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Mijail Bajtín, una voz por encima del coro

En los últimos veinticinco años la teoría literaria ha conocido una notable convulsión: su detonante ha sido la publicación en Occidente de las obras de un pensador ruso, Mijáilovich Bajtín (1895-1975), quien forma parte ya del más selecto santoral de la crítica literaria contemporánea, junto a Roman Jakobson, Northrop Frye, Erich Auerbach, Walter Benjamin o Paul Ricoeur. Aunque la filosofía y la estética filosófica en buena medida aún le ignoran, Bajtín ha ido alcanzando en los últimos años el reconocimiento de pensador excepcional, cuya voz, con tonos a la vez extraños y reconocibles al oído, se eleva por encima de los registros más ordinarios del coro común, aunque sin dejar de oír a éste y sin despreciarlo.

Con todo, el retraso y el carácter polémico con los que se está reconociendo en Occidente la relevancia de su pensamiento no se explican únicamente porque se trate de un ruso, de un ruso de vida azarosa, de un ruso de vida azarosa desconocido casi hasta el final de su vida en su propio país, de un ruso de vida azarosa desconocido casi hasta el final de su vida en su propio país y cuyos textos han sido tardíamente traducidos. Tienen que ver con la excepcionalidad y la originalidad de sus planteamientos, que para muchos de los usos intelectuales vigentes en Occidente resultan tan sorprendentes como lo sería la aparición de un cosmonauta en un poblado masai. Esto es visible en cualquiera de los conceptos que articulan el universo de la comprensión bajtiniana del «mundo» de la literatura, o sea, del mundo. Ideas como las de la naturaleza carnavalesca del existir humano, la de la «palabra intrínsecamente convincente» o la de «no tener coartadas frente a la existencia»; nociones como las de «carnaval», «lo grotesco», «dialogía», «heteroglosia», «polifonía», «cronotopo» o «extraposición» ponen de manifiesto su fina conciencia de las tremendas ambivalencias regeneradoras de lo real. Dan a sus tesis un aire de «prefuturo», que las diferencian incluso de las de los pensadores occidentales más ricos y conscientes. Se puede tener la sensación, al leer a Bajtín, de que existen «postmodernidades» ingenuamente «premodernas».

Dos aspectos, en particular, muestran bien la excepcionalidad del pensamiento de Bajtín: el primero consiste en que convierte el relativismo occidental y el dogmatismo totalitario en ridículos discursos fúnebres ante ataúdes vacíos. Y a sus intérpretes se les hace difícil comprender cómo consigue conjugar esa doble vertiente polémica.

Esa extrañeza no es tan extraña: nuestra época ha estado como condenada al dualismo de dos ideologías irreconciliables y mortalmente enfrentadas. Y ese enfrentamiento no ha sido meramente retórico: durante algún tiempo dividió al mundo -geográficamente ya no, intelectualmente es otro cantar— en dos bloques en permanente guerra fría («fría» porque apenas si han entrado en el «calor» de la conversación en la que están insertas).

Bajtín pudo comprender bien ese dualismo irreconciliable durante su condena por activismo religioso a seis años de trabajos forzados en las islas Solovietsky, en el Ártico, durante la primera gran purga staliniana. Su persecución fue indudablemente injusta, pero desde el punto de vista de los verdugos era de una lógica implacable: el condenado criticaba no menos implacablemente el autoritarismo y el dogmatismo de la ideología totalitaria, y los instalados en esas posturas no podían entender que la crítica a su (¿pequeño?) universo definitivo y clausurado pudiera venir de otro lugar más que de los dominios del relativismo individualista: así que lo suyo era alta traición en el Paraíso, a sueldo del Occidente pequeñoburgués.

A la inversa sucede lo mismo: tanto los occidentales que leen con entusiasmo a Bajtín desde posturas heredadas de la Ilustración, que insisten demasiado unilateralmente en su «desocialización» por parte postmoderna, como los que ejercen sobre él una «domesticación» (Ken Hirschkop) superficialmente postmoderna (hay, o ha habido, una «moda Bajtín»), se resisten a creer que la profunda crítica al autoritarismo dogmático encerrada en la estética bajtiniana de la risa, del carnaval, y en su «imagen novelesca del mundo» no establezca vínculos tan sólidos como ellos quisieran con el fundamentalismo relativista en que parece consistir la triste propiedad intelectual de algunos ámbitos de Occidente.

Probablemente ninguna de esas dos vindicaciones tienen razón. Comparten, en su intento supersticioso de hacerse con la propiedad de Bajtín convirtiéndolo en «un precedente» para las propias tesis, el que ninguna de ellas se haya ocupado de rastrear las fuentes más desconocidas de Bajtín (el cristianismo primitivo, la Gnosis, la tradición estética y filosófica greco-bizantina, las experiencias históricas rusas de las que carecemos los europeos).

El Occidente lleva algún tiempo instalado en la comodidad del pensamiento por oposiciones recíprocas y alternativas absolutas y mutuamente excluyentes. Eso es común tanto a la tradición germánica del Philosophus Teutonicus («Debo crear un sistema o ser esclavizado por otro hombre»: William Blake, ]erusalem) como al mero gusto por asombrar, que es más francés. Bajón, de un modo festivo, ayuda a ver hasta que punto pensar con energía pasa por salir de esas cómodas contraposiciones, por acentuar la mezcla, las «cosas variopintas» (Hopkins) de lo real, por bañarse en «el arte imposible de la vida» (Chesterton).

El anhelo occidental de una superación de la dualista ideología orgánica de nuestro tiempo no es nuevo. (Tampoco lo es su fracaso). Aquél ha sido compartido por otros pensadores, por todos los que llamamos grandes, que no solo han intentado elevar a concepto su tiempo, sino elevar a concepto el modo en el que el tiempo —los tiempos— se elevan a concepto. Algunos, como Bajtín, con la conciencia clara de que ese proceso no es clausurable, de que el último capítulo de la historia del mundo no se puede escribir: «no existe -escribió memorablemente- ni la primera ni la última palabra, y no existen fronteras para un contexto dialógico (asciende a un pasado infinito y tiende a un futuro igualmente infinito). Incluso los sentidos pasados, es decir, generados en el diálogo de los siglos anteriores, nunca pueden ser estables (concluidos de una vez para siempre, terminados); siempre van a cambiar renovándose en el desarrollo del proceso posterior del diálogo… existen las masas enormes e ilimitadas de sentidos olvidados… en el proceso, se recordarán y revivirán en un contexto renovado y en un aspecto nuevo. No existe nada muerto de una manera absoluta: cada sentido tendrá su fiesta de resurrección».

Lo que propone Bajtín como vía para ir más allá del pensamiento de nuestro tiempo es el dialogismo. Tampoco ha sido el único en proponerlo. La presencia de la palabra y el lenguaje en la tradición de Occidente la han hecho irrenunciable la Escritura y el Verbum de la tradición judeocristiana, el Logos de la Grecia clásica, la oratoria romana, las tradiciones renacentista, romántica o hermenéutica, y llega desde ellas hasta Wittgenstein, Heidegger, Peirce, Gadamer, Habermas, Foucault o los estructuralistas (y también hasta los postestructuralistas, aunque no quieran convertirse en una parte de la tradición de la que ya forman parte).

