Poetas del fin de siglo

Luis Alberto de Cuenca

Asombro y extrañeza. Eso es lo que me inspira la poesía de Julio Martínez Mesanza. Dicen que algo parecido les sucedía con el mundo a los primeros filósofos. Lo que ocurre es que a mí, al contrario que a ellos, ni se me pasa por la cabeza intentar explicar el porqué de ese mundo, sus claves íntimas, sus misterios retóricos y estilísticos. Porque lo que me asombra más del mundo poético de Martínez Mesanza es su desacostumbrada, su resplandeciente, su prodigiosa claridad. En una España lírica que cultiva la noche, o sea, la muerte, como tenaz inspiradora de poemas, Europa es un himno a la luz del día. Lo es desde que el proyecto nació, a finales de los setenta. Lo será siempre, pues Julio tiene la costumbre —o, si preferís, la manía— de no soportar la oscuridad, aunque ésta se disfrace de penumbra elegante, de tiniebla sofisticada o de inocente sombra chinesca.

Obra poética de Julio Martínez Mesanza

  • Europa. Madrid, El Crotalón, 1983.
  • Europa. Sevilla, Renacimiento, 1986.
  • Europa (1985-1987). Valencia, La Pluma del Águila, 1988.
  • Europa y otros poemas (1979-1990). Málaga, Puerta del Mar, 1990.

Junto a la claridad, en Europa se rinde culto a la verdad, una verdad que escribo con minúscula para no molestar a nadie. Y quien me diga que en un poema como «Santo Oficio» no se celebran precisamente ni la claridad ni la verdad, o es un imbécil, o no ha entendido nada de nada. Claridad y verdad, unidas para siempre en la poesía de J. M. M.

Y, junto a ellas, la sabiduría de prepararlas, de ungirlas, de vestirlas, de perfumarlas, para la fiesta de cada poema. La technē del poeta, que decían los griegos, una technē elaboradísima que tiene aquí raíces arquitectónicas, porque J. M. M. construye cada pieza de Europa con un rigor, con una exactitud, con un sentido tan preciso de espacio y tiempo poéticos, que el lector queda maravillado.

Con poetas como J. M. M. la poesía española se despereza y abandona su lecho habitual de oscuridad. Leyendo Europa, la literatura y la vida cobran sentido.

Santo Oficio

Hay una casa que no roza el tiempo.
Tiene torres espléndidas y oscuros
corredores. Sus salas están llenas
de claros y pacientes manuscritos.
Una raza distinta vive en ella:
varones para quienes la justicia
debe ser majestad y ser distante.
La eternidad los hace ser solemnes
y hace que sean pocas sus palabras
y su sentencia la hace irrevocable.
No malgastan su tiempo con sofismas;
saben que la opinión tiene mil labios,
es un monstruo ridículo y versátil.
No dan valor alguno a la que opinan
los hombres inconstantes. Los mil labios
de la opinión se cierran frente al dogma.

Egisto

Aquel que no merece luz ni casa,
que antes de haber nacido ya ha pecado.
Aquel que miente y sobrevive en vela,
que ama a la esposa del mejor guerrero.
El triste. Aquel que no es feliz ni hermoso.
Aquel que usurpa, Egisto, aquél, la sombra.

El cautivo

Dioses bajo la luz celeste y pura
luchan en la cubierta de la nave.
Escucho sólo el ruido de las armas
mientras intento ver desde lo oscuro.
Sólo el eco merece mi ceguera
e imagino el combate que no vivo.