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Ver productos1 Nov 1991 - 9min.
Según manan las palabras de mi pluma, el chillo heridor de las cigarras se dedica tozudamente a romper el sosiego de la media tarde. Apenas quedan restos del terral, ese viento ardiente que se lanza enloquecido sierra abajo y que, a su paso, cercena sin piedad la vida pacífica de huertos y jardines, además de enardecer los instintos asesinos de los alacranes. Percibo que la calma recobrada vuelve a anidar en mis pulsos y este hecho otorga esencialismo a los párrafos que surgen, cuando quizá lo más propio sería adentrarse en el terreno de lo frívolo. Dejo, sin embargo, que el discurso literario evolucione a su antojo.
Tres anécdotas escuchadas hace algún tiempo sirven de aguijón a la pelea con el folio en blanco: un parlamentario mexicano de la Asamblea constituyente de 1910 juraba: «Yo, gracias a Dios, soy ateo»; una figura señera del comunismo español se recuperaba de una operación del corazón y decía a los que la visitaban: «Todavía no me encuentro muy católica», y, por último, los miembros del Partido Comunista Italiano declaran en los periódicos que suelen acompañar a sus familias a la misa dominical, por si acaso hay algo más allá de la muerte». Reconózcase o no, es claro que un hilillo conductor de religiosidad profunda y no siempre perceptible fluye por la venas de la cultura occidental.
Antes de fallecer, el gran Jorge Guillén se manifestó muy claramente en una entrevista, a propósito del hecho religioso. Más o menos vino a decir que es estúpido negar la presencia religiosa cuando en la lengua coloquial siempre aparece esa connotación como algo raigal y, por tanto, no borrable de un plumazo. El italiano Umberto Eco se expresaba de modo parecido, muy recientemente: la respuesta religiosa es siempre una manera de explicar por qué estamos en el mundo, cuál es nuestro destino.
Al modelo postindustrial de consumo masivo le falta poso y aliento espiritual, y le sobra azacaneo y neurosis.
Creo recordar que fue Julio Caro Baroja, maestro de raros saberes y viejas consejas, quien se pronunció de tan sentenciosa manera: «Hay una tendencia evidente a la laicización superficial, de carácter político e ideológico»… «Sustituir la fe en lo trascendente por el aquí y ahora, que está demostrado es mediocre o brutal, no es ventajoso». Tales mutaciones ocurren en el marco de lo que los sociólogos titulan de «cultura de la crisis», concepto frágil y huidizo que abarca por igual el desaliento y el hedonismo, y en la que los valores históricamente aceptados a lo largo de los siglos se subvierten con maledicencia y las metáforas implícitas en ellos se disfrazan con arrugas bellas, chaquetas desestructuradas y tangas provocadores. Algunos irresponsables pseudo-progresistas se dedican a eliminarlos con ciega obstinación y sectarismo barato.
Corren tiempos en que se concede escaso espacio a la interioridad, a la reflexión profunda, en un intento desesperado de escapar hacia lo desconocido y sin saber bien el porqué ni el lugar de destino. Una corriente de pensamiento tiene a gala dinamitar las ataduras tradicionales y familiares y hacer burla de los principios recibidos; tampoco admite las tesis reformadoras y sólo apuesta por el rechazo de lo precedente. Y la realidad de lo venidero, tan cargado de incertidumbres, la agarran con crispación: el sentido de lo misterioso y trascendente es abandonado desde un principio. Los que abanderan tales supuestos rechazan la historia y se aferran a un incomprensible inmediatismo donde sólo existen derechos y ningún deber para con nadie.
La sociedad española contemporánea se afana por dejar definitivamente atrás las pasadas crisis, mientras continúa, al menos aparentemente, por un proceso de creciente secularización. Pero los españolitos que formamos parte de aquélla damos la impresión de no ser capaces de sortear el brusco enfrentamiento con la soledad radical a la que un determminado tipo de existencia nos conduce: al modelo postindustrial de consumo masivo le falta poso y aliento espiritual, y le sobra azacaneo y neurosis. Mircea Eliade vino en afirmar que lo sagrado siempre se halla presente; ocurre que se encuentra camuflado. Aunque algunos lo acallen, Freud y Marx, desde barbas y perspectivas diferentes, también lo reconocieron. Parece que la religión —y lo religioso—, en las culturas occidentales de hoy, arroja un significado privado, es íntima cuestión a tratar por el individuo con su dios, llámese como se llame. Tal actitud y tal comportamiento, sin embargo, tienen más que ver con la moral laica que con lo maravilloso y trascendente. De ello se derivan unas relaciones religiosas muy de andar por casa y que acaban remansándose en la penumbra de una vividura bastante neurótica: el malestar de cada cual no se desintegra, como tampoco pierde el carácter de insatisfacción, de expectativa frustrada.
Reconózcase o no, es claro que un hilillo conductor de religiosidad profunda, y no siempre perceptible, fluye por las venas de la cultura occidental.
En ese vacío recién creado se actúa con olvido del hombre, al tiempo que se exacerban los anhelos y ambiciones de cosificación. La sociedad del último cuarto del siglo veinte ha ido generando una cultura -mejor, pseudocultura- de cachivaches mitificados, sacralizados, sin que ello añada un ápice de felicidad auténtica o sirva de manadero de un mayor equilibrio social. La tantas veces proclamada «solidaridad» adquiere la categoría de anuncio sin aplicación práctica: es latiguillo electoralista o comercial que no impide el que cada uno vaya a lo suyo, sumergido como está en el desamparo de la ruidosa marea anónima y codiciosa. Además, la corrupción, sutil o tosca, parece haberse instalado con derecho a cocina en el cuerpo social: el beneficio económico instantáneo, sin riesgo y por medio del amiguismo y sin ética de ninguna clase, se configura como síntesis acaparadora del refrán «a vivir que son dos días».
