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Ver productosHacia otra economía española es un libro sugerente, en donde se nos recuerda a todos los españoles que todo país que ignore su historia está condenado a repetirla y que el futuro no se vislumbra, sino que se hace (O. M. Keynes). En ese sentido, el profesor Velarde argumenta que es necesario reorientar la economía española hacia sendas de mayor desarrollo y bienestar. Ello exige una actitud política fundamentada sobre tres elementos exógenos: la integración en la Unión Europea (UE) es irrenunciable; los males heredados del pasado más inmediato no se pueden repetir; por último, el cambio político surgido tras las elecciones generales de marzo de 1996 es una realidad.
A lo largo de diez capítulos (más un proemio) y sesenta epígrafes, el profesor Velarde realiza un análisis histórico y sectorial de la economía española, evidenciando cuáles son los males que afectan al desarrollo moderno de ésta. A partir de ahí, alumbra con mucha sutileza y perspicacia algunos de los cambios que han de producirse, si es que verdaderamente deseamos entrar en el proyecto de la Unión Europea. En ese sentido, creo que éste es el principal valor que afiade al conocimiento de la economía española pues, hasta la aparición de esta obra, disponíamos de algunos trabajos que explicaban la formación del capitalismo en España (análisis histórico) y la estructura sectorial de nuestra economía (análisis sectorial), pero no disponíamos de un análisis que integrase ambos elementos.
En mi opinión, el esquema analítico de Velarde es muy sugerente; le auguro un gran impacto académico e investigador, que incluso podría superar al propuesto por Maddison en su obra Historia del desarrollo capitalista. Susfuerzas dindmicas. Integra con gran precisión el análisis histórico y el estudio sectorial del moderno capitalismo español: la cuestión industrial, el problema de los servicios, los males del sector público, la fábula del Estado del bienestar, el problema del desempleo y el mal ambiente institucional de nuestro país no son el fruto del último otofio socialista, sino la consecuencia lógica de un conjunto de errores históricos, que se han ido acumulando a lo largo del tiempo.
No puedo finalizar esta recensión del último libro publicado por el profesor Velarde Fuertes, sin comentar un aspecto no explícito en la letra impresa, pero que subyace a lo largo de todo el texto: en esta obra se refleja su honestidad intelectual, el compromiso social, la inquietud científica y el talante universitario. Es muy loable el repaso y reconocimiento explícito que hace acerca de algunos estudios parciales de la economía española; es significativa la intención última del autor de reorientar a nuestros gobernantes actuales, para que no rememoren episodios tristes de nuestro pasado más inmediato; y, por último, es gratificante observar cómo el profesor Velarde se plantea como objetivo prioritario participar con su opinión en el momento oportuno y necesario.
El cambio social es un término de uso diverso, dependiendo del dominio disciplinar que lo aborde. Puede ser entendido como la alteración de la estructura social, pero también en el sentido más amplio de transformaciones en la organización política, la economía y la cultura. Lo que sí parece evidente es la utilidad de afrontar este tema desde un punto de vista historiográfico, pues el cambio social sucedido en el pasado podría ayudar a comprender el cambio social presente y futuro.
El impacto y las consecuencias de la llamada postmodernidad -en sus concreciones, como el postestructuralismo o el giro lingüístico- o la crisis de los «ismos» favorecen un examen con ojos nuevos de grandes temas que en otro tiempo fueron relevantes para la disciplina histórica. Se llega así a la cooperación, a la tan traída y llevada interdisciplinariedad.
En cierto modo, este deseo preside buena parte de este libro, que recoge las Actas de las «V Conversaciones Internacionales de Historia», celebradas en la Universidad de Navarra (22- 24.IX.1993). Diversos especialistas reúnen en él sus oficios y tradiciones propias para poner en común propuestas con las que salir de la crisis de identidad que nos afecta a todos. Sociólogos, filósofos, antropólogos y, sobre todo, historiadores, contribuyen con sus reflexiones a buscar puntos de partida diversos, pero con un objetivo común: unir sus esfuerzos en un programa de máximos centrado en la posibilidad de la historia universal. Sin pretensiones de monopolio, es decir, sin plantear la primacía disciplinar propuesta por el historicismo decimonónico, al hablar del cambio social analizan un cambio temporal concreto.
