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Ver productosLas nuevas tecnologías y los nuevos soportes para el intercambio de contenidos audiovisuales hacen que vivamos inmersos en un contexto de comunicación global. Las ideas que dominan en la sociedad se crean, circulan y se transmiten a través de los medios de comunicación y en tiempo real. Estamos en la sociedad de la información, en una sociedad multipantallas. La fuerza de penetración de los medios, su facilidad de uso, sus características técnicas y su presencia en prácticamente todos los hogares, les ha dado una enorme influencia a la hora de configurar la sociedad, y de definir el imaginario social de una parte a otra del mundo.
La proliferación de contenidos fruto de los distintos soportes tiene, en su mayoría, aspectos positivos, y también nos abre una nueva oportunidad para seguir mejorando en la calidad de los contenidos audiovisuales, que es una preocupación social de primer orden en todos los niveles: político, educativo, familiar y personal.
La calidad no sólo es el resultado de función de la iniciativa de los medios, sino de la exigencia de los espectadores. Éstos cada vez tienen más capacidad de participación en los contenidos de los distintos medios, sobretodo en los digitales, que están transformándose gracias a la aportación de sus usuarios. Ser elegidos por el consumidor es el gran reto en esta sociedad multipantalla. Y esta elección va a depender, en gran medida, de la calidad de lo que ofrezcamos.
Creemos que el camino más directo y seguro será el de apostar por la calidad. Además, generar una oferta diferencial en contenidos tendrá un reflejo positivo en la cuenta de resultados de cualquier empresa del sector: apostar por la calidad, por la excelencia y por aportar valor en todos los contenidos que se ofrecen al consumidor generará un beneficio económico claro, al menos a medio y largo plazo, ya que se estará siendo coherente con la marca y construyéndola sobre valores duraderos que no cambian por caprichos momentáneos del mercado, sino que los pasos se dan firmes y seguros.
Los medios no pueden eludir la responsabilidad de sus contenidos. Los espectadores cada vez son más conscientes del papel que juegan. Sus opiniones a través de federaciones como iCmedia son fundamentales para que la calidad de los medios alcance un nivel adecuado y acorde con una demanda de comunicación responsable.
Del mismo modo que el consumidor de productos audiovisuales tiene derecho a conocer con antelación la programación de las parrillas televisivas, también tiene derecho a saber previamente si el programa goza de calidad. Esta situación es análoga a la del consumidor al que se le da una gran cantidad de información -incluso por ley- de aquellos productos que va a consumir.
Cada vez existe una mayor conciencia social de la influencia de los medios en la conducta, sobre todo en la de los niños y adolescentes.
Conscientes de esta realidad, del protagonismo educativo de los medios, las Federaciones de Asociaciones de Usuarios y Consumidores de los Medios, iCmedia, buscamos promover que se fomenten producciones audiovisuales con valor añadido a partir del reconocimiento de que el lenguaje audiovisual es un lenguaje diferenciado y que por tanto, requiere utilizar estándares de calidad generados desde el propio medio y fomentar la sensibilidad de los agentes de la comunicación social hacia la responsabilidad y calidad de los contenidos, la capacidad crítica del público y el derecho a la infancia del público infantil.
Además, para hacer ganar en espíritu crítico a los más vulnerables, iCmedia cuenta con iniciativas como el Proyecto Educativo, que ofrece a las instituciones educativas herramientas para utilizar las pantallas de manera responsable.
Cualquier medio que asuma esta apuesta por la calidad ganará la confianza de todos aquellos usuarios que se preocupan por los contenidos, especialmente los que puedan afectar a los consumidores más frágiles.
Para encontrar esos intereses compartidos, ese win to win, es necesario fomentar un círculo virtuoso, un clima de confianza entre todos los actores implicados (consumidores, usuarios, productoras, cadenas, entidades públicas y privadas, organismos reguladores.). Sólo así se llegarán a descubrir ideas e iniciativas que favorezcan la calidad de los medios. Y hacia esta línea dirige iCmedia todo su esfuerzo.
Uno se decide a abrir este hueco entre la letra impresa de una revista porque necesita respirar. Entre tanta prosa que corre a la zaga de la actualidad -otro nombre para lo efímero- de pronto se abre una ventana y vemos algo que no creíamos que estuviera ahí. O que quizá ha estado siempre, pero no habíamos caído en la cuenta, distraídos con nuestras prisas, nuestros que haceres y nuestros yas. Sí, de pronto, en un rincón inadvertido, algo empieza a suceder, y parece que somos los primeros, tal vez los únicos en contemplarlo. Parece que esa hoja que brota, ese chiquillo que juega, ese papel que el viento hace revolotear un rato, existen para que los miremos un instante, y en ese instante se crucen el tiempo y algo que parece eterno.
Uno quisiera que esta sección de Nueva Revista fuese como esa ventana y que en ella el lector pudiera asomarse al patio de unos pocos poetas como José Manuel Mora. Poetas que saben que su oficio, pese a que algunos parecen haberlo olvidado, no es hacer ruido. En todo caso, música. Sólo por eso, por esa voz discreta y paciente con la que José Manuel va escribiéndolos, vale la pena asomarse a esa ventana y descubrir ese mundo de sueños, recuerdos y promesas que se dibuja en sus versos.
| Verano
Ha llegado el verano Recuerda aquel verano, Eran, |
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| Partida
Cuenta Plutarco que Alejandro el Grande, |
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El mal sueño Para Juan Manuel Bonet «Los descargadores en Arles» Pero yo, |
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| Rydal Water
Hay una rinconada en el Lake district, De noche, |
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| Despertar
Vultum tuum, Domine, requiram. Lo ves: he despertado y hace el frío Nada más:
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Una poética hacia el don JOSÉ MANUEL MORA
Dice el Eliot de los cuartetos que «lo nuestro es siempre intentarlo / el resto no es cosa nuestra». La poesía como intento sin desmayo me parece una poética excelente. De algún modo raya en la conciencia de la limitada condición humana: algo tan misterioso que, paradójicamente, nos da el envés ilimitado de la misma condición.
Dónde comienza, dónde termina la persona a quien amamos, se preguntaba Gabriel Marcel. Un buen poema participa en este estado: reblandece sus fronteras, se torna atmosférico, como un aroma, o una melodía; va en nosotros, y nosotros en él; transfigura las dicotomías dentro/fuera, objetivo/subjetivo, lo otro/lo mismo: instaura cordialmente nuevos planos; invita a otro modo de ser, invita al ser. Si la poesía no nos despertara con la aldaba insobornable del ser, ¿para qué entonces?
¿Pero qué ser? Qué difícil pregunta: aquí sólo podemos tantear, gustar, volver mil veces. Como el poeta, como el lector, como el viador en suma: en tránsito perpetuo hacia el misterio, apuntando a una presencia que redima nuestra soledad. Si la poesía no aspirara -aun ciegamente- a ser juntamente Beatriz y la humildad de Beatriz, si en su hacerse y leerse fuera intransitiva, se agotara en su estrecho claustro, no invocaría el don, ¿y qué es una vida sin don? De ahí que sólo nos quepa el intento, el resto no es cosa nuestra.
Parsifal, de Richard Wagner · Evgueni Nikitin, Alexander Tsymbalyuk, Stephen Milling, Christopher Ventris, Serguei Leiferkus, Violeta Urmana · Nueva producción del Palau de les Arts Reina Sofía, Werner Herzog (dir. escena) · Coro de la Generalitat Valenciana, Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats, Orquestra de la Comunitat Valenciana, Lorin Maazel (dir.) · Palau de les Arts Reina Sofía, Valencia, 7.11.08
Escúchame con atención. Liturgia del relato en Wagner, de Enrique Gavilán Universitat de València, 2007, 280 pp.
Música y religión. Mozart, Wagner, Bruckner, de Hans Küng Traducción de Jorge Deike · Trotta, 2008, 174 pp.
Richard Wagner nunca pensó que esta ópera se pudiera representar fuera de Bayreuth. Fue su última criatura. Al igual que ocurrió con el Anillo, volvió a concebir una obra de atrás a delante. Si la tetralogía comenzó por la muerte de Sigfried, Wagner concibe Parsifal a partir de una extraña sensación. Una suerte de encantamiento, de hechizo, le invadió cuando se sentó en aquella terraza de Marienbad (Bohemia) y contempló la irrupción de la primavera. Era la mañana de Viernes Santo de 1857. Aquella experiencia le hizo recordar el poema medieval de Wolfram von Eschenbach sobre la figura del caballero Perceval, heredero del clásico de Chétrien de Troyes. La inspirada música que ideó en aquel momento, y que se conoce como Karfreitagszauber (Encantamiento del Viernes Santo), se puede escuchar en el acto III de Parsifal. Wagner llegó a decirle a su mujer, Cósima, que era lo más bonito que había escrito nunca.
Aquella idea, junto con un esbozo general de la obra, madurarán en un cajón del escritorio del compositor hasta 1877, año en que decide componer la obra de forma definitiva. Habían pasado veinte años, durante los cuales había alumbrado gran parte de su obra. El año anterior culminó su proyecto más ambicioso: concluir la tetralogía de El Anillo del Nibelungo, con el estreno de sus dos últimas jornadas en el recién construido teatro de Bayreuth, un recinto hecho con el mecenazgo de Luis II de Baviera que reuniera las características ideales para la puesta en escena de sus dramas musicales.
Parsifal fue compuesto con el mimo de un orfebre. No más de cuatro compases diarios. Los revisaba y probaba hasta que quedaran perfectos. Fue la ópera de su despedida. Quién sabe si aquella lentitud no era un deseo de alargar lo máximo posible su propia vida. El año 1880 lo pasaría en Italia dedicado por completo a la obra, que terminaría el 13 de enero de 1882. Ahora ya sólo quedaba estrenarla.
I
El mejor Wagner, dicen, se hace en un teatro que está en lo alto de una colina muy cerca de Bayreuth, en Baviera. Allí, todos los veranos desde 1876, se representan varias óperas del compositor: el ciclo del Anillo completo y otros títulos que varían cada año. El edificio se conserva con muy pocos cambios, mínimos, desde su apertura. El interior está construido de manera que se puedan aprovechar todas las posibilidades acústicas que el compositor necesitaba para sus obras. Casi como las iglesias antiguas. Para Wagner, no era menos sagrado lo que iba a ocurrir allí dentro. Las butacas siguen siendo de madera y no hay salones, así que si alguien quiere salir fuera del auditorio en los largos entreactos, debe optar por la cafetería, el restaurante, que se encuentran fuera del recinto, o esperar a la intemperie. Sin más testigos que el cielo estrellado de Bayreuth, uno puede pasear sus pensamientos entre la agradable temperatura y el aroma de los abetos cercanos.
Sin embargo, gracias a que nadie siguió las recomendaciones del compositor, hoy podemos ver un Parsifal fuera de Bayreuth, en ocasiones, con el mismo grado de acierto. Esto confirma el alcance universal de la obra de Wagner. No deja indiferente a nadie y sus seguidores pueden contarse por legiones en países con todo tipo de tradiciones culturales. Uno de esos lugares es el Palau de les Arts de Valencia. A punto de terminar un soberbio Anillo con la Fura dels Baus (ver n.º 112 de Nueva Revista), la presente temporada ha decidido abrirla con una nueva producción de Parsifal, aunque con resultados desiguales.

«Desde su estreno, Parsifal se ha ido transformando a medida que el paso del tiempo y los diferentes usos a que ha sido sometido lo han ido arruinando», dice contundente Enrique Gavilán en su libro Escúchame con atención. Liturgia del relato en Wagner (Universitat de València, 2007). Para él, esta obra no es algo estático. Ninguna ópera lo es, ni siquiera ninguna obra musical. Sobre ella gravita todo el peso del proceso histórico, como diría Adorno. «En cualquier composición, cada intervalo, cada acorde, cada color está saturado por todos los usos que antes se han hecho de esos elementos». Como consecuencia, ha llegado a nuestros días con una cierta perversión de la finalidad y la naturaleza de la obra. Así, no es de extrañar encontrarse con ciertas concepciones que resaltan el carácter anacrónico de la obra, «su precariedad, su agotamiento, su sordidez, su inverosimilitud, precisamente lo que Parsifal tiene de ruina». Diríamos, más bien, de pieza de anticuario.
