Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 Abr 1990 - 5min.
No es Madrid, ya lo he escrito en estas mismas páginas, la capital del teatro que llegó a ser hace 15 y 20 años ni un festival internacional de teatro en Madrid es lo que fue un festival madrileño cuando una representación de Grotowsky pudo llenar el Palacio de los Deportes de aficionados a la musa Melpómene más densamente que un encuentro internacional de atletismo (lo cual, dicho sea de paso, no es para enmudecer de admiración). Sin embargo, repasando la cartelera madrileña puede el aficionado tropezar con interesantes ejercicios de inspiración. Servirá de ejemplo Los últimos días de Emmanuel Kant contados por Ernesto Teodoro Amadeo Hoffmann, de Alfonso Sastre, obra que suscitó mi curiosidad tanto por su título como por el hecho de que acababa de participar en un simposio internacional conmemorativo del bicentenario de la primera edición de la Crítica del Juicio.
De moda Kant, por razones ocasionales pero también profundas —el gran debate intelectual sobre el fin de la modernidad es, en el fondo, una discusión sobre el declive o, más precisamente aún, sobre la agonía de la interpretación kantiana de la historia y del mundo—, resultaba atractivo, al menos en el papel, qué podría expresar sobre ese particular un ya desdentado león del teatro español como Alfonso Sastre. Así que prescindí de la oferta del X Festival Internacional de Madrid y opté por el Retorno a Kant del viejo Sastre.
La curiosidad fue recompensada a medias. La agonía de Kant en el escenario del María Guerrero apenas tenía relación consciente con la agonía de Kant en los escenarios de la historia del mundo (si se permite esta expresión pomposa, tan acorde con los gustos de Kant por dar pomposidad a su prosa). Es más, del largo título de la obra de Alfonso Sastre podría prescindirse, sin perder por ello un ápice de interés, de las referencias a Kant y a Hoffmann. Lo que se vio, entre la desenvoltura de las candilejas, apenas no tenía otra relación con Kant ni con Hoffmann que los nombres utilizados, inútiles reclamos a filósofos curiosos (digo «inútil» porque el número de filósofos curiosos es tan escaso que ni se me ocurre sospechar que Alfonso Sastre haya instrumentalizado el título para atraer a tan parca clientela).
¿Qué relación podría establecerse entre Hoffmann y Kant que pudiera servir de inspiración a un dramaturgo? El parentesco establecido por Sastre es muy genérico y abstracto, y lo mismo podría aplicarse a una hipotética representación teatral de las relaciones entre Andersen y Hegel. Si no me equivoco mucho, la intención podría describirse así: Kant es el tipo o modelo o la culminación del gran «sabio» ilustrado. Su obra se distingue por ser el más monumental esfuerzo del pensamiento por comprender y explicar mediante el ímpetu exhaustivo, pero exclusivo, de la razón, los misterios del hombre y de la naturaleza.
En el momento en que el espectador contempla su agonía, todo ese esfuerzo del hombre para comprender y dominar los límites que le circundan se viene abajo, se desmorona junto al propio desmoronamiento de su vida. Al fin y al cabo, sus propias construcciones racionales, al ser contrastadas en el supremo instante de la muerte, con la fisonomía de un ser miserable y exhausto, se convierten en marionetas sin vida y en ilusiones sin control.
No creo que Alfonso Sastre pretenda sugerir que los hombres son, al fin y al cabo, ilusiones o mecanismos de una narración incontrolable. Más bien lo que se desprende de la confrontación entre el pensador que muere y las marionetas y ensueños que pueblan su espíritu en ese definitivo instante en que el gran sabio se convierte en un despojo sin vida, es que la naturaleza es inaccesible al esfuerzo humano por comprenderla, lo cual no deja de ser una conclusión escéptica del latente escepticismo kantiano. Kant trata de ser un Deus ex machina, pero en el instante de su óbito queda reducido a natura naturata.
En realidad, tanto los nombres de Kant como de Hoffmann son excusas de la representación. Por fortuna para el experimento de Alfonso Sastre lo que interesa de su empeño son «los últimos días» (de un gran hombre) y no los aspectos filosóficos y biográficos que sirven de pretexto a la intriga. El dramaturgo es eficaz al contraponer la imagen de una gran inteligencia humana con el momento en que aparece desfallecida, doblegada, vencida por el ciclo de la vida.
La trama y el diálogo, de una agilidad que manifiesta las «tablas» del ya experimentado dramaturgo, se convierten en motivo de reflexión sobre la contingencia del ser humano en general y el patetismo particular que invade cuando se experimenta que ese acontecimiento tampoco perdona los esfuerzos del gran hombre. A la hora de la muerte se manifiesta la miseria de toda criatura y su más desabrida finitud. No hay héroes, ni mitos, ni sabios, sino pequeños mecanismos bajo aquel «cielo estrellado» que siempre fue motivo de admiración y de inspiración para Kant y que sirve de impresionante decorado a una puesta en escena imaginativa, minuciosa y sugerente, ideada por Josefa Molina.
A pesar de la aspereza y el desafío que puede significar el presentar, sin concesiones al espectador, el proceso de una agonía senil y demente y su desenlace, Sastre sale triunfador del experimento. La obra tiene, no obstante su patetismo, humanidad y gracia, a veces humor. La ayuda de una interpretación exigente, en especial de José Pedro Carrión (Kant) y de Reixach (Wasianski), y de una dirección artística y técnica laboriosas y eficaces que confirman el buen hacer de Josefa Molina, son parte inherente de un espectáculo que mal dirigido o desenfocado haría agua desde la primera escena. Un aforo semivacío de un jueves de marzo no creo que sea suficiente compensación al meritorio esfuerzo.