Un santo del siglo XX

La beatificación de Monseñor Escrivá de Balaguer

Antonio Fontán

El Venerable Josemaría Escrivá de Balaguer, cuya beatificación tendrá lugar el próximo diecisiete de mayo, ha sido una de las más ilustres figuras de la Iglesia Católica en la época contemporánea.

En 1928 fundó el Opus Dei, que no tardaría en extenderse por numerosas naciones de todo el orbe, y lo gobernó hasta su último instante en este mundo, el 26 de junio de 1975. Fue maestro de vida cristiana para decenas de miles de mujeres y de hombres que, uniéndose al Opus Dei o no, recibieron sus enseñanzas y a los que llegó su novedoso y atractivo mensaje pastoral. Creó y alentó muchas y variadas iniciativas apostólicas, en su mayoría civiles y algunas eclesiásticas, dedicadas a la educación en todos sus órdenes y grados, a la promoción social y a la de la cultura cristiana.

El autor y sus escritos

Fue también autor de libros de espiritualidad que han encontrado millones de lectores en las más diversas lenguas del mundo y son apreciados por teólogos y críticos, por personalidades de la Iglesia y de la vida civil y, sobre todo, por cristianos corrientes.

En 1934 Escrivá publicó en una modesta imprenta de la ciudad castellana de Cuenca sus Consideraciones espirituales, de las que el famoso Camino de 1939 sería una edición ampliada. En el mismo año treinta y cuatro escribió el Santo Rosario, un breve libro sobre los «misterios» de esta tradicional devoción, de bella factura literaria, que constituye una especie de poema en prosa en el que hay páginas que ocuparían un lugar de honor en una antología de literatura mística. Después fueron apareciendo sucesivamente un estudio histórico-jurídico sobre La Abadesa de las Huelgas, que había sido su tesis doctoral en la Facultad de Derecho de Madrid; dos volúmenes de meditaciones que se titulan Es Cristo que pasa y Amigos de Dios, numerosas homilías editadas sueltas y otras obras más de aparición póstuma como Vía CrucisSurco y Forja. El primero de estos últimos guarda cierto paralelismo con Santo Rosario, mientras que los otros dos, siendo netamente distintos, corresponden al género literario de Camino.

El Venerable Escrivá es autor, además, de numerosos escritos y documentos dirigidos a las personas del Opus Dei, en forma de instrucciones, cartas, documentos pastorales, etc., buena parte de los cuales han estado a disposición de los estudiosos de su personalidad y de su obra. El profesor Peter Berglar, biógrafo alemán de Monseñor Escrivá e historiador del Opus Dei, en la relación de las fuentes que había manejado, declaraba haber leído y utilizado, «entre otros muchos», hasta treinta y uno de estos escritos mencionándolos con sus títulos y fechas. Sólo el material de Berglar podría significar más de dos mil páginas. En repetidas ocasiones, don Josemaría había dicho que se llamaba Escrivá y que practicaba su apellido.

Tres momentos de una biografía

La vida de Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás discurrió a lo largo de tres períodos netamente diferenciados de no muy dispar duración: el de la formación del personaje hasta la fundación del Opus Dei en el año 28; el de su apostolado en España, viviendo de asiento en Madrid, que se extiende hasta 1946; y su larga etapa romana de casi treinta años con centro en la Ciudad Eterna, desde donde con sus iniciativas y con numerosos desplazamientos por Europa y por América extiende su acción sacerdotal y apostólica, y promueve la expansión del Opus Dei en más de cincuenta países.

Había nacido en Barbastro el nueve de enero de hace noventa años en el seno de una familia de clase media y de costumbres cristianas, arraigada de antiguo en casi todas sus ramas en la región subpirenaica. Sus mayores por línea paterna eran oriundos de Balaguer, en la provincia de Lérida, y el padre, natural de Fonz (Huesca), no lejos de Barbastro. La madre era de Barbastro. Entre los varones de ambas familias había habido, y había, abogados, comerciantes, algún médico, sacerdotes, terratenientes… No faltaban antecedentes de carreras más brillantes en unas u otras profesiones: un tío obispo, y otros antepasados más lejanos funcionarios distinguidos con mercedes de la Corona. El padre de Josemaría trabajó en el comercio.