Pero no todos han tenido la misma suerte en la tarea ni sus esfuerzos son valorables en la misma medida. Eso podría responder a razones históricas en las que Bajtín contaría con alguna ventaja sobre el modelo de pensamiento occidental hoy vigente, y ése es el segundo motivo de la excepcionalidad de su pensamiento, a saber: no es en absoluto ajeno a la radicalidad del dialogismo bajtiniano el origen primordialmente estético de su manera (hay que resistirse a llamarla «método») de pensar. Que sea estético en su origen -y no por «aplicación»— produce un contraste entre sus tesis y la común filosofía europea. Ese contraste tiene que ver con los posibles orígenes diversos de lo estético en Oriente y en Occidente: Bajtín quizá esté en unas coordenadas «geofilosóficas» que le sitúan en medio de esas dos tradiciones.

Mientras que Occidente ha hecho una filosofía que termina (y en algunos casos se cancela) en una estética, la continuidad entre lo sensible y lo espiritual propia de esa otra tradición en la que Bajtín también habría bebido —la tradición greco-bizantina, la lucha entre el primitivo cristianismo oriental (o sea, el primer cristianismo) y la Gnosis- daría lugar a una pluralidad inaugural de manifestaciones de lo real en escenarios no determinados previamente por la organización de la objetividad por parte de un Logos monológicamente entendido con el modelo de la ciencia experimental: eso quiere decir que lo estético formaría parte, ab origine, de esa sensibilidad, que puede describirse entonces como comprensión de muchos escenarios, cada uno con su propio Logos (la polifonía, el dialogismo bajtinianos). La estética no aparece en esa tradición como el estatuto problemático de la objetividad: aparece como algo tan real que es previo a ella, como el lugar en el que comparecen los sentidos de lo real. Y opondría, a la conciencia monológica del sujeto moderno y a su mundo objetivo y racionalizado (que según algunos desemboca en la actual clôture del sentido), la conciencia dialógica y la imagen del mundo como una novela polifónica: daría un toque «bizantino» a los rasgos gnósticos de la Ilustración europea; haría ver que el paradigma de la razón como un tribunal y de lo real como un teatro debe tener en cuenta las razones de numerosas voces y el estado carnavalesco de la vida humana.

Esa tradición quizá haya facilitado a Bajtín alumbrar una filosofía que no necesita un estatuto exento respecto de lo estético (lo estético es la mediación entre el logos y lo real: el tiempo, el espacio, la materia, la cultura, la subjetividades, el sentido; o sea, todo lo que es fraccionado en Occidente para conseguir objetividad) para explicar la realidad con aspiraciones de universalidad, es decir, sin necesitar ser o dogmático o relativista.

Mientras que la mayor parte de los pensadores de Occidente —incluso Heidegger— se han ocupado de los problemas estéticos y literarios en particular, de forma secundaria, como una aplicación de la filosofía más «fundamental», Bajtín hace surgir su pensamiento precisamente de la estética: del diálogo esencial entre el autor y su personaje, su héroe. Encuentra el dialogismo en la polifonía que caracteriza la poética de Dostoievsky (no aplica apriorismos filosóficos al genero novelesco, sino que encuentra principios filosóficos ¡en las novelas!). Captar ese diálogo no solo le permite criticar las concepciones vulgares, retóricas en el tosco sentido moderno de esa palabra, de la -en tantos casos parlanchina estética literaria europea, sino que le permite desarrollar toda una estética y una teoría de la responsabilidad, entendiendo ésta última éticamente: como la capacidad de respuesta en ese diálogo esencial. Por contra, Bajtín entiende que tanto las posiciones relativistas como las dogmáticas excluyen el auténtico diálogo: la primera lo hace imposible y la segunda lo declara innecesario.

Pero comprender ese diálogo no es tarea fácil: para alcanzar la comprensión es imprescindible un esfuerzo de lo que Bajtín llama «extraposición», el intento de situarse fuera de esa relación dialógica. Algunos han entendido esto como un pobre perspectivismo: la observación neutral que prescinde del carácter responsable del ser humano como ser en diálogo. Pero la perspectiva según Bajtín está cargada de responsabilidad, porque no hay coartadas para la existencia concreta, la única real, y, lejos de significar una limitación para apreciar las verdades, permite comprender a éstas como encuentros entre sujetos y culturas en el curso de una conversación con sentido.

Para concluir, cuenta el cineasta ruso Serguei Eisenstein que, cierta vez, en la India, un Lord recibió la noticia de que su servidor indio, que iba a su encuentro con el equipaje de su señor, había sido partido en dos por un tren, «que me envíen la parte en la que se encuentre mi reloj», cablegrafió el británico: los europeos solemos medir las ideas de otras latitudes menos familiares con el mezquino reloj de nuestro tiempo y nuestro espacio. El valor inmenso y desconocido del pensamiento de Bajtín, que se sitúa más allá de los límites acústicos de los cantos ideológicos más recitados y vigentes en nuestro espacio y nuestro tiempo, debe pagar quizá el precio del desconocimiento o la incomprensión. Comprender, tantas veces, suele significar reducir algo a lo que nos resulta conocido, familiar, rutinario. De ahí que el genio y el talento resulten tantas veces oscurecidos en su tiempo.

El texto que presentamos a continuación apareció en 1992 en traducción italiana, en la revista Athanor, 3/1992 (Longo Editori, Rávena), y en 1986 en la edición original rusa, en una antología titulada Literatumo-Kriticheskie stat’i, a cargo de S.G. Bochárov y V.V. Kozhínov (Khudozhestvennaia Literatura, Moscú). El lector advertirá operando en él algunos de los rasgos aquí aludidos del pensamiento de Bajtín.

La fe en la palabra

Uno de los rasgos más claros —y más preocupantes— de la poesía moderna tras lo que se dio en llamar la muerte oficial de Dios, que arrastra consigo la muerte del verbo, ha sido la paulatina pérdida de fe por parte de los poetas en el poder de su palabra. Después de Mallarmé (aunque no sea éste el único antecedente), el universo poético occidental se ha ido poblando de poetas de la impotencia verbal, de poetas de la desconfianza en el verbo que, como mucho, creen en los malabarismos lingüísticos y formales (conscientes o inconscientes), capaces de crear cierta sorpresa de sentido en las palabras. La muerte de la palabra no es sino un signo adyacente de la muerte de la fe en el hombre; de aquí que solo las corrientes de pensamiento y de acción que han mantenido esta fe hayan sido capaces de seguir creyendo en una poesía apta para significar el universo y la historia humana: en una poesía hecha para salvarse de la negación, del fragmento y del esbozo. Pierre Jean Jouve (1887-1965), Patrice de la Tour du Pin (1911-1975), Pierre Emmanuel (1916-1984) y Jean Claude Renard (1922)* pertenecen, entre otros, a esta línea de poetas para los cuales la poesía es en sí misma «una historia sagrada».

