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Leon Kass es un hombre difícil de clasificar. Estudió Medicina y Biología, y aunque no ha ejercido nunca, se ha convertido en una autoridad en el campo de la bioética. Profesor en la Universidad de Chicago, es conocido por sus cursos y sus libros sobre textos clásicos, entre los que destacan un extraordinario comentario al Génesis (The Beginning of Wisdom, 2003) o su clásico estudio sobre la humanización de la vida (The Hungry Soul, 1994). Leon Kass es un hombre que practica la filosofía en el sentido antiguo de la palabra: buscar la sabiduría para llevar una vida conforme a lo bueno, lo verdadero.

Fue Kass quien se encargó de apadrinar una nueva revista que salió en septiembre de 2009 con el nombre de National Affairs. Lo hizo con un ensayo largo, a medias autobiográfico, en el que hace una defensa de las Humanidades en la enseñanza. Como buen profesor, termina manifestando su confianza, no en las universidades ni en los sistemas de enseñanza, sino en la gente joven, que sigue queriendo, como siempre, que se la tome en serio.

El ensayo era también una forma de apoyar al grupo fundador de National Affairs, promovido y encabezado por Yuval Levin, discípulo de Kass en Chicago. Levin nació en Israel. Llegó a Estados Unidos de niño, con sus padres. Después de sus estudios universitarios, se incorporó al mundo de los gabinetes políticos en Washington D.C. y fue miembro del Consejo Presidencial de Bioética en el segundo mandato de George W. Bush. El conocimiento desde dentro de la acción política le ha proporcionado una visión alejada de las abstracciones ideológicas y de la imaginación literaria o televisiva, tan sobrecargada de maquiavelismo de efectos especiales. Él mismo ha dicho que entre las cosas que más le sorprendieron de su paso por la Casa Blanca y el Congreso fue el escaso cinismo de los agentes políticos.

Así es como decidió sacar National Affairs, una revista trimestral, sobria, sin ilustraciones, de formato pequeño y letra apretada, con ensayos de longitud considerable dedicados a la reflexión sobre filosofía política, pero sobre todo a los estudios de cuestiones políticas prácticas o políticas públicas. Se trataba de reflexionar sobre la realidad de los problemas y analizar posibles soluciones sin obsesionarse por la ideología. Como ya se habrá comprendido, National Affairs es heredera de The Public Interest, la célebre revista fundada en 1965 por Daniel Bell e Irving Kristol. En torno a The Public Interest se fraguó un cambio de fondo en la derecha norteamericana. Gracias a él dejó atrás su posición paradójica de años anteriores. Efectivamente, durante mucho tiempo hizo suyo el consenso político en los términos en que lo establecían los demócratas desde los tiempos del New Deal, mientras que se refugiaba en una negativa a pensar su propia posición fuera de la fidelidad a principios ortodoxamente liberales, y a aquellas alturas perfectamente irreales, de Estado mínimo y economía de mercado. No es exagerado afirmar que The Public Interest acabó estableciendo el marco del debate ideológico en los Estados Unidos al final del siglo XX.

The Public Interest cerró en 2005, en plena crisis del pensamiento conservador (en sentido norteamericano). National Affairs ha querido venir así a cubrir lo que Levin y sus compañeros percibían como un nuevo vacío: un vacío de ideas, de propuestas, de referencias intelectuales de fondo. The Great Debate, el libro que Levin publicó en 2014, forma parte de este gran proyecto. No es el primer libro de su autor, que se doctoró en Chicago en Ciencias Políticas. El intento por investigar la genealogía de la derecha norteamericana, o por aportar algún matiz novedoso a un asunto muy estudiado, viene respaldado por una doble intención: la política práctica y la seriedad académica.

DERECHAS E IZQUIERDAS

Como es bien sabido, la distinción entre «derecha» e «izquierda», en términos políticos, se suele remontar a la Asamblea Constituyente francesa y a la disposición espacial que adoptaron extremistas y moderados. Luego se han vertido ríos de tinta sobre el significado de esas dos palabras que siempre han parecido más relacionadas con la tradición europea que con la norteamericana. Y no porque en Estados Unidos no se hayan podido delimitar dos campos, o dos grandes actitudes, que podrían encajar más o menos en la clasificación de izquierda y de derecha, sino porque el origen ideológico y político de la Unión, así como la evolución —desde muy temprano— de estas posiciones han seguido una línea propia, difícil de trasladar a términos europeos y con características específicas: el populismo como sustitución y, al tiempo, vacuna contra el socialismo, y el radicalismo antiestatal, o antifederal, como bandera básica e irrenunciable.

