Cinco libros fantásticos que acabo de leer

Luis Alberto de Cuenca

Théophile Gautier, «La pipa de opio y otros cuentos», trad. de Elena del Amo, Madrid, Siruela 1990, 398 pp. 2.250 ptas.

Los manuales escolares de literatura francesa valoraban hasta hace poco a Théophile Gautier, (Tarbes, 1811-París, 1872) como autor de un impecable libro de versos Esmaltes y camafeos (1852), en el que se anuncia la teoría del «arte por el arte» que caracterizaría más tarde a la escuela «parnasiana». Pero, además de precursor poético, Gautier fue otras muchas cosas. Entre ellas, cuentista fantástico.

En 1830, cuando aún no tenía veinte años, escribió Gautier un artículo en honor de E.T.A. Hoffman, muy popular en Francia a raíz de las traducciones del barón de Loeve-Veimars. Un año después publicó su primer relato, La cafetera, en el que es evidente—casi apabullante, diríamos—la influencia del cuentista de Königsberg. Sin embargo, Gautier es demasiado lúcido para abandonarse sin control al entusiasmo que le inspira su modelo. Muy pronto escribiría las «vejaciones fantásticas» de un Joven-Francia (es decir, aquel muchacho que, entre 1830 y 1840, sigue la moda del dandismo romántico y emite «vibraciones demoniacas»), enloquecido por la devoción que siente por Hoffmann: Onuphrius es su caricatura, dibujada con su fraternal ironía, además de un inolvidable relato que, traducido también por Elena del Amo, figura entre los Cuentos de sombras seleccionados por José María Parreño en esta misma colección de Siruela.

Ese es Gautier, mezclando siempre la exaltación con el sarcasmo, atento siempre a disimular sus inquietudes metafísicas bajo el disfraz de una despreocupada indolencia. Onfala, La pipa de opio y El pie de momia rozan como por juego, como por distracción inofensiva, las hondas realidades invisibles. El lector, por su parte, sonríe y, al mismo tiempo, saborea con delectación la desbordante fantasía que el autor le ofrece disciplinada por un lenguaje estricto y creíble, pues no hay marco mejor para el disparate que el diseñado con realismo.

Sin embargo, hay ocasiones en que acentos mas graves llegan a percibirse. Y es que el diletante Gautier no carecía de obsesiones, como atestiguan sus amigos y familiares (Judith, su hija, sobre todos). El poeta de las simples apariencias poseía, como supo ver Baudelaire, una «inteligencia innata de la correspondencia y del simbolismo universales» (tomo la cita de un famoso libro de Pierre-Georges Castex, Le conte fantastique en France de Nodier à Maupasant, una obra importantísima no traducida aún por desgracia al castellano). Casi todos sus cuentos, especialmente La muerta enamorada, Arria Marcella y El club del hachís, revelan su pesar por no poder trascender los límites de la condición humana y su íntima necesidad de evadirse, por medio de la imaginación, de la cárcel del tiempo y de la muerte. Como curiosidad  bibliográfica, diré que del primero de esos relatos, La morte amoureuse, conozco tres versiones españolas recientes: la de Carlos Gardini (Buenos Aires, Torres Aguero, 1976); la del novelista Santiago R. Santerbás (Madrid, Hiperión, 1986) y, por último, la de Violeta Pérez Gil (en Italo Calvino, Cuentos fantásticos del XIX, Madrid, Siruela, 1987).

