Biografías imaginarias

Luis Alberto de Cuenca

El azar ha dispuesto que se reúnan en mi biblioteca tres traducciones castellanas diferentes de uno de los libros modernos que más admiro: las Vies imaginaires, de Marcel Schwob.

Siguiendo un orden cronológico, la primera de ellas, titulada en español, como las demás, Vidas imaginarias, vio la luz en México en 1922 (Editorial México Moderno, colección «Cultura», tomo XV, n.º 1). El traductor es Rafael Cabrera e incluye un prólogo extraído del Deuxième Livre des Masques, de Rémy de Gourmont. Figuran sólo once de las veintidós biografías de que consta la obra completa.

La segunda se publicó en Buenos Aires en 1944 (Emecé, colección «Los libros evocadores»). El traductor es ni más ni menos que Ricardo Baeza, autor también de una sabrosa «Nota preliminar» (pp. 7-25 del tomo). Incluye al frontis un retrato de Schwob que nos informa cumplidamente del origen hebreo del escritor.

La tercera (Barcelona, Barral Editores, 1972) se debe a José Elías. Es la primera que compré. Tendría yo entonces poco más de veinte años. Fue mi primera experiencia como lector de Schwob. Sospecho que hoy está agotada. No me he acercado a los tomazos del ISBN para comprobar si existe ahora, en vísperas de 1992, alguna otra versión de las Vidas imaginarias en el mercado hispánico.

He leído otros libros de Marcel Schwob, de los que hablaré en otra ocasión. Ninguno me ha defraudado. Todos son estupendos. En un homenaje a Borges que iba a publicarse en la revista Cuadernos Hispanoamericanos poco antes de que el inefable escritor hiciese aquellas declaraciones («la democracia no es más que un abuso de la estadística», por ejemplo) que le granjearon tantas enemistades entre la progresía española y, desde luego, la suspensión del homenaje, decía yo que el autor de Ficciones tenía mucho más de Marcel Schwob que de Marcel Proust, por jugar con los Marcelos más famosos de la literatura francesa contemporánea.

Hablando de Proust, contaré una anécdota. La primavera pasada, concretamente el 16 de abril de 1991, tuve el honor de moderar, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, una «Conversación informal con mis lectores» (sic) mantenida por Adolfo Bioy Casares, que acababa de recibir el Premio Cervantes correspondiente a 1990. Le recordé al maestro que en el prólogo, firmado por A. B. C. y fechado en 1940, a la Antología de la literatura fantástica compilada por Borges, Silvina Ocampo y él mismo, había una referencia a Proust tan arbitraria como despreciativa, y que en la «Postdata» a ese prólogo, fechada veinticinco años después, se censuraba la irreverencia utilizando la frase «¿por qué ser irrespetuosos con lo que más admiramos?». Bioy me contestó que en 1940 no estaba interesado por Proust, pero que entre esa fecha y 1965 había aprendido a amarlo. Yo le dije que Proust me aburría, que no encontraba medio de hincarle el diente. Bioy me recomendó que leyera Albertine disparue como si fuera una novela policíaca, que a lo mejor así empezaba a gustarme la Recherche, como a todo el mundo. No he seguido su consejo. A. B. C. había sido irreverente con Marcel Proust cuando era joven, o sea, cuando se dice la verdad. Yo no quiero dejar de decirla nunca. No soporto la idea de que el Dictionnaire des écrivains français, de Jean Malignon, que tengo encima de la mesa (París, Seuil, 1971), dedique seis páginas a Proust y ni una sola línea a Schwob; y no es más que un ejemplo entre cien mil.

