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Hacia un nuevo paradigma ético en comunicación

Es frecuente (y desde mi punto de vista, afortunado), el paralelismo que se viene estableciendo desde antiguo entre dos fortalezas, la de la estructura de la comunicación en un país y la de su estabilidad democrática. Son dos fortalezas que se apuntalan entre sí, que se entreveran, que establecen constantemente puntos de encuentro y puntos críticos y que tienen ambas el mismo telón de fondo: la opinión pública.

Ahora bien, así como cuando hablamos de estabilidad democrática nadie tiene la menor duda acerca de lo que estamos tratando, y puede identificarse con cierta prontitud y facilidad con una serie de características fundamentales, hablar de estructura de la comunicación requiere probablemente una serie de reflexiones y clarificaciones previas, tanto en lo que se refiere al concepto como al plano estructural del que estamos hablando.

Se puede tratar de una estructura genérica que enmarque todo el panorama comunicativo de un país a través de su legislación y del tratamiento político: ésa sería la estructura macroscópica de la comunicación (macroestructura) que marcaría las grandes líneas de desarrollo de la comunicación. De ellas dependería su tratamiento ideológico y político y posteriormente, como consecuencia de este tratamiento, la respuesta jurídica tanto desde el punto de vista legislativo o normativo (de elaboración de la norma), como jurisprudencial (de interpretación de la misma).

Pero es muy distinta la consideración de la estructura intermedia (mesoestructura), que estudia el desarrollo de la comunicación en un país desde el punto de vista empresarial, y se preocupa del modo en el que se configuran las organizaciones y los grupos presentes en el panorama de los medios de comunicación .

Por último, todo esto a su vez resultaría radicalmente diferente del concepto de estructura si nos adentramos ya en las estructuras redaccionales y de contenidos de esos mismos medios de comunicación: la estructura más microscópica de la comunicación (microestructura), con la que podemos llegar de forma más capilar, amplia y profunda, a la interpretación del fenómeno de la comunicación mediática.

Lo usual ha sido vincular la fortaleza de la estabilidad democrática y de los regímenes de libertades a la estructura de la comunicación vista exclusivamente desde el punto de vista macroscópico, con un análisis de trazo muy grueso. De ese modo resulta casi obvio, y aparece incluso de un modo a primera vista pueril, el llamado mapa de las libertades informativas —aquéllas que, por ejemplo, exhiben en el hall de la Freedoom-Hause norteamericana—. La libertad de prensa —anacrónico modo de seguir llamando a la libertad de información— aparece así como el único referente objetivo que marca la bondad o maldad del sistema informativo; sólo se exige comprobar muy grosso modo el tratamiento político o jurídico de la información periodística. Esta libertad, por otra parte, suele confundirse frecuentemente con otras dos libertades, la libertad de expresión y la libertad de empresa informativa, y todavía se identifica en ocasiones con otra expresión mucho más rancia, la de libertad de imprenta. En definitiva, las libertades básicas de un país democrático, el mero hecho de decir lo que se quiera por el procedimiento que se elija, se convierte en el único objetivo perseguible, la meta elemental, inmediata y, por lo demás, paupérrima con la que ya se soñaba en el Antiguo Régimen. Con ese raquítico objetivo no es de extrañar que haya, incluso, quien crea que ya hemos llegado a la cumbre de la sociedad de la información, cuando en realidad lo que marca un régimen de libertades informativas en la sociedad actual no es ni más ni menos que un punto de salida, una base mínima; sí, fundamental, absolutamente precisa, pero mínima. A partir de ahí, hay que saber hacia dónde queremos ir, qué camino queremos recorrer. Poniendo un símil ferroviario, la estación de las libertades debería considerarse la estación de la que parte el tren de la comunicación, y no la estación término.

Es ahora cuando deberían entrar en juego los análisis correspondientes a los otros dos tipos de estructura, la mesoestructura y la microestructura, para conocer mejor el recorrido, para saber movernos con una mínima soltura en una sociedad informativa cada vez más compleja; sin embargo, lo cierto es que casi nunca se consideran estas otras estructuras.

Se está poniendo de manifiesto una cierta inquietud por el riesgo que supone para el pluralismo informativo la tendencia creciente en todo el mundo a la concentración empresarial en ese segundo nivel estructural y a las mesoestructuras de carácter multimediático, pero lo cierto es que no pasa de ser un discurso de foro de debate, que pone de manifiesto una vez más la consideración macroscópica como la única vía de desarrollo comunicativo de un país. Así, el riesgo de amenaza para el pluralismo por la concentración crece proporcionalmente con la confusión de las tres libertades mencionadas: la libertad de información, la libertad de empresa informativa y la libertad de expresión. Si no se establece ninguna distinción entre ellas, y el sujeto en el que descansan es el mismo, la indefensión del pluralismo informativo es evidente y, desde luego, grave.

Por otra parte, el análisis de la microestructura y el debate posterior no pasan, hoy por hoy, de constituir meros ejercicios académicos, en el que las jóvenes Ciencias de la Información intentan profundizar. La estructura formal de los medios; la selección de la información; el estudio de los diferentes ruidos de los procesos comunicativos; los análisis de contenido; las diferentes aplicaciones y modalidades de la teoría de la agenda seting; el estudio de la función gatekeeping; en definitiva, todo el conocimiento de que se dispone para poder profundizar cada vez más y mejor en la información no influye lo más mínimo en el discurso político y mucho menos en el jurídico, que sigue basándose en los mimbres decimonónicos del liberalismo.

RESPONSABILIDAD SOCIAL DE LA INFORMACIÓN

Con este escenario y estos argumentos, no es de extrañar que cuando alguien pregunta por la responsabilidad, por la ética o por la deontología en definitiva, —cuando alguien quiere profundizar en el fenómeno de la comunicación— se levanten enormes polvaredas con polémicas interminables sobre las amenazas a la libertad, que producen un efecto de impermeabilización o de desviación  y que impiden el acceso al meollo de la cuestión. Bien es verdad que no resulta nada tranquilizador el hecho de que los intentos de entrar en estas cuestiones siempre se hayan originado de instancias generalmente alejadas de los ámbitos académicos o profesionales; alejadas, en definitiva, de los que pueden entrar en el debate con una cierta solvencia y desprovistos de otros intereses ajenos a la información, sean éstos políticos, ideológicos o económicos. Todos estos intereses son muy legítimos pero impertinentes, inadecuados, espurios, cuando se enmascaran detrás de un interés social o de un discurso ético, y por ello no es de extrañar que nos inquietemos los defensores de la libertad. Lo malo es que entonces se vuelve a esgrimir la famosa frase de que «la mejor ley de prensa es la que no existe», que hace inútiles los esfuerzos por llegar a nuevas y más rigurosas formulaciones jurídicas , capaces de responder a las inquietudes de la nueva sociedad de la información; se vuelven asimismo a utilizar los argumentos de la autorregulación y de los códigos éticos en una profesión indefinida y desregulada, y se impide así un auténtico desarrollo deontológico de las profesiones relacionadas con la información.

A mediados de siglo xx, cuando ya se comenzaba a considerar con la suficiente importancia el fenómeno de la comunicación en las sociedades democráticas, hubo una reacción simultánea y más o menos paralela en Estados Unidos y en Europa, que exigía a los parlamentos inglés y americano que dieran una respuesta a la inquietante necesidad de unir la libertad a una serie de principios éticos que salvaguardaran las sociedades democráticas.

En 1947, los parlamentarios americanos constituyeron la llamada Comisión Hutchins, mientras los británicos creaban ese mismo año la Royal Comission. En ambos casos se planteaba la necesidad de que la representación política tomase iniciativas respecto al fenómeno informativo; en aquél momento se acuñó el término de responsabilidad social, aplicado a los medios de comunicación.

Cuarenta años después, en 1987, tuve la oportunidad de comprobar personalmente, en varias universidades americanas, que el principio seguía intacto porque nadie había sido capaz de desarrollarlo de un modo coherente, eficaz y razonable sin poner en riesgo los principios básicos de la libertad. Recuerdo que, en muchas escuelas de periodismo y facultades de comunicación, se celebraron seminarios sobre el tema en los que se rememoró el itinerario que había seguido el concepto y la enorme polémica a la que había dado lugar a raíz del informe Me Bride en la UNESCO

Cuando —quince años más tarde—, nos preguntamos las razones por las cuales seguimos prácticamente sin avanzar y analizamos los fracasos de todas las iniciativas que se han producido en ese sentido, nos encontramos siempre con una misma respuesta: la falta de respeto y el desprecio a los profesionales de la información, y la falta de consideración del discurso científico y académico. Este es un tema que aparece siempre patrimonializado por los políticos en sus más variadas vertientes: la profesionalización se ve como una amenaza a la libertad de expresión, que sigue confundiéndose con la libertad de información. Como consecuencia de ello, la responsabilidad se vincula siempre a un control externo, muy lejos del autocontrol de la deontología profesional. Seguimos sin descubrir la función de los profesionales y seguimos hablando de responsabilidad, atribuyéndosela, casi en exclusiva, a los medios de comunicación.

De la teoría funcionalista de los medios, que planteaba las cuatro funciones tradicionales de informar, formar, entretener y reforzar, la teoría de la responsabilidad social planteaba sobre todo el fortalecimiento de la función pedagógica, que sin duda es la gran asignatura pendiente de nuestros medios de comunicación. Y la función formativa ha entrado poco y mal en los medios precisamente por su carácter teleológico, prescriptor, que impone un criterio previo sobre el recorrido que queremos proponer a una sociedad, y que resulta claramente contradictorio con ese planteamiento liberalista que ya hemos comentado y que ve en la libertad un fin en sí mismo, un punto de llegada en el recorrido informativo, pero en el que, a la postre, se confunden la libertad de expresión universal con la libertad de información profesional.

Para entrar en la función pedagógica que reclama la responsabilidad social hay que partir por lo tanto de un sistema de valores, que nos permita distinguir no sólo lo verdadero de lo falso, sino también lo bueno de lo malo, y eso es totalmente incompatible con el viejo principio liberalista de la neutralidad informativa, que daba el mismo valor a una opinión que a otra, independientemente de la autoridad moral o científica del opinante.

Curiosamente, asistimos hoy en España a un debate interesante sobre la neutralidad que piden a los medios de comunicación los partidarios del terrorismo y las manifestaciones de un número creciente de profesionales que se niegan a ser neutrales. Eso es responsabilidad social, eso rompe con los viejos principios y eso exige un planteamiento nuevo que nos enseña el camino a seguir si queremos establecer una ética en la comunicación social, y dejar definitivamente de considerar la teoría de la responsabilidad como un discurso teórico válido sólo para los utópicos, o lo que es peor, un instrumento adecuado para justificar la acción de los manipuladores.

EL DERECHO A RECIBIR INFORMACIÓN VERAZ

El artículo veinte de nuestra Constitución establece claramente el derecho universal a recibir información veraz. Ese derecho tan fácil de enunciar resulta sin embargo de muy difícil ejecución, e impone, desde mi punto de vista, algunas reflexiones para optimizar lo que Juan Alberto Belloch llama el ecosistema informativo.