Hacia el final de su carrera, Théophile Gautier compuso, dentro del mismo género fantástico, dos nouvelles, Avatar y Jettatura, incluidas también en el libro que comentamos. Avatar es uno de los textos fantásticos más estupendos del siglo XIX, con personajes tan admirablemente dibujados como el médico y taumaturgo Balthazar Cherbonneau («tenía el aspecto de una figura escapada de un cuento de Hoffman que paseara por la realidad, estupefacta al comprobar lo grotesco de la creación»), una de las más logradas de su autor. En Jettatura, Paul d’Aspremont se enamora en Nápoles de Alicia Ward, una linda inglesa; los napolitanos hacen correr la voz de que Paul es gafe, y Alicia enferma y muere, debido al maleficio que su enamorado difunde involuntariamente, lo que sepulta a éste en la desesperación (el tema del mal de ojo era una de las obsesiones del escritor, según testimonian  su yerno  Emile Bergerat y su hija Judith). Seis años antes de morir, en 1866, Gautier publicó una novela fantástica larga, Espírita, en la que, como en el Fausto de Goethe, el Eterno Femenino conduce al hombre, peldaño a peldaño, hasta el mundo místico; esta historia de amores de ultratumba, muy apreciada por los amantes del género, fue traducida a un excelente castellano por Guillermo Carnero hace veinte años (Barcelona, Edhasa, 1971).

A excepción de La muerta enamorada y de Onophrius, la presente selección de Siruela alberga los cuentos citados, añadiéndoles El caballero doble y Dos actores para un papel y las novelas cortas Avatar y Jettatura. Está ordenada cronológicamente, siguiendo el orden en que aparecieron por primera vez en las revistas de la época, entre 1831, año en que apareció La cafetière, y 1856, fecha en que se imprimió Jettatura. El paralelo en Francia de esta Pipa de opio y otros cuentos, son unos Contes fantastiques editados por José Corti en 1962, cuya quinta reimpresión, de 1986, tengo a la vista. Su conocimiento o no del francés decidirá al lector por una u otra posibilidad de lectura.


 Robert Silverberg, «Por el tiempo». Traducción de Francisco Arellano, Madrid, Miraguano Ediciones, 1990, 220 pp., 1.300 ptas.

Por el tiempo (Up the Line es el título de la novela original, publicada en 1969) constituye la entrega vigésimo tercera de «Futurópolis», una colección dirigida por Francisco Arellano que se cuenta entre las series de ciencia-ficción más importantes que se editan en nuestro país. Baste decir que figuran en ella títulos tan emblemáticos como los cinco volúmenes de la saga Ámbar, de Roger Zelazny, la primera trilogía de Corum, de Michael Moorcock, los tres libros de Skaith, de Leigh Brackett, o el ciclo Dorsai, de Gordon R. Dickson.

Robert Silverberg nació en 1935. La primera novela suya que leí fue el El libro de los Cráneos (The Book of Skulls), editada por Francisco Arellano en 1978, dentro de la hoy inencontrable colección «Delirio», pionera del género «Fantasy» a este lado de los Pirineos. Es una estupenda novel: cuatro jóvenes parten en busca del secreto de la inmortalidad; dos de ellos van a morir y los otros vivirán para siempre. Silverberg la publicó en 1972, tres años después de Up the Line. Tras aquella lectura iniciática, he leído tres o cuatro novelas de Silverberg. La mejor, sin duda, Gilgamesh el Rey, recientemente vertida al castellano (1988), es una espléndida recreación de la epopeya mesopotámica que tanto le gustaba a Borges (publiqué un comentario a esa novela en esta misma NUEVA REVISTA. núm. 3, abril de 1990, pp. 86-87).

En Por el tiempo nos encontramos en un siglo XXI (en el año 2059, para ser exactos) bastante parecido a este final del XX, pero mas hedonista la gente, como ahora, no piensa mas que en ganar dinero, en drogarse, en divertirse, en acostarse con el prójimo (porque, eso sí, las inhibiciones sexuales han desaparecido), pero la sociedad pone aún más que la nuestra de su parte para que los hombres puedan envilecerse mejor. Existe, sin embargo, una novedad interesantísima: se ha descubierto el modo de viajar por el tiempo. Un pintoresca institución, el Servicio Temporal, se encarga de organizar excursiones por la Historia. De este modo, el turismo adinerado del siglo XXI puede asistir a la crucifixión de Jesús, al saqueo de Roma por Alarico, a la batalla de Waterloo, al suicidio de Heinrich von Kleist o a cualquier momento histórico que despierte su curiosidad. Los viajes están perfectamente organizados con diestros Guías Temporales que evitan que pueda introducirse la mas mínima modificación en el curso de los acontecimientos vigentes.