Para el estudio de la complejidad de cada cambio ha de contarse con la base de abstracción y teoría propuesta por C. Morazé en la ponencia que recoge el libro. A ello se dedican R Alvira, P. P. Donati, C. Lisón-Tolosana y J. Rüsen en la primera parte del libro. Todos ellos analizan componentes y puntos de vista que tanto la filosofía como la sociología, la antropología o la historia utilizan para analizar el cambio social. Concluyen que es necesaria la consideración histórica del cambio y también otorgan relevancia a la figura del humanista en la investigación, pues ella contribuye al cambio, a la ruptura del mito de la objetividad y, aunque introduzca un componente de duda, ayuda a conocer las limitaciones del objetivismo y refuerza los aspectos de su función en orden al conocimiento de la realidad del pasado.
La segunda parte del libro se centra en los factores que inciden en el cambio social (T. R Tholfsen, J. M. Sánchez-Ron, J. Orlandis, J. P. Fusi, A Corvisier, W. H. McNeill, P. Mathias, J. Dupâquiery J. Andrés-Gallego).
La última parte del libro aborda tres ejemplos de cambio social; A Morales-Moya, C. Calhoun y M. Ferro hablan de sus protagonistas, del nacionalismo y de la caída del comunismo en la URSS. La publicación recoge también los debates suscitados por las ponencias. Como colofón, los editores reflexionan sobre las perspectivas adquiridas para la Historia y para el resto de disciplinas.
Su atención primordial se centra en el aspecto antropológico y la conclusión general a la que llegan es que son necesarias síntesis más reflexivas que descriptivas y una meta-historia más comprehensiva que explicativa y, por tanto, pluridisciplinar. El historiador -un humanista, al fin y al cabo- debe ser consciente de sus limitaciones y tratar a la vez de superar su especialización. ¿Supone esta propuesta una utopía, un ideal romántico? Tal vez; pero, como reto, no deja de tener su atractivo.
Otto Schulmeister es una de las voces más autorizadas para hablar de la cultura y de la política centroeuropea y, en particular, de la de Austria. Doctor en Ciencias Políticas y periodista, ha estado al frente del diario vienés Die Presse, el principal del país, durante treinta y seis años. En 1946, con el prelado Mauer y otros intelectuales, fundó la revista cultural católica Wort und Wahrheit (Viena y Friburgo) y dirigió su redacción durante los seis lustros de su existencia, en los que fue la más importante publicación de su género en lengua alemana. Ha escrito, en fin, libros de análisis político y social sobre Austria, que es el gran tema de su vida. Se diría que cada varios años «escanea» a sus compatriotas. El último de sus «informes» es el presente EmstfalL. El autor de esta reseña conoce a Schulmeister desde la segunda mitad de los cincuenta y aprecia grandemente su talento y su experiencia. Por eso, ha leído con atención su examen del «caso de Austria» (¿un caso singular, o más bien algo parecido al que podría ser el nuestro, tras el esfuerzo de la transición, si nos descuidamos un poco?).
La obra ha sido traducida al inglés como La crisis de Austria. Si el autor se hubiera encarado con la realidad actual de su nación interrogándola, muy bien podía haber dicho «Austria, hoy por hoy, ¿quién eres tú y qué es lo que te propones ser en el contexto que ahora te envuelve?» El libro contiene unas estampas de la realidad austríaca vista por uno de sus más lúcidos estudiosos, que, además, vive sus problemas con el alma.
A los cincuenta años de la Segunda República, Austria es una «democracia de funcionarios» administrativos y políticos; una sociedad organizada –o mejor, estructurada-, urbanizada y consumista, con ejércitos de pensionistas y un nivel medio de vida más que confortable. Con poco interés por el pasado, arrastra una crisis de sus valores históricos: familia, Iglesia, mayores, tradiciones, «raíces». (Algo semejante ocurre también en otros lugares y podría llegar a rozar nuestros propios espacios). A los austríacos no les va mal con el bienestar generalizado y las aplicaciones de la técnica que les hacen fácil y agradable la vida. Pero si quieren seguir siendo ellos mismos y no unas plumas volanderas sin tierra bajo los pies, no deberían perder ni la solidaridad con el pasado ni la conciencia y el cultivo de la propia identidad. No son unos cuneros de la historia, sin más señas que el Lebenstandard o la cifra del PNB. Esos dos retos que se plantean a Austria, si quiere ser ella misma y aportar algo al conjunto supranacional europeo, valen también para nosotros.
