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Ver productosEste disco ofrece un amplio recorrido -veintiséis piezas por obras guitarrísticas en general poco divulgadas. De hecho, muchas de ellas aparecen por primera vez en disco. Van desde el estilo más romántico de salón hasta las nuevas tendencias de los jóvenes compositores, pasando por aquellas de claro tinte nacionalista.
El Homenaje a Debussy de Falla es un claro ejemplo de concisión y estilizado lirismo y es la obra más conocida de este recital. Pero también aparecen autores ya casi olvidados como Andrés Isasi (1890-1940) cuyas cuatro piezas (Nocturno, Sarabanda, Impromptu y Tempo de Valse) se alejan del estilo espaftolista de la época. El que fuera maestro de toda una generación de compositores, Gerardo Combau (1906-1971), y cultivara muy distintos estilos -desde el nacionalismo y el clasicismo hasta las técnicas postdodecafónicas), está representado con sus Tres piezas Belle Époque. La música popular catalana armonizada para la guitarra por Miguel Llobet (1878-1938) alcanza un gran poder de evocación.
Como no podía ser de otra manera, hay también una amplia selección de la vasta obra para guitarra de Federico Moreno Torroba y –entre ellas- Molinera, Farruca y Alpujarreña en primicia discográfica. En los trigales, de Joaquín Rodrigo, es un compendio del estilo creador de un músico que ha compuesto mucho para la guitarra.
Entre las obras más recientes por primera vez en disco, se encuentran Canción y Habanera, del extraordinario melodista Antón García Abril, fiel a la tonalidad; en una estética más vanguardista el Homenaje a Sempere de Tomás Marco (1942).
Manuel Seco de Harpe (1958) es uno de los compositores más interesantes de su generación, y en su bellísimo Tiento se inspira en el carácter improvisador del siglo XVI. Josep Pascual (1964) también pone su mirada en la música renacentista, que le sirve de punto de partida para las dos piezas que aquí se recogen, Quatre mirades de J.P. Sweelink o variaciones en estilo serial y Variaciones sobre un tema de Monteverdi elaboradas bajo procedimientos plenamente actuales.
Agustín Maruri lleva pocos años como concertista de guitarra, pero a través de sus recitales y grabaciones en disco ha sabido incidir en la música más infrecuente contribuyendo a su divulgación, e interesar a los compositores actuales por este instrumento.
¿Puede realmente un libro cambiar el curso de la historia? Es posible que, en algún caso excepcional, tal cosa haya sucedido, pero hay que ser bastante escéptico con respecto a la capacidad revolucionaria que tiene hoy la letra impresa. Por ello, aunque disienta de la opinión de un periódico tan prestigioso como The Times, no creo que la obra de Bernard Connolly sobre los problemas económicos y las intrigas políticas que han acompañado a todo el proceso de integración monetaria en la Unión Europea llegue tan lejos.
Y no por falta de esfuerzo de su autor. Será difícil, en efecto, leer ataques más duros y mejor informados hacia uno de los mitos del europeísmo de nuestros días. Connolly es un experto en cuestiones monetarias y ha desempeñado, además, puestos de responsabilidad en la Comisión Europea. Su crítica no es, por tanto, la del nacionalista británico tradicional que se siente perdido en cuanto cruza el canal de la Mancha (perdón, el «Canal inglés»). Se trata, por el contrario, de un ataque bien fundamentado, que plantea cuestiones cuya respuesta sincera pondría en apuros a más de un gobernante europeo. El problema es que ninguno de ellos va a querer contestar estas preguntas y -lo que es más grave- que casi nadie, fuera de Gran Bretaña, va a presionar a sus políticos para que lo hagan.
Poca duda cabe de que nuestro autor tiene razón en mucho de lo que dice. Y, pese a ello, la lectura del libro no deja una impresión plenamente satisfactoria. A partir de unos sólidos fundamentos de teoría económica, en la obra se analizan bien los perniciosos efectos que sobre algunas economías europeas -y, en concreto, sobre las más débiles como la española- puede tener un sistema de tipos de cambio fijos, cuando los mercados carecen de la flexibilidad suficiente para adaptarse a los cambios externos y la movilidad del factor trabajo se ve dificultada por costes de transacción muy elevados. Tales efectos serían razón suficiente para replantearse el sentido mismo del proyecto de la moneda única. Pero no es éste el objetivo principal del libro. La obra, aunque trate de un tema básicamente económico, es ante todo un estudio político. Sus protagonistas no son los técnicos ni las ideas económicas, sino los gobernantes, a los que Connolly ve como estrategas en un campo de batalla, en el que las naciones europeas luchan entre sí para el logro de sus propios intereses bajo la amable pantalla de la cooperación. Y aquí está, en mi opinión, la principal de sus debilidades.
Es innegable que la unión monetaria esconde tras su fachada de instrumento para reforzar la integración económica europea un contenido político de hondo calado. No es casualidad que la unión monetaria haya sido, desde hace algún tiempo, una de las principales banderas de los federalistas europeos. Si el objetivo es la construcción de una Europa federal, la creación de una moneda común y de un banco central europeo son, sin duda, pasos en la dirección adecuada. Y si, en cambio, se prefiere una Europa confederal y descentralizada, el proyecto de unión monetaria difícilmente puede aceptarse en sus términos actuales.
Pero Connolly va más allá de este tipo de argumentos para introducir una teoría conspiratoria, de acuerdo con la cual son las élites de Francia y Alemania las que están dando alas a la unión monetaria para conseguir objetivos nacionales, no europeos. Concretamente, para nuestro autor, el objetivo de los gobernantes franceses -casi todos «enarcas», es decir, antiguos alumnos de la prestigiosa Escuela Nacional de Administración de París- es intentar frenar lo que parece el crecimiento irresistible del poder alemán en Europa. Los alemanes, por su parte, buscarían extender su poder político ofreciendo a los franceses una colaboración, al menos aparente, en la dirección de la política económica de la Unión. Sin embargo, ambos países tendrían un punto en común: su desconfianza hacia los planteamientos de mayor libertad de mercado impulsados por Gran Bretaña desde la década de 1980. Los demás países, los periféricos, desempeñamos solamente papeles secundarios en el drama.
Nunca he creído, sin embargo, en la validez de teorías conspiratorias tan complejas como ésta. Connolly acierta en muchas de sus conclusiones, pero es dudoso que la causa final de los problemas de la unión monetaria europea se encuentre en las intrigas políticas descarnadas que describe en su libro. La realidad suele ser más sencilla y las conspiraciones palaciegas menos importantes de lo que a menudo se cree. A lo mejor lo que sucede simplemente es que los políticos europeos siguen sin entender que los mercados a menudo funcionan no por lo que ellos hacen, sino a pesar de lo que hacen.
Una grabación de la formidable pianista portuguesa María Joao Pires siempre despierta gran interés. Si a ello se une un programa de música francesa para violín y piano con la Sonata de César Franck y la participación del extraordinario violinista Dumay, el atractivo del disco es aún mayor.
Cuando en 1871 un grupo de músicos franceses fundó la Societé Natíonale de la Musique, con el fin de hacer resurgir la música instrumental francesa, y en especial la música de cámara, frente a la avalancha operística de Italia y la música germana. Fue en el último cuarto de siglo, y a partir de esa naciente conciencia nacional, cuando empezaron a aparecer obras de cámara de autores franceses. SaintSáens, Laló y Fauré fueron los primeros. Pero sin duda es César Franck con su Sonata para violín y piano en La M (1886) el que alcanza una cima indiscutible. El gran violinista Eugène Ysaye, a quieniba dedicada, contribuyó en un principio a su divulgación y a su éxito. Hoy en día, la partitura ocupa un lugar preeminente en la línea histórica de las grandes sonatas de cámara, después de las de Beethoven y Brahms. De una gran intensidad lírica, a medias entre el postromanticismo y el modernismo, tieneuna estructura cíclica: un núcleo temático expuesto al principio sirvecomo tema recurrente a lo largo de los cuatro movimientos, y se desenvuelve en un clima de gran sensualidad.
La Sonata para violín y piano de Debussy (1917) es la últimaobra del músico, y en ella se reflejan los elementos que conformansu estilo más depurado: un ciertoeclecticismo con vagos recuerdos de Rameau y Couperin, y un discurso entrecortado con un mosaico de temas que surgen y desaparecensin continuidad.
Ravel, sin embargo, que no representa una ruptura tan radical con el pasado, esconde tras un aparente clasicismo un lenguaje innovador. En esta grabación no figura la Sonata que Ravel compuso para estos mismos instrumentos. La Berceuse sur le nom de Fauré es un homenaje a su maestro; las otras obras están inspiradas en música popular (de origen hispano la Pieza en forma de habanera y húngaro en el caso de Tzigane).
Ante unas obras llenas de dificultades interpretativas este dúo consigue resultados excelentes.
José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, Málaga, 1909) es, además de excelente poeta y magnífico prosista, memoria viva de las generaciones poéticas del 27 y del 36. Licenciado en Derecho, ha unido a su faceta de creador, la de gestor cultural, dirigiendo la Sociedad de Estudios y Publicaciones durante más de treinta años.
Julio Martínez Mesanza (J.M.M.).— En su poesía se funden dos tradiciones, la castellana y la inglesa, que rara vez se ven juntas en otros autores españoles. Donne, Hopkins, Eliot… La poesía inglesa ha constituido una materia de estudio preferente para usted y, tal vez, ha imprimido un carácter particular a su obra. ¿Podría hablarnos de sus relaciones con la cultura inglesa en general? ¿Qué elementos procedentes de los poetas metafisleos, o de Hopkins, o de Eliot, a quien trató en persona, ha trasladado conscientemente a su poesía?
José Antonio Muñoz Rojas (J.A.M.R.).— Mi formación y mi educación no han sido inglesas. En realidad, en la literatura inglesa entré mucho más tarde, y no fue por razones tradicionales, pues mi familia no tenía antecedentes ingleses de ninguna clase. En cambio, sí fueron, fundamentalmente, muy españolas, en el sentido de que mis lecturas iniciales -sobre todo en los jesuítas- fueron lecturas clásicas castellanas. Para mí resultaron muy formativas y han sido los pilares de todo lo que, poco o mucho, haya podido ser literariamente. Mi contacto con la literatura inglesa fue más tardío. A los dieciséis años empecé a estudiar inglés por pura afición, con una profesora particular. Y seguí con ello a lo largo de la carrera, con vistas a hacer oposiciones a la carrera diplomática. Yo había estudiado Derecho en Madrid y era lo que me parecía más oportuno, ya que mi afición no iba por los aspectos jurídicos de la carrera. Como digo, ésta fue una afición tardía, pero que, luego, ha sido muy importante para mí y, en cierta medida, ha completado toda mi formación castellana. Le debo muchísimo a la literatura inglesa, con la que tomé contacto inicialmente en una ocasional estancia en Cambridge. Después hice todo lo posible para volver allí y completar en la medida que pudiera esa formación.
Luis Alberto de Cuenca (L.A. de C.).— ¿Cómo conoció a Eliot?
J.A.M.R.— Después de una primera estancia en Cambridge, decidí volver como fuera, y aproveché la primera ocasión, que se presentó en el año 35. Yo tenía mucha relación con Antonio Marichalar, al que admiraba. Era un hombre extraordinario, algo olvidado hoy, pero uno de los personajes más notables de su generación. Marichalar tenía relación con todos los medios internacionales, sobre todo los europeos, y se me ocurrió, en una de las visitas que hice a Cambridge, en el 36, pedirle una carta para Eliot. Justo en el mes de julio del 36, de vuelta de Cambridge, paré en Londres y le llevé la carta a Eliot. Así lo conocí. Lo cierto es que la poesía de Eliot la conocía desde el 32, pero no había penetrado en ella. Sí había entrado en la poesía de Hopkins, pero no en la de Eliot. Fue una entrevista muy simpática, muy cordial. Y de ahí viene mi conocimiento de Eliot. Después lo vi unas cuantas veces; pero mi relación real con él fue con su poesía, no con su persona, y se produjo más tarde, cuando leí los Cuatro cuartetos, sobre todo «East Coker», que fue el primero que recibí.
