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El mundo hispano, versión de la cultura occidental

La lengua —escribía Unamuno en 1911— es el principal patrimonio de los pueblos hispánicos. Es nuestro caudal. Es la bandera que tiene que cubrir nuestra mercancía. Es la lengua que, sin perder su carácter propio y su personalidad, se ensancha a la medida de los vastos dominios territoriales que abarca». Era así entonces y lo es, más aún, si cabe, ahora. La lengua es nuestro mejor caudal.

Mucho es lo que podría lucubrarse sobre la naturaleza de este caudal, las posibilidades que abre y los riesgos que lo amenazan. Porque su valoración no puede quedarse en un orgullo tan retórico como estéril, ni en una mera cuantificación. No toda «geolengua» es un instrumento de influencia en el mundo, pese a su extensión geográfica y demográfica —v. gr. el hindi—, ni el relieve cualitativo de una lengua acompaña siempre a su número de hablantes. Así lo recordaba, ciñéndose al caso del español, un bello estudio de Santiago Tamarón. La misma extensión de un idioma favorece el empobrecimiento propio de toda koine y, si apenas existe ya el Queen’s English, precisamente porque el inglés se ha convertido en universal lingua franca, la fabulosa expansión del castellano y la juventud de la mayor proporción de sus hablantes también ha favorecido la aparición y desarrollo de un «castellano básico». Y, sin embargo, o a pesar de todo, la lengua es lo que hace de España, por sí y por lo que la lengua supone, algo diferente de otros países de Europa, de análoga —cuando no superior— dimensión y población.

Es claro que, si los españoles fueran sensatos, considerarían a las otras lenguas de España distintas del castellano —catalán, gallego y euskera— otros tantos ingredientes de su capital lingüístico, susceptible de común explotación política y cultural. El catalán rebasa los Pirineos y alienta la Cataluña dormida que invocara Prat de la Riba; el galaico—portugués es, también, una geolengua de expansión tricontinental. ¿Imagina el lector lo que haría cualquier país europeo que contase en su haber con tales posibilidades? Pero seamos modestos y volvamos, nada menos, que al solo castellano. Casi se basta por sí solo para hacer de España una potencia, entendiendo por tal la que es capaz de influir en el mundo. Y ello aun admitiendo lo mal que lo hiciéramos los españoles, algo que, felizmente, parece que estamos en vías de corregir.

En efecto, el español que, como toda lengua, es más dueña del hombre que instrumento suyo, ha configurado todo un mundo del que España sólo podría dejar de ser piedra angular merced a hercúleos esfuerzos suicidas. Por un lado, ha engendrado y mantiene unida, junto con el inglés, la Europa atlántica y transatlántica. De otro, está en trance de convertirse en lengua mayoritaria de la la Iglesia Católica.

La expansión imperial de los europeos no ha afectado ¡felizmente! el Asia profunda —el Raj británico ha sido un esmalte más en la policromía milenaria de la India— y no ha evitado —ni, por supuesto, causado— la ruina de África. Pero sí ha engendrado toda una América mayoritariamente de habla española, cuyos valores y pautas de vida son eminentemente europeos. La lengua y la manera de pensar y de vivir que la lengua lleva consigo unen a hispanoamericanos y españoles por encima del océano, de manera análoga a lo que ocurre en los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y Gran Bretaña merced al inglés. En el futuro balance mundial, que es de esperar no sea —pese a los augurios de Huntington— un conflicto de civilizaciones, Europa y las dos Américas forman un solo bloque. Y cerca de la mitad del hemisferio occidental es hispanoparlante y tiende a serlo aún más, gracias a la expansión demográfica al sur de Río Bravo y al desarrollo no sólo cuantitativo sino cualitativo de la comunidad hispana en los Estados Unidos. Humboldt y Montesquieu recordaron ya que la cabeza de la Monarquía Hispánica de sus días no estaba realmente en la Península Ibérica sino en las Indias y eso deberíamos tenerlo aún más presente los españoles de hoy —gobernantes, empresarios, académicos, banqueros o profesionales—, precisamente para cumplir mejor lo que debiera ser tarea española del siglo XXI: enraizar el pujante mundo hispano en una determinada forma de cultura occidental, frente a otras alternativas latentes: la anglofilia que sustituye la verdadera asimilación por la imitación del modelo americano o, lo que es mucho más peligroso, especialmente para los propios Estados Unidos, la pasión nativista.

De otra parte, si el español fue preeminente en la Iglesia y la Europa tridentina, Westfalia supuso la cristalización de una Europa nórdica, protestante y angloparlante y una Europa católica y mediterránea que, pese a los esforzados empeños de París, cada vez habla menos francés. Y dicho sea esto con el pesar que a mi generación debe dar el declinar de tan hermosa lengua y lo que tras ella hay. Hoy los antagonismos religiosos han sido felizmente superados o, menos felizmente, sepultados en la común indiferencia. Pero existe y existirá una sensibilidad latina de raíz católica y otra anglo—germánica de raíz protestante. Aquélla no debe antagonizar a ésta, pero sí tiene que velar por la conservación y desarrollo de su patrimonio aquende y allende el Atlántico.

Que todos los índices apunten a que la Iglesia Católica tenga su mayor expansión previsible en el mundo hispanohablante, dada la juventud y fecundidad de sus poblaciones, debe valorarse no sólo desde una perspectiva religiosa, sino desde la otra ladera cultural. Y si la Iglesia, atenta a la inculturación de la fe, no puede ser ajena a la mediterraneidad del Atlántico sur y sus riberas, la Ciudad secular de los españoles haría mal en olvidar la incardinación de su cultura, porque laderas diversas convergen en la cumbre.

Instrumento de concordia. La Asociacion de Academias de la Lengua

La Asociación de Academias se fundó en la ciudad de México en mayo de 1951, gracias a los empeños y al patrocinio de don M iguel Alemán, miembro de la Academia Mexicana y a la sazón presidente de la República. La convocatoria reunió en aquel país a representantes de diecinueve Academias, todas las fundadas hasta entonces, con excepción de la Real Academia, que no pudo asistir al encuentro por oposición de las altas jerarquías del Gobierno español de entonces. Allí estuvieron, por lo tanto, la Colombiana (1871), la decana de las corporaciones hispanoamericanas, la Ecuatoriana (1874), la Salvadoreña (1876), la Venezolana (1883), la Chilena (1885), la Peruana (1887), la Guatemalteca (1887), la Costarricense (1923), la Filipina (1924), la Panameña (1926), la Cubana (1926), la Paraguaya (1927), la Boliviana (1927), la Dominicana (1927), la Nicaragüense (1928), la Hondureña (1948) y, por supuesto, la anfitriona, la Mexicana (1875). La Academia Argentina de Letras (1931) y la Academia Nacional de Letras del Uruguay (1943) se unieron también al concierto continental, si bien no como correspondientes de la Española, sino como asociadas.

El presidente Alemán actuaba con ejemplar clarividencia. Era necesaria la unión de todos para actuar con fuerza en medio de los poderosos bloques político-culturales que se repartían el mundo. La lengua española, con todo lo que ella significaba, tendría una voz más potente, una proyección más sólida, un reconocimiento más indiscutible. El papel de las Academias de la Lengua Española adquirió con esa asociación una importanca inusitada, pasando a ocupar lugares protagónicos en el ámbito internacional hispánico y fuera de él.

Varias de las ponencias de este congreso fundacional proponían la creación de una Comisión Permanente, órgano de gobierno que se encargara, entre otras cosas, de llevar a cabo las resoluciones del encuentro y de preparar el segundo congreso. La comisión allí elegida vivió en la ciudad de México hasta 1956, año en que tuvo lugar la reunión de Madrid, la segunda. Gracias a las generosas subvenciones del Gobierno mexicano se mantuvieron todos en la capital azteca preparando estatutos, reglamentos, planes de acción; también revitalizando Academias que desfallecían y creando otras nuevas. Simultáneamente a estas actividades, la comisión trataba de impulsar las 44 resoluciones emanadas del primer encuentro. En 1952 se crea la Academia Puertorriqueña, y en 1980, durante la celebración del Congreso de Lima (1980), la Norteamericana pasa a integrarse a la Asociación de Academias.

