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Ver productosParece que fue Alexis de Tocqueville en el capítulo VI de la primera parte de La democracia en América (1835) el primer estudioso y político que afirmó que en Inglaterra la Constitución no existe. «En Inglaterra, dice, se reconoce al Parlamento derecho para modificar la Constitución. En Inglaterra, por lo tanto, la Constitución puede cambiar continuamente o, mejor dicho, no existe. El Parlamento es a la vez cuerpo legislativo y cuerpo constituyente».

Treinta dos años más tarde, Walter Bagehot publicó en forma de libro sus ensayos sobre la Constitución inglesa, que han sido desde entonces el texto de cabecera de estudiosos, políticos y soberanos de aquel país. La Constitución Inglesa de Bagehot, un ilustre periodista y pensador, no es, por supuesto, un texto legal, sino una obra política que describe el funcionamiento del «gobierno» en el Reino Unido. En él se examina, dice el autor, una Constitución viva, «una Constitución que está efectivamente vigente». En la primera página de su obra, Bagehot reconoce que sobre la Constitución inglesa se ha escrito mucho. Pero justifica la conveniencia y aún la necesidad de un libro como el suyo con unas palabras de Stuart Mill: «siempre queda mucho por decir de todos los grandes asuntos».
Como si quisiera corroborar las palabras de Mill y siguiendo a Bagehot, Vernon Bogdanor, un don de Oxford, profesor de «Govemment» en esa Universidad, ha publicado hace muy pocos meses un excelente manual universitario sobre uno de los capítulos principales de esa «no escrita» Constitución británica. En él se estudia la Corona y su lugar y sus funciones en el sistema político inglés.
El autor ha escrito otros libros de Ciencia política y Derecho constitucional, probablemente centrados todos ellos en tomo a instituciones inglesas. En este se advierte que las referencias a otras estructuras y experiencias políticas, salvo las británicas (comprendidas entre ellas las de la Commonwealth) son muy superficiales. En esta obra, a España se la menciona solo tres veces, de pasada, y como una monarquía más de Europa, sin ninguna referencia a su singularidad. El «hispanismo» del autor es más bien corto. En algún lugar (pág. 241) afirma que «la colonización española en América del Sur, la francesa en Canadá y la holandesa en Sudáfrica no fueron ni tan amplias como la inglesa ni lo bastante entusiastas (sic!) para hacer posible una «Commonwealth» o comunidad de naciones». Aduce como prueba de la superioridad cultural de la «Comunidad» británica que cuando se reúnen sus Jefes de gobierno no necesitan intérpretes. Bogdanor, que ha escrito un buen libro que será útil para estudiosos y políticos de otras monarquías, como la misma española, no ha reparado en que los Presidentes iberoamericanos, el filipino, y el Rey de España cuando se encuentran en las cumbres iberoamericanas se entienden bastante bien en castellano.
Una primera consideración que se deduce de la lectura de Bogdanor, es que la monarquía británica es una institución viva y eficaz. Es un símbolo operativo de la identidad nacional. No es solo una referencia comúnmente aceptada, ni mucho menos la guinda que remata la tarta. Es la fuente de legitimidad de los distintos poderes y, junto con el Parlamento, representa a toda la nación. El poder ejecutivo corresponde al gobierno, o más precisamente al «Gabinete» realmente dirigido por el Primer Ministro, con todas las delegaciones legislativas que suele recibir del Parlamento, y que son mucho más amplias que en otros países. Pero sigue vigente la observación de Disraeli en 1872 de que «los principios de la Constitución inglesa no contemplan, de ninguna manera, la ausencia de una efectiva influencia del Soberano».
Bogdanor recoge un texto de Bagehot que considera capital como explicación práctica de la relación entre rey y gobierno. «Un rey de buen sentido y sagaz no querría tener otros poderes que el derecho a ser consultado, el derecho de aconsejar y el de advertir. Encontraría que no disponiendo de otros, podría usar de estos con gran eficacia. Diría a su ministro: la responsabilidad de estas medidas es de usted. Lo que usted crea mejor es lo que habrá que hacer. Lo que usted decida tendrá mi completo y efectivo apoyo. Yo no me opongo. Es mi deber no oponerme. Pero observe que yo le hago esta advertencia…» «Suponiendo, sigue Bagehot, que el rey tenga razón, como frecuentemente ha de ocurrir, y que posea, como es normal en los reyes, cierto don para expresarse con eficacia, el ministro habrá de tener en cuenta lo que ha oído. Puede que no siempre las palabras del Soberano cambien el curso de sus decisiones, pero siempre habrán causado una profunda impresión en su ánimo». Los reyes además suelen tener más dilatada experiencia que sus ministros. Jorge V dijo alguna vez: «yo no soy un hombre muy inteligente, pero si habiéndome encontrado en la vida con tantos talentos eminentes no hubiera sacado nada de ellos, sería un completo idiota».
Particular interés para el funcionamiento de las monarquías constitucionales tiene el capítulo 3, sobre la influencia del rey, las prerrogativas de la Corona y la relación con el Primer Ministro.
Un lector español no puede omitir una observación histórica. Dice Bogdanor que la dinastía inglesa es la más antigua de Europa, salvo quizá la danesa, porque se remontaría al siglo IX. La española proviene con impecable continuidad de los primeros reyes de Asturias, o sea de principios del vm. Alfonso I y una hermana de Pelayo son los cuarenta y algo abuelos de Don Juan Carlos. A principios del IX el primer conde independiente de Barcelona, Vifredo el Velloso, es también antepasado suyo, igual que los más antiguos príncipes de Aragón y de Pamplona. En la dinastía española confluye la sangre de los reyes de los más antiguos Estados cristianos de la Reconquista.
