Adiós, Hensilki, adiós

Alberto Míguez

En la reciente conferencia preparatoria de la Asamblea Parlamentaria de la CSCE (Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa), celebrada en Madrid, uno de los representantes norteamericanos hizo una referencia nada amable a la actitud soviética sobre la independencia de los países bálticos y terminó deseando que en una futura reunión parlamentaria lituanos, estones y letones estuvieran presentes como «países soberanos e independientes». La respuesta soviética fue instantánea: en el reciente «Tratado de la Unión» y en leyes anteriores los pueblos de la URSS tienen la posibilidad de ejercer sin cortapisas el derecho de autodeterminación —doctrina, por lo demás, conocida, aunque nunca aplicada—, pero, cuidado, lo que decía el representante norteamericano ponía seriamente en duda el futuro de la CSCE y, más que nada, el «espíritu» de Helsinki.

En un momento en que las viejas —y todavía vigentes— fronteras están a punto de estallar en la URSS y en otros países del Este, cuando se pone en duda dramáticamente la existencia de ciertas divisiones territoriales y se reivindica (el drama ucranianos, serbios, letones, osetos del Sur, armenios o georgianos compiten en denostar la unidad artificial de ciertos Estados «nacionales», la «federación imposible» de ciertos intereses o el carácter diferencial de sus respectivas culturas, lenguas o cultos. Son realidades inesquivables y, como la poesía, cargadas de futuro. El problema estriba en cómo constituir un nuevo orden internacional, en Europa o fuera de Europa, con estos nuevos datos. ¿Habrá acaso que despedir de la mejor manera posible al famoso «espíritu» de Helsinki? Si así fuera, los problemas que durante los años cincuenta y sesenta debieron afrontar los Estados del Este o del Oeste a causa de la guerra fría resultarían insignificantes al lado de lo que se avecina.

En un momento en que las viejas y todavía vigentes fronteras están a punto de estallar en la URSS y en otros países del Este, cuando se pone en duda dramáticamente la existencia de ciertas divisiones territoriales y se reivindica el derecho de los pueblos a la autodeterminación, la CSCE apuesta incluso por la creación de nuevas entidades nacionales, la CSCE desea convertirse en un guardafuegos de la seguridad europea y en un ejemplo provechoso para otros continentes. He aquí, sin embargo, que los propios fundamentos de la Conferencia, reflejados fielmente en el «Acta de Helsinki», empiezan a tambalearse. Me refiero, naturalmente, a los principios de inviolabilidad de las fronteras e integridad territorial de los Estados que constituyen el apartado tercero y cuarto de las «cuestiones relativas a la seguridad de Europa» consagradas en el Acta.

Lo que está ocurriendo en la URSS, en Yugoslavia y en otros países del ex-bloque socialista constituye el síntoma emergente —apenas la punta del iceberg— de un cambio cualitativo y cuantitativo de imprevisibles consecuencias.

Lo que está ocurriendo en la URSS, en Yugoslavia y en otros países del ex-bloque socialista constituye el síntoma emergente —apenas la punta del iceberg— de un cambio cualitativo y cuantitativo de imprevisibles consecuencias. Para nada sirve ya lamentar o regocijarse con este estallido nacionalista donde ucranianos, serbios, letones, osetos del Sur, armenios o georgianos compiten en denostar la unidad artificial de ciertos Estados «nacionales», la «federación imposible» de ciertos intereses o el carácter diferencial de sus respectivas culturas, lenguas o cultos. Son realidades inesquivables y, como la poesía, cargadas de futuro. E l problema estriba en cómo constituir un nuevo orden internacional, en Europa o fuera de Europa, con estos nuevos datos. ¿Habrá acaso que despedir de la mejor manera posible al famoso «espíritu» de Helsinki? Si así fuera, los problemas que durante los años cincuenta y sesenta debieron afrontar los Estados del Este o del Oeste a causa de la guerra fría resulta- rían insignificantes al lado de lo que se avecina.

Crisis nacional

Helsinki fue el Yalta de los años setenta. Se pretendió iniciar allí una era de distensión, reforzando la seguridad a cambio de asumir las fronteras y las conquistas impuestas por el Ejército Rojo a mediados de los cuarenta. Breznev aceptó Helsinki porque se le aseguraba una legitimidad y un umbral de seguridad impensables hasta entonces. Occidente «tragó» el sapo de las fronteras intocables y del yugo soviético en el Este porque era una garantía -tal vez no muy fiable, como el tiempo se encargó de demostrar- de que la «amenaza soviética» podía controlarse. El derrumbe del comunismo, la unificación de Alemania (primera «infracción razonable» al espíritu en cuestión) y el estallido de los nacionalismos en el Este obligaban a reelaborar un nuevo proyecto de cooperación y seguridad. Eso quiso ser la «Carta de París», firmada en noviembre del año pasado por todos los países miembros de la CSCE y que se presentó como la continuación del Acta de Helsinki o, si se prefiere, como «un Helsinki de los noventa». Pero dos realidades decisivas tienden a desvirtuar esta esperanza: en primer lugar, la citada explosión nacionalista, que amenaza el statu quo anterior. En segundo término -pero no en importancia-, la consolidación de la hegemonía norteamericana en solitario. El mundo ya no es bipolar. En el futuro puede ser multipolar -con una CE poderosa, un Japón emergente, etc.-, pero ahora el único polo de poder militar, político y hasta cierto punto económico es América del Norte, con la inclusión nada circunstancial de Canadá y, tal vez, pronto, México.

Inestabilidad y crisis

De modo que la cumbre de París, de donde salieron dos documentos memorables (la Declaración Conjunta de los veintidós Estados que proclamaba la paz entre el Este y el Oeste y la «Carta de París», con participación de los 34 miembros de la CSCE), puede haberse producido o demasiado pronto o demasiado tarde: a destiempo en todo caso, porque, tras la caída del comunismo o su autoextinción, hemos entrado en una etapa de incertidumbre más intensa que la anterior, con la diferencia de que por muchos «centros de previsión de conflictos» que se arbitren (una de las instituciones consagradas por la «Carta»), estos conflictos serán cada vez más políticos y hasta cierto punto imprevisibles y probablemente también más numerosos.

La situación que atraviesa Europa en su conjunto se parece bastante a la que sufre la Unión Soviética y otros países del ex-bloque: han abandonado la economía centralizada, han escogido la economía de mercado, pero no están ni en una ni en otra, ni siquiera en el limbo, más bien en el purgatorio.

Recomponer el mapa político de Europa, «volver a 1914», reconsiderar las fronteras impuestas por la II Guerra Mundial, son recetas que se repiten a guisa de diagnóstico más que de antídoto.

Recomponer el mapa político de Europa, «volver a 1914», reconsiderar las fronteras impuestas por la II Guerra Mundial, son recetas que se repiten a guisa de diagnóstico más que de antídoto. El caso es que, por muchos marcos de seguridad y cooperación que se inventen, lo que vaya a suceder no puede ser previsto ni mucho menos controlado desde la Europa de los Doce o la Alianza de los Dieciséis. Esta sensación de impotencia, esta incapacidad para influir, orientar o incluso ayudar, marcará los próximos meses. La nostalgia por otras situaciones menos brillantes pero más tranquilizadoras añade a esta cuestión elementos suplementarios de irritación. En estas condiciones hablar de una Europa unida o con vocación unitaria «del Atlántico a los Urales» parece una broma de mal gusto.