A partir del congreso madrileño, el estatuto de la Comisión Permanente quedó tambaleante. No obstante, la Academia Colombiana organizó un tercer encuentro (1960) y la Argentina, el cuarto (1964). En Buenos Aires se asienta definitivamente la estructura de esta comisión. A propuesta de Madrid, que asumía las responsabilidades económicas de su oferta, se establecía una comisión de cinco miembros: un presidente, nombrado por la Academia Española, un secretario general, un académico hispanoamericano electo en los congresos de la Asociación, otro miembro de la corporación madrileña, que funcionaría como tesorero, y dos hispanoamericanos más, designados por sus respectivas Academias, que estarían representadas de dos en dos cada año, según el turno establecido al azar en el congreso porteño. Desde entonces hasta hoy la Asociación, con sede permanente en Madrid, ha celebrado con bastante regularidad sus encuentros cuatrienales; el último de ellos tuvo lugar en la ciudad mexicana de Puebla de los Ángeles en 1998.

En nuestros días, la Asociación se encarga especialmente de la planificación y la coordinación de los trabajos colectivos de las Academias, además de otras tareas complementarias, como la difusión de toda la información pertinente de la vida académica. Entre estos empeños colectivos está la revisión detenida de los casi 14.000 americanismos que aparecen en la actual edición del Diccionario académico; es labor comenzada en 1995 y que está a punto de concluir. Las Academias han estudiado, siempre de acuerdo con las pautas enviadas desde la Asociación, la vigencia de uso de esos términos, han efectuado enmiendas de varios tipos (definiciones, marcas, etc.) y, sobre todo, han propuesto la inclusión de nuevos términos. Después de su análisis la Asociación ha recomendado al Instituto de Lexicografía de la Academia Española la aceptación de varios miles de nuevas voces americanas, de centenares de supresiones (de palabras desusadas ya) y de innumerables cambios, por lo que el número actual de términos procedentes de América (y en mucho menor grado, de Filipinas) aumentará considerablemente en la próxima edición del Diccionario (octubre de 2001).

Al mismo tiempo que se lleva a cabo esta imprescindible y novedosa actualización de americanismos, se realizan los trabajos teóricos e informáticos preparatorios para la elaboración de un gran diccionario de americanismos. Se tratará de un importante repertorio léxico que contendrá cerca de 120.000 voces y frases procedentes del otro lado del Atlántico. A diferencia del diccionario mayor, este otro será principalmente descriptivo y contrastivo (con la norma peninsular e insular española). Ya se ha elaborado su planta, los protocolos de transliteración de extranjerismos y el programa de ordenador que le servirá de soporte. Aspiramos con este diccionario a difundir el vocabulario americano. Mientras más cerca estemos los unos de los otros de nuestras variedades dialectales, mejor nos conoceremos.

La Asociación se encuentra también ocupada en recabar toda la información necesaria para la elaboración del Diccionario panhispánico de dudas, que junto con la nueva Gramática serán las obras académicas más ambiciosas, después del Diccionario. Se trabaja colectivamente entre todas las corporaciones en busca de consenso, como ya ocurrió con la Ortografía.

Este año de 2001, la Asociación cumple sus primeros cincuenta años de vida. Con tal motivo, publicaremos un libro sobre la Asociación (su historia, su estructura, sus objetivos, sus logros, etc.) e inauguraremos una página electrónica que difunda información pertinente con respecto a nuestras actividades.

En resumen, podemos afirmar que nuestro trabajo, diario y esforzado (aunque callado) va encaminado a la defensa de la unidad de nuestra lengua común. Este objetivo se logra elaborando y difundiendo unos criterios de corrección idiomática aceptados por todo nuestro Mundo Hispánico y que se hagan presentes en los materiales de enseñanza del español a extranjeros. Para elaborarlos disponemos de encuentros sistemáticos de académicos, tanto a gran escala como en pequeños grupos de especialistas, en los que se trabaja con ahínco para conseguir acuerdos firmes y duraderos, y de la red electrónica que ahora une a casi todas las Academias, y que nos facilita la realización de consultas sobre puntos específicos con extrema rapidez y eficacia. Para las tareas de difusión están los boletines académicos, las columnas periodísticas, los programas de radio y televisión y las páginas electrónicas, algunas interactivas, lo que permite despachar consultas en muy breve plazo. En este sentido, no deben olvidarse las conexiones de las Academias con las universidades, los centros de investigación lingüística y los ministerios de Educación. Es todavía mucho lo que falta por hacer, pero lo lograremos.

De lenguas y fronteras, el espanglish y el portuñol

El español ha desarrollado, a lo largo del pasado siglo, un proceso de consolidación realmente espectacular, apoyado en una serie de características que sería oportuno revisar y que van mucho más lejos de la importancia meramente demográfica. Es innegable que un número de hablantes en torno a los cuatrocientos millones supone cumplir una condición imprescindible para la consolidación como lengua internacional; pero la demografía es sólo un requisito mínimo. La serie de lenguas que superan de lejos los cien o los doscientos millones de hablantes es tan larga que sólo los especialistas están en condiciones de enumerarla.

LOS NUEVOS FACTORES

El hindí, el bahasa indonesia, el chino, el árabe, el suahili, son lenguas que tienen una magnitud demográfica indudable; pero fuera de sus propios ambientes de influencia, carecen de valor como lenguas de intercambio. De hecho, en el mundo online podemos justamente hablar de la diferencia que se da entre una Internet en alfabeto latino frente a la que emplea otros sistemas de escritura que, por definición, reducen su esfera de influencia a parcelas culturalmente muy determinadas. Algunas de las lenguas enumeradas arriba, más otras como el tamil o el japonés o, en una dimensión interesante para Internet, el coreano, entrarían en esa red distinta, al margen del sistema general.

Un factor que ha aportado un enorme peso a la expansión del español en el mundo y a la adquisición de su condición de lengua internacional ha sido su homogeneidad. El español es un idioma homogéneo: sus variantes en la fonética, en la gramática, en el léxico, son muy pequeñas y, en muchísimas ocasiones, meramente anecdóticas. Dejando a un lado las listas de palabras con las que nos obsequian los avezados viajeros que han ido una o dos veces a América, la experiencia real indica que, fuera del ámbito de la broma o la ironía —a los taxistas porteños no les gusta que ningún gallego coja su taxi— es más fácil comprar guisantes en Buenos Aires que arvejas en Madrid.

En resumen, la intercomprensión entre un mexicano y un santiagueño, un zaragozano y un limeño es mucho más sencilla e inmediata que la que se da entre un australiano y un escocés, un irlandés y un sudafricano, por no hablar de keniatas o nigerianos.

La homogeneidad se apoya además en una característica que lleva a la reflexión. Los hablantes de español son alrededor del 6% de la población mundial, frente al 8,9% de los hablantes de inglés o el 1,8% de los hablantes de francés; pero el español es lengua única o ampliamente mayoritaria en todos los países donde es lengua oficial: lo habla el 94,6% de la población que vive en estos países.

En el caso del inglés, el porcentaje de población que habla esta lengua en los países donde es oficial es el 27,6%. Para el francés ese porcentaje sube al 34,6%, un poco más amplio, pero todavía lejos de la dominante unicidad del español.

A la homogeneidad como lengua mayoritaria se une su condición de lengua de enorme contigüidad geográfica: fuera de España, Guinea Ecuatorial y los restos que pueda haber en Oceanía y en el mundo sefardí, el grueso del español se habla en territorios físicamente contiguos e islas adyacentes.

Sumemos a todo ello el dato temporal: con muy pocas excepciones, los pueblos que hoy hablan español llevan alrededor de quinientos años en la esfera cultural de esta lengua, con sus facetas política, económica y religiosa. Para que no se nos tilde de neoimperialistas u otras lindezas similares, recordaremos algunas de las palabras pronunciadas por un académico mexicano, Jaime Labastida, en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, el 13 de septiembre de 2000, para conmemorar el CXXV aniversario de la fundación de la Academia Mexicana:

«Diré una obviedad: el español es nuestra lengua materna. De igual modo que el castellano se volvió español y unió a los pueblos de la península, hoy une a los pueblos de la América Nuestra, para usar la expresión de José Martí. Hagamos a un lado la falsa idea que quiere convencernos de que el español fue tan sólo la lengua del conquistador y que se impuso, por la violencia, no sólo al pueblo (o a los pueblos) aborígenes de América, sino también a nosotros, a los mexicanos que hablamos español».