El ocaso de la modernidad ha hecho anidar en el pecho de nuestros coetáneos un profundo escepticismo hacia los «grandes relatos» (Lyotard) y en el día solo los productos fragmentarios y mínimos superan la mirada detective de los intelectuales, inquisidores de una obediencia postmoderna. De ahí nace ese desdén saturnino hacia los grandes sistemas que expresan una idealidad teórica, más o menos verdadera, pero dulce al corazón. Todo lo cual ha tenido como consecuencia que el pensamiento grande, noble, elevado, de nuestra época se refugie en aquella disciplina que aún reconoce como objeto propio una visión grandiosa de la realidad: la teología cristiana. El hombre sensible anhela todavía hoy interpretaciones del mundo que encierren una totalidad de sentido. El consuelo que Boecio hallaba en la filosofía lo buscaría hoy en la alta teología, que exhibe un pasmo de imaginación y de belleza. Así Borges veía en la Summa Theologica la culminación de la literatura fantástica. No hace falta profesar una fe para saborear en las producciones teológicas lo que el humanista reclama de una obra maestra.
Hans Urs von Balthasar (1905- 1988) es, incomparablemente, el primer teólogo católico del siglo XX y, con Karl Barth, el primer teólogo cristiano. A finales de 1995 apareció la traducción del cuarto volumen de su Teodramática (en adelante TD), que con Gloria y su Teológica, conforma la colosal trilogía de quince volúmenes publicados entre 1961 y 1988.
El volumen IV es el penúltimo de la TD, a la que siguen los tres volúmenes de la Lógica teológica, pero en él se consuma, llevado a su cénit, el trazado entero de la trilogía. Todas las líneas abiertas en los anteriores convergen en éste, la tesela central que faltaba al mosaico, la clave que sostiene la formidable bóveda. Llegado es el momento de que NUEVA REVISTA ofrezca una exposición de las principales ideas que animan la trilogía, vivas como llamas de fuego, pero numerables como yemas de los dedos, vista la parvedad de la información suministrada por las obras teológicas a mano (Vilanova, Historia de la teología cristiana, III, 1992; Illanes y Saranyana, Historia de la teología, 1995; el número IV/88 de la revista Communio dedicado a Balthasar). Sin embargo, aunque empeño mi palabra en el propósito, aún habrá de demorarlo hasta más oportuna hora.
En 1927 Heidegger proclamó la «destrucción de la historia de la ontología», que no pudo ejecutar en Ser y Tiempo sino en sus escritos posteriores de los años 30 y 40. Sin embargo, tiempo después ve extenderse por doquier el imperio de la técnica, que él considera como la exaltación de la metafísica. En 1966, entregado al pesimismo, dijo aquello conocido de: «Solo un dios puede aún salvamos». Sin duda no se refiere al Dios cristiano, pero tampoco dice «los dioses». Y sigue: «La única posibilidad de salvación la veo en que preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la aparición del dios o para su ausencia en el ocaso» (entrevista en Der Spiegel). Ya en la conferencia de 1935 sobre El origen de la obra de arte explica de qué forma en el arte acontece la verdad según su concepto de desvelamiento.
Casi al mismo tiempo Gadamer dio a la prensa su Verdad y Método (1960) y Balthasar su primer volumen de Gloria (1961). Ambos recurren al arte como salvación, en el sentido de Heidegger, de rebasamiento de la metafísica occidental y su epígono técnico. Pero el libro de Gadamer es, como afirmara Habermas, una «urbanización de la provincia heideggeriana», esto es, ofrece una versión profesoral y académica del pensamiento de su maestro, al paso que Balthasar posee ese acento estremecido y oracular de los filósofos presocráticos y la poesía metafísica romántica que es más apropiado para ensalzar el misterio del ser. Como sin esfuerzo, Balthasar revienta los tradicionales tratados teológicos. La «teología fundamental» (vulgo apología) se convierte aquí en una «estética teológica». Llámase «Gloria» (kabôd, doxa) a la belleza teológica, belleza de Dios como Dios. Lo bello se compone de lo que Santo Tomás llama «species» y «lumen», la forma y el esplendor. La forma es la persona de Dios revelada y objeto de la percepción humana (volumen I de Gloria); por otra parte, la forma percibida, bañada en un esplendor subyugante, excita en el creyente un rapto y un éxtasis (volúmenes VI y VII; los volúmenes intermedios son historia).
Ahora bien, la forma que el sujeto percibe no es estática y fija, no es una cosa, sino un acontecimiento, la acción (drama) de la libertad de Dios que se enfrenta a la libertad del hombre, involucrándola. Es la voz de un Dios que dice: «tienes que cambiar tu vida». Con ello la TD enlaza con el final de «Gloria».
La TD constituye un completo sistema de teología dogmática según el «método teológico dramático» que Balthasar presenta en el volumen I de TD y desarrolla en los siguientes. Todos los tratados dogmáticos se interpretan no como verdades fijas conceptuales, sino como elementos del gran drama que se va a representar. En los volúmenes n y ni se anuncian los «dramatis personae»: Cristo (tratado de cristología), el hombre (antropología), María (mariología), Iglesia (eclesiología), ángeles, demonios, etc.; así como también se indica el escenario: el cielo y la tierra (tratado De Deo creante).
En el volumen IV comienza «la acción». La creación asiste en vilo a la peripecia de la historia universal de salvación (Soteriología) y la batalla que riñen Dios y el hombre. El apartado II de este volumen describe con maestría sin igual los límites henchidos de pathos que oprimen la condición humana: su pretensión de atribuir significado absoluto a los fragmentos, indóciles al ensamblaje, de la vida humana (págs. 71 y 75); las aporías del mundo con sus tensiones y dilemas, y la nostalgia como sentimiento fundamental de la criatura (págs. 71, 75 y 110).
En el apartado III pasamos del primer Adán al segundo Adán: el primero fue concebido mirando al segundo, pero el segundo (Cristo) no nos era debido, vino como un don, sin derecho, no adivinado, inesperado, extraño; tanto, que cuando apareció la síntesis, fue crucificada, produciendo escándalo y odio. Primero estudia la teodramática en el Antiguo Testamento (A); luego arregla un panorama de las soteriologías más importantes, todas ellas no dramáticas (B); al fin, aborda la Soteriología dramática que Balthasar propone, la acción dramática de Dios salvador (C).
