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Ver productos1 Jul 1992 - 11min.
El compositor Luis de Pablo comentaba hace poco y con gran tino que la cultura española no está enraizada en el país. Además señalaba que ésta es cobarde y mediocre desde el punto de vista intelectual: se conforma con aparentar, no con ser. Por último, destacaba el profundo desinterés que se siente por la herencia propia. Me gustaría levantar un poco el ánimo del músico amigo en los apartados que siguen. Pero no sé si lo conseguiré, metido como estoy —como estamos— entre tanto espectáculo y tanto falso brillador y costoso. ¡Hasta las huelgas en el sector público se han convertido en el carnaval anacrónico del trepidante show business
que se nos ofrece diariamente! En fin, tratemos de ver si convergemos o no con la nueva Europa, culturalmente hablando.
La cultura entendida como un modelo global genera masas de consumidores insolidarios y satisfechos… pero el producto a ofrecer no es cultura sino un mero trapicheo de intereses mercantiles
Estamos inmersos en la sociedad instantánea, donde las etiquetas y los eslóganes tienen mucho público y generan cuantiosos beneficios económicos a unos pocos, pero frecuentemente los mensajes mediáticos no corresponden a la dura y compleja realidad que nos circunda. En un contexto de generalización y hedonismo, donde priman la exhibición de la violencia y el sexo duro y sin amor, todo tiende al esquematismo, a la reducción. No se hace más que mostrar una trivialidad interesada, dejando oculta la sustancia. Por sistema se eliminan los matices y se frustran las ansias de percepción profunda; se manipula y enmascara la realidad, mostrando sólo el reflejo de lo superfluo que contiene la misma. Padecemos el imperio de lo light.
En este quehacer volátil y tornadizo suelen caer los políticos, los ideólogos, los rectores de cultura y, por supuesto, los publicitarios. Parecería que todos quisieran vender lo que no ofrecen y para ello nada mejor que comunicar el silencio total, por medio de la imagen incontestable y el ruido ensordecedor.
A lo que se ve, hoy, la cultura entendida como un modelo global genera masas de consumidores insolidarios y satisfechos, pero el producto a ofrecer no es cultura sino un mero trapicheo de intereses mercantiles combinados con trastos desechables en la temporada siguiente. Todo el volkgeist se va en las rebajas. Con el famoso eslogan de España es diferente
se puso de manifiesto que más que un signo de identidad patriótica lo que se vendía era un patriotismo ramplón y pseudoimperialista. Comparándolo con los que se manejan y explicitan en 1992, vemos que en España siempre hemos sido bastante proclives a la escayola pintada con purpurina: muchos de nuestros símbolos culturales se magnificaron para traer, con dignidad de hidalgo desclasado, unos ídolos de barro y sin peana. Ahora estos trajines se ventilan con afectado desafío y no menos frivolidad.
Américo Castro caló en nuestro ser nacional como pocos y dejó escrito un monumento históricoliterario: «España en su Historia».
¿Es acaso España una nación inculta por antonomasia? ¿Se trata, tal vez, de que España tiene miedo a la cultura en libertad? Américo Castro caló en nuestro ser nacional como pocos y dejó escrito un monumento histórico-literario: España en su Historia. Se puede leer en el texto del maestro: El español se aferra a sus creencias legendarias, religiosas y artísticas como ningún otro pueblo europeo; se encastilló en su propia persona y de ella sacó arrojo y fe para erigir un extraño e inmenso imperio colonial. Conservó sin mutaciones esenciales su lengua del siglo XIII y con ella forjó creaciones de arte dotadas de validez universal… España no fue nunca una barbarie, sino una manera especial de existir, a destono con la Europa racional técnica…
No es éste el lugar de ir desmenuzando el análisis de Américo Castro, si bien de él escojo cuatro frases que, en mi opinión, determinan el sustrato genérico de nuestra cultura: mitos y creencias propios, la lengua formada, alma individual, el gesto y la metáfora. Pues bien, a pesar de todo este poso histórico-cultural, lo que priva y está de moda en la sociedad española es copiar sin más la vulgaridad de los productos culturales que se fabrican en los estudios y talleres norteamericanos.
Por otra parte, el concepto de páramo cultural
, del que habló José Luis Abellán, constituye la herencia próxima de un vertebrado, cerrado y excluyente sistema político que se empeñó en durar cuarenta años, gracias a que desde los poderes públicos centrales se dedicaban esforzadamente a iluminarlo y maquillarlo —la máscara, que diría Cioran— con el triunfalismo al uso. Se olvidaba que una cultura real
no admite la imposición y el dirigismo de una cultura oficial
, por anodina o retórica que ésta sea.
