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El 29 de febrero de este año 2016 se presentó en la sede de la Fundación Diario Madrid el libro de Miguel Ángel Gozalo sobre la vida, figura y obra de don Antonio Fontán Pérez. Se trata del tercer título dedicado al que fuera profesor, periodista, político y al que varias generaciones llamábamos «maestro» cuando él no nos escuchaba, porque este título no le hacía demasiada —más bien ninguna— gracia: «No soy maestro de nada ni de nadie».

Las dos primeras semblanzas aparecieron en 2013, la primera, a cargo de Arturo Moreno Garcerán1, se centra de modo preferente en la faceta política de don Antonio y la segunda, de Agustín López Kindler2, discípulo, compañero de afanes universitarios y vocación de servicio, ofrece un visión completa, íntima y personal del que fue su confidente y amigo. Miguel Ángel Gozalo, a su vez, transmite una imagen múltiple de Fontán en la que sus diversas actividades se integran de forma difícilmente separable.

No estamos en presencia de una biografía tradicional, aunque no falte ni uno solo de los datos precisos para conocer su trayectoria humana, familiar, profesional o los rasgos definidores de su carácter a través del tiempo o de los lugares donde transcurre su existencia. El propio autor deja constancia de que su obra no puede considerarse como una biografía «convencional» porque, verdaderamente, no lo es.

Conviene recordar al respecto, como bien sabemos sus amigos, que Miguel Ángel Gozalo lleva en la cabeza y el corazón el periodismo, profesión a la que ha dedicado toda su vida. El libro se construye y discurre a lo largo de sus páginas, a modo de una extensa crónica que adquiere, en ocasiones, cierto aire de ameno reportaje. Se refiere a sí mismo como «El cronista» y el contenido responde a los propósitos de Gozalo que, además de puntuales referencias, a través de las cuales surge con nitidez la figura de Fontán, intercala sustanciosos comentarios que ayudan situar los hechos dentro del contexto y ambiente en el que sucedieron.

LAS CUATRO ESTACIONES DE UNA VIDA

Utiliza el autor un esquema original, no exento de matices poéticos, al dividir su «crónica», una vez salvadas las primeras confidencias preliminares, en las Cuatro Estaciones que marcan el recorrido de don Antonio desde los antecedentes familiares, infancia y adolescencia, descritos en el capítulo «Primavera», a los años de juventud y madurez dedicados a la enseñanza de su amado latín, en las universidades de Granada, Navarra y finalmente en la Complutense de Madrid. Actividades que conforman, junto al ejercicio activo del periodismo, el apartado correspondiente al «Verano». El «Otoño» nos muestra a un Fontán plenamente incorporado a la política española de la Transición, en la que desempeñó un papel tan destacado como fundamental para armonizar voluntades, limar asperezas y encontrar soluciones viables para todos.

Llegamos, por último, a la etapa del «Invierno» cuando, desde la retaguardia continúa ejerciendo ese magisterio que se negaba a reconocer, y sin embargo real, sobre nuevas generaciones de políticos agrupados en torno al proyecto de Nueva Revista que tan destacado papel desempeñaron en los años del Partido Popular bajo la presidencia de José María Aznar. Basta revisar la nómina del consejo editorial de la citada publicación para encontrar nombres bien conocidos: Eugenio Nasarre, Andrés Ollero, Carlos Aragonés, Pilar del Castillo, Miguel Ángel Cortés, Luis Alberto de Cuenca, Santiago de Mora-Figueroa, marqués de Tamarón, Gabriel Elorriaga, José M. Michavila o Baudilio Tomé, entre otros que prestaron servicios en diversas dependencias del gobierno popular. Miguel Ángel Gozalo cierra su «Crónica» en un capítulo último que nos descubre una realidad en la que todavía estamos inmersos y que nos sirve de vínculo de unión a los que tuvimos la suerte y el privilegio de acompañar a don Antonio en los últimos momentos de su vida. El capítulo final, titulado «El mundo sin Fontán», despierta recuerdos y ciertas añoranzas.

Nos falta el amigo, el confidente, el amable consejero en las dificultades de cualquier índole: personal o de trabajo, de alegría o tristeza, de éxitos y fracasos. Nos queda, sin embargo, su ejemplo, y dado que los años pasan igualmente para todos, a los que tal vez fuimos un día los «chicos de Fontán», como señala Gozalo en uno de los apartados, nos corresponde ahora tomar el relevo.

Hemos de saber escuchar las confidencias, inquietudes, dolores y alegrías de los más jóvenes, en lugar de quejarnos por la falta de nuestro querido y admirado maestro. Que, por otra parte, sigue muy vivo, no solo en nuestra memoria agradecida, sino también sus escritos, artículos libros y «Estrenas de Navidad» que nos llegan puntualmente a finales de cada año. Desde ese rincón nos llegan palabras que nos hablan con la misma voz pausada, cálida, llena de sabiduría del maestro. Presencia que no solo pervive en las Estrenas, sino que además se renueva a través de las Fundaciones del Diario Madrid y Marqués de Guadalcanal dedicadas a una intensa actividad, centrada en algunos de los grandes temas que ocuparon la atención de don Antonio: el humanismo, la cultura, las letras, el periodismo, la política… y tantas otras más.

UNIDAD DE VIDA

Sin olvidar el ingrediente que explica algo que parece no tener explicación: ¿cómo logró don Antonio abarcar tantas actividades y desarrollarlas de modo brillante y natural, como si no costaran esfuerzo? El secreto reside, tal vez, en lo más íntimo del ser humano cuando logra armonizar su existencia a través de algo de difícil definición que se llama Unidad de Vida, de acuerdo con las enseñanzas de san Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei, al que perteneció Antonio Fontán hasta el momento de la muerte. Episodio que se recoge de forma tan sencilla como emocionada en la crónica de Gozalo, que refuerza con unas palabras pronunciadas por don Antonio en las horas previas a su muerte:

«Dejo esta vida sin tristeza ni pesares y con la alegría de haber hecho algunas cosas… Ofrezco esta agonía por la Obra a la que he dedicado mi vida: el Opus Dei, por mis hermanos y especialmente por el Padre… Por la Iglesia y el Papa. ¡Y por España!»

Resulta muy difícil resumir en las breves líneas de una reseña el contenido rico y variado expresado en una prosa ágil, llena de referencias eruditas, digresiones al hilo de los recuerdos anecdóticos y acontecimientos históricos de una España a la que Fontán amaba con todas sus fuerzas. Amor que se iniciaba en su patria chica andaluza desde Sevilla a Guadalcanal, hasta remontarse a la grande y noble historia de nuestro país, hoy perturbado por los avatares de la política estrecha. Una recomendación final: nada mejor que disfrutar del libro crónica a través de una lectura reposada y placentera.

Rafael Gómez López-Egea

NOTAS

Arturo Moreno Garcerán, Antonio Fontán Pérez, el espíritu de la política, Ediciones Internacionales Universitarias/unir, Madrid, 2013, 216 págS.

Agustín López Kindler, Antonio Fontán, un héroe de la libertad, Edit. Rialp, Madrid, 2013, 357 págs.


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