I
VIGILIA
Patrice de la Tour du Pin

A quien sondea el cielo del alma, y localiza
astros desconocidos, cuya estela de fuego
emplea a veces años y siglos luz, si llega,
en llegar la noche primordial a sus ojos,
le ocurre que una tarde, cualquier tarde, una estrella
deslumbrante trasmina. ¿Insólito? Un reflejo
sube de su memoria, diciendo, la esperaba,
aunque nada en la carta le señalara un astro;
sólo un signo de espera… Y en él empieza entonces,
a través de desiertos y de circos de ideas,
de ciudades dormidas, la ronda sigilosa.
Pero en algún lugar, el más desheredado
del hombre, en el que nadie pensaría pararse,
digno de acoger vida tan sólo de animales,
El astro baja y brilla…
El reflejo se inclina
para imitarlo, se hunde para no perturbar
la luz que baña en el cielo ese recién nacido,
lo adora…
Y se alza, lleno de alegría divina.
El hombre grita: «Mira la semilla del Día,
la huella en la que se unen lo infinito y lo ínfimo,
el centro en torno al cual rondarán las Potencias,
la Reserva de carne de Dios que engendra amor…»

(de Pequeño teatro crepuscular)

II
FÉNIX (I)
Pierre Jeart Jouve
Como las verdaderas estaciones son lentas y
como las montañas son áridas
Como están presentes los hombres sin sentir el flujo
de su corazón
Como las olas del mar mueren unas en otras
para producir un resplandor en la cresta de las más ávidas
El poeta escucha el Tiempo que inscribe muy cerca de su
corazón los trazos de una pluma de hierro.

No es vuestro huracán, mortales enriquecidos por
motores
Ni vuestra vacía angustia en busca del sol
diferente de otra tierra
Ni vuestros discursos sin verbo ni vuestros agonizantes calores
Lo que siente en el movimiento de las noches que recortan
su vuelo.

Es lo que le lleva vivo a atravesar el último día
un agua calma subterránea
Y lo que hará florecer los árboles y después de su partida
impulsará más locamente el enorme arpa de los vientos
Lo que henchirá de amor el vasto pecho del suelo
cuando la estrella azul de su muerte aparezca sobre el llano
Todo lo que siempre pensará, espejo cóncavo
del firmamento.

(de Melodrama)

III
Fierre Jean jouve

Cumplida está la historia entera de carne humana
Explicado el trabajo de la indigente carne
Y diluido el abismo, horrible hedor,
Del órgano al espíritu, ¡Dios puro!
El cuerpo glorioso conforma el espíritu
Plasma de iluminantes sumisiones
Toda la gloria es para este cuerpo prostituido
Miseria en las avenidas de la vida
Mientras el espíritu moría de amor y de inanición.

(de lúa Virgen de París)

IV
EL POETA EN LOS INFIERNOS (I)
Pierre Emmanuel

Madurado en dios
crispado sobre la terrible aurora
en plomo de espanto y pecado Orfeo desciende
aturdido por el tumultuoso olor del Ojo apacible
hasta el fondo de aquel pozo hirviente como la esperanza
cimentado de amadas carnes: ¡al fin pesa!
Siente invadirle la profundidad confusa
y formarse la oscura lágrima de memoria
su corazón,
y rezumar la antigua piedra de su cuerpo
a lo largo de la resplandeciente caída, oh espada inmensa.

En él una inmovilidad vertiginosa
se dilata
niega los confines de su grito
¡y cae en el espacio que desaparece! sin conocer
los astros calcinados en el éter de su canto
sin abandonar la tierra desnuda, ¡sin soltar
el arpa ardiente! para que ningún grito
de cigarra sea arrebatado al loco verano.

(de Tumba de Orfeo)

V
Pierre Hmmanuel

Sentir sobre sí mismo endurecerse el mundo
O por el contrario amar: no hay hueco posible.
¿Cómo amar? El ignora la respuesta.
Pero tú que dices conocerla por los dos
Muéstrale el espacio que le falta.
El, cuyo gesto es de tanta contención,
Que incluso desnudo no puede estar desnudo.
Tú eres la medida de ese espacio en torno suyo
Como lo eres de aquél más lejano de su espíritu
De tu desnudez recibirá él la suya
Bautismo en las aguas que brotan de tus pliegues
Consentimiento en el cuerpo henchido de su cumplida obra.

(de Una o la muerte, la vida)

VI
EXORCISMO DE LAS PLANTAS
J. C. Renard

El sino de la Tierra ha invadido mi cuerpo
y acarreo mi carne como un árbol quemado
y toda tierra ha muerto en cuya muerte muero
y está triste la tierra por los mal amados
que ignoran la cadencia de las lunas de mar
y mi cuerpo está en tierra y la tierra es mi mal
y siento que ha sorbido los signos de mi carne
y que de mi misterio vegetal y remoto,
un país de resinas bajo tierra se expande
que tapia mi memoria con su olor tenebroso

Mas mi cuerpo en amor de raíces cubierto
ahondando en la tierra se convierte en su historia
y la hechizada tierra se enreda por mis huesos
y mis cabellos ebrios de plantas vigorosas
nutren frescas roquedas pubescencias de pájaros
y la hierba en mi cuerpo vivifica los campos
y mis pies musicales maduran la floresta
y la tierra me habita y hundido en su candor
voy descubriendo niños profundos cual praderas
donde mis manos nuevas derraman su verdor.

(de Metamorfosis del mundo)

VII
TODO HOMBRE ES UNA HISTORIA SAGRADA
Patrice de la Tour du Pin

…Siendo la leyenda de un hombre lo que de él merece ser leído, el poeta busca pacientemente la suya entre palabras y músicas, persiguiendo el canto más indígena e intentando recomponerlo gracias a mil artificios, combinando los procedimientos de la exploración interior y de la perforación en busca del verbo natural con los refinamientos más sutiles de la materia: pues se llega al agua más clara lo mismo cavando siempre más profundo que merced a las complejas máquinas que retienen lo impuro.

¿Pero existe, en verdad, ese verbo natural, propio de cada uno de nosotros? El diccionario del verdadero humanismo, al comparar y clasificar los singulares, ¿no debería acaso poner al lado de cada nombre: un tal emite tal grito -como si fuera una especie de pájaro-? Pues, a través de sus palabras, sus escrituras y sus gestos, se puede captar ese grito, aunque no haya atravesado nunca el aire.

El poeta se entrega a esta caza, y cuanto dice de su arte, de su intención o de sus esfuerzos hacia lo impersonal, no cambia en nada el asunto. Se le podría echar en cara que deje grabada tan larga inscripción sobre sí mismo, en vez de dar testimonio solo de los escasos momentos en los que cree haber rozado
su presa, cuando algunas palabras enjaretadas de una manera peculiar dan la impresión de contener el verbo singular de este limitado creador. Una breve inscripción funeraria sería entonces suficiente en cada tumba, si en ella grabáramos el verdadero grito del hombre: sentencia que sería la llamada de sí mismo a sí mismo, y de sí mismo, en el mundo, a sí mismo, sumido en el fondo de su ser.