L.A. de C.— En la literatura española no es muy corriente encontrar una relación tan íntima con la naturaleza como la que vemos en su poesía y en su prosa. Su obra da la impresión de estar alejada de ese ambiente urbano que ha predominado en los autores de este siglo, sobre todo a partir de Poeta en Nueva York, de García Lorca. No solo se advierte en sus libros un sentimiento de la naturaleza, sino que, enseguida, y no solo por el léxico, vemos también que hay en ellos un conocimiento directo de esa naturaleza. ¿Puede hablarnos de todo ello y de cómo ha sobrellevado Vd. el viejo conflicto entre corte y aldea?
J.A.M.R.— Ese conflicto ha sido, más bien, entre Corte y campo, y no entre Corte y aldea. Yo nací en un pueblo, en Antequera, donde viví toda mi infancia. La educación en un pueblo es algo estupendo que nos enriquece en muchos sentidos. Estuve primero en un asilo de monjas, luego pasé a una escuela del pueblo – a cuyo maestro le guardo mucha gratitud- y luego ya al colegio de los jesuítas, etc. Esa simiente inicial que es la educación en un pueblo (en un asilo, en una escuela), es muy importante a mi modo de ver; por lo menos para mí lo fue. Además, tuve el lujo de vivir en una casa antigua, vieja; en fin, una serie de privilegios. Luego pasé al colegio. Primero estuve en Málaga, dos años; luego, en Madrid, en Chamartín, interno, «internísimo». Todo el trasfondo de mi infancia es campesino: pueblo y campo, más que aldea, pueblo y campo. Y campo, porque mi familia era labradora por parte de padre – l a familia de mi madre era más de la pequeña nobleza local-. Vivía temporadas en el campo que eran fundamentales para mí, y en La gran musaraña hablo de lo que yo llamo «naturaleza labradora», y la distingo de la contemplativa. Mi trasfondo campesino es labrador.
L.A. de C.— Leyendo su libro que aborda más de cerca esa naturaleza, Las cosas del campo, tuve una sensación nada corriente tratándose de literatura española. Su prosa me evocaba la literatura latina, el De Agri cultura de Catón, o a Varrón o Columela. Es una prosa cargada de inmediatez, que se vuelca más en la técnica de las tareas del campo que en la contemplación.
J.A.M.R.— Es que hay una razón fundamental. Ese libro se escribe viviendo yo en el campo, en el año 46. Y detrás de él no hay ningún ánimo de publicación: se escribe como un diario del campo, por un compromiso que tenía con un hermano que me había regalado un precioso cuaderno para que lo llenara. Y empecé a escribir el diario de lo que pasa todos los días en el campo, sin inventar absolutamente nada.
J.M.M.— Como ha dicho Luis Alberto, ese sentimiento de la naturaleza no es nada común en la literatura española. Unamuno, en Paisajes, viene a decir que nuestra literatura es, entre todas las europeas, la que menos refleja ese sentimiento.
J.A.M.R.— En general se puede decir que eso es cierto, pero hay excepciones, e incluso en los antiguos libros técnicos de agricultura puede percibirse ese sentimiento del campo. En el libro de Gabriel Alonso de Herrera, por ejemplo.
J.M.M.— Estas «cosas del campo» nos llevan directamente a su idea de Andalucía…
J.A.M.R.— Voy a insistir en algo que he dicho antes, en lo de la Andalucía labradora. La Andalucía donde yo he nacido y he crecido es una Andalucía intermedia, como se sabe, que está entre la Alta y la Baja, entre Granada y Sevilla. Es una Andalucía más sobria que la Andalucía pintoresca -preciosa, por otra parte- de la campiña de la Baja. Es otra Andalucía. Creo que a Andalucía más bien le sobra que le falta el tópico, sin que por ello ponga en duda los valores que existen incluso en ese tópico. El andalucismo y la exageración del andalucismo me parecen innecesarios. Andalucía no necesita abalorios de ninguna clase para ser lo que es. En el libro Ensayos angloandaluces, que va a ver la luz pronto, hay una parte en la que hablo de la tierra y del paisaje andaluz, y también de las gentes. Ahí aparece la Andalucía doliente, la Andalucía triste, la Andalucía agria. Todo eso existe en Andalucía. Es una mezcla muy grande. Pero yo no resaltaría en Andalucía los elementos exageradamente andaluces ni tópicos.
L.A. de C.— En cualquier caso, en su prosa hay mucha melancolía, hay una visión melancólica de Andalucía. La suya es una Andalucía interior, un poco a la manera unamuniana. En ese sentido, ¿qué escritor cree que se ha acercado más a lo que podríamos llamar el alma andaluza?
J.A.M.R.— Creo que hay muchas almas andaluzas: Pedro Espinosa, que me parece un andaluz muy considerable; don Juan Valera, por el que siento una gran admiración; Estébanez Calderón, un andaluz que no se queda en él mismo, sino que se proyecta en Cánovas, históricamente mucho más de lo que parece, y en Valera, que es otro de sus grandes corresponsales y amigos. Trato de toda esa rama andaluza que luego tiene diversificaciones, como la de Bécquer y la de la poesía popular andaluza anterior al neopopularismo. Y a esa línea pertenece don Antonio Machado, quien, con su melancolía, es un andaluz de cuerpo entero.
L.A. de C.— Los escritores que nos ha citado tienen una vertiente más universal. Diríamos que destacan en una España «devota de Frascuelo y de María». Valera, por ejemplo, es un español de matrícula de honor, un hombre que trasluce en todo ciudadanía del mundo y cultura.
J.A.M.R.— Pero, curiosamente, en Valera, tan andaluz, y por el que ya he dicho que siento una gran admiración, cuando llega la hora del campo – lo hago notar en algún sitio-, no aparece ese sentimiento de las cosas del campo. Sentía su tierra, pero no hay en él una vivencia directa del campo.
J.M.M. — Su escasa preocupación por ver impresas sus obras no creo que se deba a la «publicación ansiosa y precipitada» de los Versos de retorno, que «le sirvió para no caer en otras durante muchos años», como usted mismo dice en un texto dedicado a la memoria de José María Hinojosa. ¿Cuáles son las verdaderas e íntimas razones de esa actitud?
J.A.M.R.— Ese libro adolescente lo publiqué con más prisa que otra cosa y salí escarmentado. Ardiente jinete es del año 31 o 32. La verdad es que cuando repaso mi obra poética – y he tenido ocasión de decirlo en algún sitio- veo que es muy corta. He escrito y he publicado poco.
J.M.M.— Y, además, muchas cosas las ha publicado bastante tiempo después de escribirlas, lo que no es muy habitual en estos tiempos.
J.A.M.R.— Bueno, yo he tenido lo que llamaría «empujones de poesía». De pronto, un empujón fue ese primer librito, que se quedó ahí. Luego, Ardiente jinete, que no se publicó. Después, una serie de poemas sueltos que pertenecen a la etapa de Cambridge, pero que no constituyen un libro. El segundo empujón fue el de los 5onetos de amor, que estaban muy relacionados con lo que se hacía en la época.
L.A. de C.— Estamos en los años cuarenta y ha vuelto el clasicismo…
J.A.M.R.— Yo siempre me había atenido mucho al verso formal. No había escrito sonetos, pero había utilizado endecasílabos blancos. Y entonces publico dos libros que son uno: la pequeña colección de los «Sonetos de amor» y «Abril del alma», en alejandrinos y en endecasílabos. Se publicaron porque fue la época buena de Málaga, en la que coincidí con Alfonso Canales. Hicimos la colección «A quien conmigo va». En fin, una serie de cosas buenas, y la verdad es que la edición resultó muy bonita.
L.A. de C.— Dicen que en Málaga se publican más colecciones de poesía que en el resto de España…
J.A.M.R.— Creo que sí. Es verdad. Allí se han publicado muchos libros de poesía, y además siempre muy bien hechos. La tradición tipográfica malagueña viene de Emilio Prados. Emilio fue un gran inspirador en todos los sentidos. Tengo un recuerdo extraordinario de él y de Manuel Altolaguirre.
L.A. de C.— A mí me parece muy sintomático en la actitud de un creador que no dé demasiada importancia al hecho de publicar, que se centre más en su escritura. Siempre he admirado a ese tipo de creadores, no a los que viven pendientes de publicar. Volviendo a lo que decía Julio, ¿se considera un diletante de la literatura?
J.A.M.R.— La verdad, no me considero un diletante. Me considero un poeta que escribe cuando lo necesita y que publica cuando tiene una ocasión clara de publicar. No soy un poeta abundante. Como he dicho antes, soy «un poeta de empujones» -por así decirlo-, y toda mi pequeña obra poética está reducida a momentos. El momento de Ardiente jinete -por dejar el primer librito aparte-, los Sonetos y la época que yo llamaría «clásica». Y luego hay un largo período en que ya estoy metido en otras cosas. Son los años cuarenta y cincuenta. Por entonces vivo en Málaga y estoy muy unido al grupo malagueño. Ese es un momento relativamente fecundo, porque no escribo solo poesía, también escribo las Historias de familia, y las publico. Además, hago intentos en otros géneros: teatro, novela…, aunque no publico nada de ello. Después de ese período, publico los Cantos a Rosa, que es otro «empujón». Sigo escribiendo, y voy acumulando el material que luego aparece en el los libros Oscuridad adentro y Consolaciones.
L.A. de C.— Es curioso. Hablábamos antes de Andalucía y ahora nos encontramos con el título Consolaciones. Senequismo de nuevo…
J.M.M.— Tengo entendido que, últimamente, ha tenido otro de esos «empujones» y que ha escrito un libro de veintitantos poemas que va a salir en breve con el título de Objetos perdidos. ¿Por qué ese título?
J.A.M.R.— Porque son objetos perdidos. Todo empezó a raíz de un poema que hice a las gafas, que siempre se nos están perdiendo. Estuve leyendo poemas en la Residencia de Estudiantes, y después de la lectura, para aliviar tanto lirismo, leí el poema de las gafas, que había escrito unas tres horas antes. Luego éste dio origen a toda una serie.
L.A. de C.— Hay varios «encuentros » -como usted los llamadecisivos para su formación poética. Su libro Amigos y maestros se abre con tres nombres particularmente significativos. A uno de ellos no lo ha mencionado, a los otros dos sí. Luis de Góngora, ni más ni menos -era de esperar en un hombre de su generación y en un hombre de cualquier generación, pero particularmente de la suya-, Pedro Espinosa y Antonio Machado. Sobre Pedro Espinosa acaba de dar a la luz un texto espléndido que sirve de prólogo a la edición de la Fábula del Genil que ha salido en Granada.
J.A.M.R.— Sobre Pedro Espinosa he escrito algunas cosas. En el libro de ensayos que va a aparecer ahora, hay un texto que titulo «Pedro Espinosa, amigo personal», y ahí hablo de mi relación con él, es decir, lo trato como a un amigo y cuento todo el desarrollo de nuestra relación. El caso de Góngora es distinto. De joven, hice una lectura muy apasionada de sus poemas, que casi me sabía de memoria. Lo primero que escribí de Góngora lo publiqué en una revistita de la Facultad de Filosofía y Letras que llevábamos Mercedes Ballesteros y yo. Luego he recuperado ese texto. El que se reproduce en Amigos y maestros es algo posterior. La verdad es que sobre Góngora no he vuelto a escribir nada más.
