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Es bien sabido que Estados Unidos es un país filosófico. No lo es del todo, como es natural, pero lo es más que los países europeos, más dependientes de la historia y de la ideología. La naturaleza filosófica se traduce en muchas de las costumbres de la vida política norteamericana, y una de ellas, y no de las menores, es el calendario de las elecciones, fijado para la eternidad desde los textos fundacionales de la Unión. También entonces se previeron las elecciones de medio mandato («midterm»), que se celebran a los dos años de haber sido elegido el presidente y destinadas a poner a prueba al poder ejecutivo y, llegado el caso, equilibrarlo para evitar que siga haciendo daño al país. Casi nunca, por no decir nunca, el partido del presidente sale reforzado. Hay ejemplos egregios, y recientes. En 1994, Clinton vio cómo los electores otorgaban su confianza a los republicanos. En 2006, a George W. Bush le pasó algo parecido con los demócratas.

El propio Obama vio cómo, en 2010, la mayoría presidencial que le había sido concedida dos años antes se fundía en la Cámara de Representantes (menos 64 escaños). Y ahora le ha ocurrido algo peor, al perder el Partido Demócrata la mayoría en el Senado y quedar las dos cámaras del Congreso en manos de los republicanos. También estaban en juego varios puestos de gobernadores. Los republicanos se han hecho con dos puestos de gobernador y los demócratas han perdido tres.

Es cierto que en estas elecciones la participación es menor, lo que suele favorecer a los candidatos respaldados por los electores blancos, de clase media, más proclives al republicanismo que los jóvenes y las minorías —en particular la minoría negra—, que se suelen movilizar con más intensidad en las presidenciales. Según el Wall Street Journal, poco tiempo antes de las elecciones más de la mitad de los votantes negros no sabía que estas iban a tener lugar1. Estas elecciones respetan este patrón y no pueden ser consideradas un vuelco electoral en favor de los republicanos. Tampoco permiten prever con claridad lo que ocurrirá en las próximas presidenciales de 2016.

Sea lo que sea, los resultados no son ajenos a lo ocurrido durante la campaña. Mientras los republicanos la nacionalizaron, colocaron a Obama en el centro del mensaje y la convirtieron en un referéndum sobre su presidencia, los demócratas intentaban dar prioridad a los asuntos locales y se distanciaban del presidente. Así que los resultados habrán corroborado algo peor aún que una derrota. Habrán corroborado una humillación.

LAS POLÍTICAS DE OBAMA

Curiosamente, el mandato y medio de Obama no puede ser considerado uniformemente negativo. Más bien al revés. Las dos grandes cuestiones presentes al principio de su primer mandato, en 2008, eran la economía y la guerra. En cuanto a la primera, la economía norteamericana sorteó la gran crisis y en 2014 el pibestá creciendo a un ritmo del 4,2%. El paro, por su parte, se situó en octubre de 2014 en un 5,9%. Comparados con la cifra de crecimiento y de desempleo de los países de la Unión Europea, las cifras no se pueden considerar negativas. Además, la economía y la sociedad norteamericanas han dado muestra en estos años de un dinamismo global, con repercusiones en todo el mundo. Seguimos dependiendo de Estados Unidos para una parte muy importante de la innovación en todos los terrenos, en particular en la ciencia, la tecnología y la cultura. Estados Unidos también ha sido capaz de realizar una revolución energética que lo ha convertido prácticamente en un país autónomo en este campo; algo que sus socios europeos, bloqueados por sus regímenes de propiedad, sus hábitos y los intereses de sus agentes políticos, no van a conseguir nunca. En cuanto a la guerra, Obama ha respetado lo esencial de su compromiso de antes de 2008. Estados Unidos no participa directamente en ningún conflicto bélico y ninguna vida norteamericana está en riesgo en ningún frente de guerra. No se han cumplido todas las promesas, como ocurre con el cierre de Guantánamo, pero lo fundamental está hecho.

Obama llegó a la Presidencia con una gran propuesta de cambio, simbolizada en su reforma del sistema sanitario. Una vez abandonado el objetivo primero de instaurar un sistema socialdemócrata a la europea, la reforma se convirtió en una vía para alcanzar un seguro universal mediante la colaboración del sector público y del sector privado. Los errores han sido incontables, entre otras cosas por la complejidad de la reforma y los excesos ideológicos que la lastraban desde el primer momento. Aun así, la reforma está en marcha y se han empezado a superar los primeros errores.