Otras relaciones son, sin embargo, esenciales, puesto que el hombre no es un misterio clausurado, al que solo un puente tendido le bastaría para que el ser alcance su sentido: forma parte de un cuerpo más amplio, y sus relaciones con Dios y con cada parcela irrenunciable del mundo le son necesarias para expresar su verbo, su segunda persona. Por esta razón, esos titubeos, esas pruebas en todas direcciones, esas pistas secundarias y esas oleadas separadas de la ola madre, no son solo torpes y superfluas aproximaciones: es preciso que el hombre penetre en todas las relaciones en las que le es imprescindible vivir, y como la mayoría de los rayos que salen de él volverán a él astillados, es preciso que diga también esos obstáculos, esos choques, esos intentos de amor sin creación de amor, y todas estas bodas que fracasan; aún más: si es bastante natural situarse en el centro de nuestra propia visión y de su expresión, y mirarse como un misterio que los demás rodean, atravesado por ellos pero nunca anulado, ¿por qué no ha de buscar un punto en el espacio espiritual en el que la unión de su verbo con el Verbo y de su inteligencia con la verdad pueda darle el sentido de todo ser y de toda cosa?

La palabra es función del sistema espiritual del hombre; no se resume en el grito que lanza hacia el fondo de sí mismo, ni en el grito que desde el fondo de sí mismo parece proyectar a disgusto hacia sus labios; ni siquiera se resume en la fusión de los dos gritos, pues no consiguen responderse, hasta tal punto la criatura se encuentra dislocada; ni siquiera en el reconocimiento del Padre a través de su silencio o del mundo. Pero es preciso que la palabra se instale en cada nudo de la creación. Y su leyenda se convertirá en la historia de todas sus bodas, más o menos buscadas, o debidas al azar; y esta leyenda no puede ser entonces contenida en una breve fórmula esencial: aunque ésta exista –y existe, hecha del lenguaje del amor, y no podemos decirla con los nuestros-.

Muchos poetas sienten la imposible fusión de su leyenda más íntima con la que podríamos llamar la leyenda del Adán actual; el cielo de este último está tan cegado de conceptos, de máquinas y de ideales que han ocupado el sitio de una vida interior compuesta de contactos singulares, que uno tiene la impresión de vivir en un país extrañamente artificial, en un callejón sin salida en el que está prohibida cualquier luz que no sea producto de la industria humana: el tuteo sagrado es inconcebible en esta vida; las relaciones se cifran, el gran orden nupcial entrevisto se ve sometido a las leyes de las combinaciones químicas, las medidas y los materiales tomados en préstamo a las demás ciencias entorpecen la ciencia del espíritu, y los hombres ya no se inclinan hacia sí mismos como hacia un misterio; creían ser pequeños sistemas de amor, pero caen en la cuenta de ser ruedas de una enorme existencia mecánica, sobre la cual pasan y luchan grandes mitos que se tambalean en medio de los últimos trampantojos del universo.

Antes se podía entrar en esas regiones que J. C. Renard llama «perdidas», gracias a ciertos sentidos, pero Adán ya no los posee, ni siquiera en memoria de haber sido niño, adolescente, amante; los substituyen otros cuyo vuelo se enfrenta a una techumbre podrida. ¿Tan vanos eran aquéllos como para vernos obligados a abandonarlos? ¿O es que solo fueron un estado de ilusión superado por el que se nos deja entrever la nada? Pues puede ser preferible mirar de frente un cielo y un fondo de alma vacíos, si realmente lo están, sin tener que poblarlos de exquisitos deseos, aunque falsos, tras tantas mitologías olvidadas.

¡Menudo problema el planteado por las fronteras de lo imaginario! Todas las partidas que el hombre juega en ellas parecen incompletas, pues les faltan peones, el cálculo de pérdidas y ganancias está mal planteado, y a veces valores contrarios se excluyen o la verdadera regla nos es desconocida: el ejercicio de la poesía, cuando busca la leyenda, ¿no nos permitiría acaso avanzar un poco en esta ciencia? o, por el contrario, ¿no será que los poetas se ilusionan demasiado al dar tanta importancia a su palabra, llegando a personificarla, y enviándola por todo el mundo para que cumplan sus nupcias y sus encarnaciones por toda la faz de la tierra? Sin embargo, al pasar por los universos mudos o recluidos dentro de los límites trágicos del Adán de este siglo, a la palabra se la ve acogida por sentidos roñosos, profundamente enterrados, aunque no hayan perdido aún todas sus cualidades; y aunque la inteligencia no pueda celebrar su fiesta en ellos de manera inmediata, se ponen a actuar, modifican la calidad del campo y participan en la vida de la «naturaleza»: lo que renazca de ellos dependerá de cada ser…

¿Quién puede conocer las múltiples operaciones secretas que una palabra lleva en sí? Un soplo de hombre no reanima a los muertos; pero tal vez sea capaz de despertar filiaciones dormidas desde hace siglos que creíamos muertas: gracias a él se operan muchos milagros que ni siquiera podemos sospechar…»

(del Prólogo para Cántico de las regiones perdidas, de J. C. Renard)

Harold Bloom: Canon y castigo

Con su espléndido cántico al placer de la lectura titulado El Canon Occidental, el crítico Harold Bloom propinó en su día un desplante a toda la clase universitaria americana. Motivos: la contraposición militante de la causa de una lectura estética de la literatura, contra el bloque compacto de escuderías feministas, marxistas, lacanianas, deconstruccionistas y semióticas, que han tomado posiciones en el último cuarto de siglo en la crítica literaria. Contra ellas, Harold Bloom alza su bandera bautizándolas hirientemente como «Escuela del Resentimiento».

Por los colores de España, Bloom tan solo alinea a Cervantes, y casi a regañadientes

El acento propagandístico del libro de Bloom en nuestro país, tan aficionado a las listas, se puso en la existencia de un Canon -procedimiento académico y religioso resucitado de los usos universitarios medievales- que sirve al profesor de Yale, aplicando el ciclo de tres fases postulado por Giambattista Vico en sus Principios para una Ciencia Nueva, para colocar a Shakespeare en el centro de la esfera literaria: lo rodea de veintiséis satélites, donde giran a su luz el Dante, Chaucer, Cervantes, Montaigne, Goethe, Wordsworth, Dickens, Tolstoi, Joyce, Proust y Beckett, por ejemplo; pero donde no están Petrarca, Rabelais, Ariosto, Spencer, Ben Johnson, Racine, Swift, Rousseau, Blake, Pushkin, Melville, Leopardi, James, Dostoievski, Hugo, Balzac, Nietzsche, Baudelaire, Flaubert, etc. Por los colores de España, tan solo alinea a Cervantes, y casi a regañadientes. Por la América Hispana, a Neruda y Borges. A Pessoa por Portugal.

El canon occidental (Anagrama), 592 págs.