J.M.M.— En el segundo de esos textos, compara la poesía de Góngora y la de Espinosa, y usted se decanta por la del antequerano.
J.A.M.R.— Sí, es cierto.
L.A. de C.— En cualquier caso, no hay huellas de Góngora en su poesía.
J.A.M.R.— No, yo estaba más en la línea de los sonetistas contemporáneos míos, de Miguel Hernández, por ejemplo. Miguel Hernández, incidentalmente, fue para mí una inspiración. El rayo que no cesa me conmovió profundamente.
L.A. de C.— ¿YAntonio Machado?
J.A.M.R.—Antonio Machado, en poesía, lo ha sido todo para mí, absolutamente todo. Lo podría recitar de memoria todavía.
J.M.M.— Precisamente, Pedro Espinosa, en la Fábula del Genil, dice que «a la materia sobrepuja el arte». ¿Qué importancia concede usted a ese arte, a lo estrictamente formal, a lo retórico, al dominio de la técnica, y cómo se acomoda todo ello a esa esencialidad que predomina en su poesía ?
J.A.M.R.— A mí me gusta el verso clásico, sin pensar por ello que la poesía sea exclusivamente eso. Me gustan los endecasílabos blancos. Pero el único libro mío que se atiene a criterios formales estrictos son los Cantos a Rosa. La técnica en un poeta es muy importante. Muchas veces lo que necesito es que los versos me suenen por dentro.
L.A. de C.— Creo que ha habido una resaca bastante duradera de ciertas actitudes vanguardistas que traían consigo el desprestigio de la sonoridad interna y externa del verso. Eso se ha acabado ya. Ahora se vuelve a prestar atención al verso, después de una época de gran distorsión.
J.M.M.— Las generaciones más recientes han vuelto incluso a adoptar ciertas actitudes modernistas, aunque no con la misma riqueza y sonoridad en el verso.
L.A. de C.— Y se ha vuelto a leer a los modernistas. A Rubén, sobre todo.
J.A.M.R.— Ése es mi caso.
L.A. de C.— Un grandísimo poeta. Bécquer, Rubén, Juan Ramón, Machado. Esa es la línea.
J.A.M.R.—En efecto. Ahora yo os pregunto: ¿cómo desemboca todo eso en el 27?
L.A. de C.— A través de Juan Ramón, sobre todo. Porque Antonio Machado influye más en los poetas de la generación de usted. Y ha sido una presencia en usted, én Rosales.
J.A.M.R.— Y en el propio Panero, y en Vivanco.
J.M.M.— A propósito de Vivanco. ¿No le parece un poeta injustamente olvidado?
J.A.M.R.—Era estupendo como poeta y como persona. Le traté mucho. El Diario es muy amargo. Y con motivo.
L.A. de C.— Volviendo al 27. ¿No cree que los principios rectores son Juan Ramón y La deshumanización del arte, de Ortega? Esas son, diríamos, las biblias del 27. Lo que ocurre es que luego la genialidad personal aporta mucho; porque casi todos son geniales, cada uno en su parcela.
J.M.M,— En general, ésos son los principios rectores, como tú dices, pero luego cada cual tiene sus propios antepasados poéticos.
L.A. de C.—Pero su voz, José Antonio, la veo original dentro del grupo del 36, es decir, dentro de su generación, >’ también con elementos del grupo del 27. ¿No es así?
J.A.M.R.— Porque yo, personalmente, he tenido más trato con los poetas de la generación del 27 que con los del 36. No por razones de edad, sino por razones de proximidad. Conocí y traté mucho a Luis Rosales, Leopoldo Panero y Luis Felipe Vivanco, pero la verdad es que he tratado más de cerca a personas como Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre, y durante mucho tiempo. Traté algo a Cernuda, a Salinas muchísimo, a Gerardo Diego, a Guillén. En lo personal les debo mucho a todos y en lo poético también.
J.M.M.— Vamos a dar un salto temático y cronológico. Hay en su biografía una especie de guiño del destino. Como le ocurrió a Eliot, se puede decir que un banco se cruzó en su vida. Usted dirigió la Sociedad de Estudios y Publicaciones, dependiente del Banco Urquijo. Por allí pasaron figuras como Jakobson -del que recuerda su coincidencia en la apreciación de la poesía de Hopkins-, Bataillon, Zubiri, Caro Baroja, Maravall… ¿Qué nos puede decir de esa época de su vida y qué idea tiene acerca de las Fundaciones ?
J.A.M.R. — Por una serie de motivos casuales y personales, entré en el Banco Urquijo a comienzos de 1952 de la mano de Juan Lladó, y comencé a ocuparme de la Sociedad de Estudios y Publicaciones poco después. Era un banco al que a una acreditada tradición familiar y unos excelentes profesionales, vino a sumarse la gran personalidad de Juan Lladó, que le dió su singular perfil. Estimo como uno de los grandes privilegios de mi vida haber trabajado a su lado durante más de treinta años. Al acabar la guerra pensó Juan Lladó que había que trabajar por España en los campos económico y cultural, dentro de lo que las circunstancias hacían posible, para lo que creó dos instrumentos que fueron la revista Moneda y Crédito y la Sociedad de Estudios y Publicaciones, ambas de larga y fecunda trayectoria, una en el ámbito de la economía y la otra en el de las Humanidades. Mi trabajo en la Sociedad me puso en relación con personalidades de primer rango, sobre todo Xavier Zubiri, que fue uno de los inspiradores de ella. Se organizaron seminarios, encuentros, becas, conferencias, como la de Jakobson a la que tu aludes, para mí inolvidable. En todas esas actividades, que se darán a conocer en un próximo libro, fui un mero colaborador de Juan Lladó, y desde mi punto de vista personal fue de lo más enriquecedor y gratificante de mi vida.
L.A. de C.— Y, además, en una España en la que eran ustedes pioneros…
J.A.M.R.— En buena medida pioneros. La idea de mecenazgo que hoy se estila, y que es muy de alabar, va muy estrechamente unida a la idea económica en general, lo cual es lógico, porque ésa es su fuente. En nuestro caso, como se hacía en unos términos más modestos desde ese punto de vista, y no con tantas posibilidades de publicidad, quizá tenía un sentido distinto, ni mejor ni peor, pero distinto. Lo demás, evidentemente, todo lo que ha surgido después, ha estado inspirado en buena parte por lo que fue aquello.
L.A. de C.— ¿Se retomaba, así, el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza?
J.A.M.R.—En parte. La verdad es que, acabada la guerra, hubo un intento de asimilar todos los elementos positivos que había en la Institución, y sobre todo en la reforma educativa de la Institución, a un espíritu nuevo y distinto que, de alguna manera, los fecundara. Creo que no se ha valorado lo suficiente ese intento.
J.M.M.— ¿Cree usted, para terminar, que desde entonces hemos retrocedido en materia de educación y cultura ? Un signo de ese posible retroceso sería la paulatina desaparición de asignaturas humanísticas en el Bachillerato. ¿Cuál es su diagnóstico al respecto?
J.A.M.R.— En España se está produciendo un contraste entre, por una parte, ese deterioro al que os referís (nuestros licenciados no saben, por ejemplo, dónde está el cabo de Hornos ni en qué siglo vivió Galileo), y, por otra, la evidente extensión de la educación en sus niveles medios. Hoy vas a un pueblo andaluz y, probablemente, tienes con quién hablar, porque la gente sabe cosas y está interesada en aprender cosas. Pero el auge económico no se ha correspondido con un adecuado desarrollo cultural.
L.A. de C.— Has mencionado el caso de licenciados que desconocen dónde está el cabo de Hornos y cuándo vivió Galileo. Sin un conocimiento básico de la geografía y de la historia no hay cultura que valga…
J.A.M.R.— Me alegro de coincidir contigo en eso. Yo siempre digo que el que no sepa situarse en el espacio y en el tiempo no está situado en el mundo.
En el ya lejano 1978 se reeditaba El movimiento v.p., novela del sevillano maestro de vanguardias y amigo de Borges, Rafael Cansinos Asséns. La edición estaba a cargo de Juan Manuel Bonet, que en el prólogo de la obra hacía gala de su talento interpretativo: Cansinos era pretexto para hablar de una época de la que el crítico aparecía literalmente enamorado y que daba muestras de conocer como pocos. En aquellas treinta densas páginas en romanos está el germen de este Diccionario de las Vanguardias en España (1907-1936): a comienzos de los 80 conocí a Juan Manuel Bonet y pude constatar el indesmayable apasionamiento por el mundo literario y artístico en sus conferencias y artículos. Con idéntico entusiasmo se ha embarcado en la dirección del Institut Valencià d'Art Modern (IVAM).
Del concepto de Vanguardia hoy tenemos dos nociones distintas. La primera, de signo académico, escolar, y de sentido diacrónico, fue acuñada por Guillermo de Torre en su Literaturas europeas de Vanguardia (1925): evoca el origen del término como marchamo de una serie de movimientos literarios y artísticos surgidos entre las dos Guerras Mundiales -la bélica referencia "vanguardia" no era casual- para designar las avanzadillas artísticas, las posturas iconoclastas presuntamente incómodas para el público burgués. Conviene recordar que la otra cara del concepto tiene entidad sincrónica, aparece de forma esporádica en la literatura y adquiere connotaciones negativas entre quienes prefieren el clasicismo o el academicismo artístico. Hacer literatura de Vanguardia en nuestros días es gozar de cierta amnesia histórica que permite concebir formas de escritura centrípetas, mostrando con talante romántico los festivos territorios del yo, exhibiendo un adanismo que limita al norte con la frialdad conceptual del Barroco y la ciega fe en la técnica; al sur con la desmesura verbal y el humorismo; al este con composiciones de mucha meditación, como el haiku, al oeste con la experiencia cibernética, la reposición de la escritura automática y las manifestaciones del realismo sucio. Aunque deudora del dejá vu, episódica y residual de la primera, a esta neovanguardia no convendría perderla de vista.
El diccionario de Bonet es fruto de una penetrante mirada a una época cultural esplendorosa: los treinta primeros años del siglo, coincidentes con lo que José Carlos Mainer ha llamado "Edad de Plata". Pero en sus miles de pacientes entradas el diccionario tiene un afán totalizador que traspasa con mucho las fechas en principio propuestas. El vitalismo y la experimentación innovadores están destinados en ocasiones a ser solo una etapa en la trayectoria de un autor, una parte de sus obras. Por ello, con frecuencia, tras dejar constancia del primer romance con la vieja dama Porvenirista, Bonet completa el ciclo creativo del reseñado proporcionando referencias bio-bibliográficas que llegan hasta hoy, de forma que su investigación no solo queda acotada sino holgadamente agotada. La abundante información tiene rigor y amenidad, alterna la anécdota y el dato preciso con incontables referencias a peripecias vitales y acontecimientos vividos, trascendidos por la voluntad creadora del momento y el destino artístico de sus protagonistas. Se han rescatado innumerables aspectos, muchos inéditos, de los "ismos" -la densa nómina de personas consultadas da fe de unas fuentes no siempre librescas- y, lo que es más de agradecer, se han relacionado entre sí. Del ingente campo estudiado -literatura, cine, teatro, pintura, escultura, arquitectura, medios gráficos, periodismo- Bonet dispone las piezas con la delicada curiosidad de un coleccionista.
Abrir las páginas de este diccionario es recordar, más allá de la simple función de vivienda, la dimensión artística de viejos edificios y asistir al cambio del panorama urbano en las grandes ciudades españolas; oír el rumor de las modernas tertulias en que se cocinaron centenares de obras; acercarse a las discusiones de los despachos y las redacciones donde fueron proyectados manifiestos y revistas; visitar innumerables galerías de arte, museos magníficos.
Semejante voluntad visual anima el exquisito trabajo de Alfonso Meléndez y Andrés Trapiello, encargados de la edición, en la selección y combinación de los tipos, la elegancia de los materiales y la belleza de las ilustraciones.