De Barbastro la familia se trasladó a Logroño, en cuyo Instituto el joven Josemaría terminó el Bachillerato que había iniciado en el de Lérida, a donde acudían a examinarse los alumnos de los escolapios de su ciudad natal. Más tarde, resuelto a ser sacerdote, ingresó en el Seminario de Zaragoza, simultaneando los estudios eclesiásticos con los de la Facultad de Derecho de aquella Universidad. En 1925 se ordenó de presbítero y poco tiempo después acababa la licenciatura de Derecho. Más tarde obtendría el doctorado en la Complutense, que entonces se llamaba Central, y, después en Roma, el de Teología en el Laterano, la Universidad eclesiástica de la diócesis del Papa.

En 1927, ya en Madrid, mientras era capellán del Patronato de enfermos, daba clases de Romano y de Canónico en una academia de estudios jurídicos y dedicaba todo el tiempo posible a la asistencia sacerdotal de muchos enfermos, en sus domicilios o en los hospitales, principalmente el llamado del Rey, o de infecciosos, a la catequesis en barrios pobres de la capital, atendiendo además a la orientación espiritual y a la formación cristiana de los jóvenes universitarios con quienes tenía relación.

Fundador del Opus Dei

El hecho central en la biografía del Venerable Escrivá fue la fundación del Opus Dei y su dedicación a la tarea de implantarlo en el seno de la Iglesia, a partir del 2 de octubre de 1928. Sin que se alteraran externamente ni su trabajo pastoral ni el sencillo estilo de su vida, aquel joven sacerdote y abogado de veintiséis años había encontrado ya la singular vocación definitoria y definitiva, a cuya realización consagraría en adelante todas sus energías.

El Opus Dei habría de ser, necesariamente, porque son así las cosas en que intervienen los hombres, una organización —una desorganizada organización dijo en alguna ocasión el fundador— y, sobre todo, un mensaje, que era a la vez viejo por evangélico, y nuevo por olvidado.

El Opus Dei habría de ser necesariamente, porque son así las cosas en que intervienen los hombres, una organización —una desorganizada organización dijo en alguna ocasión el fundador— y, sobre todo, un mensaje, que era a la vez viejo por evangélico, y nuevo por olvidado —incluso entre los buenos cristianos—, a cuya difusión y puesta en práctica se dedicarían principalmente la «organización» y sus miembros. La plenitud de la vocación cristiana, conforme a las enseñanzas del Evangelio —y a la Voluntad salvífica universal de Dios—, es algo que se puede vivir e intentar vivir en todos los quehaceres temporales, en todas las tareas honestas ordinarias de la tierra (que son las más de las que ocupan a los hombres).

La Iglesia Católica y su Jerarquía, con la que siempre contó, acogerían las ideas y los proyectos de Escrivá con su bendición y con su aliento, reconociendo el mensaje como suyo, y acabarían por abrir a la «organización» un espacio jurídico y real en sus estructuras.

La Iglesia Católica y su Jerarquía, con la que siempre contó, acogerían las ideas y los proyectos de Escrivá con su bendición y con su aliento, reconociendo el mensaje como suyo y acabarían por abrir a la «organización» un espacio jurídico y real en sus estructuras. Todo ello siendo el Opus Dei como era, con sus sustanciales características «laicales» o seglares.

En 1968, en unas declaraciones a L’Osservatore Romano, Monseñor Escrivá decía que el Opus Dei «nunca se encontrará en la necesidad de ponerse al día». «No tendrá jamás que adaptarse al mundo», porque las personas que a él pertenecen «son del mundo». En esa misma ocasión manifestaba su alegría por el hecho de que el Concilio Vaticano Segundo hubiera proclamado con gran claridad «la vocación divina del laicado», lo que ha confirmado algo que, proseguía el fundador, «veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años».

