitario (Esplugues de Llobregat, Barcelona, Plaza y Janés, 1991).
Apasionante el recorrido vital de Roger Garaudy. Empezando por el principio, por el amor, envolvente como el mar, de su madre, por el desengaño del padre, que regresa amargado de los frentes de la Gran Guerra. Garaudy nos va desgranando las cuentas de su vida, una vida en la que pronto desempeñan un papel fundamental los libros, entendidos como «una rampa hacia el ensueño», y entre ellos descollando precozmente la figura de Don Quijote. Y, en seguida, sus estudios de filosofía, su descubrimiento de Kierkegaard y de Marx, su fe cristiana y, al mismo tiempo, su entrada en el PCF. «Soy cristiano y me acabo de inscribir en el Partido Comunista», anuncia a su padre, un ateo conservador que le responde: «¡Estás completamente loco!». Su amor por Milaine, católica ferviente y, como él, estudiante de filosofía en Aix-en-Provence, un amor presidido por «la estela mística de Maurice Blondel», que en seguida se transformará en matrimonio; pero un matrimonio pronto interrumpido por el servicio militar y luego por la guerra con Alemania, y más tarde, ya en la Francia ocupada por los nazis, por la deportación a Argelia. Allí, en un motín, está a punto de ser fusilado. Lo que salva a los prisioneros es que sus guardianes desobedecen las órdenes de disparar de su superior. Son guerreros «ibaditas», musulmanes que consideran contrario al honor de Dios que un hombre armado dispare contra uno desarmado. Es para Garaudy la «experiencia de la transcendencia vivida», en la que más tarde verá la primera piedra de toque en su conversión al Islam. Pero, a la vuelta de Argelia luego de su liberación, la separación prolongada y el maniqueísmo de la lucha política le conducen inexorablemente a la ruptura con Milaine. «De todos mis errores y fallos, éste es quizás el mayor de todos», confiesa.
Viene ya la inmersión total en los combates políticos y en los debates intelectuales del presente, siempre desde su privilegiado puesto de miembro del Comité Central del PCF. Los trabajos de diputado del Parlamento, el doctorado en La Sorbona bajo la égida de Bachelard, las polémicas con el existencialismo de Sartre, la evocación que quiere ser objetiva de Stalin, los primeros problemas con Kruschov, entre otras cosas por el ateísmo oficial de la Unión Soviética, la impulsión del diálogo entre marxistas y cristianos, la admiración por Teilhard de Chardin, la amistad fraterna con Dom Helder Cámara. Y, pronto, las discrepancias con la línea oficial del PCF por la cuestión de China y de Yugoslavia, unas discrepancias que se agudizan en mayo del 68, para concluir en la expulsión del partido en 1970, sin duda el momento más intensamente dramático, y quizás el central, de todo el libro. Ese día por primera vez en su vida siente la tentación del suicidio, y, abandonado por todos, no puede sino visitar a su primera mujer, a la que no había vuelto a ver desde su separación en 1945.
Vienen luego años de desconcierto, años en que se dedica a viajar y, sobre todo, a lo que suele uno dedicarse cuando no sabe bien qué hacer, es decir, a la estética. Sin duda, Garaudy es el tipo de intelectual que necesita sentirse integrado en una organización, y, así, las 70 páginas que median entre su expulsión del PCF y su conversión al Islam son las más desvaídas del libro. Afortunadamente para el lector, en 1982 tiene lugar dicha conversión, y Garaudy como militante del Islam recupera el pulso vigoroso del militante comunista.
Se podrá asentir o no a las opciones ideológicas de Garaudy, ésa es otra cuestión, pero no puede sino admirarse la contundencia, la energía y el valor con que nos las relata en sus memorias.
