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Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y naturales, Vocabulario cientifico y tecnico

Raro es el día en que no aparece en los periódicos alguna noticia o artículo sobre temas científicos, y quizá sea éste uno de los factores que más ha influido en la difusión -en la vulgarización, podríamos decir-, de este tipo de vocabulario. Así, términos que hasta ahora no podían considerarse como pertenecientes al acervo lingüístico del hablante común, como «bilirrubina», «supernova», «efecto Doppler» o «péndulo de Foucault», por señalar solo algunos ejemplos, han pasado en poco tiempo a formar parte del léxico cotidiano. Y es que el léxico científico está de moda.

Pero… ¿qué léxico científico? En un número reciente de NUEVA REVISTA se publicaba la reseña del libro El peso de la lengua española en el mundo, editado por el Marqués de Tamarón; en ella se resaltaba como nota negativa que el español, «lengua de primera magnitud, internacional en el sentido estricto del término», se utiliza cada vez menos para hablar y escribir sobre la ciencia y la técnica.

El léxico evoluciona con enorme rapidez, especialmente en esta época de progresos tecnológicos y de desarrollo de los medios de comunicación, porque, al fin y al cabo, está obligado a avanzar al ritmo que le marca la realidad extralingüística: cada adelanto científico, igual que cada nuevo deporte y hasta cada prenda de vestir, necesita un nombre y, como en la mayoría de los casos esas nuevas realidades provienen de países con lenguas distintas a la nuestra -de la inglesa, sobre todo-, se nos presentan a través de los medios de comunicación en su idioma de origen: y antes de que tengamos tiempo para pensar y decidir una traducción o una adaptación adecuada del término ya se han asentado en nuestra lengua: en muchos casos se compenetran tanto con ella que enseguida empiezan a «procrear» nuevos términos, siguiendo los mecanismos normales de derivación, composición, etc. De esta forma, gol ha originado golear, goleada, goleador, golazo… Hablamos de la whiskería o de la yogurtera, y hasta conjugamos tranquilamente los verbos dopar o deletear, cosa que ya es más grave, teniendo como tenemos «drogar» y «borrar».

Naturalmente, ni un diccionario de uso ni mucho menos el de la Academia Española pueden hacerse cargo de todas las novedades léxicas que, muchas veces de manera ocasional, irrumpen en nuestra lengua; de ahí el auge cada vez mayor de los diccionarios especializados que intentan cubrir estas lagunas. Y qué duda cabe que uno de los campos más necesitados de aclaración y normalización es el del vocabulario científico y técnico, tarea ésta que por derecho propio corresponde a la Real Academia de Ciencias.

En 1983, la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales publicó la 1ª edición de un Vocabulario científico y técnico que intentaba empezar a rellenar esa laguna que se advertía en nuestro léxico. En 1990 se publicó la 2ª edición, corregida y muy aumentada, que incluía unos 35.000 términos.

Ahora ve la luz esta 3ª edición de la obra, que ronda ya las 60.000 acepciones e incorpora, como novedad principal, la equivalencia inglesa de cada voz definida. Es algo digno de aplauso, ya que une las ventajas de precisión definitoria que ofrece un diccionario monolingüe con la utilidad práctica de los repertorios bilingües.

A pesar del crecimiento que ha experimentado la obra a lo largo de estas tres ediciones, se sigue prefiriendo la denominación de «Vocabulario» frente a la de «Diccionario» por su carácter abierto y segmental, ya que pretende registrar no solo una parcela del léxico general de la lengua española, sino incluso una parcela del léxico científico y técnico, difícilmente abarcable en su totalidad y, desde luego, sometido a una continua ampliación y revisión de criterios, inherentes a la propia naturaleza de sus contenidos.

Quizá el punto más discutible en obras de estas características sea el del criterio seguido a la hora de seleccionar los artículos, y es cierto que sería deseable lograr una mayor homogeneidad para evitar en lo posible el diferente tratamiento cuantitativo de unas ciencias u otras y de las diversas áreas de cada ciencia; defecto éste propio de toda obra de autoría plural, pues es inevitable que la subjetividad del lexicógrafo se trasluzca tanto en la elección de las voces como en la manera de definirlas. Pero hay que tener en cuenta la dificultad que supone la selección de voces, puesto que, por un lado, el léxico científico y técnico tiende -como hemos dicho- a una vulgarización cada vez mayor y, por otro, su misma vitalidad hace que términos recién aparecidos queden relegados a un uso ocasional o sean sustituidos por otros al poco de haber nacido. Sirva de ejemplo el caso del nuevo elemento químico «rutherfordio», que, en su acepción más recientemente aceptada, registra como sinónimos a «seaborgio» y «unilhexio» (términos ya caducos), pero que figura a la vez, en distinta acepción, como sinónimo del elemento que ahora se denomina «dubnio».

La tarea de organizar, definir y normalizar la terminología científica y técnica es, pues, ardua y los problemas con que se tropieza son innumerables: desde el tratamiento del extranjerismo (anglicismos en la inmensa mayoría de los casos), hasta el de la cada vez mayor invasión de siglas y su lexicalización en muchos casos, sin olvidar las exigencias definitorias que la misma sociedad impone. Todo ello exige un trabajo continuado de revisión, ampliación y corrección, que la Academia de Ciencias ha asumido con la realización de su Vocabulario científico y técnico. Si bien es cierto que no ha pecado precisamente de «precipitación» al alcanzar un objetivo que aquella se marcó ya en 1848 y que fue alentado de nuevo en 1935, no lo es menos que con la publicación de tres ediciones en los últimos trece años ha habido un crescendo de calidad y autoexigencia, patentes tanto en la tarea académica como en la cuidada labor lexicográfica; crecimiento más prometedor, por cuanto se han dado ya los primeros pasos para posibilitar el tratamiento automático de su base de datos y para asegurar su presencia en los medios informáticos de difusión de información.

Música – Kleines Requiem für eine

A partir de los años 50, en los que pudo disfrutarse una cierta apertura cultural, una importante generación de creadores polacos sorprendió al resto de los músicos europeos por su personalísima evolución, que no había permanecido nada al margen de las distintas estéticas (serialismo, aleatoriedad o nuevas grafías musicales) que agitaban al mundo musical occidental. Nacido en 1933 en Silesia (Polonia), Henryk Górecki es hoy uno de los más destacados compositores polacos.

Górecki ha sabido explotar las nuevas técnicas compositivas, pero siempre al servicio de una intención previa: la expresividad. Si sus primeras obras estaban concebidas para grandes masas orquestales, pronto se dirigió hacia los grupos de cámara. Pero su gran éxito mundial le llegó en 1976 con la Tercera Sinfonía Op. 36 para soprano y orquesta. La grabación de esta obra ha constituido un auténtico best-seller discográfico y ha contribuido de forma decisiva a su gran popularidad.

