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Ver productos1 Jul 1992 - 3min.
Juan Malpartida Ortega nació en Marbella (Málaga) en 1956. Vive en Madrid, donde es Redactor Jefe de la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Además de poeta, es narrador, ensayista y crítico literario.
Decía Paul Claudel en esa obra maestra que es La muralla interior de Tokio: «En el poema que aún no he escrito, no existe diferencia de tiempo o de lugar; todas las cosas están unidas por una secreta intimidad. Si la hoja tiembla es para que brille una estrella. /Todo ha dejado de morir
.
La poesía de Juan Malpartida también ha sido escrita para que el mundo deje de morir. Y es que, como dijo Gautier en su precioso cuento Arria Marcela, ninguna fuerza puede destruir aquello que una vez existió
. Toda acción, toda palabra, toda forma, todo pensamiento caídos en el océano universal de las cosas produce círculos que van ampliándose hasta alcanzar los confines de la eternidad.
Espiral, primer libro de versos de Malpartida, es, en palabras de su maestro Octavio Paz, un punto que, sin dejar de ser el del comienzo, es siempre distinto
. En él confluyen, según el escritor mexicano, variaciones y recurrencias, repeticiones y transfiguraciones, vuelo y gravitación, diálogo constante entre lo otro y lo mismo
. La espiral del océano (sin cesar empezando
) donde brotó la vida se identifica con la caracola que resuena con ecos de permanencia. Y el dolor por la amada ausente tiñe la voz eterna del mar de inquietante nostalgia (esto que toco es pura lejanía
dirá el poeta en Bajo el mismo sol, su último libro), de severa melancolía.
No fuimos felices,
no quisimos vajillas ni manteles:
sobre tu cuerpo puse mis riquezas,
comiste de mis labios
y bebimos de un vino
que no podremos olvidar, incluso
más allá de lo que llamamos vida.
No fuimos felices.
Tocamos las sombras de la mañana
y gritamos en el centro del bosque
nuestro amor por los últimos límites.
Ni siquiera quisimos las antiguas
palabras de la tribu:
nos dimos nombres nuevos,
nos desnudamos y nos fuimos lejos,
donde brilla el deseo
y el cuerpo pronuncia su potestad.
Nada importó más que la vida,
el aire que sube caliente hasta los labios
y se abre como un loto de palabras
donde el mundo levanta su presencia.
Por el río de la noche pasaba
el sol que vida y muerte reconcilia.
Lo demás es silencio
Hay una calle perdida en la ciudad,
la calle donde tú
eres una piedra perdida
en los roquedales del sueño,
una palabra
entre las páginas del diccionario.
Hay una palabra oculta
en el claro centro de mi deseo,
un tiempo que viene de lejos,
perdido en todos los relojes:
inscrito en la mirada de la noche.
Hay un deseo que toma los trenes
y cruza los idiomas
y los cuerpos nocturnos
de las constelaciones.
Hay una sangre en tu sangre que busca
por bares, cielos y bibliotecas.
Hay unos ojos en la ciudad perdidos,
en mi aliento tatuados.
Doy vueltas, en días como éste,
por los lugares donde el rumor ronda.
Y vuelvo a casa, solo o acompañado,
mientras caen las horas
y veo la lejanía de todo
lo que se acerca.
Abrí una puerta
(no al mediodía)
entre las grietas del muro hacia la noche,
más acá de la piel:
no era el cuerpo
aunque era yo quien me pensaba.
Me acerqué a la ventana:
era el centro del ojo y la nada.
Nos miramos y no pudimos reconocernos,
y pasó lenta y nunca la mañana.