En Sobre la filosofía de universidad (Madrid, Tecnos, 1991), Arthur Schopenhauer arremete con las fuerzas del genio convertido en panfletista contra la filosofía oficial de su tiempo, que no es otra que la del idealismo alemán, la de Fichte, Schelling y, sobre todo, Hegel. Son ellos, el último sobre todo, los que han traicionado el nuevo despertar propiciado por la Crítica de la razón pura de Kant, quizás el acontecimiento más importante de toda la historia de la filosofía, al volver a poner la filosofía, pese a la definitiva crítica de Kant, al servicio de la teología y al convertirla en una logomaquia indescifrable. Pero, además, no solamente que hayan hecho retroceder la filosofía muy atrás de los tiempos de Kant, sino que la han convertido en una disciplina de adoctrinamiento al servicio del Estado. Pues una cosa es ser profesor de filosofía y otra cosa muy distinta es ser un filósofo. Los Fichte, Schelling y, sobre todo, Hegel y toda la cohorte hegeliana, lo único que hacen es preocuparse por su carrera universitaria, por apoderarse de las cátedras y de las revistas literarias, todo ello en beneficio de sus familias. Otra cosa muy distinta es la preocupación absorbente de un auténtico filósofo, de un Platón o de un Kant, que no puede ser otra que la de lograr la absoluta ecuanimidad y objetividad del conocimiento, es decir, no preocuparse por su carrera o por su familia, sino sólo por la verdad. De ahí la conspiración de los profesores de filosofía contra los filósofos auténticos; de ahí sus desvelos por arrumbar a Kant y a su único discípulo verdadero, que, claro está, no es otro que el propio Schopenhauer; conspiración contra la filosofía que no es sino la gran conspiración de silencio contra el genio, genio que no puede ser nunca producto de la enseñanza de las universidades, y menos todavía de la enseñanza hegeliana, esa jerga ininteligible, sino del aristocratismo de la naturaleza. Pues todo depende, a fin de cuentas, de quién ha sido el padre y la madre de cada cual. (Por cierto que el padre de Schopenhauer se suicidó y la madre era novelista, lo que hacía decir a nuestro Unamuno que quizás el suicidio había sido la novela del padre de Schopenhauer, como las novelas habían sido, quizás, la forma de suicidarse de su madre).
En fin, genial alegato contra la filosofía dominante en su tiempo, un alegato en que la rabia no es sino un acicate de la lucidez, confrontación total contra la ideología vigente, Sobre la filosofía de universidad es una auténtica obra maestra del panfleto filosófico, que mantiene intacta toda su dinamita.
El tercer y último libro que hemos seleccionado es no menos apasionado, pero aquí el arrebato nos conduce a la serenidad más inefable. Se trata de la Poesía completa de Fray Luis de León, edición de José Manuel Blecua, Madrid, Gredos, 1990), del que conmemoramos el cuarto centenario de su muerte, conmemoración que, por cierto, feliz sincronismo, Fray
Luis comparte con San Juan de la Cruz, quizás las dos más excelsas cumbres de la lírica española de todos los tiempos. La poesía de San Juan es una inmersión en la profundidad infinita del corazón humano, y quizás más que humano; la de Fray Luis, en cambio, nos hace sentir ese otro infinito, el de la altura, en una ascensión inacabable. Vano sería intentar establecer quién es más grande como poeta, si Fray Luis o San Juan; pero, así como alguien decía (¿quizás Borges?) que se nace platónico o aristotélico, no disimulamos que nuestras predilecciones han estado siempre de parte de Fray Luis.
Y nada mejor que conmemorar el centenario de la muerte de Fray Luis de León leyendo su poesía en la excelente edición de José Manuel Blecua, quizás el más grande editor vivo de textos poéticos de nuestro siglo de oro. Recordemos, por ejemplo, su monumental edición de la poesía de Quevedo.
Recapitulemos. Luego de habernos sumergido con Garaudy en las corrientes profundas de la actualidad y de haber asistido en Schopenhauer a una confrontación radical con la ideología dominante, siguiendo a Fray Luis de León hemos aprendido el vuelo hacia otra parte, un vuelo vertiginoso hacia… ¿la eternidad?
Y eso quisiéramos desearle al lector que hasta aquí haya tenido la paciencia de seguirnos. ¡Ojalá que eso sea el verano para el lector! Quizás, con ayuda de esas «rampas hacia el ensueño» que veíamos que eran los libros para el adolescente Garaudy, sentir, más allá de las añagazas del presente, un vislumbre de la eternidad. •