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Ver productos1 Jun 1994 - 7min.
Los cinéfilos no tienen la costumbre de clasificar las películas con criterio de cosechas, pero si sigue sucediendo lo que ha pasado estos dos últimos años tendrán que empezar a pensar en ello. La cosecha de 1993 fue lamentable, pero la de 1994 ha vuelto a alimentar la esperanza de que el cine no sea sólo cosa del pasado.
La serie de buenas películas de este año quizá debería encabezarse con La lista de Schindler, en la que Steven Spielberg, el auténtico Rey Midas del cine actual, seguramente ha puesto todas sus esperanzas de reconocimiento por parte de la Academia, esperanzas frustradas anteriormente pese a ser el autor de, por citar sólo algunas de sus obras maestras, E.T., Tiburón, y de Duel (creo que en España la bautizaron, es un decir, como El diablo sobre ruedas) y haber conseguido cuatro de las películas de mayores ingresos de toda la historia del cine. Si tal era el propósito de Spielberg, lo ha conseguido de lleno en la última entrega de los Oscar. Premios al margen, la película es, en primer lugar, un prodigio desde el punto de vista técnico (el blanco y negro es asombroso, la imitación de la estética nazi es perfecta) y una excelente narración. Una gran película que marcará, sin duda, la imagen que todo el mundo conserva del genocidio.
Tierras de penumbra es una cuidada realización del antiguo actor Richard Attenborough y cuenta un episodio de la vida de C. S. Lewis que puso a prueba sus convicciones y su entereza. El escritor se ocupó de relatar por sí mismo el asunto y la película se atiene bastante estrictamente a su exposición aunque con las simplificaciones que siempre impone la pantalla. En cualquier caso es una obra que tiene enorme dignidad, que se ve con genuina simpatía y muestra las posibilidades de un cine que apueste por la intimidad sin renunciar a un ritmo narrativo ágil.
Quien tal vez sea el director más ambicioso del momento presente, Martin Scorsese, se ha adentrado en un terreno inhabitual para él, al filmar, en La edad de la inocencia, las peripecias sociales y morales de la aristocracia neoyorquina de 1900. Lejos de la mafia y la violencia, del ambiente italiano
que más ha frecuentado, Scorsese sigue siendo un maestro capaz de captar con la cámara sutilezas que la mayoría de las miradas nunca alcanzan. Su retrato del amor y de la moral de este curioso grupo humano, que está trabado con la minuciosidad y la precisión de un mecanismo de relojería, es espléndido resultando conmovedor y sorprendente.
Lo que queda del día es, sobre todo, un ejercicio de virtuosismo interpretativo por parte de Anthony Hopkins y de Emma Thompson al servicio de una preciosista reconstrucción de la vida en una gran mansión de la aristocracia inglesa de entreguerras, vista desde las bambalinas del servicio doméstico. Es también una meditación sobre las oportunidades perdidas, sobre la relación problemática que siempre existirá entre los sentimientos y las tradiciones y normas. La maestría habitual de James Ivory en este tipo de empresas hace que la película sea todo lo que puede ser con esos mimbres.
Blanco es la segunda entrega de una trilogía que Kieslowsky ha decidido acometer con los colores de la bandera francesa, lo que no deja de ser un sistema como otro cualquiera de organizar el trabajo. Azul fue su primer color y era una historia interesante aunque tal vez un poco cursi. Blanco tiene más fuerza, se nota en ella que el polaco sabe de lo que está hablando: su descripción de la transición al capitalismo es cruda e irónica y la peripecia sentimental en que la engarza es muy humana y creíble.
Filadelfia es una historia en la que Jonathan Demme, que se ha de considerar desde El silencio de los corderos como uno de los grandes, se enfrenta con un tema polémico como es el de la homosexualidad y el SIDA. El resultado es correcto aunque no apasionante, tal vez porque el tema no dé para más, sobre todo si se tiene en cuenta los esfuerzos, sin duda meritorios, para no contradecir ninguna de las muy sutiles normas de la political correctness
que también han llegado al cine americano. Quizás lo mejor sea justamente lo premiado con Oscar, es decir, la interpretación de Tom Hanks y la preciosa melodía Streets of Philadelphia interpretada con gran swing por Bruce Springsteen.