La música popular, en su esencia melódica y rítmica, la cita constante más o menos velada a los compositores anteriores -un modo de rendirles homenaje-, el minimalismo o música repetitiva basada en núcleos breves y un cierto aire solemne especialmente en los tiempos lentos, caracterizan la obra de este músico polaco, además de su gran afición por los contrastes sonoros.

Kleines Requiem für eine Polka Op. 66, obra escrita en 1993, está dedicada al Schonberg Ensemble que dirige Reinbert De Leeuw. La obra refleja los aspectos que antes señalábamos. Los movimientos extremos, de carácter meditativo, se hallan sostenidos por la solemnidad de las campanas y los acordes del piano y, en claro contraste, los tiempos centrales chocan por su ritmo trepidante y constante repetición. De la Polka, danza de origen bohemio, a la que lleva a la tumba en este Requiem, toma el ritmo binario y ese carácter repetitivo que la caracteriza.

De un estilo muy cercano es la Lerchenmusik Op. 53 (1984), que parece un ejercicio de inmovilidad musical, pues repite obsesivamente una pequeña serie de núcleos melódicos y rítmicos.

El conjunto de Reinbert De Leeuw está muy familiarizado con esta música y la interpreta con una gran compenetración y entusiasmo.

Para los que no conozcan aún la obra de Górecki se trata de un disco muy representativo de su estética, y para los que ya hayan escuchado la célebre Tercera Sinfonía será un modo de adentrarse en la obra de este autor a través de la música para pequeños conjuntos.

Las selvas amenazadas del Amazonas

La Amazonia es una de las más importantes regiones forestales del planeta: con cerca de cinco millones y medio de kilómetros cuadrados, alberga las dos terceras partes del total de bosques húmedos tropicales del mundo. Contrariamente a lo ocurrido en otras numerosas regiones, donde la superficie cubierta de bosques disminuyó drásticamente por la acción humana a lo largo de siglos, en la Amazonia se encontraban prácticamente intactos hasta hace pocas décadas.

Las sociedades indígenas de la Amazonia, frecuentemente consideradas como ejemplo de sociedades exclusivamente cazadoras y recolectoras, eran sin excepción culturas con agricultura elaborada mucho antes de la llegada de los europeos. Estos pueblos practicaban el sistema de agricultura migratoria o itinerante, en el que pequeñas porciones de selva, generalmente menores a una hectárea, eran derribadas y cultivadas por un período de pocos años hasta que la disminución de fertilidad del suelo y el crecimiento de plantas invasoras obligaban a abandonarla y a cultivar otro sector de la selva. Al ser poblaciones pequeñas, con escasa tecnología para derribar grandes superficies y con culturas dependientes en gran medida del bosque, la incidencia de estas sociedades sobre la cobertura vegetal amazónica a lo largo de siglos puede considerarse insignificante. Las estimaciones sobre la población indígena de la región, calculadas a partir de la capacidad de sustentación de las diferentes zonas ecológicas y de acuerdo con la tecnología de que disponían, llegan a cifrarla en torno a los 6,8 millones de personas, en lo que se ha definido como «la gran Amazonia», antes de la llegada de los colonos de origen europeo.

Cuando esta segunda colonización se produce, las regiones forestales del continente sudamericano comienzan a experimentar el empuje de tierras agrícolas y ganaderas, a las que dan paso, así como de la extracción de maderas en grandes cantidades. Durante los primeros siglos de expansión en Brasil, la deforestación afectó básicamente a las regiones costeras, precisamente donde se instaló y creció la mayor parte de la población de origen europeo. La selva tropical atlántica, que era la principal cobertura vegetal del litoral, quedó significativamente reducida en algunas regiones, pero aún existían vastas superficies de ella en el inicio del presente siglo. Diversos grupos indígenas permanecían en estas selvas con escaso contacto con las sociedades más modernas, y mantenían sus culturas totalmente dependientes de la selva. Los bosques de araucarias, que se situaban en latitudes extratropicales, también sobrevivían, con gran parte de su superficie sin deforestar.

Al llegar el siglo xx se produjo el acoso definitivo a las selvas atlánticas costeras y a los bosques de araucarias. En la actualidad, el primero ha quedado reducido a un escaso 5% de la extensión original, y en el caso de las araucarias esta cifra es aún menor. En la Amazonia, por el contrario, la deforestación no llegaba al 1 % de la superficie a mediados de siglo, pero a partir de entonces el proceso comenzó a intensificarse con gran rapidez. En el caso particular de la Amazonia brasileña, donde se encuentra el 60% del total de selvas amazónicas, han sido eliminados cerca de 400.000 km2 de su superficie en tan sólo treinta y cinco años. Si bien en valores relativos la proporción deforestada puede considerarse relativamente pequeña (un 10% de su superficie total), la velocidad y magnitud del proceso amazónico -tasas anuales entre 10.000 y 20.000 km2, si bien en sucesión decreciente- no encuentran rival en otros lugares del planeta y, muy probablemente, en ninguna otra época.

Las causas de la deforestación

En los numerosos estudios existentes sobre las causas de deforestación amazónica se pueden observar perspectivas notablemente diversas sobre el proceso: por qué ocurre, quién lo lleva a cabo y cómo. Para algunos, la deforestación depende de decisiones de carácter nacional, pues es en ese nivel donde se determinan las políticas sobre el desarrollo amazónico y los instrumentos económicos y estructurales que serán utilizados para tal fin; por ejemplo, la construcción de carreteras o la provisión de incentivos económicos; para otros, se trata de un problema demográfico que lleva a las nuevas generaciones de pequeños agricultores o campesinos pobres a buscar tierras que trabajar en áreas aún inexploradas; otros consideran que se trata del afán de lucro de empresarios y grandes empresas privadas y de su capacidad para aprovechar determinadas coyunturas económicas, que de una u otra manera conducen a la deforestación; finalmente, no faltan quienes piensan que las causas son de origen ecológico, pues la pobreza de los suelos provoca la declinación de las actividades agrícolas y ganaderas y obliga a la expansión.

Esta disparidad en el análisis de causas y búsqueda de responsables de la deforestación, ha dependido en gran medida de la perspectiva del analista, pero, en cualquier caso, esa perspectiva ha sido estrictamente sectorial, de modo que resulta necesario establecer un marco teórico más amplio que permita situar la deforestación masiva y a gran escala como una consecuencia más del modelo socioeconómico de desarrollismo y del crecimiento sin tasa, que se ha extendido en el planeta con gobiernos de toda clase.

Los procesos que directamente ocasionan la deforestación (por ejemplo la ganadería, la agricultura, la inundación con hidroeléctricas…) se suelen dividir en «causas próximas» o en «directas». Ellas son, a su vez, consecuencia de otros procesos que tienen una relación indirecta con el efecto final de deforestación y que se suelen dominar «causas subyacentes», «causas indirectas» o «fuerzas propulsoras» (driving forces).