Uno de esos guías es Jud Elliott, el héroe del relato. Aficionado a la historia de Bizancio, remontará muchas veces la línea del tiempo para estar presente en los sucesos cruciales de su civilización favorita.

Es una estupenda manera de corroborar Es una estupenda manera de corroborar lo que los manuales afirman. Pero, además de aplacar su sed erudita, el bueno de Elliot va a cometer el viejo error en que siempre incurren los protagonistas de las novelas: enamorarse. Y, por si fuera poco, lo hace de una antepasada suya, una tal Pulqueria Ducas, que vive a comienzos del siglo XII, en la Constantinopla regida por Alejo I Comneno. Se van a complicar bastante las cosas a partir de ese hecho. Pero no quiero adelantarles más. Tengo la impresión de que van a pasar un rato excelente viajando por Bizancio de la mano de Robert Silverberg, uno de esos escasos novelistas de género que no defraudan nunca.


Arthur C. Clarke y Gentry Lee, «Rama II». Traducción de Domingo Santos, Barcelona, Ultramar Editores, 1990, 512 pp 2.195 ptas.

Cita con Rama (Rendez-vous with Rama, 1973) supuso el regreso del narrador y científico británico Arthur C. Clarke, nacido en 1917 y
residente en Sri Lanka (Ceilán) desde 1956, a la novela de ciencia-
ficción. Tras más de diez años de escasa producción literaria, la excelente acogida de 2001: A Space Odyssey, novela basada en el guión cinematográfico del propio Clarke y de Stanley Kubrick (basado a su vez en un relato de Clarke titulado The Senlinel y publicado en 1951), animó a su autor a producir Cita con Rama, un texto en el que
confluyen todos los viejos temas de Clarke. Se trata de la historia de una enorme nave espacial alienígena que se interna en el sistema solar, y de su exploración por una expedición enviada al efecto desde la Tierra. La enigmática nave espacial es un símbolo de alta significación mítica, al estilo del monolito de 2001, y la descripción que de ella ofrece el novelista alcanza cotas de fascinación difícilmente igualables. Por ello, y a pesar de que la galería de personajes humanos es más bien pobre y esquemática Cita con Rama cosechó todo tipo de galardones y obtuvo un impresionante éxito
de ventas en todo el mundo.

La primera aparición de Rama en «nuestro» espacio tuvo tugar en 2130. Al final de Cita con Rama, la misteriosa nave cilíndrica abandonaba el sistema solar con rumbo desconocido. Algunos de sus misterios habían quedado desvelados, pero la mayoría de sus secretos viajó con Rama hacia su próxima e ignota escala. Lo que sí quedó claro es que todo lo que construían los ramanes lo hacían por triplicado. Y así empieza Rama II, setenta años después, en 2200, cuando acaba de ser detectada la aparición de una segunda astronave alienígena, idéntica a la anterior.

La expedición terrestre enviada a la gigantesca máquina volante está compuesta, en esta ocasión, por personajes con más visos de credibilidad que los de Cita con Rama, más reales que sus antecesores y, por lo tanto, pertenecientes por derecho de biografía a ese fardo de mezquindades y heroísmos que constituye nuestro mundo. Tres
de esos personajes —el general norteamericano Michael Ryan O’Toole, la mestiza francesa Nicolé Des Jardins y el shakespearófilo
británico Richard Wakefield—serán los elegidos para desempeñar el papel de protagonistas, pero el lector no olvidará el perfil de los demás expedicionarios, todos ellos trazados con mano maestra por Clarke (y por Gentry Lee, su compañero de escritura de esta primera secuela de Cita con Rama), que aquí no sólo se revela como un
gran escritor de ciencia-ficción, sino también como un profundo
conocedor de las miserias y grandezas humanas. Para demostrarlo,
ahí está el retrato de Francesca Sabatini, la atractiva y perversa videoperiodista del grupo.

