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Ver productos1 Ene 1992 - 11min.
Hay momentos en la vida de los pueblos en que el ritmo de los sucesos se acelera, los acontecimientos se acumulan y parece que el curso del tiempo se dispara, sin acompasarse a la regular y cadenciosa monotonía del calendario. Es lo que ocurrió en España el año 1492, del que ahora se conmemora, con tan ruidosa fanfarria, el quinto centenario.
El primero, por orden cronológico, de los grandes acaecimientos hispánicos del 92 fue la «toma» de Granada, con el consiguiente final de la Reconquista y la recuperación de la unidad cultural y política del país. El segundo, el descubrimiento de América, que abrió una nueva era de la historia para España y para el mundo y dio lugar a que nada menos que un inmenso continente se sumara al hemisferio de la civilización cristiana y occidental.
Ni una cosa ni otra fueron obra del azar, sino de la voluntad y del propósito.
Los méritos han de atribuirse a numerosos personajes, entre los que ocupa un lugar particularmente señalado el propio descubridor, Colón. Pero, por delante de los demás protagonistas, en el orden de las valoraciones, ha de situarse a los monarcas, Fernando e Isabel.
Bajo los Reyes Católicos, y por obra principalmente suya, la Monarquía de España se convirtió en Estado y su pueblo en nación.
Estado y nación son dos creaciones europeas que luego se han extendido por los otros continentes, al paso de la civilización, con los benéficos efectos que toda persona razonable y cultivada reconoce.
Aplicados a las realidades políticas de finales del siglo XV, los términos Estado y nación no significan exactamente lo mismo que ahora, cuando el Estado, a diferencia de entonces, tiene mucho más poder que la propia sociedad de que ha emanado, y la palabra nación se emplea, especialmente entre políticos españoles de estos años, en dos acepciones distintas.
Por un lado, con su valor de siempre, de comunidad humana políticamente constituida en Estado. Por otro, se llama nación a un pueblo con entidad cultural singularizada, que por obra de la historia se encuentra asociado con otros en el seno de un verdadero Estado-nación. (Algunos dicen «naciones sin Estado», pero eso sería otra cosa.)
Sin embargo, llamar nación a la España de los Reyes Católicos es correcto y apropiado. La monarquía hispana, con sus varios reinos y coronas, era una entidad política unitaria y soberana. Desde ella se dirigía la gobernación interior de un vasto territorio y se desplegaba una acción exterior-diplomática, militar, económica, cultural- en relación con otros pueblos, príncipes, repúblicas y ciudades que, en principio, eran «el extranjero» y la gente lo sentía como tal.
La unidad orgánica de la sociedad política, la identidad hacia dentro y la diferencia con lo de fuera, más una cultura compartida y «convivida» (cuyos símbolos hace cinco siglos fueron la corona y la cruz) son los elementos sustanciales de lo que la filosofía política occidental entiende por nación y por Estado.
La administración de la monarquía española de entonces comprendía también una red de funcionarios gubernativos y judiciales aparentemente heterogénea, pero disciplinada y efectiva, que se extendía por todo el territorio. Había unos ejércitos de diverso origen y variadas formas de reclutameinto, pero siempre obedientes a la cúpula del poder. Existía, además, una política cultural y exterior común. Gobierno, defensa y política son las tres principales dimensiones de la acción de los Estados nacionales en la Edad Moderna.
El lunes 2 de enero del 92, los heraldos de Castilla tremolaban el pendón de Fernando e Isabel en la torre de Comares de la Alhambra. A petición del propio Boabdil, la entrega de Granada se adelantó unos días a la fecha prevista, que era, según dicen los cronistas, la fiesta de los Reyes Magos.
La guerra, realmente, había terminado a fines del 91, cuando los moros «se dieron a partido», suscribiendo un acuerdo y entregando rehenes, mientras los cristianos permitían que la capital volviera a abastecerse.
Pero lo que vale, como emblema o símbolo, es la fecha de la solemne rendición de la ciudad. El rey moro, tras poner en manos del Católico las llaves de la fortaleza, partía hacia las tierras que se le habían adjudicado, como retiro o como confinamiento, en el valle de Purchena, a treinta leguas de Granada y a orillas del Almanzora, en la actual provincia de Almería.