La asunción de este hecho —en la práctica, sin entrar ahora en la discusión teórica que el texto anterior pudiera plantear— ha producido una cultura de fuerza innegable, que se expresa en muy diversas manifestaciones. Estas van de lo literario (un 10% de premios Nobel) a lo musical, la cinematografía, las artes plásticas y, recientemente, la economía, en la que España funciona como motor en el día de hoy,.pero a la espera de que se produzca el inminente despegue de las potencias de la América hispana, una vez reformadas las estructuras que lo dificultan. Basta con mirar el mapa de las empresas españolas en América Latina, o recordar el carácter de primer o segundo inversor que tiene nuestro país en la región, para apreciar que se ha producido un cambio que va mucho más lejos de lo que parece.

Es necesario decir que el español del siglo XXI será americano o no será, para añadir a continuación que será. En ese futuro ya está implicado el porvenir de los propios españoles, cuyo esfuerzo inversor resulta decisivo en el proceso. De ahí derivan actitudes conceptuales tan claras como la que expresa el Instituto Cervantes cuando afirma, en todas sus presentaciones oficiales, que «ni un paso sin Iberoamérica».

DIMENSIÓN DEL LÍMITE

La expansión de una lengua se ha realizado, históricamente, a partir de la ampliación de sus límites geográficos. Así lo hemos percibido en el apartado anterior cuando nos referíamos a los territorios del español. Además, con todo, hemos apuntado ya que esa dimensión se está complementando, desde hace tiempo, con otros aspectos y que, cuando hablamos del límite de una lengua, ya no podemos decir que se trate sólo de los territorios en que se habla. También tenemos que incluir las zonas fronterizas de su economía, la penetración de su cultura, que incluye como aspecto esencial su incidencia científica y técnica.

Sumemos a ello la magnitud de la Sociedad de la Información, la imprescindible presencia en Internet, con su reflejo en el comercio electrónico, la banca electrónica, los campos abiertos a la publicidad, las industrias culturales, una banda de presencia e influencia que es mucho más considerable que lo que pueda suponer un simple territorio o unos millones de hablantes. En el activo de la lengua, en su dimensión expansiva tenemos que contar con los centros de educación y cultura, con universidades centenarias, bibliotecas, laboratorios, sistemas de comunicación, redes de comunicaciones y comerciales que pueden figurar muy bien entre las primeras del mundo, todo ello en español.

Hablar, por tanto, de las nuevas fronteras de la lengua española implica una referencia al concepto tradicional de la dimensión geográfica, pero que sólo adquiere su auténtico sentido cuando se habla de la penetración en el ámbito de la ciencia y de la técnica, de la economía y de las comunicaciones. Más allá de una frontera horizontal, la dimensión de la frontera actual es sobre todo vertical, de penetración en el entramado social. Si los tratadistas tradicionales de geografía lingüística hablaban de zonas areales, de áreas de expansión, hoy podríamos hablar de la dimensión socioareal de la lengua española.

RETOS FRONTERIZOS

Evoquemos con este epígrafe el salvaje oeste ya que vamos a referirnos a continuación precisamente a los Estados Unidos, donde se apuntan varios fenómenos que tienen una incidencia especial. Hace tiempo que se dijo que, si se resfría Nueva York, el continente entero tiene fiebre.

El español de los Estados Unidos tiene problemas reales y problemas ficticios. Sería presuntuoso pretender en este espacio algo más que una rápida enumeración de alguno de ellos.

Está por determinar cuál será la capital cultural de América Latina. Miami, con todos sus esfuerzos, sigue disputando esa plaza a la brasileña San Pablo, lo que nos hace percibir sin duda que las dos grandes fronteras geolingüísticas del español, en América, la del inglés y la del portugués, están más entrelazadas de lo que se aprecia a primera vista.

En los conceptos de hablas de frontera se sitúan los dos problemas que se calificarán en estas páginas de ficticios, el espanglish y el portuñol.

Siempre que dos lenguas están en contacto se producen fenómenos de lo que, científicamente, se conoce como lenguas francas, un término que ha pasado a significar también, mal empleado, lenguas comunes, generales o internacionales. Una lengua franca, propiamente dicha, no es más que una mezcla simplificada de lenguas que sirve para la intercomprensión, generalmente en dominios limitados. Precisamente de «business» deriva el término inglés «pidgin». Espanglish y portuñol son lenguas francas, que sirven para que hablantes que no manejan bien el inglés o el portugués usen una fórmula simplificada, con un fuerte componente español, en los Estados Unidos o en el Brasil (limitándonos a América, porque también hay un portuñol en Portugal). Son hablas de ida, no de vuelta y tampoco son situaciones totalmente simétricas.

Quien habla espanglish lo que quiere es hablar inglés, se ha decidido ya por una evolución hacia el inglés y trata de abandonar el español para expresarse en una nueva lengua que todavía no domina. No intenta conservar las estructuras lingüísticas del español, sino ir sustituyéndolas por las inglesas, empezando por la más simple, el inventario léxico.

Confundir los préstamos del inglés o las interferencias con el espanglish es un error. Lo que caracteriza a esta lingua franca es su inequívoca condición de transición hacia el inglés.

Esforzarse en recuperar para el español a quien ya se sitúa en el terreno de la transición que supone el espanglish es, a mi juicio, un esfuerzo baldío. El espanglish y sus hablantes no son problemas del español, sino del inglés de los Estados Unidos, y su incidencia será sobre éste. Si la lengua futura de los Estados Unidos fuera el espanglish, la lengua sustituida no sería el español, sino el inglés. (Digamos rápidamente que este hipotético caso nos parece muy poco probable y menos deseable, pero en lingüística histórica hasta lo más extraño es posible).

MARCA DE PRESTIGIO

El reto fronterizo del español es otro: que los hablantes de español en los Estados Unidos o entre Brasil y los países limítrofes recuperen la conciencia de pertenecer a una comunidad lingüística de prestigio, mediante la adecuada política cultural. Organizaciones como el Instituto Cervantes y las instituciones hispanoamericanas que el tiempo traerán tienen ahí un campo amplísimo para labrar. Ni que decir tiene que se hará mejor y más deprisa si se consigue un auténtico esfuerzo de cooperación, amparado en marcos de acción conjunta. La realidad cotidiana de las Academias de la lengua demuestra que es una aspiración real, más allá de lo meramente posible.

Prestigio es palabra que va de la mano de la educación, que recubre dos aspectos, en esta era. El primero es el convencional de las instituciones, que implica el desarrollo de mecanismos de transmisión común de ciencia y técnica, mediante el instrumento lingüístico correspondiente, que es la terminología. El segundo es el de las redes de comunicación o, lo que viene a ser lo mismo, el desarrollo del español en Internet.

PRIMERA Y SEGUNDA LENGUA

Educación y demografía van unidas, porque es imprescindible planificar para educar a la población. Las cifras sobre Brasil son impresionantes, con 50 millones de alumnos en la escuela primaria y media. La mayoría de ellos puede verse ante el español como segunda lengua. Este hecho es independiente de la aprobación de la ley de obligatoriedad del español o de que sea una recomendación. La enseñanza primaria en Brasil es responsabilidad municipal y la secundaria estatal. Los municipios y Estados de más peso demográfico y económico ya tienen el español como enseñanza obligatoria. No hay que desdeñar la proximidad idiomática, mucho mayor en el caso del Brasil que en el de Portugal, porque en el primero no se dieron las evoluciones fonéticas diferenciadoras que se produjeron en el segundo, sobre todo en el siglo XVIII.

