Ritmo español

Título: «Los españoles».
Autor: Amando de Miguel.
Editorial: Temas de Hoy, Madrid, 1990, 277 páginas.
Precio: 1.500 pesetas.


Nuestras complejas sociedades modernas están consiguiendo que las masas de casi todos los pueblos unifiquen sus gustos. Este fenómeno puede explicarse por las eficacísimas propagandas con las que todopoderosos intereses han logrado expandir la moda y dirigir el afán mimético de las gentes. Hay que contar, asimismo, con la aproximación de circunstancias que la tecnología ha facilitado (especialmente a través de los medios de transporte y los medios de comunicación). Sin lugar a dudas, este proceso pone a prueba cuán irreductible es la idiosincrasia de los diferentes pueblos. ¿Hasta qué punto una nacionalidad imprime carácter y en qué áreas de la vida lo hace?

En los países hispanos —no sólo en ellos, desde luego— hay una vieja tendencia maniquea en clasificar a sus hijos en buenos y malos, según sintonicen o no con el modelo oficial y autoritario que señala cómo ha de comportarse un buen español, pongamos por caso, o un buen catalán. No se quiere saber que la realidad de las distintas entidades colectivas a que pertenecemos no puede ser asumida de un único modo, sino en muy diferentes grados y direcciones. Ahora bien, si se acepta que el progreso principal de la humanidad consiste en otorgar valor real a la condición personal de todos los seres humanos, nos encontramos con que el único patriotismo compatible con él es el esfuerzo por extender a su alrededor la honradez y el afán de verdad (y lo que éstas comportan).

El sociólogo Amando de Miguel ha dedicado este libro a analizar la vida corriente de quienes comparten patria y «tiempo» con él. En nuestro repertorio común de vivencias destaca un «componente retórico» que explica, nos dice, que los españoles puedan declararse mayoritariamente satisfechos en lo económico, resignados en lo político y descontentos en lo social. Un pueblo de antiguos campesinos y de buen conformar, como el español, que ha pasado de una cultura del hambre (con una pretendida y legendaria austeridad) a una cultura de opulencia y de la inmediatez, en la que la ostentación y la apariencia han incrementado su prestigio y buen tono y en la que no se sabe aplazar las satisfacciones. Pero un pueblo con una clara disposición hostil, aunque sea de boquilla, contra el orden social. De Miguel señala que, en comparación al resto de europeos, los españoles muestran una insólita capacidad de adaptación al «liberacionismo» de una inmensa vitalidad en los momentos de tribulación».

Merecen destacarse también algunas otras observaciones del autor: la práctica de la religión en un mundo secularizado es un factor decisivo de tolerancia (a este respecto me viene a la memoria una noticia que apareció en los periódicos hace unos ocho años: en el Ayuntamiento de uno de nuestros pueblos se personó, resuelto y decidido, un caballero para pedir los papeles que había que rellenar para que su hijita pudiera hacer la Primera Comunión… por lo civil). Sin distinguir nacionalismos, dice que dejados a sus impulsos acaban siendo violentos y se lamenta de que «sobre estas cuestiones no se puede escribir con soltura; siempre se levantan suspicacias». Así, desangelado, llega a una inusitada analogía: la Constitución permite el divorcio de las parejas, pero prohíbe su equivalente entre las regiones y el Estado. Ante tamaña simpleza cabe preguntar: ¿quién es quién en esas parejas?, ¿la voluntad de cada una de las partes viene dada numéricamente por la mitad más uno de los que pueden votar? Y si un país es algo más que sus presentes moradores, ¿cuentan los compatriotas de antaño y los que están por venir? Si el destino concreto del hombre es, como enseñaba Ortega, la reabsorción de su circunstancia, ¿cuál es el destino concreto del pueblo? Acaso desarrollar proyectos que aúnen esfuerzos y generen energías en el beneficio indiscriminado de seres humanos de carne y hueso.