Carlito’s Way (en la misteriosa jerga de nuestros distribuidores Atrapado por el pasado
o algo así) es una buena película del siempre interesante Brian de Palma que nos entrega con ella la que tal vez es su obra más contenida, lejos de las exageraciones barrocas a que es tan proclive. Al Pacino compone un tipo muy convincente al que vemos cómo de nuevo vuelve a la senda de la que quiere salirse porque así es la vida, sobre todo en el Bronx, según parece. En otros tiempos los colegios de abogados habrían demandado a los autores, pues nos presentan un letrado cuya maldad puede llegar a considerarse impropia.
El informe Pelícano representa la vuelta de Alan J. Pakula a la pantalla; es una clásica película de intriga resuelta con gran corrección en la que se hace una descripción de la Casa Blanca y sus tapujos bastante siniestra. Los entresijos de la vida política americana, la solidez de sus Instituciones, y la increíble complejidad del mundo de Washington asoman a la pantalla con una verosimilitud que intimida, aunque, por lo menos, el Presidente retratado es amante de los perros, lo que sin duda es un consuelo.
Es digna de verse El hombre sin rostro, primera incursión del galán Mel Gibson en la dirección, que trata con enorme inteligencia un tema tan delicado como es el de la frontera entre lo admirable y lo deshonroso en las relaciones de niños y educadores. Pero el mérito mayor de la cinta tal vez esté en que aguanta casi una hora sin plantear ningún problema en particular y sumergiendo al espectador, con enorme naturalidad e interés: como sólo el buen cine puede hacer, en una zona de la vida americana de los sesenta.
Todos los hombres sois iguales se puede considerar una comedia razonablemente buena que confirma las posibilidades de su director Manuel Gómez Pereira en este terreno. La interpretación es una de sus bazas, destacando el papel de la protagonista Cristina Marcos que no se arruga frente a la presencia de compañeros de mayor fama que tampoco lo hacen mal. Con un cine así pronto serían innecesarias las subvenciones, porque al público le gustan las películas bien hechas.
J. L. Garci se ha atrevido a rodar Canción de cuna, una película insólita en el panorama actual, que narra, en realidad, la vida cotidiana de unas monjas de clausura a comienzos de siglo. El resultado es digno y se ve con cierta emoción. Probablemente sea la película más fácilmente exportable del cine español de los últimos años.
El matrimonio Branagh-Thompson continúa ofreciendo películas de gran dignidad adaptando obras de factura teatral. Con Mucho ruido y pocas nueces vuelven a Shakespeare y lo hacen con la eficacia habitual, aunque probablemente la experiencia podría mejorarse. La versión de Much ado about nothing no siempre acierta en el equilibrio entre texto y movilidad, pero se deja ver con agrado.
El cine chino ha aportado también su grano a la excelente temporada; tal vez lo más original de entre la oferta sea El banquete de boda de Ang Lee que retrata el contraste entre la cultura china tradicional, aunque sea en la versión capitalista de Taipei, y la de los chinos instalados en la selva neoyorquina. Su relato lleno de color e ironía hace meditar sobre el sufrimiento y apunta un rayo de esperanza, tal vez un poco oportunista, en la resolución de los conflictos sentimentales.
¿Hay alguna razón para este nivel común de calidad, últimamente infrecuente? Algunos comentaristas han destacado como rasgos de la presente cosecha la ausencia de violencia, el cultivo de lo sentimental y el intimismo. Tal vez sea esa la clave, aunque probablemente habría que destacar aún más un hecho simple pero esperanzador: se trata, en todos los casos, de historias originales (salvo, como es evidente, las de Shakespeare y Martínez Sierra) y bien contadas, sobre cuestiones que a todos nos afectan en una u otra oportunidad; esto genera más capacidad de identificación que el puro espectáculo, que el alarde técnico. Para ojos y oídos bombardeados las veinticuatro horas de cada día por imágenes agresivas, este cine proporciona de nuevo la oportunidad de recordar que la sala oscura es también, a su modo, un lugar de reflexión y de recogimiento.
En suma, un año de buen cine que hay que esperar sea semilla de cosas aún mejores.