Esta circunstancia lingüística es la que marca una de las diferencias entre el espanglish y el portuñol. Mientras que el primero es claramente una lengua de ida hacia el inglés, el segundo no tiene un sentido tan claro, ni hacia el portugués ni hacia el español. Geográficamente es brasileño y su tendencia natural parecería ser la evolución hacia el portugués; pero el factor de hispanización es tan intenso que, en ocasiones, parecería tender hacia el español, dentro del propio territorio del Brasil. Mientras que en el espanglish son hablantes nativos de la lengua segunda los que tienden hacia la lengua mayoritaria, el inglés, en el segundo caso son los hablantes de la lengua mayoritaria, el portugués, los que tienden al español, aunque no exclusivamente. Precisamente por ello es muy recomendable separar ambos fenómenos y poner el segundo en relación con tendencias que se producen en Europa, como el portuñol de Portugal, o el itañol. Las repercusiones de estas tendencias en los futuros mapas lingüísticos son muy difíciles de evaluar. No es fácil separar las meras modas, contingentes de lo permanente.

El nuevo censo norteamericano, en el que se registran 281 millones de personas, incide en la redistribución de la representación parlamentaria. Los cambios en la distribución de la población hacen variar la representación en el Congreso, con un incremento de los Estados más hispánicos (Florida y el Suroeste). Sin dejarnos engañar por las presentaciones negativas de movimientos como English Only, no cabe duda de que, frente a la única escuela que ofrecía el estudio del español en 1891, como nos recuerda Mar Vilar, la franja de estudiantes de español en la escuela secundaria norteamericana a fines del siglo XX llegaba al 80%, con un porcentaje global consolidado del 65%. Es decir, de manera regular, el 65% como mínimo de los alumnos de secundaria se matriculaban, opcionalmente, en español, y sólo el 35%, como mucho, se repartía entre todas las demás lenguas.

REFLEXIONES FINALES

Estas anotaciones han estado orientadas a señalar que no es la demografía el principal factor que produce el interesantísimo auge del español en los últimos veinte años. Tras ella hay una coherencia lingüística, cultural e incluso económica que se manifiesta pujante en una sociedad liberal. La restauración de la democracia en el mundo hispanohablante ha tenido mucho que ver en el proceso.

Un conjunto de factores se une, por tanto, al crecimiento del número de hablantes de español en sus países de origen. El crecimiento vegetativo, sin embargo, no justifica la evolución. Es el crecimiento del potencial cultural, en sentido amplio, con sus repercusiones económicas, el que provoca la puesta en marcha del motor del cambio. Lo que cuenta es que los hispanohablantes tienen hoy un poder de decisión, basado en su potencial presente y futuro, que atrae el desarrollo. Tienen también una capacidad de autogestión de ese potencial que, de modo global, no habían poseído hasta ahora.

El papel de España en el proceso es muy relevante. Para su consolidación, dado su carácter demográficamente minoritario, es imprescindible intensificar los esfuerzos de coordinación de actividades educativas y culturales, con su vertiente industrial y comercial. Se está dando el apoyo de las grandes multinacionales con base en España a estas actuaciones. Falta, todavía, una mayor coordinación entre los organismos que hacen esa política en España y con los latinoamericanos correspondientes. Es preciso, también, un incremento de la cooperación hispanomexicana en los Estados Unidos, que crecientes movimientos en el primer país hispanohablante reclaman.

Siete conceptos clave para la formación de un empresariado hispanohablante

1. CAMBIO

¿Por qué esta palabra connatural al devenir humano provoca tal multitud de resistencias? Si vivimos en un mundo convulso que evoluciona constantemente, ¿es más arriesgado permanecer quieto que moverse al compás de los tiempos? ¿Mantendremos el equilibrio en la bicicleta cuando marchamos hacia adelante, impulsando los pedales, o cuando nos aferramos a ella, inmóviles física y mentalmente? Logra introducir cambios en su entorno quien es capaz de explicar con franqueza y naturalidad las razones que lo hacen necesario: la persuasión moviliza energías inermes o escépticas.

Otras veces, cambiar resulta difícil porque exige abandonar zonas de confort, donde estábamos instalados, o incluso nos pide cuestionar nuestra capacidad, poner en entredicho nuestros logros. El éxito es uno de los mayores obstáculos para lograr cambios: nuestros éxitos pasados esconden no pocas veces las causas de una muerte futura. De ahí que un buen empresario tenga que combinar el legítimo reconocimiento de la buena gestión de su equipo de colaboradores y el afán de superación, con la tensión creativa, con la pulsión interior que toda organización viva ha de sentir para evitar la autocomplacencia.

Y aunque pudiera resultar paradójico, cuanto más sentido de pertenencia y vinculación impregna una organización, cuanto más claras son sus señas de identidad, más permeable y receptiva se muestra al cambio, pues el margen de seguridad que la empresa necesita conservar para no perder su identidad será mínimo.

2. GLOBALIZACIÓN

Sistema abierto donde productos, servicios, personas e ideas viajan en libertad. Existe una globalización financiera —al fin y al cabo el dinero siempre es apátrida—, una globalización tecnológica —Internet es el experimento que mejor representa lo que se ha dado en llamar aldea global— y una tercera globalización, muy real y en expansión, que es la de la miseria: una garra mortal que tiene atrapado a un número insultante de personas. Otras globalizaciones que podríamos citar son la comercial (torpedeada por nacionalismos económicos que no ceden), la política y la cultural, aún inmaduras. De ahí que no pocos se definan a sí mismos desde accidentes —nación, apellido, raza—, marginando las marcas esenciales y permanentes. Ser persona, ser ciudadano, ser un profesional excelente, ésos son los retos y realidades transnacionales e intemporales que debieran guiar la actividad en el mundo de cualquier individuo.

Uno de los grandes desafíos de un empresariado universal es, pues, buscar la idea de unidad en la diversidad. Dice Carl Rogers que «lo más personal es lo más universal». Escudriñar más allá de la epidermis e indagar el poso común de hombres y mujeres del mundo es probablemente la más compleja misión de un empresario en una civilización común.

3. VALORES

Sustrato común de ideas, principios y convicciones del buen gobierno de la empresa, que se han de fomentar y respetar. La presencia de valores intemporales y universales en el actuar profesional modifica la agenda de trabajo de un empresariado comprometido con la misión de crear y distribuir riqueza. Los valores actúan a modo de brújula y linterna, permitiendo al trabajador adentrarse en la frondosidad del bosque de los negocios sin riesgo de extraviarse. En este sentido, se toma como referentes el sentido de la misión, la visión de la empresa en el contexto de la sociedad moderna, la relación con el capital intelectual, la idea de servicio al cliente, etc. La actividad empresarial estará influida por una inteligencia comprometida, por una idea humanista y social de la empresa.

En una sociedad evolutiva, es imprescindible fijar algunos anclajes que permanezcan incólumnes al paso del tiempo. Entre ellos destaca el valor de la familia. Aun a riesgo de generalizar de modo imprudente, podemos decir que algunos países del Norte han pagado un precio excesivamente alto por el ritmo y dirección de sus cambios. El Sur tiene mucho que enseñar en cuanto a la habilidad para preservar un sentido entrañable y humano de la familia.

4. COMUNICACIÓN

He trabajado e impartido clases en muchos lugares del planeta y en todos ellos he sido feliz, de todos me siento deudor. Pero en Hispanoamérica me he sentido como en mi propia casa; en México, Argentina, Uruguay, Colombia, Ecuador, Guatemala o Perú, ¡qué fácil ha resultado profundizar en la tarea colectiva que nos convoca a todos! Ahora bien, cuando hablo de comunicación no me refiero sólo a la capacidad de articular el pensamiento con la palabra o por escrito con claridad y brevedad. Hablo también de otras tareas más delicadas de comunicación que, precisamente por ser más sutiles, pasan a menudo desapercibidas.

Comunicar es también preguntar, y esto sólo lo hace quien es consciente de no saberlo todo. Es escuchar empáticamente, hacer un esfuerzo consciente por entender al otro, en lugar de destrozar su argumento antes de que concluya. Comunicar es observar y captar la sinceridad de gestos, posturas y timbres de voz, muchas veces depositarías de los más profundos matices de sentimiento. Es saber interpretar el silencio, que guarda mensajes importantes para el que los quiera descifrar. Es pensar los pensamientos del otro, conocerlos, aceptarlos y educarlos, para que logren ser constructivos y dignos de la condición humana. Comunicar, en suma, es un arte escurridizo para cuyo dominio el lenguaje nos presta un servicio impagable.

