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Ver productos1 Jul 1992 - 4min.
Inquietante y difícil de catalogar este último trabajo del director alemán Wim Wenders, cuya producción de mayor éxito en España fue, sin duda, El amigo americano, basada en la novela de Patricia Highsmith. Wenders después de tres años de trabajo y más de diez de gestación, un presupuesto supermillonario —entre 6.000 y 7.000 millones de pesetas—, un rodaje por medio mundo, casi una docena de países en todos los continentes, y una nómina técnica imposible de reproducir por lo numerosa, nos ofrece una obra, a todas luces, excesiva. No solo por la larga duración del montaje definitivo del film, sino por la enorme cantidad de material acumulado, unas seis horas, al que se proyecta dar salida a través de una serie de TV.
En Hasta el fin del mundo hay varias películas juntas, todas tratadas con una rabiosa modernidad visual.
En Hasta el fin del mundo hay varias películas juntas, todas tratadas con una rabiosa modernidad visual, incluso la última donde se desarrolla el verdadero y único guión, subyacente durante más de dos horas de proyección y que nos presenta un drama edípico
bastante clásico.
Así, en primer lugar, se asiste a una película futurista, o, más bien, a una visión futurista del mundo, tipo Blade Runner, bastante conseguida y divertida. Un continuo trasiego de viajeros y turistas
, en aeropuertos, estaciones, lugares públicos, hoteles repletos, cuyo único fin parece ser comunicarse a través de avanzados videoteléfonos que les permiten comunicar con otros en cualquier lugar y en cualquier momento. En fin, un mundo presidido por las comunicaciones y la imagen pero en que la gente aparece más perdida que nunca, sin ocupación ni motivación definida. Estas imágenes son de una gran belleza plástica y originalidad, notables, con una iluminación nueva, suave, que parece haberse conseguido a base de fluorescentes, y que dota a toda la cinta de una unidad muy especial. El esfuerzo de ambientación se ha visto culminado con éxito gracias al acierto en el diseño de objetos futuristas y del vestuario de la protagonista (coautora, por cierto, con Wenders de la idea en que se basa la película).
En una segunda parte tendríamos más bien una película de aventuras al estilo Indiana Jones (en cuanto al esquema: héroe que busca y/o posee un objeto valioso, se suma chica enamorada, perseguidos por todos los demás) o una película policíaca serie B, (quizá no sea casual el apellido de la protagonista, Tourneur, como homenaje al cineasta de origen francés), e incluso una road movie
.
De cualquier forma, esta segunda parte, es la más floja en cuanto a la línea argumental, pues el espectador nunca llega a entender bien la finalidad de ese accidentado y penoso camino, pero no en el aspecto visual, ya que deleita la belleza de los lugares que se nos muestran, especialmente en el caso de las escenas rodadas en una bellísima Lisboa.
El final del trayecto nos desvela la trama. Ahora sabemos que el protagonista Sam Farber (William Hurt), cegado hasta el punto de no reconocer el amor que le ofrece Claire (una vez más un nombre simbólico, como el propio Farber
, que alude a color
en alemán), ha ido recogiendo imágenes por todo el mundo en un intento de devolver, o, más bien, simular, la visión a su madre ciega, mediante un procedimiento ideado por su padre, el científico Henry Farber (Max von Sydow), quien parece una especie de síntesis entre un D. H. Hubel y un Rodríguez Delgado, empeñados en acceder a las imágenes interiores que procesa el cerebro por medios distintos a los previstos en la natural arquitectura humana. Wenders nos ofrece su particular teoría de la visión (un asunto en que, dicho sea de paso, lo ignoramos casi todo en este universo de las imágenes), que una vez muerta la madre (Jeanne Moreau) se convierte en un sistema para dominar la propia mente a través de los sueños, es decir en una materialización de estos en imágenes físicas.
La reproducción de las supuestas imágenes de los sueños en la pantalla se ha llevado a cabo mediante la técnica japonesa de alta definición, que permite plasmar efectos especiales bastante impactantes.
En resumen, estamos más ante un producto audiovisual, no hay que olvidar la importancia que en él tiene la escogida y cuidadísima música, que ante una película clásica. Y, curiosamente, con este gran derroche de fuerza visual, el autor nos quiere alertar sobre los peligros que esconde la civilización de la imagen por su poder de crear adicción y su superficialidad para interpretar la realidad.
No en vano, Claire es curada de su adicción a través de un relato, el libro que escribe para ella su amigo Eugene (Sam Neill) y Sam se ve liberado por los ritos ancestrales de los aborígenes, que, con el sentido primitivo de lo sagrado que encierra su magia, permiten al hombre adentrarse en lo prohibido, en sus sueños, sin necesidad de manipular tecnológicamente la visión de sus imágenes interiores.