El último apartado plantea la ambigua situación de la historia de la salvación después de la resurrección de Cristo, entre el «ya» de la redención consumada y el «todavía no» del tiempo de batalla que aún resta.
«Solo un dios puede salvarnos», exclamó Heidegger, a lo que respondió Balthasar, asintiendo: «en efecto, Dios se ha reservado el regalo de la síntesis» (TD, IV, pág. 75).
Miembro del Institut des Texte s et M anuscrits Modernes del ITEM/CNRS de París y del grupo de especialistas de la Bibliotheque Nationale que está llevando a cabo la edición crítica e íntegra de los Cahiers de Paul Valéry (1871-1945), de los que han aparecido ya seis gruesos volúmenes, Monique Allain-Castrillo se doctoró en la Universidad de Nueva York con una tesis de la que deriva el magnífico libro que nos ocupa, que aparece cincuenta años después de la muerte del poeta y supone un alarde de erudición y sensibilidad filológica.
Entre sus muchas contribuciones científicas, casi todas centradas en Valéry, figura un reciente volumen, Paul Valéry et la politique (L’Harmattan, París, 1994), publicado en colaboración con Philippe-Jean Quillien y prologado por el embajador François Valéry, hijo del escritor francés.
Bajo la égida de su maestro Mallarmé, Valéry fabricó en su juventud, hace de ello cien años, versos impecables que encontraron un recibimiento entusiasta en las revistas literarias punteras de la época. Versos que su autor no recogería en libro (Album des vers anciens) hasta 1920. Pero antes del final de siglo, y antes de dedicarse con exclusividad y por espacio de más de tres lustros al estudio de la filosofía y las matemáticas, había dado ya a las prensas dos textos imprescindibles: la Introduction a la méthode de Léonard de Vinci (1895), pintor al que admiraba por su consideración del arte como «cosa mentale», y la famosa Soirée avec Monsieur Teste (1896), donde el poeta expone su postura estética, tan rigurosamente intelectual, tan alejada de toda contaminación con el orbe del sentimiento. Los versos «nuevos» los reunirá en Charmes (1922), la colección de la que forma parte «Le cimetiere marin», uno de los poemas más justamente célebres de este siglo que ahora termina
El poema, para ValÉry, deberá transformar el tema más íntimo y desesperado en «una fiesta», en una «cosa ligera»
Para Paul Valéry el poeta, cuando quiere comunicarse con los demás hombres, puede elegir uno de estos dos caminos: «abandonarse a gritos, lágrimas, caricias, besos y suspiros» o «hacer un poema». Si opta por el segundo camino, el único que lleva a la auténtica poesía, lo que el poeta ofrece al mundo es un objeto, ni más ni menos que un objeto en que habrán cristalizado los «gritos, lágrimas, etc.», efusiones sentimentales que en puridad no pertenecen a la esfera de lo poético. Y el poema deberá transformar el tema más íntimo y desesperado en «una fiesta», en una «cosa ligera». Y ese proceso de transformación es lo que convierte al poeta en alquimista, en mago (de ahí el título de Charmes, «cantos» pero también, si atendemos a su etimología latina, «magias», «conjuros», «sortilegios»).
Pero no divaguemos, que a Valéry lo conoce todo el mundo, aunque no lo haya leído casi nadie. Lo importante en este momento es celebrar el estupendo libro que ha dedicado M.A.-C. a las relaciones del poeta francés con el mundo hispánico. Un libro que llega a nuestras manos enriquecido por unos excelentes prólogo y epílogo, firmados respectivamente por los maestros Carlos Bousoño y José Hierro.
Un libro repartido en tres grandes secciones: «España y el mundo hispánico en Paul Valéry» (la hispanofilia de Valéry, sus viajes a España, sus encuentros con Unamuno, Ortega, Madariaga y Eugenio d’Ors); «Paul Valéry en España y en el mundo hispánico» (la recepción de Valéry en España e Hispanoamérica, desde las generaciones del 98 y del 27 a poetas actuales como Padorno, Carvajal, Colinas, Carnero, Siles, Castaño o García Montero); «Traducciones al castellano de «Le cimetiere marin»» (incluyendo todas las versiones españolas de las estrofas 1, v y XXIV del poema); y veinticuatro partes (Introducción más veintidós capítulos, más Conclusión) que evocan las veinticuatro estrofas del Cementerio y, cómo no, las horas del día. Un libro con sesenta páginas de completísima bibliografía en el que solo echo de menos un índice de nombres propios.
Los últimos veinte o veinticinco años han sido un período de grandes cambios en la estructura de los hogares y familias en toda Europa. Tales cambios se han producido en ámbitos como el social, el demográfico o el económico, por citar los tres de mayor relevancia. Las transformaciones más significativas se concretan en el tamaño medio de los hogares, con una clara reducción de los que reunían un mayor número de miembros; el aumento de los hogares unipersonales; la disminución de los hogares multigeneracionales; el incremento de los hogares sin hijos; la disminución de la cantidad de hijos por hogar; la multiplicación de las personas ancianas que viven solas, y el desarrollo de los hogares monoparentales.
Todos estos cambios tienen que ver con un conjunto de transformaciones demográficas a la vez intensas, rápidas y de algún modo preocupantes: la caída vertiginosa de la fecundidad matrimonial; la disminución de los índices de nupcialidad, el incremento del fenómeno de la cohabitación, la multiplicación de los divorcios y el crecimiento de la cantidad de hijos extramatrimoniales.
