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Ver productosCon la reposición de «La dama del alba», de Alejandro Casona, en el Bellas Artes, se confirma la nueva tendencia de los programadores de atender más a los autores consolidados del pasado que a la búsqueda de nuevos valores del presente. Lo cierto es que el teatro ha bajado de tono. Los escritores de prestigio y éxito asegurado, como Alonso Millán principalmente, que inauguró la temporada madrileña con dos nuevos estrenos, cultivan el género más bien menor de la comedia de «enredo», que, en general, requiere poca participación activa por parte del espectador, al cual le basta únicamente con agradecer las habilidades de la intriga
1 Nov 1991 - 5min.
Autor: Alejandro Casona.
Obra: «La dama del alba».
Teatro: Bellas Artes de Madrid.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Reparto: María Jesús Valdés, Queta Claver, Ángel de Andrés, Lina Canalejas, Gabriel Garbisu, Silvia Marsó.
Precio: 1.900 pesetas.
Este es el camino del éxito asegurado, y en el que más confian las empresas a la hora del recuento de taquilla. También es la senda que menos esfuerzos exige a quien ya domina con naturalidad los secretos de la construcción. Pero si el público quiere ver algo más sin que, por otro lado, la empresa tenga que afrontar un riesgo excesivo, entonces el camino también parece bastante nítido. La temporada anterior fue Benavente, quien, por cierto, también figura en la actual con un rótulo de «segundo año» colgado en el frontispicio donde se exhibe el cartel de sus Rosas de otoño. Esta temporada podría ser la de Alejandro Casona, un dramaturgo de cuyas obras, cuando empezaron a estrenarse en España con algún retraso, ya se decía que habían sido escritas con retraso.
Pertence Casona a la tradición del teatro más noble, el que pretende fundarse en los valores literarios del propio texto. La dama del alba, como lo fue ya La sirena varada, que mereció, si los datos no me fallan, el Premio Nacional de Teatro en 1934, es, ante todo, un texto lírico, que contiene un conflicto trágico, ancestral, y, en muchos aspectos, cruel y telúrico. Será necesario explicar, a la hora del juicio, cómo se concretan estos calificativos para que no queden en descripciones sin contenido. Pero antes será útil, para comprender cómo ha sido el teatro español y, más todavía, el estilo del comentario predominante durante varios decenios de la crítica más rigurosa y autorizada, retener el tipo de aceptación que tuvo Casona en los ambientes intelectuales.
Hablamos de un escritor expatriado como consecuencia de la guerra civil, que vivió y estrenó en Argentina antes que en España, que alcanzó el prestigio en los ambientes literarios y editoriales de Buenos Aires antes que en los cenáculos y en las salas madrileñas, en una época en que, además, Buenos Aires era faro cultural del Nuevo Mundo. Mientras triunfaba Casona allende los mares, nadie podría sospechar todavía que la luz del faro bonaerense habría de disolverse entre las sombras del Atlántico. Pues bien, para la crítica española, Casona había llegado tarde: tarde a Buenos Aires, donde estrenaba con decenios de antelación, y tarde a Madrid, aunque su teatro no había sido estrenado. Es un indicio, una muestra más de la «visión de la jugada» de los críticos especializados. No me refiero a la crítica de actualidad periodística, sino a la de los teóricos de la crítica, a la de quienes presumían de anticipar el futuro e intentaban imponer un criterio entre las minorías intelectuales y universitarias. No hablaré de nombres, pero algunos ejercen ahora la crítica de actualidad.
Casona fue maltratado sin motivo, o sin otro motivo que el de haber resistiddo a la tentación de supeditar su teatro de siempre a los criterios políticos del ahora. Otro tanto ocurrió con Benavente y con otros muchos dramaturgos. Y esto hay que decirlo, y repetirlo, para advertir hasta qué punto sufrimos durante tiempo una crítica iconoclasta, censora y represora. Y tal vez por eso haya que lamentar ahora que no haya teatro, pues se trató de impulsar una afición artificial que juzgaba del texto por el mensaje y del montaje por el experimento. Los resultados están a la vista, como a la vista está también la rudimentaria perspicacia de quienes alentaron esos falsos estímulos.
Tras ver La dama del alba puede asegurarse, sin lugar a dudas, que el teatro de Casona está mucho más vivo que los juicios de quienes lo sentenciaron a muerte antes de nacer. Se trata de un bello retablo, en el que lo lírico, lo telúrico, lo ancestral y lo dramático se dan sabia cita. El estreno en Madrid fue un acontecimiento por partida doble, pues a la recuperación de Casona se sumaba la de una actriz, María Jesús Valdés, que abandonó el escenario cuando estaba alcanzando la cúspide de la profesionalidad. Hace treinta y cinco años María Jesús Valdés no era una gran promesa, sino el activo consolidado de una gran figura. Pero dejó el teatro por las obligaciones domésticas. Y ahora que las obligaciones han aminorado vuelve a la escena. Y la escena se llena con su sola presencia, su voz de registro perfecto y sonoridad inigualable.
Espléndida dirección
La dama del alba tiene el sabor de una leyenda local, asturiana, imaginada posiblemente sobre una historia real a la que Casona, refugiado en su nostalgia rioplatense, imprimió su sello lírico y fantástico. La «dama» es la muerte peregrina que llega a una alquería donde habrá de recoger a uno de los moradores. María Jesús Valdés encarna a esta «dama del alba», humanizada con rasgos sensibles, que comparte, con ternura implacable, la inquietud de sus víctimas. Casona retrata el ambiente rural donde la costumbre tiene más fuerza que la ley y la habladuría es un juicio más que un comentario. Ahondando en el refranero popular, el escritor combina su acento lírico con la sentencia y, en su expatriada nostalgia, recrea el ambiente asturiano, nacido de la tierra como un canto natural y agreste, sentimental y dramático, ritual y humano. La muerte castiga, pero al dictado de la tierra, y hace justicia, por patética que sea, pero más firme, exacta y rigurosa que la humana.
La dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente, sobria y sin excesos, es espléndida. Mantiene el ritmo poético, sabe apreciar los valores rústicos y densenvolverlos con naturalidad. Lleva a los actores con facilidad, aprovechando el naturalismo de Queta Claver y la prestancia de Lina Canalejas en la figura de la madre. No amaina los efluvios líricos del texto, pero tampoco se deja llevar por un lirismo presuntuoso. Hay, en toda representación, un momento que sirve de regla de medir de la labor del director. Se trata del mutis total, cuando la escena queda vacía y sigue o no sigue latiendo la obra en la emoción del espectador. Si el público advierte el vacío es que el tempo ha fallado y la dirección no ha sabido administrar los valores patéticos. Pero si el escenario vacío se siente lleno de la presencia ausente, entonces es que el ritmo ha sido calculado y el lirismo ha envuelto la sala. Pérez de la Fuente lo consigue, como también consigue el máximo efecto de un desenlace disparatado que se acepta como el más natural.