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Ver productos1 Jun 1991 - 3min.
Decía Allan Bloom que en un solo día cualquiera se convierte en americano. A pesar de todo lo que esta frase tiene de exageración, es cierto que a un universitario español le basta un día para convertirse en un feliz estudiante americano. Aún más si tiene la oportunidad de hacerlo en una Universidad de primera fila.
Los estudios superiores en los EE.UU. pocas veces se conciben como la carrera de obstáculos que permite obtener un título universitario español. Las facultades americanas retienen todavía algo de la concepción original del Rey Sabio sobre lo que debe ser la Universidad: un «estar juntos profesores y alumnos para aprender los saberes». La idea central de los miles de programas y cursos es ofrecer todas las opciones educativas posibles y despertar al máximo la curiosidad intelectual de cada estudiante. Algunos ejemplos: a los profesores se les evalúa cada seis meses en su capacidad docente y disponibilidad hacia sus alumnos; enseñar es todavía una profesión respetada y remunerada con justicia, casi siempre compatible con cierta actividad privada, por lo que muchas buenas cabezas permanecen en la Universidad; las bibliotecas y los laboratorios están magníficamente dotados, y sus empleados saben que su trabajo es facilitar la investigación a los estudiantes; las clases no tiene mucho sentido si de antemano no se ha leído y estudiado la materia y si no se está preparado para participar con preguntas y comentarios que vayan al tema… En general, el estudiante puede decidir sobre el contenido de su carrera o especialización, como el que se hace un traje a medida y no hereda uno usado y elegido al azar.
Con frecuencia, los urdidores del desencanto universitario español explican el abismo con la pobre excusa de que ellos (los americanos) tienen muchos medios. Aunque tal abundancia es real, es el efecto y no la causa de la pujanza universitaria yanqui. El origen de ésta reside en no concebir la educación como un servicio público, sino como una empresa de todos. Es una tarea de la sociedad, y sólo de forma subsidiaria del Estado. La iniciativa privada sostiene y mejora cada año las Universidades. Los presupuestos anuales de las primeras superan al de muchos Estados soberanos. Hay una verdadera competencia entre ellas por ofrecer los mejores cursos y atraer a los mejores alumnos.
El estar en un ambiente académico en el que todo-es-siempre-posible también tiene sus pegas. A veces las Universidades más elitistas se convierten en jaulas de oro. La gran flexibilidad de sus programas y la posibilidad de negociar hasta el nombre de sus estudios desorienta a muchos estudiantes. La presión desde fuera para trepar por la escala social muy deprisa ganando mucho dinero permite que en ocasiones se instrumentalice el saber tanto o más que en España. El relativismo cultural impera en algunos campus, predicado por profesores que aún no han tenido tiempo de leer a Finkielkraut.
Estos problemas reflejan los de la sociedad americana, perpleja ante el sentido de la palabra sentido, a pesar de revoluciones sesentayochistas y reaganianas.
Por fortuna, la Universidad americana es fluida y abierta. Corrige sus desvíos con el propio transcurrir del tiempo y el acelerado ritmo de cambio social en los EE.UU. Su acentuado individualismo y tolerancia sólo provocan la alabanza del universitario español que ha tenido la suerte de pasar unos años en sus aulas.