Tales procesos y efectos se han traducido en un hecho fundamental: que el hogar tradicional (el hogar que mejor se identifica con el concepto de familia), compuesto por un marido, una mujer y unos hijos, ha dejado de ser la única forma, o la norma común, de convivencia en nuestras sociedades. Hoy tiene que compartir su existencia con otras formas, con otros tipos de hogar. ¿Con otros tipos de familia? Yo creo que con otros tipos de hogar sí, pero pienso, al mismo tiempo, que el concepto de familia (antes identificado con el de hogar a través del modelo que he definido como de familia clásica) debe ser reservado para esta última acepción; es decir, el de institución constituida por los padres y los hijos; todos mis respetos a otras formas de unión (homosexuales o de otro tipo); o a las particulares características de algunas de ellas (unipersonalidad o monoparentalidad). Son en efecto formas respetables de unión, pero no son quizás familias stricto sensu. Y digo todo esto porque éste es el concepto de familia que Francisco Cabrillo emplea en su libro y sobre el que realiza su análisis. Desde esta perspectiva (y desde otras, por supuesto) el análisis de la familia tiene ya muchas investigaciones empíricas y muchos trabajos teóricos. Pero es preciso reconocer que la mayoría de los trabajos se han realizado desde el enfoque de la sociología o de la demografía.
Faltaba en nuestro país un libro que primase la «orientación económica de la familia»; que presentara, como él mismo acierta a decir en el prólogo, los «principios generales de la economía de la familia de forma global y sistemática, con especial referencia a la institución familiar española».
Como se diría en una tesis doctoral, el libro viene, por lo tanto, a colmar un gran vacío en la bibliografía española sobre el tema. Hay que destacar, por tanto, la oportunidad del libro y, por supuesto, su calidad en el tratamiento de un tema tan oportuno.
Con su lectura sabemos mucho más sobre la elección del cónyuge, sobre el juego de los emparejamientos, sobre el precio de la novia, sobre por qué la gente tiene hijos, sobre el valor de los hijos y sobre muchas cosas más. Me parecen bien todos los capítulos. Me parecen adecuados los dos niveles de lectura que el autor propone, y me parece especialmente interesante el capítulo dedicado a la protección de la familia por su interés objetivo y por su especial relevancia para la actual situación española. Tenemos la tasa de fecundidad más baja del mundo y tenemos la política de ayuda familiar más insignificante de la UE. Algo tendrá que ver lo uno con lo otro. Parece que las condiciones objetivas para una posible recuperación de la fecundidad son adecuadas: la estructura por edades es todavía favorable y la crisis económica parece haber dejado atrás sus consecuencias más negativas. Aun cuando no se establecieran con fines natalistas medidas más decididas de protección a la familia (en el sentido «cabrilliano» del término) podrían favorecer lo que yo entiendo como necesaria recuperación de la natalidad en nuestro país.
Un documento breve, aparecido en 1875 en forma epistolar, y dirigido «a Su Gracia el Duque de Norfolk», bajo la firma del sacerdote y teólogo inglés John Henry Newman, suscita, muchos años después, el mismo interés que despertó en la Inglaterra victoriana en el último cuarto del siglo XIX.
La clave de esa actualidad tal vez estribe en que Newman se muestra como eterno buscador y defensor de la verdad frente a la intolerancia, de la libertad frente a los que hablan mucho de ella, pero no están dispuestos a concederla a los que no piensan como ellos. Una lucha en defensa de la verdad y la libertad, que continúa en nuestros días, cuando nos encontramos a las puertas del siglo XXI.

La Carta al Duque de Norfolk del que sería después elegido cardenal de la Iglesia Católica, J.H. Newman, fue publicada como respuesta a un agresivo folleto del político británico William Gladstone, figura destacada en los gobiernos de la Reina Victoria, que había demostrado en numerosas ocasiones su animosidad contra los católicos.
Newman consideró necesario salir a la palestra a combatir en defensa de sus más profundas convicciones religiosas. Lo hizo con enorme talento, mesura, comprensión hacia el oponente y hasta con una bien calculada dosis de ironía y flema británicas.
No sabemos por qué extraños motivos esta carta, modélica en muchos aspectos, y citada con frecuencia en numerosos documentos recientes del Magisterio de la Iglesia, no había sido traducida al español. Al disponer ahora de esta cuidada traducción a cargo de Víctor García Ruiz y José Morales, es más fácil considerar alguna de las razones por las que el texto de la carta no estuviera disponible en nuestro idioma. La dificultad estriba en el inglés de Newman, muy bien elaborado y denso de contenido, que habrá exigido sin duda a los traductores un trabajo paciente, y minucioso que ha resultado sobresaliente.
La Introducción sitúa al autor y a sus escritos en su contexto histórico, y resulta de lectura indispensable para interpretar los términos de la polémica suscitada. Se incluye, para completar el pensamiento de Newman reflejado en la carta, un capítulo de otra de sus obras, Sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, también de gran interés en relación con los temas tratados.
A pesar de la brevedad del libro, los comentarios que suscitan los textos de Newman podrían llenar varios voluminosos tomos. Tal vez debido a la enorme capacidad de síntesis que define el método expositivo del teólogo británico. Por lo que se refiere al contenido de la carta, en términos generales, Newman rechaza con gran fuerza la acusación de Mr. Gladstone relativa a la falta de patriotismo que injustamente atribuye a los católicos ingleses.
Según tales acusaciones, los católicos, por su fidelidad a la Iglesia romana y a su cabeza visible, el Papa, se verían incapacitados para ser fieles a las normas, decisiones y deberes exigibles a todos los súbditos de la Corona- británica. Alude Mr. Gladstone con especial virulencia al contenido del Syllabus y a la infalibilidad del Papa, definida en el Concilio Vaticano I, clausurado en 1870 durante la invasión de los Estados Vaticanos.
Ante esas «lealtades encontradas», que el político Gladstone atribuye a los católicos, Newman reacciona con valentía y rotundidad. Con una lógica serena, irrebatible, demuestra la falacia de tales acusaciones y prueba con argumentos teóricos y prácticos su falsedad. En todo momento, se mantiene fiel a la verdad, dispuesto a reconocer errores y exageraciones que hayan podido cometer los católicos, pero siempre salva la santidad de la Iglesia, a la que reconoce como única heredera de la fundada por Jesucristo y encarnada por el Sumo Pontífice en la Cátedra de Roma.