Zoco de ideas, prodigioso cinerama de las costumbres y la sensibilidad de una época que aún palpita, historia de sus mejores hombres, de sus más apasionantes figuras, brillante archivo de la memoria artística, ¿qué mejor forma de despedir el siglo que leer este diccionario como las páginas de una estimulante aventura?
A lo largo de 1995 se consolidó una de las mayores transformaciones en la historia de las comunicaciones humanas, si no la mayor. Son más de cincuenta mil las redes conectadas en Internet, las direcciones electrónicas, es decir, las personas físicas o jurídicas que tienen acceso al correo electrónico son al menos veintidós millones. El correo electrónico es la solución para el problema de la correspondencia comercial y privada y el intercambio de originales y pruebas de modo mucho más efectivo que el correo ordinario. Las cuentas bancarias y toda clase de transacciones se manejan por conexión desde el domicilio al servicio electrónico del banco o entidad financiera, las compras y pedidos de un amplísimo número de proveedores se hacen también a través de Internet. Publicidad y propaganda de todo tipo se abren fácil camino por la red electrónica. Es inmediato el acceso a los catálogos por ordenador para recibir una información bibliográfica mucho más completa que la media, incluso para quien accede a varias bibliotecas por desplazamientos personales en los que emplea un tiempo incomparablemente superior, durante veinticuatro horas al día. La posibilidad de recibir información regular y al día mediante los boletines electrónicos es un hecho; para suscribirse basta con enviar una simple línea por correo electrónico al ordenador que hace de distribuidor de ese boletín, el llamado servidor. El intercambio de opiniones y la constitución de equipos que se distribuyan racionalmente, en su espacio geográfico propio, los trabajos de campo, está resuelta con los sistemas de conferencia electrónica. A ello podemos añadir la transmisión de radio, de música, de películas, no parece haber más límite que el de la imaginación humana. No hay duda de que las sociedades se dividen implacablemente en dos clases: las que se organizan en torno a este nuevo e importantísimo parámetro y las que se quedan al margen, obsoletas y sin futuro. Nada de ello habría adquirido la dimensión actual de no haber sido por el crecimiento exponencial de los usos comerciales de la red, que ya a fines de 1995 sobrepasaban a cualesquiera otros.
El cambio fundamental se debe a que las imágenes y los sonidos se pueden digitar. El formato digital se transmite por las redes (principalmente haciendo uso de la infraestructura telefónica), con unos programas que hacen que cualquier usuario con una computadora conectada a la red tenga acceso a ese intercambio total de información. Estos programas que se sitúan entre el ordenador y el usuario y que facilitan el acceso de éste a los complejos procesos de aquél se llaman interfaces. Dos son las interfaces que han simplificado tan notablemente el acceso a la información total, Mosaic y Netscape. Las dos requieren una instalación informática multimedial, que está compuesta por Windows como interfaz con el sistema operativo y un ordenador con cierta velocidad de proceso (mínimo un 386), dotado además de un lector de discos compactos de solo lectura o CD-Roms y una tarjeta de sonido. Para ver solo los textos, no las imágenes, puede usarse otro programa, Lynux. A la red puede accederse básicamente de dos maneras: mediante una tarjeta de conexión, si se hace la conexión institucional, por ejemplo desde una universidad o centro de investigación, o mediante un modem, si se hace la conexión individualmente. En este segundo caso caben también dos posibilidades, la conexión individual a un centro educativo o cultural que lo permita, o el acceso a través de un proveedor de servicios de Internet (ISP). Telefónica calcula que, para España, el número de estos proveedores llegará al millar. Las vías de comunicación que se pueden formar de esta manera constituyen una red tupida que recibe el nombre de «autopistas de la información». Su existencia implica una revolución de las comunicaciones y de la transmisión de información, con unas características que debe conocer cualquier persona bien informada.
Un gran número de usuarios actuales tiene sobre su mesa computadoras dotadas de gran capacidad de almacenamiento, incluso de gráficos y de audio, conectadas a la red. Por ello se ha desarrollado el modelo cliente-servidor. Los usuarios pueden tener en sus máquinas un software específico, llamado «cliente», con la peculiaridad de poder utilizar las posibilidades de su ordenador y añadirles las derivadas de la comunicación con un servidor por la red. Estos clientes proporcionan una interfaz intuitiva y amistosa con el usuario, permiten el uso de mecanismos apuntadores, como el ratón, y aprovechan otros rasgos del sistema local. El cliente envía las peticiones del usuario a un servidor gracias a un formato estándar, que se llama protocolo, y el servidor contesta en un formato condensado que el cliente reconvierte para que el usuario pueda leer cómodamente la información o utilizar los datos en su sistema.
La complejidad de posibilidades que nos ofrece la conexión remota hace que nuestra participación a través de mensajes se convierta, en la práctica, en la realización de un hipertexto, en el que integramos nuestra propia escritura, el correo, la información de los boletines y conferencias, los datos de las bases de datos, las órdenes de compra y los pagos, así como todo tipo de textos, desde los clásicos hasta la nota de última hora. Todo el mundo es un gran tejido de información, cuyos hilos vamos separando y atando a nuestro propio aire.
El punto de partida individual
Necesitamos un ordenador personal, un modem y un programa de comunicaciones. Con ello nos conectaremos a una institución con salida a la red o a una de las muchas compañías proveedoras de servicios o ISP (.Internet Service Provider). Algunos de estos proveedores de servicios son internacionales, es decir, cambiando el número telefónico de conexión, puede usarse la misma cuenta individual en varios países. El ordenador personal debe tener libre una salida de la tarjeta serie (estándar RS-232) por un puerto serie que será COMÍ, si es tarjeta serie (estándar RS-232) por un puerto serie que será COMÍ, si es el primero, o 2, 3, 4, si bien pueden presentarse problemas de configuración si se usan COM3/COM4.
El modem se conecta por un lado al puerto serie y por otro a la línea telefónica, con un conector estándar. En caso de desplazarse a otros países con el modem, puede ser necesario comprar un adaptador de conexión telefónica, que se encuentra habitualmente en los establecimientos dedicados a artículos eléctricos y de telefonía. En ocasiones el modem tiene que conectarse a la red eléctrica para recibir energía, otras veces le basta con la que recibe de la propia red telefónica, al igual que el teléfono, o de otro componente de la computadora, como el teclado. El modem debe ser preferiblemente estándar Hayes, lo que permitirá usar el conjunto estándar de mandatos Hayes AT. AT quiere decir «atención» y es la primera señal que se envía desde el programa de comunicaciones al modem cuando se establece contacto. La comunicación requiere un modem en el ordenador de salida y otro en el de llegada (para que uno module y otro desmodule, es decir, cambien la señal digital a analógica y de nuevo a «digital», pasen de 0,1 a ondas o impulsos y de éstas de nuevo a 0,1). No olvidemos que «analógico» es lo perteneciente o relativo a la representación por medio de cantidades físicas que varían continuamente, mientras que «digital» se refiere a la representación por medio de dígitos, que en este caso son 0 y 1, puesto que se trata de un código binario. Para que uno y otro modem intercambien señales y se establezca un canal de comunicación por la línea telefónica deben «estrecharse las manos», handshaking. Aunque, en general, este proceso no plantea dificultades, a veces los modem no se entienden. Los programas de comunicación más completos permiten cambiar la modalidad de handshaking, hasta que se encuentre la adecuada. Es conveniente asegurarse de que nuestro modem es compatible con el del ordenador al que nos conectaremos habitualmente. Asegurada esa compatibilidad, necesitaremos saber los parámetros de conexión. El primero de ellos es la velocidad de transmisión expresada en baudios. Para entendernos digamos que un baudio es el equivalente de la transmisión de una raya en Morse. Aunque los modem modernos se ajustan automáticamente, está claro que no podemos emitir a 14.400 baudios para un modem receptor de 1.200, aunque sí al contrario. En otro parámetro definiremos el puerto serie al parámetros más: la paridad y si hay un bit de parada o no. A veces no vemos lo que estamos tecleando en el ordenador remoto, en ese caso, conviene establecer el parámetro hecho remote para no escribir a ciegas. Los bits se transmiten en serie, desde el ordenador al modem, éste los modula, se transmiten por la red telefónica, llegan al modem receptor, éste los desmodula y vuelve a transmitir bits en serie al segundo ordenador. La suma de los bits transmitidos ha de ser siempre par (even) o impar (odd) y debemos definir ese parámetro en función del ordenador receptor. También en función del receptor debemos decidir si transmitimos siete u ocho bits y si hay un bit de parada o no, es decir, un bit redundante añadido para saber si se han producido errores de transmisión o no.
La transmisión se somete a una verificación de paridad. Si la verificación detecta un error, se vuelve a enviar automáticamente el conjunto de bits que ha dado fallos, si el error se reitera, el programa se interrumpe. Normalmente podemos definir también cuántas veces debe reintentarse la transmisión si se ha detectado un error. Si nos conectamos a un ordenador y empezamos a recibir símbolos extraños en la consola, lo más fácil es que haya un error de paridad: no hay que asustarse, salimos del programa, cambiamos la paridad, volvemos a conectarnos y lo normal es que funcione. El arreglo de un error de paridad al conectarse está al alcance de todos. El propio programa de comunicaciones se encarga de incluir los parámetros, que podemos teclear en un fichero específico de configuración, que el ordenador leerá cuando se invoque el programa. Además podemos incluir otras muchas opciones, el tipo de terminal que estamos usando o que queremos emular, los teléfonos de los ordenadores a los que llamamos más frecuentemente, si queremos cambiar la pantalla de blanco y negro a color y cómo configurar los colores, si deseamos que se ejecuten algunas macros al conectarnos. Lo fundamental, desde luego, es el tipo de terminal, porque es el medio por el que enviamos la información al otro ordenador y como recibimos su respuesta en pantalla. También aquí lo más frecuente es emular un terminal VT-100, un terminal Digital, cuya correspondencia con el IBM no es perfecta, especialmente en las teclas de función. Una tabla de correspondencias y algunos intentos producen buenos resultados.
Además de la conexión necesitamos, para salir a la red, un protocolo (IP, Internet Protocol) o conjunto de programas de intercomunicaciones. El protocolo estándar, que une máquinas de muy diversas características y sistemas operativos, se llama TCP/IP (Transmission Control Protocol/Internet Protocol). Los datos se transmiten y se reciben agrupados en los llamados «paquetes», conjuntos de octetos o bytes, cada uno con la dirección electrónica del destinatario. Gracias al protocolo, los paquetes se abren y se agrupan de modo que el mensaje sea transmitido y recibido (sea texto, imagen o sonido, pues todo es código digital). Cada paquete sigue su recorrido independientemente, lo que da una enorme seguridad al envío.
Conectividad Internet en España
El proceso de conexión de España a Internet se inició a mediados de 1990. El Plan Nacional de I+D, por medio de la CICYT, patrocinó la Red Académica y de Investigación (Redlris) la cual inició un experimento piloto con la conexión de cuatro centros a Internet. Ya es sabido cómo esas cifras se han disparado exponencialmente en poquísimo tiempo. En abril de 1995 la agencia norteamericana NFS, que financiaba los servicios de Internet, dejó de hacerlo, para que los operadores nacionales e internacionales gestionaran y administraran la red, en régimen de libre competencia. Se crean así los NAPS (Network Access Points), centros de comunicaciones a los que se tienen que conectar todos los operadores.
En lo que se refiere a la utilización comercial en España, GOYA, Servicios Telemáticos S.A., primero, y Servicom, S.A., posteriormente, introdujeron la conexión a Internet con fines comerciales. A primeros de 1995 empieza a crecer el número de empresas (ISP, Internet Service Provider) que ofrecen este servicio, suministrado también por compañías multinacionales, como CompuServe, entre otras.