Los cronistas de la Corte relatan con sobriedad la conquista de Granada y la consideran un regalo «de la providencia divina a los reyes, que tornaron victoriosos y bien afortunados, con tanto triunfo de honra y bienaventuranza»
Los cronistas de la Corte relatan con sobriedad la conquista de Granada y la consideran un regalo «de la providencia divina a los reyes, que tornaron victoriosos y bien afortunados, con tanto triunfo de honra y bienaventuranza» y «así dieron glorioso fin a su santa e loable conquista», habiendo visto «sus ojos lo que muchos Reyes y Príncipes desearon ver».
Con más perspectiva temporal, un siglo más tarde, el Padre Mariana se detiene morosamente en narrar el hecho de la «toma» y en reseñar las fiestas y regocijo de las celebraciones en ciudades y provincias en la propia Roma, donde todavía era Papa Inocencio VIII, el predecesor del hispano Alejandro VI, que subiría al solio pocos meses después.
Pero mayor significación que los textos de los historiadores posee la interpretación de los intelectuales contemporáneos.
El más notable y representativo de los universitarios españoles de la época es Antonio de Nebrija. En una obra impresa en el mismo 1492 habla «de la monarquía y paz de que gozamos, primeramente por la bondad y providencia divina; después por la industria, trabajo y diligencia de vuestra real Majestad (la reina Isabel); en la fortuna y buena dicha de la cual, los miembros y pedazos de España, que estaban por muchas partes derramados, se redujeron y ayuntaron en un cuerpo y unidad de Reino, la forma y trabazón del cual, así está ordenada, que muchos siglos, injuria y tiempos no la podrán romper ni desatar».
En el mismo 92, a 12 de octubre, una de las carabelas de la pequeña armada colombina, la Pinta, que «era más velera e iba por delante de la nao del almirante, halló tierra e hizo las señas» convenidas. Fue el descubrimiento de lo que acabaría viéndose que era el inmenso continente que un humanista italiano, ya en el 93, empezó a llamar Orbis novus o «Nuevo Mundo» y que finalmente recibiría el nombre de América.
El feliz resultado de la primera hazaña descubridora no fue conocido en la Península hasta final de febrero del 93, cuando Colón, que regresaba a bordo de su segunda carabela, la Niña, pudo dar noticias de sí y de su navegación tras llegar a las Azores y poco después a Lisboa, y, por fin, el 4 de marzo a Palos, desde donde se encaminó por tierra a Sevilla.
Casi al mismo tiempo, Martín Alonso Pinzón, con la otra carabela, la Pinta descubridora, arribaba a La Coruña y enviaba también su mensaje a la corte, entonces en Barcelona.
La carta de Colón al ministro real, Santángel, contando su aventura para conocimiento de los Reyes, se imprimió, a poco de llegar en la propia Barcelona, antes de que el almirante, con sus indios y sus exóticos presentes, fuera recibido por los monarcas. Tanta diligencia en dar a conocer por medio de la novedosa técnica de la imprenta el viaje y su buen fin, pone de manifiesto que, desde el primer instante, los soberanos y sus ministros supieron valorar la importancia del hecho, y que la administración disponía de las que entonces eran las técnicas más modernas de comunicación con los agentes del poder y con la opinión ilustrada.
Muchos de los más señalados sucesos que ocurren en el devenir de las naciones son, total o muy principalmente, fruto del acaso. Una catástrofe natural, una muerte prematura, las imprevisibles consecuencias de un evento afortunado o infeliz han cambiado, en ocasiones muy señaladas, el curso de los hechos.
En los dos grandes episodios hispánicos del 92, sin embargo, prevalecieron netamente el propósito y la voluntad sobre la ciega fuerza del azar, en sus antecedentes, en su desarrollo y en sus derivaciones.
La «toma» de Granada, y con ella el final de la Reconquista, no fue una casualidad, ni un regalo del destino, ni el resultado de una empresa temeraria.
Los Reyes Católicos representan el primer ensayo de modernización política de las coronas peninsulares desde el siglo XIII. Pero, sobre todo, diseñaron para el sistema de las coronas hispánicas un proyecto nacional, capaz de ser operativo en el contexto político-cultural del mundo de su tiempo.
Dentro de ese esquema, el reino «moro» de Granada era un cuerpo extraño en el organismo peninsular, un borrón residual en la historia que era menester eliminar.
Había otros territorios como Navarra o Portugal, que quizá algún día se podrían incorporar a la monarquía general de España. Pero habría de ocurrir, si lo concedía la providencia, a la manera como entonces se asociaban las naciones que eran histórica y culturalmente afines, acercando las dinastías y compaginando los intereses políticos. Tal vez un día, por feliz acuerdo de los hados, vinieran a juntarse las coronas como había ocurrido, con la de Castilla y la catalano-aragonesa, en virtud de una política semejante practicada durante varios siglos.