Si bien son muchas las actividades humanas que provocan deforestación, a una región tan vasta como la Amazonia sólo podrán afectarle a corto plazo las que sean capaces de actuar masivamente o a gran escala. Actividades como la minería, la explotación de petróleo, la extracción selectiva de maderas, etc. no son, en principio, de carácter extensivo y, por tanto, difícilmente pueden transformar a corto o medio plazo partes significativas de la Amazonia. Entre las actividades de impacto directo es posible pensar en el represamiento de grandes ríos, la colonización rural masiva, la implantación de extensos monocultivos comerciales, la producción de biomasa con finalidad energética… pero ninguna de ellas tiene una incidencia territorial acorde con la magnitud de la deforestación y su influencia directa es relativamente pequeña sobre ella. Hay que dirigirse hacia la ganadería extensiva para encontrar cifras paralelas y aun superiores: baste señalar que en el conjunto nacional, la superficie de tierras con pastizales (naturales y artificiales) creció desde unos 700.000 km2 en 1950 a cerca de 2.000.000 de km2 en 1985, y que más del 50% de la superficie deforestada, quizás entre el 70 u 80%, dio paso a pastizales artificiales para la cría de ganado; el hecho es que aproximadamente el 80% del ganado que se encuentra en la Amazonia se sitúa en áreas previamente ocupadas por selva, mientras que las regiones de sabanas herbáceas naturales o los suelos aluviales «várzea», más propicias para ese destino, en principio, sólo acogen al 20%.

La ganadería como agente de deforestación

El funcionamiento de la ganadería como agente de deforestación tropical es un fenómeno prácticamente exclusivo de América Latina. Dentro de la denominada división internacional del trabajo, el continente parece funcionar como un «gran rancho mundial» todavía susceptible de crecimiento. En Asia el ganado no tiene espacio, y en Africa la densidad ganadera ya es muy alta.

La actividad ganadera en la Amazonia se inició tempranamente. Los primeros bovinos llegados a la región en 1644 provenían de Cabo Verde y se concentraron en las proximidades de Belém. En 1680, se instalaron las primeras haciendas en los campos ribereños de Arari (Isla de Marajó), que rápidamente se convertirían en el mayor centro ganadero del norte de Brasil. En el siglo XVIII, la ganadería comienza a desarrollarse en el bajo y medio Amazonas. En 1797, el ganado llegó a los campos de Río Branco (actual Roraima) donde existían extensas sabanas herbáceas naturales que facilitaron su expansión en el área. Por esa época, en 1803, la Isla de Marajó ya contaba con 226.500 cabezas, que abastecían a Belém.

En 1880, el rebaño total de bovinos de la Amazonia era de 400.000 cabezas, de 600.000 en 1890, y de 800.000 en 1912. Considerando el gran aumento de la población humana que se produjo durante esta época con el ciclo del caucho, el crecimiento del ganado – e n proporción- no fue grande, de modo que se hizo necesario importar carne seca en grandes cantidades. En resumen, hasta mediados de este siglo la ganadería era una actividad restringida a determinadas regiones y de importancia económica local. La ganadería y la agricultura tenían un papel secundario frente a las actividades extractivas, o sea, su papel en términos de mercado era muy limitado y en nada comparable con el de los productos extractivos. Su impacto sobre los bosques de la región era prácticamente insignificante, puesto que su presencia se daba casi con exclusividad en áreas de pastizales naturales que no exigían la eliminación de la cobertura forestal. Pero a partir de entonces se produjo una enorme explosión bovina que llevó a que, treinta años más tarde, su cabaña superara los 20 millones de cabezas.

Características de la ganadería

La cría de bueyes se lleva a cabo generalmente de forma superextensiva (criaçao a pasto) y prácticamente no existen animales estabulados (confinados). El 90%, un dato importante, se destina a la producción de carne. Generalmente se utiliza el sistema de cría, recría y engorde, todo en el mismo rancho. Las razas usadas principalmente son del tipo cebú, de origen hindú; antes de la utilización del cebú el ganado era de origen ibérico y mestizo, el denominado curraleiro; se encuentran algunos búfalos en las regiones más inundables.

Hay un total de 20 millones de cabezas en la Amazonia brasileña. En el país entero son más de 150 millones (una por persona), lo que quiere decir que la Amazonia reúne apenas el 14% del rebaño brasileño, el cual es el segundo rebaño bovino del mundo; además, en la Amazonia la productividad de carne es muy inferior a la media brasileña, lo que quiere decir que la cabaña amazónica rinde mucho menos que la del resto del país. En otros países de la cuenca amazónica los rebaños parecen ser mucho menores.

La extensión de los ranchos es variable según la subregión de la Amazonia que se considere, pero en general se trata de grandes propiedades, que cuentan su superficie por millares de hectáreas. Algunos ejemplos de la magnitud de las propiedades que se adquirieron con objetivos ganaderos: los ranchos de Suiá-Missú en el noreste de Mato Grosso, abiertos en 1962, con una superficie superior a las 600.000 hectáreas y proyectados para contener 130.000 cabezas de ganado; Codeara (600.000 ha.), Vale Cristalino (de la Volkswagen, con 140.000 ha), Bruynzeel, con 500.000 ha., y Georgia Pacific, 500.000 ha.

El gran lanzamiento

El año 1965 se inician cambios fundamentales en los aspectos sociopolíticos y económicos de Brasil en general y de la Amazonia en particular. En esa fecha, el gobierno pone en marcha una estrategia geopolítica en la que un objetivo fundamental era ocupar e integrar la región amazónica mediante el aumento de su población y el desarrollo económico: la enorme Amazonia brasileña era un vacío demográfico que debía controlarse mejor para garantizar la soberanía del espacio frente a la codicia de otros países. Al mismo tiempo, ésta política del gobierno era a su vez una política de reacción ante nuevas presiones que surgieron en el panorama nacional de unas décadas atrás, concretadas en la presión social provocada por un número creciente de conflictos en áreas rurales y en la masiva migración hacia las ciudades.

El ferviente discurso promoviendo la marcha hacia el oeste, aunque no es nuevo, está respaldado ahora con inversiones cuantiosas y estrategias de ocupación que transformarán la región substancialmente. La construcción de carreteras en la Amazonia, iniciada al final de la década de los 50, estaba explícitamente dirigida a intensificar la ocupación demográfica del espacio amazónico y a la explotación de sus recursos. Ambos objetivos encontraron en la actividad ganadera uno de los mecanismos más adecuados para alcanzarlos. Sin embargo, aún se necesitaba un catalizador del proceso para que la iniciativa privada tuviera algún interés en seguir las orientaciones propuestas por el gobierno. Ese catalizador fueron los estímulos financieros. En 1966 se crea una nueva institución cuyo objetivo específico era promover y apoyar el desarrollo de la Amazonia a través de actividades productivas. La SUDAM (Superintendência para o Desenvolvimento da Amazonia), que aún existe en la actualidad, se transformó rápidamente en una gran promotora de la ganadería extensiva a través de incentivos fiscales, créditos y otros instrumentos legales y financieros.