Canetti hablaba del impulso de personalidad como redención al impulso de masa. Ese deseo bienintencionado no corresponde con la tozudez de los hechos: la masa acepta verse estimulada por los diversos agentes políticos, sociales y económicos para continuar siendo masa. De no ser esto así la convivencia supuestamente satisfecha y establecida al calor de marcianitos y decibelios, saltaría en pedazos. El postindustrialismo masificado de los años ochenta ha terminado por perfilar el implacable esquema: en el vértice, se enseñorea la jerarquía tecnológica y pluritentacular; y en la base, la representación domesticada de los corifeos, esos millones de consumidores escindidos y huérfanos de especificidad y cohesión -y muchos de ellos condenados a la marginación sin cualificación profesional-. Hasta los modelos de vestimenta considerados como más personales se fabrican en series ilimitadas y por ordenador. El ser humano convertido -¿muy a su pesar?- en mero dígito de un disco magnético: la vida deviene en un insufrible destajo tecnológico que se adquiere en incómodos plazos. Al yo y al otro no les queda otra opción que tragarse a la fuerza la disciplina de unos códigos y permanecer mudos, en soledad y mucho más huérfanos que antes.
Toda gran civilización acarrea implícitamente una religión. Y toda cultura, sea alta o popular, cuenta con unas señas de identidad propias y diferenciadas, por las que discurre el hálito inaprensible de lo religioso.
Conviene insistir en el planteamiento inicial. Toda gran civilización acarrea implícitamente una religión. Y toda cultura, sea alta o popular, cuenta con unas señas de identidad propias y diferenciadas, por las que discurre el hálito inaprensible de lo religioso: de los cristianos a los fundamentalistas, pasando por las mayorías morales de las sectas televisivas norteamericanas. Ideas, creencias, mitos, símbolos, signos y liturgia conforman la parafernalia de la mismisidad religiosa y cultural que para expresarse precisa de un lenguaje ritual. La amalgama de esos ingredientes origina una cosmovisión específica y singular. Pero se percibe un dato incuestionable: el constante declive de la palabra ritual implica la lenta, pero progresiva, defunción de la visión del hombre y del mundo que lo define. De ahí que el corazón del hombre se vea quebrantado y lata al ritmo de las modulaciones de un chip «made in Taiwan». Ya no hay lugar para la rebeldía de la palabra y la crítica en el diálogo: la disidencia está prohibida.
De otra parte, la actual oferta cultural y sus préstamos -horripilantes mercantilismos al uso- posee un origen mecanicista, conductista y labelizado. Su mercadeo televisivo se ve bañado de charlatanería, espontaneísmo y despilfarro. Y el quehacer de los sacerdotes de esa pseudocultura aspira a un confortable tutelaje, en el que el modesto y ramplón toma y daca se ejerce por medio del pacto signado previamente por las partes: subvenciones y becas a cambio de acriticismo. Tal cambalache supone tanto un alejamiento de las verdaderas señas de identidad como una degradación del quehacer auténtico de los propios creadores culturales. En infinidad de ocasiones, los mensajes de estos últimos resultan burdos y confusos, y no estimulan la creación cultural; su misma estética adolece de ambigüedad y asexuación; se trata en realidad de un canto oportunista al feísmo desarraigado, inocuo y desafinado. El ocio y lo lúdico han sido rebajados hasta lo más primario y monetarizados al máximo: los concursos de la televisión son su ejemplo más palmario.
La cultura, como la religión, no se forma con urgencias, aceleraciones y espasmos ideológicos o partidistas.
Sacralizar el «aquí y ahora» no es crear cultura, y mitificar el disfraz y la representación sin raíces no encierra la elaboración de un hecho cultural propio y duradero; la cultura, como la religión, no se forma con urgencias, aceleraciones y espasmos ideológicos o partidistas. Para modelar una cultura real, crítica y plural, se requiere paciencia y tiempo. Ahora bien, y como escribió Paul Valéry, «el futuro ya no es lo que era». Efectivamente, la nueva realidad surgida de los veloces avances tecnológicos ha transformado el futuro: éste es una carrera desbocada hacia el consumo, entendida como una pseudorreligión que de antemano sacraliza lo que no se necesita. Y su imposición queda dibujada con trazos nítidos en la etiqueta: el sexo sin amor y violento como pautas de conducta; lo profano y ancilar como mito; no se facilita el que surja el menor atisbo de utopía y misterio. Algo principal falla en el ofrecimiento: sin trascendencia el ser humano se halla más anónimo e indefenso que nunca. A su alrededor circula desnortada una sociedad a la que quieren acabar con su memoria y a la que igualmente quieren cegar la esperanza. Si esto es el futuro, si va a configurarse así el futuro, como vino a recordar Miguel Delibes en su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, hace ya algunos años, que no cuenten conmigo; yo me apeo ahora mismo del tranvía.
Cuando el sol comienza su acueste, el jazmín suelta su embaucador aroma, los morados de las buganvillas cobran mayor intensidad y por lomas y serrezuelas trepan olivos cargados de sombras plateadas. Ya no grita la chicharra: el canto coral de los grillos y las pausadas llamadas de amor del mochuelo ocupan su plaza. Desde mi mesa de trabajo veo el pueblo blanco, de calles estrechas y balcones repletos de macetas, que se dispone a cortar como un cuchillo los empinados pinares que se apresuran hacia la cresta, bellísima y transparente, de la sierra. Sí, estoy aquí, al pie de Mijas. Todavía queda un resquicio para el optimismo, la imaginación y el asombro. Tengo la impresión de que en Mijas se está más cerca del cielo.