Es una lista peculiar. Pero no es una lista «occidental», ni siquiera simplemente «anglosajona». Procede de algo muy americano, o neo-occidental en todo caso, algo de lo que forman parte los modernos pensadores y críticos judíos que (tanto laicos como creyentes) han logrado introducir su propia escudería -el tan mentado lobby, que controlaría el mundo «mediático», y sobre todo el universitario y editorial- conformando una nueva interpretación del magma cultural que se nutre de lo que hasta ahora habíamos considerado como Occidente, y que ha dejado de ser exclusivamente «europeo», como sabemos.

Tal como así aparecen las cosas cuando Bloom coloca la Biblia al frente del Canon, como referente solitario de la antigüedad, dando un papel secundario –aunque salvando a Homero y a Píndaro– a los clásicos griegos y latinos, que han configurado antes que ella la auténtica mente literaria occidental, sembrando y alimentando los mismos mitos en todas sus latitudes, tanto en las épocas «paganas» o «gentiles» como en las postcristianas.

Sea dicho esto sin desconocer que «El Gran Código» (Northorp Frye), «la Gran Fuente», es el libro más importante y de singular influencia en la tradición imaginativa de la literatura occidental, pero solo a través de la difusión universal que alcanzó como referente imprescindible a partir de la muerte de Jesús, «ese personaje literario inventado por el autor del evangelio de Marcos», según Bloom.

Destaquemos, por su interés para nosotros como españoles, la objeción señalada por el profesor García Berrio, único especialista de nuestra lengua citado por Bloom en su libro, que respondió a tal inclusión con un extenso ensayo periodístico en el que afirmaba: «Cuando la obra se presenta ahora, traducida en España, ganan niveles de gravedad y de urgencia, en los capítulos sobre «la Edad aristocrática», las omisiones de Calderón y de nuestros místicos o la de la revolución vanguardista de Góngora; lo mismo que parece lamentable, en los consejeros hispanoamericanistas de Bloom, que no hayan conseguido orientarle sobre las más que obligadas alternativas peninsulares a la poesía hispánica y portuguesa».

Sin embargo, la objeción más seria es de naturaleza científica: lo que se hecha en falta es lo que hubiese podido o debido ser esta síntesis histórica nacida del talento crítico de Bloom, comparada con la débil e intrascendente realidad intelectual en que ha quedado tal proyecto con El Canon Occidental: «el enorme desafío, necesario, de una síntesis crítica macrohistórica sobre la axiología literaria de nuestra cultura estaba al alcance del talento y la cultura universal de Bloom», resume García Berrio.

Aunque a un lector informado y exigente puede suministrarle abundantes sorpresas la lectura del voluminoso ensayo, queda -repito- el testimonio de un hombre de grandes conocimientos que ama inmensamente la literatura, y cuya actitud reivindicativa de la autonomía de la estética nace del empeño de crear prosélitos para tal pasión.

En esta singular tarea nos colocamos incondicionalmente a su lado, aun deseando que se hubiera limitado estrictamente a ella, pues -como decía para terminar su artículo sobre este libro un veterano y cascarrabias crítico navarro-: «espléndido libro éste, al que le sobra el canon, qué le vamos a hacer. Un canon que desde luego existe, pues ¿quién no lo ha encontrado en su propio corazón?»

Mirador

Este «bello libro», como lo define L. A. de Cuenca en su (para autor y lectores) amistoso prólogo, inicia y concluye bajo el signo de un árbol su insólita travesía entre dos simbólicos extremos. Comienza en la portada, que ocupa por entero la foto de un olivo: el vigoroso tronco -«longevidad rugosa»- que la cruza en «Y» irradia en torno suyo una envolvente atmósfera de luz, viva y serena; arriba y por delante del hueco entre las ramas, el recuadro del título suspende en la magia de ese ámbito, preservado e ingrávido, su ayer, que nunca acaba. Y termina en el penúltimo poema, cuyos versos, como por boca de un Quevedo apócrifo, lloran su elogio, su epitafio y túmulo al «árbol a un lado del camino, muerto, desnudo de sí mismo, abierto a las miradas», «llama oscura, lumbre apagada», «vencido por el tiempo en larga guerra».

Entre estos dos extremos se mueve un extenso poemario, cuidadosamente construido, que el autor articula en dos partes, repartidas a su vez en secciones correspondientes a las divisiones del día. Estrictamente hablando, la única diferencia rigurosamente constante que las separa es la que distingue los poemas compuestos en formas métricas distintas de aquellos que repiten el mismo esquema. Sin embargo, en líneas generales, es tan predominante en cada una su registro o tono propios, que se podría decir que constituyen dos versiones de la misma experiencia, o dos modos de hablar de un mismo objeto, con partes interpoladas de cada una en la otra: en la primera de intención e impostación lírica («Noticia de María», págs. 13-87, formada por una veintena de poemas), la voz más esencial y depurada del poeta canta, entona, celebra, impreca…; en la segunda («Cancionero», págs. 89364, compuesta por algo más de doscientos sonetos) cuenta, describe, habla, recuerda, reflexiona…

El tema de esta doble formulación -que en términos musicales llamaríamos, por una parte, Lieder, por otra variaciones– es una historia de amor, cuyo destino (origen y final) escapa a la voluntad del sujeto. Sus poemas son himno y treno, celebración y crónica elegiaca de la posesión y pérdida del paraíso; la historia de cómo el poeta, desterrado del amor en que habitaba, y habitado por una ausencia que no vale desterrar, se debate entre la obstinación y el abandono, la exulta  ción y el desconsuelo, la plenitud y el vacío, la soledad habitada y la presencia fingida, desde la nostalgia, la contemplación de la belleza, la amargura, o la fe.

La fuerza y la debilidad de la obra del poeta tienen el mismo origen: su exceso, su desmesura; la voluntad de explorar y prolongar hasta su último extremo la vivencia y la plasmación literaria de la experiencia amorosa. El abultado número de sonetos (¡y no son más que la sexta parte de los que podrían figurar en el libro!) y la recurrencia de los motivos conduce a una inevitable sensación de monotonía. Claro que, en esto, el lector que lee esporádicamente y catando aquí y allá, como suele leerse la poesía, lleva ventaja sobre el crítico, obligado a intentar una impresión de conjunto. No obstante, el libro pide, en buena parte, una lectura seguida. Son varios los ejemplos de últimos versos convertidos en arranque de un poema o grupo de poemas sucesivos, y basta repasar el índice de primeros versos del final del volumen para advertir las muchas coincidencias. Todo esto tiene su razón de ser. Un alto porcentaje de la esencia del libro se perdería si perdiéramos de vista que el encadenamiento y la variación acumulativa son un efecto buscado.

El haber optado para la mayor parte del ciclo de los sonetos por un lenguaje común, «de menos pulimento», y a la vez por una forma tan rigurosa y exigente tiene sus riesgos, y no siempre consigue el poeta su deseo de hacer cristal del barro: hay algún que otro verso mal medido, ritmos duros, rimas forzadas o versos intrusos, algún que otro relleno, redundancias… pero el lector está avisado de antemano, y el acierto del que arriesga lo nuevo con lo viejo, aun a costa de decepciones puntuales, compensa más que la tersura irreprochable del neoclásico. Se recuerdan felices acuñaciones aliterantes o sinestésicas, como cuando califica a sus poemas de «tercas taraceas» o lamenta su destino de «horóscopos hostiles», o describe el romper de las olas como «trueno de nieve», y sorprende positivamente su intento reiterado de forzar la sintaxis en la expresión del absoluto amoroso, o la duplicidad del yo que en el presente recupera el nosotros del pasado.