En estos momentos, asistimos en España a posicionamientos excesivamente rígidos por parte de los medios de comunicación, con una influencia excesiva de la función refuerzo y una tendencia preocupante a la mercantilización, y a la poco rigurosa utilización de la opinión, que demasiado frecuentemente se enmascara tras géneros informativos o se mezcla sembrando la confusión en la audiencia. El destinatario de la información: el ciudadano, el sujeto acreedor al derecho constitucional, pasa a ser una mera comparsa del proceso de la comunicación periodística, un elemento totalmente secundario y, desde luego, supeditado a intereses de todo tipo que casi nunca son los suyos. Asistimos a la proliferación de tomas militantes de posición política, e incluso partidista en los medios, al mismo tiempo que la concepción predominantemente mercantil produce una dinámica por la que resultan completamente eclipsadas las funciones sociales de la información.

La recepción de información veraz y la función pedagógica de los medios quedan entonces supeditadas e incluso sacrificadas a los intereses ideológicos, políticos o económicos, desdibujándose hasta extremos realmente preocupantes la figura del destinatario de la información, del receptor: de aquél que debería ser el único referente para los profesionales de la información.

Pero lo que resulta más grave de todo esto es la impunidad, la falta de conciencia con que se produce esta situación. Porque cuando una sociedad democrática sufre una patología en su macroestructura comunicativa, cuando se ven amenazados los principios fundamentales de la libertad y la estructura jurídica en un país plantea alguna duda sobre la defensa de esos principios, saltan todas las alarmas. Con la estructura media, —lo que hemos denominado mesoestructura—, empieza a producirse una cierta inquietud por la creciente concentración empresarial en el sector de la comunicación, y se empiezan a buscar soluciones políticas o jurídicas que atemperen el riesgo.

Pese a todo, estas soluciones pasan por la profesionalización mucho antes que por las soluciones políticas. No existiría ningún riesgo contra el pluralismo si en la empresa informativa, por muy grande, concentrada y multimediática que fuera, se respetara el trabajo de los profesionales, de cada profesional

La profesionalidad, por otra parte, es la mejor garantía contra las amenazas que puede sufrir todo el sistema informativo en los niveles más recónditos, en la llamada microestructura de la información. Allí es dónde debe producirse el equilibrio del ecosistema informativo, tratando de implantar una deontología profesional en todos los ámbitos de la comunicación, desde los más cercanos a las empresas, instituciones o especialistas, hasta los medios de cobertura más amplia.

En esa línea, se está produciendo un movimiento de extraordinario interés para iniciar el nuevo camino de la ética informativa, en el seno de la Asociación de Directivos de la Comunicación —ADC DIRCOM—, que agrupa a los directores de comunicación de las empresas más importantes de nuestro país y de numerosas instituciones. El movimiento consiste precisamente en establecer unos principios deontológicos claros, orientados fundamentalmente a definir su función social y su participación activa a favor del ciudadano, sobre todo de su derecho a recibir información veraz. Los comunicadores asumen así desde la fuente, y aceptando el concepto de periodismo de fuente, un protagonismo en el cambio de paradigma, que comienza a manifestarse de un modo radical: su actividad se identifica sin ningún eufemismo ni ninguna exageración con la de servicio a la sociedad, y así es como deberán aceptarles y contratarles en sus respectivas organizaciones.

Veracidad y responsabilidad podrán convivir definitivamente con la libertad, sin que esa ecuación sufra el riesgo de desplazamiento hacia el paternalismo o la instrumentalización; llevados de la mano de los utópicos o los manipuladores. La solución está ya en manos de los profesionales que sepan ejercer con libertad y responsabilidad , sin la presión de las empresas (ni las periodísticas ni las otras), sin la servidumbre obsesiva de las audiencias o las tiradas día a día o minuto a minuto, sin los mil condicionantes de todo tipo que enruidan hoy los contenidos. Sólo los profesionales pueden imponer una deontología sin precipitarse en el oportunismo o en la utopía. Lo malo es que los medios de comunicación siguen siendo tan importantes para tantos, que son demasiados los que se resisten a dejarlos en manos de los profesionales, y ponen todo tipo de obstáculos para definir, formar, titular académicamente, colegiar y regular su ejercicio. De esta forma seguirá sin saberse a quién hay que exigir responsabilidades.

Afortunadamente, este primer movimiento de los directores de comunicación da señales de orientar de nuevo el debate deontológico de los profesionales de la información. Puede ser un síntoma esperanzador para todos

El reto que la Bioquímica plantea a la evolución

 

Michael J. Behe, profesor asociado de Bioquímica de la universidad de Lehigh, Pensilvania, ha escrito un valiente e interesante libro en contra de las ideas neodarwinistas tan arraigadas hoy en día.

Para el lector interesado en estos temas, la postura de Behe supone una novedad muy interesante, pues casi toda la literatura existente sobre estos tópicos es rotundamente darwinista. Como nos recuerda Behe, las afirmaciones como la de Dawkins de que cualquiera que niegue la evolución es «ignorante, estúpido o demente (o bien malvado, aunque prefiero no pensar en ello)»; o la de Dennett, sugiriendo que se impida que los padres que no están de acuerdo con la evolución informen mal a sus hijos sobre la verdad, son más que frecuentes.

El principal argumento que presenta Behe en su libro es que en los últimos cuarenta años la Bioquímica «ha desentrañado el funcionamiento de la vida» pero también «ha frustrado la antigua esperanza de que los mecanismos de lo vivo fueran muy simples» y que «toda esta complejidad encierra un enorme obstáculo para la explicación científica de la vida, y en particular un obstáculo insalvable para la explicación darwiniana del origen de la vida».

Es bastante conocido cómo muchos de los argumentos originales de Darwin fueron perdiendo fuerza al ir avanzando los conocimientos. Visto de otra manera, Darwin sólo pudo abordar los problemas que estaba dentro del ámbito de la ciencia decimonónica y sólo pudo hacerlo con las herramientas que ésta ofrecía; más adelante se profundizó en la comprensión de los problemas y muchos de los argumentos de Darwin perdieron validez. Aun así, la Biología tuvo bastante éxito al encontrar nuevas explicaciones que permitiesen conservar la idea central del trabajo de Darwin. Behe explica cómo algo parecido ha sucedido con la llamada síntesis evolucionista, que se formuló a mediados de siglo con el fin de recoger y articular todos los nuevos descubrimientos y explicaciones concernientes a las ideas de Darwin que las distintas ramas de la Biología habían encontrado hasta el momento. Ahora bien, la teoría neodarwinista que resultó de este esfuerzo no pudo contar con las enseñanzas de la Bioquímica y la Biología molecular porque estas especialidades aún no habían nacido. Behe sostiene que, de nuevo, las explicaciones tradicionales se ven superadas por los nuevos descubrimientos y que «así como era preciso reinterpretar la Biología después de descubrir la complejidad de la vida microscópica, es preciso reinterpretar el neodarwinismo a la luz de los avances de la Bioquímica».

Behe acomete en su libro esta reinterpretación, y para ello nos recuerda en primer lugar que la Bioquímica es el nivel más profundo de conocimiento biológico al que se puede aspirar (como él mismo dice, «No se puede ir más abajo»), dentro de la tradición reduccionista de la Biología y cómo ahora, que ya conocemos con cierta profundidad los rudimentos de la Biología molecular, la pregunta por la validez de la evolución se reduce a un problema técnico cuya solución está al alcance de la Bioquímica. Ante la Bioquímica, los demás argumentos que se venían exponiendo y desarrollando en las discusiones pasan a tener una importancia secundaria.

Además, gracias a que nuestro conocimiento sobre los rudimentos de la vida, de la Bioquímica, es ya lo suficientemente completo, podemos pretender discutir y juzgar definitivamente la Teoría de la Evolución.

Para exponer las ideas anteriores, Behe nos muestra cuán vanas son las conocidas defensas del darwinismo de Dawkin y compañía, por no plantear el debate en el marco de la Biología molecular, y cómo la discusión sobre la posible evolución de un órgano o sistema biológico no debe ignorar los descubrimientos de las últimas cuatro décadas.

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Este planteamiento devuelve, por descontado, la discusión al campo de la ciencia, del que por mucho que les pese a algunos, se había ido alejando cada vez más. En este sentido, destaca además la crítica que hace Behe en el capítulo II de la inexplicable y excesiva consideración que ha tenido la comunidad científica con la teoría de la evolución, a pesar del carácter poco científico de muchos de los argumentos que la defienden y a pesar del desacuerdo y dudas que existen entre numerosos y reconocidos especialistas, y que Behe tan bien retrata. Esto le lleva a denunciar que la aceptación de esta teoría por gran parte de los científicos se basa en el tan poco científico argumento de autoridad o en «un sentimiento de cómo deberían ser las cosas».

Tras esto recoge el guante que Darwin lanzó en El Origen de las Especies para intentar «demostrar la existencia de cualquier órgano complejo que no se pudo haber formado mediante numerosas y leves modificaciones sucesivas.» En los capítulos III-VI expone cuatro ejemplos de órganos o procesos biológicos como son los cilios, la coagulación de la sangre, el transporte intracelular y el sistema inmunológico que, por poseer el carácter de sistemas irreductibles ofrecen un reto, a su juicio, insuperable para cualquier intento gradualista de explicar su origen. Cabe señalar aquí la importancia del concepto de sistema irreductiblemente complejo en los argumentos de Behe, pues éste no niega el funcionamiento de los mecanismos que han propuesto los darwinistas y, de hecho, considera la existencia de la microevolución como más que probada. En el capítulo VIII discute la existencia de otros procesos, como la síntesis de AMP, que aunque no merecen el calificativo de irreductiblemente complejos, ofrecen serias dificultades para cualquier explicación darwinista de su origen.

La afirmación de que la ciencia es incapaz de explicar la formación de estos sistemas, órganos o procesos de acuerdo con los presupuestos darwinistas recurre además a un exhaustivo examen de la bibliografía científica. Este examen no sólo descubre una total ausencia de textos que cubran este objetivo o el alto grado especulativo de los pocos que lo intentan; sino también lo innecesaria que es la teoría de la evolución para la Biología molecular y la Bioquímica y el extraño uso que se hace de ella en los manuales, las pocas veces que es citada.

Behe no sólo se centra en la crítica del gradualismo neodarwinista, aunque éste es su objetivo principal, ya que, como nos recuerda usando las palabras de Dawkins: «Es muy posible que la evolución no sea siempre gradual. Pero debe ser gradual cuando se usa para explicar el surgimiento de objetos complejos que al parecer tienen un diseño. Como los ojos. Pues si no es gradual en estos casos, deja de tener capacidad explicativa. Sin gradualismo en estos casos, regresamos al milagro, que es simplemente un sinónimo de ausencia total de explicación».

Analiza asimismo otras dos teorías científicas que podrían describir el modo de «ensamblar rápidamente sistemas complejos». Se trata del la teoría simbiótica de Lynn Margulis y la «teoría de la complejidad», que tiene en Stuart Kaufmann su mayor defensor. Behe dice que la teoría simbiótica no puede satisfacernos como explicación porque supone explícitamente la preexistencia de dos células o sistemas que ya están funcionando; es decir supone ya la existencia de la complejidad. Ante las ideas de Kaufmann, Behe recoge la crítica, bastante compartida por muchos biólogos, de que son demasiado abstractas y demasiado alejadas de la Química y del experimento para poder aplicar sus consecuencias al estudio del origen de la complejidad bioquímica de la vida.