5. EDUCACIÓN

En su dimensión más profunda y personalizada, la educación no se limita a una transferencia de conocimientos y técnicas. Se trata de algo más ambicioso y radical, de hacer concebir ideas propias. Pero ¿tiene esto algo que ver con el empresariado? ¿Acaso no es éste un discurso característico de un profesor? No lo creo así. El desafío de una sociedad culta y educada compromete a todos en el desarrollo del ser humano: en las oficinas y talleres y, de modo eminente, al empresariado. Hacer de las organizaciones de trabajo espacios de libertad y responsabilidad exigentes, donde florezcan la creatividad e iniciativa propias del espíritu humano, se me antoja una tarea de enormes proporciones, en la que no cabe rechazar ningún esfuerzo.

6. TIEMPO

Tiene nuestra sociedad todas las condiciones para ganar esa cualidad tan escasa que es el tiempo: velocidad de las comunicaciones y una sofisticación tecnológica tal que hace mínimas las tareas más arduas y tediosas. Y, sin embargo, nuestra sociedad resulta en la práctica pobre en tiempo. Pasamos fugazmente por los acontecimientos, por las personas; la prisa y la hiperactividad nos vencen y, aunque a veces las vendamos como índices de nuestra profesionalidad, puede que no sean sino mecanismos para sofocar conflictos interiores.

Cuantas más responsabilidades e iniciativas asuma y emprenda un empresariado por su comunidad, más imprescindible será desarrollar la fortaleza mental para evitar dispersarse. Si se fracciona en su interior, todo el organismo se resiente. El hombre devora las horas, engulle los minutos que la vida le regala, y así se le escapa escurridizo el único recurso que jamás regresa, el tiempo.

7. TRABAJO EN EQUIPO

La complejidad de la economía, el ritmo y entidad de los procesos de cambio nos muestran diariamente que el hombre, solo, no puede gran cosa. La —por algunos ansiada— autosuficiencia individual resulta improductiva en los negocios. Somos ahora más vulnerables que nunca, y sólo enrolados en equipos multidisciplinares podemos alcanzar cotas que en otro caso serían impensables. Una de las señas inequívocas de todo gran líder empresarial es saberse rodear de un equipo de colaboradores altamente profesional y cualificado. El test del talento propio es la relación y armonía que mantiene con el talento ajeno, pues éste abruma y acompleja sólo a los profesionales mediocres.

La lógica del equipo es bien conocida por todos: objetivos comunes, asignación de tareas en función del perfil de los ocupantes de cada puesto de trabajo, coordinación por parte del directivo, procesos de seguimiento y monitorización, renovación periódica con savia nueva, normas y pautas comunes de comportamiento, etc. Siendo así, ¿por qué es tan excepcional su práctica? Quisiera aquí señalar tres posibles motivos.

Algunos confunden el trabajo en equipo con el hecho de reunirse, y aquejados de esta enfermedad —la reunitis— se pierden en un laberinto de los juegos de estatus, protocolo y de ansias de aparentar poder y condición, realmente ineficaces.

Además, la clave del concepto de sinergia —el todo es más que la suma de las partes— reside en la singularidad y genio de cada individuo. Muchos convierten los equipos en un marco de estandarización y robotización clónico donde la creatividad y el talento se ahogan.

Hablemos, en fin, de la responsabilidad individual. El adagio clásico sostenía que «tanto el éxito como el fracaso son hijos ilegítimos: el éxito porque tiene muchos padres, el fracaso porque no tiene ninguno». Muchos utilizan el equipo como un foro donde diluir responsabilidades, como el paraguas donde protegerse. La paradoja es que sólo desde la excelencia individual se puede construir un equipo de alto rendimiento. Los equipos vienen a ser el altavoz de sus individualidades. Eso explica que algunos alumbren la inteligencia colectiva y otros, tristemente, la estupidez gregaria. Un empresariado sensible a los retos que se avecinan se enfrascará en el diseño y renovación de los primeros y prescindirá de los segundos.

Cambio, globalización, comunicación, valores, educación, tiempo, trabajo en equipo: siete palabras del idioma español de las que depende, a mi entender, la creación de un gran empresariado hispanohablante.

La buena estrella de la comunicacion hispanovisual

La creación cinematográfica iberoamericana vive un período de renacimiento gracias, en primer lugar, a los propios profesionales de la industria del cine; a la vuelta a la democracia en varios países —las dictaduras habían impedido la expresión audiovisual—, en segundo; al reconocimiento de la importancia del séptimo arte y, finalmente, también al aumento de la demanda audiovisual.

En todo Iberoamérica —y sobre todo en Argentina y México— el nacimiento de la gran pantalla fue brillante. En los años cincuenta conquistó al público con un cine popular, produciendo también notables películas artísticas, como las de Emilio Fernández, que abrieron el Festival de Cannes a las producciones iberoamericanas. Posteriormente, los años sesenta y setenta se caracterizaron por un cine político y comprometido que le alejó del público. Hay que esperar a los años noventa para que los autores iberoamericanos comprendan que el éxito comercial no está reñido con la calidad y produzcan películas que encuentren al público. La estrategia del caracol del colombiano Sergio Cabrera, Como agua para chocolate del mexicano Alfonso Arau, Martín Hache del argentino Adolfo Aristarain, Guantanamera del cubano Gutiérrez Alea, entre otras, indican los nuevos caminos del cine iberoamericano, en el mismo sentido que el cine producido en España se esfuerza, a partir de mediados de los noventa, en conquistar al público español e internacional.

El cine iberoamericano reafirma con sus películas más recientes su personalidad artística, su valor cultural y su carácter competitivo y espectacular. Además, el cine digital, gracias a su su bajo coste, permite la continuidad de una tendencia experimental, como muestran Así es la vida de Arturo Ripstein o Las aventuras de Dios de Eliseo Subiela, al igual que la política de incorporación de nuevos realizadores en España facilita películas como Solas de Benito Zambrano o El bola de Achero Mañas.

Anualmente se producen trescientas películas en español para salas de cine; muchas de ellas tienen un éxito notable en sus propios países y con una distribución internacional en aumento. Al margen de sus propios países, más del 50% de su mercado exterior está en Europa y aproximadamente un 20% en Asia, Australia y Nueva Zelanda.

Todos los países iberoamericanos han establecido políticas de apoyo y creado Institutos de Cine oficiales para desarrollarlas. Argentina, España y Venezuela cuentan con un fondo de ayudas. Bolivia concede créditos subvencionados, Colombia cuenta con un sistema de ayudas modesto y Chile, Ecuador, Perú y Uruguay estudian desarrollar medidas de ayuda, especialmente en las coproducciones. México cuenta con la modalidad de que su Instituto de Cine interviene como promotor y coproductor.

El impulso al cine tiene lugar también con carácter regional. La Conferencia de Autoridades Cinematográficas de Iberoamérica (CACl), creada en 1989, con sede en Caracas, agrupa a todos los países y ha desarrollado una eficaz actividad integradora del mercado cinematográfico. Ha establecido el Acuerdo Latinoamericano de Coproducciones, que facilita extraordinariamente la financiación y la distribución, y ha impulsado el programa Ibermedia, creado por la Cumbre de jefes de Estado iberoamericanos en 1997 en Isla Margarita.

Ibermedia es un programa de ayudas para el fomento principalmente de las coproducciones, a las que destina el ochenta por ciento de sus recursos. El resto se destina a distribución, desarrollo de proyectos y formación. En las tres convocatorias de ayudas que ha realizado, ha colaborado en 346 proyectos, de los cuales 53 han sido ayudas a coproducciones. Las películas realizadas con la ayuda de Ibermedia participan en los festivales internacionales de cine de mayor importancia y han conseguido un éxito popular entre los espectadores.

