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Ver productos1 de mayo de 1990 - 5min.
Es una de las mil maneras con que un devoto de Satán puede dirigirse a su amo. O el apodo de tal o cual cantante o actor de moda, siempre que se acueste muy tarde. Pero a personas como yo, que no incurren en el error de confundir el aburrido esoterismo con la gozosa fantasía y que no están al tanto de las algaradas nocturnas de los famosos, lo de «príncipe de la noche» sólo puede evocarnos un nombre mágico cuya sola pronunciación suena a dulce temblor de infancia: Drácula, el conde transilvano que, de rigurosa etiqueta, repeinado y mortalmente pálido, va por ahí cuando el sol se pone, chupándole la sangre a la gente.
Hace sólo unos meses, Fidel Castro confesaba en una entrevista haber leído recientemente la novela Drácula, del irlandés Bram Stoker (1847-1912). «He pasado un miedo espantoso leyendo esa novela», decía textualmente el líder cubano, que todavía no pasaba sus ratos libres viendo TV Martí y, por lo tanto, no tenía más remedio que acudir a viejos librotes para distraerse. No suelo coincidir en demasiadas cosas con Castro, pero he de reconocer que también a mí, como a él, me produjo un terror impresionante esa lectura.
Yo ya sabía desde siempre quién era Drácula, pero el de Stoker me asustó por primera vez en las páginas de una edición de bolsillo que compré en la Cuesta de Moyano a finales de los sesenta. Años después, compré la misma obra en tapa dura, traducida al español por Fernando Trías y prologada ni más ni menos que por Pedro Gimferrer (Barcelona, Táber, 1969). Regalé entonces, de manera insensata y temeraria, mi Drácula de bolsillo a un compañero de curso, y no consigo recordar la ficha bibliográfica de aquel tomo. Solamente sé que lo utilicé cuando escribí Necesidad del mito (Barcelona, Planeta, 1976), al hablar del Vampiro y de Van Helsing como adversarios arquetípicos, transcribiendo algunos párrafos de aquella traducción que ahora tanto echo de menos.
Hoy, la mejor versión castellana de Drácula es, sin lugar a dudas, la de Flora Casas (Madrid, Anaya, 1984), que, trabajando sobre la primera edición británica (Westminster, Archibald Constable and Company, 1897), ofrece al lector un texto íntegro y fidedigno. La princeps inglesa puede leerse en The Annotated Dracula (Nueva York, Potter, 1975), que incluye el facsímil de la novela junto a una introducción, notas y bibliografía de Leonard Wolf, 18 collages de Sätty y numerosos mapas, dibujos y fotografías, lo que convierte el libro en una especie de fiesta memorable.
Fue en febrero de 1979 —lo recuerdo muy bien— cuando mi amigo Luis Bardón, espejo de bibliófilos, me consiguió una de las piezas que más aprecio de mi actual biblioteca. Se trata de la obra fundamental sobre el vampirismo, el Traité sur les apparitions des esprits, et sur les vampires, ou les revenans de Hongrie de Moravie, & c., del R. P. Dom Augustin Calmet («Nouvelle édition revue, corrigée & augmentée par l’Auteur», dos volúmenes, París, MDCCLI, con una «Lettre de M. le Marquis Maffei sur la Magie» al final del segundo tomo). Permanece aún inédito en nuestra lengua el básico tratado de Dom Calmet (que sí fue traducido al inglés, en 1850, con el título de The Phantom World). Espero que no por mucho tiempo, pues así lo exigen la importancia, el interés y la amenidad de la obra, la primera en abordar el fascinante tema vampírico en el mundo moderno.
De los ejemplos de vampirismo aducidos por Calmet a la leyenda del conde Drácula hay sólo un paso. Y el arte que ha sabido dar ese paso con más capacidad evocadora es, además de la literatura —recordemos que, antes del Drácula de Stoker ya habían sido escritos La novia de Corinto de Goethe, el Manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki, Vampirismo de Hoffmann, El vampiro de Polidori, Berenice de Poe y Carmilla de Le Fanu, entre otros textos que abordan casos de vampirismo—, un arte nuevo, tan sugestivo o más que la propia literatura: el cinematógrafo.
Desde Nosferatu (1922), la prodigiosa película de F. W. Murnau que, siendo una versión fiel de la novela de Stoker, cambió el título original para no tener que pagar derechos a la viuda del escritor irlandés, hasta los «Dráculas» de la productora británica Hammer Films y el mediocre y pretencioso Nosferatu de Herzog, la historia de Drácula ha sido trasladada a la pantalla en numerosas ocasiones. Pero acaso nunca ha sido contada en imágenes con el encanto con que lo fue por Tod Browning, el extraordinario realizador norteamericano, en su Drácula de 1931, con el no menos singular actor húngaro Bela Lugosi (1882-1956) en el papel del Vampiro.
En los últimos meses, los aficionados al cine fantástico hemos disfrutado lo indecible con el ciclo que el primer canal de la televisión pública ha dedicado a Lugosi. Cintas como White Zombie, Island of Lost Souls (basada en La isla del doctor Moreau de H. G. Wells), Mysterious Mr. Wong, The Devil Bat o Black Dragons constituyen una auténtica delicia para los amantes del género, y una delicia exquisita y rara, ya que muy pocas veces son incluidas en la programación de filmotecas y ciclos televisivos.
El Drácula de Browning y de Bela Lugosi sigue con cierta fidelidad la novela de Stoker, pero a través de la pieza teatral homónima de Hamilton Deane y John L. Balderston, lo que explica el marcado carácter escénico de la película. Lugosi ya había triunfado como Drácula en el teatro. Ahora le tocaba al cine su turno. Si el vampiro de Murnau era la repulsiva y animalesca criatura que describiera Stoker, el de Tod Browning es un personaje aristocrático, sugestivo y cortés, que se mueve en la noche elegante de Londres como pez en el agua. Los seres humanos, y especialmente las chicas guapas, son para el Vampiro imprescindible fuente alimentaria, pues de ellos extrae la sangre, el fluido vital que necesita para subsistir. De cualquier forma, el conde Drácula se las arregla para que esa necesidad no haga disminuir, sino todo lo contrario, el poder de su sex-appeal, que es considerable.
El éxito del film fue gigantesco, casi apocalíptico. La gente identificó en seguida a Drácula con Bela Lugosi, negándose a partir de entonces a imaginar otro Vampiro que no tuviese las facciones del actor húngaro. Sólo otro actor, en este caso británico, gozaría de un fervor popular parangonable al que suscitara Lugosi: me refiero a Christopher Lee, espléndido también como Drácula en varias películas de Hammer Films, entre ellas Drácula (1958) y Drácula, Prince of Darkness (1965), dirigidas ambas por Terence Fisher.