Levin parte de otro sitio y prefiere fijarse en un episodio de la historia intelectual y política a caballo entre Europa y Estados Unidos. Como es bien sabido, Edmund Burke, el ensayista y político liberal inglés, había respaldado la independencia norteamericana desde su puesto en la Cámara de los Comunes. Aquella posición le trajo no pocos problemas en el ambiente político del Londres de finales del siglo XVIII. El 18 de agosto de 1788 —aquí arranca el libro de Levin—, Burke, en compañía del tercer duque de Portland, el famoso William Cavendish, cenó con Thomas Paine. En una carta escrita por aquellos días, lo llamó «el gran americano». Paine, como también es bien sabido, era norteamericano de adopción. Había nacido en Gran Bretaña, aunque sus obsesiones, su rebeldía, y también su mala cabeza, le habían llevado a cruzar el Atlántico en 1774, en plena revolución.

La publicación en Filadelfia de Sentido común le proporcionó una celebridad instantánea y el extraordinario panfleto se convirtió de la noche a la mañana en uno de los textos más difundidos e influyentes en lo que iba a ser el territorio de Estados Unidos y, de rechazo, en el Viejo Continente. Aquí, apuntaló la idea de que la revolución y la independencia norteamericana eran la continuación lógica de la Ilustración. Allí, en Estados Unidos, proporcionó argumentos apasionados, de una elocuencia moderna y directa, a la causa de la secesión y del republicanismo. (Así lo ha vuelto a recordar Eric Nelson en su reciente y polémico The Royalist Revolution.) La cena de Burke, Paine y Cavendish no debió de ir mal, pero no habiendo encontrado el recibimiento que creía merecer en su primera patria, Paine viajó a Francia y comprendió que se encontraba, de nuevo, ante otro giro monumental de la Historia. Y como ya había contribuido a hacer una revolución, decidió contribuir a hacer otra.

Fue aquí donde la amistad entre Burke y Paine encalló. Era algo previsible, si nos da por imaginar que el temperamento de cada uno de ellos responde a la naturaleza de su obra intelectual y política. Es sabido que Paine se entusiasmó con la Revolución francesa, mientras que Burke, como también es bien conocido, se fue alarmando cada vez más hasta llegar a creerse en la obligación de manifestar y argumentar su desacuerdo en las Reflexiones sobre la Revolución francesa. Paine, que seguía en Francia y acabaría en la cárcel, como otros muchos entusiastas de primera hora, comprendió que tenía que dar una respuesta al análisis de Burke y publicó a su vez Rights of Man.

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Yuval Levin, The Great Debate. E. Burke, T. Paine and the Birth of Right and Left. Nueva York, Basic Books, 2014.

Yuval Levin retoma este debate, que alcanzó una repercusión notable en la época (Rights of Man resultó ser, y merecidamente, un nuevo superventas) y traza algunas grandes líneas que acaban definiendo los fundamentos que permiten articular las dos grandes posiciones políticas que conocemos como la izquierda y la derecha. Levin confiesa su preferencia por la posición de Burke, que se inclina por la continuidad, la prudencia y el respeto a las instituciones como la mejor forma de preservar la libertad del ser humano, frente a la radicalidad de Paine, que ensalza la razón y los derechos generales para acabar con los privilegios y la desigualdad. Paine se sitúa del lado del contrato social, mientras que Burke, aunque no rechaza del todo la idea de un contrato social (seguramente porque utiliza el vocabulario del derecho natural), lo comprende como una asociación que plantea tantas obligaciones como derechos. Y en cuanto al papel de la razón, Paine aplica la gran suposición de la Ilustración para imaginar una sociedad feliz porque razonable mientras que Burke, como es bien sabido, desconfía de cualquier abstracción. Llegó a tal punto de desconfianza que Leo Strauss consideró que su gran contribución al pensamiento político es la claridad y la energía con la que subrayó los efectos nefastos que tiene la intrusión de la teoría, o espíritu de especulación propio de lo que Burke llamaba los «filósofos parisinos», en la práctica de la política, algo que ya había desarrollado antes de 1789.