Pronto Navarra se unió a los otros reinos bajo la corona común de los monarcas de España. Mientras que Portugal, tras una breve y nunca bien consolidada unión, siguió su propia historia, con notable fecundidad en el ejercicio de su vocación atlántica y marinera.
La unidad de los reinos infundió al cuerpo nacional y al poder de la realeza un renovado vigor que le permitiría emprender acciones históricas de más ancho radio. La principal de ellas fue el descubrimiento del nuevo Mundo y tras él la implantación de dos mil años de civilización clásica y cristiana en un territorio varias veces mayor que el que había cubierto con el latín y su cultura el imperio romano. Y todo ello en menos de tres siglos, ensanchando la cristiandad por espacios y pueblos impensados antes.
Los españoles de los siglos del descubrimiento y la civilización de América se sentían orgullosos de la acción de Indias y solidarios con ella.
Los españoles de los siglos del descubrimiento y la civilización de América se sentían orgullosos de la acción de Indias y solidarios con ella. Juan de Mariana, a fines del XVI, pudo escribir que «la empresa más memorable, de mayor honra y provecho que jamás sucedió en España, fue el descubrimiento de las Indias Occidentales, las cuales con razón por su grandeza llaman Nuevo Mundo: cosa maravillosa y que de tantos siglos estaba reservada para esta edad».
El descubrimiento había sido el fruto de la imaginativa audacia de Colón, del amparo y protección de la Corona, que hizo suyo el arriesgado proyecto de surcar mares sin orillas, y del empeñado esfuerzo de varias generaciones de navegantes, aventureros, soldados, misioneros y comerciantes hispanos que dieron vida al Nuevo Mundo.
La Corona patrocinó la empresa, pero no como quien conquista un continente y somete a sus pueblos, sino asumiendo responsabilidades, incorporando territorios e integrando naciones.
Gracias a la presencia hispana, el Nuevo Mundo pasó de un salto, por así decir, de la noche sin historia a las luces de la civilización.
Un escritor entusiasta, «castizo y candoroso» como dice de él alguno de sus editores, Francisco López de Gómara, compuso una «Historia General de las Indias» bajo el título de Hispania Victrix. La encabezó con una carta dedicatoria al Emperador Carlos, en la que empieza con una arrogante declaración que se ha hecho famosa.
Ahora que en algunos lugares está poniéndose de moda arrepentirse de la historia, los españoles pueden evocar la fecha de 1492, sin arrogancias patrioteras —porque no fue obra nuestra, de los españoles de estos días, sino de nuestros mayores—, pero sintiéndola como una afirmación, que invita a nuestro pueblo a estar a la altura de su propio pasado.
«La mayor cosa —escribe— después de la creación del Mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias; y así las llaman Mundo Nuevo. Y no tanto le dicen nuevo por ser nuevamente hallado, cuanto por ser grandísimo… También… por ser todas sus cosas diferentísimas de las del nuestro: …animales, árboles, fruta, yerbas y grano de la tierra… Empero los hombres son como nosotros, fuera del color… y vienen de Adán… No tienen letras, ni moneda, ni bestias de carga, cosas principalísimas para la policía y vivienda del hombre».
«El trabajo y peligro vuestros españoles —añade el cronista dirigiéndose a Carlos— lo toman alegremente, así en predicar y convertir, como en descubrir y conquistar».
Gómara, por fin, asocia el descubrimiento con el término de la reconquista peninsular, como una feliz continuación de una misma empresa civilizadora. «Nunca nación —prosigue— extendió tanto como la española sus costumbres, su lenguaje y armas, ni caminó tan lejos por mar y tierra».
El primer gran hecho hispánico del 92, la unificación de los reinos, articula la historia nacional dando un nuevo sentido a su presencia en el mundo.
El segundo acontecimiento que se conmemora en el centenario alcanza una dimensión universal, desbordando los espacios europeos y trazando la raya divisoria de dos edades en la historia universal.
Ahora que en algunos lugares está poniéndose de moda arrepentirse de la historia, los españoles pueden evocar la fecha de 1492, sin arrogancias patrioteras —porque no fue obra nuestra, de los españoles de estos días, sino de nuestros mayores—, pero sintiéndola como una afirmación, que invita a nuestro pueblo a estar a la altura de su propio pasado.