Verdad, libertad, comprensión, tolerancia y respeto a los derechos de los que no piensan igual, son los valores de Newman
En aquellos tiempos tan comprometidos, una vez sentadas las bases doctrinales en las que fundamenta su fe, Newman habla de justicia y tolerancia y la reclama para los católicos que, como él mismo, se reconocen tan fieles cumplidores de sus deberes patrióticos, de ciudadanos ingleses, como de sus deberes hacia la Iglesia romana, puesto que no son de suyo incompatibles.
Es evidente que Newman asume con gallardía la defensa de los derechos de los católicos, olvidados, cuando no allanados, por las autoridades políticas y religiosas. Su voz se alza, segura, comprensiva con la posición de la Iglesia Anglicana, pero sin dejar el menor resquicio sobre su condición de Iglesia separada de la única verdadera.
Verdad, libertad, comprensión, tolerancia y respeto a los derechos de los que no piensan igual, son los valores que Newman maneja con admirable precisión y soltura de estilo, dando lugar a páginas brillantes, de actualidad permanente. La Carta al Duque de Norfolk es una pieza magistral del género epistolar que se vuelve oratoria fluida en sus conclusiones finales.
Ejemplo de solidez en el contenido, atento el autor a no renunciar a las propias convicciones, respetando al mismo tiempo las ajenas. Hablando así, con palabras y hechos, del verdadero sentido del amor y la caridad cristianas que, tantas veces, se olvidan al dictado de las pasiones.
En su sentido europeo clásico el liberalismo es un orden social basado en la primacía de la libertad individual, el gobierno limitado por el imperio de la ley y el libre mercado. Su fundamento es la dignidad de la persona y el ideal platónico clásico de la búsqueda de la vida correcta a través de la discusión racional. Es el ideal que defienden, entre otros, Tocqueville, Lord Acton, Constant, Montesquieu, Jefferson, Madison o Burke. Un liberal no olvida que, como afirmó Milton, «una larga permanencia en el poder podría corromper al más honesto de los hombres». El liberalismo sigue siendo el más alto sistema de valores que la civilización occidental, y que la civilización sin más, ha producido. En el siglo que declina ha sufrido con éxito los asaltos del fascismo y del comunismo, la rivalidad del socialismo y la hostilidad de los viejos nacionalismos e integrismos. En el terreno de las ideas, después del fracaso del comunismo, solo ha recibido el desafío comunitarista, cuyo manifiesto fundacional es quizá la obra de Amitai Etzioni, El espíritu de la comunidad. Este libro de los profesores de Oxford Mulhall y Swift, cuya primera edición inglesa fue publicada en 1992, es una excelente exposición del reciente debate entre liberales y comunitarístas.
Quizá su principal defecto resida en el excesivo papel conferido a la influyente teoría de John Rawls, al convertirla en el paradigma del liberalismo contemporáneo, cuando, desde la perspectiva de los autores citados antes, sería dudosa su consideración de liberal. El libro expone los principios fundamentales de la teoría de la justicia de Rawls, las críticas comunitarístas de Michael Sandel, Alasdair Maclntyre, Charles Taylor y Michael Walzer, la réplica de Rawls (y la notable modificación de sus posiciones teóricas) en su reciente libro El liberalismo político, y las posiciones liberales de Richard Rorty, Ronald Dworkin y Joseph Raz. La tesis que quisiera solo apuntar aquí es que, a mi juicio, el apasionante debate del que dan tan cabal y documentada cuenta los autores deja en lo esencial intocado al liberalismo clásico tal como lo he caracterizado al comienzo de estas líneas. Las críticas comunitaristas afectan, y notablemente, a las posiciones teóricas de Rawls. Hasta el punto de que se ha visto obligado a modificarlas sustancialmente. Pero no, por poner un ejemplo, a Tocqueville que, siendo genuinamente liberal, anticipa algunos elementos esenciales del pensamiento comunitarista, como puede comprobarse en el excelente libro de Robert Bellah y otros, Hábitos del corazón. Al margen de esto, el debate analizado es apasionante y gira en torno a cinco problemas fundamentales: 1) la concepción liberal de la persona ignoraría que éstas están constituidas por la concepción del bien que asumen y que procede básicamente de la comunidad en la que están insertas; 2) los liberales defenderían, según sus críticos, un individualismo asocial que reduce la sociedad a una mera cooperación entre individuos e ignora que es la comunidad la que forja a los individuos; 3) El liberalismo habría ignorado, en sus pretensiones universalistas, el hecho de que las diferentes culturas encarnan valores diferentes e inconmensurables (Sin embargo, paradójicamente, son más bien los liberales, aunque solo entre los tratados en esta obra, quienes defienden la relatividad de los ideales de vida, mientras que muchos comunitaristas se adhieren a la correcta tesis de la objetividad de los valores); 4) Por esto, los comunitaristas reprochan a los liberales (quizá mejor a Rawls) su subjetivismo frente al objetivismo que ellos defienden; y 5) Los liberales defienden que el Estado debe ser neutral en lo relativo a los ideales de vida individuales y abandonar toda pretensión perfeccionista.
La polémica, además de replantear el viejo problema de las relaciones entre justicia, libertad e igualdad y la cuestión de los límites del individuo frente a la comunidad, desafía las tradicionales distinciones entre derecha e izquierda, pues si, para unos, el desafío comunitarista es la nueva versión del pensamiento reaccionario, para otros, se trata de una especie de neomarxismo, de un contraataque de la izquierda contra el ideal liberal. Los autores concluyen que el ataque comunitarista es serio y que al liberalismo no le bastará en el futuro con una mera estrategia abstencionista. A mi juicio, esto es muy cierto respecto del liberalismo rawlsiano y, en gran medida, del defendido por Rorty, Raz o Dworkin. Pero la inteligente crítica comunitarista apenas roza al ideal liberal clásico, al que considera que el viejo ideal europeo de la libertad y la autonomía individuales es algo más que un principio relativo propio de una determinada civilización, que expresa el ideal irrenunciable de la humanidad.