España es el país que cuenta con mayor número de salas de exhibición (3.400). En el resto de países iberoamericanos también se están renovando y abriendo nuevos complejos de salas, que en la actualidad suman más de 4.000 pantallas. Las películas en vídeo han tenido una importancia relativa, salvo en España, donde han encontrado un crecimiento mayor los DVD de aparición reciente. Esto se debe al espectacular desarrollo de las televisiones del país, tanto en abierto como codificadas. Los países pioneros de la televisión fueron México, Cuba y Argentina. La telenovela, la producción iberoamericana más original y de mayor exportación, se inventó en Cuba como derivación de los seriales de radio. La televisión por cable se implantó en regiones donde no llega la televisión en abierto, siendo posiblemente Argentina la que cuenta con mayor número de televisiones por cable, 1.200. Allí el satélite tiene un contexto muy favorable, al estar desregulado. Todas las televisiones cuentan con el cine como uno de sus programas estrella y las de cable hacen del cine una de las bases de la programación.

Los próximos años, marcados por la tecnología digital y con una demanda audiovisual en crecimiento, hacen de Iberoamérica un nuevo El Dorado. Así lo ven los norteamericanos, por su mercado potencial para equipamiento y programación. Es una gran oportunidad para abrir salas de cine y para producir películas. Afortunadamente, estas circunstancias favorables han sido advertidas también por los gobiernos de todos los países de la zona, y especialmente por la Cumbre de jefes de Estado en Iberoamérica. Producir en español es rentable y constituye una de las mejores formas de mantener nuestras culturas y rica diversidad. El hecho de que sea un área con un mismo idioma hace que se den las condiciones idóneas para que, bien aprovechadas, faciliten la transición a una gran etapa de cine en español.

Una gran conyuntura

En la actualidad y por una coincidencia histórica, que resulta muy afortunada para los hispanoparlantes, han venido a coincidir en su respectivo desarrollo dos fenómenos de gran importancia: el auge de la influencia del español como lengua internacional (como lengua propia de una veintena de naciones y como lengua de cultura en muchísimas áreas) y la eclosión del fenómeno de la red de redes —de Internet—. Se trata, como es evidente, de dos fenómenos independientes y que tienen su origen en causas muy diferentes. Esta coincidencia se convierte, por sí misma, en una gran oportunidad para cuantos hablamos el español; en un nuevo campo con perspectivas de desarrollo tal, que podemos decir que nuestra lengua está de suerte. Nuestro idioma vive su momento de máximo empuje histórico, precisamente cuando existe un instrumento que puede consagrarla como segunda lengua occidental a todos los efectos.

Efectivamente, la lengua española es, de entre todas las herederas del latín, la que ha conseguido una mayor extensión y presencia en el mundo actual, justo premio a la ambición de nuestros mayores que supieron llevarla a las cuatro esquinas del mundo (desde América del Norte a Filipinas, desde los Andes hasta algunas zonas de África). España ha sido uno de los grandes actores de la historia moderna y su lengua ha recogido los frutos de esa siembra.

No podemos considerar todo esto como si se tratara tan sólo de realidades del ayer, pues nos debe preocupar la garantía del bienestar de hoy y la creación de la prosperidad de mañana. Nuestra lengua es poderosa, rica, capaz de hablar de todo con propiedad y elegancia. Nuestros escritores, desde Manrique hasta santa Teresa, desde Garcilaso a Octavio Paz, desde Cervantes y Quevedo a Borges y a Cela, han sabido llegar a las bibliotecas y las librerías de todo el mundo. Nuestra lengua tiene, por tanto, riqueza y prestigio, extensión y fuerza: es un gran capital, con el que debemos saber acrecentar el entendimiento entre los pueblos, aumentando su prosperidad. Una lengua de casi cuatrocientos millones de personas es un patrimonio común que no podemos ignorar ni devaluar.

No es descubrir ningún secreto afirmar que, en buena medida, partiendo de una economía muy autárquica, meramente local y algo artesana, hemos pasado a contar con un importante grupo de empresas de dimensión multinacional apoyados en la ventaja competitiva de una lengua común a muchas naciones. Creo que eso es también una responsabilidad y un deber de gratitud para las empresas que han crecido con un apoyo tan decisivo como el de la lengua.

Hay que saber aprovechar la oportunidad que nos brinda la malla electrónica mundial para seguir gozando de una ventaja competitiva como la que representa en la actualidad la posesión del español. No cabe dudar razonablemente sobre la importancia que la tecnología (y la ciencia a la que va necesariamente unida) tendrá en el desarrollo del mundo futuro ni sobre el papel decisivo que va a desempeñar el desarrollo de la red. La consecuencia es inmediatamente evidente: tenemos que estar muy presentes en esa nueva red, tenemos que extendernos en ese nuevo espacio en el que, hay que reconocerlo, el inglés nos lleva hoy una ventaja decisiva. No hay duda de que podemos hacerlo: los ingleses del pasado supieron extenderse en un mundo en el que españoles y portugueses les llevábamos una distancia enorme. Ahora nos toca a nosotros avanzar, no quedarnos atrás, debemos ganar posiciones día a día. Creo que lo estamos haciendo y los indicadores son optimistas al respecto, pero entiendo que ésta es una tarea de todos en la que nadie puede bajar la guardia.

El gran error del español sería quedar reducido a lo que ya es, a una gran lengua literaria. El español tiene que crecer hacia fuera y hacia adentro. Hacia fuera lo está haciendo porque muchas de las poblaciones que lo hablan son expansivas en natalidad. Hacia dentro tenemos que hacerlo adueñándonos de una nueva capacidad para la ciencia y la tecnología, una capacidad que no hemos cultivado tan intensamente como debiéramos en el pasado. A partir de este análisis es fácil decidir una estrategia: hay que llenar la red con lo que ya es la lengua española (nuestras obras, nuestras narraciones, nuestra literatura, nuestras creaciones) y hay que esforzarse para que la tecnología y los negocios no sigan hablando casi exclusivamente en inglés. No se trata de ningún prejuicio casticista, al revés, es la defensa de un derecho estrictamente individual, el derecho a hablar la lengua que nos pertenece en todas las facetas de nuestra vida.

Hay una gran responsabilidad educativa en este empeño estratégico. Tenemos la ventaja de que los jóvenes se adentran en las nuevas tecnologías como los peces en el agua. Pero hay que estimular todo ese proceso, hay que poner a la lengua en condiciones de moverse con soltura y propiedad en los nuevos negocios, en las nuevas aplicaciones tecnológicas, en los nuevos campos del conocimiento. No hay ningún motivo para el pesimismo: tenemos excelentes científicos y técnicos, magníficos ingenieros, gentes capaces de hacer tan bien o mejor que cualquiera lo que sea necesario hacer. Creo que basta sólo una toma más intensa de conciencia de lo que está en juego en esta aventura.

No podemos permitirnos desdeñar la tecnología, debemos tener presente que la capacidad científica y tecnológica es parte sustancial de nuestra condición humana, de las humanidades entendidas en un sentido amplio. No podemos dejarnos engañar por los cantos de sirena que pretenden identificar la cultura con el simple pasado porque vivimos del ayer pero estamos volcados en el mañana. Hay que combatir cierto elitismo que pretende desdeñar la tecnología, las comunicaciones, la televisión. Tenemos que hacer buena tecnología, buenas telecomunicaciones, mejor televisión y aprender a hacerlo con nuestra lengua, sacarle al idioma español toda la riqueza que lleva dentro, toda su expresividad, toda su sabiduría para aplicarla a un nuevo mundo que tenemos que imaginar y crear.

En un mundo cada vez más fuertemente ligado con relaciones de todo tipo tenemos que acentuar nuestra capacidad y nuestra presencia. Tenemos los medios para hacerlo y no nos debiera faltar la ambición. Sólo el español podrá colocarse, al día de hoy, como una segunda lengua de comunicación de alcance universal.