La oferta básica de un servicio de conexión a Internet incluye los siguientes aspectos: —correo electrónico, bien interactivo, es decir, durante el tiempo de la conexión, bien en modo pospuesto, mediante programas que copian el correo recibido al ordenador personal, lo que permite al receptor desconectarse telefónicamente, leer los mensajes y con testarlos, para, al volverse a conectar, enviar las respuestas por teléfono a la red, con el consiguiente abaratamiento del tiempo de conexión. El más común de estos programas es el Eudora.
—www, World Wide Web, tanto para recibir información (texto, imagen fija o en movimiento y sonido), como, sobre todo, para crear la propia página de entrada al web y poder ofrecer los propios productos y venderlos a través de Internet.
—Ftp (file transfer protocol), para transferencia rápida de ficheros
—Telnet, para conexión del ordenador personal como terminal de un ordenador principal en el que se tiene una cuenta abierta. Es un proceso muy habitual en los medios de investigación y docencia, menos en los comerciales.
—otros servicios, que no hace falta detallar, incluyen protocolos como Gopher y Wais, servidores de nombres u otras conexiones.
Montar una de estas empresas es muy sencillo y barato: el funcionamiento es bueno si los modems utilizados son de velocidad alta, sobre todo de 28.800 baudios, y si hay un número amplio de bocas de conexión. De lo contrario se producen cuellos de botella, sobre todo a las horas más concurridas.
Sin embargo, el problema se plantea de modo más acuciante en la conexión ulterior. Todos los ISP españoles se conectan a Internet a través de sus enlaces internacionales, lo cual es caro y muy poco eficiente, por excesivamente lento.
En otros países, este problema se ha resuelto mediante la creación de cix (Commercial Internet eXchangers) o NIX (Neutral Internet eXchangers). Los proveedores de servicios (ISP) establecen unas normas de conexión y comparten los gastos de mantenimiento de la infraestructura.
En España el problema se centra en la necesidad de disponer de un «Punto Neutro de Interconexión Nacional», en lo cual todos parecen estar de acuerdo. No hay acuerdo, en cambio, en cómo debe constituirse éste. Telefónica es el único proveedor de circuitos, además de patrocinar un ISP, Infovía. Se hace necesario encontrar una solución que permita que el punto neutro lo sea y lo parezca, para acabar con los recelos de los otros proveedores, algunos de los cuales, como GOYA, SARENET o Servicom, tienen una amplia experiencia y buen número de suscriptores.
No tiene sentido que si un usuario de Madrid desea conectarse a otra máquina de Madrid a través de Internet tenga que hacerlo a través de Nueva York porque no hay un sistema nacional de conexión. Técnicamente existen diversas soluciones, que se resumen así:
—conexiones bilaterales entre distintos proveedores. Requiere n*(n-l)/2 enlaces, lo cual acaba siendo imposible, ante el número de proveedores y su crecimiento.
—establecimiento de un punto neutro, con dos variantes:
—un único router compartido: solución tipo cix, en desuso por la imposibilidad de acuerdos de todos los proveedores, reales y posibles.
—un punto neutro basado en un medio físico o red local, compartido, ubicado en un lugar donde cada proveedor pueda utilizar su propio router conectado a la red local neutra, por un lado, y a su línea de acceso, por otro. Cada proveedor gestiona su propio router y, a través del medio compartido, intercambia información de routing y tráfico con el resto de los proveedores según acuerdos bilaterales y multilaterales. Es el modelo más potente y flexible, seguido por la mayoría de los puntos neutros de interconexión: NAPS [2], MAE-EAST O GIX, MAE-WEST [3], LINX [5], cixp [6], hkix [7],
Que la segunda variante de la segunda solución es la que se impone resulta indiscutible. El problema es el de cómo garantizar a todos los proveedores la neutralidad de ese punto neutro y, de acuerdo con ello, resolver el problema de la entidad gestora. La solución compete a los técnicos en estas cuestiones, que nos hemos limitado a exponer.
La infopista
El interesado en consultar una de las más conocidas enciclopedias mundiales, en breve, no necesitará ningún espacio para almacenarla. Hoy necesitaría el pequeño lugar requerido por los trece gramos de un disco compacto y su caja de plástico, hace cinco años necesitaba casi un metro cúbico de espacio para ese fin. En los dos últimos casos, el usuario era propietario y se veía obligado, para la adquisición, a desembolsar una suma de cierta consideración.
Responsable de esa evolución imparable, cuyas consecuencias empiezan a preocupar (nunca es tarde) a políticos y economistas, es un sistema complejo y aparentemente anárquico de comunicaciones, la red de redes o Internet.
Originada en 1969 como proyecto del Pentágono, para favorecer el intercambio de información y de recursos informáticos entre instituciones militares y centros de investigación relacionados con la defensa, ARPANET (red de la Advanced Research Projects Agency) pasó pronto a servir a las comunicaciones entre universidades y centros de investigación, de donde se extendió a los individuos que trabajaban en estos lugares y, por último, a las empresas comerciales. Desde 1988, Internet, como se llama la red desarrollada desde ese embrión, dobla cada año su tamaño. Es muy posible que ya a mediados de 1995 fuera utilizada por más de veinte millones de usuarios.
La primera de las breves observaciones que caben en estas páginas es la de quién paga los gastos de la red. La respuesta más sencilla es que, salvos algunos intentos como los de Chile y Nueva Zelanda, entre otros, el usuario no paga directamente. Puede pagar si se conecta a través de alguna compañía de servicios informáticos (servicios on-line o isp). Para los grandes servicios on-line hay un mercado de mil trescientos millones de dólares anuales que dominan Prodigy, CompuServe y America Online.
Lo que paga el usuario, en ese caso, no es la conexión a Internet, sino el servicio de la compañía. La conexión, en último término, no la paga nadie. Las líneas telefónicas existen y las redes que forman Internet no pagan más que el leasing. El parasitismo es posible porque la información digital, comparada con la analógica, ocupa una pequeña parte del tráfico de la red. El acceso multimedial, sin embargo, puede cambiar todo esto de modo espectacular, porque el sonido y la imagen en vídeo requieren transmisiones digitales muchísimo más largas que el texto escrito. La ventaja es que la utilidad de una línea telefónica es directamente proporcional al número de usuarios, lo que incide en su abaratamiento, en la misma proporción.
En consecuencia, los países que disponen de un cableado mejor y más extenso se benefician más que otros de todas las posibilidades que la red abre. El crecimiento del número de ordenadores huéspedes en Internet, sin embargo, no es mayor en esos países, porque la diferencia absoluta es todavía muy grande. Así, los Estados Unidos, con 3.372.600 y un incremento del 100% en el 94-95 ocupa el primer lugar en lo primero, pero no en lo segundo. África, con solo 27.100 huéspedes, creció a un ritmo del 148% en el mismo período, Iberoamérica al 116% y Europa Oriental al 132%. Europa occidental, con 1.039.200 huéspedes y un crecimiento del 88% en ese período, ocupa claramente el segundo lugar, a gran distancia del primero y del tercero (Oceanía, 192.400, 69%), según datos de Internet Society publicados por The Economist (julio 1995). El mercado se encuentra muy lejos de la saturación.
Que las compañías son bien conscientes de ello se observa con facilidad en diversos rubros. Si los proveedores de Internet, según Forrester Research, facturaron en 1994, 123 millones de dólares, en el año 2000 se calcula que serán más de cuatro mil millones. No extraña por ello que Microsoft incorpore el acceso a Internet en Windows’ 95, que America Online haya pagado treinta millones de dólares por BookLink Technologies (una empresa de hojeadores o browsers) o que CompuServe haya satisfecho cien millones a cambio de Spy Inc., empresa que factura cerca del 10% de los hojeadores del mercado. Un hojeador es un programa que permite leer un texto electrónico, pero no escribir.
Otra noción que ha cambiado es la de ordenador o computadora huésped. Coincidente en principio con las grandes máquinas (mainframes), muchos de ellos son hoy pes, la mayoría con alguna variante de UNIX como sistema operativo. El abaratamiento de estas máquinas ha sido esencial para la evolución de Internet, asequible hoy al usuario medio. De estas ventajas se han beneficiado, claramente, las empresas comerciales que, según Network Wizzards, también recogida por el citado número de The Economist, han pasado de ser el segundo grupo en julio del 91, con un 26’9%, a ser el primero en enero del 95, con un 27’1% que es considerablemente más si se tiene en cuenta que el grupo de «otros» (35’3%) está constituido, básicamente, por empresas comerciales fuera de los Estados Unidos y solo es el primero aparentemente. Disminuye el porcentaje de educación, militar y de los gobiernos y se amplía el de otras organizaciones y otras redes que se interconectan.
El correo electrónico, la base inicial de la red, ha dejado de ser un elemento fundamental, como tal, aunque siga siendo el fundamento de muy distintos tipos de comunicación. Ciento seis naciones se conectan por correo electrónico y son más de un millón las máquinas que tienen acceso al correo electrónico como huéspedes, no como usuarios simplemente, ni tampoco interactivamente, según datos de Internet (habría que multiplicar esa cifra al menos por cinco, en ese caso). El número de ordenadores con acceso a comunicaciones por redes, para 1995, puede calcularse entre los cuarenta y los cincuenta millones en todo el mundo. Solo en España, en 1991, había doscientos dieciséis servicios de información electrónica en formato ASCII, hoy son ya muchos más.
Pregunta inmediata es la de quién controla la red. La respuesta es tan simple como la anterior: nadie. Nadie y todos, sería más exacto. El éxito del sistema se basa en que las transmisiones se hacen agrupando los datos codificados (ristras de 0,1) en paquetes, cada uno de los cuales lleva su identificación y puede caminar por distintas líneas hasta que se reúnen en el ordenador de destino y, por decirlo así, se «recomponen» gracias al protocolo estándar TCP/IP, como hemos dicho. El camino más rápido y eficaz de Madrid a Barcelona no tiene por qué ser Zaragoza, puede ser Ámsterdam, o Nueva York.
La cara positiva de la ausencia de un control centralizado es la libertad, omnímoda, la negativa es el peligro de verse limitada por legislaciones diversas, que pueden incidir en su funcionamiento. Ya se han alzado voces serias contra el uso de Internet para la comisión de crímenes o de delitos de diversa consideración, como la transmisión de la pornografía (hay un serio aviso en revistas tan típicas de ciertos grupos como Time o Selecciones del Reader’s Digest). Las leyes sobre la pornografía son muy diferentes en distintos países y van desde la permisividad total hasta el castigo penal. El tráfico pornográfico por la red ya no se limita a las imágenes enlatadas. Existen servicios en donde se transmiten electrónicamente imágenes en movimiento y sonidos de mujeres (suponemos que también de hombres) que realizan diversos actos a petición de sus clientes electrónicos. 450.620 imágenes pornográficas fueron descargadas 6.432.297 millones de veces a usuarios finales en tan solo seis meses, según un estudio de Carnegie Mellon University. En estos casos, evidentemente, Internet no es responsable, lo será la compañía suministradora de los datos pero es el medio que hace posible éstos. Es el mismo dilema de las líneas telefónicas usadas por malhechores, no se puede hacer responsable a las compañías del teléfono. Sin embargo, a través de Internet es mucho más difícil controlar a esos malhechores, sin contar con la posibilidad que éstos tienen de codificar los mensajes, que hoy llega a hacerlos indescifrables para quien no tenga la clave, por potentes que sean sus medios electrónicos.
Internet como fuente de ganancias o vía de negocio es otra de las cuestiones más suscitadas. En estos momentos, podemos diferenciar tres aspectos, el de los negocios que se mueven directamente a través de Internet, las compras en la red, que suponen una cifra relativamente pequeña, el de la repercusión de Internet en las ventas de ordenadores y equipo electrónico, que es notable, y el de la publicidad a través de la red, que es, de momento, la actividad fundamental de casi el 50% de los usuarios, es decir, de las compañías comerciales.