Rama II se publicó originalmente en 1989. Al final de la novela, vertida de manera ejemplar al castellano por el incansable Domingo Santos, se incluye una «Nota final» en la que el veterano autor inglés anuncia, entre otras cosas, que piensa escribir durante el trienio 1989-1991, y siempre en colaboración con Gentry Lee, otras dos novelas del ciclo: El jardín de Rama y Rama desvelado. Si los ramanes triplicaban, Clarke ha multiplicado por cuatro.


Howard Phillips Lovecraft, «La noche del océano y otros escritos
inéditos»
. Traducción de José María Nebreda, Madrid, EDAF, 1991, 176
pp., 1.500 ptas.

No es la primera vez que EDAF publica fantasía y ciencia-ficción. A finales de los setenta patrocinó una serie en la que figuraban títulos
como El mundo de los Ptavvs, de Larry Niven; Abandonado en
las estrellas, de Alan Dean Foster, y, sobre todo, Zothique e Hyperborea, de Clark Ashton Smith. Ahora, a comienzos de los noventa, y con el mismo sello editorial, ha aparecido una nueva colección, llamada «Ícaro». Se dedica a la fantasía, la ciencia-ficción y el terror. La dirige Alberto Santos, con quien compartí el honor de colaborar en la fugaz revista Marginalia, que auspició hace diez años el inolvidable Paco Arellano.

En estas mismas páginas (NUEVA REVISTA, núm. 7, septiembre 1990, pp. 83-84) celebré la aparición en «Ícaro» de dos curiosas novelas de Thomas Burnett Swann. Junto a ellas, han visto la luz otras de Tanith
Lee, Jack Williamson, Paul Anderson, etc. Ahora me toca saludar la publicación de una serie de textos de H. P. Lovecraft, seleccionados
y prologados por el director de la colección.

Esos textos lovecraftianos, prácticamente desconocidos en nuestra lengua (pese a que algunos de ellos aparecieron en fanzines de corta tirada, como Blagdaross, Fan de Fantasía o la citada y hoy rarísima Marginalía), son relatos del tipo al que nos tiene acostumbrados el maestro de Providence, pero también bromas privadas como La batalla que dio fin al siglo, capricho humorístico en el que Lovecraft nos habla de todos sus amigos, debidamente disfrazados bajo un mote caricaturesco («Two-Gun Bob» es R. E. Howard; «Klarkash-Ton», el autor de Zothique; «Horse-Power Hatean », él mismo), además de una breve Historia del «Necrottomicon », una atinada selección de la obra poética de H. P. L. y unas interesantísimas Suggestions for Weird Story Writing que clausuran el libro.

«Siempre existirá un número de personas —dice Lovecraft en este último opúsculo revelador para entender su modo de entender
la vida y la escritura— que alimente una enorme curiosidad por el desconocido espacio exterior y un ardiente deseo por escapar de la prisión de lo conocido y lo real, para vagar por regiones encantadas llenas de fantásticas posibilidades que sólo los sueños son capaces de concretar: bosques arcaicos, maravillosas torres, llameantes crepúsculos».

«Lo conocido y lo real» (léase la estupenda biografía de Lovecraft
por Sprague de Camp, traducida por F. Torres Oliver, Madrid, Nostromo, 1978) eran, para el creador de Cthulhu, un padre loco internado en un manicomio, una madre neurótica que hubiera deseado tener una niña en lugar de un niño y que llenó de bucles al pequeño Howard, protegiéndolo y minándolo hasta límites delirantes, unas tías maternas abrumadoramente posesivas, una siniestra casa de madera y tres plantas en Providence, Rhode Island, en la rancia y puritana Nueva Inglaterra.