Cinco poetas y la lengua española

Todos los hablantes participamos en la creación y transformación permanente de la lengua, pero quizá sean los escritores los hablantes más conscientes de esa participación. Nueva Revista ha preguntado a cinco de ellos sobre su relación afectiva y estética con la lengua en la que escriben. Son cinco poetas de primerísima fila que, además, han destacado en otras facetas de la literatura o en la investigación filológica. Alvaro Mutis es un reputado narrador; la obra teórica de Carbs Bousoño figura entre las más importantes del sigb XX, y Luis Alberto de Cuenca, Jon Juaristi y Jaime Siles son ensayistas y filólogos de reconocido prestigio. En las páginas que siguen podremos saber un poco más acerca de la particular vinculación de los poetas con su idioma y —como no podía ser menos— disfrutar de la buena literatura.

CARLOS BOUSOÑO. Mi relación con la lengua española

Para contestar a la pregunta que se me hace debo hacerlo indirectamente, trasladando mi respuesta a la índole misma de nuestro lenguaje, esto es, a la capacidad de nuestra lengua para la expresión poemática. Pues no todas las lenguas son, en principio, igualmente idóneas para realizar con perfección el menester poético. Creo que esto último está ligado muy fundamentalmente, entre otras cosas, al grado de flexibilidad, sobre todo sintáctica, que posean. Pues bien: el idioma español es uno de los más flexibles, y, por lo tanto, en ese sentido, uno de los más aptos para ser utilizado poéticamente. Mi relación con ese idioma, que es el nuestro, no puede ser sino de suma gratitud.

Como contraste probatorio, echaré mano de lo que ha ocurrido con la lengua francesa. Los gramáticos de esa lengua fueron inmovilizándola progresivamente a partir del Renacimiento, y otorgándola así una excesiva rigidez que, si tuvo carácter positivo para la expresión del pensamiento lógico, disminuyó en el mismo grado sus posibilidades de expresión lírica, y sólo la libertad, proclamada después por el Romanticismo y más aún por las escuelas que le siguieron, fue liberando de ligaduras a tal idioma, con el consiguiente efecto positivo sobre la escritura poética gala.

Otra prueba de lo dicho la tenemos en el idioma inglés, pues éste, al ser sumamente flexible (salvo en la colocación de los adjetivos), ha permitido un maravilloso florecimiento de su poesía, tan admirable y magistral a todo lo largo de su historia.

LUIS ALBERTO DE CUENCA. Mi lengua

Qué es lo que asocio con el español. Primero, el célebre discurso del emperador Carlos V en Roma, cuando, hablando en castellano con acento flamenco, se refirió al castellano como la lengua del Imperio, lo que sonaba bien en mis oídos juveniles, porque siempre hay un tiempo para el entusiasmo en la vida. En segundo lugar, la lengua mágica que Rubén desplegaba en «Sonatina» y en «La cabeza del rawí» y en tantos otros maravillosos poemas que mi padre me leía en voz alta los domingos por la mañana, cuando aún no existían las pesadillas. Y en tercer y último lugar, el español purísimo con que el gran Juan Ramón me introdujo en la poesía, ese vicio incurable que acabaré venciendo el día de mi muerte, cuando ingrese en la prosa de la nada.

JON JUARISTI. Hidrografía

Unamuno recurría a una metáfora hidrográfica para hablar de las lenguas de los vascos: el eusquera corre como un regato claro en la proximidad del origen; el castellano fue río turbulento y el español, un mar en cuyas orillas abreva una multitud de pueblos. Hablante del vascuence desde mi niñez, nunca he sentido el español que aprendí en la cuna como antagonista de aquél. Las aguas del arroyo, escribió don Miguel recogiendo una imagen de Reclus, se perderán en el mar de la Humanidad. No cabe concebir otro destino para las pequeñas lenguas que el de los ríos de Manrique: el «se acabar / e consumir».

Por el contrario, creo que el pequeño arroyo del eusquera vive en mi español como una poderosa corriente submarina. De mi lengua intrahistórica, he escrito en un poema, «no te podrán quitar el dolorido/ sabor en la memoria/ si no te arrancan antes la lengua en la que escribes». Ahí, sospecho, reside la maravilla de las literaturas de nuestra lengua histórica, salada mar cruzada por innumerables ríos de diferente dulzura originaria.

ÁLVARO MUTIS. Vivir el idioma español

«Yo soy mi idioma», dijo alguien que sabía con plenitud y certeza ejemplares lo que decía y para quien el idioma español era parte esencial de su vida y de su destino de escritor. No puedo menos que compartir enteramente estas palabras porque el español ha sido, no sólo razón esencial para vivir cada uno de mis días, sino también una fuente de gozo inagotable. Con la mayor inocencia, cada vez que recorro una página, un párrafo del Quijote, un poema de Jorge Manrique, una comedia de Tirso y, claro, las rotundas estrofas del Arcipreste de Hita, pienso con regocijo que tal vez pueda parecer infantil: «Esta es mi lengua, toda ella es mía y la llevo en mi ser como una definición certera e inequívoca de quién soy y cuál es mi destino en el mundo». En el caso, además, de quien ha nacido y vivido en la América Hispana, hay en nuestra lengua una certera confirmación de quiénes somos y cuáles son las señales que nos confirman la verdad esencial de nuestro pasado histórico y personal. Hay algo, también, en este pertenecer a un mundo signado por la lengua española, como un dedo que desde lo alto señala la más honda razón de nuestro paso por la tierra.

JAIME SILES. Mi verdadera lengua

Fernando Pessoa —que era bilingüe— agradecería a los dioses « el tener como propia la lengua portuguesa» que, en su caso, como en el de Borges, siempre tiene un negativo inglés, que se le transparenta por debajo, como a Lucrecio —que se quejaba de la indigencia del latín para expresar lo abstracto— se le transparentaba el griego filosófico aprendido, como a Garcilaso se le transparenta el italiano y a Herrera y a Góngora les asoma, por debajo del verso, el léxico y la sintaxis del latín.

¿Cuál es la lengua de un poeta? Creo que ninguna y que, por eso, lo son todas a la vez, porque la patria de un poeta no es tanto la lengua como el lenguaje.

El tema principal de mi escritura es el del lenguaje entendido y vivido como una falsa identidad. He pasado mi vida estudiando sus signos y todavía no los he podido descifrar. La filología para mí no ha sido una profesión sino una forma de existencia, que me ha ayudado a intentar fijar el texto de la vida escrita o borrada por mí. Hay lenguas en las que me gustaría vivir; en otras sólo me limito a pensar. Las lenguas son para mí como las estaciones y, en no pocas, me siento como un ave de paso. Cuál es mi lengua nunca lo sabré, pero el latín se aproxima bastante.

Divido las lenguas en sustantivas y en operacionales. En las segundas transitamos; en las primeras nos sentimos ser. Mi relación con el idioma es una experiencia menos intelectual que religiosa: para mí la palabra es, lo mismo que el nominativo era para los estoicos — «concepto del alma» y pura referencia a la vez. No sé si las palabras son auspicia o sacra: me muevo dentro de ellas como si estuviera en presencia de un dios. El español es la lengua de mi escritura lírica. Tal vez por ello he entendido siempre el poema como una forma de rezo, de oración, y he visto el castellano como una lengua sacra que, en mi caso, que he vivido la tercera parte de mi vida en el extranjero, lo ha sido todavía más. De hecho, muchas de las aliteraciones y figuras fónicas por mí utilizadas son consecuencia directa de esto: del deseo de sacralidad. Por eso he intentado preservar sus sonidos y utilizar su lengua como un modo distinto —y, a la vez, más directo e íntimo— de comunicación. Comprendo que esta experiencia no es transferible a quien ha vivido siempre en un mismo país y en una sola lengua. Pero, en mi caso, la experiencia de la vida y de la lengua ha sido así: hasta tal punto que la confluencia e identificación de ambas se me ha convertido en algo muy próximo a lo que podríamos llamar «identidad». A veces no recuerdo palabras, pero sí a quien las dice; a veces no recuerdo sino la voz que está diciendo una palabra sin tiempo ni lugar. Esa palabra sé que es mi verdadera lengua.

La escritura teatral hispanoamericana

Vivimos un tiempo en el que el teatro parece haber recuperado su gusto por la comunicación verbal. No es difícil leer en cualquier estudio crítico contemporáneo cómo, pasado un periodo en el que la imagen alcanzó gran protagonismo, la palabra ha vuelto a su tradicional papel comunicador en el drama. Y en este aspecto, es evidente que el teatro en español podría situarse en cabeza de los escenarios del mundo. Teóricamente al menos.