A continuación, Behe tiene la valentía de afirmar que la complejidad de la vida y la incapacidad de la ciencia para dar explicaciones gradualistas de la aparición de tal complejidad son motivos suficientes para afirmar la evidencia de la tesis del diseño inteligente como explicación de la vida. Según dice, «podemos llegar a la conclusión de que los sistemas bioquímicos comentados en los capítulos III-VI fueron diseñados por un agente inteligente. En esos casos podemos confiar tanto en nuestra conclusión como en la conclusión de que la ratonera fue diseñada, o de que el monte Rushmore y un cartel de Elvis Presley fueron diseñados. En estos sistemas no hay cuestión de grado como en el hombre de la luna o la forma de Italia. Nuestra capacidad para confiar en el diseño del cilio o del transporte intracelular reposa en los mismos principios que nuestra capacidad para confiar en el diseño de cualquier cosa: el ordenamiento de componentes autónomos que depende muchísimo de los componentes».

Por último Behe reflexiona sobre cómo y por qué la ciencia ignora la evidencia a favor de la existencia de un diseño inteligente, que es la posibilidad más natural e inmediata, al menos desde un punto de vista histórico, y la que aún hoy en día obtendría mayor apoyo popular. Behe apunta motivos de distinta índole, que van desde el «chovinismo» científico (que irónicamente ha «desechado perspicaces críticas científicas de la selección natural en nombre de la protección de la ciencia»), a la existencia de un enfrentamiento histórico entre ciencia y religión y a otros motivos más filosóficos. En esta reflexión recuerda, además, de un modo muy acertado cómo la ciencia, la filosofía y la teología tratan de buscar mediante su propio camino la verdad, como estos esfuerzos no son excluyentes entre sí y cómo el afán por hacerlas chocar o rivalizar en esta búsqueda puede ser malo. Nos recuerda el carácter histórico que tiene la aparición de la vida y de sus diversas formas en la tierra y de qué modo la ciencia puede hablar sobre fenómenos que tienen un carácter más histórico que periódico o regular. Además, Behe es optimista, pues opina que la aceptación de la teoría del diseño inteligente reanimaría campos de investigación científica que están a su juicio atrofiados por la aceptación injustificada de las ideas evolucionistas.

Al terminar la lectura del libro de Behe, el lector oye en su cabeza los mismos aplausos que Behe escucha tras ver funcionar cualquiera de las ingeniosas máquinas complejamente irreductibles del dibujante Rube Goldberg. Behe acaba de hacer una crítica en profundidad de la teoría evolucionista generalmente aceptada.

Es el momento de que Dawkins, Dennett, Maynard-Smith, Williams y los demás darwinistas tomen la palabra. Estamos deseosos de escucharlos. Esperemos que tengan algo que decir.

Días de vino y rosas

Lo mejor de la arquitectura española presente es su futuro. Si el hoy es brillante, el mañana promete nuevas alegrías. Los años noventa la pusieron de moda en los circuitos mediáticos; todo indica que en el principio del siglo la fiesta va a continuar.

Pero ahora son los jóvenes los que arrasan. «No hay Mozarts en la arquitectura», decía Javier Carvajal; las nuevas generaciones pretenden desmentir al maestro. Se acabaron los complejos y las autorrestricciones. Tan desenfadados como los holandeses, tan virtuales como en la costa oeste americana, formalistas o estrictos, correctos a la francesa, interesados en la modelación de espacios o en la extrusión de superficies… El catálogo de la creatividad hispana ha ensanchado sus contenidos ampliando, al tiempo, sus puntos de vista.

Menos atentos al entorno físico que al marco cultural, se interesan por los problemas universales mientras comparten el territorio de la red. Citan con soltura a Derrida o Lyotard, hablan de espacio-basura, áreas de impunidad o casa-interfaz. Ningunean el high-tech, pero exploran las posibilidades de la baja tecnología y el reciclaje. Aceptan con idéntica esenvoltura las arquitecturas desenfadas de los lofts y los mórbidos y coloristas espacios virtuales de las arquitecturas multimedia. Aquellas viejas categorías críticas tan insistentemente esgrimidas hace años —¡cómo atufa a naftalina el realismo de la escuela de Barcelona o el idealismo madrileño!— producen la misma distante indiferencia que provocaría una mención al Imperio Otomano.

La última Bienal de Arquitectura de Venecia vio la presentación en sociedad de los nuevos protagonistas. Alberto Campo, comisario del pabellón de España, apostó por un amplio elenco de muchos autores con pocas obras. El dramático ambiente negro de la instalación, en el que flotaban, escenográficamente iluminadas, las propuestas de los jóvenes arquitectos, mereció el premio al mejor pabellón de la Muestra. La acumulación abigarrada de propuestas fascinó por la creatividad de tan diferentes aproximaciones, por la pluralidad de intereses investigadores, por la radical imposibilidad de reducirlos a esquemas clasificatorios simples.

Las multiplicadas escuelas crepitan de jóvenes docentes que, antes de cumplir los cuarenta, ya adornan sus curricula con estancias como profesores invitados en Princeton o Cornell, con exposiciones en las Arquerías o el CCB y con artículos o proclamas publicadas en las nuevas revistas escolares que, por supuesto, llevan títulos como Grietas, Fisuras, Intersticios, Fragmentos, Discontinuidades, Fracturas o Estratos.

Pero no sólo maduran rápido las nuevas promociones. Al tiempo, se expanden por el mapa, en una diseminación geográfica que coloniza el territorio de la vieja piel de toro. Quizás Teruel no exista todavía, pero claramente se acabó el hablar en exclusiva de Madrid y Barcelona. El páramo se ha acabado. De Pamplona a Córdoba o Granada, de Coruña a Alicante o Castellón, en Olot, Cartagena, Mataró o el Puerto de Santa María, los estudios profesionales ocupan brillantemente una periferia que ya no es promesa sino referencia inexcusable.

Sin embargo, et in Arcadia ego: no todo es idílico, por supuesto. Esa calidad disciplinar, ampliamente demostrada y reconocida por la profesión, no ha conseguido mejorar la percepción crítica por parte de una sociedad siempre recelosa, que mira la investigación exigente con desconfianza y entiende la búsqueda de la excelencia en términos de divismo. La autocomplacencia narcisista que nos tienta insidiosamente apenas disimula la persistente incomunicación entre arquitectos y sociedad. Y siendo esto lamentable, aunque a la vez comprensible, menos justificable parece que la cultura arquitectónica avance más rápidamente que las ordenanzas necrosadas de nuestras principales ciudades y las posibilidades reales de materializarse.

Construir hoy en la ciudad histórica es una proeza. La tiránica y mediocre inundación de normas de obligado cumplimiento, escrutada por un sinnúmero de comités de vigilancia, rasea a nivel de la más tosca vulgaridad cualquier atisbo de arquitectura innovadora. A falta de ideas sobre la ciudad que se quiere, basta resignarse a mantener la que se tiene. ¿Progreso? Viejo concepto de una modernidad hoy superada…

La ciudad es todos y de todos, cierto. Mas la idea de la ciudad la generan pocos y la construyen menos. De la convergencia sumatoria de auctoritas y potestas, de saber y poder, hemos heredado los ámbitos urbanos que nos enriquecen como ciudadanos.

Ya no más. Los agentes sociales, a la búsqueda del lucro rápido, y los estamentos políticos y administrativos, celosos de su poder no compartido, han sabido excitar el apoyo de las masas y concitar su desconfianza ante el intelecto crítico. ¿Será preciso aducir ejemplos? La abyecta polémica sobre el proyecto de Moneo para el Prado, manipulada en términos literalmente goebelsianos, alimenta las ventas periodísticas mientras avergüenza al intelecto. Ni un argumento, excepto descalificaciones sin base, ironías vacuas o insultos declarados. Menestrales y amas de casa exigirán con desparpajo dialogar con el catedrático, decano de Harvard, único de los interlocutores que ha dedicado su vida al estudio de la arquitectura, la ciudad y sus problemas.

Alguien tendrá que decir alguna vez que mejor que aventurar opiniones es adquirir ciencia, idoneidad para el juicio. Que si bien todo el mundo tiene derecho a opinar, no lo tiene a que se tomen en serio sus opiniones, en la medida en que surjan del frívolo «pues a mí me parece» o del peor «pues a mí me gusta». Y que el diálogo entre el que sabe y el que no sabe se llama enseñanza.

Ya estoy escuchando los dicterios de los nuevos inquisidores, que velan por la pureza del pensamiento políticamente correcto: la expresión de estos juicios, fuera del ámbito académico, no contribuye sino a subrayar la acusación de autista ya asociada al mundo universitario. No importa. Puede que estos desencuentros sean necesaria demostración de que el espíritu crítico, que siempre crea sarpullidos, sigue funcionando con eficacia. Triste sociedad, la que no esté en crisis…

Lo determinante, lo nuclear, es el sustrato educativo, la base teórica, la formación. Solamente cuentan, finalmente, la preparación, que es ardua, y la creatividad, que es insustituible. Y ambas cosas parecen ir razonablemente bien en España. La seriedad de la enseñanza en las principales escuelas —unánimemente elogiada por los de fuera— explica la cosecha de Venecia. Y permite esperanzas optimistas de un verano de plenitud, que reviente sin aviso por la espiga de trigo ayer sembrada.

Escrituras de verano

Un grupo de hombres perseguidos, frente a un desierto que adivinan inclemente y extenso, vacilan. Uno de ellos, que parece el jefe por la severidad de la estatura y por su calma al responder, expone su visión de la llanura: «un desierto es un espacio y un espacio se cruza». Más adelante se sabe que sólo el que ha hablado sobrevive a la travesía; se enseña, después, cómo el hábito del sol y de la arena produce un hombre distinto, acaso menos rectilíneo que el que enunciaba el desierto desde su umbral. Se representa, por último, la salvación de ese hombre, que prescribe el regreso a la civilización que lo había empujado al borde del desierto. No es imposible que el fracaso de ese trayecto permita a sus descendientes —que desconocerán las dunas— relatos de magnífica nostalgia. La película se titula Yellow sky (William A. Wellman, 1948) y esa sociedad de dos palabras contiene un desierto que no se nombra porque lo duplica el cielo.

Veamos otra versión oculta de la arena. Pertenece a una película nueve años posterior, titulada The Tall T y dirigida por Budd Boetticher. En una escena, Randolph Scott es interrogado por un anciano que vive con su nieto en una cabaña aislada. Le pregunta cómo es la ciudad. Scott responde con indiferencia que «hay gente». La exposición de la metrópoli suministrada por este actor —cuyo rostro es un reflejo del desierto— vuelve a insistir en las elipsis. Su respuesta, como el título pictórico de Wellman, sugiere también la posibilidad de un vínculo entre los escenarios y el lenguaje que debe referirlos. Y algo más: decir cielo amarillo para nombrar el desierto o someter una ciudad al sintagma «hay gente», son dos deliberaciones que deben enseñarnos que el western es un género retórico.