Si una empresa como PC Gifts and Flowers, de Bill Tobin, vendió en 1994 cuatro millones de dólares de flores a través del servicio Prodigy, no extraña que los doscientos cuarenta y cinco millones de 1994 en ventas electrónicas (Internet y Cable TV) puedan ser 4.800 millones en 1998, según estima Forrester Research. En 1990 había mil empresas en la red, que eran ya veinticuatro mil en el 94, con más de setenta mil direcciones comerciales y treinta millones de dólares invertidos en accesos y estructuras básicas. La consultora neoyorquina Júpiter Communications estima que la suma de trescientos mil clientes que realizan en la actualidad sus operaciones bancarias a través de un ordenador personal se elevará a 4’6 millones en 1997. Los inversores que hicieron sus negocios por la red son unos cuatrocientos mil. 35 millones de dólares pagaron el Bank of America y Nations Bank por la casa productora de Managing Your Money, Meca Software. Los usuarios pagan una pequeña suma por estos servicios.
Las inversiones de las grandes compañías telefónicas y de comunicación se dividen en dos grandes grupos, por un lado están las inversiones estructurales, como el backbone regional del Cono Sur que monta Telintar en la Argentina, para unir la red de la República Argentina con Brasil y Uruguay por un cable de fibra óptica, Unisut, y con Chile por el tendido terrestre de comunicaciones, ejemplos similares pueden buscarse por doquier; por otra parte están los desembolsos para hacerse con otras empresas implantadas en un sector de la red de tanto futuro como los servicios on-line, que son muy significativas: parecen modestos los cincuenta millones de AT&T para Ziff-Davis en el lanzamiento de InterChange frente a los más de dos mil millones de dólares de MCI para Delphi, de News Corp (Robert Murdoch), o los 2.500 millones de US West, por ejemplo, pero AT&T On- Line, una nueva compañía en puertas, podría acceder a una parte del mercado y ofrecer modems a 28.800 baudios a precios de mayorista.
En lo que concierne a la publicidad, hay que tener en cuenta las características de la nueva generación, o generación x. Se trata de jóvenes acostumbrados a reaccionar con rapidez ante la pantalla, a quienes no impresiona la imagen digital. Es también un sector con medios económicos, lo que hace que, ante la publicidad emitida por la red, un 10% se ponga en contacto con el publicista para requerir mayor información, frente a una respuesta habitual entre el 1 y el 2% por los medios tradicionales. La propuesta publicitaria electrónica, no obstante, tiene que adaptarse a ciertos usos, pues no gusta que la red se utilice con fines comerciales y es relativamente fácil inundar el ordenador de una compañía con miles de mensajes de protesta, que la paralizan. Por ello se ha desarrollado el advertainment, una mezcla de publicidad con juego, donde se realizan ofertas comerciales, pero los usuarios pueden interactuar y modificar a su gusto las imágenes de los productos ofertados.
España y los países hispanohablantes tienen poco que decir, al menos de momento, en este conjunto. En el gráfico de uso de Internet que recoge también The Economist es España el primero de estos países en el número de ordenadores huéspedes por tanto por mil de la población. Finlandia es líder, por delante de los EE.UU., Australia y Nueva Zelanda. Somos de momento el vigesimoprimer país, detrás de la República Checa, Japón y Suráfrica, que nos preceden en ese orden, con grandes posibilidades de seguir retrocediendo. No hay datos de ningún otro país ibérico.
Lingüísticamente, Internet es una red en inglés; pero no solo en inglés. Las posibilidades de la www amplían el uso lingüístico tanto como el cine sonoro amplió las del cine mudo. Un usuario de un servicio de películas, documentales, informativos, publicidad o compras a través de Internet puede elegir, sin ninguna dificultad técnica, la lengua en la que quiere ser servido o de la que quiere servirse. El mercado lingüístico se abre por tanto, en el doble sentido. Ciertas lenguas pequeñas pagarán por estar presentes, como ya es el caso del catalán en los actuales procesadores de texto, otras, las lenguas internacionales, serán lenguas de los consumidores y la pregunta es quiénes serán los productores en esa lengua, es decir, si los hispanoamericanos nos limitaremos a ser espectadores pasivos y consumidores en el nuevo mercado o si seremos capaces de desarrollar nuestra propia industria del idioma.
WWW
El desarrollo que hace todo esto posible es el paso a una red multimedia, lo cual se debe a una telaraña mundial, la triple w, World Wide Web o, simplemente, Web. Originariamente diseñado en 1989 por Tim Berners-Lee para compartir información científica, a partir del laboratorio europeo de física nuclear de Ginebra, European Laboratory for Particle Physics, CERN, desde 1994 se ha convertido (con un crecimiento del 50% mensual, doblando su tamaño cada cincuenta y tres días) en un fenómeno comparable a la expansión de los PCS, si no superior. Interfaces como Mosaic y Netscape hacen el uso de www tan simple como pulsar un botón del ratón sobre distintos iconos. Imagen, sonido y movimiento están a disposición del usuario. Las posibilidades son inmensas, porque la técnica de hipertexto permite ligar cualquier ordenador con otro y de nuevo con otro y recorrer todo el mundo obteniendo información, sin necesidad de almacenarla en el mismo sitio.
El concepto que subyace a www es el de hipertexto. Es un nuevo concepto de escritura vinculado a la flexibilidad de los nuevos medios, especialmente los ordenadores multimediales. Esta idea de multimedia implica unir alrededor de la computadora un conjunto de tecnologías diferentes. El ordenador es el que organiza, jerarquiza y redistribuye la información aportada por esos medios distintos.
Cuando leemos un libro, lo escribimos, escribimos una carta o un programa de ordenador, la información que presentamos o recuperamos es de carácter lineal. Es cierto que se ha desarrollado mucho el tipo de escritura que permite obviar esa linealidad, interrumpiendo un capítulo, volviendo atrás, empezando un libro o continuándolo por cualquier parte, logrando en cada ocasión una nueva línea argumental, en cierto modo, un nuevo texto. También es cierto que cuando leemos un libro de ciencia nos encontramos con varios tipos de referencias cruzadas: una nota a pie de página que puede remitirme a otra parte del libro, o a una nota a fin de capítulo o de libro, a una referencia bibliográfica, a una imagen, tabla o figura, así vamos, no solo de una información a otra, sino también de un tipo de información a otro, en donde siempre podemos parar el proceso y regresar al inicio. Todo ello, no obstante, es muy limitado comparado con la nueva dimensión hipertextual de la lectura.
Tampoco el hipertexto es una noción reciente. Vannevar Bush, en 1945, diseñó un sistema llamado Memex, en el que se planteaba la búsqueda de un procedimiento cibernético para complementar la memoria humana. Las características de los computadores de la época tampoco permitían mucho más. La preocupación básica, la de complementar la memoria del hombre, está en la raíz de un invento tan fundamental como es la escritura. Lo característico del hipertexto, sin embargo, es que permite una construcción totalmente personal y diferenciada de cada acceso a la información. El usuario que entra en hipertexto puede desplazarse por la información que el ordenador contiene, por medio de botones que indican dónde empiezan nuevos caminos, a base de posiciones en la pantalla, que amplían la información contenida en esa parte de la imagen o del monitor.
Además, la información no tiene por qué ser escrita, ni siquiera gráfica. Puedo estar leyendo un hipertexto sobre Beethoven, tocar con un dedo u oprimir el botón del ratón en una parte de la pantalla donde aparezca, por ejemplo, «Bonn», y ver inmediatamente una imagen de la ciudad renana o incluso un vídeo, con una explicación de la ciudad y su relación con el músico. Al llegar a la catedral puedo «pinchar» en el lugar en el que aparezca algún rasgo típicamente gótico y pasar a un texto o una imagen sobre el gótico, o sobre el gótico alemán, e ir de allí a la reforma protestante, o al barroco bávaro o, pinchando en otro lugar, escuchar la Novena Sinfonía, incluyendo la posibilidad de que una cadena de notas determinada nos permita oír a Mozart y leer cómo cierto problema técnico ha sido tratado de manera similar por ambos músicos. Seguir desde allí el hilo para llegar al Romanticismo y pasar al problema de los nacionalismos y del estudio de los pueblos salvajes o de ahí a la ecología del siglo XX son saltos fáciles. Todo lo anterior es simplemente una caricatura de las posibilidades hipertextuales, un universo autocontenido.
La aportación de www a este mecanismo hipertextual abre las puertas de ese universo, en el sentido más amplio. Hasta hace muy poco estábamos limitados por la capacidad de nuestras máquinas para contener la información. Ahora no, ahora podemos unir un ordenador a otro por lazos hipertextuales o hiperenlaces, de manera que cuando quiero saber el horario del BART, el ferrocarril suburbano de la bahía de San Francisco, y estoy en Buenos Aires, no tengo que tener esa información permanentemente almacenada en mi computadora. Me basta con una conexión, un hiperenlace, con la dirección electrónica de San Francisco en donde radica la información sobre el BART. Si luego quiero saber el tiempo que hace en Bangkok, paso por otro hiperenlace a un ordenador tailandés que me informe y luego salto al catálogo de la Biblioteca Nacional de España o de la Biblioteca del Congreso de la Nación, regresando así a Buenos Aires.
Necesitamos para ello, además del acceso a www, mediante las oportunas conexiones cliente-servidor, una relación de direcciones electrónicas, llamadas URL o Universal Resource Locator, localizadores universales de recursos que funcionan, por decirlo así, como índices que apuntaran a una dirección que funciona de modo similar a los números de teléfono en el ya viejo sistema telefónico, los llamados IP# o números de protocolo de Internet. El sistema permite almacenar esas direcciones y añadir fácilmente las nuevas a las que vamos accediendo, con lo cual cada uno construye su red o telaraña propia.
Por ejemplo, si quiero extraer la información y los textos del corpus de referencia de la lengua española contemporánea, que está físicamente en una computadora del Laboratorio de Lingüística Informática en Madrid, puedo entrar directamente al servidor de web con la instrucción:
http://www.lllf.uam.es
o bien hacer ftp como usuario anónimo a lola.lllf.uam.es, o usar su número IP, 150.244.82. Si uso www, me basta con señalar que deseo un acceso por ftp a una máquina llamada «lola» situada en un laboratorio de lingüística, lenguas modernas, lógica y filosofía de la ciencia (que es lo que significa lllf), en la Universidad Autónoma de Madrid, España. También puedo señalar que quiero entrar en el subdirectorio /pub/corpus, e incluso apuntar al nombre concreto del fichero que me interesa, todo ello con una simple instrucción cuando abro www, algo como:
ftp://lola.lllf.uam.es/pub/corpus/
www incluye, además, el acceso a otros servicios de la red, como la transferencia de ficheros (ftp, file transfer protocol, que acabamos de ejemplificar) o el sistema de menús informativos, Gopher, además de la posibilidad propia de dejarnos copiar los ficheros o enviárnoslos por correo electrónico en otros casos. Su carácter total es la razón de su éxito, indudablemente.