Werner Herzog, autor de la propuesta escénica que hemos podido contemplar en el Palau de les Arts, peca precisamente de una excesiva descontextualización. La acción transcurre en algo parecido a la superficie de un planeta que no es el nuestro. Los caballeros del Grial visten ropajes demasiado inspirados en películas de ciencia ficción como 2001: Una odisea del espacio o la serie de La guerra de las galaxias. Esta alusión visual, omnipresente en una platea que cada vez tiene más referencias audiovisuales, tiene que ser tenida en cuenta por los directores de escena. Así, mientras una gigantesca antena parabólica preside las reuniones, la escena del descubrimiento del Grial tiene que ver con las que se pudieron ver en el Bayreuth de los años sesenta, ideadas por Wieland y Wolfgang Wagner. Un recipiente de enormes dimensiones, réplica del Santo Cáliz de Valencia, aparece ante nosotros, iluminado desde abajo y proyectando un haz de luz hacia su cenit.
«Abordar Parsifal como ruina significa renunciar a contextualizarlo, es decir, a convertirlo en documento, a darle sentido a través de su inserción en el discurso histórico», dice el profesor de Teoría de la Historia de la Universidad de Valladolid, Enrique Gavilán. En su libro compendia nueve trabajos en torno a Wagner y su concepto del relato mítico como obra de arte. Estudia los recursos dramáticos que utiliza el compositor en esta ópera, como por ejemplo, el Grial y el lado ceremonial, que ocupa una cuarta parte de la obra, y que emparenta con la misa del ritual católico.
El acontecimiento del sacrificio no es un recuerdo, sino que ocurre nuevamente cada vez que se realiza. «El pasado no es simplemente lo que ya no está y no puede ser recuperado, tan sólo evocado o representado; el pasado retorna perpetuamente porque no ha pasado sino que se convierte en presente eterno». El relato litúrgico es parte esencial de la ceremonia. La importancia de conocer el pasado, de meditar sobre él, está presente en el arte teatral desde el Prometeo Desmotes del dramaturgo ateniense Esquilo, que influyó tanto a Wagner. Gurnemanz, en un largo parlamento que tiene lugar en el acto I de Parsifal, pone en antecedentes al espectador de todo lo que ha ocurrido en Monsalvat. Lo más curioso para Gavilán es que, aunque los personajes ya deben conocer toda esta historia, no se la cuentan a Parsifal, que la desconoce por completo, cuando aparece. Gurnemanz le espeta una frase enigmática: «Zum Raum Word hier die Zeit (Aquí el tiempo se convierte en espacio)».

En el acto II, Herzog vuelve a combinar elementos teatrales antiguos con algunos contemporáneos. Es antiguo el truco de la lanza, que no puede evitar una sonrisa indulgente entre el público. Nos encontramos a un Klingsor encaramado a un andamio, desde el que juega con un potente cañón de luz. El jardín no es tal, sino que asemejan unas zarzas rojas quemándose. Las muchachas flor se han tornado en llamaradas antropomórficas que crepitan de pasión. Aun con todos estos contrastes, nos encontramos ante el mejor momento de la producción, en gran parte levantado por los cantantes. Christopher Ventris y Violeta Urmana articulan un dúo de ensueño, con la soprano en particular estado de gracia. Sin temor a equivocarnos, podemos asegurar que es la mejor Kundry del momento.
Evgeni Nikitin encarna a un Amfortas que se arrastra desamparado por el escenario con su herida sangrante. Acentúa su patetismo la forma en que lo transportan: impedido de las piernas, se cuelga de un palo transversal que sostienen dos escuderos, como si fuera un crucificado camino del patibulum. Dice Enrique Gavilán en Escúchame con atención que «el Amfortas sufriente es un trasunto de Prometeo encadenado». Más bien creo que Amfortas somos todos nosotros, ese «mundo de la seguridad» del que hablaba Zweig que no es capaz de ser feliz del todo a pesar de su nivel de bienestar. Es la herida que no se cierra nunca.
II
«Ese mundo que revaloriza el arte elevándolo a la categoría de religión se ha desmoronado; no nos hagamos ilusiones al respecto», dice el teólogo Hans Küng en Música y religión. Mozart, Wagner, Bruckner (Trotta, 2008). Profesor emérito de la Universidad de Tubinga, decidió publicar este volumen cuando un buen puñado de amigos suyos habían decidido invitarle a escribir sobre las relaciones entre música y religión en la obra de compositores como Mozart, Wagner y Bruckner. Entre ellos se encontraba Wieland Wagner, que le invitó a escribir en el programa de una de las ediciones del Festivalde Bayreuth sobre Parsifal y Gotterdammerung, la última ópera del Anillo.
Tras dos guerras mundiales y el colapso de la cultura burguesa, el desencanto inundó todas las esferas de la humanidad. «Ciencia y técnica no supieron -ni saben- redimir al hombre, y tampoco la música y el teatro», dice Küng. Esta desacralización del arte también llegó a la colina de Bayreuth, sobre todo en la reanudación de los festivales tras la guerra. Se produjo durante aquellos años un cierto movimiento liberador de cualquier seña de identidad clerical o sacra en las representaciones, que llegó a su máxima expresión con Pierre Boulez y Patrice Chéreau.

Cuando Wagner compuso Parsifal, aspiraba a dar forma definitiva a la obra de arte como algo sublime de lo que no es posible prescindir. «Wagner trataba de crear un rito que integrara a intérpretes y espectadores en una comunidad», dice Enrique Gavilán. «Quien asiste al rito de Bayreuth experimenta la sensación de encontrarse en una dimensión diferente, que le hace consciente del carácter ilusorio del tiempo profano. La música constituye aquí la principal instancia creadora de esa percepción del tiempo». La creación de una comunidad que, como la orquesta, «se concierta para crear belleza», que diría el maestro Abreu, fundador del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela. Esa experiencia conjunta de lo bello es lo que Wagner desea sacralizar, proteger, conferir un significado trascendente que supere nuestra dimensión humana, cotidiana y profana.
El papel mediador decisivo de esa tarea «lo desempeña el abismo místico, el foso del Festspielhaus donde se encuentra la orquesta», dice Gavilán. La música es la guía, la fuerza transformadora que recorre todo el patio de butacas. La orquesta de la Comunitat Valenciana, que toca en el foso del Palau de les Arts, es un excelente intérprete de ese papel que le confiere Wagner. En Parsifal pudimos escuchar un sonido denso y carnoso, dócil en las manos de Lorin Maazel desde el preludio. Sin embargo, la dirección discurre abrupta, como si le faltara descubrir la línea, el ritmo interno de la obra.
III
Aunque los inicios de Wagner estuvieron en la esfera de influencia del filósofo ateo Feuerbach, su idea de la religión sufrió diversas modificaciones a lo largo de su carrera artística. Podemos constatar que entre El arte y la revolución (1849) y Religión y arte (1880) hay un abismo en la concepción wagneriana de la religión. Tristán, Tannhäuser, el Anillo del Nibelungo, se suceden una tras otra hasta la composición de su última ópera, Parsifal, que se estrenará el 26 de julio de 1882, en el Festspielhaus de Bayreuth.
Wagner constata en esos años la necesidad de una trascendencia que ayude al ser humano a salir del agujero moral y espiritual. Eso es precisamente Gotterdammerung, la constatación de que el hombre necesita ser redimido, en ese caso por el amor frente a las ansias de poder. Poco tiempo después de hacer cabalgar a Brünnhilde hacia el fuego, escribe en Religión y arte que el arte lleva «por representación ideal de la imagen alegórica, a la aprehensión del núcleo íntimo de la misma, de la inefable verdad divina». La preocupación de sus últimos años estará en torno a la renovación del hombre, «que en cuanto alimaña -por brutalidad, delirio de poder, afán de poseer y belicosidad- se amenaza a sí mismo». Será la religión la que pueda ayudarle. La «verdadera» en contraposición con la «artificial», constitutiva de la sociedad burguesa, que ya venía criticando desde sus años revolucionarios.
En su libro, Küng contradice a quienes creen que Wagner aspiraba a redimir a los espectadores que viesen el Parsifal. «Confiaba en que los espectadores llegasen, por obra de la música, la palabra y la imagen a percibir parte de la importancia y el vigor de aquella redención». En definitiva, un mensaje al mundo. «Arte, teatro y música no son sucedáneos de la trascendencia, sino parábola de la misma. No es la apoteosis del arte el asunto de Parsifal sino hacer relumbrar lo inefablemente divino en la obra de arte».
Una tarea que parece estar indisolublemente unida a lo esencial en la música. Lo ha recordado el propio Benedicto XVI: «Estoy convencido de que la música es realmente el lenguaje universal de la belleza, capaz de unir entre sí a los hombres de buena voluntad en toda la tierra y de hacer que eleven su mirada hacia las alturas y se abran al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen su manantial último en Dios mismo».
Cuando terminó el estreno de su última ópera, Wagner tuvo la sensación de que todo lo que tenía que hacer ya lo había hecho. «De mí no puede esperarse nada más», le escribe a Luis II de Baviera. La representación resultó un gran éxito. Aún presenciaría quince funciones más antes de retirarse a Venecia, donde moriría el 13 de febrero de 1883. En el patio de butacas, músicos como Bruckner, Liszt, Saint-Saëns o Léo Delibes presenciaron un espectáculo sin igual, que parecía agotar la forma musical. El director de orquesta Félix Weingartner se sorprendió a sí mismo bajando con paso incierto la cuesta que lleva del teatro a la ciudad, y recordando aquellas palabras de Goethe: «Y podrás decir que estuviste presente».
Inevitable, implacable, ineludible. Prueben a escribir o, tan siquiera, pensar algo relativo a los tiempos más o menos venideros sin mencionar la palabra crisis. El panorama libresco de 2009 tan mal querido por casi todos viene teñido por esas omnipresentes seis letras, que dominan las estrategias de los editores y se infiltran en la inspiración de los autores.
La primera circunstancia se refleja en la apuesta por los valores seguros, nombres sólidos aptos para capear el temporal sin mayores experimentos, y los libros de bolsillo, al alcance de unos lectores poco propensos a los lujos.
Entre los primeros destacan nombres como Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte o Álvaro Pombo en español, y las traducciones de Philip Roth, Shalman Rushdie, Patrick Mediano o John Le Carré.
El libro de bolsillo, por su parte, apura su mercado superando la barrera del habitual best seller puro y duro para presentar a un precio asequible autores conocidos pero con una notable exigencia literaria. Así, el sello De Bolsillo acaba de sacar a la venta una buena hornada: el maravilloso suceso Vida y destino, de Vasili Grossman; La carretera, de Cormac McCarthy, autor de culto al que el cultivo de Oprah en EEUU y la película de los hermanos Cohen han elevado hasta el infinito financiero, y Un mal año, de Coetzee; además, en primavera arranca la Biblioteca Juan Benet. Y más allá (o más acá, si la cuestión es la cercanía), hasta el mismísimo Jorge Herralde ha consentido que los cien mayores éxitos de su elegante editorial Anagrama lleguen a los quioscos.
Mientras los editores se las ingenian para sortear la ubicua crisis, los autores se sumergen en ella con armas y bagajes. Empecemos por el principio, el origen de este acabose: Juan Velarde, todo un seguro de rigor en estos temas, presenta unos relevadores 100 años de economía en España (Encuentro), y, más apocalíptico, el estadounidense Paul Krugman, último Nobel de Economía, aprovecha para reeditar El retorno de la economía de la depresión (Crítica).
Vicente Verdú se apunta a esta especie de catastrofismo triunfal, valga la paradoja, en El capitalismo funeral (Anagrama), mientras que el sociólogo Joaquín Sempere aboga por la sobriedad, ese exótico concepto que a lo mejor se pone de moda, en Mejor con menos. Necesidades, explosión consumista y crisis ecológica (Crítica).
A todo esto, José Luis Sampedro, catedrático de Economía oculto tras la foresta de su muy vendible ficción, aprovecha la coyuntura para juntar los artículos que le encargó el rector de la Complutense en el libro Economía humanista (Debate).