Al menos verbalmente, el western es una convención dialéctica. Su rigor procede de amplios desacuerdos que enfrentan al Este con el Oeste, a Europa con América, al individuo con la comunidad, a la experiencia con la ilusión, al pasado con el futuro. Jim Kitses ha catalogado más de una veintena de hostilidades semejantes en un libro que tituló Horizons West. Una modesta película de Boetticher, a quien admiraba, le sugirió el título. Los mejores intercambios verbales que exhibe el western no rehuyen el conflicto. Las omisiones verbales —que pueden dar por supuesta la conveniencia de una muerte o la familiaridad del desierto—, tanto como el énfasis en las palabras rivales amigo y forastero, demandan del espectador la aceptación previa de cierta ambigüedad reglamentada. Ese acuerdo es responsable de excelentes ironías que hacen inconfundible la oralidad de un western. Bastará con recordar dos. La primera pertenece a Johnny Guitar (N. Ray, 1953); la segunda, a una película menos memorable que incluye estas buenas palabras. Su título es Silverado (L. Kasdam, 1985):

Guitar: — No he venido a buscar camorra, señor Lonergan.
Lonergan: —Llámeme Burt, los amigos me llaman Burt.
Guitar: —Como quiera, señor Lonergan.

· · ·

Cuatrero: —¡Baxter!, ¡eh, Baxter! ¡Por fin has llegado, Baxter! Llevo dos días seguidos esperándote. Esto es un mal comienzo.
Forastero: —Efectivamente, amigo, es un mal comienzo. Yo no me llamo Baxter.

CINE

Los diálogos citados no son una mera exposición de hábiles bromas. Su crédito exige el hábito de ciertos modales y de cierta iconografía. Su peculiaridad demanda saloons, indolencia o la recta calle de un pueblo. Más generosamente, nuestra aceptación a ser espectadores de acontecimientos que se desenvuelven en un mundo fabuloso. Para ingresar de un modo espontáneo y elemental en ese territorio, acaso sea suficiente con que los personajes que lo pueblan deambulen ataviados de sombrero y viajen a caballo. Pero la extensa metáfora que implica el oeste y las películas del oeste proviene, si no me equivoco, de un hábito alegórico menos inocente que el disfraz: el de la literatura norteamericana del siglo XIX. Para ilustrar la procedencia alegada basta una mención, siquiera parcial, de algunas de sus buenas páginas.

EL NACIMIENTO DE UN GÉNERO

Entre 1823 y 1827 la imaginación de un hombre que afrontaba con tranquilo entusiasmo el mar y las praderas, concibió un héroe que se imponía, por designio amoroso, no la escasa magnitud de una muchacha sino la vastedad sonora de un bosque de coniferas. El autor de esta expansión sentimental se llamó James Fenimore Cooper. Uno de sus primeros libros, El piloto (1823), anticipa un ambiente marítimo desde el mismo título y dio inicio a una saga de novelas de mar que merecieron los elogios de Melville y de Conrad. Pero la imaginación de Cooper fue especialmente decisiva en el asentamiento de una determinada forma de obrar en tierra. Para exponerla creó al explorador Natty Bumppo y lo prolongó en una trilogía divulgada con el nombre de The leatherstocking tales. Al explorador de Cooper le atañen los calificativos de «místico» y de «legendario». Por la magnitud de los paisajes que enmarcan sus evoluciones, por la íntima serenidad moral que usa en el acometimiento de notables empresas, no le sobra la atribución de «épico». El clasicismo de este héroe, al modo de un pacífico Eneas que hubiera renunciado al mar vinoso y a la lanza, requería la formalidad de ser un hombre viejo. La experta mano de un varón posterior dotó a este anciano, venerable por su contención y su armonía con los rumores de la tierra, del optimismo necesario para emprender el dominio de vastos territorios.

El entusiasmo provino de un joven tímido, nacido en Concord (Massachusetts) en 1803. A los nueve años, una tía paterna que vigilaba su educación lo envió a la Escuela Pública Latina de Boston. En 1832 su mayor fortuna se fundaba en la repetida anécdota que lo hacía protagonista de una navegación a Europa y de la coincidencia en diversos jardines de Inglaterra con Wordsworth, Coleridge y Carlyle. Acaso animado por la conversada literatura de sus compañeros de paseo, el joven, que se había hecho clérigo, concibió la empresa de redactar un breve ensayo de destino hiperbólico para el arte americano que habría de venir. Necesitó cuatro años para su publicación. Otorgó a la modestia de esa treintena de páginas la magnificencia de un título que tampoco renunció a la brevedad: Nature. Nuestro predicador ostentaba por desproporcionado nombre el de Ralph Waldo Emerson.

Lo que Nature (1836) infundió a las letras americanas fue algo más que el entusiasmo de propagar que la historia universal habita en cada hombre, porque el universo es una proyección de cada alma. Tal trascendencia no es ajena a otras culturas, ni a otras religiones, ni a otras literaturas. Borges concluye que Flaubert quiso que su San Antonio, como Brahma o como Walt Whitman, fuera, al menos en las páginas finales del libro, el universo. A Emerson le corresponde el enunciado filosófico más breve de esta comunión, tal vez también el más fervoroso.

Proponer una equivalencia entre la Naturaleza y el interior del hombre animó algunas nostalgias en la imaginación de los contemporáneos de Emerson. Conmovidos por su doctrina individualista, sus primeros seguidores tendieron a asociarse en círculos. En esas congregaciones, se departía sobre la confianza en uno mismo y sobre la íntima experiencia de la divinidad. Un roble nevado o un estanque con hojas amarillas eran motivo de exaltación estética y de gratitud. No sabemos de pintores notables entre los congregados. Ha perdurado, en cambio, el nombre de Henry David Thoreau, un imperfecto fabricante de lápices que entre 1841 y 1843 compartió la casa de Emerson. El más severo seguidor de las páginas de Nature se retiró un cuatro de julio de 1845 a vivir en una cabaña. Sus compatriotas celebraban entre tanto la fiesta de la Independencia. De su estancia en el bosque, Thoreau dejó escrito que no había conocido un compañero que acompañara tanto como la soledad. Sumó otras impresiones hasta completar un libro llamado Walden (1854). Algunos capítulos de la obra llevan títulos descriptivos: Sonidos, Primavera, El estanque en invierno; otros parecen menos panorámicos: Los pobladores de antaño, Los preceptos más nobles, Soledad.., La enumeración seleccionada procura —tal vez vanamente— la sugerencia de un itinerario íntimo que parte de lo físico y aspira a lo moral. Podemos admitir que Thoreau hubiese hecho una lectura tan apresurada de Emerson que le llevara a entender que su obligación de discípulo era aislarse en la naturaleza. No podríamos negar que su renuncia a la comunidad de los hombres permite la postulación adicional de una preferencia estética que requiere lejanías y soledad. El western ha prodigado la imagen del jinete que desaparece entre el polvo que desprende su cabalgadura desde el horizonte. Esa reducción es una compostura física, tal vez pictórica, del alejamiento. Su fondo moral, al menos en Norteamérica, requiere las páginas de Emerson, que alegarán en el amoroso culto de la lejanía que practica ese jinete, la nostalgia de una pureza que puede recuperarse en la magnífica soledad de las praderas.

EL VIAJE DEL ALMA

De la otra gran llanura épica, la del soberbio mar contado por Melville, aprendió el western la fatiga del viaje y acaso su inutilidad. El océano que agotó la febril mirada del capitán Ahab no es, en las ajetreadas páginas de Moby Dick (1851), la planicie de agua que recorren hombres tras ballenas. Es la proyección de un alma necesitada de espacio para ejercitarse en la venganza. Es, también, el fúnebre campo de espuma que recibe al hombre que no tolera la existencia de una criatura superior, al hombre que anhela ser esa criatura. Melville, para conciliar la ensoñación de Emerson —a quien sabemos que leía y apreciaba— quiso que Ahab se confundiera con la ballena que había derrotado a su arpón; quiso que su cuerpo, encadenado por la estacha al enemigo, oscilase en adelante con las mareas. Anthony Mann, en las escenas finales de The Naked Spur (1952), recreó esa cuerda que sabe vincular las dos orillas de una persecución obsesiva: el cuerpo de un hombre vivo con el cadáver en que se ha convertido el hombre al que perseguía. Un río tumultuoso separa los dos extremos. De esa comunión violenta con el universo que precisa de la muerte para serenarse, surge el western que se contiene menos con el dolor del héroe. Emerge también la aceptación de que la violencia, como predicaron los poetas trágicos, es una vía de conocimiento. Por ello, examinar la evolución del western —que como las páginas de Thoreau empieza por registrar paisajes para acabar revelando almas— conlleva esta adversidad: la imagen del héroe infatigable en la elección de una última lejanía al final de la película, se sustituye por su muerte directa ante los ojos del espectador. Dos ilustraciones admirables de esa reunión del hombre con la tierra son las escenas finales de Shane (G. Stevens, 1953) y de Ride the High Country (S. Peckinpah, 1962). El jinete de la primera se pierde en el horizonte mientras un niño grita su nombre en vano. El de la segunda, postrado en tierra antes de morir, vuelve los ojos con gratitud a unas montañas que lo han reconciliado con la mejor imagen que conservaba de sí mismo.

La invocación de nostalgia hecha más arriba conviene a un género cuya materia de inspiración proviene del pasado. En el western la nostalgia es física y conforma su paisaje más elemental, el de la terrosa pista que se pierde en el horizonte y cuyo inicio desconocemos. La nostalgia, seguramente, formó parte de la mirada de Cooper y de Emerson, que comprendieron el mar y se avinieron a escribir sobre la hierba. Su invocación es imprescindible en la prosa del primero y necesaria en la filosofía del segundo. De su decidido empleo procede uno de los géneros, junto al relato de viajes, que fundamentan el nacimiento de la literatura norteamericana: la jeremiada.

La formalidad del género prescribe que la jeremiada sea una oración retórica de contenido moral; un sermón al que no le son ajenos los recursos de la fabulación y la sofística. El trasfondo incluye siempre esta inconveniencia: los males del presente proceden de olvidar o de ignorar las glorias del pasado. A fuerza de invocar un pretérito venturoso de difícil repetición, se logra imponer entre el auditorio la afligida sospecha del abandono de la gracia original. Correspondió a Nathaniel Hawthorne (1804-1864) la exposición literaria más laboriosa de esta versión puritana de la melancolía. A su propósito le convino el uso deliberado, tal vez indiscriminado, de alegorías. En el prólogo a una de ellas, cuyo tema es la depravación ingénita y su título La casa de los siete tejados (1851), dejó escrito lo siguiente: «El aspecto en el que este relato puede acogerse a la definición de romántico se funda en el propósito de relacionar un tiempo desaparecido con el presente mismo que huye de nosotros». Sabemos que el peso familiar de varios antepasados suyos, escrupulosos en el ejercicio del fanatismo, dotó a Hawthorne de un talento especial para describir jueces iracundos. De tales caracteres, que a menudo se pronuncian en versículos bíblicos y alegan la rectitud de su pasado, aprendió el western la costumbre de los patriarcas observantes de su hacienda y de su sangre. Variaciones de ese fanatismo esencial son algunos predicadores furiosos y solitarios, fundadores de su propia iglesia, que surgen de una colina o se pierden en una tormenta de arena. También el ganadero que legisla en su territorio con más hostilidad hacia los hombres que hacia los rebaños. De manera menos accidental las páginas de Hawthorne proporcionan al western la posibilidad de examinar la historia que recrean sus imágenes según un arquetipo moral que hace de la actividad del héroe un designio divino. A la manera del hado griego sobre el navegante, una suerte de destino inexorable gobierna en el jinete del oeste la persecución o la venganza, su palabrería y sus silencios, el trabajo de reunir leña para la hoguera y el hábito de sofocarla con los restos del café.