Esta globalidad se apoya asimismo en un lenguaje estándar, HTML (hypertext markup language) y en un protocolo, HTTP (hypertext transfer protocol). Se trata de un lenguaje de etiquetas o marbetes (tags en inglés), es decir, un lenguaje en el que se escriben todos los códigos especiales en caracteres de la tabla ASCH o código estándar, disponible en la mayor parte de las computadoras. Así, por ejemplo, si queremos indicar que lo que sigue es un título de un libro, escribiremos <title>España en su historia</title>. Si iniciamos un párrafo escribiremos <p>, etc. La interpretación de esa condición de título, por ejemplo tipográficamente, como un cierto tipo de letra, de tal tamaño y con tales rasgos (cursiva, negrita, subrayado, entre otros) se hace mediante una descripción del tipo de documento, una DTD, en la cual definimos todas las características de ese tipo de textos, las etiquetas que vamos a usar para marcarlas y las características de éstas, en relación con todos esos rasgos, HTML se apoya en otro estándar, SGML (Standard Generalised Markup Language). La preocupación por el estándar, como se puede apreciar, es inherente a estos desarrollos. Muchos de estos sistemas son públicos y bastantes de ellos son, además, gratuitos, lo que explica su enorme popularidad en las universidades y centros de investigación, que no suelen caracterizarse, con las envidiables excepciones, por nadar en la abundancia.
La penetración de www en todo el mundo ha sido inmediata y puede caracterizarse de explosión. A un crecimiento de un 443’9% en 1993 siguió uno de 1.713 en el 94. Los servidores se han multiplicado y no hay día en el que no aparezcan varios de ellos. Las cifras son de tal magnitud que no falta quien desconfía de ellas: una cosa es el número de usuarios posibles y otra el de usuarios reales. Pero que hoy no seamos tantos los que nos conectamos a la red no significa que mañana no seamos arrasados por los actuales estudiantes de Secundaria entre los cuales el atractivo de Internet es asombroso. El mundo hispanohablante, por fortuna, no ha sido ajeno a este fenómeno, que ha permitido también que surgieran empresas de transmisión informativa, diarios en www, un proceso que inició en español El Periódico de Catalunya (cuya URL es http://www.elperiodico.es) y al que han seguido la mayoría de los grandes periódicos de España e Hispanoamérica, embajadas, como la de España en Ottawa (http://www.civeng.carleton.ca/SiSpain), con un servicio informativo en www (SiSpain) en colaboración con la universidad de Carleton, primero en su género en el mundo.
Los precios no son baratos. Sony Corporation creó Sony On-Line (http://www.sony.com) por medio millón de dólares, que es un precio estándar. Claro que, en otros casos, no es preciso tener un lugar exclusivo y se puede compartir. El precio entonces, para un uso mediano, se va a una cifra entre sesenta y ciento veinte mil dólares, que se reducen a cinco mil si solo se quiere un espacio compartido en otro web. Gartner Group calcula veinticinco mil dólares por servidor para archivar información, otro tanto para el software y la mitad más de eso por el software de seguridad.
Los sistemas anteriores de acceso a la información no reunían el atractivo que el Web tiene para el público en general, ni tenían tampoco esa facilidad de manejo. Claro que, en Informática, las cosas ocurren siempre muy deprisa y siempre podemos esperar más del
mañana.
Después de WWW: una realidad no tan virtual
La imagen y el sonido dan paso a las tres dimensiones, VRML es un lenguaje de modelado de la realidad virtual: Virtual Reality Modeling Language. Moverse a través de las imágenes captadas en la pantalla será posible gracias a los nuevos hojeadores tridimensionales, nuevos productos, unidos a los lenguajes de programación para ellos, o a los nuevos sistemas gráficos para teleconferencias tridimensionales.
Booz Allen & Hamilton ha previsto que un 20% de los gastos familiares, dentro de diez años, se hará electrónicamente. El dinero electrónico es una realidad relativa con los actuales sistemas de tarjetas de crédito, pero será algo muy diferente cuando estas tarjetas funcionen como pequeños cajeros automáticos de dinero electrónico que nos permitirán gastar la cantidad que vayamos acumulando en ellas, directamente, como si fuera dinero contante y sonante. La lista de compañías que están desarrollando sus proyectos de dinero electrónico es bastante grande, incluye a las tradicionales, como Visa, a las grandes corporaciones bancarias, como Citicorp, y también a otras empresas en principio alejadas de esta actividad, como Xerox. El Estado no es el dueño del dinero, es la filosofía que subyace a estos intentos, que harán de los bancos algo radicalmente distinto en muy poco tiempo.
El Estado se defiende, como ha hecho el gobierno norteamericano ante el intento de compra de Intuit por Microsoft, que hubiera dado a esta compañía (a cambio de dos mil millones de dólares) setenta millones de usuarios de Windows conectados a un único software financiero. Desde las consultas de inversiones hasta la compra diaria hubieran pasado por este grupo de la multinacional informática, algo que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos no dejó que ocurriera.
Michael Maclay: en el momento crítico de la campaña para el referéndum sobre Maastricht en Francia, pregunté a un amigo del Quai d’Orsay como votaría el personal del Ministerio.
La respuesta fue interesante y anticipadora: «se dividirán en dos gru pos iguales; los profesionales, por miedo a Alemania, votarán sí. Las secretarias, oficinistas y limpiadoras, por miedo a Alemania, votarán no».
La complejidad de las relaciones franco-alemanas es el eje principal de la propuesta de una moneda única, y el mérito del tan criticado libro de Bernard Connolly es que se atreve a plantear algunas cuestiones delicadas y esenciales sobre ese tema. La pena es que las formula en un permanente tono de hostilidad, rayana en la histeria. El análisis habría sido más mordaz si hubiese evitado los insultos gratuitos, pero el efecto agotador de las interminables metáforas sobre el m Reich y el régimen de Vichy hará que los lectores franceses y alemanes no sean los únicos en no aguantar hasta el final. Es una pena, ya que hay una serie de datos interesantes en el libro y -lo que es más útil- cuando se refiere a la UME como un proyecto grandioso de la élite francesa para mantener su liderato en Europa, desmiente la vieja afirmación de Nicholas Ridley de que la UME es una trampa del Bundesbank para dominar Europa.
Connolly ha optado para su libro por el estilo de la polémica antes que por el del razonamiento. Eso no solo pone en duda sus perspectivas profesionales, bastante inciertas de por sí, sino también sus juicios
en una cuestión que necesita con urgencia una crítica bien documentada. No cabe duda de que Connolly encontrará patrocinadores entu siastas y seguirá siendo un enfant terrible en los círculos de conferen ciantes. Se presentará como un mártir de la ortodoxia, políticamente correcta, de Bruselas, con independencia de lo abultado de su sueldo. Sin embargo, uno no puede dejar de pensar que su llamamiento contra los discursos ambiguos habría sido más convincente tras una honrosa dimisión que tras un período de excedencia para escribir un tratado que pisotea claramente las normas internas de cualquier burocracia, nacional o internacional.
No obstante, el lector tiene mucho con que disfrutar. En cuanto a detalles concretos, establece muy bien la diferencia entre el Gobernador actual del Bundesbank, Hans Tietmeyer, y su predecesor, el más austero Helmut Schlesinger; felino y político aquél, más directo y de fensor monetarista de los intereses nacionales alemanes éste. Al mismo tiempo, critica correctamente la tendencia de los políticos alemanes a invocar los intereses europeos como máscara para encubrir lo que con frecuencia son sus objetivos nacionales. Muchas de sus críticas a la arrogancia de la élite énarque en Francia y, en menor medida, a las clases defensoras del mecanismo de tipos de cambio en Gran Bretaña, parecen razonables. Identifica los dos problemas fundamen tales de la UME, que sus defensores todavía no han podido resolver adecuadamente: ¿cómo respondería la Unión ante «conmociones» externas, o incluso internas, que tuviesen un efecto diferente en las economías de los distintos Estados miembros? y ¿qué estructura de cooperación política estaría lo suficientemente legitimada para soportar las implicaciones constitucionales de la unión monetaria? Aún así…
Torres de marfil o torres de amianto
Para empezar, lo que más se echa en falta en el libro es una explicación de por qué habrían querido los europeos crear un mercado común, un mercado único o una moneda única. Para derrumbar un es pantapájaros, hay que empezar por reunir unas cuantas hebras de paja y ponerles un sombrero. La determinación de los franceses de defender las paridades fuertes podría presentarse como heroica más que como suicida, pero se trata de un ataque incesante y completamente desequilibrado a todo político y banco central comprometido en un proceso descrito en varias ocasiones -y entre otras cosas- como cínico, egoísta, equivocado, destructivo e inmoral. Incluso capítulos demasiado extensos, como los dedicados a España, Portugal y Dinamarca, no son más que variaciones sobre el mismo tema. Parece como si Connolly se hubiese sorprendido ingenuamente al descubrir que la política monetaria internacional, como el comercio y la política internacional, o incluso la política local, es una lucha incesante por el poder, la influencia y las ventajas comparativas. ¿En qué torre de marfil ha vivido durante todo este tiempo? Sabemos la respuesta, pero tras las torres de amianto de Berlaymont se está debatiendo una cuestión mucho más importante, en la que la Comisión no tendrá el voto de calidad.
La joya del último capítulo de Connolly es un artículo de Hans Engelen, del Handelsblatt, publicado en el periódico The European hace tres años y encargado por este reseñante, en el que aparecían duras críticas contra la élite francesa y su manipulación de la unión monetaria para fines de interés nacional. A medida que nos acercamos al momento de la verdad sobre la UME, el tema de la moneda única se va a examinar en Alemania y Francia con mayor sinceridad respecto a los intereses nacionales de lo que se ha hecho desde que, por primera vez, se discutió la cuestión de la unión monetaria -hace ya treinta años-. Con independencia de lo que opine la élite, las perspectivas son, hoy por hoy, inciertas. Entre el fuego y el frenesí de los políticos de la democracia se conseguirá el equilibrio; la crítica de Bernard Connolly, en ocasiones ingenua, y en otras perspicaz y propagandista, será el menor de los problemas en los tiempos que se avecinan.
Paul Belien: La idea clave del libro de Connolly es que el Sistema Monetario Europeo no es un foro de cooperación cordial entre los estados miembros de la Unión Europea, sino un campo de batalla. Cita a Wilhelm Nolling, presidente del Hamburg La.ndeszentralbank y miembro del Consejo del Bundesbank, quien afirmó en marzo de 1991: «no deberíamos hacernos ninguna ilusión; la actual controversia en torno al nuevo orden monetario en Europa es sobre poder, influencia y consecución de los intereses nacionales.» Connolly es un economista inglés que durante seis años, hasta que fue cesado de su cargo recientemente, ha sido el jefe del departamento de la Comisión Europea responsable de controlar y vigilar el Mecanismo de Cambios Europeo (MCE) y, en consecuencia, es un testigo privilegiado de los acon tecimientos ocurridos.
La Unión Europea vive y prospera partiendo del supuesto de que sus políticas son esfuerzos pacíficos en beneficio de todos sus miembros. Toda indicación contraria a esta suposición es automáticamente suprimida por la Comisión, como muestra su reacción ante este libro. La observación final de Connolly es que «la finalidad del esfuerzo propagandístico de la Comisión ha sido engañar a la gente (…). La apisonadora propagandística intenta aplastar el análisis, ya que éste solo puede implicar disentimiento, y el disentimiento no puede tolerarse».
Connolly no es el único en utilizar el término «propaganda» para describir las tácticas de la Comisión. Otro testigo de excepción, Marce! van Meerhaeghe, un antiguo consejero especial de la Comisión Europea, escribe en su último artículo, titulado «La política de información de la Unión Europea» ( Centre for the New Europe, abril de 1995), que, a pesar de que oficialmente el propósito de la Comisión es facilitar «información completa y objetiva» al público, en realidad «selecciona y dirige el flujo de información [sobre la Unión Europea] en función de sus propios intereses (…). Desgraciadamente, la información que proporciona la Unión Europea no es, en muchas ocasiones, más que propaganda».
Poder sin control
Aún en caso de discrepancia con la tesis de Connolly, es de lamentar que la transparencia en el proceso de toma de decisiones no sea una característica de la Comisión. El cese de Bernard Connolly tras la publicación de su libro respalda su teoría de que en Europa no hay control democrático en el ejercicio de la autoridad.