Aunque la economía es la (triste) reina, siguen en el candelero otros temas en crisis permanente, como la lucha de Jon Juaristi, que persevera en Nación y nacionalisimo (Encuentro), o con un futuro inquietante, como el que plantea Bioética. El hombre contra el hombre (Rialp), de J. F. Poisson. Por no hablar del más turbio presente, que recoge Conexión Madrid (Debate), un análisis sobre el 11M de los periodistas Ignacio Orovio y Justin Webster.
Los oscuros nubarrones traspasan, además, la siempre porosa frontera entre la realidad y la ficción. Una tendencia que se aprecia más claramente en EEUU, quizá por hallarse en un estadio posterior al nuestro, que en esto de la crisis también han sido pioneros. Si Paul Auster describía la angustia de la encrucijada americana con la muy evidente metáfora de El hombre en la oscuridad (Anagrama), su mujer, Siri Hustvedt, se incorpora este año con Elegía por un americano, que propone una especie de psicoanálisis colectivo desde la novela. Philip Roth, un habitual del pesimismo, va directo al grano con Indignación (Mondadori), y hasta John Le Carré se apunta a la crítica de la política exterior de Bush hijo con El hombre más buscado (Plaza y Janés).
Y para concluir con el (todavía) gigante americano, tres ejemplos de funambulismo literario fruto del malestar general: Ediciones B traducirá un curioso híbrido, The Ruin of the Roman Empire, de James J. O’Donell, que comienza su ensayo histórico sobre la decadencia de Roma con la estampa de un soldado de la guerra de Irak; Harold Bloom explorará las raíces espirituales de su país en La religión americana (Taurus) y el bicentenario del nacimiento de Abraham Lincoln traerá un alud de paralelismos, inevitable resaca del exceso de Obama de 2008, con biografías como Lincoln (Planeta), del inagotable César Vidal, o estudios sobre la filia estadounidense con el magnicidio como La caza del asesino (Paidós), de James L.Swanson.
GUERRAS PASADAS, PRESENTE GUERRERO
Horizonte sombrío que no ayuda a iluminar otro de los grandes imanes literarios del año: los setenta años del comienzo de la II Guerra Mundial nos recuerdan otras guerras con aniversarios demasiado recientes, de días, de horas, minutos y segundos de sangre.
La editorial Crítica se vuelca con el conflicto que partió el siglo XX: si el muy esperado El día D: la batalla de Normandía, de Anthony Beevor, relata el episodio más espectacular, el A puerta cerrada, de Lawrence Rees, analiza otro tan o más decisivo, las reuniones de Yalta y Postdam que marcaron la senda que hoy transita nuestro maltrecho mundo, y Meter Fritzsche cambia el punto de vista para describir en Vida y muerte en el Tercer Reich la vida cotidiana de la época a partir de miles de cartas y diarios personales.
Cerrando el plano aún más, Anagrama publica el Diario de Hélène Berr, una estudiante de La Sorbona que murió en Auschwitz; y el también francés Patrick Modiano y el argelino Boualem Sansal novelan el horror en Dora Bruder (Anagrama) y La aldea del alemán o el diario de los hermanos (El Aleph), respectivamente.
De vuelta al presente, setenta años después los hijos de Israel vuelven a estar en el epicentro de la guerra. España espera para este año la traducción de Lumen de Until de end of the land, la última y desgarradora novela de David Grossman; el israelí, que ha sonado últimamente para el Nobel, vuelca en ella su dolor por la muerte de un hijo en el ejército israelí en la guerra del Líbano de 2006. Y desde el otro lado de la trinchera llega Una tumba en Gaza, de Matt Beynon Rees, un periodista inglés que se juega el tipo escribiendo novelas policíacas en las que quedan al descubierto los métodos mafiosos de Hamas y otros «mártires».
Mientras la ficción intenta desbrozar una senda para entender el enmarañado infierno de Oriente Medio, los teóricos siguen intentando explicarlo. Ahmed Rashid, autor del brillante Los talibanes, vuelve a analizar en Península las claves de la zona de Pakistán y Afganistán, para muchos el siguiente gran escenario de la lucha antiterrorista. Y en Encuentro publica Samir Khalil, autor de la exitosa Cien preguntas sobre el islam y paladín de la moderación musulmana, publica Islam, de la apostasía a la violencia. Además, otro título de la misma editorial puede provocar polémica en este sentido: Magdi Allan, subdirector del Corriere della Sera, relata en Gracias, Jesús su conversión al cristianismo desde el islam.
Otras editoriales prefieren alejar el punto de mira. Edhasa, por ejemplo, espera como agua de mayo lo último de su best-seller histórico Bernard Cornwell, que prepara una suculenta novela sobre la Guerra de los Cien Años. Táctica que comparte el atribulado Salman Rushdie: en La encantadora de Florencia (Mondadori), viaja al siglo XVI, en el esplendor del imperio mongol en el siglo XVI y el nacimiento de la India, para contar una de princesas y fantasmas.
Será uno de los grandes nombres de importación de 2009. Aunque el que más expectación despierta quizá sea Stieg Larsson, que cerrará con La reina en el palacio de las corrientes de aire (Destino), la trilogía Millenium, un auténtico fenómeno de ventas el año pasado.
EXPECTATIVAS FRANCESAS Y VALORES SEGUROS
Contra lo que viene siendo habitual en los últimos tiempos, parece que se avecina una buena hornada francesa. Destacan con fuerza ¿A dónde vamos,papá? (Destino), la peculiar road-movie de Jean-Louis Fournier con su hijo discapacitado psíquico que ganó el premio Fémina 2008 y quedó finalista del Goncourt; y el ganador de este último premio, el franco-afgano Atiq Rahimi, con Syngué Sabour, que publica en España Siruela.
Además, Anagrama publica nuevas entregas de Amélie Nothomb (Ni de Eva ni de Adán); Irvine Welsh (Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo), Hanif Kureishi (Algo que contarte) y Nick Hornby (Todo por una chica).
Seix Barral hará lo propio con Lorrie Moore, que vuelve a la novela tras catorce años con Una puerta en las escaleras, y el joven best-seller italiano Paolo Giordano, que ha vendido 900.000 ejemplares de La soledad de los números primos en su país; además, reedita los libros que ha descubierto en su fondo del premio Nobel 2008, Jean-Marie Gustave Le Clézio, lucrativa sorpresa que comparte con Tusquets, editorial que tiene los derechos de su última novela, Ritournelle de la fair.
Entre las novedades en la lengua de Cervantes destaca un nombre propio. Si nada se tuerce, Mario Vargas Llosa debe publicar este año su biografía novelada de Roger Casement, el aventurero que denunció los crímenes durante el mandato belga del Congo. El peruano ha viajado al país africano para documentarse y, según cuentan, el material promete un regreso al Vargas Llosa épico de La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo. Curiosamente, el Congo es también escenario de la nueva novela de Bernardo Atxaga, Siete casas en Francia (Alfaguara), de estilo e intención muy diferente: el autor vasco ha optado por el humor negro.
Arturo Pérez -Reverte, otro de los valores seguros de nuestras letras, cruza el charco después de un 2008 rebosante de fragor peninsular. En Ojos azules (Seix Barral), narra los sucesos de la «noche triste» del 30 de junio de 1520, en la que los guerreros aztecas expulsaron a Hernán Cortés de Tenochtitlán.
Menos dado a la épica, Álvaro Pombo hace doblete. Viaja en Virginia o el interior del mundo (Planeta) a la psicología femenina con el palacio de la Magdalena de aristocrático fondo, y se pasea por el cuento con La previa muerte del lugarteniente Aloof y otros relatos (Anagrama). En esta última editorial publican Vicente Molina Foix (Con tal de no morir) y Alfredo Bryce Echenique (La esposa del rey de las curvas).
Alfaguara, por su parte, vuelve a desplegar sus bazas latinoamericanas con Tomás Eloy Martínez, que pone en el punto de mira la dictadura argentina en Purgatorio; Santiago Roncagliolo, que recuerda en Memorias de una dama sus años de inmigrante peruano en España, y el nicaragüense Sergio Ramírez, que se pasa al género negro con El cielo llora por mí.
Finalmente, la mediática Maruja Torres tira de premio Nadal con Esperadme en el cielo (Destino), nostálgico homenaje a la bohemia barcelonesa con especial protagonismo de los fallecidos Manuel Váquez Montalbán y Terenci Moix.
Mientras, más cercanos a la inmortalidad y menos a la mercadotecnia (ni falta que les hace), los clásicos esperan, prietas las filas, su turno para salvar a la humanidad de la crisis. Y no sólo la económica.
CLÁSICOS AL RESCATE
Cátedra culmina este año su espléndida serie Mil Letras, con la que celebró en 2008 su 35 aniversario y los mil títulos de sus dos colecciones emblemáticas. Tras los Baudelaire, Baroja, Calderón, Dostoievski y compañía, llegan ahora dos nuevas entregas con lo mejor de Lope de Vega, Goethe, Unamuno, Kafka, Sábato, Lorca, Shakespeare, Rulfo… Todo en tapa dura, con los estudios críticos, tipografía de buen tamaño y otros lujos de la casa a sólo 12,5 euros.
En otro orden de cosas, Alfaguara homenajea a un clásico en vida con la publicación de Mario Benedetti, un mito discretísimo, biografía de Hortensia Campanella, y varias de las obras del uruguayo. Destino hará lo propio con otro que se niega a morir del todo, Camilo José Cela, del que sale por fin a la luz Correspondencia con el exilio, el epistolario con Alberti, Jorge Guillén, León Felipe, Cernuda, Zambrano… Y Anagrama se sumará a la fiesta con una curiosa resurrección: tras los tiras y aflojas con los herederos, verá la luz The Original of Laura, la novela en la que trabajaba Nabokov cuando murió.
Dentro de la inevitable ola de aniversarios, Encuentro afronta el año Darwin con la publicación de un trabajo del entonces aún cardenal Ratzinger sobre el autor de El origen de las especies. Y es digno de mención el esfuerzo de la joven editorial Augur, que edita los Cuentos completos de Edgar Allan Poe coincidiendo con el segundo centenario de su nacimiento el 19 de marzo.
Con los clásicos de guardia, seguro que 2009 no será para tanto. Por si acaso, para reforzar la vigilancia terminamos con un poco de poesía, árnica para el alma. Aunque no estén los tiempos para la lírica, siempre hay un margen para la resistencia. Bartleby Editores propone Aún no, de Francisco Brines, y las Muescas de un tiempo oscuro, de Antonio Martínez Carrión, mientras que Ediciones B publica La puerta, de la galardonada con el Príncipe de Asturias Margaret Atwod. Lumen, por su parte, saca la Poesía completa de José Agustín Goytisolo, y Galaxia Gutenberg, la primera edición del poema original escrito por Salvador Dalí sobre su cuadro Las metamorfosis de Narciso y Locus Amoenus, una interesante antología de la poesía lírica en las ocho lenguas que convivieron durante siete siglos en la Hispania de la Edad Media.
Y de propina, una receta para tiempos oscuros. Rialp propone entre sus principales títulos Amor y autoestima, de Michel Esparza, un análisis de la relación entre el amor de Dios y el amor a los demás, entre la calidad del amor y lo que el autor llama «humilde autoestima». Porque al final nada es para tanto, hombre.
El pasado mes de octubre vio la luz «Príncipes y humanistas», libro en el que Antonio Fontán profundiza en la vida de algunos de los más importantes humanistas del siglo XV y XVI, auténticos filósofos en el sentido moderno de la palabra, así como en la estrecha relación que mantuvieron con los distintos príncipes de Europa. Casi siempre en latín, su voz se oía en las cortes y en los centros de decisión del continente, del que política y culturalmente formaban parte los reinos británicos. El diálogo y la relación entre príncipes y humanistas produjeron algunos de los momentos más felices de la vida intelectual del Renacimiento. Santiago de Mora-Figueroa, Marqués de Tamarón, y Eduardo Fernández Fernández, colaboradores ambos de Nueva Revista, se sumergen en este libro para desvelar la esencia de una de las facetas clave en la propia vida de Antonio Fontán.