En el western, la recuperación del pasado legendario requiere, antes que doctrina, experiencia personal. Un jinete no se pronunciará sobre el desierto hasta que no lo haya cruzado. Hacerlo propiciará un conflicto entre lo que ha oído decir y lo que ha visto, entre herencia y aprendizaje. Mark Twain extrajo de tal disparidad a Huckleberry Finn. Hemingway escribió que toda la literatura moderna americana procede de esas páginas.

TERRITORIOS FANTÁSTICOS

Como la literatura que lo había precedido, el western se impuso la tarea de forjar un territorio fantástico que soportara la tribulación y el movimiento de sus héroes. El desierto reluciente, los cañones aéreos, la nocturna hoguera, la cordillera nevada, el ancho vado, el infinito cielo y la continua pradera ofrecieron el diverso espacio para la galopada, la palabra sombría y la dura suerte.

R. Poirier, en un libro titulado A World Elsewhere: The Place of Style in American Literature (New York, Oxford University Press, 1966), advierte que los escritores norteamericanos padecen el hábito de ambientar sus invenciones en lugares irreales o que su estilo se empeña en hacer irreales. ¿Por qué no suponer en esa preferencia el ejercicio consciente de imaginaciones propicias a la alegoría o a la metáfora? Más ardua que la generación de paisajes fantásticos es, en literatura, la fabricación de una lengua que los consienta. Curiosamente, James Joyce, tal vez porque nadie está convencido de abarcarlo verbalmente, parece ser uno de los escritores más beneficiados por la inseguridad que inspira algunos elogios sobre su estilo. La materia verbal del western es un artificio cuidadoso, por no decir deliberadamente retórico, porque debe soportar una alegoría o un conjunto de alegorías. Si se admite la reducción, todas derivan de una fundamental: la del individuo que ha de dominar un vasto espacio de tierra. Ese laborioso procedimiento se acompaña de paisajes, de animales, de objetos, de vagas noticias históricas que, con alguna obstinación, confluyen en las tres décadas que median entre 1860 y 1890. Una treintena de años que congrega un catálogo de hombres, de poblados, de ríos y senderos, de desafíos verbales que se repiten, cuya enumeración no será preciso transcribir. Baste saber que su reiteración, la de los hombres, la de los paisajes, la de las palabras, permite que se configure un género. El abuso, y a veces la variación desleal, apresuran la parodia de ese género.

ICONOGRAFÍA EN EL WESTERN

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El cine del oeste opera, como la metáfora, con imágenes. Ningún poeta se ha atrevido a negar que sean ilimitadas, acaso porque es un deber de los poetas producir nuevas metáforas. El western tiene sobre la poesía la ventaja de ser menos infinito. No necesitamos otras invenciones, baste manejar significativamente imágenes que la repetición ya ha hecho significativas. Jim Kitses ha reparado en que ver una iglesia en cualquier película, salvo en un western, es ver una iglesia. Una imagen de My darling Clementine (J. Ford, 1946) confirma la polisemia sugerida: en una ciudad de la que sólo conocemos una calle que incluye una barbería y un hotel, se ha iniciado la construcción de una iglesia. La cámara de John Ford no nos enseña su alzamiento pero permite que una mañana oigamos una campana y asistamos, bajo un porche, a la procesión de los primeros feligreses. Se organiza un baile comunitario y por vez primera vemos que la iglesia es sólo un armazón de tablas al borde del desierto. Antes de que asistamos a la primera ceremonia social de Tombstone, se nos muestra el acercamiento del sheriff y de la futura maestra —cuya escuela es otra elipsis— hacia una plataforma de madera donde esperan unos músicos y el resto de la comunidad. El predicador advierte que ha leído la Biblia más de una vez y que jamás ha encontrado un pasaje contrario al baile. La fiesta se inicia. Cuando vuelve a mostrarse el andamiaje de la iglesia, animado por las vueltas de los bailarines, vemos también la esperanza de la civilización junto a un desierto que la cámara de John Ford revela al fondo.

El lenguaje del western debiera ser una mímesis de sus escenarios, que son sagrados y abstractos. Habitualmente es una distracción verbal que exige ganaderías y desiertos para desarrollarse. Antes que cualquier otro género cinematográfico, el western corre el riesgo de incurrir en la verbosidad porque décadas de reiteración consiguen que todos sus objetos hablen. Esa locuacidad visual hace más expresivas las omisiones. A Johnny Guitar, como al Wyatt Earp de Ford, les basta exhibir su ausencia de pistolas en el bar para inquietar a quienes los encaran. En un género del que esperamos la franca exposición de las armas, la abstención de un revólver ya es una palabrería sobre el hombre que no lo lleva.

Lograr esa depuración exige nuestra credulidad, nuestra sincera aceptación de las múltiples ceremonias que conlleva discurrir de noche por Dodge City, o internarse en un desfiladero desde el que se enviaron señales de humo, o dormir junto a una hoguera, o pedir de beber en una barra despoblada. Pero el asentamiento en la imaginación de tantos nimios ritos, la reglamentación de conductas que requieren el escenario del oeste, fue una laboriosa deliberación literaria paralela a su conquista real. La tenacísima imprenta neoyorquina de Erastus Beadle acometió la tarea de entretener la curiosidad continental de generaciones de hombres sedentarios que, como todos los hombres inmóviles, suscribieron la fe de los viajes. La preferencia del oeste como destino no sólo es una determinación histórica en Estados Unidos: desde las navegaciones de Jasón y de Eneas, desde la leyenda de El Dorado, el oeste también es una preferencia geográfica de la literatura. Los relatos publicados por Beadle transcurrían al oeste de las imprentas que los divulgaban y valían diez centavos. El precio designó el valor del género: dime novel. La primera de esas novelas apareció en junio de 1860. Las más exitosas no desconocían los recursos de la anagnórisis ni del disfraz. Más de tres mil títulos se distribuyeron en treinta años con el apreciable mérito de sobrellevar, con intransigencia y con éxito, la consigna de no ceder a la debilidad de las variaciones.

Después de más de un siglo, hay algo de incalculable en la magnífica fortuna que a esta literatura tediosa le correspondió en la divulgación de las ensoñaciones más meritorias de Cooper y de Emerson. No fue completamente un azar. El fiel editor de Beadle, Orville Victor, declaró en 1884 a un periodista del Boston Evening Transcript que las historias administradas por su imprenta se inspiraban en los relatos de Cooper. De sus páginas aceptan la moralidad, solitaria y sencilla, del héroe; de las más indiscretas de Emerson la construcción de un mundo mítico que exige de quien lo recorre la disciplina de ser universal; también la inquietud de obrar con un esplendor no menos soberbio que el del paisaje que decora el recorrido. Como Melville había previsto con su furioso capitán, esa comunidad entre el hombre y el mundo tendió a exigir el sacrificio del primero. El resto es obra de los demás hombres —Melville quiso llamarlos Ismael— que consagran el resto de sus días a la evocación o al engrandecimiento de esa costosa sociedad.

La memoria reiterada de los acontecimientos favorece la proliferación de arquetipos y, seguramente, su independencia de la realidad. Situarlos en el oeste americano les añade la fastusidad de un paisaje propicio para la desenvoltura de esfuerzos míticos, o que sobre un generoso fondo de desiertos, de praderas, de ríos y de sierras parecen míticos. En una escena hacia el final de The Man Who Shot Liberty Valance (J. Ford, 1962), cierto periodista, que ha podido conocer la verdad sobre la muerte aludida en el título, opta por publicar la versión legendaria que ha estado circulando durante años. Admite que supera la realidad. Honestamente podemos añadir que, sin la ficción de Homero, pocos se demorarían en recordar que Troya, una vez, fue.

José Mateos, a través de la niebla

El último libro de José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963) no puede llevar un título más sencillo ni tradicional: Canciones. Si el lector lo busca y lo lee, cosa que le recomiendo (está en Pre-Textos y apareció en 2000), se encontrará también con algunos de los poemas de emoción más honda y delicada de estas últimas décadas. Hacía mucho tiempo que el verso de arte menor y la rima asonante no eran manejados con tanta intensidad y solvencia. Y ese verso intenso y lleno de sentido lo pone José Mateos al servicio de los temas de siempre: la infancia, el paso del tiempo, la muerte… Es una poesía sin estruendos ni tardías filosofías existenciales al uso, que nos conquista con dulzura los cansados oídos y nos despierta a la vida el cansado corazón.

Antes de Canciones, Mateos había publicado otros dos poemarios: Una extraña ciudad (Renacimiento, 1990), en el que ya apuntaba un camino propio dentro de las opciones estéticas de su generación y Días en claro (Pre-Textos, 1995), que cabe considerar uno de los libros fundamentales para entender el giro hacia la intensidad que da a mediados de los noventa la que se dio en llamar poesía figurativa o poesía de la experiencia. José Mateos es autor también de un libro de pensamientos de título unamuniano: Soliloquios y divinanzas (Pre-Textos, 1998), en el que reflexiona sobre motivos teológicos, metafísicos y estéticos, sobre Dios, el alma y la inspiración…

El poema inédito «Desolación» retoma alguno de los temas esenciales de José Mateos y también alguno de sus escenarios preferidos: la muerte, los ecos de la infancia, el bosque de los cuentos, el bosque de la realidad, la vida como extravío, la vida como regreso y esos signos, los de la poesía, que utiliza el alma para no perderse y para alejar el miedo.

INSPIRACIÓN , SINCERIDAD , SENTIDO.. .
José Mateos

La inspiración es lo esencial en poesía. El resto —técnica, inteligencia, buen oído…— tan importante, en realidad sólo sirve para sujetarla al poema (…).

El arte está hecho de obligaciones que cada artista utiliza libremente. En la obra fallida esas obligaciones se sienten como convenciones y caprichos, como un estorbo; y en la obra bien hecha como necesidades.
Por eso, en arte ser sincero consiste sencillamente en engañar; en engañar a la mentira con sus mismos métodos, es decir, disfrazando y callando (…).

Ni sublimar lo invisible, ni deformar lo visible, sobrecargar de sentido la anécdota para no caer en lo anecdótico: el realismo ideal (…).

Gracias al silencio existe la música. Gracias a aquello que nunca puedo expresar, puedo expresarme (…).

Qué raro destino el de las palabras: desde siempre empeñadas en nombrar el mundo, fascinadas desde siempre por el silencio. Y, sin embargo, ay, siempre — ¿siempre?— diciéndose a sí mismas

(Del libro Soliloquios y divinanzas, Pre-Textos, 1998)

DESOLACIÓN

A veces pienso: todo es un engaño;
la muerte que nos tienta con vistosos
colores, formas, movimientos,
para hacernos entrar donde la sangre
hiela la risa, y cesa el juego.
Subo
penosamente esa escalera rota
y rezo. No se escucha nada.

