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Ver productos1 de febrero de 1990 - 5min.
La visita de Mijail Gorbachov a Juan Pablo II quedará como uno de los hechos más extraordinarios de este imprevisible tiempo. Sus frutos más tangibles son el próximo establecimiento de relaciones oficiales entre la Santa Sede y la URSS, la promesa de libertad religiosa, con la legalización de los católicos ucranianos, y la invitación al Papa a visitar la Unión Soviética. Un balance suficientemente positivo como para que el Papa viera en la entrevista «un signo rico de promesas». Lo que también implica que la historia juzgará según se cumplan estas promesas.
Si se confirma, el apretón de manos entre el heredero de Lenin y el sucesor de San Pedro, habrá hecho caer otro muro histórico. No el que separaba y separa el marxismo y el cristianismo. Sino el que los sistemas comunistas habían intentado erigir entre el hombre y Dios. Durante más de setenta años, el régimen surgido de la Revolución de Octubre no se ha cansado de repetir que la religión era un residuo del pasado y ha hecho todo lo que estaba en su mano para darle una sepultura poco piadosa. En cambio, en sus palabras ante el Papa, Gorbachov reconocía que todos los creyentes de la URSS «tienen derecho a ver satisfacer sus propias exigencias espirituales».
Probablemente, cuando Gorbachov llegó al poder, la libertad religiosa no ocupaba un lugar prioritario en su agenda de trabajo. Después, el propio curso de los acontecimientos ha hecho ver que el ateísmo de Estado contribuía a aumentar las tensiones internas y a deteriorar la imagen internacional. De ahí que, sin echar por la borda la herencia leninista, Gorbachov haya preferido dejar otro jirón de la ideología en el áspero camino de la «perestroika».
Para llegar a este encuentro en el Vaticano, Juan Pablo II no ha necesitado moverse de casa, tampoco en el terreno de las ideas. En su reciente carta en el 50 aniversario de la II Guerra Mundial, podía permitirse parangonar el nazismo y el dogma marxista en cuanto «ideologías sustitutivas». Hace no tantos años tuvo que parar los pies a los que, reivindicando el marxismo como «instrumento de análisis científico», pretendían hacer compatible a Cristo y a Marx. Hoy, quienes advertían que la Iglesia estaba perdiendo el tren de la historia, están vagón en vía muerta.
Mientras tanto, en Varsovia el jefe de gobierno va a misa, los partidos comunistas quieren cambiar hasta de nombre y los dirigentes soviéticos cortejan a los creyentes para que apoyen la «perestroika». Así, en su discurso en el Ayuntamiento de Roma, Gorbachov llegaba a decir que «también los valores morales de la religión pueden servir y sirven a la causa de la renovación de nuestro país». Ante el derrumbe de la ideología comunista, las iglesias pueden infundir moralidad en una población cuya descomposición ética (alcoholismo, corrupción, absentismo) es también un obstáculo para la reforma. Al mismo tiempo, Mijail Gorbachov necesita canalizar el renacimiento religioso y los fermentos nacionalistas en las repúblicas donde los cristianos son mayoría.
En esta situación, estaría fuera de lugar decir que Gorbachov ha venido a Canossa. Entre otros motivos, porque ni el líder soviético se ha empeñado personalmente en una lucha antirreligiosa ni el Papa tiene el poder de desatar el enredo del bloque del Este. Pero no cabe duda de que la distribución de papeles entre Roma y Moscú ha cambiado. En la época de la Ostpolitik de Pablo VI, era el Vaticano el que debía esforzarse en arrancar concesiones. Ahora, es el líder soviético quien ha llamado a las puertas del Vaticano para realzar su imagen de estadista y la honorabilidad del régimen que representa.
Por su parte, aún siendo inflexible con la ideología marxista, Juan Pablo II no ha dejado de abrir un crédito de confianza a los cambios en la Europa del Este. Su rechazo del antagonismo de «bloques hegemónicos», su denuncia de la carrera de armamentos y su crítica tanto del materialismo ideológico del Este como del consumista en el Oeste, le ha puesto por encima de una postura de parte. Y si al principio el Kremlin lo consideró un «desestabilizador» por negarse a aceptar la división de Europa, ahora ve en él un factor de moderación para que el cambio no desemboque en inestabilidad.
El Papa ha deseado éxito al «proceso de renovación» emprendido por Gorbachov. Pero, también ha dejado claro cuál es para él la piedra de toque del respeto de los derechos humanos: la libertad religiosa. De modo que también el viaje a la URSS queda a la espera de que se apruebe, y se aplique de hecho, la ley de libertad de conciencia.
En los últimos tiempos, el Kremlin ha permitido la reorganización de la jerarquía católica en Lituania, el nombramiento del primer obispo en Bielorrusia después de 63 años, y la reapertura al culto de algunas iglesias. Pero ahora se trata de pasar de las concesiones a las garantías jurídicas.
La cuestión más espinosa es el reconocimiento de los católicos ucranianos de rito bizantino, incorporados por la fuerza a la Iglesia ortodoxa en 1946. El Patriarcado de Moscú teme que el reconocimiento suponga una hemorragia en sus propias filas. Pues, según muchos observadores, corre el riesgo de perder un tercio o la mitad de sus fieles y sus templos. Pero tanto el Papa como Gorbachov -uno por motivos ecuménicos, otro por razones políticas- tienen interés en resolver la cuestión sin malquistarse con los ortodoxos. La nueva ley de libertad religiosa, en estudio en el Soviet Supremo, y el diálogo en curso entre católicos y ortodoxos, deberán crear las condiciones para solucionar el problema.
El establecimiento de relaciones oficiales entre la Santa Sede y la URSS -cuyo nivel está por definir- es otro fruto histórico de la entrevista. Esto confirma que Gorbachov ve en la Santa Sede un interlocutor valioso para el nuevo papel que la URSS quiere jugar en la escena internacional. Ciertamente, la «casa común europea» propuesta por el líder soviético y la idea de Europa de Juan Pablo II son diversas. Pero no necesariamente antagónicas. Gorbachov necesita hacer entrar a Rusia en Europa, para beneficiarse de los créditos y de la tecnología occidental. Juan Pablo II, en cambio, piensa en una reevangelización del Viejo Continente. Como primer Papa de origen eslavo, no deja de recordar que la Iglesia de Oriente y la de Occidente son «dos pulmones de un mismo cuerpo». El «pulmón oriental», curtido en la adversidad, podría insuflar nueva vida espiritual en Occidente. Y aunque la unidad con los ortodoxos sea un lento proceso lleno de escollos, una mayor independencia de la Iglesia ortodoxa respecto al Kremlin eliminaría al menos algunos.
La visita de Gorbachov a Juan Pablo II abre, pues, un futuro lleno de promesas y también de incógnitas. Quizá en medio de las convulsiones que agitan la herencia de Yalta, también pueden entrar en revisión las fronteras religiosas.