Es harto conocido que nuestro terruño, de suyo vario y regional, siempre se ha mostrado proclive a los frutos tardíos, según término de Menéndez Pelayo, y a las frases anticulturales por antonomasia. Ejemplos de estas últimas quedan al alcance de la mano: las no tan lejanas mueran los intelectuales y abajo la inteligencia
y la más cercana más deporte y menos latín
, brillan como paradigmas en las piezas de nuestro peculiar y excéntrico catálogo. Lo malo del contenido y tono de ciertas formas verbales es que suelen venir acompañadas por conductas de igual talante. En nuestro país, sin lectores de libros y periódicos —una epidemia nacional como tantas otras— se está produciendo una explosión de subculturas —deporte masivo, telenovelas, prensa del corazón, etc.—, como sustituto de la cultura real.
Lo malo del contenido y tono de ciertas formas verbales es que suelen venir acompañadas por conductas de igual talante
Todo parece indicar que continúa viva la idea de que hay que mantener a raya el hecho cultural crítico por aquello de la funesta manía de pensar
, definición lapidaria que continúa encarnada en actitudes vitales y en el diario comportamiento de grandes sectores de la sociedad española, excesivamente volcados en la posesión de cacharros de toda suerte que validan el ascenso social y económico recién logrado.
No cabe sorprenderse, por tanto, de que nuestra sociedad haya sido autora de dos inventos originalísimos: la Universidad sin libros —sólo hay 8.000 bibliotecas, en total; tocamos a 0,53 libros por biblioteca pública y 14,9 ejemplares por alumno en las universitarias— con lo que las tareas académicas se desarrollan con apuntes en millones de fotocopias; y la cultura de la movida
, ejemplar subproducto juvenil de confraternidad lúdica de pasotas, desencantados y herederos de las manipuladas movidas
, gracias a cuyos reclamos miles de jóvenes toman las calles los fines de semana en tribus interminables y alborotadoras.
Paralelamente a estas pautas culturales surgen otros comportamientos que adquieren el rango de estable permanencia: la videomanía, los videojuegos, la tele a toda pastilla y la incapacidad manifiesta para la convivencia razonada mediante fórmulas asociativas. Aun cuando es perceptible la vitalidad actual de la sociedad española y la tímida aparición de asumir riesgos, el discurso cultural que subyace como un tic en actitudes y comportamientos aparece todavía estrechamente asociado a la noción de una cultura de seguridad
, con la consiguiente afición a las becas y subvenciones de carácter permanente. Las reiteradas llamadas a que el padre Estado
arregle las cosas —todas, pero, en primer lugar, las propias— reflejan con nitidez el apego a una cultura de seguridad y acrítica, con olvido de que la vertebración de la sociedad civil exige como paso previo un cambio profundo de las mentalidades. O como dijo Alberto Moravia: para ganar dinero hace falta esfuerzo, pero para gastarlo lo que hace falta es cultura
. Colgar una litografía de Tàpies en la pared del comedor, asistir a un concierto en el Auditorio o visitar una exposición de pintura revelan que se está en la senda cultural, pero no es señal inequívoca de que se tiene cultura: esto último lleva más horas y mucho más esfuerzo personal. La cultura es decantación en el espacio y en el tiempo.
A partir de 1975, los españoles hemos comenzado a respirar políticamente, si bien las bocanadas de aire fresco salen por el momento a trancas y barrancas, quizá por falta de costumbre y algunas veces, con más pena que gloria. Se percibe que a nivel de poder el clima de intolerancia intelectual no ha desaparecido del todo y se sigue pensando, tal vez por miedo a perder la poltrona o por la chillona confusión del medio ambiente, que la cultura es cosa de imposición, de consigna, de etiquetado por decreto, de coacción subliminal y, desde luego, de ausencia de crítica. La crítica al poder todavía se tolera mal, seguramente porque a éste le cuesta admitir que la cultura no tiene nada en común con la política. Por encima de cualquier cosa, la cultura se trata de una aventura en libertad para la libertad: para la libertad y en la diversidad.
No sólo los creadores culturales y los intelectuales, sino, también, la sociedad entera necesita contar con una cultura sólida y propia, asentada en la variedad, en la crítica, en la libertad y abierta al mundo. Es un derecho inalienable al que los ciudadanos no pueden, ni deben renunciar. Sánchez Ferlosio lo ha dicho recientemente a su modo: lo que hace que continuemos escribiendo es una especie de obstinación desesperada
.
El cambio político-social, impulsado por la transición política, debería haber exigido el poner el acento en la pluralidad, en la posición del opuesto y en la libertad a prueba de bomba. Hoy algunos siguen creyendo que la movida madrileña
, claramente impulsada desde el poder, es la gran creación cultural
de la democracia, olvidando que los grandes y auténticos acontecimientos —culturales o no— llegan sobre patitas de paloma
, como dijo Nietzsche.