Los años de España

Durante sus tiempos madrileños hasta su marcha a Roma en 1946 y su definitiva instalación allí poco tiempo después, Josemaría Escrivá desarrolló una amplia labor sacerdotal de predicación y asistencia espiritual a personas de diversa clase y condición. Organizó y fomentó Residencias universitarias y Colegios Mayores, clubs juveniles de estudiantes, actividades y retiros espirituales para mujeres y para hombres, etc., estableciendo el Opus Dei en las principales ciudades españolas empezando por las universitarias. Al mismo tiempo iniciaba ya desde los primeros años cuarenta su presencia en otros países europeos (Italia, Portugal, Francia, etc.) y se ordenaron los primeros sacerdotes de la Obra, entre ellos el ingeniero Álvaro del Portillo, que sería el sucesor de Escrivá y hoy es Obispo Prelado del Opus Dei.

En Roma y en todo el mundo

Durante sus años de Roma el Venerable Escrivá de Balaguer fundó los Colegios Romanos para hombres y para mujeres del Opus Dei, destinados a la formación y convivencia de personas de diferentes nacionalidades y culturas. Organizó y dirigió la expansión en las naciones europeas a las que no había llegado antes, así como en varias de África y del Lejano Oriente, y en todas y cada una de las repúblicas americanas, siempre en relación con los Obispos de cada país, y ordinariamente a petición de ellos.

A partir de la década cincuenta, Mons. Escrivá promovió la creación de centros universitarios en diferentes lugares del mundo respecto de los cuales ejercería las funciones históricas, más reales que simbólicas, de Gran Canciller. La primera de esas Universidades fundada en 1952, fue la de Navarra, una institución sobradamente apreciada y prestigiada en toda España, que tiene quince mil estudiantes, once Facultades y Escuelas Superiores, media docena de grado medio y varios institutos de investigación de reconocida calidad, más las Facultades y centros de estudios eclesiásticos. Otras instituciones universitarias creadas a iniciativa del Venerable Escrivá existen en México, Perú, Filipinas, Japón, Colombia, etc.

A partir de la década cincuenta, Mons. Escrivá promovió la creación de centros universitarios en diferentes lugares del mundo, respecto de los cuales ejercería las funciones históricas, más reales que simbólicas, de Gran Canciller. La primera de esas Universidades fundada en 1952, fue la de Navarra.

Los treinta años romanos de Monseñor Escrivá hicieron de él una personalidad ampliamente conocida y respetada en toda la Iglesia, con quien tuvieron oportunidad personal y directa de relacionarse centenares de cardenales y obispos durante varios pontificados, tanto con ocasión de sus visitas a la Sede Apostólica como en los Años Santos y muy particularmente durante las sesiones conciliares.

En vida, y aunque él pugnara por no exhibirse ni aparecer, Escrivá de Balaguer era una figura considerada, y admirada también, en los círculos eclesiásticos y del apostolado católico de los más diversos lugares. Por eso no es de extrañar que a su fallecimiento fuera tan elevado el número de los obispos que solicitaron del Papa la iniciación de los procedimientos que podrían conducir a incluir en el catálogo de los santos al ilustre sacerdote español. Fueron más de mil trescientos los cardenales, arzobispos y obispos que se dirigieron a la Santa Sede con escritos postulatorios. Lo cual representaba una tercera parte larga de la Jerarquía del todo el mundo.

Fueron más de mil trescientos los cardenales, arzobispos y obispos que se dirigieron a la Santa Sede con escritos postulatorios. Lo cual representaba una tercera parte larga de la Jerarquía de todo el mundo.