El hombre culto desconfía de la «insobornable contemporaneidad», que le parece sobornable por antonomasia y contemporánea per accidens. Me refiero, claro está, al hombre, no al solo varón, y culto, no mero erudito. La gente culta vive la cultura y la cultura les ayuda a vivir todas las tareas de su vida. De hecho el hombre culto suele estar más abierto a los quehaceres públicos y privados, salvo que decida retirarse y entonces también sacará más provecho de sus reflexiones.
Pensaba en todo esto mientras disfrutaba del trato con estos Príncipes y humanistas de la mano de Antonio Fontán. Pensaba en el propio don Antonio -por darle su tratamiento que, con tú o con usted, sigue afable una ya vieja tradición académica española- y en cómo la cultura -pasión y no adorno- continúa hermanada en su vida con el trabajo empresarial y periodístico, todo ello tras cumplir y celebrar sus ochenta y cinco años y agradecer la merced regia del Marquesado de Guadalcanal: el Príncipe y el Humanista desempeñaron bien su papel, cosa rara hoy en día.
Y recordaba también a otros viejos amigos, felizmente activos, que han querido y sabido vivir la cultura junta con otras labores. Veo a José Antonio Muñoz Rojas, próximo a los cien años, corrigiendo la edición de sus poesías completas, en sus tierras que siempre llevó como buen labrador y criador, que se decía antes. Y a Valentín García Yebra, pasados los noventa y tras varios decenios llevando una editorial, que persevera en su labor lexicográfica. Por no olvidar un caso insólito de combinación de cultura y guerra, mezcla en sí frecuente pero no tal como la hizo Sir Patrick Leigh Fermor. Había hecho prisionero a un general alemán, en 1944, y lo llevaba a través de Creta encañonado y sin quitarle el ojo de encima cuando lo oyó murmurar algo mientras miraba el Monte Ida al amanecer, cubierto de nieve:
«Vides ut alta stet nive candidum
Soracte…»
El comandante inglés continuó:
«…nec iam sustineant onus
silvae laborantes…»
Y así hasta terminar las seis estrofas de la oda I, IX de Horacio, a partir de cuyo momento el General Kreipe cambió de actitud y hasta sonrió. «Durante un largo instante pareció que la guerra había dejado de existir. Los dos, mucho tiempo atrás, habíamos bebido en las mismas fuentes», concluye Fermor.
Fontán hubiese podido escribir esa frase, pues sabe muy bien que beber en las mismas fuentes es compartir cultura y eso tiene consecuencias literalmente incalculables y literariamente previsibles. Por eso me conmueve leer su dedicatoria manuscrita de Príncipes y humanistas «para Santiago Tamarón, con el que comparto todas las lealtades históricas y culturales a España». Aunque -añadiría cualquiera- las lealtades de don Antonio tengan mucho más fundamento en lecturas, conocimientos y experiencias que las de casi todos nosotros.
Además, para el autor existe otra dimensión, en rigor no coincidente con la cultura: la sabiduría. Y al llegar aquí es menester escuchar a Fontán resumiendo a Vives, pues no conozco mejor resumen de la doble raíz del pensamiento de éste -y quizá de aquél-, la religiosa y la clásica:

«Todo el empeño de Luis Vives fue la búsqueda de la sabiduría […] La Sabiduría es Cristo. Alcanzarla es una tarea del alma. El estudio, cuando el alma está limpia de pasiones, la vuelve sabia y prudente. Pero resulta que esta es una frase de Aristóteles y que en las palabras del teólogo [uno de los participantes del diálogo El sabio] se mencionan también otras dos de las que Platón pone en boca de Sócrates. [Vives], profundamente teísta y cristiano, identificaba la sabiduría con Dios; su plenitud y, por tanto, la felicidad, con la otra vida; las almas sabias son las que Sócrates -y el teólogo con él- llamaba ultramundanas y ultraterrenales; y el camino para alcanzar esa sabiduría es el ejercicio de la virtud según Cristo. Pero ese conocimiento no exime al intelectual Luis Vives de su afanosa búsqueda para iluminar y traspasar las caliginosas tinieblas que se interponen entre la presente realidad del hombre y la luz absoluta que es Dios».
Fontán no exagera al dibujar el paisaje espiritual de Vives, cristiano sincero y convencido, como tampoco oculta la tragedia religiosa familiar: la Inquisición envió a su padre a la hoguera y más tarde inició un «proceso contra la fama y memoria de la madre, Blanquina March, que concluyó en la penosa y cruel sentencia de exhumación y quema de sus restos más de veinte años después de la muerte». Se comprende que Vives no se decidiese a volver a España y muriera en Brujas, su segunda patria. Pero no se le conocen muestras de resentimiento anti-cristiano o anti-español, sino muy al contrario, y no parece que mostrase por escritos públicos y privados tales creencias y afectos por cautela sino porque los llevaba en el corazón. Otro admirador de Vives me comentó hace unos días que él lo estudió a fondo con la esperanza de descubrir indicios de duplicidad en el pensamiento del gran humanista, pero que al final hubo de rendirse a la sorprendente evidencia: Vives siempre se sintió cristiano y español.
Otra cosa -y Fontán lo explica con la misma lucidez que el personaje estudiado- es que Vives no se percatase de las contradicciones doctrinales y políticas de la época que le había tocado vivir. Las vió con justeza. Intentó ayudar a superar las discordias eclesiásticas, escolásticas y dinásticas allí donde vivió, en Francia, Inglaterra o Flandes. Aconsejó prudencia a reyes y magnates, se inquietó por el avance turco mucho más que los demás humanistas como su amigo Erasmo, dedicó libros y recomendaciones a los grandes de este mundo e incluso al Papa, directamente o por persona interpuesta. En fin, como escribió Ortega y Gasset, Vives brilló por sus dos virtudes intelectuales de la seriedad y la serenidad. Pero nunca fue ingenuamente optimista. Diríase que barruntaba los horrores de un siglo después, con la Guerra de los Treinta Años. Su veredicto político final fue me horum temporum miseret (siento compasión por estos tiempos). A todas luces, Vives desconfiaba de la «insobornable contemporaneidad».
No sé si es por eso, pero Fontán parece identificarse más con el gran humanista valenciano que con los demás que retrata en este libro, y eso que a todos ellos muestra considerable simpatía y comprensión, incluso al para algunos poco edificante Maquiavelo, pensador comprensible si se atiende a las circunstancias históricas de la Italia de su tiempo. En puridad, ocurre que el autor de esta sugestiva galería de Príncipes y humanistas es fiel al título de su libro y está subyugado -y nos subyuga a los lectores- antetodo por las mejores cabezas del humanismo que aplicaron su talento en buena parte a aleccionar a los Príncipes. Y resulta que Juan Luis Vives reúne en su persona la doble condición, intelectual y política, en grado sumo. A veces por pura casualidad -si es que tal cosa existe en la Historia- que no se le escapa a don Antonio, y que nos revela sin apenas insistir en ciertas afinidades, electivas o aleatorias. Así el lector medio, como el que esto escribe, descubre de pasada que los Diálogoso Excercitatio Linguae Latinae -manual para aprender latín, dedicado al futuro Felipe II, a la sazón de once años- no era el primero que Vives escribía, pues hizo otro quince años antes, destinado a María Tudor, otra niña…que terminó casándose con su primo Felipe. Como el aprendizaje del latín no era entonces un mero adorno para los príncipes sino una obligación política («tengo por muy principal en un príncipe ser buen latino, así para saberse regir a sí como a otros, especialmente quien espera tener debajo de sí tanta diferencia de lenguas…» escribía Juan de Zúñiga al Emperador) no es difícil imaginar la importancia de ciertos empeños didácticos y áulicos de Vives.

Estos polos de la atención de Fontán quedan bien claros en dos de los mejores ensayos reunidos en este libro: «El humanismo cristiano europeo. Erasmo-Moro-Vives», fascinante relato de la amistad entre estos tres egregios personajes, y «1516, el Annus Mirabilis de la filosofía política», referido a la publicación o redacción de El Príncipe de Maquiavelo, el Institutio de Erasmo y la Utopía de Moro, con una post-data de Vives, como pueden considerarse sus Declamaciones Sullanae de 1520.
Pero el hecho es que toda esta rica colección de ensayos que versan sobre tantos y tan singulares personajes del Renacimiento, desde el andaluz Nebrija al polaco Juan Dantisco, pasando por el Cardenal y Obispo catalán Margarit, entusiasta defensor del restablecimiento de la unidad de España, constituyen un libro dotado de sólida unidad. Con sencillez, el autor lo explica al final: «Durante toda mi vida académica y profesional he venido ocupándome de los escritores y asuntos de que trata este libro…» y alude luego a «las estrenas de Navidad que suelo enviar pro manuscripto a unos centenares de amigos», y donde a lo largo de años ha tratado ya de algunos de estos asuntos.
Muchos de estos escritos conservan el espíritu festivo de sus orígenes de regalo y conmemoración navideños. A veces, inevitablemente, se trasluce también un punto de melancolía, como si el autor se percatase de que la unidad del libro está basada en la unidad de propósito -ocasional o no- entre el consejo del filósofo y el empeño del príncipe, y que esa unidad corresponde a un periodo histórico acaso irrepetible. Como lo es, y en mayor grado, la unidad de naturaleza pre-moderna entre Rey, Profeta y Sacerdote, unidad de la que aún queda un eco en el ritual del Bautismo, al dar ese triple don sacramental al nuevo cristiano. O la unidad todavía más antigua, de la que hay un resto en la épica griega, entre el rey, el héroe, el pontífice, el profeta y el médico o brujo.
O quizás a Fontán no le hubiera gustado del todo lo pre-moderno. A fin de cuentas los humanistas se consideraban modernos, al menos los italianos antiescolásticos. Pero, claro, si los humanistas eran en el fondo modernos, tan sólo lo serían juxta modum. Y es que el humanista que hoy nos ocupa, don Antonio Fontán, Marqués de Guadalcanal, sabe a la perfección ejercer algo muy antiguo, el auténtico magisterio. Y éste consiste en aspirar al viejo ideal de la unidad de las cualidades del individuo y en reunir y sacar de cada uno por mayéutica lo mejor, no en convertir en rebaño homogéneo a todos y cada uno de los discípulos. Aquello quizá es lo que buscaban los maestros humanistas. Más de uno se preguntaría qué fue exactamente lo que Aristóteles enseñó o hizo brotar en Alejandro. Cabe suponer que Fontán también meditaría sobre ese asunto -mucho más práctico de lo que parece- mientras bregaba por restaurar la Monarquía, el Senado, la Biblioteca Nacional… Todas esas meditaciones acompañaron y ayudaron a estas labores esforzadas, al igual que los Parerga ocurrieron al mismo tiempo que los Trabajos de Hércules.
Pues bien, quien lea este libro es probable que piense que se trata de unos parerga que permiten suponer en su autor fundados recelos ante la contemporaneidad, insobornable o no. Aunque acaso Fontán no llegue a aplicar a nuestros tiempos el sombrío dictamen de Vives sobre los suyos.
Reseña del libro de Antonio Pau «Hölderlin. El rayo envuelto en canción» (Editorial Trotta, Madrid, 2008, 424 páginas)
«A nosotros, poetas, corresponderesistir la tormenta de Dios, desnuda la cabeza, y coger con las manos el rayo del Padre, y transmitir al pueblo envuelto en canción el don del cielo»
(Hölderlin, Wie wenn am Feiertage…)
Estos significativos versos de Hölderlin inspiran el subtítulo tan bien elegido (el rayo envuelto en canción) de la biografía que comentamos. Sin embargo, para título del comentario de la obra de Pau que se recoge a continuación, hemos preferido tomar un pensamiento de su epistolario. «Temo que al final me vaya a pasar lo que al antiguo Tántalo, que se acercó a los dioses más de lo que podía soportar», escribió Hölderlin, en una carta fechada en 1801. En su oficio de poeta, Hölderlin empeñó todo su ser, llegando más allá de lo que su salud le permitía. Al lector de la biografía le corresponderá juzgar, si pudo resistir en sus manos el rayo el tiempo suficiente como para transmitirlo envuelto en canción.

