Cuento de invierno

Crítica de "Cuento de invierno", una película de Eric Rohmer.

Violeta Villa Ardura

Eric Rohmer representa un modo de hacer cine absolutamente nítido: personajes familiares, pasiones y problemas atenuados por una cotidianidad frecuentemente gris hasta el hastío, sencillez casi ascética para las puestas en escena, lenguaje conciso y objetivista, técnica transparente que huye del artificio y los defectos. Un tipo de cine, en suma, que ha sido propuesto no pocas veces como «modelo» de una posible cinematografía prestigiosa, literaria y culta, capaz de hacer las producciones del Viejo Continente una auténtica alternativa a los cánones del modo americano de filmar.

Sus películas se viene produciendo con la regular cadencia de las estaciones desde aquel lejano 1962 en que La boulangère de Monçeau le hizo dejar los tastos de criticar y se ciñó con el uniforme de cineasta. Su descubrimiento para el público español se dio con Ma nuit chez Maud (1969) que, tal vez, continue siendo su obra más perfecta. Ahora podemos ver en nuestras pantallas Conte d’hiver que muestra claramente que el autor sigue donde solía.

La película, cuya textura, densidad y puesta en escena recuerda las imágenes de televisión, comienza con un prólogo que retrata una felicidad ideal, en estado puro. Esas imágenes que no han querido ser empañadas por el autor con la palabra (transcurren sin diálogos), parecen un anuncio publicitario de unas vacaciones en el paraíso, o el comienzo de una fotonovela de la que todo el mundo sabe que no puede durar, y darán paso a un sinfín de complicaciones con que llenar sus capítulos. Y, en efecto, rápidamente se produce el contraste entre el idilio maravilloso vivido por Félicie, su  protagonista, y el mundo en que ahora vive.
Antes aparecía bellísima, ligera, plena, libre, ahora la vemos torpe, pesada y gris, casi escondida bajo una vestimenta sin gracia ni atractivo. Igualmente, lo que antes eran paisajes paradisíacos, mar y cielo azules, ahora se tornan modestos ambientes de suburbios, cosas provincianas, escenarios opacos.

Preocupaciones morales

Pero nuestra heroína está predestinada a la felicidad, solo en cuanto a que ya la ha conocido, la ha vivido (parece que el director francés lo ha querido recalcar dándole tan simbólico nombre). Por eso, aunque no lo sepa explicar, intuitivamente cree en el karma, es decir, un destino predeterminado por una o varias vidas anteriores, en el mito platónico del cielo empíreo o la apuesta por la fe de Pascal.

En esta ocasión Rohmer hace más explícitas sus preocupaciones morales que en las últimas películas y consigue también un nivel mayor de interés en la peripecia argumental de ordinario tan quintaesenciada en su obra.

El cuento que nos cuenta está vagamente inspirado en la homónima pieza de Shakespeare a la que los protagonistas de la película asisten. Vemos, pues. teatro dentro del cine; nada de particular en alguien que profesa -desde luego consecuentemente- la identidad de teatro, cine y televisión. La obra teatral nos permite asistir a una milagro que fomenta y fortalece la esperanza con que la protagonista contempla la mínima posibilidad de que una remota e idílica felicidad del pasado aparezca de nuevo en su vida. Pero si Shakespeare se atreve a dar vida a una estatua, el director francés no vacilará en premiar una esperanza terrenal -que no tiene la misma contextura religiosa que la llamada «apuesta pascalina», a la que el guion alude como ya sucediera en momentos anteriores de la filmografía de Rohmer- con el improbable reencuentro de dos amantes separados por la más estúpida e inevitable fatalidad.

Sin embargo, cuando lo imposible, aquello por lo que Félicie ha apostado toda su vida y en lo que nadie salvo ella creía, se produce, transcurre de una forma vulgar, casi irrisoria.

El reencuentro entre Charles y Félicie en el autobús no es, en absoluto brillante ni emotivo. Lógico, pues la cumbre del amor ya ha tenido lugar en el pasado.

De ahí un final que revela una sonrisa irónica del autor. Títulos de crédito superpuestos a unas anodinas imágenes de reunión familiar donde se discuten pormenores de la cena y en que todos los protagonistas parecen admitir lo increíble con absoluta normalidad.

En definitiva el porvenir que espera a los «predestinados» no es muy distinto de la propia cotidianidad que Félicie parecía menospreciar en el pasado.

Sea como fuere, late en las imágenes de Cuento de invierno una espiritualidad reconfortante. Y una apuesta clara por la fe y la esperanza. Lo más notable es, sin embargo, cómo estas esencias están envueltas en un formato de fotonovela, en una narración de final feliz en que la vulgaridad de cuanto acontece parece sacada de una dramatización de la vida de una peluquera hecha por cualquier canal de TV para sus horas de sobremesa.