Y sin embargo, gran parte de los proyectos ganaderos incentivados por la SUDAM fueron un fracaso. Además de los problemas de gestión de las empresas, la supervalorización de costes, los cambios de propiedad, etc., las características de los suelos amazónicos eran intrínsecamente de poco interés económico para el sistema de ganadería extensiva usualmente empleado. Uno de sus efectos más perversos fue el fuerte impulso que dio a la especulación con los precios de las tierras en las áreas de avance de la frontera agrícola. La valorización de las tierras y la captación de recursos libres despertaban mayor interés en los empresarios que la producción de los ranchos. Una consecuencia fue la creación de áreas importantes de pastizales que nunca recibieron ganado.

Los propios mecanismos financieros estimulaban en mayor medida la deforestación que la intensificación de la producción. En este sentido, se ha demostrado que la disponibilidad continua de incentivos para deforestación e implantación de pastizales tornaba más lucrativo continuar deforestando que mantener el nivel de producción de los pastizales ya existentes. Debe tenerse en cuenta que el coste de deforestación y «limpieza» del área es la segunda actividad más importante en los costes de inversión de esos proyectos, sólo superados por los costes de la compra del rebaño.

Además, la velocidad con la que los beneficiarios de las ayudas de la SUDAM derribaban la selva era un indicador de que el objetivo principal de la deforestación en muchos casos era demostrar la posesión de las tierras para prevenir invasiones de colonos, y a su vez mostrar a los inspectores de la SUDAM que los recursos estaban siendo utilizados.

Puede decirse, como conclusión, que el estímulo a la expansión ganadera que se produjo en las décadas de los 70 y 80, dio el suficiente impulso a esta actividad para que su dinámica expansiva continúe hasta hoy, aun en ausencia de gran parte de tales incentivos. Si bien esa velocidad de avance parece haber disminuido en los últimos años, no cabe duda de que la infraestructura física y socioeconómica establecida al inicio actuaron como mecanismos de activación de un proceso que, una vez eliminados otro tipo de estímulos específicos, continúa de forma espontánea y resulta difícil de detener o revertir.

Los factores comerciales

El análisis integrado de causas y factores que contribuyen a la expansión del ganado vacuno lleva a concluir que este proceso no puede explicarse satisfactoriamente y por completo bajo una perspectiva local o regional. Si bien los factores locales permiten entender muchas de las características peculiares que la ganadería presenta en la región, no son suficientes para explicar la dinámica a largo plazo, que depende en buena medida de diversos procesos externos, que por lo tanto hay que incluir dentro de la perspectiva general de la expansión.

Los factores no comerciales de origen extra-amazónico, como la construcción de carreteras por ejemplo, tuvieron una gran importancia en el inicio de la expansión ganadera. Esa importancia ha ido disminuyendo progresivamente, hasta el punto de que la situación actual es notablemente diferente, pero puede decirse que contribuyeron a la expansión de la ganadería y que se comportaron efectivamente como una energía de activación del proceso. Aunque su importancia actual sea mucho menor, permitieron instaurar unas condiciones en las que el proceso pasó a ser impulsado por nuevos factores, entre los cuales destacan los de carácter comercial, que son hoy los que juegan un papel más importante en el proceso de expansión, una vez que los factores políticos han disminuido en gran medida su influencia.

Entre estos factores comerciales figura la exportación de carne. La ganadería amazónica atiende básicamente la demanda brasileña que se origina en regiones extra-amazónicas y, por tanto, su presencia en la región se debe en gran parte al propio consumo nacional de carne. Pero la exportación de carne brasileña no se nutre de excedentes, sino que obedece a la posibilidad de efectuar transacciones comerciales más favorables que las del comercio interno; esta circunstancia contribuye lógicamente a la expansión de ganados en la región, puesto que la demanda nacional necesariamente habrá de cubrirse aumentando la producción, lo que a su vez y por lo general implica la expansión de rebaños en áreas marginales como la Amazonia.

«The Soja Connection»

El ejemplo más contundente en el plano comercial es, sin embargo, lo que podría llamarse «The Soja Connection» vinculada a la ganadería de otros países. Se trata del consumo de piensos por los rebaños estabulados.

Cuando la superficie de tierra disponible no representa una restricción a la producción, resulta más favorable desde el punto de vista económico dedicarla a la ganadería que a la agricultura, puesto que los productos alimenticios animales se valoran mucho más, económicamente, en el mercado. Pero cuando se trata de la producción de derivados lácteos, la ganadería necesita ser mucho más intensiva y se tiende a la estabulación; pequeños países como Holanda, por ejemplo, son grandes productores de leche y quesos, pero no se puede perder de vista que ese ganado estabulado requiere aportaciones alimenticias que le llegan en forma de piensos compuestos que habrá habido que cultivar en alguna otra parte. Siguiendo la ley trófica básica de disipación de energía entre el nivel de productores y consumidores en un orden de magnitud, la superficie plantada necesaria para alimentar el ganado estabulado puede calcularse con base en el número de calorías que esos rebaños producen. Es decir, la situación de las vacas no importa, lo que importa es el número total de vacas y la superficie necesaria para alimentarlas: la superficie de pastos o equivalentes (cultivos para piensos) de una determinada región es independiente de la situación física de las vacas regionales, pues si están estabuladas será necesario cosechar el pienso equivalente al que consumirían si estuvieran pastando libremente.

De este modo, ciertamente, esos rebaños se apropian de enormes extensiones de tierra que deben cultivarse específicamente para producir su alimento. Es el caso de muchos países cuyas cabañas ganaderas son muy grandes y no guardan relación con la superficie cultivable o pastable del país que, en una economía cerrada, sería incapaz, bajo cualquier punto de vista o con cualquier avance tecnológico, de generar alimento suficiente para ese ganado.

Pues bien, uno de los principales componentes de los piensos compuestos utilizados en la actualidad es la soja. Este grano de leguminosa posee una alta proporción de proteínas de alto valor nutritivo para el ganado por lo que, mezclada junto a los cereales ricos en hidratos de carbono, proporciona una alimentación equilibrada. Los mayores productores mundiales de soja hoy en día son Estados Unidos y Brasil. Mientras que gran parte de la soja producida en el primer país es consumida localmente para alimentar su enorme cabaña ganadera, estabulada en los feedlots, la mayor parte de la soja producida en Brasil se exporta en forma de grano o de «farelo» para países industrializados que poseen grandes rebaños en régimen de estabulación pero no disponen de las extensas superficies necesarias para producir el alimento de ese ganado.