Existe por tanto un contraste importante entre una realidad que en buena medida ha evolucionado positivamente y una percepción, generalizada, de que los avances o los cambios no han ido a mejor. La reforma de la sanidad no ha dado todos los frutos que podría haber dado, y otro tanto está ocurriendo con la nueva política exterior, que parece haber multiplicado las amenazas y los conflictos internacionales —en Oriente Medio, pero también en África, e incluso en Europa— en vez de reducirlos. También cunde la sensación —equivocada— de que Estados Unidos está dejando de ser la primera potencia mundial. En cuanto a la economía, la mejora de la situación no anula la convicción de que se ha entrado en una etapa de crecimiento demasiado moderado, precariedad en el empleo e incapacidad de dar satisfacción a las expectativas.

LA NUEVA AMÉRICA DEL PRESIDENTE OBAMA

Más allá de la consideración que puedan merecer los resultados de las políticas puestas en marcha por Obama en estos seis años, está otra cuestión, que es la del significado mismo de su Presidencia. La llegada de Obama a la Casa Blanca coincidió con la crisis financiera. Wall Street se colapsó dos meses antes de las elecciones. Muchos, tal vez también el propio Obama, habrían preferido llegar al poder en circunstancias menos dramáticas. Sin embargo, la crisis abría una oportunidad, y así lo entendieron Obama y sus colaboradores. Y la oportunidad no era pequeña. Se trataba no ya de cambiar la política de los últimos años, sino de cambiar el rumbo conservador de la política norteamericana de los últimos treinta años, de establecer un nuevo pacto, de apuntalar una nueva coalición social para un nuevo pacto y, en consecuencia, de fundar una América nueva, como F. D. Roosevelt hizo en los años treinta. Lo que estaba en juego era el siglo xxinorteamericano.

El cambio empezaba por la política exterior. Con Obama, Estados Unidos dejaría de lado la ambición de excepcionalidad que había fundamentado el intervencionismo desde tiempos de Reagan. A partir de ahora se centraría de nuevo en la defensa de sus intereses nacionales y estratégicos. No se trataba de renunciar al poder norteamericano, ni a su rango de superpotencia. Lo que Obama quería, en sintonía con la mayoría del electorado, era abrir una nueva etapa en la que la acción norteamericana no se ejerciera siempre desde la primera línea (algo expresado en la famosa consigna «leading from behind»2), se acabara con los compromisos de combate y la multilateralidad sustituyera al unilateralismo preconizado en tiempos de George W. Bush. Estados Unidos debía dejar a un lado la supuesta misión que se deducía de su supuesto excepcionalismo y pasaba a integrarse en el concierto de las naciones como un país (casi) normal, o al menos con voluntad de convertirse en algo parecido.

Esa fue la expectativa que suscitó la llegada de Obama a la Presidencia, y el motivo de la ola de simpatía con la que fue acogida, incluido el Nobel preventivo de la Paz, por así llamarlo. La aplicación de la nueva doctrina, presentada en el discurso de El Cairo de junio de 2009, ha suscitado problemas nuevos, y al parecer no del todo previstos. Por el momento, la retirada no ha reducido los conflictos, y tampoco la conducta de los protagonistas de la escena internacional parece ajustarse a la racionalidad ilustrada que Obama parecía esperar de ellos. La irrupción de una nueva forma de terrorismo islámico con el ei (Estado Islámico), tan dura como teatral, no puede dejar de ser entendida como una respuesta a las buenas intenciones del presidente. Con independencia de la influencia que esta amenaza haya podido tener en el resultado de las elecciones de 2014, queda por ver si conseguirá variar la nueva dirección que Obama ha imprimido a la política norteamericana. Efectivamente, parece difícil volver al excepcionalismo como inspiración para una mayor participación norteamericana en los conflictos internacionales. También es cierto que, paradójicamente, la realidad puede acabar imponiéndose a quienes en su momento apelaron al «realismo» en contra de las «utopías» neoconservadoras.

La «normalización» de Estados Unidos, tan accidentada en el exterior, no lo ha sido menos en el interior. El proyecto original de reforma de la sanidad intentaba adaptar la sociedad y la política norteamericanas al parámetro socialdemócrata europeo que las élites intelectuales progresistas consideran un ideal no realizado en su país: en cierto sentido, una anomalía e incluso un fracaso. El escaso éxito de la primera propuesta llevó a una redefinición de la reforma, más pragmática que el primer proyecto, pero no a un cambio en el discurso ni en el argumento. Obama y su administración continuaron apelando a unos grandes principios de cohesión y de justicia social que la sociedad norteamericana, que no depende tanto del Estado ni tiene del Estado la misma consideración que los países europeos, no consigue entender. Cabe preguntarse hasta qué punto el activismo y la ideologización de que ha hecho gala la administración Obama en la presentación de este proyecto contribuyen a explicar la sensación de fracaso de un proyecto que, presentado de otro modo, podría haber conseguido un mayor respaldo.