De modo muy particular en los últimos años de vida, el Venerable Escrivá recorrió, en viajes pastorales, España —en varias ocasiones y distintas ciudades— y casi todos los países de Europa y de América donde se hallaba establecido el Opus Dei, celebrando encuentros con miles de personas. Él llamaba a estos viajes y encuentros «catequesis», recuperando una palabra usual entre los primeros cristianos. En esas reuniones o «tertulias» se dirigía a los asistentes con su peculiar estilo profundamente espiritual y humano, y con esas manifestaciones de su poderosa y atrayente personalidad que son imposibles de reproducir y que han quedado reflejadas en los documentales cinematográficos en que se han recogido muchas de esas reuniones.

Escrivá de Balaguer era, en efecto, un sobresaliente orador, que poseía de un modo excepcional el don de la palabra y decía siempre exactamente lo que quería decir. Era uno de esos pocos privilegiados mortales cuya palabra hablada puede ser literalmente vertida por escrito en una prosa correcta, expresiva y brillante, sin dar por otra parte nunca la impresión de hablar desde un libro. Su estilo oral se distinguía por la espontaneidad y por una frescura y gracia de dicción verdaderamente admirables, a lo cual contribuían no poco su habitual alegría espiritual y humana y su sentido del humor, su buen humor como él mismo solía decir.

La imagen de una vida

Pero la vida del Venerable Escrivá, tan rica en hechos y tan fecunda en frutos, no fue ciertamente nunca un camino fácil, cómodo de recorrer. No podía ser una excepción entre los grandes del espíritu. Habló frecuentemente de rosas y de espinas, de raíces en forma de cruz, y sabía muy bien lo que decía. Sólo esas raíces que se clavan en el alma de los hombres son las que se coronarán de las ramas, las hojas y los frutos que harán del sacrificio un sacrificio gozoso. Todas estas son ideas y frases repetidas por él. Pero en el Venerable Escrivá, todo eso no era un conjunto de bellas imágenes literarias ni un hábil recurso pedagógico para grabar conceptos y fórmulas en oyentes y lectores. Era la decantación o la esencia de su propia experiencia personal.

A lo largo de los tres períodos de su vida, Escrivá habría de sufrir toda suerte de contrariedades, no pocas incomprensiones y la frecuente y más particularmente dolorosa hostilidad de gentes buenas, que no le entendían o no querían entenderle, y no dejaban de pertenecer a su mismo mundo del apostolado cristiano. Se encontró con la resistencia de estructuras consolidadas que parecían impenetrables para la novedad de su carisma, y con puertas que se cerraban ante él, unas veces con cortesía y otras sin ella, diciendo que «todavía no», «porque ha llegado usted demasiado pronto». Pero ese fue uno de los yunques en que se forjó su espíritu.

Era un hombre de notable y admirable firmeza. La suya no era la tenacidad típica de su Aragón nativo, sino la constancia del convencido de que tiene un deber que cumplir con instituciones y con personas, y que no puede faltar a él. Por eso soportó las increíbles adversidades que tantas veces pusieron a prueba su temple, con la serenidad alegre y contagiosa de un hombre de Fe que había puesto su confianza en Dios.

Esa solemne declaración pontificia ha de entenderse también como un homenaje de la Cristiandad a uno de sus hijos más preclaros de estos tiempos y como un honor para España y para la Iglesia de este país.

Tras la solemne proclamación de la santidad de Escrivá que será anunciada el próximo 17 de mayo, los católicos podrán tributarle el culto con que se venera a los bienaventurados y demandar su intercesión ante Dios. Pero esa solemne declaración pontificia ha de entenderse también como un homenaje de la Cristiandad a uno de sus hijos más preclaros de estos tiempos y como un honor para España y para la Iglesia de este país.

Para algunas de las personas que hacemos NUEVA REVISTA, entre las que se cuenta el autor de este artículo, es, además, un acontecimiento particularmente entrañable, que uno agradece a la providencia tener la oportunidad de vivir.