Lo más característico de la escritura de Ramón Gaya es la abundancia de puntos suspensivos. Es en justa consonancia con su pintura -una pintura de puntos suspensivos también- como los escritos de Ramón Gaya hacen de ese modo de acercarse a la comprensión de la pintura una lección de humildad en la que ésta se constituye en suprema virtud. A un lado de los puntos suspensivos, el delicado y hondo escritor suele avanzar sensaciones, algún que otro juicio contundente, ciertas experiencias íntimas, y al otro lado, una vez constadada la renuncia a la definición y a la teoría, al otro lado del cauce transparente e inasible por el que no en vano pasan las aguas de la pintura, y tras una leve suspensión del ánimo señalado con elocuencia por aquellos signos gráficos, lo que en la mayoría de las ocasiones nos encontramos es… la vida. Así ocurre en el último libro publicado por el pintor, Naturalidad del arte (y artiflcialidad de la crítica), que acaba de aparecer editado por la editorial Pre-Textos y que resulta ser un breve panfleto -un refinado, sincero y humilde panfletoque Gaya escribió en Roma en 1975 y al que ahora ha añadido la página y media que le pedía al parecer su amigo José Bergamín para que el texto resultara acabado. El libro, por lo demás, viene a consistir en una suerte de coda de la obra completa que paulatinamente la misma editorial ha ido reuniendo en los tres volúmenes que desde 1990 nos ofrecen los escritos del pintor y en los que se encuentran a disposición páginas tan fundamentales como las del Sentimiento de la pintura o el Velázquez, pájaro solitario, su libro más divulgado (Vol I, 1990); las anotaciones más o menos viajeras dedicadas a ciudades, a pintores, a amigos o a poetas (Vol. II, 1992); o el Diario de un pintor (Vol. III, 1994). Andrés Trapiello, uno de sus máximos admiradores y comentaristas, ha editado en La Veleta Algunos poemas del pintor Ramón Gaya (Granada, 1992), una muestra más de la coherencia intelectual y expresiva del artista, ésta vez en los incontestables versos que todos conocemos.
El libro que ahora se publica de Ramón Gaya está dedicado, pues, a la crítica y, en concreto, a la inexistencia e inutilidad de la crítica como disciplina profesional. El segundo párrafo lo resume, concluyendo: «lo más patético del crítico de arte… es que entiende de una cosa que… no comprende». Con ello el pintor y el gran espectador y vividor de pintura que Ramón Gaya es desbarata la primacía teoricista que ha hecho del arte en connivencia con la crítica una cosa de peritos y de técnicos. El arte para Gaya queda como algo que, en su raíz -esa raíz es la que rondan incesantemente sus escritos- les es profundamente ajeno. Como ajenas al misterio y al enigma del sentimiento le parecen desde 1928 las disquisiciones y producciones de la teoría vanguardista. Con respecto a ello, no obstante, cabe detenerse en cierta lectura que demasiado a menudo hacen de Gaya los que se confiesan sus discípulos y admiradores, y es que se suele ver en él una ambigua antivanguardia anterior a ella misma cuando, en realidad, Ramón Gaya, al igual que sucede con Bergamín, no se explica sin la propia vanguardia.
A contracorriente de la empecinada linealidad del arte moderno -esa gran palabra- tal como ha sido concebida durante nuestro siglo, la pintura y la escritura de Ramón Gaya están, sin embargo, lejos de consistir en un melancólico contrapunto literario. En este último libro, sin ir más lejos, asoman aproximaciones, bien que al modo intuitivo y casi confesional con en el que pintor huye de cualquier reflexión estética conceptual, a aspectos fundamentales del arte y de su historiografía contemporánea como la relación arte- realidad (pág. 16); el perfil del artista que, con «mano vacante» y no como el romántico Prometeo, toma «la enigmática acción creadora» (pág. 18); la autonomía o heteronomía de esa creación (pág. 21); la relación arte-vida (pág. 25); la especialización profesional de la crítica (pág. 26); la historia (pág. 37); la opacidad de la obra de arte (pág. 42); la relación arte-naturaleza (pág. 48); la relación arte-cultura (pág. 49); o la esperanza de una nueva mirada tras una tradición entendida como cerrada (pág. 57).
Esa última nota de esperanza nos dice, como solo Gaya sabe hacerlo, de un lugar para la creación en el que no existe la vanidad de la historia -que es la que ha decretado tantas veces la muerte de la pinturay de la infinita posibilidad de actualización del sentimiento y de la emoción cuando el pintor, convertido en una suerte de ejecutante ocasional de una partitura ya escrita, se dispone a su tarea, sabiéndola lugar de paso hacia el alma.
En los últimos veinticinco años la teoría literaria ha conocido una notable convulsión: su detonante ha sido la publicación en Occidente de las obras de un pensador ruso, Mijáilovich Bajtín (1895-1975), quien forma parte ya del más selecto santoral de la crítica literaria contemporánea, junto a Roman Jakobson, Northrop Frye, Erich Auerbach, Walter Benjamin o Paul Ricoeur. Aunque la filosofía y la estética filosófica en buena medida aún le ignoran, Bajtín ha ido alcanzando en los últimos años el reconocimiento de pensador excepcional, cuya voz, con tonos a la vez extraños y reconocibles al oído, se eleva por encima de los registros más ordinarios del coro común, aunque sin dejar de oír a éste y sin despreciarlo.