Austria ha sido muchas cosas a lo largo de la historia y generalmente en el mismo territorio y con una cultura católica y germánica. Ha sido tierra de frontera en los primeros tiempos del imperio medieval, de donde viene su nombre originario alemán de «Reino del Este», el «Oesterreich» actual, del que proceden el «germanismo» latino del siglo X «Ostarichi», que no se impuso, y finalmente el culto neologismo «Austria», que desde el XII se extendió por las lenguas de cultura. Austria ha sido la «Casa de Austria» o de los Habsburgo. Y también, sucesivamente, Sacro Romano Imperio, crisol de pueblos y culturas, y gran potencia antes y después del nuevo Imperio y la monarquía dual que duraría hasta 1918. En Versalles, los dominios de la «Casa de Austria» fueron repartidos entre cinco repúblicas nuevas (una de ellas, la austríaca) y la monarquía serbia. República entonces por primera vez, conoció una guerra civil y un régimen cristiano- corporativo en la época dorada de los fascismos, y fue provincia del III Reich, tras su ocupación por Hitler. Alineada por fuerza entre los vencidos del 45, sufrió diez años de ocupación cuatripartita, y, por fin, desde el 55, es ya la actual república independiente. Como prenda de paz entre los dos bloques, se vio forzada a mantenerse neutral, hasta que, caídos el imperio soviético y la ideología comunista, pudo por fin ingresar en la Unión Europea.
Pero aquí está la cuestión: para aportar ¿qué? El emperador Federico ni, bisabuelo de Carlos V, desafortunado en la guerra y en la política, que con su reinado llenó más de medio siglo XV, acuñó el famoso acrónimo de las cinco vocales y lo hizo grabar en monumentos, libros y objetos de ajuar. El A.E .I.O.U. de Federico fue ideado como divisa, entre enigmática y humanista, de la «Casa de Austria». Con ella se quería formular la vocación universal de la dinastía y de la nación de la que tomaba el nombre. De las lecturas en que se suele desarrollar el acrónimo, Schulmeister prefiere la que dice Austria Erit In Orbe Ultima, «hasta el final del mundo existirá Austria». Casa e Imperio pensaba sin duda el soñador príncipe. Eso ahora es sin duda agua pasada que no volverá a correr. Pero en Europa puede haber por fin una paz pública, en la que reinen una idea común del hombre y de su destino y no la fuerza o el provecho. Si los austríacos se tomaran en serio a sí mismos y Austria -la Austria que sus nacionales aman y que es el hogar de su naturaleza y su alma (de su geografía y de su espíritu)- acertara a recuperarse, contribuirían a esa venturosa y benéfica realidad. Lo mismo tendríamos nosotros que decir de España, y ponerlo por obra.

Un título tan sencillo como ambicioso pone muy alto el listón de las expectativas. Aunque nos pese reconocerlo, el tema de la libertad presenta recovecos insondables, espacios fértiles para la literatura. En uno de ellos, Ignacio Vidal- Folch ha encontrado los elementos necesarios para construir una buena novela.
La libertad se sitúa en Bucarest, en los tiempos agónicos y paranoicos del régimen del dictador Ceaussescu, en «el año de la tambada». Los personajes forman un grupo extraño y heterogéneo, a veces perdiendo pie, sumergiéndose en un imaginario sentido de la realidad.
Daniel, un engreído ingeniero español a quien las necesidades de los demás solo le causan una profunda indiferencia, es desplazado por su empresa a Rumania con el pretexto de abrir mercado en un país a punto de cerrar «por inventario»… Allí conoce a Lucía (la hija rumana de un compositor) y a toda la colonia de diplomáticos, viejos inmigrantes, comerciantes y traductores agrupados alrededor de la embajada española en los dominios del Titán de los Titanes. A partir de ahí, Ignacio Vidal-Folch relata su historia con excelente ritmo narrativo, trasladándose al pasado cuando el argumento lo hace necesario.
La novela muestra el conocimiento del autor sobre la realidad de Europa oriental y, en concreto, de Rumania; no en vano trabajó allí como corresponsal para cubrir la sangrienta caída de Nicolae Ceausescu. Se equivoca, sin embargo, quien crea estar ante un relato de carácter político o ante una descripción minuciosa de las desgracias del pueblo rumano durante todos esos años. La libertad es una novela de afectos, de sueños y decepciones, de lealtades traicionadas, de saqueos inmorales, de caminos maltrechos.