Ahora me acuerdo que, al dormirnos, madre
ya nos lo dijo en sus amargos cuentos:
no era de chocolate aquel palacio,
oculto en el camino hay siempre un lobo,
y la anciana de negro te envenena
mientras muerdes el fruto
y te seduce con algún milagro.

Llueve sobre las tumbas. Llueve
sobre estatuas y muertos que despiertan.
Estoy lejos de casa y cruzo el bosque.
Migas de pan pensando en el regreso
son estos pocos signos,
son estas melodías
que voy silbando para huir del miedo.

El termómetro

Federico Reviso, hijo del estraperlista Olegario Reviso, disimulaba su origen andaluz con una forzada pronunciación al hablar. Tenía el pelo ensortijado y una dentadura tan correcta como el teclado de un piano. Usaba gafas de concha cuyas varillas manoseaba de continuo reponiéndolas en su sitio. Al andar, arqueaba las plantas de los pies deslizándolas por el suelo de forma que remataba cada zancada con un saltito, como tomando impulso. A las piruetas peripatéticas debió el mote de Pasos Largos que le dieron en el instituto.

Por las continuadas bromas de los compañeros de estudio o porque el viejo quisiera que se dedicase a los negocios, Federico Reviso no había estudiado más que el bachillerato de Lora Tamayo, hasta la reválida de sexto. Se consideraba autodidacto genuino y, como todo autodidacto, capaz de emprender y llevar a buen puerto las más arriesgadas empresas intelectuales. Había leído a los clásicos, según repetía, «desde muy joven», y afirmaba conocer el pensamiento filosófico «de Platón a Husserl, todo».

Una tarde se presentó en la redacción de Voz de Difusión Latina para hablar con el redactor jefe.

—¿A quién debo anunciar? —le preguntó el ordenanza, ceremonioso.
—A Federico Reviso Caballero, escritor.
El ordenanza entró sin llamar en el despacho de Rodrigo Gramanet, el redactor jefe.
—Don Gramanet, un caballero que se llama Caballero y que dice que también es escritor.
—¿Qué pinta tiene? —inquirió Gramanet.
—Psé. De eso, de escritor —aseguró Eulogio sin la menor consideración al oficio del jefe—. Cuando habla, hace cosas con los labios, como los gorriones.
Gramanet miró el reloj con gesto de impaciencia.
—Dígale que pase. Y no se haga el gracioso, Eulogio.

Gramanet, celosísimo guardián de su tiempo, había hecho clavar en la puerta del despacho un pliego de papel de barba con un texto disuasorio. El conócete a ti mismo de aquel templo de las letras rezaba: Nuestro intenso trabajo nos impide atender con el debido sosiego las visitas que no hayan sido concertadas con antelación. Le rogamos sea usted breve al despachar el asunto que le ha traído hasta aquí. Reviso lo leyó, dándose por enterado.

—Me disponía a salir —le dijo Gramanet tendiéndole una mano y haciendo con la otra ademán de descolgar la gabardina—; usted dirá.

Reviso intentó ser tan escueto como le recomendaba el cartel. Tomó aire y con voz abuchada —parecía tragar sopa al pronunciar las eses con mucho cuidado— dijo:
—He publicado una plaquette de poemas en Málaga y otra en Almería. Tengo hecha crítica literaria en periódicos: Diario de Córdoba, Diario de Jerez, El Correo de Andalucía, Soldé España, SUR… —citó en orden alfabético, dando a entender que había más—. He colaborado, como negro —la oportuna franqueza desarmaría las reservas de Gramanet—, en la redacción de un libro de historia de la literatura. Me gustaría trabajar para Difusión —a la gente de letras la sinécdoque no pasaba inadvertida—. Soy suscriptor, desde el año sesenta y dos.
—¿Un libro de texto, eh? —respondió Gramanet, que solía hablar en paralelo sobre lo que se hablaba, oyendo sólo lo que quería, y para quien una sola suscripción era un ahorro de energías en el forcejeo de las subvenciones—. ¿Qué parte hizo?
—El tema «La poesía española de posguerra (teoría, antología y comentario de textos)»; desarrollé a Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo y Luis Rosales —recitó Reviso.
—¿Rosales, dice? —Y tanteando los recursos del recién llegado, como por añadir algo, volvió a preguntar— ¿En qué hornada lo incluyó? ¿Cómo de la generación del 36 o de la del 27?
—No, nada de eso —respondió Reviso con una autosuficiencia que rozaba el desprecio—. En el epígrafe «Otros poetas fascistas de la época».

Gramanet dio un respingo. Imaginó aquellas palabras, dirigidas a ocupar la atención y el estudio de millares de escolares, chocantes y atractivas como el imán de un titular escandaloso de periódico. Alguien que inventaba algo así debía de ser muy listo, un tipo audaz. El tal Reviso Caballero era capaz de quemar la casa del mismísimo Rosales si se lo proponía. Ensartando la manga de la gabardina que venía rebuscando inútilmente, el redactor jefe propuso entusiasmado:
—Mándeme lo que quiera. O, mejor, valiéndonos de sus conocimientos, podemos comenzar con crítica de poetas contemporáneos. Sangre joven, ya sabe.

«La sangre sólo sirve para hacer morcillas», recordó Reviso que decía Baroja. Pero, intuyendo la posibilidad de un trabajo fijo, calló la broma. Como un disciplinado cadete antes de cuadrarse, prometió:
—La próxima semana le traigo una panorámica de veinticinco folios sobre poesía española contemporánea, si le parece bien.
A Gramanet, natural de Lucena y sentido admirador del cante hondo, aquella exuberancia creativa le resultó familiar:
—Me parece estupendo; estupendo —y rascándose la frente preguntó—: andaluz, ¿verdad?
—Con familia en Cádiz —le respondió el candidato, evasivo.

Así ingresó Federico Reviso en la prestigiosa Voz de Difusión Latina, de crítico habitual de poesía contemporánea, y eventual de narrativa. Pronto dirigió la sección «Correo Latinoamericano». Comenzaron a llegar colaboraciones de celebridades de la América Hispana. En cuestión de un año, la sección «Correo Latinoamericano» fue la más leída. Al cabo de cinco años de fichar entradas y salidas, de ocho de la mañana a tres de la tarde, con media hora para el desayuno, como le exigía el contrato a Federico Reviso Caballero, el Redactor Jefe era él.

No convenció a nadie lo que dijo el director, Lino Carrascal, sobre la jubilación prematura de Gramanet:
—Un personaje que sólo sabe poner firmes a los ordenanzas y se deja pisar el terreno por los redactores merece que lo manden a su casa.

2

El boletín de subastas ponía «Núm. 214. Termómetro de la familia V. Navokov, escala Remur, c. 1905».
Federico Reviso descolgó el teléfono y marcó.
—Quisiera saber el nombre correspondiente a una abreviatura —le dijo a la chica que hablaba con voz de haberse tragado varias pelotas de ping-pong—. Está en el catálogo de la próxima subasta; lote doscientos catorce: Uve punto Navokov.
—…
—No, señorita; no se trata de un códice miniado.
—…
—No, tampoco de una mesa isabelina. Es un termómetro.
—…
—En el boletín de junio —aclaró Reviso—. ¿Quiere consultarlo?
—…
—…No sé de qué termómetro se trata; supongo que para tomar la temperatura —describió sarcástico.
Mientras hablaba con la empleada de la galería, Reviso imaginó la voz de su mujer: «Sólo será un termómetro viejo». Ella detestaba las subastas:
«Menuda diversión: tramposos y amargados; no ves otra cosa en esos sitios».
Reviso había encontrado en el Rastro una enmohecida cubertería de plata («Será alpaca», dijo entonces su mujer). Reviso mandó limpiarla e investigó a quién correspondían las enormes iniciales (BF) grabadas en las piezas. Cuando lo supo, pudo decirle a su mujer, reventando de orgullo, mientras cenaban en la terraza un crepuscular ajoblanco con uvas:
—Es la cubertería de la autora de La Gaviota.
La mujer de Reviso no conocía nada de aquel pájaro, mas presintiendo el valor poético del hallazgo miró al cielo.
—Cecilia Bohl de Faber era escritora. La Gaviota es su obra más conocida —aclaró pedagógicamente Reviso.
—Ese apellido no es de aquí —suspiró ella, acariciando el tenue surco de las letras.
Del coleccionismo literario de Reviso había muestras emblemáticas. Por procedimientos que sería prolijo enumerar, había conseguido objetos pertenecientes a escritores de mayor o menor fama. Una tetera de plata en la que debieron de servirle sus infusiones al exquisito César González Ruano cuando el matrimonio Ruano vivió en el piso de la calle de Xiquena; una de las pipas de cedro en que había fumado su tabaco el poeta Luis Cernuda; el confortable batín que lucía en las fotos Rafael Cansinos Asséns; y hasta un abrecartas de Galdós sacado del hotelito de Hilarión Eslava por un ropavejero cuando el novelista se quedó ciego…

Reviso recordó la sonrisa escéptica de su mujer cada vez que aparecía con un nuevo trofeo.
—Señorita, ustedes sacan a subasta un termómetro que fue propiedad de la familia Uve. Navokov, escrito con otras dos uves: N-a-v-o-k-o-v —deletreó—. Quiero saber si uve punto corresponde con Vladimir; quizás la uve primera de Navokov sea una b…

La chica de las bolas de ping-pong dio unas cuantas explicaciones pueriles, del tipo tenemos que consultar al gerente; a veces es la imprenta la que se equivoca, etc. Como oyó que llamaban a la puerta, Reviso le dictó sus datos personales y colgó.

3

Todas las piezas pacientemente reunidas e identificadas por Federico Reviso le parecían al temible crítico literario y flamante redactor jefe de Voz de Difusión Latina meros cachivaches, ridículos objetos sin valor, comparados con el magnífico hallazgo.

«Hubo un sombrío período, que coincidió con el despertar de la pubertad, en el que nuestro preceptor, que casualmente era estudiante de medicina, ordenó que nos rociaran con auténticos diluvios helados. Sin embargo, la temperatura de nuestro baño nocturno era constante, de 281 Réaumur (351 grados) medidos por un gran y comprensivo termómetro, cuyo soporte de madera (sujeto con un cabo de húmeda cuerda por el agujero del asa) nos permitía disfrutar del baño en compañía de los peces y cisnes de celuloide».

Las palabras de Vladimir Nabokov en Habla memoria las tenía Reviso como grabadas a fuego en la suya desde que tropezó con el boletín de subastas.

Así que no era sólo una barra de cristal en la que se había hecho el vacío para depositar un poco de mercurio —eso le diría quizás su mujer, si se enteraba del precio de aquel capricho— sino, posiblemente, nada menos que el termómetro con el que las sirvientas de la familia del futuro novelista Nabokov medían la temperatura del agua del baño. Eso sí; el precio de salida era elevado, más del doble de la suma invertida en el resto de su colección, pero tener un termómetro de escala Reaumur del autor de Lolita

«¿Reaumur? Una cosa absurda», pensaba Reviso que le reprocharía su mujer, cuando abrió la puerta de la calle.
—¿El señor Reviso?
—¿Qué desea? —preguntó a su vez a quien había llamado.
—Quisiera hablarle.
La chica vestía vaqueros desteñidos y una escueta chaquetilla de corista. Delgada, morena, de unos veinticinco años, sus ojos verde marihuana eran deslumbradores.
—Usted no me conoce -se disculpó.— Soy la hija de Ceballos…
—¿Del doctor Ceballos?
Apenas necesitó Reviso el gesto afirmativo de la joven para hacerla pasar. Era como estar en presencia de la emperatriz Sissí. La fama del influyente doctor Ceballos —el amigo íntimo, el taciturno contertulio, junto a Cepeda y Villafañes, de Rodrigo Gramanet— transformaba a la chica en enviada de los dioses.