Con todo, el retraso y el carácter polémico con los que se está reconociendo en Occidente la relevancia de su pensamiento no se explican únicamente porque se trate de un ruso, de un ruso de vida azarosa, de un ruso de vida azarosa desconocido casi hasta el final de su vida en su propio país, de un ruso de vida azarosa desconocido casi hasta el final de su vida en su propio país y cuyos textos han sido tardíamente traducidos. Tienen que ver con la excepcionalidad y la originalidad de sus planteamientos, que para muchos de los usos intelectuales vigentes en Occidente resultan tan sorprendentes como lo sería la aparición de un cosmonauta en un poblado masai. Esto es visible en cualquiera de los conceptos que articulan el universo de la comprensión bajtiniana del «mundo» de la literatura, o sea, del mundo. Ideas como las de la naturaleza carnavalesca del existir humano, la de la «palabra intrínsecamente convincente» o la de «no tener coartadas frente a la existencia»; nociones como las de «carnaval», «lo grotesco», «dialogía», «heteroglosia», «polifonía», «cronotopo» o «extraposición» ponen de manifiesto su fina conciencia de las tremendas ambivalencias regeneradoras de lo real. Dan a sus tesis un aire de «prefuturo», que las diferencian incluso de las de los pensadores occidentales más ricos y conscientes. Se puede tener la sensación, al leer a Bajtín, de que existen «postmodernidades» ingenuamente «premodernas».
Dos aspectos, en particular, muestran bien la excepcionalidad del pensamiento de Bajtín: el primero consiste en que convierte el relativismo occidental y el dogmatismo totalitario en ridículos discursos fúnebres ante ataúdes vacíos. Y a sus intérpretes se les hace difícil comprender cómo consigue conjugar esa doble vertiente polémica.
Esa extrañeza no es tan extraña: nuestra época ha estado como condenada al dualismo de dos ideologías irreconciliables y mortalmente enfrentadas. Y ese enfrentamiento no ha sido meramente retórico: durante algún tiempo dividió al mundo -geográficamente ya no, intelectualmente es otro cantar— en dos bloques en permanente guerra fría («fría» porque apenas si han entrado en el «calor» de la conversación en la que están insertas).
Bajtín pudo comprender bien ese dualismo irreconciliable durante su condena por activismo religioso a seis años de trabajos forzados en las islas Solovietsky, en el Ártico, durante la primera gran purga staliniana. Su persecución fue indudablemente injusta, pero desde el punto de vista de los verdugos era de una lógica implacable: el condenado criticaba no menos implacablemente el autoritarismo y el dogmatismo de la ideología totalitaria, y los instalados en esas posturas no podían entender que la crítica a su (¿pequeño?) universo definitivo y clausurado pudiera venir de otro lugar más que de los dominios del relativismo individualista: así que lo suyo era alta traición en el Paraíso, a sueldo del Occidente pequeñoburgués.
A la inversa sucede lo mismo: tanto los occidentales que leen con entusiasmo a Bajtín desde posturas heredadas de la Ilustración, que insisten demasiado unilateralmente en su «desocialización» por parte postmoderna, como los que ejercen sobre él una «domesticación» (Ken Hirschkop) superficialmente postmoderna (hay, o ha habido, una «moda Bajtín»), se resisten a creer que la profunda crítica al autoritarismo dogmático encerrada en la estética bajtiniana de la risa, del carnaval, y en su «imagen novelesca del mundo» no establezca vínculos tan sólidos como ellos quisieran con el fundamentalismo relativista en que parece consistir la triste propiedad intelectual de algunos ámbitos de Occidente.
Probablemente ninguna de esas dos vindicaciones tienen razón. Comparten, en su intento supersticioso de hacerse con la propiedad de Bajtín convirtiéndolo en «un precedente» para las propias tesis, el que ninguna de ellas se haya ocupado de rastrear las fuentes más desconocidas de Bajtín (el cristianismo primitivo, la Gnosis, la tradición estética y filosófica greco-bizantina, las experiencias históricas rusas de las que carecemos los europeos).
El Occidente lleva algún tiempo instalado en la comodidad del pensamiento por oposiciones recíprocas y alternativas absolutas y mutuamente excluyentes. Eso es común tanto a la tradición germánica del Philosophus Teutonicus («Debo crear un sistema o ser esclavizado por otro hombre»: William Blake, ]erusalem) como al mero gusto por asombrar, que es más francés. Bajón, de un modo festivo, ayuda a ver hasta que punto pensar con energía pasa por salir de esas cómodas contraposiciones, por acentuar la mezcla, las «cosas variopintas» (Hopkins) de lo real, por bañarse en «el arte imposible de la vida» (Chesterton).
El anhelo occidental de una superación de la dualista ideología orgánica de nuestro tiempo no es nuevo. (Tampoco lo es su fracaso). Aquél ha sido compartido por otros pensadores, por todos los que llamamos grandes, que no solo han intentado elevar a concepto su tiempo, sino elevar a concepto el modo en el que el tiempo —los tiempos— se elevan a concepto. Algunos, como Bajtín, con la conciencia clara de que ese proceso no es clausurable, de que el último capítulo de la historia del mundo no se puede escribir: «no existe -escribió memorablemente- ni la primera ni la última palabra, y no existen fronteras para un contexto dialógico (asciende a un pasado infinito y tiende a un futuro igualmente infinito). Incluso los sentidos pasados, es decir, generados en el diálogo de los siglos anteriores, nunca pueden ser estables (concluidos de una vez para siempre, terminados); siempre van a cambiar renovándose en el desarrollo del proceso posterior del diálogo… existen las masas enormes e ilimitadas de sentidos olvidados… en el proceso, se recordarán y revivirán en un contexto renovado y en un aspecto nuevo. No existe nada muerto de una manera absoluta: cada sentido tendrá su fiesta de resurrección».
Lo que propone Bajtín como vía para ir más allá del pensamiento de nuestro tiempo es el dialogismo. Tampoco ha sido el único en proponerlo. La presencia de la palabra y el lenguaje en la tradición de Occidente la han hecho irrenunciable la Escritura y el Verbum de la tradición judeocristiana, el Logos de la Grecia clásica, la oratoria romana, las tradiciones renacentista, romántica o hermenéutica, y llega desde ellas hasta Wittgenstein, Heidegger, Peirce, Gadamer, Habermas, Foucault o los estructuralistas (y también hasta los postestructuralistas, aunque no quieran convertirse en una parte de la tradición de la que ya forman parte).