Biografía y ficción

Pero volvamos a las Vies imaginaires y a su autor. Marcel Schwob nació el 23 de agosto de 1867 en Chaville, departamento de Seine-et-Oise. De raza judía, descendía por ambas ramas de dos antiguas familias de rabinos y de médicos, de letrados y eruditos. Recibió una educación esmeradísima, adquiriendo con inaudita precocidad el conocimiento de las lenguas inglesa (traduciría más tarde a Shakespeare, a Marion Crawford y a Defoe) y alemana. Entregado por entero al ejercicio de las letras en su doble vertiente creativa (como cuentista fantástico, sobre todo) e investigadora (dedicó a François Villon algunos trabajos, excelentes desde el punto de vista filológico), la vida de Schwob adquiere algún relieve cuando, entre 1890 y 1893, mantiene una apasionada relación con Louise, una prostituta menuda y frágil a la que siempre he asociado, no sé por qué, con la maravillosa Lillian Gish de Broken Blossoms, la película de David Wark Griffith. Minada por la tisis (el SIDA de la época), la pobre Louise murió a los veinticinco años, dejando destrozado al bueno de Schwob. A principios de 1895 conoció, sin embargo, a la que sería la mujer de su vida, Marguerite Moreno, actriz de la Comédie Française, célebre por su exótica belleza y por su voz inconfundible. Fue entonces cuando Schwob contrajo la atroz enfermedad que lo llevaría a la tumba y sobre cuya naturaleza no se ponen de acuerdo sus biógrafos. Marguerite fue mucho más una enfermera que una amante para Marcel, que arrastraría sus diez últimos años de vida (murió en París en 1905) entre hipnóticos y analgésicos, con el breve paréntesis del viaje que hizo entre 1901 y 1902 a Samoa, acompañado tan sólo de Ting, su fiel criado chino, y siguiendo la pista de Robert Louis Stevenson, su novelista favorito.

Atractivo de la fantasía

Vies imaginaires comenzó a publicarse en Le Journal en julio de 1894. Su primera edición en forma de libro tuvo lugar en 1896. La primera versión castellana que conozco es la mencionada y fragmentaria de Rafael Cabrera (México, 1922), por más que Baeza, ingenuamente, clausure su «Nota preliminar» con la siguiente frase: «Ésta es la primera obra de Marcel Schwob que aparece en castellano» (Buenos Aires, 1944, p. 25). Luego vendría la barcelonesa de Elías (1972), que compré «cuando el mundo era joven» (una frase que suelo repetir y que leí por vez primera en Lepanto, el soberbio poema de Chesterton que traduje con Julio Martínez Mesanza en 1980 y que se publicó en el número 21-22 de La Nueva Estafeta). Después ya no sé nada de las Vies imaginaires en castellano.

Precede al corpus de la obra un prólogo del propio Schwob sobre el arte de la biografía fantástica. En él, entre otras cosas, aparece citada la conocida sentencia de Sócrates «conócete a ti mismo» en caracteres griegos, y tengo que decir que la versión rioplatense de Ricardo Baeza es la única que la transcribe libre de erratas. Deben leer, inexcusablemente, el prefacio de Schwob a sus Vidas imaginarias todas aquellas personas interesadas en el concepto y en el arte de la biografía. Debe leerlo, pues, si no lo ha hecho ya, mi querido amigo Eugenio Gallego, por citar un ejemplo próximo.

Luego vienen las «vidas» propiamente dichas. En seis o siete páginas, endiabladamente bien escritas, despacha Schwob a cada personaje. Allí está Empédocles, dios supuesto; Eróstrato, incendiario; Crates, cínico; Séptima, hechicera; Lucrecio, poeta; Clodia, matrona impúdica; Petronio, novelista; Sufrah, geomántico; Frate Dolcino, hereje; Cecco Angiolieri, poeta resentido; Paolo Uccello, pintor; Nicolás Loyseleur, juez; Katherine la Encajera, puta enamoradiza; Alain el Galán, soldado; Gabriel Spenser, actor; Pocahontas, princesa; Cyril Tourneur, poeta trágico; William Phips, pescador de tesoros; el capitán Kidd, pirata; Walter Kennedy, pirata analfabeto; el mayor Stede Bonnet, pirata por vocación, y los señores Burke y Hare, asesinos.

Después de semejante nómina, ¿quién podría seguir arrellanado en su butaca, enfrente del televisor, sin lanzarse a la calle en busca de un ejemplar, uno cualquiera, de las Vies imaginaires de Marcel Schwob?