Connolly se convirtió en funcionario de la Comisión en 1978. En agosto de 1993 vió como el MCE, que es el centro del Sistema Monetario Europeo (SME), se colapsaba. Aun así, tanto la Comisión como los dirigentes políticos europeos siguen aspirando a transformar el SME en una Unión Monetaria Europea (UME) total antes de final de siglo.
Según Connolly, el SME es el resultado de un juego de poder político entre los franceses y los alemanes. Los franceses luchan por rom-
per la hegemonía económica y política de los alemanes sobre Europa tentándoles con la unión política. Los alemanes intentan conseguir una parte del poder político ofreciéndo a los franceses voz y voto en la política económica y monetaria. De hecho, ambas partes engañan a la otra. Bernard Connolly es pesimista respecto al resultado, cualquiera que éste acabe siendo. «El cinismo de los tecnócratas franceses, traidores de su propia gente, y el celo amenazador, despótico y arrogante de los federalistas alemanes, por no mencionar las grandiosas ambiciones de Helmut Kohl [siguen] una trayectoria de colisión».
Lo que une a Francia y Alemania es su desconfianza hacia la filosofía política y económica anglosajona. Según Connolly, el canciller alemán Helmut Kohl y el presidente de la Comisión Jacques Delors «eran igualmente recelosos ante el liberalismo anglosajón. [Ambos] abogaban por el denominado «capitalismo renano», el capitalismo de los grandes batallones, los complejos financiero-industriales, los gru pos bancarios, las grandes asociaciones comerciales, los sindicatos».
¿Qué impulsaba a Delors? Según Connolly, la convicción de que «el socialismo en un país puede ser imposible, el corporativismo en un continente puede funcionar».
Connolly hace una fascinante descripción de la clase política francesa, dominada por los énarques, antiguos estudiantes de la École Nationale d’Administration (ENA) de París. Prácticamente, la totalidad de la élite política y económica de Francia procede de la ENA. Como dice Connolly, «al igual que Hitler y que Stalin, el énarque cree que el poder siempre prevalecerá sobre la economía».
Un país complicado
No obstante, cuando analiza la economía alemana, Connolly es a menudo demasiado desconfiado. Como muchos otros euroescépticos británicos, parece compartir la sospecha de que los alemanes persiguen la dominación política de Europa y de que, al carecer de los medios necesarios para lograrlo por sí solos, cortejan a Francia y la utilizan como un aliado. Según esta teoría, los franceses que colaboran con los alemanes son herederos del régimen de Vichy y Alemania sigue siendo una nación expansionista, básicamente igual a como era antes de 1945. No obstante, Alemania es un país complicado; su eco-nomía, el denominado «capitalismo renano», es muy corporativista, aunque en la actualidad la tendencia hacia el liberalismo y el libre mercado, propio de la tradición anglosajona, es mayor de lo que los conservadores británicos parecen apreciar.
Los analistas británicos a menudo olvidan que puede existir otra razón para que Alemania corteje a Francia, una razón totalmente contraria a la sospechada, y que consiste en que los alemanes, que siguen sintiéndose culpables por la guerra, cortejan a Francia porque, aunque tienen los medios para dominar Europa, tienen miedo de inquietar a sus vecinos. Lo que Alemania necesita son vínculos más estrechos con el mundo anglosajón, un mundo en el que la filosofía política subordina la política a la economía. Sería un error de los británicos considerar a Alemania la nación peligrosa de Europa, ya que provocarían que los alemanes se acercasen más a los énarques franceses, en un in tento de demostrar al mundo que ya no son peligrosos. Una alianza continental franco-alemana es una receta para el desastre. El espíritu énarque refuerza las tendencias corporati vistas alemanas y las hace más asequibles para el esquema francés de crear una Europa fortificada.
Gran Bretaña debería seguir comprometida con Europa para convertirse en el socio privilegiado de Alemania y reforzar las crecientes tendencias anglosajonas en este país. No obstante, esto no implica una unión monetaria entre Alemania y Gran Bretaña. Es típico de los énarques franceses pensar que la unión monetaria puede imponerse desde arriba; dejando a parte a Helmut Kohl (quien, desgraciadamente, es uno de esos alemanes que no habla inglés), no hay apenas alemanes que crean que pueda lograrse. Lo cierto es que los alemanes están tan poco dispuestos a renunciar al Marco como los británicos a renunciar a la Libra.*
* Publicado en European Analyst, nº 43, noviembre de 1995. Reproducido por cortesía del editor y de los autores.
Las interacciones que rigen la vida de las células y tejidos animales estan mediadas por moléculas presentes en la superficie de las células, que actuan como señalizadores y/o receptores de señales extracelulares. La identificación y transmisión de dichas señales posibilita la vida de células y tejidos. Cuando se produce la alteración patológica se dan una serie de disfunciones en estos procesos de identificación y transmisión de señales intercelulares, que inevitablemente conducen al comportamiento anormal (o patológico) de dichas células y tejidos.
Los procedimientos terapéuticos persiguen curar al organismo, curando o destruyendo precisamente aquellas células que se encuentran alteradas patológicamente. En el proceso terapéutico se destruyen tambien, y de forma inevitable, células sanas. El grado de agresividad del procedimiento terapéutico está precisamente relacionado con el grado de destrucción de células y tejidos sanos. Frecuentemente, los tratamientos terapéuticos muy agresivos provocan tal daño que no son aplicables por el escaso beneficio global que proporcionan.
Un sueño de la medicina moderna consiste en desarrollar terapias específicas que permitan reducir lo más posible los daños ocasionados de manera inespecífica. Por ejemplo en el caso de una infección bacteriana, se trata de neutralizar y eliminar del organismo las bacterias patógenas mediante el uso de antibióticos. Para ello, los antibióticos que se utilizan deben actuar de manera específica sobre las bac-terias y no ocasionar daño al paciente. Lo ideal sería poseer un medi camento específico para cada tipo de célula dañada por el proceso patológico.
Avance en la inmunología
El desarrollo de la Inmunología, y en particular el advenimiento de la era de los anticuerpos monoclonales, ha permitido disponer de anticuerpos que reconocen selectivamente moléculas relativamente específicas de la superficie de las células cancerosas: los propios anticuerpos monoclonales pueden ser citotóxicos y estimular la fijación del complemento para promover la lisis celular. Los anticuerpos monoclonales constituyen, pues, la espina dorsal de la moderna inmunoterapia.
Imaginemos que tenemos un procedimiento (por ejemplo un anticuerpo monoclonal) para enviar selectivamente un medicamento o una toxina, a una célula afectada o dañada por el proceso patológico. Al tratar con dicho procedimiento a esa única célula dañada, y no a las demás, conseguiríamos una especificidad extraordinaria para el medicamento en cuestión. Este concepto, en alemán «Zauberkügel» o «proyectil mágico» fue desarrollado por el insigne médico alemán Paul Ehrlich, y es la base de numerosos procedimientos terapéuticos, entre ellos, los más recientes de la inmunotoxiterapia o terapia con inmunotoxinas.
El «proyectil mágico» debe «dispararse» y «ser conducido» correctamente, y tiene que ser muy efectivo. En la terapia experimental del cáncer, que nos ocupa, se trata de eliminar todas las células cancerosas sin afectar, o afectando lo menos posible, a las células sanas. Para ello, es necesario un elemento conductor y un elemento lo suficientemente tóxico como para provocar la muerte rápida de las células blanco, estando ambos elementos unidos hasta que se alcanza el destino final, que no es otro que la célula sobre la que quiere hacerse blanco.
El elemento conductor es un anticuerpo monoclonal. El elemento tóxico suele ser una toxina de origen vegetal, bacteriano o fúngico. El medicamento obtenido mediante la conjugación de los dos elementos conductor y tóxico, se denomina «inmunotoxina» y constituye el»proyectil mágico» o liluberkügel de Ehrlich. Para que dicho proyectil acierte solo en la célula que es su blanco, y no en otras, el conductor debe reconocer solo a dicha célula. Si se utilizan como conductores los anticuerpos monoclonales, que reconocen porciones (o epitopos) de los marcadores específicos de las células cancerosas, las inmunotoxinas resultantes son tremendamente selectivas para las células-blanco y, por tanto, pueden ser una herramienta importante en su erradicación. Esta terapia es la que se denomina «inmunotoxiterapia».
En principio, cualquier patología que curse con la aparición de marcadores específicos fácilmente alcanzables, por ejemplo los que estan situados en la cara externa de la membrana plasmática, es susceptible de ser tratada con inmunotoxinas. Se han realizado estudios con inmunotoxinas para la patología cancerosa, la patología autoinmune (por ejemplo, la miastenia gravis ) y para eliminar selectivamente células infectadas con el virus VIH-1, el agente etiológico del SIDA.
Las inmunotoxinas
Las inmunotoxinas, como proteínas, son inmunogénicas y provocan una respuesta de anticuerpos neutralizantes, tanto frente a la toxina como al anticuerpo monoclonal, que frecuentemente es de ratón, que llega a anular su efectividad. La solución a esta importante limitación estriba en la disposición de una batería importante de inmunotoxinas no relacionadas inmunológicamente, que puedan ser, por lo tanto, administradas a medida que van siendo neutralizadas por la reacción inmunológica. La utilización de anticuerpos humanos o humanizados mediante técnicas de biología molecular reduce el problema de la inmunización frente a las inmunotoxinas a la parte de toxina únicamente.
Las toxinas utilizadas en la construcción de inmunotoxinas son por lo general inhibidores de la biosíntesis de proteínas. Esto se basa en que la biosíntesis de proteínas es un proceso intracelular, y por lo tanto es un blanco excelente, si se alcanza la célula de manera específica, reconociendo de manera tambien específica algunas moléculas propias de la membrana celular (por ejemplo, con un anticuerpo monoclonal) y se logra la transferencia de la toxina al interior celular. Por contra, toxinas cuyo modo de acción sea a nivel extracelular o sobre la membrana celular presentarán una toxicidad inespecífica tan alta, que probablemente serán de escasa utilidad en la construcción de inmunotoxinas específicas.
La inhibición sobre la biosíntesis de proteínas se logra con toxinas que actuan a nivel ribosómico como las proteínas inactivadoras de ribosomas. El reconocimiento específico de la célula-blanco y la entrada al interior celular de la correspondiente toxina provoca la inhibición de la biosíntesis de proteínas y la muerte celular, prácticamente de inmediato, sobre todo en el caso de células cancerosas, las cuales crecen a una tasa superior a la de las células de su entorno, entre otras causas, probablemente, por, haber perdido la inhibición por contacto.
Los ensayos clínicos en fases 1 (determinación de la toxicidad y tolerancia del medicamento) y n (determinación de la eficacia terapéutica del medicamento) realizados en EE.UU., Italia e Inglaterra fundamentalmente y en menor medida en países como Noruega, Holanda y Alemania, han permitido establecer las bases de la inmunotoxiterapia del cáncer y han abierto, probablemente de manera definitiva, una ventana importante para la solución de gran número de cánceres resistentes a la quimioterapia convencional y contra los que la cirugía no tiene nada que hacer. Existen todavía importantes problemas pendientes de solución, como son los relacionados con la consecución de una mayor especificidad y una menor toxicidad inespecífica. Ambos problemas se están resolviendo poco a poco con anticuerpos monoclonales cada vez más específicos y con toxinas que solo ejercen su efecto inhibidor dentro de la célula, con lo que presentan poca toxicidad inespecífica.
Sería un sueño que en España se iniciase una campaña de terapia experimental con estos «proyectiles mágicos» contra distintos tipos de cáncer, aprovechando el camino ya recorrido por estos países pioneros en inmunotoxiterapia. No deberíamos quedar al márgen de esta carrera, que muy probablemente marcará de una manera importante la medicina molecular del próximo siglo.