LA PERSONALIDAD DEL POETA
El lector se forma una imagen física del poeta como un hombre robusto, de buena estatura, educado. Lo que unido a la mirada de sus ojos claros, formaría en conjunto un porte externo varonil y atractivo, si no fuera porque con frecuencia su comportamiento retraído y talante abatido, hacen pensar que la impresión que produciría su conocimiento dependería bastante del estado de ánimo que tuviera en ese momento. De su sensibilidad en el modo de expresar sus sentimientos hacia los demás, recoge Pau las luces: agradecimiento hacia la familia que lo cuidó en su enfermedad, cariño protector hacia su hermano menor, amor filial a su madre a pesar de que haya datos para pensar fundadamente que no era bien correspondido-, amistad leal demostrada durante años; y las sombras: el biografiado es susceptible en demasía, y lo sabe, frío en circunstancias en las que cabría esperar otra reacción; cambiante en sus juicios; excesivamente inseguro ante las personas que admira. Tal vez algunos de estos rasgos deban ser interpretados como pródromos de su grave enfermedad psíquica posterior.
Si los poemas deben tener, en opinión de Hölderlin, cólera y reflexión, entusiasmo y sobriedad, elemento celestial y elemento terrestre (así lo recoge Pauen la Nota preliminar de su obra), se diría que en la posición de Pau respecto a Hölderlin se dan también esos contrastes: es un poeta frente a otro poeta. Pau sabe apreciar y presentar al lector el valor épico y lírico de la obra del biografiado, pero no se identifica con su mundo interior. Hay, por una parte, una velada compasión hacia la persona del poeta, que le lleva a reflejar los pequeños detalles cotidianos que hacen más comprensibles sus largos años de encierro en una torre. Hay algunos pasajes tan bien escritos que el lector casi parece sentir la humedad en sus huesos paseando a orillas del Neckar, y comprende que Hölderlin tenga frío y pida botas de invierno y calcetines de lana, o siente la inquietud de las idas y venidas de un loco pisando con fuerza en la habitación exagonal de la torre que ocupaba, y admira a la familia Zimmer, a la vez que se formula las mismas preguntas que Pau ante la ausencia de visitas al enfermo por parte de su madre o de sus hermanos, y le reprocha a aquélla su incapacidad para entender que desde su encierro, el hijo no podía dar más variedad a sus cartas.
Se llega a captar que a pesar de la monotonía de los días iguales y de los estrechos límites de un periodo de tiempo tan largo, su vida no puede resumirse sin más en la locura incurable que padecía. No, seguía manifestando su sensibilidad a través de la música, ocasionalmente de la poesía, y del amor hacia su familia y hacia los Zimmer, que le cuidaban. Se diría que Pau es como un buen médico, que cuando ve a un enfermo, no piensa: todo en él está podrido. El autor deja constancia de que con la grave enfermedad, el poeta pasa a un segundo plano, pero el hombre sigue viviendo, y le sigue interesando como persona. Como decía Gracián, «persona es lo más difícil de la vida».
Pienso que hay sin duda una gran admiración hacia la obra por la fuerza expresiva y por la sonoridad de la pluma de este gran poeta. Pero en la medida en que desde la altura a la que-según sus críticos y el mismo Hölderlin- se sube el poeta, lo que divisa es su propio mundo interior (pág.12), y éste está lleno de tintes sombríos, no parece que el biógrafo se identifique del todo con el biografiado. Este aserto puede apreciarse, por ejemplo, cuando Pau afirma que tal vez Schlegel tenía razón al afirmar que los Himnos de Hölderlin eran una retahíla interminable de rimas.
TRASFONDO LUTERANO EN LA VIDA Y OBRA DEL POETA
Hölderlin se formó para ser pastor evangélico-luterano, y en la última etapa de sus estudios lo hizo nada menos que en la Tübinger Stift. Cualquier persona universitaria que haya vivido durante algunos años en Alemania sabe bien lo que eso significa. Para hacerse una idea de la importancia de la formación en la escolástica protestante que se recibía en esta institución, y de lo selecto de su alumnado, baste tener presente que Hölderlin, Hegel y Schelling ocuparon la misma habitación en la Tübinger Stift (pág. 65).
Pero la formación luterana del poeta, se inicia en la infancia, en el seno de su propia familia, y Hölderlin permanece a mi juicio anclado en esa visión del hombre y de sus relaciones con Dios hasta el final de su vida. Aunque ciertamente puedan advertirse en su obra momentos en los que siente a Dios no ya lejano sino ausente, y haya en su vida conductas morales (adulterio con Susette) que no se adecuen a la formación recibida, sabe rectificar como lo haría un piadoso luterano. Anotamos de intento piadoso, no pietista. La visión del hombre que tiene Hölderlin, en nuestro criterio no está determinada por el pietismo que, en opinión de Pau, influyó desde la infancia en el poeta. Aunque tanto las decisiones personales de Hölderlin como los temas de su obra estén decisivamente influidos por su fe, ello no significa que su religiosidad influya en su obra del mismo modo que lo hace la de Dostoievski en sus personajes, como analizó a fondo Romano Guardinien su obra Religiöse Gestalten in Dostojewskijs Werk.
Refiriéndose a un poema escrito por Hölderlin a los quince años, Pau afirma que «la omnipotencia de Dios se contrapone a la fragilidad humana. La vida es un «curso de dolores» (Bahn der Leiden) en el que sólo brillan algunos «instantes celestiales» (Himmelaugenblicke). Es un poema atravesado de principio a final por un sentimiento religioso, pero no un poema de blanda piedad infantil, sino todo lo contrario: se aprecia ya una disociación entre lo humano y lo divino, entre la vida del hombre y el «Dios ausente», que tanto se repetirá a lo largo de la obra de Hölderlin» (pág. 17).
Más que de educación pietista, tal vez habría que hablar de educación protestante o evangélico-luterana. Quizá este matiz crítico no sea del todo justo, porque haya otras pruebas y argumentos sobre los que pueda basarse efectivamente la educación pietista de Hölderlin de modo irrefutable -y que Pau conoce, pero que por los necesarios límites editoriales de toda biografía no haya podido consignar aquí-, sin embargo, a mi modo de ver, los que aparecen en el libro no son del todo concluyentes. Entre los aportes que hace el autor de esta biografía sobre el pietismo en la educación del biografiado, están el que Hölderlin conservó durante toda su vida un libro de oraciones titulado Gelassenheitsgebet, que Pau traduce como «oración por la resignación», y que en mi opinión habría sido preferible traducir como «oración de abandono». Resignación, en el sentido pietista, se expresa en la literatura mística y ascética en alemán con el término ergeben, no con el de gelassen; ciertamente, el término que mejor expresa en esa lengua la actitud de abandono confiado no es gelassen sino geborgen. Hay también libros de oraciones que llevan ese título Geborgenheitsgebet y que por tanto expresan mejor la relación de confianza (no de resignación) del hombre con Dios, pero esos libros son católicos, no luteranos, y Hölderlin había sido educado en una familia y en una escuela luterana, no necesariamente pietista, a no ser que se considere que todos los luteranos son pietistas.
ROMANTICISMO E IDEALISMO EN LA VIDA Y OBRA DEL POETA
En la obra que comentamos el espíritu idealista y romántico se refleja en el amor apasionado a la patria del poeta, que se apunta ya cuando Hölderlin conoce algunas ciudades de la cuenca del Rin, en uno de sus primeros viajes, y que llega a su culmen en los capítulos XXI a XXIV, en los que se recoge las dos obras tal vez más conocidas de Hölderlin: Hiperion y Empédocles. El primero manifiesta su amor a la patria emprendiendo la tarea de educar a su pueblo y el segundo, se suicida por él. Pero como se sabe, en la pluma de Hölderlin, Empédocles no llega a morir: una muestra más de las contradicciones del espíritu romántico. Y una nueva manifestación de la distancia entre biógrafo y biografiado, puede verse en el modo en que valora Pau la figura de Empédocles (poeta que se suicida por su pueblo): «Pero, ¿qué significa el suicidio por la patria? En el fondo, nada. Y ésta es la razón por la que Hölderlin no pudo terminar su tragedia, a pesar de hacer tres intentos y de buscar en cada uno de ellos, motivos diferentes que llevaran al poeta a arrojarse al Etna» (pág. 209).
En mi opinión, estas obras hay que conectarlas con el primer programa del idealismo alemán, que elaboraron Hölderlin, Hegel y Schelling (págs. 68-69), y en el que se aludía a la idea de un Estado estético, para llegar al cual se hacía necesaria la educación de los ciudadanos en la belleza. Hölderlin pensaba que la elaboración de una nueva mitología (la mitología de la razón), era el método adecuado para esa educación de los ciudadanos en el «monoteísmo de la razón y del corazón y el politeísmo de la imaginación y del arte». La exposición de los capítulos mencionados, y la presentación del Das älteste Systemprogramm des deutschen Idealismus constituyen los capítulos más valiosos de la biografía por lo que se refiere al romanticismo e idealismo de Hölderlin. Ideales que contrastaban con la vida real del poeta, que cuando tuvo conocimiento de la sangre que se cobraba la Revolución en Francia, dejó de admirarla y de sentirse comprometido con la idea de constituir en su patria una república de hombres libres.
El lector, a lo largo de su lectura, confirmará que Pau ha contribuido con su libro a que el tiempo sea «puntualmente preciso y misericordioso» (esta cita es la última frase de la última carta que se conserva de Hölderlin a su madre, y al mismo tiempo, como señala Pau en la pág. 349 -siguiendo a Bertraux-, una cita literal de Sófocles en Edipo, rey) con este gran poeta, porque a lo largo de estas páginas, ha conseguido que en unas ocasiones alce el pensamiento pidiendo con Hölderlin «coraje y amor en todos los corazones» (traducción que hace el autor del verso de los cantos Mut und Liebe dort in jeder Burst, pág. 64), y en otras se sienta contagiado de su ambición de paz y quietud.
El pasado 20 de enero Barack Obama entró en la historia como el primer presidente negro de los Estados Unidos de América. Seguramente, mientras subía las escaleras del Capitolio para prestar juramento pasarían por su memoria los vertiginosos acontecimientos de su ascensión hasta esa cima. Quizá recordaría que ni uno solo de los asistentes a la Convención Demócrata del año 2000 pudo imaginar que el próximo presidente demócrata de los Estados Unidos no estaba entre ellos. Él, un joven abogado de color, estaba entre los que se quedaron fuera. Pero esto no le desalentó y prosiguió con su carrera política iniciada en las calles de Chicago. En la siguiente convención ya consiguió que le invitaran a pronunciar el discurso inaugural. Un discurso que, desde que lo pronunciara John Fitzgerald Kennedy en 1960, se reserva habitualmente a las estrellas emergentes. Ese día, ya se sabe de dos personas que soñaron con que el joven Obama llegaría a ser presidente: él mismo y su esposa Michelle. Las mismas dos personas que el pasado 20 de enero se convirtieron en la primera familia negra en habitar la Casa Blanca.
En sólo ocho años un perfecto desconocido en su propio partido se ha convertido en el 44 presidente de los Estados Unidos. Una vez más el mito del sueño americano parece haberse hecho realidad. Un mito al que el propio Obama recurrió al aceptar la nominación y que definió como «la promesa de que a través del trabajo duro y el sacrificio, cada uno de nosotros podemos alcanzar nuestros sueños individuales, a la vez que permanecemos juntos como una familia americana, para asegurar que la próxima generación pueda alcanzar sus propios sueños también». Es un mito tan antiguo como la propia nación americana, pues nació con la llegada del Mayflower. Un mito que desbordó las fronteras, atrayendo a millones de ciudadanos de todo el mundo que emigraron a los Estados Unidos buscando una nueva oportunidad. Con el paso del tiempo ese mito fundacional se ha convertido en uno de los principales motores de la psicología social estadounidense. En el seno del sueño americano se han gestado arquetipos consolidados en la memoria colectiva como el del selfmade man o la moral del éxito. No es extraño, por tanto, que el sueño americano haya sido también uno de los mitos fundamentales en el relato político de Barack Obama.