Pese a la infinita tradición que el tema arrastra tras de sí y que el autor reelabora en alguna de sus modalidades más emblemáticas (amor cortés, amor a lo divino…), siguiendo a modelos característicos (desde San Juan de la Cruz y Gongora, invocados por él, hasta Miguel Hernández, además de Quevedo), tampoco en el plano de la invención conceptual faltan en el libro interesantes atisbos. Para aludir a ello volvamos a los símbolos del principio.

El olivo de la portada es el emblema de la plenitud del amor; el ámbito aislado por su copa en su burbuja mágica es la Arcadia anterior a la ilusión frustrada, el ayer sin final, al que, desposeído, el poeta se niega a renunciar y se obstina en volver manteniéndolo vivo. Para el árbol del penúltimo soneto, la lectura de todo el poemario nos propone sentidos que trascienden la simple antítesis retórica de la imagen luminosa de la portada, y que tienen su origen en uno de los contenidos más «poéticos» -en su sentido etimológico de «creativos», efectivos, incitantes a la reacción activa en la conciencia del lector del libro.

Se trata del proceso por el que lentamente, a medida que el poeta insiste en su obsesión, las palabras usurpan el lugar del objeto, suplantan a la realidad, que se ve reducida al hecho mismo de su formulación verbal. Y el amor que dictaba compulsivamente versos y más versos, pasajeramente transmutado en amor, se acaba convirtiendo en un amor dictado y creado por ellos, camino del silencio.

Ese me parece el «des-amor» del árbol muerto: el poeta vaciado, el canto exhausto, el fuego consumido, el amor apagado. Pero la muerte, la destrucción de la intimidad expuesta minuciosamente al descubierto, el vacío y el silencio son rescate y libertad para vivir de nuevo: en el «juicio final» -muerte y resurrección- del último soneto la experiencia vivida retorna lapidariamente reafirmada, como única ganancia computable de la vida. Pero ya es de otro mundo.

El disfrute de un libro de poemas es una cuestión de sintonía. En este caso, mis preferencias personales se inclinan por los sonetos descriptivos, limpios, ligeros, directos en la elección de detalles y llenos de movimiento, en los que, como debe ser, el arte sabe ocultarse a sí mismo, haciendo aparecer lo que es, sin duda, tanto intento, corrección reiterada de pintor minucioso, como instinto, pulso y rapidez de acuarelista consumado. Pero habrá quien se sienta más próximo a los emotivos cantares cercanos a los clásicos, o a los tonos íntimos de la efusividad romántica, o quien prefiera la musa tenue de los objetos y el lenguaje cotidiano. Recordando a Marcial, cada cual hallará, entre los que lea, buenos poemas, otros medianos y, no los más -como quería la falsa modestia del de Bilbilis- sino tal vez algunos, para su gusto, malos; pues no hay otra manera de componer un libro. •

Valor, visión estética y responsabilidad

La unidad de toda visión estética no es una unidad sistemática y significativa, sino una auténtica unidad arquitectónica dispuesta en torno a un concreto centro de valor que es posible pensar, ver, amar. Se halla el hombre justo dentro de ese centro y todo en este mundo solo adquiere significado, sentido y valor si se pone en relación con el hombre, en cuanto elemento humano. Todas las posibles formas de ser y todo el sentido posible se disponen alrededor del hombre como centro y unidad de valor; es preciso que todo —y aquí la visión estética no tiene límites- esté en relación con el hombre, que esté de parte del hombre. Lo que no significa, sin embargo, que el héroe de la obra deba ser literalmente representado como valor absolutamente positivo, en el sentido de que se le atribuya un concepto positivo de valor: «bueno», «bello», etc., estos epítetos también pueden ser completamente negativos. El héroe puede ser malvado y mezquino, puede resultar vencido o incluso apabullado desde cualquier punto de vista; y sin embargo, puesto que es a él a quien dirijo mi mayor atención en la visión estética, es también en torno a lo malvado alrededor de lo que, como en torno a un único centro de valor intrínseco, aquélla se dispone desde cualquier punto de vista. Aquí el hombre no es en ningún modo amado porque es bueno, sino que resulta bueno porque es amado. En ello reside la especificidad de la visión estética. Si el héroe no hubiese estado presente en este centro de valor, toda la posición axiológica de los valores y toda la visión arquitectónica habrían sido por completo inútiles.

Si yo contemplo una escena que representa la caída de mi amadísimo héroe y su infamia, esta escena será para mí completamente distinta de otra en la que la destrucción ha correspondido a una persona que me es completamente indiferente. Y no por esto trataré de absolver al héroe, a pesar de mi sentido de la justicia; quizá, teniendo en cuenta todo esto, la escena puede conservar un contenido imparcial, justo y realista y sin embargo lo pintado será distinto en su lugar esencial, en su posición concreta, tanto en las partes como en los detalles; en toda su arquitectura yo veré otras cosas válidas, otros momentos y otra posición, porque el centro efectivo de mi visión y de mi posición respecto al cuadro será otro…

Por lo tanto, el hombre constituye el centro de valor de la estructura arquitectónica de la visión estética no como algo sustancialmente idéntico a sí mismo, sino como una realidad concreta que se afirma a través del amor. Además, la visión estética no se separa en absoluto de los distintos puntos de vista axiológicos, no pone límites entre el bien y el mal, entre la belleza y la fealdad, entre la verdad y la mentira; la visión estética conoce y halla todas estas distinciones dentro del universo contemplado, pero estas diferencias no se subordinan a ella como criterios últimos, como principios de consideración y sistemas de especulación, dado que éstos están dentro de ella como momentos de su estructura arquitectónica y todos, de la misma manera, justifican plenamente el amor por la validez del hombre. La visión estética, en fin, conoce los «principios específicos», pero todos ellos están arquitectónicamente subordinados al supremo centro de valor de la contemplación, que es el hombre.

En este sentido, se puede hablar objetivamente de amor estético sin dar a esta palabra solo un significado pasivamente psicológico. La pluralidad axiológica de un suceso existencial como el humano (es decir, relacionado con el hombre) se puede atribuir solo a una contemplación de amor y solo el amor puede contener y conservar esta diversidad sin perderla, sin dispersarla, sin dejar desprovista su estructura de sus líneas esenciales y de sus momentos significativos. Sólo el amor desinteresado, según ese principio de «no amado porque bueno, sino bueno porque amado», solo la atención amorosa y desinteresada puede desarrollar una fuerza tan intensa que consienta abrazar y preservar la concreta multiformidad de la existencia sin empobrecerla y esquematizarla.

Una reacción fría y hostil es siempre una reacción que empobrece y disgrega el objeto, es un ir más allá del fenómeno en toda su diversidad, ignorándolo o superándolo. La misma función biológica de la indiferencia es para nosotros una liberación de la multiformidad de la existencia, la abstracción de lo práctico no es tan fundamental para nosotros como lo sería la economía, el ahorro de la dispersión en la diversidad. Tal es quizás la función del olvido.