El cambio político-social, impulsado por la transición política, debería haber exigido el poner el acento en la pluralidad, en la posición del opuesto y en la libertad a prueba de bomba
Aun cuando la Constitución de 1978 haya desempeñado el papel de gran ola —democrática y plural— que barre las redes y los anzuelos de la superficie, todavía queda por operarse el que se cimente el fondo adecuado para una fecunda creación cultural. En este punto no conviene silenciar que el creador cultural ha sido y es un raro
que reprueba tanto la tutela como la imposición venidas de los poderes públicos: es un ave tan rara que, para dibujar su vuelo sólo necesita el aire libre y, por supuesto, su propio talento. Las consecuencias de considerar al creador cultural como un heterodoxo, como un peligro en potencia, de tratarle con vejación y desprecio, y de estimar la crítica constructiva como una incitación a la subversión y al desorden, continúan estando a la vista de todos y antes que a nadie a los que lo padecieron en sus propias carnes durante el Régimen político anterior.
Para pulsar y enmarcar la situación actual de la cultura española hay que partir de unos cuantos datos fundamentales: las mudanzas, de todo orden, acaecidas en la sociedad, han sacado a la luz los trapos de las insuficiencias culturales, particularmente en lo atañadero a la técnica y a la ciencia; el Estado —en su versión central y autonómica— provee la mayor parte de la oferta cultural, ha hecho un esfuerzo considerable en el asunto de los museos, si bien su acción peca de intervencionismo y protagonismo; y, por último, la década de la transición ha abierto la posibilidad de nuevas fórmulas financieras de colaboración cultural —vía fundaciones, vía patrocinio directo, vía inversión conjunta— que, sin embargo, continúan estando mal enfocadas, por mor de una desconfianza fiscal congénita, incrementada por unos gastos corrientes desbocados que no hay modo de cubrir con los impuestos que se recaudan.
Hay que convenir en que la feria de vanidades mutuas, la tentación del chiringuito y la subvención al amiguete no pasan de ser eufemismos culturales: más aún conforman un subproducto cultural, la mayoría de las veces cultivado en los invernaderos del oportunismo electoral. Tampoco hay que escandalizarse demasiado de estas cosas porque el sustrato cultural de este país es, lamentablemente, de escasa consistencia y de poco espesor, y la democracia consumista
se ha instalado, por medio de un parto sin dolor, a sus anchas. En ocasiones precedentes, los cambios se sustanciaban a tiros; ahora con exposiciones y conciertos monumentales. Algo —yo diría bastante— se ha avanzado. Con todo, el hilo intervencionista y tutelador del Estado en materias culturales viene de muy lejos: la Ilustración española —ese movimiento espiritual, pero minoritario, al decir del profesor Domínguez Ortiz— trató de hacer compatible la especulación con la verdad revelada, aplicando para ello una serie de recetas administrativas de claro signo controlador: el teatro, los bailes de máscaras y las Reales Academias quedaron sujetas al poder ilustrado. Y me pregunto: ¿es necesario un Ministerio de Cultura —el gran invento de Malraux gaullista— cuando el propósito es potenciar al máximo la vertebración de la sociedad civil?
El bienestar material básico va unido al nivel cultural de las sociedades: y el papel del Estado, en materias culturales, debería limitarse al de animador cultural
en un marco de libertad total a la hora de crear y organizar las cosas de la cultura. Sería de agradecer un continuo importante incremento de los presupuestos públicos en infraestructuras culturales —red de bibliotecas, principalmente— pero ahí debería quedar la acción pública. Por lo demás, sigue vigente la tendencia dirigista a dotar y gestionar los fondos culturales —en ámbitos nacional, autonómico y local— con criterios partidistas y de manera ineficiente y un tanto despilfarradora, sin que el acerbo cultural real de la sociedad española se beneficie de ellos.
Mucho me temo que las palabras de Juan de Goytisolo definen con lucidez la realidad cultural que vivimos: todos en el reino de las trivialidades, de la manipulación o el consumismo a ultranza
. En realidad, la sentencia-frase del escritor catalán viene a sumarse a lo que nos enseñó Ortega y Gasset cuando afirmó que una vida sin cultura es una vida manca, fracasada y falsa
. A la cultura —como a la sociedad— hay que dejarla vivir en libertad para que genere su propia y específica sustancia. La mimesis norteamericana que se propicia podrá salir bastante barata, económicamente hablando, pero resulta, a medio plazo, muy costosa y algo muy ajeno a nuestras señas de identidad. Esta desbaratada americanización se está encargando de barrer de nuestro mapa cultural la herencia y las tradiciones recibidas durante laboriosos siglos.