Sobre hablar, escuchar y decidir

El proceso de construcción de una nueva Europa está teniendo, como era de esperar, diversas repercusiones en los muy distintos países cuyos Gobiernos se confabularon en Maastricht. La sacudida que ha supuesto el «no» de la pequeña Dinamarca está sirviendo de atizador de un debate que, tal vez irremediablemente, había sido llevado por los políticos con un sigilo casi sacramental. Especialmente en España, donde la pregunta por los porqués amenaza con quebrar la presunción de inocencia que ampara y supuestamente legitima el súbito paso de un europeísmo de principios a un europeísmo de ventajas, que es el que parece recomendar el Gobierno González.

El carácter mitológico del europeísmo español de la dictadura y la primera transición fijaba en Europa el conjunto de bienes sin mezcla de mal: era una mentira políticamente útil y como tal rindió sus frutos. Pero el europeísmo de ahora no se puede fundar por más tiempo en el deseo de lo que ya tenemos, y debe nutrirse de nuevas promesas. El que los daneses, gente tan razonable que incluso parece haber podido leer los documentos de Maastricht, hayan puesto en duda la excelencia de los acuerdos nos coloca frente a una crisis de confianza en la moderna utopía europea de hogaño.

El que los daneses, gente tan razonable que incluso parece haber podido leer los documentos de Maastricht, hayan puesto en duda la excelencia de los acuerdos nos coloca frente a una crisis de confianza.

No quisiera entretener por más tiempo al amable lector considerando los curiosos matices con que se ha de juzgar toda esta peripecia, sino haciendo recaer su atención en algo más modesto pero tal vez fundamental: el escaso y, por tanto, poco recomendable nivel de debate y pública discusión que estas cuestiones han suscitado entre nosotros. Se puede adivinar que crecerá el número de los que recomienden el referéndum para decidir la posición española, y se puede asegurar, con idéntico fundamento, que no menudearán los argumentos ni habrá muchas nuevas luces para alumbrar los entresijos de tan peliaguda cuestión. A los españoles parece bastarnos con poder decidir, porque de las palabras nos fiamos poco.

Saber escuchar

Es una cuestión de lógica, de psicología social, que no figura entre las preocupaciones habituales de quienes interpretan lo que nos pasa. Ya es notable que un verbo tan encantador como «discutir» tenga en castellano matices peyorativos: la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia de la Lengua establece que las razones alegadas han de ser contra (el subrayado es nuestro) el parecer de otro. Y así nos va, que para parecer civilizados hemos dado en no discutir. Se dice que, como latinos, somos charlatanes, pero la verdad es que la afición a escuchar parece cosa de radioaficionados. Es cierto que sobre estas cuestiones hay pocos datos científicamente fiables y que ni siquiera la UNESCO ha tenido a bien hacer estimaciones. Cosas, tal vez, de aquellos españoles de la primera mitad del siglo que no sólo no tenían televisión, sino que en algunos casos consta que leían el Quijote.

Puestos a no escuchar, somos de lo mejor, y por eso los telediarios tienen que repetir tanto las informaciones. Así las cosas, la política tiende a convertirse en pura propaganda, y suele pasar que el que da primero da dos veces. Que esto se pueda padecer en lo que se ha llamado un proceso de convergencia con Europa es, indiscutiblemente, una muestra evidente de la conveniencia del proceso y de su imposibilidad.

Nuevos hábitos de discusión

Nos convendría converger con Europa por ver si mejoramos en la calidad de nuestras deliberaciones, en las modestas aplicaciones de la razón que explican tantas maravillas allende los Pirineos. Nos iría bien mejorar en cuestiones de orden, de respeto a los procedimientos, de claridad en los propósitos, de cálculo de esfuerzos. Pero sería mejor que nos entrenemos desde antes, porque nos pueden atropellar los holandeses o cualquiera otra especie de materialistas peseteros.

Necesitamos nuevos hábitos de discusión, urgentes lecciones de lógica aplicada. Tenemos que entrenarnos en la ardua disciplina que supone atenerse a la cuestión para no hablar de otra cosa que nos sabemos mejor o de lo duro que resulta que el Madrid haya perdido la Liga. En las reuniones en que se ha de decidir algo, debería estar tan mal vista la imprecisión como llevar la boina calada hasta las cejas. Atenerse a razones le quita parte de su encanto al soberano gesto decisivo, pero tiene otras ventajas que sería incongruente argumentar.

Una vez puestos en la senda de la decisión razonable tal vez podríamos pedir que nuestros líderes nos expliquen las alternativas de Maastricht, si es que las hay, y los motivos de sus entusiasmos y reservas; hasta podríamos tratar de conocer el texto del Tratado. Sería un poco tedioso, todo hay que decirlo, pero entonces lo de la convergencia comenzaría a ser cosa de coser y cantar y no de magia.