El presidente Obama no sólo ha tenido que superar muchos obstáculos para llegar a la Casa Blanca sino que ha necesitado inventarse el camino. No contaba con el apoyo del partido ni el respaldo económico de grandes corporaciones. Tampoco tenía experiencia de gobierno ni era conocido por la opinión pública. En frente, Hillary Rodham Clinton parecía una apuesta inmejorable: mujer, famosa, con experiencia política y de un liberalismo moderado por los años. Además, gran parte del aparato del partido demócrata estaba controlado por su marido, el ex presidente Bill Clinton. El resto del partido, quería por encima de todas las cosas desalojar a los republicanos del poder y Hillary aparecía como un valor seguro. Por lo tanto, un senador casi novel y de raza negra no poseía un gran atractivo para el partido azul.
En estas condiciones Obama emprendió lo que le gustaba denominar «un viaje improbable». Pero no lo hizo solo. Como no contaba con el aparato del partido decidió buscar el apoyo directo de la gente. No tenía nada que ofrecerles a cambio, excepto la esperanza de cambiar la forma de hacer política con la propia campaña. Quizá su gran acierto fue saber explicarles que ese cambio dependía sólo de que ellos -los ciudadanos- quisieran protagonizarlo. De su necesidad hizo virtud y consiguió que miles de americanos anónimos creyeran en ese cambio, precisamente porque era evidente que Obama solo no podía conseguirlo. Movido por la convicción o por la necesidad, el resultado es que supo interpretar mejor que nadie la nueva configuración social de la era de Internet.
EL CAMBIO SOCIAL Y EL CAMBIO POLÍTICO
Durante el siglo pasado, los autodenominados «medios de comunicación» (prensa, radio,TV), realmente no pasaban de ser medios de información unidireccional, en los que el emisor es una organización cerrada que difunde un mensaje unívoco dirigido a una pluralidad de receptores. Los verdaderos medios de comunicación entre personas eran otros: el correo postal, el telégrafo, el teléfono y el fax, etc. En el siglo XXI Internet ha integrado tanto unos como otros gracias a la digitalización y la interactividad1.
Actualmente, la web posibilita una comunicación inmediata de uno con uno (e-mail), de uno con muchos (página web), de muchos con uno (blog) y, sobre todo, de muchos con muchos (red social). Se cierra así el ciclo de la auténtica comunicación, que es multidireccional y donde los roles de emisor y receptor son intercambiables. Este ciclo produce redes virtuales de relaciones que generan comunidades vitales de intereses, pensamiento, aficiones, etc. Pero, a diferencia de las comunidades físicas, aquí prima la individualidad sobre el grupo. No hay jerarquías sino que cada uno influye en la medida que participa y tiene iniciativas. Los mensajes se difunden cuando interesa su contenido, no sólo por lo poderosa que sea la fuente que los emite2. El protagonista indiscutible es el usuario, pero en la medida que decida ejercer ese protagonismo y, siempre, en relación con los demás. No en vano el personaje del año 2006 para la revista Time fue precisamente «YOU3»; es decir, el ciudadano activo que ejerce su nuevo poder social a través de las redes tejidas por las nuevas tecnologías. Son los ciudadanos, convertidos en usuarios, los que están protagonizando el cambio social de nuestra época: el paso de la información a la comunicación. Este cambio se ha querido plasmar en un nuevo concepto de la web, basado en la participación, que ha venido a denominarse Web 2.0.
En realidad, conviene recordar que la Web 2.0 es sólo un concepto que expresa la nueva dimensión interactiva y relacional de los últimos desarrollos en Internet. Fenómenos como la Wikipedia, Youtube y Facebook tienen en común que son creados por unos pocos, pero desarrollados por los propios usuarios que escriben o corrigen voces de enciclopedia, cuelgan sus vídeos o recomiendan los ajenos y crean su propio perfil en una red social de la que forman parte sus amigos y conocidos. Sin la participación activa de los usuarios, la Web 2.0 no existiría.
Esta nueva forma de participar tiene unas importantes consecuencias desde el punto de vista sociológico. En el fondo, se trata de una corriente fluida de energías vitales aportada gratuitamente por millones de ciudadanos que quieren formar parte de esas comunidades virtuales. No es extraño que, como vaticinaba Alejandro Llano, esta nueva riqueza social atrajera la atención del poder político. Frente a esta nueva capacidad de los individuos el poder político tiene dos opciones: puede aprovecharlo para regenerar la democracia con una mayor participación de los ciudadanos o puede caer en la tentación inmediata de colonizar estos mundos vitales para su propio interés. Al principio, la mayoría de los partidos políticos del mundo se interesaron en Internet para dar una pátina de modernidad a su imagen. Al poco tiempo, descubrieron que era un ámbito en el que «hay que estar» para no parecer desfasado. Para justificar esas primeras aproximaciones, los partidos políticos se convencieron de que era un canal muy adecuado para hacer llegar su mensaje a los jóvenes. Con el paso del tiempo, y la extensión de las conexiones de banda ancha en los hogares, los políticos se convencieron, definitivamente, de que «hay que utilizar Internet». Se multiplicaron entonces las páginas web de los partidos y los blogs de los candidatos. La aparición de Youtube fue saludada como una oportunidad de difundir gratuitamente los mismos vídeos publicitarios que se proyectaban en los mítines. En la actualidad, la última tendencia es apuntarse a la moda Obama para decir «hay que tener una red social». Pero muy pocos políticos son conscientes de que la clave del éxito de la comunicación de la campaña de Obama no ha sido Internet, ni siquiera la Web 2.0.
La clave, si hay que quedarse con una, ha sido entender que las nuevas tecnologías han potenciado el valor de recurso tan viejo como la democracia ateniense: la gente. Como decía Hannah Arendt, «las libertades democráticas pueden hallarse basadas en la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley; sin embargo, adquieren su significado y funcionan orgánicamente sólo allí donde los ciudadanos pertenecen a grupos y son representados por éstos o donde forman una jerarquía social y política»4. La sociedad-red es, más que nunca, el conjunto de las personas que la conforman al colaborar entre ellas.
«NO ES LA TECNOLOGÍA, ESTÚPIDO»
Nadie pone en duda ya que el éxito de la campaña electoral de Obama ha revolucionado la comunicación política. Impulsado por la improbabilidad de su objetivo político se arriesgó con una estrategia electoral considerada imposible hasta la fecha: hacer campaña en los cincuenta estados de la Unión, en lugar de centrarse en los estados clave. Para conseguirlo necesitaba, principalmente, dinero y voluntarios. Como el partido no se los iba a proporcionar decidió buscárselos él. Y acudió a Internet.
Evidentemente, Obama ha sabido desarrollar las posibilidades de Internet que la brillante campaña de Howard Dean había explorado en 20045. E lactual presidente del Partido Demócrata ya había demostrado la eficacia de la web para conseguir tres objetivos fundamentales: recaudar fondos, captar y organizar voluntarios y difundir el propio mensaje. Los responsables de la campaña de Obama, dirigidos por uno de los fundadores de la red social más extensa del mundo, Facebook, desarrollaron un elemento integrador de toda la estrategia on line de Obama: «mybarackobama.com»6. Bajo la apariencia de una amigable y moderna página Web 2.0, «mybarackobama.com» esconde una red social propia que se relaciona, además, con la mayoría de redes sociales relevantes en los Estados Unidos. Para dinamizarla, Obama contaba con casi trescientas personas7. Esta red social propia ha atraído a dos millones de personas que han querido formar parte de ella.
En esta gigantesca comunidad de simpatizantes se han organizado durante esta campaña 35.000 grupos de voluntarios y 200.000 eventos reales (offline). La ininterrumpida conversación surgida entre ellos y con sus amigos ha generado 400.000 comentarios (posts) de blog. Partiendo de esa red el equipo de campaña de Obama recopiló 13 millones de direcciones de correo electrónico dispuestos a recibir mensajes. Esta impresionante base de datos posibilitó la emisión de 13.000 millones de mensajes de correo electrónico sobre la campaña de Obama. A diferencia de los envíos indiscriminados de publicidad electoral por correo postal, estos mensajes se segmentaban según las características de los destinatarios: domicilio, sexo, edad, ocupación, etc. Además, se enviaron conforme la situación de la campaña lo requería y siempre vinculados a asuntos concretos y con peticiones determinadas. Esta red de simpatizantes se convirtió también en una formidable máquina de captación de donativos. Sólo en la última semana, las páginas web personales de 70.000 simpatizantes recaudaron 30 millones de dólares.
Estamos, sin duda, ante una revolución en la forma de llevar a cabo una campaña electoral. Sin embargo, cabe preguntarse ¿no tuvieron estos instrumentos tecnológicos a su disposición los sucesivos rivales de Obama? En efecto, tanto Hillary Clinton primero como John McCain después, dispusieron de las mismas herramientas: páginas web, correo electrónico, redes sociales, etc8. Parece, entonces, que no es la capacidad tecnológica lo que marca la diferencia sino la manera de utilizar esos mismos recursos. En el fondo, mientras Hillary y McCain utilizaron la Web 2.0 para su campaña política, Barack Obama hizo Política 2.09.
UNA NUEVA FORMA DE HACER POLÍTICA
Hacer Política 2.0 es adaptarse al nuevo ámbito social. Por eso, va mucho más allá de utilizar Internet como un nuevo canal de información e influencia. Incluso trasciende la posibilidad de facilitar la participación de la gente en el propio proyecto a través de mecanismos de la Web 2.0. Hacer Política 2.0 es convertir el proyecto político en un proyecto coprotagonizado por los ciudadanos. En el que ellos son verdaderos agentes de la acción política y no sólo de su difusión. No se trata, por tanto, de la concesión graciosa de un nuevo despotismo digital ilustrado sino de una adaptación a la actual descentralización del poder político. Esta nueva forma de hacer política parte de reconocer que el poder ya no habita sólo en las casas de lujo de las grandes ciudades sino que viaja en cercanías y se mueve por el Metro. Por eso, requiere integrarse en las nuevas redes sociales virtuales.
Este proceso de cambio, para ser verdadero, debe respetar la forma deser y de actuar en la sociedad red. Sólo así las energías de ese nuevo mundovital podrá regenerar el ámbito de la política. De lo contrario, será como asfaltar los caminos de un bosque para convertirlo en un bonito, pero artificial, jardín botánico. Porque, actualmente, existe un desfase enorme entre la capacidad tecnológica y la cultura política. La sociedad red es refractaria, por ejemplo, a proyectos teledirigidos y cerrados donde sólo se pide la opinión. Tampoco acepta mensajes unilaterales que no aceptan el feedback sincero de los receptores. La sociedad red evita los controles y las prohibiciones y tiene otro concepto de la discreción: lo que no quieres que se sepa no lo digas. Es una estructura social donde recibes en la misma medida que das: información, contactos, etc.
Hablar de una nueva forma de hacer política puede parecer un planteamiento utópico o futurista. Pero ya hay una persona que lo ha llevado a la práctica y ahora mismo está sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Y se puede decir que está allí porque cientos de miles de personas se involucraron directamente en su campaña y se sintieron parte de la misma. Como resultado, Obama levantó una estructura más importante que la del propio partido demócrata.
Esa amplia base social y el compromiso de sus partidarios le permitieron recaudar más dinero que Hillary, a pesar de que ella contaba con una gran fortuna personal e inmejorables apoyos entre la clase adinerada americana. Además, cuanto más lejos llegaba el candidato Obama más claro aparecía que eran ellos, los voluntarios y simpatizantes, los que estaban consiguiendo que un desconocido se impusiera al aparato del partido. Por eso, cuando consiguió la nominación como candidato demócrata, Obama se arriesgó a renunciar a la financiación oficial, segura pero sometida a unos límites rígidos. Sabía que su red social podía conseguir romper todos los récords de recaudación de la historia política. En total, se calcula que llegó a recibir más de seiscientos millones de dólares para su campaña electoral. Esta impresionante capacidad económica le sirvió para contratar miles de profesionales que formaran y coordinaran a los voluntarios de cada estado. Sólo en su cuartel general de Chicago, trabajaban casi mil personas. No es de extrañar que algunos analistas políticos hayan destacado que uno de los factores decisivos de la campaña de Obama fue la logística. En cualquier caso, este formidable partido político levantado en pocos meses se puso al servicio de la estrategia política 2.0. En lugar de sustituir a los voluntarios de la primera hora, el papel de los profesionales era potenciar aún más su trabajo y aportar un férreo control del mensaje.