—Se trata de Gramanet; está en una situación delicada. Su adicción al juego…
—Creía que ya no jugaba. —Volvió a hacerlo al dejar la revista —pareció reprocharle ella—.
Firmó unos pagarés; le andan buscando —las manos de la chica eran dos palomitas de maíz desesperadas—. Mi padre… Hemos pensado que entre todos los amigos…
—¿Debe mucho?
—Unos cinco millones.
Reviso sintió que aquella deuda era tan suya como de Gramanet. Por una vez en su vida, merecía la pena realizar una buena acción, una acción memorable. A fin de cuentas, ¿qué habría sido de él sin la acogida generosa, sin reservas, de aquellos primeros artículos —un poco cursis, pero también agresivos, impertinentes— que tanto divertían a Gramanet?

Reviso entregó a la hija de Ceballos una importante suma en metálico —lo que le hubiese costado el histórico termómetro de baño— amén de un par de talones recibidos por unas conferencias.

Aquella pálida muchacha con su bendita petición le había quitado un extraordinario peso de encima.

4

Durante varias noches Federico Reviso tuvo una horrible pesadilla. Soñó que Gramanet y él viajaban a Praga en una misión diplomática y que Gramanet se ahogaba en el río Moldava, bajo el Puente de Carlos, y que él no sólo no recuperaba las cantidades entregadas, digamos que como provisión de fondos, a la hija de Ceballos, sino que numerosas personas —el panadero, el vendedor de periódicos, el portero, el ordenanza Eulogio, los redactores de la revista— lo señalaban inmisericordes como el causante de la desgracia definitiva e irreparable de Gramanet. Tanta fue su angustia aquellos días, que, cuando Reviso se enteró de que a Gramanet le empezaban a ir bien las cosas y que lo nombraban asesor del Ministro de Sanidad, llamó al domicilio de su antiguo jefe y concertó una entrevista.

Lo recibió en la biblioteca un Gramanet exultante, vestido con batín de seda. Reviso se admiró del extraordinario parecido de la prenda que envolvía las acecinadas carnes del periodista con la vestimenta doméstica de Cansinos Asséns.

—Hombre, el gran Reviso, mi benefactor.

Reviso se abrazó a Gramanet. Y Gramanet devolvió el abrazo con distante jovialidad, palmeando con su mano burlona la incipiente barriga de Reviso.

—¿Qué bebes?
Reviso se apuntó a un whisky con agua.
—Pues sí, hijo —aclaró Gramanet mientras preparaba dos brebajes—; los benefactores torpes son como la cabra que se deja ordeñar y que, por aturdimiento, vuelca de una patada el cuenco que había llenado con su leche. Pero ése no es tu caso. Aunque ambicioso, nunca has sido torpe. Y, gracias a tu ambición, hoy tengo un magnífico puesto sirviendo al Estado.

Federico Reviso pensó que Rodrigo Gramanet no sabía nada de su sacrificada generosidad; de lo contrario, habría ahorrado cualquier ironía en el encuentro.

—Tu gesto, ocupando mi lugar, fue lógico. No te acostumbrabas a la nominilla. Reconozco que en la revista la única nómina en condiciones era la mía. Y no debí olvidar que la mayoría de las relaciones sociales, la camaradería, etc., son a la amistad lo que el coqueteo es al amor. Pura filfa.

Federico Reviso no sabía cómo encajar todo aquello. Quizás si lo contaba como una parábola con personajes anónimos, Gramanet reconocería haber sido ayudado:
—Hace unas semanas me visitó una joven, angustiada, que dijo conocerle; necesitaba cierta ayuda económica…
—¿Quién era?
—No recuerdo su nombre.

Intrigado, Gramanet pidió que le describiera a la muchacha. Reviso, como el hablador lento y narrador persistente que era, entró en todos los detalles, asegurándose la pesadez. Sólo omitió el nombre del beneficiario de la ayuda.
—Si no me equivoco, es la Grisi —pudo afirmar Gramanet—; una de las novias del viejo Carrascal. Me temo que has sido víctima de una elemental estafa.
—Venía como hija del doctor Ceballos… —logró articular Reviso.
—Mi querido amigo, seré breve: el doctor Ceballos no tiene hijos.
Reviso enrojeció hasta los pies.

A Gramanet lo llamaron del Ministerio. Las copas quedaron enteras, con los peces de hielo fundiéndose lánguidamente junto a una hermosa edición de El primo Pons de Balzac.
Cuando, confuso y malhumorado, Federico Reviso regresó a casa, su mujer le comunicó que una chica había llamado ofreciéndole un termómetro de baño.

—Se puso pesadísima con la marca: Nabokov.
—Será un error —contestó Reviso, medio sonámbulo.
—Eso le dije, que debía de ser un error. Menuda tontería; un termómetro de medir la temperatura del agua de baño, si sólo nos duchamos y no todas las semanas.

**El termómetro pertenece al volumen colectivo de Relatos 25 años, de la Editorial Pre-Textos

Selección discográfica: Iannis Xenakis

Inventor de los conceptos de masas musicales y de música estocástica (también denominada música simbólica), Xenakis introdujo el cálculo de probabilidades y la teoría de conjuntos en la composición musical. Fue también de los primeros en servirse del ordenador para el cálculo de la forma musical. Puede además ser considerado pionero en el campo de la música electroacústica.

Iannis Xenakis

Por la aplicación de las matemáticas a la creación musical, fue calificado con cierto desdén como «compositor experimental». Pero lo cierto es que esa búsqueda innovadora no ha ensombrecido su música. Por el contrario, la obra de Xenakis revela una vitalidad permanente que trasciende la especulación y se plasma en una música de enorme fuerza y también de gran sensualidad.

De familia griega, había nacido en 1922 en Braila (Rumania). Sus primeras experiencias musicales fueron la música folklórica y el canto litúrgico ortodoxo. Con el regreso de su familia a Grecia, lannis comenzó a estudiar música en el Conservatorio de Atenas, a la vez que completaba su formación general. En 1945, mientras seguía los estudios de Ingeniería en la Escuela Politécnica de Atenas, ingresó en los grupos de la Resistencia. Durante una batalla fue herido en la cara y perdió la vista del ojo derecho. Una vez conseguido el título de Ingeniería y Arquitectura, fue perseguido por el gobierno reaccionario griego entonces en el poder, capturado y condenado a muerte. Sólo el exilio clandestino pudo salvarle, a finales de 1947. No volvería a su país hasta veintisiete años más tarde, después de la caída del régimen de los coroneles.

Se instaló en París y allí entró en contacto con dos personalidades determinantes en su quehacer artístico y profesional. De un lado el arquitecto Le Corbusier, de quien llegaría a ser estrecho colaborador; y de otro, el compositor Oliver Messiaen. El contacto con estos dos grandes creadores sirve de poderoso estímulo para que en esos años se fragüe una personalidad artística de gran amplitud en sus horizontes. De este modo siguió haciendo compatible sus dos grandes aficiones, la arquitectura y la música.

Durante diez años fue el ayudante de Le Corbusier en obras como la Ciudad Radial de Marsella, las unidades de Nantes-Rezé o el convento de la Tourette. Su obra individual más importante fue el pabellón Philips de la Exposición Universal de Bruselas en 1958, en el que se presentó un espectáculo del propio Le Corbusier con música de Edgar Varèse.

Al mismo tiempo, proseguía sus estudios de música con Honegger, Milhaud y sobre todo con Messiaen. En sus clases, este último alentó vivamente a Xenakis para que persistiera en sus inquietudes más personales, dejando de lado la tradición folklorista y neoclásica, y rofundizara en nuevas fórmulas compositivas en las que pudiera aplicar sus conocimientos matemáticos.

A partir de 1953, coincidiendo con su matrimonio con Françoise Gargouïl (la novelista Françoise Xenakis), el compositor se afirmó poderosamente y emprendió, después de destruir todas sus obras anteriores, la composición de la que sería su Op. 1: Metastasis para orquesta. Es ésta una obra crucial porque con ella Xenakis, muy al contrario que otros músicos de su generación, se aleja de la estética del serialismo dodecafónico. La obra se estrenó en Donaueschingen en 1955, durante el transcurso de uno de aquellos míticos festivales de música contemporánea, y fue recibida con admiración por los alemanes. Los franceses, con Boulez a la cabeza, se mostraban, en cambio, más reticentes: para ellos el serialismo era todavía una fuente inagotable de la que no cabía prescindir. Xenakis era rebelde y combativo por naturaleza, y reafirmaba su postura estética no sólo a través de las obras que conseguía estrenar, sino con artículos y publicaciones.

La polémica surgida en Francia en los años 1954-55, a favor y en contra del serialismo, tuvo su origen en la aparición de Metastasis de Xenakis y de Le Marteau sans maître de Pierre Boulez, Los jóvenes compositores tomaron partido por una u otra obra y la estética de Xenakis no llegaría a afirmarse hasta los años sesenta, cuando la composición serial en Francia fue prácticamente abandonada.

Uno de los primeros que confiaron en él y le apoyaron fue el director de orquesta y compositor Hermann Scherchen, que puso a su disposición su laboratorio electroacústico de Gravesano (Suiza), pues también a Scherchen le interesaba la aplicación matemática a la música. Entre las primeras obras electrónicas de Xenaquis cabe destacar Diamorphoses (1957), Concret PH (1958), Analogues A&B (1959) y Orient-Occident (1960).

A través de las primeras obras escritas para orquesta —Pithoprakta (1956) o Achorripsis (1957)— Xenakis buscaba una nueva forma de organizar el sonido por medio de leyes matemáticas, una suerte de alternativa a los procedimientos seriales ideados por Schónberg. Pero su formulación aparece mejor desarrollada en obras posteriores, como la serie de diez obras tituladas ST (1956-62) y escritas para distintas combinaciones instrumentales, que se rigen por las leyes de Poisson, Gauss y Maxwell. A través de estos procedimientos y conceptos tan obtusos como el de música estocástica, Xenakis presenta masas de sonido, nebulosas que se contraponen unas a otras y que forman una suerte de magma envolvente, a veces de singular violencia. Para ello no duda en forzar los registros instrumentales, haciendo uso exhaustivo de los glissandi, particularmente en la cuerda.

Cada obra nueva de Xenakis suponía la exploración de un original universo sonoro. Así, Terretektohr (1966) o Nomos Gamma (1968), ofrecían como absoluta novedad el que los instrumentistas de la orquesta sinfónica se hallaran diseminados entre el público. Este efecto, que también fue experimentado por otros autores como Stockhausen, formaba parte de sus investigaciones en torno a la espacialización del fenómeno musical. Los seis percusionistas de Persephassa (1969) deben rodear al público formando un círculo de potentes y móviles oleadas sonoras.

