Polémica en torno a un libro sobre Franco y Lequerica

En el número 3 de NUEVA REVISTA, correspondiente al pasado mes de abril, publicamos en la sección de libros una crítica al trabajo titulado Los diplomáticos de Franco. J. F. de Lequerica. Temple y tenacidad, publicado por la editorial de la Universidad de Deusto. El autor de dicha crítica es Alberto Míguez, miembro del Consejo Editorial de NUEVA REVISTA. La autora, doña María Jesús Cava Mesa, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Deusto, nos ha dirigido una carta de réplica, que reproducimos íntegramente, así como la correspondiente dúplica de nuestro consejero, don Alberto Míguez.

Alberto Míguez

En el número 3 de NUEVA REVISTA, correspondiente al pasado mes de abril, publicamos en la sección de libros una crítica al trabajo titulado Los diplomáticos de Franco. J. F. de Lequerica. Temple y tenacidad, publicado por la editorial de la Universidad de Deusto. El autor de dicha crítica es Alberto Míguez, miembro del Consejo Editorial de NUEVA REVISTA. La autora, doña María Jesús Cava Mesa, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Deusto, nos ha dirigido una carta de réplica, que reproducimos íntegramente, así como la correspondiente dúplica de nuestro consejero, don Alberto Míguez.

Carta de la autora

Señor Director:

Me dirijo a usted sin pretensión alguna de polemizar, sino acogiéndome al derecho de réplica, aunque ésta quede en los vericuetos internos de NUEVA REVISTA, ya que, por desdicha, la publicación que usted dirige no dispone de sección abierta de Cartas al director, por lo que mi envío se hace con carácter privado.

Pues bien, poco tengo que agradecer a la crítica que se dirige a mi obra Los Diplomáticos de Franco, en el número 3 (abril); comenzando por el sorprendente hecho de que el autor de la crítica sea un cuasi anónimo firmante. Cosa, cuando menos, harto extraña en una publicación que se dice responsable.

De todo lo que injustificadamente injusto se contiene en lo escrito por el ignoto «A. M.» son varias las puntualizaciones que quiero sentar y varias las contradicciones que necesariamente

debo destacar de quien las escribió. Persona a la que no puedo por menos que calificar de inmoderadamente subjetiva, por su actitud alevosa, pues ha leído mi libro -por mucho que quiera desmentirlo-, con indisimulada antipatía.

De la totalidad de sus críticas, sólo podría estar de acuerdo con una, y ello, tomándomelo con cierto sentido del humor. Ciertamente, he escrito una biografía de José Félix de Lequerica, y además «entusiasmada», porque como él mismo reconoce, el personaje se lo merece. Por consiguiente, debo aclarar que ese título genérico, que según A. M. sobra, fue una sugerencia del profesor F. García de Cortázar, autor del prólogo, y del que, por cierto, no he sido ni soy discípula.

Le aseguro a usted que ni mi jefe de Departamento, ni yo misma hubiéramos podido sospechar cuánta suspicacia desataría un titular de enmarque y un prólogo como éste.

Como usted comprenderá, no es mi intención rebatir una a una todas las conclusiones precipitadas de A. M. Sin embargo, tampoco puedo eludir algunos aspectos maliciosamente intencionados de esa crítica.

En primer lugar, da la impresión de que dicho señor no sabe realmente en qué consiste una monografía histórica, pese a sus pretenciosas recetas pseudocientíficas. En el libro hay algo más que citas a pie de página, y bien poco conoce A. M. del trabajo de un historiador sin patente de corso para intentar acercarse documentalmente a temas espinosos como éste de la Historia Contemporánea más próxima. Cosa que expreso, yo también, sine ira et studio.

Pero en cualquier caso, resulta absurdo que alguien que se considera capaz de elaborar una crítica bibliográfica, afirme, gratuitamente, que una investigación histórica «huela a naftalina». Probablemente A. M. prefiere el aroma del jamón de Jabugo. Y mucho me temo que lo que le ocurrió fue que simultaneó la lectura de un trabajo periodístico del que, según todos los indicios, también elaboró su crítica (publicada, por cierto, en páginas siguientes del mismo número de la revista). Me temo que A. M. se equivocó de lentes al compaginar la lectura de los dos libros.


Afortunadamente, puedo afirmar que ha habido otros que sí han sabido reconocer mi empeño en modelar un trabajo de Historia que quiso evitar por encima de todo el sensacionalismo, e indiscutiblemente, pretendió centrar un personaje del que, por mucho que quiera enmendarme la plana A. M., sólo se sabían tópicos.

Aún más, no he conseguido saber qué entiende este señor por «marco histórico real», cuando poco después me asigna —conducta errónea, para él—, el haberme volcado en la búsqueda documental. Pero lo que es más grave, su larga reseña se alimenta básicamente de una sinopsis del contenido extractado directamente de mi libro, maquillada de pretendidas interpretaciones personales, en las que el autor de la obra, es decir, yo misma, puede ver con indignación cómo se manipulan las conclusiones del trabajo descaradamente.