Por su parte, la economía norteamericana ha superado la crisis con holgura. Las cifras, sin embargo, se prestan a una segunda lectura en la que prima no el crecimiento, sino la tibieza de este. Estados Unidos crece, en resumidas cuentas, pero no todo lo que podría crecer. Esto se traduce en una inquietud generalizada, y en la sensación de que no se avanza como se debería. Los jóvenes (con un nivel de desempleo del 12,7% en octubre de 2014) tienen la sensación de que el futuro no logrará satisfacer sus expectativas —muy altas, como en cualquier país desarrollado— y los padres de los jóvenes parecen seguros de que estos vivirán peor que ellos mismos. Se ha roto por tanto la seguridad de que Estados Unidos está en progreso permanente. Los indudables éxitos de la política económica se ven por tanto empañados por la percepción de que Obama no ha sabido responder del todo al reto planteado, e incluso de que ha obstaculizado, con su activismo estatalista, lo que debería haber sido la natural evolución de la economía norteamericana. En otros campos ocurre algo similar. Por ejemplo, el éxito de la revolución energética que ha tenido lugar con las nuevas tecnologías, la sustitución y el fracking se ve contrarrestado por la decisión de no autorizar el oleoducto de Canadá al golfo de México, el polémico Keystone xl.

Se produce aquí algo similar a lo que ya se ha aludido al hablar de la reforma de la sanidad. Obama ha planteado una Presidencia activista y él mismo presenta su proyecto político como un cambio de fondo de la sociedad norteamericana, a la que iba a aportar la dosis de justicia y de igualdad que le faltaba. Al situar la política norteamericana en un terreno tan ideológico, Obama suscitó desde el primer momento una reacción, que se concretó en lo que se llamó el Tea Party, no menos populista que las propuestas del presidente, aunque en el punto opuesto del espectro. Allí donde Obama se presentaba como un profesor universitario de la Costa Este, con la misión casi sagrada de europeizar Estados Unidos, un país asilvestrado y un poco fuera de la Historia (nuestros nacionalistas de principios del siglo xxdecían algo parecido), el Tea Party, ya desde el nombre, jugó el papel de exaltación de la identidad norteamericana para justificar una oposición radical a una política que la desvirtuaba. El Tea Party arruinó a los demócratas el proyecto de «normalización» de Estados Unidos en las elecciones de medio mandato en 2010.

Luego se ha ido diluyendo, pero la oposición al proyecto ideológico de Obama no se ha reducido y ha conseguido hacer de Obama responsable de lo que al cabo resulta ser el «fracaso» de su política económica.

Entre sus electores, cunde la sensación de que Obama no ha cumplido las expectativas que él mismo había suscitado y que la permanente ideologización de su discurso parecía corroborar. Aquellos que esperaban más formaron el principio de coalición social con la que Obama quería cambiar su país: urbanitas ilustrados con alto poder adquisitivo, jóvenes y minorías, en particular la comunidad negra y la hispana. Todos ellos han quedado frustrados. Las élites más o menos cultas de la Costa Este y de la Costa Oeste, por la incapacidad de Obama para estar a la altura de la radicalidad de su promesa. Los jóvenes, porque se ven fuera del progreso económico, con un horizonte cerrado y en muchos casos con deudas contraídas para cursar una carrera universitaria que ahora piensan que les valdrá para poco. La minoría negra, por su parte, era la clave del cambio. Obama asumió hasta el final el papel mesiánico —tan norteamericano, por otra parte— que la historia de su país parecía tenerle reservado. Esto le permitió incluso rectificar con naturalidad la deriva de tono antirreligioso que tan caro le había costado a los demócratas desde los años setenta. Y le permitió, como en el resto de los grandes temas de su Presidencia, elaborar una retórica inflamada de metáforas sentimentales, voluntad justiciera y un tono apocalíptico, como si Obama se postulara para ser el continuador posmoderno (posracial y pospolítico) de Martin Luther King, Jr. y Abraham Lincoln. Parecía que los norteamericanos iban a desembarcar por fin en la Tierra Prometida que hasta ahí les había sido negada (por el injusto e inhumano capitalismo). La realidad, por volver al asunto concreto, es que la situación de la minoría negra, aun habiendo mejorado, como el resto de la sociedad norteamericana, no avanza al mismo ritmo3. Comparativamente, retrocede. Obama no habrá solucionado el problema de la minoría negra y es posible que haya contribuido a enquistarlo aún más.