Los extranjeros que llegan a Rumanía están hechos de una pasta especial: «Si (un hombre) a lo largo de su vida ha construido algo que valga la pena, no lo abandona todo para venir a un país como el nuestro. No, los que vienen solo han dejado en sus casas cenizas y deudas, vienen porque les pagan más por venir», le explica el rector del Instituto Politécnico a uno de sus alumnos en un momento de la novela. Y es cierto. Daniel y los demás no permiten que dejen huella en ellos todas esas vidas expoliadas que van dejando tras de sí, como si éstas fuesen irreales; se mueven con «la libertad» que ofrece el talonario de cheques, sin sentirse obligados por los afectos; se aburren, pero evitan inquietarse por el dolor ajeno; en el fondo, se ríen con cinismo de «la reserva moral» de los rumanos, el principal tesoro que éstos pueden aportar al «mundo materialista» del que ellos proceden y que fingen despreciar.
Los sueños de libertad de rumanos como Lucía están puestos en un avión que cruce el cielo y les lleve a Occidente, donde todo parece mucho más fácil. Creen que su vida dará un día un giro de ciento ochenta grados y esperan, y esperan. Pero Occidente es a veces un pasaje de ida y vuelta del que solo se trae el corazón marchito y pateado y la maleta vacía. Por eso, «también del horror sentimos nostalgia y también añoramos la nada». Con esta frase se abre La libertad. Al terminar sus páginas, el lector comprobará que esto resulta tan cierto para rumanos como para extranjeros. Estos últimos habrán dejado pasar la oportunidad de encontrar la felicidad en un país baldío, pero inexplicablemente vivo. Daniel volverá a casa sabiendo que «el paraíso era un jardín yermo en el vertedero de Europa al que hubiera tenido derecho si hubiera sido más puro, más pobre, más tonto, más sensible, si hubiera sido otro».
Nos encontramos ante un conjunto de más de veinte ensayos, distribuidos en cinco partes, en las que diversos físicos, evolucionistas, biólogos, informáticos, psicólogos y un filósofo discuten una serie de cuestiones fundamentales, que podríamos agrupar en tres grandes temas: el origen del universo, de la vida y de la mente. Estos científicos han roto con la visión tradicional en la que todos hemos sido educados de «dos culturas» -intelectuales de letras por un lado y científicos por otro-, como señaló, hace treinta y cinco años, C.P. Snow en un célebre ensayo. Surge así una tercera cultura, que va más allá de las Humanidades clásicas y de la revolución científica. De esta forma lo comprende el editor de esta obra, John Brockman, presidente de una agencia literaria de Nueva York especializada en la promoción y gestión de derechos de autores científicos.
No es fácil definir lo que se entiende por intelectual. Pero es evidente que, en su época, astrónomos como Hubble, matemáticos como Neumann, cibernéticos como Wiener y físicos como Einstein, Bohr o Heisenberg, no alcanzaron la estimación de los intelectuales. Se les consideró simplemente científicos o sabios. Se entendía que el intelectual, el humanista, debía abordar en su pensamiento aquellas cuestiones que afectan a lo más íntimo de la condición humana. Hoy esta visión ha cambiado por completo. Además, ha surgido un hecho completamente revolucionario. Los periódicos y las revistas de gran difusión se preocupan por la ciencia, de la que Stewart Brand ha llegado a decir que es «lo único noticiable»: «La naturaleza humana no cambia demasiado; la ciencia sí, y los cambios se acumulan alterando el mundo de manera irreversible».
Por otra parte, se ha comprendido «que los intelectuales no son solo gente que sabe, sino gente que modela el pensamiento de su generación». Y el mundo de hoy está modelado por el genoma humano, los sistemas expertos, la realidad virtual, la lógica borrosa o la nanotecnología. Precisamente, la comprensión de estas realidades hace que hoy «Norteamérica sea el semillero intelectual de Europa y Asia». Los científicos han sabido salirse de su propia ciencia e interesarse por otras. Se han constituido nuevas ciencias que participan de las cualidades de otras, como la Biofísica y la Bioquímica. En ciencias como la Ecología se dan cita la Biología, la Botánica, la Zoología, la Oceanografía, la Climatología y otras muchas disciplinas. Nos encontramos en un mundo interdisciplinar. Tomando como básicos estos puntos de vista, este grupo de científicos especula sobre el origen del mundo, de la vida y de la mente. Los orígenes del mundo y de la vida han sido explorados desde hace largo tiempo. El estudio profundo del origen de la mente es mucho más reciente. Este interés se ha visto acelerado por la presencia de los ordenadores y por el desarrollo de la inteligencia artificial. Desde la primera construcción de estos ingenios, se ha planteado el interrogante de hasta dónde puede ser sustituida la mente humana y, sobre todo, la pregunta por el lugar donde radica la creatividad.