La falta de amor, la indiferencia, no confiere nunca suficiente fuerza para «detenerse intensamente» en el fenómeno, para fijar y modelar todos sus pequeños y particulares detalles. Solo el amor puede ser estéticamente productivo, solo en relación al amor se encuentra la posible plenitud de la diversidad.

* * *

El universo en el que una acción se desarrolla efectivamente, en el que tiene lugar, es un universo unitario que se puede percibir concretamente: es decir, que se puede ver, oír, tocar y pensar, completamente impregnado de tonos emotivos y volitivos que confirman su significado axiológico. La unicidad de este universo, difícil y problemática no desde el punto de vista del contenido y del significado, sino desde el emotivo-volitivo, garantiza el efectivo reconocimiento de la unicidad de mi participación en él, de mi «no tener una coartada» en él…

Este universo me ha atribuido una función exclusiva, concreta y única. Gracias a mi facultad de conocer, que es activa y participativa, aquél, como conjunto arquitectónico, se sitúa en torno a mí como centro unitario desde el que se propaga mi acción: se encuentra en mí, en cuanto yo me baso sobre él para poder ver, comprender, para llevar a término mis acciones. En relación a mi función unitaria de activa participación en el mundo, todas las posibles relaciones espacio- temporales adquieren un centro de valor, se componen en torno aél en un todo arquitectónicamente estable y concreto — por lo que la única unicidad posible es la unicidad de lo real—. Mi función única y activa no constituye sólo una centralidad geométrica abstractamente concebida, sino el centro concreto, responsable —desde el punto de vista emotivo-volitivo— de la realidad efectiva y de la diversidad del mundo. Aquí se concentran, en una unidad concreta, según puntos de vista abstractos, las diversas actividades: la determinación espacio-temporal, los matices emotivo-volitivos y los significados. «Encima», «sobre», «bajo», «al final», «tarde», «todavía», «ya», «es necesario», «hace falta», «más allá», «más cerca», etc., todo esto adquiere un significado que no solo es pensable desde el punto de vista del contenido y del sentido, sino que es también un significado real, perceptible, difícil y problemático, concretamente definible a través de la unicidad de mi función y de mi participación en los sucesos del mundo. Esta efectiva parcipación mía en la existencia desde un punto de vista unitario da el espesor real del tiempo y el valor perceptible del espacio, vuelve difíciles, no cognoscibles, inaudibles todos sus límites -razón por la que el mundo se vuelve una unidad efectivamente perceptible como un todo unitario-.

Si me alejo de ese centro, dispersando mi participación unitaria en la existencia y distanciándome, a causa de él, no sólo de su participación sustancial (espacio-temporal), sino incluso de su definición emotivo-volitiva, inevitablemente la unidad real y la compleja existencia del mundo se descomponen. Estas se disgregan en momentos y relaciones posibles solo como momentos abstractos. La estructura arquitectónica concreta del universo perceptible sustituye a la unidad sistemática no espacio-temporal ni axiológica de esos momentos abstractos…

Nadie más que yo puede encontrarse en el mismo punto de vista unitario en el que yo me encuentro ahora, en el espacio y en el tiempo únicos de una sola existencia. En torno a este punto de vista unitario se coloca de forma única e irrepetible toda la unicidad de la existencia. Lo que se puede cumplir en mi caso, en el de otro puede no cumplirse nunca. Este hecho, es decir mi «no tener coartadas» en la existencia, que se basa y fundamenta en una acción concreta y responsable, se determina y se afirma en una forma unitaria (…).

Ciertamente que esto se puede dañar, se puede empobrecer: se puede ignorar la acción y vivir pasivamente, se puede tratar de demostrar la propia coartada en la existencia, se puede ser un impostor. Se puede negar la propia responsabilidad frente a la unicidad.

La acción responsable es una acción que se funda sobre el reconocimiento de la responsabilidad ante la unidad. Esta afirmación de «no tener coartadas frente a la existencia» es la base de una vida efectiva, problemática, a la vez ya determinada y por determinar. Solo el no tener coartadas frente a la existencia transforma una posibilidad vacía en una acción que reconoce la responsabilidad…

Y todo en mí debe tender hacia esta acción: cada sentimiento mío, cada gesto, emoción, pensamiento, sentimiento —solo con esta condición yo vivo realmente y no me aparto de las raíces ontológicas de la existencia— Yo soy en el universo una realidad imprescindible y no una fortuita posibilidad.

Considerada en abstracto, la parte dotada de sentido no está en relación con la unicidad irremediablemente real, proyectiva; considerada así no es más que el torpe ejemplar de un hipotético trabajo, un documento sin firma o una obligación de alguien hacia algo. La existencia, aislada del centro unitario y emotivo-volitivo, es como un boceto de una primera versión, que no reconoce las posibles variaciones de la existencia; solo a través de la responsable y activa participación de una acción concreta puede salirse de las infinitas variantes de la primera versión y reescribir la propia vida en un hermoso ejemplar de una vez por todas.

(Traducción de Fernando Iscar)

Nacionalismo y modernidad en la guitarra española

Este disco ofrece un amplio recorrido -veintiséis piezas por obras guitarrísticas en general poco divulgadas. De hecho, muchas de ellas aparecen por primera vez en disco. Van desde el estilo más romántico de salón hasta las nuevas tendencias de los jóvenes compositores, pasando por aquellas de claro tinte nacionalista.

El Homenaje a Debussy de Falla es un claro ejemplo de concisión y estilizado lirismo y es la obra más conocida de este recital. Pero también aparecen autores ya casi olvidados como Andrés Isasi (1890-1940) cuyas cuatro piezas (Nocturno, Sarabanda, Impromptu y Tempo de Valse) se alejan del estilo espaftolista de la época. El que fuera maestro de toda una generación de compositores, Gerardo Combau (1906-1971), y cultivara muy distintos estilos -desde el nacionalismo y el clasicismo hasta las técnicas postdodecafónicas), está representado con sus Tres piezas Belle Époque. La música popular catalana armonizada para la guitarra por Miguel Llobet (1878-1938) alcanza un gran poder de evocación.

Como no podía ser de otra manera, hay también una amplia selección de la vasta obra para guitarra de Federico Moreno Torroba y –entre ellas- Molinera, Farruca y Alpujarreña en primicia discográfica. En los trigales, de Joaquín Rodrigo, es un compendio del estilo creador de un músico que ha compuesto mucho para la guitarra.

Entre las obras más recientes por primera vez en disco, se encuentran Canción y Habanera, del extraordinario melodista Antón García Abril, fiel a la tonalidad; en una estética más vanguardista el Homenaje a Sempere de Tomás Marco (1942).

Manuel Seco de Harpe (1958) es uno de los compositores más interesantes de su generación, y en su bellísimo Tiento se inspira en el carácter improvisador del siglo XVI. Josep Pascual (1964) también pone su mirada en la música renacentista, que le sirve de punto de partida para las dos piezas que aquí se recogen, Quatre mirades de J.P. Sweelink o variaciones en estilo serial y Variaciones sobre un tema de Monteverdi elaboradas bajo procedimientos plenamente actuales.