No es esta la primera vez que Burke aparece en el pensamiento conservador norteamericano. Probablemente fue Russell Kirk quien lo rescató de una relativa oscuridad con su estudio de 1967 (prólogo de Roger Scruton), en el que lo postuló como uno de los antecesores del moderno conservadurismo, un poco en la línea del ensayo de Levin. En 1953, Leo Strauss le había dedicado una parte del último capítulo de su Derecho natural e historia, en el que, junto con el elogio que también le dedica en la Historia de la filosofía política, realiza una crítica de fondo acerca de aquello mismo que considera su aportación fundamental, su negativa a cualquier teorización política, como si, dice Strauss, la teoría política de Burke no fuera más que una teorización de la constitución política inglesa. Entre los muchos pensadores norteamericanos que han buscado su inspiración en Burke se encuentra Gertrude Himmelfarb (del mismo grupo que su marido Irving Kristol), que siempre le ha dedicado gran atención y le tomó prestada una expresión (La imaginación moral) para uno de sus libros.

Levin actualiza así una gran tradición, y lo hace con sensatez y buen criterio. El suyo no es un libro de teoría política, sino una reelaboración inteligente, elegante y bien escrita de las ideas que fundamentan dos grandes actitudes políticas. En realidad, más problemática que la contención teórica del autor, que no pretende ejercer de filósofo de la política, ni siquiera de politólogo —se agradece, sobre todo en estos tiempos—, es la desconexión que presenta con la historia política norteamericana.

HISTORIA

En este punto, más que subrayar el papel de Burke, conviene volver al de Thomas Paine. Burke, efectivamente, creyó comprender (y comprendió en parte, por así decirlo) la naturaleza de la revolución norteamericana, pero no entendió la de la francesa. Paine, en cambio, siempre pensó que las dos formaban parte del mismo movimiento, algo en lo que también se equivocaba en parte, como así se lo hicieron saber sus amigos norteamericanos cuando atacó el cristianismo en The Age of Reason, en una línea volteriana a la que lo ocurrido en la Revolución había dado un sentido nuevo, del que Paine no parecía, o no quería, darse cuenta. Esto, y sus posteriores críticas a George Washington —ni más ni menos—, explican el peculiar estatuto que Paine siempre ha tenido en la historia política e intelectual norteamericana. Miembro de la generación revolucionaria (y norteamericano de adopción), fue «aniquilado» —según Tocqueville, citado por J. G. A. Pocock en su clásico El momento maquiavélico— por sus nuevos compatriotas allí donde había conseguido sobrevivir a los ataques de los ingleses y de los revolucionarios franceses. Hasta mediados del siglo XX no figuró en la pléyade de «Padres fundadores», y aun así sigue ocupando una posición excéntrica.

Desde la perspectiva de la clasificación de Levin, sin duda que el pensamiento de Paine resulta fundador en la tradición de la izquierda. (Leo Strauss observó que Paine, que insiste en el carácter restringido de la acción de los gobiernos, es al mismo tiempo un profeta del Estado intervencionista moderno.) Ahora bien, también es cierto que su radicalismo se hizo eco del radicalismo de la opinión pública norteamericana —heredero en parte, y a su vez, del radicalismo inglés del siglo anterior— que llevó a considerar inevitable y benéfica la secesión de la «despótica» Corona inglesa. Las posteriores discrepancias de Paine con respecto al nuevo establishment norteamericano surgido de los debates sobre la Constitución pueden ser entendidas como un episodio más de lo ocurrido cuando los antifederalistas, es decir quienes se opusieron a la Constitución, reivindicaban el espíritu de rebelión radical propio de la revolución norteamericana, tan bien analizado por Gordon S. Wood (The Radicalism of the American Revolution) y Bernard Baylin (The Ideological Origins of the American Revolution).

Está por ver si Burke entendió de verdad la revolución norteamericana en lo que tenía de descubrimiento de un nuevo mundo político en el que se acababan para siempre el antiguo orden de los privilegios y las estratificaciones sociales, para entrar en otro desordenado, ruidoso, incluso brutal muchas veces, el propio de la democracia moderna, donde a nadie se le reconoce ninguna prioridad que no sea la del mérito y la acción personal. La «igualdad» de Aristóteles no es lo mismo que la «égalité des conditions» de Tocqueville. Desde esta perspectiva, puramente norteamericana, Burke parece defender un orden ajeno a los revolucionarios independentistas y más propio de aquellos conservadores puros, algunos de ellos sureños, como John Randolph de Roanoke o John C. Calhoun, tan queridos de Kirk, que defendieron, de una forma completamente idealista, por no decir irreal, la pervivencia de un mundo jerarquizado y aristocrático como la verdadera naturaleza del nuevo orden americano.