Como es natural, el apoyo de todos estos grupos a Obama no ha sido tan cuantioso como en elecciones anteriores y ha retrocedido de forma significativa. También el respaldo de los asiáticos, un grupo particularmente heterogéneo, ha retrocedido. Y lo mismo ha ocurrido con los hispanos, que era otro de los pilares sobre los que se iba a levantar la nueva América de Obama. Como no ha habido forma de reformar las leyes de inmigración y por tanto la situación de los inmigrantes hispanos en situación de ilegalidad, la primera medida de Obama después de que su partido perdiera las elecciones ha sido intentar recuperar la confianza de esta minoría —y la de los demás grupos que formaban su coalición— mediante la versión norteamericana del decreto ley, que permite legislar sin pasar por el Congreso. Sin duda, los republicanos obstaculizaron cualquier solución al convertir la inmigración en un motivo de movilización política contra Obama. Ahora bien, el propio Obama ha vuelto a situarse en el terreno de la confrontación, sin disimular su irritación, en un momento en el que depende más que nunca de sus adversarios. Aislado, el universitario de Harvard revelaba el fondo populista, caudillista por tanto, de su personaje.

LAS ALTERNATIVAS. EL FIN DE LA POLÍTICA DE LA IDENTIDAD

La derrota de los demócratas ha sido importante, pero no constituye lo que los norteamericanos califican de «landslide», un vuelco en la tendencia de los electores. Está por ver si los republicanos consiguen consolidar su avance, para lo que necesitarán una combinación particularmente difícil de ambición —pensar en grande, con alternativas serias— y moderación o anclaje en el centro, con una actitud que sepa conectar con un electorado cada vez más desideologizado, pragmático y ajeno a las guerras culturales de los últimos cuarenta años. (Véanse, por ejemplo, las nuevas actitudes ante el matrimonio entre personas del mismo sexo.) Si Obama opta definitivamente por la confrontación, será también porque sabe que así puede sacar a la luz los aspectos más extremistas y menos atractivos del republicanismo.

Uno de los aspectos que sí se pueden subrayar desde ahora es el cambio producido en el Partido Republicano. Sometido a grandes convulsiones ya desde las elecciones presidenciales de 2008, el Partido Republicano aparece ahora rejuvenecido, con nuevas caras, nuevas actitudes y una diversidad que hacen de él un partido muy distinto al de hace pocos años. Aunque sigue concentrando los votos de los trabajadores y empresarios blancos, se va pareciendo más a una sociedad norteamericana tan diversa como la norteamericana. Está en su mano presentar una alternativa viable a un Partido Demócrata cuyos dirigentes no se han movido en estos años. Resultará irónico comprobar que el sucesor de la «revolución» de Obama es una de las grandes representantes de la jerarquía del Partido Demócrata tradicional: Hillary Clinton, su adversaria en 2008 y ajena, en buena medida, a las obsesiones ideológicas de su antiguo adversario.

La derrota de los demócratas, que ha sido una humillación para Obama y una advertencia seria acerca del fracaso de su proyecto para Estados Unidos, tiene también repercusiones globales. El mesianismo de Obama no se limitaba a la cuestión racial ni a la nueva América. El «Yes, we can» resonó fuera del país y daba voz a un intento de articular un cambio profundo, que atañía al núcleo mismo de la economía de mercado, de la dimensión del Estado, del sentido de la libertad en la democracia. Desde esta perspectiva, el fracaso de la utopía de Obama, de confirmarse, debería abrir la puerta a otra clase de actitudes y propuestas reformistas que alejaran la cosa pública de la cuestión identitaria, devolvieran la confianza en la política al superar la disfuncionalidad de estos años y reconciliaran otra vez la ilusión con el realismo.

 

NOTAS

1 «Obama and the Black Vote», The Wall Street Journal, 5 de noviembre de 014.
2 The New Yorker, 26 de abril de 2011.
3 «Obama and the Black Vote», The Wall Street Journal, 5 de noviembre de 014.

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