Las plantaciones de soja han crecido de forma vertiginosa en los estados del Sur (Río Grande do Sul, Paraná) y del Centro-Oeste (Mato Grosso, Gas), en áreas previamente ocupadas por la ganadería, lo que ha llevado a los ganaderos a continuar desplazándose hacia el Norte. De esta forma la ganadería va siendo relegada a suelos poco fértiles y no adecuados para la soja, como aquellas áreas donde no hay una estación seca suficientemente marcada y las condiciones climáticas imponen un freno al cultivo, que no parece adaptarse bien a las condiciones muy húmedas de la selva, a las cuales la ganadería sí consigue adaptarse, aunque difícilmente llegue a producir de forma continua.

La consecuencia final es que podría hablarse de una expulsión de la ganadería por la agricultura en la Amazonia. La ganadería es una actividad ultra extensiva que es desplazada por otros usos menos extensivos y de mayor rendimiento económico. Al ser estos más lucrativos por unidad de superficie, los ganaderos venden sus tierras a buen precio y se desplazan de nuevo para continuar la actividad en tierras más baratas. En consecuencia, puede afirmarse que el proceso de expansión no es un puro proceso de crecimiento del rebaño, sino una suma de éste con el desplazamiento espacial de la ganadería extensiva como un todo, empujada por los cultivos extensivos y por la exportación de carne, y ayudado por la degradación de las áreas por sobrepastoreo.

La deforestación amazónica no puede verse, pues, como un problema de origen puramente local cuya responsabilidad recaiga exclusivamente sobre los amazónidas o los brasileños, ni tampoco como un problema coyuntural, sino como una consecuencia de procesos estructurales que se reflejan en la Amazonia en forma de deforestación.

* Antonio Múgica, doctor Ingeniero de Montes, falleció en julio de 1995 en un accidente aéreo, en Brasil, donde trabajaba en el «Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo». Éste artículo está tomado de su tesis doctoral, presentada a título póstumo en diciembre de 1995 en la Universidad Politécnica de Madrid. (Nota de Ángel Ramos Fernández).

Mirador

Este «bello libro», como lo define L. A. de Cuenca en su (para autor y lectores) amistoso prólogo, inicia y concluye bajo el signo de un árbol su insólita travesía entre dos simbólicos extremos. Comienza en la portada, que ocupa por entero la foto de un olivo: el vigoroso tronco -«longevidad rugosa»- que la cruza en «Y» irradia en torno suyo una envolvente atmósfera de luz, viva y serena; arriba y por delante del hueco entre las ramas, el recuadro del título suspende en la magia de ese ámbito, preservado e ingrávido, su ayer, que nunca acaba. Y termina en el penúltimo poema, cuyos versos, como por boca de un Quevedo apócrifo, lloran su elogio, su epitafio y túmulo al «árbol a un lado del camino, muerto, desnudo de sí mismo, abierto a las miradas», «llama oscura, lumbre apagada», «vencido por el tiempo en larga guerra».

Entre estos dos extremos se mueve un extenso poemario, cuidadosamente construido, que el autor articula en dos partes, repartidas a su vez en secciones correspondientes a las divisiones del día. Estrictamente hablando, la única diferencia rigurosamente constante que las separa es la que distingue los poemas compuestos en formas métricas distintas de aquellos que repiten el mismo esquema. Sin embargo, en líneas generales, es tan predominante en cada una su registro o tono propios, que se podría decir que constituyen dos versiones de la misma experiencia, o dos modos de hablar de un mismo objeto, con partes interpoladas de cada una en la otra: en la primera de intención e impostación lírica («Noticia de María», págs. 13-87, formada por una veintena de poemas), la voz más esencial y depurada del poeta canta, entona, celebra, impreca…; en la segunda («Cancionero», págs. 89364, compuesta por algo más de doscientos sonetos) cuenta, describe, habla, recuerda, reflexiona…

El tema de esta doble formulación -que en términos musicales llamaríamos, por una parte, Lieder, por otra variaciones– es una historia de amor, cuyo destino (origen y final) escapa a la voluntad del sujeto. Sus poemas son himno y treno, celebración y crónica elegiaca de la posesión y pérdida del paraíso; la historia de cómo el poeta, desterrado del amor en que habitaba, y habitado por una ausencia que no vale desterrar, se debate entre la obstinación y el abandono, la exulta  ción y el desconsuelo, la plenitud y el vacío, la soledad habitada y la presencia fingida, desde la nostalgia, la contemplación de la belleza, la amargura, o la fe.

La fuerza y la debilidad de la obra del poeta tienen el mismo origen: su exceso, su desmesura; la voluntad de explorar y prolongar hasta su último extremo la vivencia y la plasmación literaria de la experiencia amorosa. El abultado número de sonetos (¡y no son más que la sexta parte de los que podrían figurar en el libro!) y la recurrencia de los motivos conduce a una inevitable sensación de monotonía. Claro que, en esto, el lector que lee esporádicamente y catando aquí y allá, como suele leerse la poesía, lleva ventaja sobre el crítico, obligado a intentar una impresión de conjunto. No obstante, el libro pide, en buena parte, una lectura seguida. Son varios los ejemplos de últimos versos convertidos en arranque de un poema o grupo de poemas sucesivos, y basta repasar el índice de primeros versos del final del volumen para advertir las muchas coincidencias. Todo esto tiene su razón de ser. Un alto porcentaje de la esencia del libro se perdería si perdiéramos de vista que el encadenamiento y la variación acumulativa son un efecto buscado.

El haber optado para la mayor parte del ciclo de los sonetos por un lenguaje común, «de menos pulimento», y a la vez por una forma tan rigurosa y exigente tiene sus riesgos, y no siempre consigue el poeta su deseo de hacer cristal del barro: hay algún que otro verso mal medido, ritmos duros, rimas forzadas o versos intrusos, algún que otro relleno, redundancias… pero el lector está avisado de antemano, y el acierto del que arriesga lo nuevo con lo viejo, aun a costa de decepciones puntuales, compensa más que la tersura irreprochable del neoclásico. Se recuerdan felices acuñaciones aliterantes o sinestésicas, como cuando califica a sus poemas de «tercas taraceas» o lamenta su destino de «horóscopos hostiles», o describe el romper de las olas como «trueno de nieve», y sorprende positivamente su intento reiterado de forzar la sintaxis en la expresión del absoluto amoroso, o la duplicidad del yo que en el presente recupera el nosotros del pasado.

Pese a la infinita tradición que el tema arrastra tras de sí y que el autor reelabora en alguna de sus modalidades más emblemáticas (amor cortés, amor a lo divino…), siguiendo a modelos característicos (desde San Juan de la Cruz y Gongora, invocados por él, hasta Miguel Hernández, además de Quevedo), tampoco en el plano de la invención conceptual faltan en el libro interesantes atisbos. Para aludir a ello volvamos a los símbolos del principio.

