Perú: ¿y ahora, qué?

Alfonso López Perona

A la hora de redactar estas líneas, la prensa internacional ha dado ya cuenta de la aplastante victoria de Alberto Fujimori en las elecciones presidenciales peruanas. Se han esbozado diversas interpretaciones de un acontecimiento político sorprendente, pero no novedoso, pues si hay algo viejo en Iberoamérica es el populismo y los caudillismos providencialistas. Esto, y no otra cosa, es el «fenómeno fujimori».

Ya se han señalado los muchos errores cometidos por la alianza de derecha FREDEMO y, en particular, por su líder, Mario Vargas Llosa. Sólo la honradez personal de Vargas Llosa (y su ingenuidad política) le hicieron creer que podía exponer claramente al pueblo peruano, las drásticas medidas que un Gobierno sensato y realista tendría necesariamente que tomar para sanear una situación económica desesperada (alrededor de un 3.000 por 100 de inflación anual, reservas de divisas prácticamente nulas, 18.000 millones de deuda externa que no se pueden pagar, etc.). Sus socios de los partidos políticos tradicionales, tan marginados durante la campaña en beneficio de un pequeño entorno familiar de Mario, le hubiesen podido aconsejar sobre los latiguillos edulcorantes que hubiesen hecho tragar la amarga medicina a un pueblo hambriento.

El otro gran error de la derecha peruana ha sido el articular una costosísima y saturante campaña publicitaria a través de televisión y radio, con un despliegue de medios fácilmente atacable en la actual situación del Perú. Olvidaron, quizá, que los votos estaban en los «pueblos jóvenes» y en provincias, y allí se veía poco la televisión, o, simplemente, no llegaba otra que no fuese el canal oficial, parcial contra FREDEMO. Mientras tanto, Fujimori se ha beneficiado del apoyo del Gobierno, y por ende, de los medios de comunicación controlados por el Estado, de forma discreta al principio, abiertamente después.

Como hombre más próximo al pueblo, ha sabido repartir vaguedades esperanzadoras, no anuncios perturbadores. Ha sabido también aprovecharse del desprestigio del APRA y de la división de la izquierda, sin duda una de las más arcaicas del continente. Para la segunda vuelta, esta izquierda dividida ha votado masivamente por Fujimori, no porque creyesen en él como líder, o por identificarse con un programa más que etéreo, sino «para cerrar el paso a la derecha», «bestia negra» y enemigo absoluto para quienes no se han querido enterar del fin del «socialismo real».

En el Perú se están dando algunos de los fenómenos más radicales y ominosos del continente sudamericano. Primer productor mundial de hoja de coca, Perú tiene también el dudoso privilegio de contar con «Sendero Luminoso», el movimiento insurgente más sanguinario de toda América. Las raíces ideológicas de Sendero se hunden en una tradición mesiánica que, en su concepción circular del tiempo y la historia, prevé una gran alteración del orden existente que hará retornar este mundo a la situación anterior a la llegada de los españoles. Este mesianismo andino ha sido reflejado en la corriente de revisionismo histórico más extrema que existe hoy en América. Un grupo de intelectuales sumamente radicales (el fallecido Alberto Flores Galindo, Manuel Burga, María Rostorosky y otros) alientan una versión idealista del mundo andino, a la par que la más tenebrosa de las visiones sobre el pasado virreynal y su legado. La Teología de la Liberación, representada en Perú por el padre Gustavo Gutiérrez, viene a abonar esta tesis, que empieza a tener su reflejo en los textos escolares.

Fujimori no es sino el hombre providencial en el que concurren los anhelos populares de un líder mesiánico, el odio sectario de la izquierda intelectual y política contra todo lo que significa modernización occidental y la conveniencia política del APRA y de Alan García, quien tiene en Fujimori un aliado natural y el juez más benévolo posible para los abusos cometidos durante su Gobierno. Además, el nutrido grupo parlamentario de Fujimori, el tercero en importancia, le pone en una posición tal que de él depende contar o no con mayoría para aprobar cualquier ley o respaldar a cualquier Gabinete.

Así las cosas, las preguntas que se plantean son muchas. En primer lugar, nada se sabe sobre las medidas que el próximo presidente tiene previsto tomar. Nadie toma en serio la fórmula «estabilización con reactivación» que Fujimori lanzó como piedra filosofal para solventar la gravísima crisis de la economía peruana. Nada se sabe tampoco del equipo que habrá de aplicar una política que, en cualquier caso, ha de ser muy dura, por falta de medios para que no lo sea. Ciertamente, no podrá reclutar este equipo entre sus seguidores de Cambio 90. Ya de por sí el grupo parlamentario fujimorista está compuesto de un improvisado plantel de nada ilustres desconocidos, nuevos no sólo en la política, sino en cualquier otro aspecto de la vida nacional. Sólo queda pues entregarse al APRA y a la izquierda o bien pactar con el FREDEMO. Esta segunda solución sería la más sensata, pero no parece, desgraciadamente, la más probable. El FREDEMO podría aportar un valioso equipo de cuadros políticos, así como el respaldo de la gran empresa y de las clases medias profesionales. Ambas son indispensables para construir un Perú moderno. Un Gobierno de concentración nacional, que abarcase a todas las fuerzas políticas, parece sumamente difícil y tampoco se ve claro qué podría salir del híbrido.

«La llegada de un japonés a la Presidencia de la República del Perú impica un alejamiento de la sensibilidad peruana con respecto a los valores hispánicos y, por consiguiente, a la gran operación política de España en Iberoamérica: el V Centenario»

El recién elegido presidente ha decidido emprender una gira por los siete grandes países occidentales (Estados Unidos, Canadá, Japón, Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña) a la búsqueda de dinero fresco que le permita financiar un saneamiento no demasiado brusco de la economía peruana. Es muy posible que los respectivos Gobiernos consultados le respondan preguntando por sus planes y medidas de gobierno. No se sabe si en ese momento el señor Fujimori tendrá algo preparado para contestar, o si, como hizo durante su campaña, esgrimirá su lema «Honradez, tecnología y trabajo», por toda respuesta.

Conviene señalar que para los intereses de España, la llegada de un descendiente de japoneses a la presidencia de la República del Perú implica un alejamiento de la sensibilidad peruana con respecto a los valores hispánicos y, por consiguiente, en buena medida, a la gran operación política de España en Iberoamérica: el V Centenario. Alberto Fujimori ha expresado ya claramente el énfasis que pondrá en la apertura del Perú a los países de la Cuenca del Pacífico y su esperanza en una relación privilegiada con Japón, tierra de sus antepasados.

Todos los que deseamos paz y prosperidad para este gran país hermano, no podemos dejar de ver con preocupación el actual panorama político de Perú. Del acierto de esta nueva Administración depende que la democracia peruana no se vea interrumpida nuevamente, como tantas veces a lo largo de este siglo. El coste de una aventura militar sería, con toda probabilidad, aún muy superior