LOS NUEVOS CONSERVADORES

Como Levin evita, porque no es el campo que le interesa, la inserción de sus dos personajes en la historia política norteamericana, también soslaya buena parte de las ambigüedades que esta habría revelado. Y sin embargo, esas ambigüedades no dejan de proyectarse sobre su trabajo, porque este no tiene solo una pretensión teórica y aspira a proporcionar argumentos e ideas capaces de contribuir a la reformulación de la derecha norteamericana. Como ya indiqué al principio, Levin aspira a crear una corriente o un laboratorio de ideas y propuestas para una renovación del centro derecha. Se trata de volver a vivir la gran leyenda de lo que en su día hizo, por ejemplo, la Heritage Foundation con Reagan. Entre los varios problemas del proyecto está que no hay un Reagan a la vista, aunque sí hay figuras políticas interesadas en un enfoque similar. Paul Ryan, candidato a vicepresidente en las elecciones de 2012, y Eric Cantor fundaron en 2007 el programa Young Guns, que sirvió para renovar de forma institucionalizada la representación republicana en el Congreso. En la órbita de Young Guns está la publicación de Room to Grow, una recopilación de ensayos con uno introductorio de Levin. El senador Marco Rubio, por su parte, también se ha interesado por las propuestas del grupo. Rubio quiere encarnar, justamente, la renovación sin rupturas que daría sentido a una plataforma republicana y, de paso, a la invocación a la continuidad que la referencia a Burke hace ineludible.

En este punto, el problema consiste en que quienes hicieron posible la supervivencia del Partido Republicano después de los dos mandatos de George W. Bush no formaban parte del ala moderada, y aristocrática, del republicanismo, sino los elementos más populistas de la derecha norteamericana, lo que se llamó el Tea Party. El solo nombre evoca, precisamente, el radicalismo fundador. Y mucho más que a Burke, a Paine, con sus posiciones drásticas, su antielitismo y una dosis, considerable, de obsesiones conspirativas y de paranoia, de las que la historia política y cultural de Estados Unidos, por otra parte, no anda escasa. El propio Ronald Reagan, en su momento, habló de Thomas Paine, algo que Levin sabe muy bien porque Reagan fue un modelo en la construcción de una posición política al mismo tiempo consistentemente moderada —es decir, de tono aristocrático— y consistentemente populista, como corresponde a una parte de la tradición demócrata, de la que el propio Reagan procedía.

La tensión se pudo comprobar, por ejemplo, en las pasadas elecciones de medio mandato, cuando el prestigioso Eric Cantor, interesado en la renovación del Partido Republicano, y que había creído posible gestionar la ola populista, fue derrotado por un miembro del Tea Party en su feudo de Virginia en las primarias de 2014. Aquello mismo que ha hecho posible mantener la oposición política bajo la presidencia de Obama hace imposible la llegada al poder del Partido Republicano, porque tensa la posición de este hasta un punto inaceptable para el electorado de centro. También padece la vida política general, hasta llegar a la imposibilidad de alcanzar soluciones dialogadas y pactadas. Es el famoso «gridlock» (punto muerto) washingtoniano, que desespera a quienes ven en la política un ejercicio de construcción de consensos y de acuerdos.

Sin embargo, esa es la tarea que Levin y su grupo, en el que se encuentra gente también joven, como Michael R. Strain, Ramesh Ponnuru y su esposa April. Los han llamado, no son ironía, los «reformicons», y se han propuesto que el Partido Republicano deje otra vez de ser el «estúpido partido», como en su tiempo lo fueron los conservadores ingleses. No son los únicos en estar convencidos que la derecha norteamericana debe proceder a reformarse. Arthur Brooks, el presidente del aei, uno de los think tanks más prestigiosos de Washington, aboga también por una nueva política de centro derecha, más enfocada en la desigualdad y en las clases medias, y menos en los grandes motivos clásicos de la desregulación y la reducción de impuestos. Como argumenta Levin, la crisis económica y financiera de 2008 ha cambiado las bases del debate político. Paradójicamente, la búsqueda de nuevas propuestas pasa por la recuperación de actitudes y temas ya clásicos: no el conservadurismo compasivo de tiempos de George W. Bush, desacreditado casi desde su aparición, sino el neoconservadurismo en su sentido estricto, cuando representaba la voluntad de infundir nuevos aires y sobre todo nuevos contenidos a la derecha norteamericana.

Que Leon Kass publicara un ensayo tan significativo como el que apareció en el primer número de National Affairs parece otorgarle a Levin el papel del nuevo Kristol. Está por ver si es el de Irving (el padre) o el de William (el hijo), aunque esta es otra historia que, sin embargo, no anda muy lejos de esta que acabo de contar.


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