El olivo de la portada es el emblema de la plenitud del amor; el ámbito aislado por su copa en su burbuja mágica es la Arcadia anterior a la ilusión frustrada, el ayer sin final, al que, desposeído, el poeta se niega a renunciar y se obstina en volver manteniéndolo vivo. Para el árbol del penúltimo soneto, la lectura de todo el poemario nos propone sentidos que trascienden la simple antítesis retórica de la imagen luminosa de la portada, y que tienen su origen en uno de los contenidos más «poéticos» -en su sentido etimológico de «creativos», efectivos, incitantes a la reacción activa en la conciencia del lector del libro.

Se trata del proceso por el que lentamente, a medida que el poeta insiste en su obsesión, las palabras usurpan el lugar del objeto, suplantan a la realidad, que se ve reducida al hecho mismo de su formulación verbal. Y el amor que dictaba compulsivamente versos y más versos, pasajeramente transmutado en amor, se acaba convirtiendo en un amor dictado y creado por ellos, camino del silencio.

Ese me parece el «des-amor» del árbol muerto: el poeta vaciado, el canto exhausto, el fuego consumido, el amor apagado. Pero la muerte, la destrucción de la intimidad expuesta minuciosamente al descubierto, el vacío y el silencio son rescate y libertad para vivir de nuevo: en el «juicio final» -muerte y resurrección- del último soneto la experiencia vivida retorna lapidariamente reafirmada, como única ganancia computable de la vida. Pero ya es de otro mundo.

El disfrute de un libro de poemas es una cuestión de sintonía. En este caso, mis preferencias personales se inclinan por los sonetos descriptivos, limpios, ligeros, directos en la elección de detalles y llenos de movimiento, en los que, como debe ser, el arte sabe ocultarse a sí mismo, haciendo aparecer lo que es, sin duda, tanto intento, corrección reiterada de pintor minucioso, como instinto, pulso y rapidez de acuarelista consumado. Pero habrá quien se sienta más próximo a los emotivos cantares cercanos a los clásicos, o a los tonos íntimos de la efusividad romántica, o quien prefiera la musa tenue de los objetos y el lenguaje cotidiano. Recordando a Marcial, cada cual hallará, entre los que lea, buenos poemas, otros medianos y, no los más -como quería la falsa modestia del de Bilbilis- sino tal vez algunos, para su gusto, malos; pues no hay otra manera de componer un libro. •

Valor, visión estética y responsabilidad

La unidad de toda visión estética no es una unidad sistemática y significativa, sino una auténtica unidad arquitectónica dispuesta en torno a un concreto centro de valor que es posible pensar, ver, amar. Se halla el hombre justo dentro de ese centro y todo en este mundo solo adquiere significado, sentido y valor si se pone en relación con el hombre, en cuanto elemento humano. Todas las posibles formas de ser y todo el sentido posible se disponen alrededor del hombre como centro y unidad de valor; es preciso que todo —y aquí la visión estética no tiene límites- esté en relación con el hombre, que esté de parte del hombre. Lo que no significa, sin embargo, que el héroe de la obra deba ser literalmente representado como valor absolutamente positivo, en el sentido de que se le atribuya un concepto positivo de valor: «bueno», «bello», etc., estos epítetos también pueden ser completamente negativos. El héroe puede ser malvado y mezquino, puede resultar vencido o incluso apabullado desde cualquier punto de vista; y sin embargo, puesto que es a él a quien dirijo mi mayor atención en la visión estética, es también en torno a lo malvado alrededor de lo que, como en torno a un único centro de valor intrínseco, aquélla se dispone desde cualquier punto de vista. Aquí el hombre no es en ningún modo amado porque es bueno, sino que resulta bueno porque es amado. En ello reside la especificidad de la visión estética. Si el héroe no hubiese estado presente en este centro de valor, toda la posición axiológica de los valores y toda la visión arquitectónica habrían sido por completo inútiles.

Si yo contemplo una escena que representa la caída de mi amadísimo héroe y su infamia, esta escena será para mí completamente distinta de otra en la que la destrucción ha correspondido a una persona que me es completamente indiferente. Y no por esto trataré de absolver al héroe, a pesar de mi sentido de la justicia; quizá, teniendo en cuenta todo esto, la escena puede conservar un contenido imparcial, justo y realista y sin embargo lo pintado será distinto en su lugar esencial, en su posición concreta, tanto en las partes como en los detalles; en toda su arquitectura yo veré otras cosas válidas, otros momentos y otra posición, porque el centro efectivo de mi visión y de mi posición respecto al cuadro será otro…

Por lo tanto, el hombre constituye el centro de valor de la estructura arquitectónica de la visión estética no como algo sustancialmente idéntico a sí mismo, sino como una realidad concreta que se afirma a través del amor. Además, la visión estética no se separa en absoluto de los distintos puntos de vista axiológicos, no pone límites entre el bien y el mal, entre la belleza y la fealdad, entre la verdad y la mentira; la visión estética conoce y halla todas estas distinciones dentro del universo contemplado, pero estas diferencias no se subordinan a ella como criterios últimos, como principios de consideración y sistemas de especulación, dado que éstos están dentro de ella como momentos de su estructura arquitectónica y todos, de la misma manera, justifican plenamente el amor por la validez del hombre. La visión estética, en fin, conoce los «principios específicos», pero todos ellos están arquitectónicamente subordinados al supremo centro de valor de la contemplación, que es el hombre.

En este sentido, se puede hablar objetivamente de amor estético sin dar a esta palabra solo un significado pasivamente psicológico. La pluralidad axiológica de un suceso existencial como el humano (es decir, relacionado con el hombre) se puede atribuir solo a una contemplación de amor y solo el amor puede contener y conservar esta diversidad sin perderla, sin dispersarla, sin dejar desprovista su estructura de sus líneas esenciales y de sus momentos significativos. Sólo el amor desinteresado, según ese principio de «no amado porque bueno, sino bueno porque amado», solo la atención amorosa y desinteresada puede desarrollar una fuerza tan intensa que consienta abrazar y preservar la concreta multiformidad de la existencia sin empobrecerla y esquematizarla.

Una reacción fría y hostil es siempre una reacción que empobrece y disgrega el objeto, es un ir más allá del fenómeno en toda su diversidad, ignorándolo o superándolo. La misma función biológica de la indiferencia es para nosotros una liberación de la multiformidad de la existencia, la abstracción de lo práctico no es tan fundamental para nosotros como lo sería la economía, el ahorro de la dispersión en la diversidad. Tal es quizás la función del olvido.

La falta de amor, la indiferencia, no confiere nunca suficiente fuerza para «detenerse intensamente» en el fenómeno, para fijar y modelar todos sus pequeños y particulares detalles. Solo el amor puede ser estéticamente productivo, solo en relación al amor se encuentra la posible plenitud de la diversidad.