Algunos de estos ensayos son sorprendentes e iconoclastas. Por ejemplo, el informático y psicólogo cognitivo, Roger Schank, escribe que «información es sorpresa. Todos esperamos que el mundo se conporte de cierta manera, pero cuando lo hace así nos aburre. Lo que hace que algo sea digno de conocerse se organiza alrededor del concepto de fracaso de expectativas. Las previsiones cobran interés no cuando se cumplen, sino cuando fallan». Y más adelante añade que «aprendemos algo cuando las cosas no salen como esperábamos».
Nos encontramos ante un libro, en definitiva, muy interesante, que nos abre multitud de perspectivas, aunque en algunos casos no podamos estar plenamente de acuerdo con lo que explica.
Con el título genérico de Alma Brasileira (que parece encabezar una grabación de música de samba) y una portada poco común en el catálogo de música clásica seria (Tilson Thomas con un papagayo en la mano en medio de la selva), este reciente disco quiere revitalizar la música de Villa-Lobos y acercarla al público joven.
La música de Villa-Lobos es música brasileña que posee el ritmo trepidante de la música popular, las melodías de las distintas etnias y la riqueza tímbrica e instrumental de su folklore. Este es su aspecto más llamativo, junto al hecho de haber llevado todos estos elementos a las salas de concierto y a la música sinfónica. Al igual que hizo Falla con lo español o Strawinsky con lo ruso, Villa-Lobos supo extraer la esencia de la riqueza musical de Brasil y, junto a la cita pintoresca y puntual, creó un lenguaje muy personal y novedoso. Villa-Lobos (1887-1959) fue un compositor de su tiempo, preocupado por la innovación y con un afán de progreso. Su obra tardó en imponerse, pues fue considerada demasiado vanguardista. Cuando se presentó en París hacia los años 20, causó verdadera sensación. Muchos años después, dejó de interesar a la nueva generación de la posguerra y a los compositores serialistas, que le tachaban de romántico.
La aportación más original de Villa- Lobos es la colección de Choros y de Bachianas Brasileñas. Los primeros dan lugar a la mejor síntesis entre las diversas formas de folklore indígena brasileño. En ellos, desde la pieza para guitarra hasta la composición para gran orquesta y coro, rinde un homenaje a los músicos populares de su juventud, con quienes se entregó a improvisaciones al estilo tradicional.
Las Bachianas es el gran homenaje del músico a J. S. Bach, por el que sentía admiración y fascinación. Se trata de una serie de suites inspiradas en Bach para distintas combinaciones. Estas composiciones resultan al mismo tiempo profundamente brasileñas.
Michael Tilson Thomas, uno de los más prestigiosos directores jóvenes de Norteamérica, dirige aquí a la New World Symphony. Esta orquesta, que él mismo ha patrocinado, está formada por los músicos jóvenes más brillantes recién salidos de los conservatorios. A través de ella adquieren una sólida formación orquestal que les capacita para ocupar los primeros puestos de las orquestas de todo el mundo. Si la música de Villa-Lobos posee de por sí una fuerza expresiva única, el resultado de esta interpretación la hace ciertamente espectacular.
A S.M. el Rey,
Al Presidente del Gobierno,
A las Autoridades Científicas y Académicas de la Nación y
A la Opinión Pública,
Los científicos abajo firmantes, participantes en las «Conversaciones Científicas» celebradas en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense en San Lorenzo de El Escorial, considerando que:
I. Desde la Ilustración del siglo XVIII, la ciencia y la tecnología están íntimamente unidas a la buena fortuna de la empresa humana, pues la capacidad de entender y aplicar las leyes de la naturaleza es esencial para el progreso y la prosperidad de las naciones.
II. Pero en España no triunfó plenamente la Ilustración, agravándose así una carencia científica ya existente, lo que condicionó de modo muy negativo nuestra vida económica y política durante el siglo XIX y gran parte del XX. Como resultado, hay una relación de causalidad muy directa entre esa carencia científica y nuestra situación desfavorable de riqueza relativa respecto a los países avanzados o en el seno de la Unión Europea. A ello se debe sin duda nuestra manifiesta incapacidad de corregir nuestras graves cifras de paro, ya que, para hacerlo, es necesario mejorar antes la eficacia y competitividad de las empresas en un mundo interdependiente que se basa cada vez más en la innovación tecnológica.