Pero no todos han tenido la misma suerte en la tarea ni sus esfuerzos son valorables en la misma medida. Eso podría responder a razones históricas en las que Bajtín contaría con alguna ventaja sobre el modelo de pensamiento occidental hoy vigente, y ése es el segundo motivo de la excepcionalidad de su pensamiento, a saber: no es en absoluto ajeno a la radicalidad del dialogismo bajtiniano el origen primordialmente estético de su manera (hay que resistirse a llamarla «método») de pensar. Que sea estético en su origen -y no por «aplicación»— produce un contraste entre sus tesis y la común filosofía europea. Ese contraste tiene que ver con los posibles orígenes diversos de lo estético en Oriente y en Occidente: Bajtín quizá esté en unas coordenadas «geofilosóficas» que le sitúan en medio de esas dos tradiciones.
Mientras que Occidente ha hecho una filosofía que termina (y en algunos casos se cancela) en una estética, la continuidad entre lo sensible y lo espiritual propia de esa otra tradición en la que Bajtín también habría bebido —la tradición greco-bizantina, la lucha entre el primitivo cristianismo oriental (o sea, el primer cristianismo) y la Gnosis- daría lugar a una pluralidad inaugural de manifestaciones de lo real en escenarios no determinados previamente por la organización de la objetividad por parte de un Logos monológicamente entendido con el modelo de la ciencia experimental: eso quiere decir que lo estético formaría parte, ab origine, de esa sensibilidad, que puede describirse entonces como comprensión de muchos escenarios, cada uno con su propio Logos (la polifonía, el dialogismo bajtinianos). La estética no aparece en esa tradición como el estatuto problemático de la objetividad: aparece como algo tan real que es previo a ella, como el lugar en el que comparecen los sentidos de lo real. Y opondría, a la conciencia monológica del sujeto moderno y a su mundo objetivo y racionalizado (que según algunos desemboca en la actual clôture del sentido), la conciencia dialógica y la imagen del mundo como una novela polifónica: daría un toque «bizantino» a los rasgos gnósticos de la Ilustración europea; haría ver que el paradigma de la razón como un tribunal y de lo real como un teatro debe tener en cuenta las razones de numerosas voces y el estado carnavalesco de la vida humana.
Esa tradición quizá haya facilitado a Bajtín alumbrar una filosofía que no necesita un estatuto exento respecto de lo estético (lo estético es la mediación entre el logos y lo real: el tiempo, el espacio, la materia, la cultura, la subjetividades, el sentido; o sea, todo lo que es fraccionado en Occidente para conseguir objetividad) para explicar la realidad con aspiraciones de universalidad, es decir, sin necesitar ser o dogmático o relativista.
Mientras que la mayor parte de los pensadores de Occidente —incluso Heidegger— se han ocupado de los problemas estéticos y literarios en particular, de forma secundaria, como una aplicación de la filosofía más «fundamental», Bajtín hace surgir su pensamiento precisamente de la estética: del diálogo esencial entre el autor y su personaje, su héroe. Encuentra el dialogismo en la polifonía que caracteriza la poética de Dostoievsky (no aplica apriorismos filosóficos al genero novelesco, sino que encuentra principios filosóficos ¡en las novelas!). Captar ese diálogo no solo le permite criticar las concepciones vulgares, retóricas en el tosco sentido moderno de esa palabra, de la -en tantos casos parlanchina estética literaria europea, sino que le permite desarrollar toda una estética y una teoría de la responsabilidad, entendiendo ésta última éticamente: como la capacidad de respuesta en ese diálogo esencial. Por contra, Bajtín entiende que tanto las posiciones relativistas como las dogmáticas excluyen el auténtico diálogo: la primera lo hace imposible y la segunda lo declara innecesario.
Pero comprender ese diálogo no es tarea fácil: para alcanzar la comprensión es imprescindible un esfuerzo de lo que Bajtín llama «extraposición», el intento de situarse fuera de esa relación dialógica. Algunos han entendido esto como un pobre perspectivismo: la observación neutral que prescinde del carácter responsable del ser humano como ser en diálogo. Pero la perspectiva según Bajtín está cargada de responsabilidad, porque no hay coartadas para la existencia concreta, la única real, y, lejos de significar una limitación para apreciar las verdades, permite comprender a éstas como encuentros entre sujetos y culturas en el curso de una conversación con sentido.
Para concluir, cuenta el cineasta ruso Serguei Eisenstein que, cierta vez, en la India, un Lord recibió la noticia de que su servidor indio, que iba a su encuentro con el equipaje de su señor, había sido partido en dos por un tren, «que me envíen la parte en la que se encuentre mi reloj», cablegrafió el británico: los europeos solemos medir las ideas de otras latitudes menos familiares con el mezquino reloj de nuestro tiempo y nuestro espacio. El valor inmenso y desconocido del pensamiento de Bajtín, que se sitúa más allá de los límites acústicos de los cantos ideológicos más recitados y vigentes en nuestro espacio y nuestro tiempo, debe pagar quizá el precio del desconocimiento o la incomprensión. Comprender, tantas veces, suele significar reducir algo a lo que nos resulta conocido, familiar, rutinario. De ahí que el genio y el talento resulten tantas veces oscurecidos en su tiempo.
El texto que presentamos a continuación apareció en 1992 en traducción italiana, en la revista Athanor, 3/1992 (Longo Editori, Rávena), y en 1986 en la edición original rusa, en una antología titulada Literatumo-Kriticheskie stat’i, a cargo de S.G. Bochárov y V.V. Kozhínov (Khudozhestvennaia Literatura, Moscú). El lector advertirá operando en él algunos de los rasgos aquí aludidos del pensamiento de Bajtín.