* * *

El universo en el que una acción se desarrolla efectivamente, en el que tiene lugar, es un universo unitario que se puede percibir concretamente: es decir, que se puede ver, oír, tocar y pensar, completamente impregnado de tonos emotivos y volitivos que confirman su significado axiológico. La unicidad de este universo, difícil y problemática no desde el punto de vista del contenido y del significado, sino desde el emotivo-volitivo, garantiza el efectivo reconocimiento de la unicidad de mi participación en él, de mi «no tener una coartada» en él…

Este universo me ha atribuido una función exclusiva, concreta y única. Gracias a mi facultad de conocer, que es activa y participativa, aquél, como conjunto arquitectónico, se sitúa en torno a mí como centro unitario desde el que se propaga mi acción: se encuentra en mí, en cuanto yo me baso sobre él para poder ver, comprender, para llevar a término mis acciones. En relación a mi función unitaria de activa participación en el mundo, todas las posibles relaciones espacio- temporales adquieren un centro de valor, se componen en torno aél en un todo arquitectónicamente estable y concreto — por lo que la única unicidad posible es la unicidad de lo real—. Mi función única y activa no constituye sólo una centralidad geométrica abstractamente concebida, sino el centro concreto, responsable —desde el punto de vista emotivo-volitivo— de la realidad efectiva y de la diversidad del mundo. Aquí se concentran, en una unidad concreta, según puntos de vista abstractos, las diversas actividades: la determinación espacio-temporal, los matices emotivo-volitivos y los significados. «Encima», «sobre», «bajo», «al final», «tarde», «todavía», «ya», «es necesario», «hace falta», «más allá», «más cerca», etc., todo esto adquiere un significado que no solo es pensable desde el punto de vista del contenido y del sentido, sino que es también un significado real, perceptible, difícil y problemático, concretamente definible a través de la unicidad de mi función y de mi participación en los sucesos del mundo. Esta efectiva parcipación mía en la existencia desde un punto de vista unitario da el espesor real del tiempo y el valor perceptible del espacio, vuelve difíciles, no cognoscibles, inaudibles todos sus límites -razón por la que el mundo se vuelve una unidad efectivamente perceptible como un todo unitario-.

Si me alejo de ese centro, dispersando mi participación unitaria en la existencia y distanciándome, a causa de él, no sólo de su participación sustancial (espacio-temporal), sino incluso de su definición emotivo-volitiva, inevitablemente la unidad real y la compleja existencia del mundo se descomponen. Estas se disgregan en momentos y relaciones posibles solo como momentos abstractos. La estructura arquitectónica concreta del universo perceptible sustituye a la unidad sistemática no espacio-temporal ni axiológica de esos momentos abstractos…

Nadie más que yo puede encontrarse en el mismo punto de vista unitario en el que yo me encuentro ahora, en el espacio y en el tiempo únicos de una sola existencia. En torno a este punto de vista unitario se coloca de forma única e irrepetible toda la unicidad de la existencia. Lo que se puede cumplir en mi caso, en el de otro puede no cumplirse nunca. Este hecho, es decir mi «no tener coartadas» en la existencia, que se basa y fundamenta en una acción concreta y responsable, se determina y se afirma en una forma unitaria (…).

Ciertamente que esto se puede dañar, se puede empobrecer: se puede ignorar la acción y vivir pasivamente, se puede tratar de demostrar la propia coartada en la existencia, se puede ser un impostor. Se puede negar la propia responsabilidad frente a la unicidad.

La acción responsable es una acción que se funda sobre el reconocimiento de la responsabilidad ante la unidad. Esta afirmación de «no tener coartadas frente a la existencia» es la base de una vida efectiva, problemática, a la vez ya determinada y por determinar. Solo el no tener coartadas frente a la existencia transforma una posibilidad vacía en una acción que reconoce la responsabilidad…

Y todo en mí debe tender hacia esta acción: cada sentimiento mío, cada gesto, emoción, pensamiento, sentimiento —solo con esta condición yo vivo realmente y no me aparto de las raíces ontológicas de la existencia— Yo soy en el universo una realidad imprescindible y no una fortuita posibilidad.

Considerada en abstracto, la parte dotada de sentido no está en relación con la unicidad irremediablemente real, proyectiva; considerada así no es más que el torpe ejemplar de un hipotético trabajo, un documento sin firma o una obligación de alguien hacia algo. La existencia, aislada del centro unitario y emotivo-volitivo, es como un boceto de una primera versión, que no reconoce las posibles variaciones de la existencia; solo a través de la responsable y activa participación de una acción concreta puede salirse de las infinitas variantes de la primera versión y reescribir la propia vida en un hermoso ejemplar de una vez por todas.

(Traducción de Fernando Iscar)

Nacionalismo y modernidad en la guitarra española

Este disco ofrece un amplio recorrido -veintiséis piezas por obras guitarrísticas en general poco divulgadas. De hecho, muchas de ellas aparecen por primera vez en disco. Van desde el estilo más romántico de salón hasta las nuevas tendencias de los jóvenes compositores, pasando por aquellas de claro tinte nacionalista.

El Homenaje a Debussy de Falla es un claro ejemplo de concisión y estilizado lirismo y es la obra más conocida de este recital. Pero también aparecen autores ya casi olvidados como Andrés Isasi (1890-1940) cuyas cuatro piezas (Nocturno, Sarabanda, Impromptu y Tempo de Valse) se alejan del estilo espaftolista de la época. El que fuera maestro de toda una generación de compositores, Gerardo Combau (1906-1971), y cultivara muy distintos estilos -desde el nacionalismo y el clasicismo hasta las técnicas postdodecafónicas), está representado con sus Tres piezas Belle Époque. La música popular catalana armonizada para la guitarra por Miguel Llobet (1878-1938) alcanza un gran poder de evocación.

Como no podía ser de otra manera, hay también una amplia selección de la vasta obra para guitarra de Federico Moreno Torroba y –entre ellas- Molinera, Farruca y Alpujarreña en primicia discográfica. En los trigales, de Joaquín Rodrigo, es un compendio del estilo creador de un músico que ha compuesto mucho para la guitarra.

Entre las obras más recientes por primera vez en disco, se encuentran Canción y Habanera, del extraordinario melodista Antón García Abril, fiel a la tonalidad; en una estética más vanguardista el Homenaje a Sempere de Tomás Marco (1942).

Manuel Seco de Harpe (1958) es uno de los compositores más interesantes de su generación, y en su bellísimo Tiento se inspira en el carácter improvisador del siglo XVI. Josep Pascual (1964) también pone su mirada en la música renacentista, que le sirve de punto de partida para las dos piezas que aquí se recogen, Quatre mirades de J.P. Sweelink o variaciones en estilo serial y Variaciones sobre un tema de Monteverdi elaboradas bajo procedimientos plenamente actuales.