El pensamiento musical de Xenakis está expuesto en su obra Musiques formelles (1963), donde explica de forma clara los principios de su estilo. Uno de sus objetivos es la creación de una «música fuera del tiempo» —verdadera paradoja en un arte esencialmente temporal—, que beneficie el desarrollo de los aspectos espaciales. Este asunto ha preocupado mucho a los compositores de la segunda mitad del siglo XX, y ha sido tratado de distintos modos y con desigual fortuna, pero es justo reconocer que Xenakis fue uno de los primeros en abordarlo. En varias ocasiones ha compuesto obras pensadas para sonorizar un lugar: Persépolis (1971) y los dos Polytopes («lugares múltiples») —el de Montréal (1967) y el de Cluny (1972)—, recurriendo a la combinación de la electroacústica y los rayos láser.

Entre las críticas más frecuentes a la obra del compositor grecofrancés está la de haber abusado de las matemáticas, la de haber reducido la música a una «ciencia matemática». Para él, «la matemática pura revela poesía», y aunque se sirva de procedimientos estadísticos o algebraicos para organizar el sonido, su música «descansa sobre los movimientos del alma que son a veces incoherentes… Es la intuición la que me ordena —confesaba—… Soy incapaz de predecir qué puede ocurrir en el acto de componer».

La fuerza de su música descansa en un pensamiento de una coherencia absoluta; lo paradójico es que ese pensamiento, a pesar de no ser un pensamiento musical, ha dado lugar sin duda al nacimiento de una música. Cuando ha empleado el ordenador para organizar los sonidos, aplicando leyes estadísticas o de cálculo de probabilidades, lo ha hecho como método para agilizar la tarea de preparación del material, para ganar tiempo a la hora de establecer todas las opciones mejor adaptadas a su proyecto. En la decisión final siempre intervenía el acto creador; incluso en sus obras más «científicas», estos preparativos permanecían ocultos, nunca saldrían a la luz durante la audición. En palabras de su maestro Messiaen: «Nada de cerebralismo, nada de frenesí intelectual… El resultado sonoro es una agitación delicadamente poética o violentamente brutal».

A partir de las primeras obras pensadas para conjuntos orquestales en las que las grandes masas sonoras iban desplazándose, Xenakis se fue interesando cada vez más por los pequeños conjuntos y solistas. Entre sus obras maestras hay que citar Eonta para piano y cinco cobres (1964) y Gmeoorh para órgano (1974). Algunas de estas piezas son de un considerable virtuosismo instrumental, como Herma para piano (1964) y Nomos Alpha para violonchelo solo (1966).

Su compromiso político, forjado durante su juventud, constituye el motivo explícito de varias de sus obras: Nuits para voces mixtas (1967), por ejemplo, está dedicada a los prisioneros políticos olvidados de todos los tiempos. A través de los títulos griegos de muchas de sus obras y de sus explicaciones, o de músicas escénicas como la de La Orestiada de Esquilo, pone de manifiesto su pertenencia a una cultura helenística milenaria.

Junto al amplio catálogo de alrededor de 140 obras musicales, además de su actividad como arquitecto, Xenakis ha realizado una importante labor pedagógica en la Sorbona y la universidad de Londres, así como en universidades norteamericanas. Dirigió asimismo en París los equipos de música matemática del CEMAMU, fundado por él, y ha colaboró estrechamente con el Instituto de investigación de acústico-música del Centro Pompidou.

La enorme fuerza de su música ha logrado una importante audiencia, especialmente entre los jóvenes, que se sienten atraídos por la gran riqueza de su inspiración, y el poder de comunicación de una música a veces dura y áspera, sí, más cercana al fenómeno físico que al puramente artístico, pero que, no obstante, alcanza momentos de gran sensualidad.

Su última obra, con un título terriblemente premonitorio —Omega—, escrita para percusión y conjunto de cámara, fue estrenada el 4 de Noviembre de 1998, y es una fiel rúbrica a la obra de Xenakis: una música llena de inquietudes y sembrada de logros de gran trascendencia para la historia de este arte.

La majestad del símbolo

El orden político durante la Edad Media europea se componía de una constelación de derechos privados. Antes de emerger la soberanía de los Estados modernos, cada persona, cada familia, cada municipio, se regía por su derecho singular consuetudinario. Los derechos familiares y personales, cristalizados por el demorado discurrir de la Historia, implicaban una posición política en aquella sociedad estamental. El resultado era un conglomerado vistoso y asimétrico de privilegios. El Antiguo Régimen fue una boscosa urdimbre de árboles genealógicos.

La revolución francesa borró todo vestigio personal del orden político, toda genealogía: en lugar del rey, la ley; en lugar de la persona concreta, la norma abstracta. Se levantó el formidable edificio del Estado de Derecho en su versión continental, que exigía el sacrificio de todo elemento histórico y singular. Los gremios, las regiones, los fueros, las leyes especiales del mar o del comercio, las vinculaciones y dinastías debían ceder ante la solemnidad de la una Ley general, intemporal.

En mi opinión, el Estado de Derecho es una de esas «conquistas para siempre» de que hablaba Tucídides, como lo son el Estado de Bienestar o el reconocimiento de los derechos fundamentales. En cambio, la versión francesa del mismo, de hechura neoclásica, que tanto desvío profesó a lo histórico y a lo concreto, es, según creo, susceptible de complementos o correcciones, como el mismo neoclasicismo. Nuestro tiempo ha alumbrado una razón histórica, un sentido para lo temporal y las formaciones asimétricas de la Historia, que ha alterado aquella geometría ilustrada, sin menoscabo de la igualdad.

La Constitución española de 1978 responde en sus principales rasgos a la esencia de la Ley general y abstracta. Desde el artículo 1 al 169, la Constitución es una Ley que contempla casos típicos, sin referirse a situaciones ni circunstancias individuales. De ese modo, lo que la racionalidad garantiza en las modernas democracias, está también asegurado en nuestra Constitución.

Pero al lado de la ratio intemporal, la Constitución española reconoce la existencia de ciertos sujetos históricos. Dos principalmente: las nacionalidades y regiones, cuyos derechos históricos la Constitución «ampara y respeta », conforme a su disposición adicional primera; y en el artículo 57 reconoce la restauración monárquica en cabeza del actual Rey. Los territorios históricos y la restauración van de la mano porque comparten una historicidad pareja. Con todo, hay entre ellos una diferencia esencial: los territorios ferales son poderes políticos efectivos; en cambio, la Corona ostenta sólo un poder simbólico. Quisiera referirme ahora a esto último.

Cuando alguno pregunta para qué sirve la monarquía, decimos normalmente que desempeña una función simbólica y con ello pretendemos haber zanjado la cuestión. Cabe preguntarse, sin embargo, qué es un símbolo, qué sucede con los símbolos, cuál es su contenido y eficacia y qué clase de símbolo es la Corona.

La esencia del símbolo estriba en ser un cuerpo sensible y concreto que se remite o señala un sentido inteligible y abstracto. El lado sensible del símbolo suscita un calor sentimental, un apego directo y espontáneo, del que carece el concepto puro; pero el sentido inteligible presta al símbolo una profundidad y gravedad que no puede venir del solo soporte sensible. Cuanto más concreto y particular es este apoyo sensible, más libremente se dispara el sentimiento de adhesión; pero también cuanto más alto y trascendente es el sentido, más intensa y total es la comprensión.

Dice el artículo 56 de la Constitución: «El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia ». La Corona como símbolo reúne en grado eminente las dos características enunciadas de concreción y gravedad. Es grave y hondo el sentido de lo simbolizado: la unidad de la nación española. En suma, nada hay más alto, grave e importante para nosotros. Pero al mismo tiempo, la gravedad del símbolo está encarnado en lo más doméstico que pueda imaginarse: una familia.

En las complejas sociedades avanzadas, el Estado concentra un poder superlativo y un grado enorme de sofisticación técnica. Debido a las exigencias de administración del interés general, el Estado se estructura jerárquicamente como escala de poder coactivo creciente, pero en la cima, en lugar de la esperable apoteosis de fuerza y decisión, luce un símbolo desnudo. ¿Por qué un símbolo?

Porque los otros Poderes se imponen por su propia fuerza y disfrutan de toda la capacidad coactiva del Estado, en cambio la Corona, a fuer de símbolo, es un poder no coactivo. Si es difícil la adhesión sentimental a la organización compleja, jerárquica y técnica del Estado, resulta más fácil para un símbolo que ofrece la estampa de una amabilidad no coercitiva.

La Corona presenta un rasgo que sólo a ella le es propio. La Corona es un símbolo personal y concreto. Las personas concretas son capaces de suscitar un sentimiento que no producen un símbolo abstracto o una idea general, por estimable que sea. El respeto o incluso el entusiasmo hacia el orden constitucional, cuando se dirige a una persona, se ensancha en un rico surtido sentimental que va desde la simpatía, la adhesión o la identificación hasta el mismo amor.

Es conveniente ahora llamar la atención sobre el tenor del artículo 57: «La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón». Un individuo es nombrado por su gracia completa, nombre y apellido. Juan Carlos Borbón es el único nombre propio personal mencionado en toda la Constitución. En la norma abstracta, se menciona a una persona concreta. A diferencia de la bandera, el escudo, el himno, la moneda, que son ejemplares de un símbolo abstracto, el rey y su familia son personas particulares. La monarquía se realiza mediante una familia concreta, con unos miembros corporales y contingentes. La más alta magistratura es una de esas genealogías que fueron abrogadas por los revolucionarios y que ahora se injerta pacíficamente en el cénit del Estado de Derecho.

Un símbolo concreto, sin perder nunca su entronque con lo sensible, remite a una instancia de sentido superior; si además es personal, atrae, eleva y peralta hacia eso otro simbolizado, cautivando los sentidos con la exhibición de lo tangible. Sin necesidad de amenaza y de coacción, sin el temor como guía de obediencia y respeto, por propio impulso y movimiento, comprendemos en la persona el sentido abstracto sin perder el encanto de lo sensible.

La Corona es una institución, pero una institución que se contrae a una persona o una familia. No puede aislarse lo institucional y público de lo personalprivado. Se dice que la Corona es la institución más valorada por los españoles en la encuestas, pero ¿puede separarse la institución de la persona, cuando la institución es personal, es familiar? Según la Constitución, la persona del Rey no está sujeta a responsabilidad, pero, bien mirado, tiene la responsabilidad de su significado.

De ahí que pertenezca a la esencia del símbolo la fidelidad a lo simbolizado. Porque lo que no es sólo símbolo, si pierde su simbolismo, puede tener la utilidad de su eficacia o de su función; pero un símbolo que no simboliza ¿cómo lo llamaremos? El oficio del Rey en un Estado plenamente democrático es esa fidelidad a su sentido, ejerciendo la doble función de suscitar la adhesión de los ciudadanos por su ejemplaridad sensible y al mismo tiempo señalar con gravedad intachable la seriedad de lo simbolizado.

Lo que hemos llamado fidelidad del símbolo a su significado tiene, en teoría política, un nombre: ejemplaridad. Lo contrario a la ejemplaridad no es, en el símbolo, la corrupción o la perversión, sino la banalidad.