Gracias a las tecnologías de la comunicación, los partidarios de Obama se convirtieron en sus agentes electorales por todo el país10. Simplemente dando el nombre, la dirección de correo electrónico y el código postal en «mybarackobama.com», cualquier persona podía empezar a trabajar para la campaña através de la web, el correo electrónico, los teléfonos móviles, etc. Pero más importante que el aprovechamiento de estos nuevos canales fue la apertura de la producción de contenidos. En esta tarea el recurso a las energías creativas y espontáneas de los simpatizantes también desbordó todas las previsiones11. En medio de esta explosión de creatividad, la campaña de Obama practicó escrupulosamente la disciplina del mensaje. Para conseguirlo, los ejes temáticos y los mensajes eran siempre muy claros y accesibles, pero siempre los mismos. La sencillez de los mensajes permitió la máxima flexibilidad para que cada voluntario los pudiera adaptar a diversos públicos, soportes, etc. El último paso en esta estrategia viral consistió en convertir a los propios miembros de la red en controladores del mensaje cuando arreciaron los ataques desde la campaña republicana. Mediante la iniciativa «Fight the Smears»12 («combate los rumores») se pidió a los voluntarios que denunciaran todas las acusaciones publicadas sobre Obama en cualquier medio de comunicación. Para ello tenían a su disposición las explicaciones defensivas de la campaña y la posibilidad de preguntar si surgían nuevos temas polémicos.
Pero no todo es comunicación viral en la Política 2.0. La potencialidad difusora de las redes sociales debe combinarse con la capacidad de plasmarse en acciones reales de ámbito local. Es indudable que uno de los aspectos más fascinantes de Internet es su capacidad para trascender las fronteras geográficas y generar nuevas comunidades basadas en intereses comunes más que en la proximidad física. Pero las personas solemos usar más la tecnología para mejorar nuestra vida diaria que para sustituirla. Y no hay que olvidar nunca que las elecciones no se ganan en el mundo virtual, sino en el mundo real. Al final todos votamos en los lugares donde vivimos e influidos por el ambiente donde nos desenvolvemos. Por eso, una estrategia viral debe terminar en acciones locales: reuniones, fiestas, mítines, etc. Es aquí donde resulta clave la logística en red de la campaña. A través de la tecnología Obama pudo alimentar de mensajes y recursos publicitarios a los simpatizantes, pero sobre todo les mantuvo animados en todo momento a tener iniciativas y comunicárselas al resto de la red. De esta forma, a cada simpatizante le llegaban las actividades que se iban a celebrar cerca de su domicilio, sobre cuestiones que por su perfil le podían interesar, etc. Esta permanente comunicación sirvió también para crear un efecto imitación de los seguidores entre sí que multiplicó cada una de las iniciativas: charlas en el propio domicilio, encuentros para ver los debates televisados con amigos y vecinos, etc.
¿UNA NUEVA FORMA DE GOBIERNO?
¿Dónde está, entonces, la novedad del liderazgo político de Obama? Más allá de tipologías y de mitos su originalidad consiste en haber encabezado un verdadero movimiento social. Por primera vez, un político ha sabido conectar con el zeitgeist del siglo XXI para presentarse como un catalizador de las iniciativas individuales. Así lo explicó el propio Obama en el discurso más decisivo de toda su campaña, el día que Hillary Clinton ganó ajustadamente las primarias de New Hampshire. En la noche del 8 de enero de 2008, las palabras de Obama transformaron la dulce derrota en una alegre victoria y lanzaron un grito que recorrió el mundo: «Yes, we can!». Hay quien ha querido ver en este eslogan una suerte de palabras mágicas. Pero no resulta muy original, ni siquiera especialmente logrado. La fuerza de esa frase hay que buscarla en la idea que lo alimenta: «La razón de nuestra campaña ha sido siempre diferente; la razón por la cual hemos emprendido este viaje improbable hace casi un año es porque no se trata sólo de qué voy a hacer como presidente; se trata también de qué vais a hacer vosotros: la gente que ama este país, los ciudadanos de los Estados Unidos de América pueden hacer el cambio. Esto es de lo que se trata en esta elección». Este mensaje, de evidentes raíces kennedyanas, anuncia un nuevo modelo de liderazgo político.
La conversión de ese liderazgo político en una acción de gobierno es uno de los principales desafíos con los que se enfrenta el nuevo presidente americano. Hasta ahora ha seguido fiel a su estilo consiguiendo involucrar a los ciudadanos en la transición mediante una nueva plataforma www.change.gov. Sin embargo, esta nueva web es mucho más informativa que participativa. Evidentemente el gobierno tiene una legitimidad de ejercicio que no admite el mismo grado de descentralización que una campaña electoral. ¿Cómo encauzar, por tanto, las energías de los cientos de miles de simpatizantes que le han llevado a la Casa Blanca?
Una primera respuesta se ofreció pocos días antes de su toma de posesión. A través de un vídeo, el todavía presidente electo anunciaba a los miembros de su red de simpatizantes la puesta en marcha de una nueva iniciativa: Organizing for America13. A falta de ulteriores concreciones, parece el intento de retomar una vieja idea -el voluntariado cívico- aprovechando los nuevos canales de la Web 2.0. En sus propias palabras, «vosotros habéis construido el más grande movimiento social en la historia y habéis determinado el futuro de este país. Y el movimiento que habéis construido es demasiado importante para que se detenga ahora». El objetivo es que los miembros de su red contribuyan a organizar un tejido de iniciativas cívicas que lleve a la práctica en su ámbito las orientaciones políticas del presidente Obama: «Como presidente, necesitaré la ayuda de todos los americanos para afrontar los desafíos que tengo por delante. Por esto es por lo que pido a personas como tú que han luchado por el cambio durante la campaña que continúen luchando por el cambio en su comunidad».
Una vez más, se trata de una propuesta de Política 2.0 en la que la tecnología es una condición necesaria pero no suficiente. Lo más importante es la propuesta que la sustenta que se puede concretar en la misión anunciada en su discurso de toma de posesión: «El espíritu del servicio, la disposición a encontrar significado a algo más grande que vosotros mismos. Y es en este momento, un momento que definirá una generación, cuando este espíritu debe englobarnos a todos».
Tenemos por delante cuatro apasionantes años para comprobar si es posible un gobierno con los ciudadanos y no sólo para los ciudadanos.
NOTAS
1· Pilar Diezhandino (dir.), Periodismo en la Era de Internet, Fundación Telefónica-Ed. Ariel, 2007.
2· Shanto Yyengar y Jennifer A. McGrady, Media Politics, W.W. Norton & Company, NuevaYork, 2007.
3· «Por hacerte con las riendas de los medios a escala global, por fundar y estructurar la nueva democracia digital, por trabajar a cambio de nada y ganar a los profesionales en su propio juego, el personaje del año 2006 eres tú». Time, 23.XII.2006.
4· Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Taurus, Madrid, 2001, p. 393.
5· Joe Trippi, The Revolution Will Not Be Televised, ReganBooks, 2004.
6· www.mybarackobama.com.
7· www.ethepeople.com.
8· Ben Adler, Can McCain compete with Obama online?, www.politico.com, 15.VI.
9· El origen del término es discutido, pero parece que se acuñó en el blog Mother Jones: http://www.motherjones.com/news/feature/2007/07/fight_different.html
10· Antonio Gutiérrez Rubí, «El nacimiento del ciberactivismo político», El País, 22.VI.2008, p.39.
11· La primera sorpresa llegó con un videoclip musical protagonizado por la autodenominada Obama Girl, titulado «I’ve got a crush on Obama» («Estoy loca por Obama»), que atrajo la atención de los medios, lo que provocó una multiplicación de los visionados en la web. La combinación de medios on line y off line proporcionó una primera dosis de notoriedad al candidato. Pero la creación que marcará la historia de la comunicación política vino de la mano de un grupo de artistas -cantantes y actores, principalmente- que puso música a las palabras de Obama en el discurso de New Hampshire. Gracias a este vídeo, visto por millones ºde personas, el lema «Yes, we can!» caló en la opinión pública y atravesó incluso las fronteras americanas. Desde ese momento, se sucedieron los videoclips musicales y los vídeos caseros apoyando la candidatura de Obama. Las energías creativas espontáneas no se limitaron al formato audiovisual: grafitis por las calles, montajes fotográficos del rostro de Lincoln con los rasgos de Obama, cuadros al estilo Warhol, pósters con estética alternativa de los años setenta, pegatinas con lemas originales («It’s your mamma for Obama?»), etc., inundaron las calles de las ciudades estadounidenses.
12· http://www.fightthesmears.com.
13· http://my.barackobama.com/page/invite/thefuture.
En 2004, el primer canal de TVE perdió el liderazgo de la audiencia en España. Tras casi medio siglo de vida, la televisión pública cedía esa privilegiada posición a un canal privado. Carmen Caffarel, entonces directora general del ente público, tuvo que acudir a una comisión del Senado para explicar por qué La Primera de TVE ya no era la opción preferida por los ciudadanos españoles, pese a contar con más recursos que sus competidores. «Ahora -explicó Caffarel a los miembros de la comisión- no es posible ser líder en audiencia y en calidad»; la directora general justificó la estrategia de programación de TVE: la decidida apuesta por la calidad del ente público había ocasionado la pérdida de varios puntos de su cuota de mercado.
Pocos meses más tarde, la profesora Costera Meijer publicaba un artículo en el prestigioso European Journal of Communication referido a la crisis económica de varias televisiones públicas del Viejo Continente. Ese texto, titulado Ratings vs Quality in Public Broadcasting, comenzaba con una pregunta retórica: «¿Deben prestar las televisiones públicas más atención a los ratings, pese a que esa decisión supondría inevitablemente un descenso de la calidad?». Costa Meijer concluía -obviamente- que no valía la pena deteriorar la calidad de la programación para atraer a más espectadores.
El diario El Mundo compartía esta misma idea de fondo, cuando valoraba el fichaje de Jesús Quintero por La Primera de TVE en enero de 2006. En uno de sus cuadratines editoriales de la página dos, afirmaba: la incorporación del Loco de la Colina es «un acierto de la pública, que abandona la obsesión de las audiencias y opta por la calidad».
La tesis compartida por Caffarel, Costera Meijer y el editorialista de El Mundo -la incompatibilidad entre calidad y éxito en el mercado de la comunicación- goza de gran popularidad, no sólo en ámbitos académicos y periodísticos; por ejemplo, en octubre de 2006, Antena 3 decidió retirar de su parrilla una serie recién estrenada –Ellas y el sexo débil-, porque el segundo capítulo sólo había obtenido un 6,3% de cuota de audiencia, poco más de la tercera parte de la media de la cadena. Ante esa decisión del equipo directivo de Antena 3, Ana García Obregón, protagonista de la serie, explicaba en una rueda de prensa la causa principal del fracaso: «Busco la calidad de un producto, no su audiencia». Es decir, si hubiese querido más audiencia, habría hecho una serie de menor calidad, pero Ellas y el sexo débil era un producto tan bueno que casi nadie quería verlo.
Es interesante analizar el contraste entre las percepciones dominantes en el sector de la comunicación y en cualquier otro ámbito comercial: en la industria de la comunicación -y, de modo particular en la ficción audiovisual- parece que la calidad dificulta el éxito; en cambio, en los demás sectores existe la convicción de que la calidad es un requisito indispensable para sobrevivir en el mercado.
Como explica Phil Bowden, el consumo tiende a crecer cuando el público percibe que la calidad de la oferta es alta; sólo se adquieren productos de menor calidad cuando su precio es inferior. Para el público, la oferta mejor se caracteriza por alta calidad y bajo precio; en cambio, las empresas preferirían vender productos y servicios de baja calidad -y, por tanto, de bajo coste- a un precio muy elevado. Al final, oferta y demanda se encuentran en la zona de valor razonable: se venden productos a) caros y buenos, o b) de calidad y precio intermedios, o c) baratos y de baja calidad.