Agustín Maruri lleva pocos años como concertista de guitarra, pero a través de sus recitales y grabaciones en disco ha sabido incidir en la música más infrecuente contribuyendo a su divulgación, e interesar a los compositores actuales por este instrumento.

Debilidades y miserias de la Unión Monetaria

¿Puede realmente un libro cambiar el curso de la historia? Es posible que, en algún caso excepcional, tal cosa haya sucedido, pero hay que ser bastante escéptico con respecto a la capacidad revolucionaria que tiene hoy la letra impresa. Por ello, aunque disienta de la opinión de un periódico tan prestigioso como The Times, no creo que la obra de Bernard Connolly sobre los problemas económicos y las intrigas políticas que han acompañado a todo el proceso de integración monetaria en la Unión Europea llegue tan lejos.

Y no por falta de esfuerzo de su autor. Será difícil, en efecto, leer ataques más duros y mejor informados hacia uno de los mitos del europeísmo de nuestros días. Connolly es un experto en cuestiones monetarias y ha desempeñado, además, puestos de responsabilidad en la Comisión Europea. Su crítica no es, por tanto, la del nacionalista británico tradicional que se siente perdido en cuanto cruza el canal de la Mancha (perdón, el «Canal inglés»). Se trata, por el contrario, de un ataque bien fundamentado, que plantea cuestiones cuya respuesta sincera pondría en apuros a más de un gobernante europeo. El problema es que ninguno de ellos va a querer contestar estas preguntas y -lo que es más grave- que casi nadie, fuera de Gran Bretaña, va a presionar a sus políticos para que lo hagan.

Poca duda cabe de que nuestro autor tiene razón en mucho de lo que dice. Y, pese a ello, la lectura del libro no deja una impresión plenamente satisfactoria. A partir de unos sólidos fundamentos de teoría económica, en la obra se analizan bien los perniciosos efectos que sobre algunas economías europeas -y, en concreto, sobre las más débiles como la española- puede tener un sistema de tipos de cambio fijos, cuando los mercados carecen de la flexibilidad suficiente para adaptarse a los cambios externos y la movilidad del factor trabajo se ve dificultada por costes de transacción muy elevados. Tales efectos serían razón suficiente para replantearse el sentido mismo del proyecto de la moneda única. Pero no es éste el objetivo principal del libro. La obra, aunque trate de un tema básicamente económico, es ante todo un estudio político. Sus protagonistas no son los técnicos ni las ideas económicas, sino los gobernantes, a los que Connolly ve como estrategas en un campo de batalla, en el que las naciones europeas luchan entre sí para el logro de sus propios intereses bajo la amable pantalla de la cooperación. Y aquí está, en mi opinión, la principal de sus debilidades.

Es innegable que la unión monetaria esconde tras su fachada de instrumento para reforzar la integración económica europea un contenido político de hondo calado. No es casualidad que la unión monetaria haya sido, desde hace algún tiempo, una de las principales banderas de los federalistas europeos. Si el objetivo es la construcción de una Europa federal, la creación de una moneda común y de un banco central europeo son, sin duda, pasos en la dirección adecuada. Y si, en cambio, se prefiere una Europa confederal y descentralizada, el proyecto de unión monetaria difícilmente puede aceptarse en sus términos actuales.

Pero Connolly va más allá de este tipo de argumentos para introducir una teoría conspiratoria, de acuerdo con la cual son las élites de Francia y Alemania las que están dando alas a la unión monetaria para conseguir objetivos nacionales, no europeos. Concretamente, para nuestro autor, el objetivo de los gobernantes franceses -casi todos «enarcas», es decir, antiguos alumnos de la prestigiosa Escuela Nacional de Administración de París- es intentar frenar lo que parece el crecimiento irresistible del poder alemán en Europa. Los alemanes, por su parte, buscarían extender su poder político ofreciendo a los franceses una colaboración, al menos aparente, en la dirección de la política económica de la Unión. Sin embargo, ambos países tendrían un punto en común: su desconfianza hacia los planteamientos de mayor libertad de mercado impulsados por Gran Bretaña desde la década de 1980. Los demás países, los periféricos, desempeñamos solamente papeles secundarios en el drama.

Nunca he creído, sin embargo, en la validez de teorías conspiratorias tan complejas como ésta. Connolly acierta en muchas de sus conclusiones, pero es dudoso que la causa final de los problemas de la unión monetaria europea se encuentre en las intrigas políticas descarnadas que describe en su libro. La realidad suele ser más sencilla y las conspiraciones palaciegas menos importantes de lo que a menudo se cree. A lo mejor lo que sucede simplemente es que los políticos europeos siguen sin entender que los mercados a menudo funcionan no por lo que ellos hacen, sino a pesar de lo que hacen.

Un césar Franck sensual

Una grabación de la formidable pianista portuguesa María Joao Pires siempre despierta gran interés. Si a ello se une un programa de música francesa para violín y piano con la Sonata de César Franck y la participación del extraordinario violinista Dumay, el atractivo del disco es aún mayor.

Cuando en 1871 un grupo de músicos franceses fundó la Societé Natíonale de la Musique, con el fin de hacer resurgir la música instrumental francesa, y en especial la música de cámara, frente a la avalancha operística de Italia y la música germana. Fue en el último cuarto de siglo, y a partir de esa naciente conciencia nacional, cuando empezaron a aparecer obras de cámara de autores franceses. SaintSáens, Laló y Fauré fueron los primeros. Pero sin duda es César Franck con su Sonata para violín y piano en La M (1886) el que alcanza una cima indiscutible. El gran violinista Eugène Ysaye, a quieniba dedicada, contribuyó en un principio a su divulgación y a su éxito. Hoy en día, la partitura ocupa un lugar preeminente en la línea histórica de las grandes sonatas de cámara, después de las de Beethoven y Brahms. De una gran intensidad lírica, a medias entre el postromanticismo y el modernismo, tieneuna estructura cíclica: un núcleo temático expuesto al principio sirvecomo tema recurrente a lo largo de los cuatro movimientos, y se desenvuelve en un clima de gran sensualidad.

La Sonata para violín y piano de Debussy (1917) es la últimaobra del músico, y en ella se reflejan los elementos que conformansu estilo más depurado: un ciertoeclecticismo con vagos recuerdos de Rameau y Couperin, y un discurso entrecortado con un mosaico de temas que surgen y desaparecensin continuidad.

Ravel, sin embargo, que no representa una ruptura tan radical con el pasado, esconde tras un aparente clasicismo un lenguaje innovador. En esta grabación no figura la Sonata que Ravel compuso para estos mismos instrumentos. La Berceuse sur le nom de Fauré es un homenaje a su maestro; las otras obras están inspiradas en música popular (de origen hispano la Pieza en forma de habanera y húngaro en el caso de Tzigane).

Ante unas obras llenas de dificultades interpretativas este dúo consigue resultados excelentes.