Es comprensible, pues, que intentara escapar de la realidad. Pero, al cabo, quien ha salido ganando con esa fuga es el lector.

El dramaturgo belga Michel de Ghelderode, un escritor a quien admiro mucho, consideraba a Lovecraft uno de los cuatro grandes de la literatura norteamericana, junto a Poe, Whitman y Bierce. El quinto es, sin lugar a dudas, Melville.


William Beckford, «Los Episodios de Vathek». Traducción de Claudia Monfils, Madrid, Valdemar, 1991, 189 pp., 2.500 ptas.

Inaugurando una colección «Gótica», dirigida por Agustín Izquierdo, aparecen por vez primera en castellano dos de los cuatro episodios que escribió, hacia 1786, William Beckford (1759-1844), con
ánimo de que formasen parte del corpus de su fantasía oriental Vathek. Se trata de la Historia del príncipe Alasi y de la princesa Firuzkah y de la Historia del principe Barkiarokh. Faltan la inacabada «Historia de la princesa Zulkais» y la inexistente Historia de Matassem, que el propio Beckford destruyó nada más escribirla por excesivamente wild, temeroso de que fuese a hacer aún más notoria su bien ganada reputación de pederasta y de pornógrafo. Los dos episodios ahora traducidos no presentan gran interés ni en el campo
de la invención ni en el del estilo.

Habían sido incorporados recientemente al Vathek por Maurice Lévy (Garnier-Flammarion) consta que Javier Martín Lalanda va a publicar en breve la versión castellana de todo el conjunto (o sea, el Vathek
más los tres episodios conservados, incluido el fragmentario).

En las Navidades de 1781 Beckford invitó a un grupo de amigos a su suntuosa residencia para la ocasión como una especie de palacio encantado —prefiguración del infernal Palacio del Fuego Subterráneo de Eblis—, y se sumergió con ellos durante tres días, cerrando puertas y ventanas a cal y canto, en una extravagante orgía de fantasía novelesca, «errando y deambulando, a menudo cogidos de la mano, mientras oleadas de música llegaban hasta nosotros», en palabras del anfitrión.

Al salir del encierro, e impregnado aún de su atmósfera de exaltante emoción poética, Beckford se puso a escribir Vathek en varios meses de inspirado y frenético trabajo. (La elección de la lengua francesa en la redacción de la obra pudo deberse a que su autor pensara que cualquier fantasía oriental tenía que escribirse en la lengua de Galland, el famosísimo traductor de Las mil y una noches, pero también su rendida admiración por Voltaire).

Una vez concluida la novela, Beckford entregó una copia al clérigo Henley, para que la tradujera al inglés, y se la leyó a sus amigos, que quedaron entusiasmados.

Tan positiva reacción le inspiró el deseo de añadir a su obra algunos episodios, cuya redacción le llevaría tiempo, por lo que intentó frenar la aparición de la versión de Henley.

Éste, sin embargo, la publicó, desoyendo la contraorden, por lo que Beckford, furioso, decidió a su vez publicar el original francés en dos ediciones casi simultáneas (Lausana y París, 1787), dejando para más tarde la publicación de los complementos.

La iniciativa de Henley hizo, pues, que el Vathek se quedara sin epidosios. De cualquier forma, parece que tos escasos privilegiados que los conocieron los encontraron poco interesantes. Hasta 1912 no fueron editados por Lewis Melville.

Uno de los culpables de la rehabilitación del Vathek, felizmente huérfano por aquel entonces de añadidos, fue Stéphane Mallarmé, quien publicó en 1876 un admirable prefacio a la novela, reproducido en muchas de sus ediciones y traducciones.

Entre las primeras, tengo sobre la mesa una prologada por Eugene Bressy (París, José Cortí. 1984); entre las segundas, la de un jovencísimo Guillermo Carnero (Barcelona, Seix Barral, 1969).