III. En los últimos 25 años la ciencia española ha experimentado un desarrollo muy fuerte, de manera que hoy tenemos un buen nivel en la mayoría de los campos, y grupos y figuras destacadas con contribuciones importantes en muchos. Pero se dan dos características que hay que conocer: 1) el número de investigadores por habitante sigue siendo muy bajo, menos que la mitad del de la Unión Europea, por ejemplo, y 2) la relación entre ciencia y tecnología, es decir, entre la ciencia y el mundo productivo es muy escasa. La ciencia básica ha crecido mucho más que sus aplicaciones prácticas, empeorando así en términos relativos el desequilibrio que ya existía.
IV. Una consecuencia grave es el fuerte descenso en la clasificación mundial de la competitividad que estamos sufriendo estos años. Pues, mientras en España no se establezca una relación más fluida entre ciencia y sus aplicaciones, las empresas españolas estarán en desventaja frente a sus competidores extranjeros. Aceptar, como solución, que nuestra economía se base sobre todo en los servicios significaría renunciar a que España sea un país creativo en el seno de las naciones avanzadas e implicaría relegarnos, nosotros mismos, a un papel secundario y subalterno.
En 1975, el gran reto de España era acceder a las formas políticas habituales en las naciones democráticas; conseguimos hacerlo gracias a un esfuerzo colectivo lleno de ilusión. Pero, aunque necesarias, las formas políticas no son suficientes para integrarnos plenamente en el grupo de las naciones avanzadas. Es necesario también asegurar el futuro económico e industrial mediante una relación ciencia-tecnología que asegure la innovación y la competitividad de las empresas. Esto es así porque en el mundo de hoy solo se puede competir o con salarios bajos o con capacidad de innovación tecnológica y España está obligada a seguir esta segunda vía si quiere evitar que su futuro corra un serio riesgo.
La situación exige cambiar algunos hábitos y actitudes característicos de la cultura española, lo que puede y debe hacerse manteniendo y potenciando el gran legado de nuestra tradición humanística. El desarrollo científico y tecnológico que proponemos no se basa en ningún enfrentamiento entre lo que se llama las dos culturas, sino, muy al contrario, en una progresión conjunta que beneficie a las dos al hacer que se comprendan y complementen mejor. Pues creemos que insertar efectivamente la ciencia en nuestro mundo cultural es una necesidad histórica que debe considerarse como el gran reto español del momento. Por todo ello,
MANIFESTAMOS
I. El problema de la ciencia en España debe ser considerado como una cuestión de Estado. También como un grave problema cultural, ya que ni la opinión pública ni muchos dirigentes políticos o económicos son conscientes de esta raíz de muchos de nuestros males. Es preciso abrir un debate nacional en el que los medios de comunicación deben jugar un papel muy importante.
II. Esa discusión debe incluir una comunicación fluida entre las universidades y centros públicos de investigación, por un lado, y las empresas, por otro. Éstas tienen que comprender la necesidad de absorber investigadores, crear sus propios laboratorios o establecer acuerdos con aquéllos para desarrollar tecnologías emergentes, con el fin de mejorar su productividad en un mundo cada vez más competitivo. Todo ello exige un cambio de mentalidad, tanto de los investigadores como de los empresarios, que debe ser impulsado desde el gobierno mediante todos los estímulos que sean necesarios, incluso los fiscales.
III. Al mismo tiempo, es necesario potenciar el apoyo público a la ciencia básica en las universidades y centros de investigación, incluyendo: a) el mantenimiento del Consejo Superior de Investigaciones Científicas como organismo estatal, aumentando de modo notable su número de investigadores y técnicos de laboratorio; b) continuar con la política interrumpida hace pocos años de creación de centros de excelencia y potenciar la investigación biomédica en los centros hospitalarios y demás instituciones sanitarias; c) mantener el proceso de exigencia y control de la calidad investigadora que funciona desde hace algunos años, realizando de modo efectivo el seguimiento de los proyectos subvencionados; d) incrementar las relaciones entre las universidades y el CSIC; e) introducir las figuras de investigador y técnico de laboratorio contratado en las universidades y el CSIC con criterios de excelencia; f) asegurar la reinserción de los científicos formados en el extranjero; g) modificar el sistema actual de acceso a las plazas docentes e investigadoras para acabar con la endogamia.