Agustín Maruri lleva pocos años como concertista de guitarra, pero a través de sus recitales y grabaciones en disco ha sabido incidir en la música más infrecuente contribuyendo a su divulgación, e interesar a los compositores actuales por este instrumento.

Debilidades y miserias de la Unión Monetaria

¿Puede realmente un libro cambiar el curso de la historia? Es posible que, en algún caso excepcional, tal cosa haya sucedido, pero hay que ser bastante escéptico con respecto a la capacidad revolucionaria que tiene hoy la letra impresa. Por ello, aunque disienta de la opinión de un periódico tan prestigioso como The Times, no creo que la obra de Bernard Connolly sobre los problemas económicos y las intrigas políticas que han acompañado a todo el proceso de integración monetaria en la Unión Europea llegue tan lejos.

Y no por falta de esfuerzo de su autor. Será difícil, en efecto, leer ataques más duros y mejor informados hacia uno de los mitos del europeísmo de nuestros días. Connolly es un experto en cuestiones monetarias y ha desempeñado, además, puestos de responsabilidad en la Comisión Europea. Su crítica no es, por tanto, la del nacionalista británico tradicional que se siente perdido en cuanto cruza el canal de la Mancha (perdón, el «Canal inglés»). Se trata, por el contrario, de un ataque bien fundamentado, que plantea cuestiones cuya respuesta sincera pondría en apuros a más de un gobernante europeo. El problema es que ninguno de ellos va a querer contestar estas preguntas y -lo que es más grave- que casi nadie, fuera de Gran Bretaña, va a presionar a sus políticos para que lo hagan.

Poca duda cabe de que nuestro autor tiene razón en mucho de lo que dice. Y, pese a ello, la lectura del libro no deja una impresión plenamente satisfactoria. A partir de unos sólidos fundamentos de teoría económica, en la obra se analizan bien los perniciosos efectos que sobre algunas economías europeas -y, en concreto, sobre las más débiles como la española- puede tener un sistema de tipos de cambio fijos, cuando los mercados carecen de la flexibilidad suficiente para adaptarse a los cambios externos y la movilidad del factor trabajo se ve dificultada por costes de transacción muy elevados. Tales efectos serían razón suficiente para replantearse el sentido mismo del proyecto de la moneda única. Pero no es éste el objetivo principal del libro. La obra, aunque trate de un tema básicamente económico, es ante todo un estudio político. Sus protagonistas no son los técnicos ni las ideas económicas, sino los gobernantes, a los que Connolly ve como estrategas en un campo de batalla, en el que las naciones europeas luchan entre sí para el logro de sus propios intereses bajo la amable pantalla de la cooperación. Y aquí está, en mi opinión, la principal de sus debilidades.

Es innegable que la unión monetaria esconde tras su fachada de instrumento para reforzar la integración económica europea un contenido político de hondo calado. No es casualidad que la unión monetaria haya sido, desde hace algún tiempo, una de las principales banderas de los federalistas europeos. Si el objetivo es la construcción de una Europa federal, la creación de una moneda común y de un banco central europeo son, sin duda, pasos en la dirección adecuada. Y si, en cambio, se prefiere una Europa confederal y descentralizada, el proyecto de unión monetaria difícilmente puede aceptarse en sus términos actuales.

Pero Connolly va más allá de este tipo de argumentos para introducir una teoría conspiratoria, de acuerdo con la cual son las élites de Francia y Alemania las que están dando alas a la unión monetaria para conseguir objetivos nacionales, no europeos. Concretamente, para nuestro autor, el objetivo de los gobernantes franceses -casi todos «enarcas», es decir, antiguos alumnos de la prestigiosa Escuela Nacional de Administración de París- es intentar frenar lo que parece el crecimiento irresistible del poder alemán en Europa. Los alemanes, por su parte, buscarían extender su poder político ofreciendo a los franceses una colaboración, al menos aparente, en la dirección de la política económica de la Unión. Sin embargo, ambos países tendrían un punto en común: su desconfianza hacia los planteamientos de mayor libertad de mercado impulsados por Gran Bretaña desde la década de 1980. Los demás países, los periféricos, desempeñamos solamente papeles secundarios en el drama.

Nunca he creído, sin embargo, en la validez de teorías conspiratorias tan complejas como ésta. Connolly acierta en muchas de sus conclusiones, pero es dudoso que la causa final de los problemas de la unión monetaria europea se encuentre en las intrigas políticas descarnadas que describe en su libro. La realidad suele ser más sencilla y las conspiraciones palaciegas menos importantes de lo que a menudo se cree. A lo mejor lo que sucede simplemente es que los políticos europeos siguen sin entender que los mercados a menudo funcionan no por lo que ellos hacen, sino a pesar de lo que hacen.

Un césar Franck sensual

Una grabación de la formidable pianista portuguesa María Joao Pires siempre despierta gran interés. Si a ello se une un programa de música francesa para violín y piano con la Sonata de César Franck y la participación del extraordinario violinista Dumay, el atractivo del disco es aún mayor.

Cuando en 1871 un grupo de músicos franceses fundó la Societé Natíonale de la Musique, con el fin de hacer resurgir la música instrumental francesa, y en especial la música de cámara, frente a la avalancha operística de Italia y la música germana. Fue en el último cuarto de siglo, y a partir de esa naciente conciencia nacional, cuando empezaron a aparecer obras de cámara de autores franceses. SaintSáens, Laló y Fauré fueron los primeros. Pero sin duda es César Franck con su Sonata para violín y piano en La M (1886) el que alcanza una cima indiscutible. El gran violinista Eugène Ysaye, a quieniba dedicada, contribuyó en un principio a su divulgación y a su éxito. Hoy en día, la partitura ocupa un lugar preeminente en la línea histórica de las grandes sonatas de cámara, después de las de Beethoven y Brahms. De una gran intensidad lírica, a medias entre el postromanticismo y el modernismo, tieneuna estructura cíclica: un núcleo temático expuesto al principio sirvecomo tema recurrente a lo largo de los cuatro movimientos, y se desenvuelve en un clima de gran sensualidad.

La Sonata para violín y piano de Debussy (1917) es la últimaobra del músico, y en ella se reflejan los elementos que conformansu estilo más depurado: un ciertoeclecticismo con vagos recuerdos de Rameau y Couperin, y un discurso entrecortado con un mosaico de temas que surgen y desaparecensin continuidad.

Ravel, sin embargo, que no representa una ruptura tan radical con el pasado, esconde tras un aparente clasicismo un lenguaje innovador. En esta grabación no figura la Sonata que Ravel compuso para estos mismos instrumentos. La Berceuse sur le nom de Fauré es un homenaje a su maestro; las otras obras están inspiradas en música popular (de origen hispano la Pieza en forma de habanera y húngaro en el caso de Tzigane).

Ante unas obras llenas de dificultades interpretativas este dúo consigue resultados excelentes.