Aportemos algunos datos. Según un estudio de la SGAE, que resume las recaudaciones de los teatros españoles de 1999 de obras que hayan superado las 200.000 pesetas, el 37% de los ingresos procede de obras extranjeras, frente al 14% que lo hace de autores vivos españoles. Esta es una realidad que sitúa a nuestra escena como un naufrago en el océano de las artes teatrales varado entre la dramaturgia en español y la producción que nace en América. Pero ¿existe una relación permanente y fluida entre el teatro escrito y representado en España y el que se hace en Hispanoamérica?

Además, la industria de la escena todavía marca importantes diferencias entre la producción en inglés y la producción en español y, si me apuran, también entre la dramaturgia francesa o la alemana. El problema no es otro que el de su consideración social. Es ahora cuando el teatro en España empieza a ser estimado como bien público. Contamos con un potencial artístico de primer orden en términos de locales teatrales, actores, directores y escenógrafos. Sin embargo, la Compañía Nacional de Teatro Clásico cumple este año sus veinticinco años de existencia, mientras que la Comédie Française por ejemplo data nada menos que de 1680. Con mucho menor historial que la Comédie, ahí están los ejemplos de teatros públicos en Inglaterra, Alemania o Suecia. Son zanjas difíciles de solucionar en poco tiempo, pero que marcan las diferencias de tratamiento en culturas similares.

Aunque exista algún precedente en la legislación actual de ayudas a la producción teatral —con apoyo a la escritura española— todavía se llevan la palma los proyectos para representar a autores clásicos y, de ellos, Shakespeare, con diferencia, es el más solicitado. No sólo estamos ante un problema de la Administración, sino que las propias gentes de teatro creen que, de esa manera, aseguran el éxito de sus propuestas, más que si programaran a un desconocido autor español. Claro que, si seguimos la cadena, el productor teatral nos dirá que el poeta isabelino, Moliere, o incluso Plauto, atraerá más público que ese nuevo dramaturgo hispano. Y es aquí donde tendrían que intervenir las instituciones públicas: en la manera y medida con que se han de favorecer proyectos que traten de potenciar la creación propia.

En el sector de la dramaturgia latinoamericana el problema es diferente, pero no menor. En la actualidad apenas existe un programa que relacione ese teatro con el español. Sólo el Festival de Cádiz se ha constituido en bastión de intercambio entre ambas dramaturgias. Un intercambio, por otro lado, no muy abundante, pues fuera del marco de ese Festival apenas si trasciende a los teatros del Estado. Y esto es así no por la calidad de los espectáculos, sino porque los programadores suelen entender que teatro latinoamericano es equivalente a una producción falta de interés para el público español. Y quizás tengan razón. También la Casa de América, en Madrid, realiza una importante labor en la difícil tarea de acercar las dramaturgias actuales que se escriben en nuestro idioma. A un programa de seminarios, cursillos y reuniones entre creadores de ambos lados del Atlántico, se añade la edición de textos de autores latinoamericanos en una colección llamada Teatro americano actual.

Pero seguimos hablando de un intercambio incompleto, porque tampoco nuestra dramaturgia se expande con normalidad en América. En los países más desarrollados, registramos un efecto similar al que describía antes: apenas interesan. Sólo cautivan las grandes producciones, obras de gran aparato, normalmente vinculadas a compañías o grupos de prestigio, en las que la palabra no suele ser el elemento predominante, y sí la imagen, los efectos de sonido o una luminotecnia desbordante.

COMUNICAR ARTE

El español puede y debe ser un vehículo de comunicación artística porque, en primer lugar, la vinculación entre España e Hispanoamérica está por encima de políticas coyunturales, modas o relaciones sociales. La enorme diversidad cultural, más allá de lo puramente geográfico, entre aquellos países entre sí, y entre ellos con España, abre un abanico de posibilidades extraordinario. De hecho, en otros géneros se ha producido ya un evidente encuentro, quizás porque soportes como el libro son de más fácil manejo que la escena, en la que intervienen factores que sobrepasan la voluntad del creador único. El éxito de la novela hispanoamericana es un aval que podría garantizar su extensión a otros ámbitos, lo que, sin embargo, no ha ocurrido. Ello demuestra que no es problema de calidad, ni de rígidas fronteras, sino de dificultad en los procesos de creación. No hemos tenido un trasvase de experiencias escénicas más allá de las que surgen de la docencia española en América, ni de la realidad de una cartelera compartida. Hasta el momento, las preguntas han quedado sin respuesta, aunque éstas esperen impacientes un lugar en donde desarrollarse.

Y puede y debe ser vehículo de comunicación artística, sobre todo, porque no faltan autores, creadores, pensadores, ni artistas capaces de hacerlo realidad. En el mero terreno de la escritura dramática, España vive un momento de enorme desarrollo, aunque en la práctica no lo parezca. Quizá nunca como ahora se escriba tanto teatro, se publique e incluso se represente, aunque sea en limitados espacios y públicos. También de América nos llegan noticias de autores de proyección, que escriben y estrenan sus obras con cierta regularidad. De Chile, obras de Marco Antonio de la Parra, excelente teórico que con su presencia en España consigue mantener un contacto permanente, de Luis Alberto Heiremans, Isidora Aguirre o Juan Radrigan. Del argentino Eduardo Rovner acabo de ver en Galicia una excelente versión de su interesante obra Compañía; Mauricio Kartun, también argentino, ha publicado tres interesantes títulos en la citada colección de la Casa de América; el Galpón uruguayo ha dado muestras de una dramaturgia tan comprometida como avanzada; César de María aparece como un prometedor dramaturgo peruano; y qué decir de los ya clásicos venezolanos Román Chalbaud, José Ignacio Cabrujas e Isaac Chocrón, del último de los cuales se puede leer riguroso estudio de su obra a cargo de Carmen Márquez Montes; Puerto Rico no cesa de producir autores de talento, que continúan la línea iniciada por René Marqués, seguida por Luis Rafael Sánchez, y actualizada por José Luis Ramos Escobar; Méjico mantiene la más vieja y sólida tradición de un teatro autóctono, del que son herederos Carlos Fuentes, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Guillermo Schmidhuber de la Mora, José Ruiz Mercado, Sylvia Mejía y un largo etcétera; Virgilio Piñera y Carlos Felipe son los dos pilares de un teatro cubano de grandes y notables creadores, como Antón Arrufat y Abelardo Estorino; Carlos José Reyes mantiene el magisterio de Enrique Buenaventura, en Colombia, donde no faltan jóvenes talentos, como Henry Díaz Vargas. En definitiva, que la relación sería tan larga como permitiera la extensión del artículo, y siempre se quedarían fuera autores de la importancia del venezolano Luis Britto García, el chileno Sergio Vodanovic, el uruguayo Antonio Larreta, el argentino Juan Carlos Gené…

La dramaturgia actual española no anda a la zaga en cuanto a número y, por qué no decirlo, calidad. Otro problema es su conocimiento y adecuación al medio escénico que predomina. Pero, aun aceptando que nuestro teatro no tiene, en la actualidad, ese guía-dramaturgo de la sociedad (Benavente en la primera mitad del siglo XX, Buero Vallejo en la segunda), sí tiene autores que ofrecen títulos de alto nivel, como Francisco Nieva, Fernando Arrabal, José Luis Alonso de Santos, Fermín Cabal, José Sanchis Sinisterra, Josep Maria Benet i Jornet, Alberto Miralles, Albert Boadella, Jesús Campos, Ignacio García Maix, Ignacio del Moral, Ernesto Caballero, Sergi Belbel, Yolanda Pallín, sólo por citar algunos de los que han estrenado durante los últimos meses, sin olvidar a premios nacionales recientes de literatura dramática, como Jerónimo López Mozo o Domingo Miras, de entre una amplia nómina que da pie para pensar que no es tan escasa ni pobre la escritura teatral española que amanece en el nuevo siglo.