Algunos se oponen a medidas como éstas porque las consideran costosas, sin preguntarse por las consecuencias de no tomarlas. Es cierto que la ciencia es cara, pero ¿cuánto costaría prescindir de ella? Creemos que España pagaría un precio muy superior.
En San Lorenzo de El Escorial, a 2 de agosto de 1996
Miguel Ángel Alario y Franco, Catedrático de Química Inorgánica de la Complutense, Premio Jaime I, Académico de Ciencias, Director de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense;
“Uno de los logros más importantes del pensamiento de los últimos años”, afirma Morey en la introducción a un trabajo que confiesa ha resultado complicado. Entre las fronteras de la gramaticalidad, entre la escritura aforística y el balbuceo sapiencial, Colli dialoga no siempre de una manera explícita con Nietzsche, Schopenhauer, Platón, Aristóteles y los filósofos arcaicos, en busca de la restitución del verbo oral. Una denuncia de la corrupción de la escritura, de la naturaleza perversa del logos escrito, tenía que ser puesta paradójicamente en los términos destructivos de un discurso abstracto y abstruso, sin mucha consideración por el lector.
La historia de la filosofía ha sido la historia de la creencia en una mentira: la afirmación de la razón como acontecimiento. La ausencia de talento y la frustración de los ideales políticos de algunos establecidos reforzó la autonomía de un discurso que había sido creado para el dominio del hombre sobre el hombre; la teoría, entonces, adquiere vida propia y domina a esas vidas menguadas y crédulas. La criatura del engaño: la ciencia. El error imperdonable es suponer que detrás del logos no hay nada y que él es el único dios. Colli profundiza en la crítica postmoderna al siglo de las luces y la lleva a la primera Ilustración. Fue Platón el que puso en comercio la idea de que la moral y la ciencia tienen el poder de superar el reino de las apariencias y, al mismo tiempo, hacer de él un mundo mejor. La razón agoniza desde entonces en la quietud de la muerte y vive de esa agonía. Descartes solo supuso el acentuamiento del carácter útil de la razón, la otra gran mentira de la que vive la civilización occidental.
A partir de la mentira iniciática, las blasfemias han sido continuas. La razón errabunda, inmersa en la abstracción y olvidada de la primera inmediatez, ha seguido creando soluciones abstractas para problemas abstractos: la creación del individuo como origen primero, la voluntad, la acción y la libertad, la validez de la representación del mundo real, la realidad de los universales, en un exceso de confianza en su poder. Considerar que el hombre puede descubrir secretos o revelar el misterio de su propio origen es algo que Colli califica de hecho aberrante y blasfemo.
Pero Colli quiere ir más allá de Nietzsche y de su antiplatonismo. El abismo dionisíaco fue dominado por Apolo con anterioridad. El olvido de la función alusiva de la razón tuvo como contraposición la imagen de ésta como si se tratara de un espejo, como si fuera una sustancia independiente. Pero el logos fue en su origen el “reflujo” de un juego y una violencia. Dioniso, mirándose a sí mismo en el espejo, lleva a la fragmentación de sí mismo y del todo, pero la totalidad, y también lo que llamamos vida, son una abstracción. Y la abstracción es el vértice contrapuesto a la inmediatez. En el origen es la inmediatez. El logos espurio puede hilar los acontecimientos bajo la categoría del ser, de lo necesario y de la conexión. Pero, considerado exclusivamente desde su carácter representativo, la razón se declara insuficiente. Colli desmenuza la aporía insoluble que Aristóteles supo “tapar” para continuar el proyecto ilustrado de Platón: el principio de no-contradicción no puede hacerse cargo de lo contingente; un objeto que es necesario resulta imposible, porque su ser y no ser quedan excluidos en tanto que contingentes. El concepto de expresión como paradigma interpretativo permite una visión más adecuada de los tiempos preapolíneos. Él, con tanto metafísico obvia toda distinción entre sujeto y objeto, todo concepto y toda palabra. El arte trata de recorrer el camino inverso a la expresión de la inmediatez. Si la Filosofía no conviene en un cambio de paradigma en la visión de sí misma -representación por expresión-, seguirá amortajándose con ilusiones metafísicas contra la apariencia.