CALIDAD Y PRECIO: MAPA DE VALOR DE LOS CONSUMIDORES
Si aplicamos este esquema al sector de la televisión comercial, tenemos que eliminar la variable precio, porque el consumo es gratuito; por tanto, la oferta y la demanda se encuentran siempre en la parte inferior del cuadro: el público elige programas de calidad inferior, media o superior, siempre a un precio cero. Si el mercado de la televisión se rigiese por las mismas claves que los demás sectores comerciales, no habría lugar para ofertas de baja calidad, porque los operadores no pueden emplear el precio como herramienta de marketing y, por tanto, sólo tendrían éxito los productos de calidad superior.
CALIDAD Y CULTURA
En buena medida, la confusión anterior -considerar que, en el ámbito de la comunicación, la relación entre calidad y éxito es la contraria a los demás sectores comerciales- proviene de identificar la calidad con el cumplimiento de la misión de servicio público, con los productos de altas exigencias culturales, con contenidos de interés para públicos minoritarios, que complementan las ofertas dominantes-. Probablemente no se pueda conseguir el liderazgo en la audiencia con una programación basada en contenidos culturales, educativos e informativos, porque -en horas de máxima audiencia- los ciudadanos desean descansar, entretenerse, evadirse de sus rutinas cotidianas y olvidar sus problemas después de una jornada de trabajo; por tanto, un buen modo de adecuarse a esas demandas consiste en programar entretenimiento de calidad. Tal vez la televisión pública deba ofrecer un contenido alternativo, que justifique la ayuda directa o indirecta que recibe de los contribuyentes, pero la apuesta por el entretenimiento no puede ser considerada de modo genérico como una renuncia a la calidad.
Algunos autores consideran que la mayor parte del público tiene mal gusto, por lo que la creciente orientación comercial de los medios -cada vez más regulados por el mercado y menos por el Estado- favorece el descenso de la calidad. De acuerdo con esta perspectiva, los ciudadanos sabrían distinguir entre ofertas de alta y baja calidad cuando adquieren alimentos, ropa, ordenadores, casas, coches, perfumes o planes de vacaciones, y sólo elegirían ofertas de baja calidad en razón del precio; en cambio, las mismas personas se equivocarían de modo sistemático al decidir qué programa de televisión ven, qué emisora de radio escuchan y qué publicaciones leen.
Ciertamente, para apreciar lo más sublime se requiere formación previa, educación adecuada, hábitos intelectuales basados en el consumo de productos intangibles de alta calidad: quien no ha escuchado nunca música clásica ni ha leído buena literatura, probablemente se aburra al escuchar el Requiem de Mozart o al leer una tragedia de Shakespeare.
Sin embargo, en el terreno de la comunicación, el consumo de productos de baja calidad suele obedecer más a un problema de oferta que a deficiencias formativas del público. Es decir, en situaciones de oligopolio, como la que ha caracterizado hasta ahora a la televisión en Europa, lo más rentable para las empresas ha sido ofrecer productos que generaban un nivel de satisfacción bajo, pero que gustaban lo suficiente para alcanzar altas cuotas de audiencia: esa era la elección más rentable para las cadenas; la falta de competencia suponía un escaso estímulo para innovar y para adecuarse mejor a los gustos de la audiencia. Por ese motivo, con frecuencia los ciudadanos han tenido que elegir entre unas pocas ofertas de características muy similares.
En cambio, en mercados con mayor concurrencia de ofertas no parece que se confirme la tesis del mal gusto dominante del público. Por ejemplo, la revista Variety publicaba hace meses la lista de las películas más taquilleras de la historia. Ese semanario analizaba la recaudación obtenida en las salas de exhibición de Estados Unidos. Las veinte primeras eran las siguientes:
| · Titanic | · El señor de los anillos: las dos torres |
| · La guerra de las galaxias | · Buscando a Nemo |
| · Shrek 2 | · Forrest Gump |
| · E T | · El rey León |
| · La guerra de las galaxias: la amenaza fantasma | · Harry Potter |
| · Spiderman | · El señor de los anillos: la comunidad del anillo |
| · El señor de los anillos: el retorno del rey | · La guerra de las galaxias II: El retorno del Jedi |
| · Spiderman II | · Independence day |
| · La Pasión | · Piratas del Caribe |
| · Parque Jurásico |
A la luz de estos títulos, no parece que la mayoría de los ciudadanos esté particularmente interesada por los contenidos sensacionalistas, violentos o deshumanizadores.
Tanto la regulación como la tecnología están incrementando la intensidad de la competencia en los mercados: como sucede en la industria del cine, los espectadores pueden elegir entre un gran número de ofertas muy variadas; cada vez quedan menos situaciones de oligopolio en los sectores de la información y del entretenimiento; en ese contexto, es probable que e lpúblico rechace el menú del día y prefiera comer a la carta; dicho de otro modo, será más frecuente que para alcanzar el éxito no sea tan útil gustar poco a muchos como gustar mucho a pocos.
TRIPLE PERSPECTIVA
La capacidad de permanecer en el mercado de una compañía depende en buena parte de su predisposición a escuchar al público, entender sus necesidades, descubrir los mecanismos que determinan sus decisiones de consumo y distinguir las demandas efímeras de las que son más duraderas. Ese análisis debe realizarse de modo pormenorizado, distinguiendo grupos -o targets– que se diferencian por diversas variables: edad, sexo, características étnicas, nivel de renta, preferencias políticas y culturales, etc.
Ese aspecto es necesario, pero no suficiente para ofrecer productos y servicios de gran calidad. Además de la perspectiva subjetiva -la adecuación a las demandas del público-, es necesario contemplar la perspectiva objetiva y la perspectiva de identidad. El aspecto objetivo se concreta en unos estándares éticos, técnicos y estéticos, que varían en función del tipo de oferta: informativa o de entretenimiento; impresa, audiovisual o de radiodifusión sonora; etc. Y el criterio de identidad obliga a la coherencia con los propios principios corporativos, que dan sentido a la actividad empresarial y permiten construir marcas reconocibles en el mercado.
Cuando se olvidan los criterios objetivos y de identidad, las empresas se limitan a seguir al público; y, de modo paradójico, esa actitud implica un riesgo grande de fracaso: el público puede ser errático y caprichoso, pero no tolera que quienes elaboran las ofertas se comporten con esa falta de consistencia. El equilibrio entre las tres perspectivas implica acercar los contenidos a las demandas del público y acercar los gustos del público a los estándares profesionales y a los valores de quien elabora la oferta.
El hábito se produce con el consumo muchas veces repetido. Al principio, se puede probar algo por curiosidad, por la eficacia de una campaña publicitaria o porque no hay una alternativa más atractiva en el mercado.Para que esa aceptación inicial de la oferta se consolide, debe ser capaz de modificar los gustos del público: sólo si lo «educa», si hace que se sienta cómodo en ese escenario y con esa marca, la empresa construye una barrera de entrada que fortalece su posición en el mercado.
Ciudadanos de todo el mundo conocen bien las claves de interpretación del western: el espíritu de aventura de los vaqueros, las ansias de libertad en un territorio desconocido, y el salvajismo de algunos indios, pero también las injusticias que cometen con ellos los más poderosos invasores del este. Hombres y mujeres de culturas muy variadas se sienten cercanos a otros géneros -los musicales, las comedias románticas, los thrillers o las historias bélicas, de terror o de aventuras- y a las estructuras narrativas clásicas del cine de Hollywood; esa proximidad afecta también a los actores y actrices más populares: casi de modo universal, John Wayne representa el honor, Katharine Hepburns ignifica la rebeldía, Humphrey Bogart personifica el desdén, Marilyn Monroe simboliza la provocación y Audrey Hepburn es la imagen del candor y la delicadeza. Como ellos y otros muchos actores y actrices, columnistas de diarios y revistas, presentadores de televisión y periodistas «estrellas» de radio, se han convertido en marcas muy reconocibles, identificadas con determinados estilos, preferencias políticas y modos de enfocar la actualidad.
El esfuerzo necesario para generar o modificar hábitos de consumo depende de la naturaleza del mensaje: algunos contenidos sólo pueden ser apreciados por quienes poseen una sensibilidad y una cultura suficientes, con las que nadie nace, sino que adquiere y cultiva con más o menos esfuerzo.
Las buenas empresas de comunicación conocen bien las relaciones entre aceptación de la oferta, generación de hábitos de consumo y capacidad de superar a los competidores; la mera adecuación a las demandas produce un efecto inmediato positivo en el consumo y es relativamente fácil de conseguir: se basa sólo en medir y ajustar; en cambio, para modificar los gustos y el comportamiento del público se necesita paciencia y talento. Muchos cambios de nivel requieren un plano inclinado. Para un lector, por ejemplo, muy probablemente resultará excesivamente brusco un salto sin pasos intermedios del cómic infantil a la poesía surrealista: no entenderá las metáforas herméticas, le desconcertará el verso libre y le aburrirán las imágenes cósmicas.
En el fondo, cualquier cambio vital de cierta envergadura requiere una transición adecuada; sucede así hasta en las aficiones y en los deportes: si a una persona que nunca ha esquiado, un día un amigo experto le equipa de modo conveniente, le acompaña a lo más alto de una pista difícil, y allí le da un suave empujón a la vez que le anima a disfrutar del descenso, como poco, le disuadirá para siempre de practicar ese deporte; y, en el peor de los casos, tendrá que llevarle con urgencia al hospital.
REQUISITOS DE LA CALIDAD
En cualquier mercado, la calidad de los medios de comunicación depende de factores muy variados: las características del público, las decisiones de los reguladores, la intensidad de la competencia y el modo de competir de las empresas. En este último aspecto, los directivos se plantean dos opciones extremas, con una amplia gama de posibilidades intermedias: a) satisfacer lo mejor posible las demandas del público elegido; b) buscar la adecuación más rentable, es decir, la mejor relación entre inversión en calidad e ingresos previsibles.
La primera posibilidad suele ser inviable, porque los lectores, oyentes o espectadores siempre podrían descubrir posibles mejoras en la oferta, y el gasto ocasionado por satisfacer esas nuevas demandas no generaría un incremento suficiente del consumo o del precio de venta: ninguna empresa trata de ofrecer la máxima calidad posible porque esa decisión equivaldría a arruinarse.
El riesgo de elegir el grado de calidad más rentable proviene de la posible reacción de los competidores. Por tanto, cuando los directivos determinan en qué lugar del arco quieren situar a sus compañías -cerca de la máxima satisfacción del público o próximas a la máxima rentabilidad posible-deben considerar los efectos a corto y a largo plazo de esa decisión estratégica. Una vez más, el acierto consiste en encontrar el equilibrio apropiado entre beneficios y seguridad o -expresado de otro modo- entre el presente y el futuro de la empresa.
El estilo y las prioridades de cada compañía dependen en gran parte del propósito vital de sus directivos. Cuando durante mucho tiempo las decisiones toman un mismo cariz y son coherentes con unos principios o valores, ese modo de actuar acaba configurando la cultura corporativa: la forma de tratar a los empleados; el interés por escuchar a los ciudadanos; el compromiso con los problemas de la comunidad; la determinación de no negociar con la verdad; el respeto a la intimidad de las personas; el equilibrio entre calidad y costes; la aceptación o no de contenidos sensacionalistas, zafios o que inciten a comportamientos violentos, como instrumentos para captar la atención del público.
La apuesta por la calidad obliga a situar a los ciudadanos en el eje de las decisiones referidas a los contenidos informativos y de entretenimiento. Por tanto, los directivos deben disminuir el peso de las injerencias de anunciantes, reguladores, accionistas y otras fuentes interesadas; con todo, el público es siempre rey, pero nunca dictador: ni siquiera los lectores, oyentes y espectadores están por encima de las leyes.
Entrenar para lograr la excelenciaReseña de «Los contenidos de los medios de comunicación», de Alfonso Sánchez-Tabernero (Ediciones Deusto, Barcelona, 288 páginas) Por SANTIAGO GÓMEZ AMIGO, doctor en Comunicación
En tiempos de crisis económica, como los actuales, el sector de los medios de comunicación es uno de los que se ve más profundamente afectado por la caída de los ingresos publicitarios y la reducción de la venta de ejemplares. La publicidad, la información y el entretenimiento son las primeras partidas de las que se puede prescindir en tiempos de recesión, tanto para las empresas como para los ciudadanos. |