Resulta, además de manido, de una impertinencia total el que este señor recule hacia temas como el asunto Companys, por ejemplo, olvidándose de lo que se dice sobre ello en el libro, y aún más incalificable por su parte, cuando lo que se dice en la obra va acompañado de pruebas documentales cuya rareza y precariedad son indiscutibles.

El perfil del biografiado que traslada en su comentario final es una exposición que rezuma un toque de soberbia personal inconcebible, pues sólo repite datos que mi libro corrobora de este personaje. Valga un ejemplo, quizás el más trivial. De poco vale decir que Lequerica tenía «la lengua suelta». Hay que saber qué y de quién lo decía, como yo recojo con creces.

Permítaseme añadir finalmente que no soy persona afín a ningún vedettismo profesional, pero me veo obligada a decir sin falsas modestias que mi trabajo descubre más cosas de las que A. M. ha querido ver en él (o quizás las ha visto).

Cuando afronté un personaje tan difícil como Lequerica, intuía algunos de los riesgos que iba a reportarme, pero no podía imaginar que, además, tuviera que soportar que alguien sugiriera -bajo excusa de reconocer que el personaje merece ser biografiado-, que su biografía hubiera querido hacerla él, o poco menos.

Le agradecería que esta carta sirviera, pues, para considerar mis propios puntos de vista acerca de una crítica tan desconsiderada. Le saluda atentamente.

M.ª JESUS CAVA MESA

El asombro de… Deusto

Sobre profesora Cava Mesa! Creía ingenuamente que bastaba con publicar un libro para que sus amigos, colegas, discípulos y público en general, cayesen de hinojos ante su sabiduría e inteligencia y hete aquí que un crítico «cuasi anónimo» se atreve a disentir con «actitud alevosa», «impertinente», «incalificable» y «malintencionada». Hasta hace unos días, la profesora estaba convencida de que se hallaba al margen de cualquier crítica, instalada confortablemente en el Parnaso de Deusto y atenta sólo al entusiasmo de sus admiradores. Yo he venido a romper tal armonía y pido humildemente perdón por tamaña injuria…

La señorita Cava Mesa debía saber que cuando alguien se aventura a publicar un libro, folleto, reseña, artículo o poemario y éste es público, corre siempre el riesgo de que algún lector, lejano o próximo, muestre su disconformidad con algunos aspectos del texto o con el texto, en su globalidad. Debía saber, también, que en casi todas las publicaciones periódicas, por elemental respeto al lector, se evita que los autores firmen con su nombre completo en el mismo número dos veces y se utilizan normalmente las iniciales. La señora, o señorita, Cava Mesa no está muy versada, por lo que parece, ni en la lectura de publicaciones periódicas como la NUEVA REVISTA ni en los usos intelectuales de cualquier sociedad abierta donde el autor acepta, aunque sea a regañadientes, la crítica y no se enfurece infantilmente porque alguien considere que su obra escrita es insuficiente o fallida.

La historia es muy simple: hace meses compré en una librería especializada una obra titulada Los diplomáticos de Franco convencido de que, por fin, alguien había intentado llenar un hueco científico sobre un tema poco conocido y peor estudiado. El prólogo ya que no aval, y sé de lo que hablo del profesor F. García de Cortázar potenciaba mi interés. La lectura atenta y nada sectaria del texto me obligó a revisar las primeras impresiones ópticas. Ni el libro estudiaba globalmente a los diplomáticos de Franco (era «apenas» un trabajo monográfico sobre José Félix de Lequerica) ni el tema central se agotaba en el texto. La figura de Lequerica se abordaba parcialmente, no había testimonios directos del biografiado (y algunos de sus contemporáneos viven todavía), la documentación resultaba parcial y el texto era tedioso, estaba mediocremente redactado (una muestra del estilo puede encontrarse en la indignada misiva de la profesora) y exigía un esfuerzo considerable por parte del sujeto pasivo, es decir, del lector para llegar hasta el final.

¿Debía haberme olvidado del libro y renunciar a su crítica? Tal vez. En España las secciones de libros en la prensa periódica se han convertido en un amable escaparate de zalemas y bombos mutuos, lo que constituye una prueba suplementaria de la miseria intelectual en que vivimos. En todo caso no es ése mi estilo ni el de la NUEVA REVISTA. La señora o señorita Cava podrá comprobarlo en este mismo número, leyendo la crítica al libro de Jaime de Piniés sobre el contencioso del Sáhara.

Lamento mucho el malhumor de la profesora, pero sobre todo su incapacidad para asumir los riesgos que entraña cualquier actividad pública (publicar un libro lo es), convencida como está de que desde el «ghetto» universitario la impunidad es permisible. ¡Ojalá estas líneas sirvan para moderar su ego gigantesco y reconducirla a posturas algo más modestas! Aunque, si he de ser sincero, tengo pocas esperanzas de que así sea.