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Los estudios de historia religiosa están mucho más desarrollados en otros países —Francia, Italia, Alemania, Estados Unidos— que en España. Por eso son interesantes libros como éste, que se inserta precisamente en ese campo histórico. Ha sido inicialmente la tesis doctoral en historia del autor, doctor también en teología, investigador en la Universidad de Navarra y especialista —incipiente aún— en la vida religiosa de principios del siglo XX en España. Son credenciales suficientes para esperar un trabajo sólido y objetivo. Sólido, ya que está basado en una amplia documentación de archivos, desde el Vaticano a la diócesis de Madrid, y objetivo, ya que, en gran medida, nos da datos sobre número, condición, trabajos, sueldos, vivienda, etc., de los sacerdotes madrileños durante la II República.
Está dividido en cuatro capítulos. En primero analiza el grupo, es decir, cuántos había, cómo se llega a ser sacerdote, cómo era la carrera sacerdotal, cuánto ganaban y qué nivel de vida tenían. En el segundo se ve cómo se insertaban en la vida madrileña. Se da una visión de la geografía del Madrid republicano y en él se rastrea dónde vivían o se concentraban y dónde actuaban pastoral o educativamente.
Hasta aquí la primera parte, que podríamos considerar como una foto fija del clero madrileño. En la segunda —capítulos tres y cuatro— se pone en movimiento, cada vez a más velocidad. En el capítulo tercero se estudia la vida política del clero en la II República, sus posiciones políticas y su reacción ante las leyes republicanas que les afectaban directamente. El último capítulo presenta la situación en la calle, es decir, el anticlericalismo creciente del tiempo republicano, que se notó de una manera muy fuerte en Madrid. Y ahí el autor da ya títulos de impacto en los distintos apartados, como «Una primavera trepidante » o «Caída en el abismo» sobre los momentos previos a la Guerra Civil.
El autor hace un trabajo muy minucioso de reconstrucción del grupo a través de los expedientes personales del archivo diocesano, de lectura de la prensa de la época, de testimonios y de entrevistas a sacerdotes que vivieron, muy jóvenes, la llegada de la República. Con todo ello construye lo que él mismo llama una biografía colectiva del clero matritense, de esos 600 religiosos y 1.100 diocesanos —casi la mitad de fuera de la capital— que componían el clero madrileño.
Aunque no es una historia del clero en la República, sino centrado en Madrid, el libro puede servir a lectores variados. Al aficionado a lo matritense le da datos curiosos sobre instituciones peculiares, como el clero palatino o los reales patronatos. Al especialista en historia contemporánea le aporta datos imprescindibles para la visión de conjunto. Al interesado en historia general le da una visión de lo que fue la República, a partir de un grupo esencial en la tempestuosa vida de la República, mostrando una realidad muy variada, más allá del estereotipo, en un texto que se lee agradablemente, siendo menos árida, lógicamente, la segunda parte, que muestra el desarrollo de los acontecimientos entre 1931 y 1936.
Más de nueve años han pasado desde el atentado de la Torres Gemelas de Nueva York . Más del doble nos separa ya de la caída del Muro de Berlín. Entre tanto, desde finales de 2008 estamos inmersos en una crisis económica y financiera de resultados todavía inciertos. Aunque de signo diverso, y por razones diferentes, cada uno de estos acontecimientos ha tenido la fuerza de un inicio, arrojándonos a situaciones inéditas en las que todavía nos cuesta trabajo orientarnos. Más allá de su significado específico, bajo su trasfondo se perfila lo que finalmente se ha convenido en llamar la postmodernidad, con una serie de cuestiones apremiantes que marcan la vida común. Un arco de problemas inherentes a la aventura humana: van de la sexualidad al matrimonio, a la familia; de la natalidad al aborto; de la muerte a la eutanasia; de la libertad individual al relieve de lo público de las denominadas «visiones del mundo» (sean estas religiosas, agnósticas o ateas); de una concepción de la democracia únicamente vinculada a procedimientos pactados a una, en cambio, que la ancla en presupuestos irrenunciables; de la identidad de los sujetos comunitarios al proceso de «mestizaje de civilización y cultura»; del puesto de trabajo, del capital o del lucro a las urgencias de un desarrollo planetario integral; del naturalismo o del reduccionismo científico al reconocimiento de la irreductible responsabilidad espiritual y moral del hombre; de la libertad de la opinión pública al dominio de la civilización de las redes; de la relación con la creación a los presuntos «derechos de los animales»; de la neutralidad del Estado al reconocimiento de una esfera pública con calificación religiosa…, y el elenco podría aún continuar largamente.
Una pregunta sintetiza esta serie, aparentemente tan dispar, de cuestiones: ¿qué quiere ser el hombre del tercer milenio? En efecto, si hasta la caída de los muros, cuando se ha gastado la dialéctica ideológica del siglo XX, hemos asistido a una controversia sobre lo humano (la expresión es de Juan Pablo II) en la cual el objeto del debate era aún identificable, hoy nos encontramos en cambio frente a un fuerte desconcierto a la hora de escoger qué sea el hombre en sí mismo. Dos son los caminos en los que se busca una respuesta. En el primero, el hombre quiere ser solamente su propio experimento. En este caso, la muerte del sujeto de la que hablaba Nietzsche deja de hecho el puesto al surgimiento de un sujeto tecnocrático colectivo del cual el hombre singular se convierte en pura prótesis y las relaciones asumen un mero carácter funcional y utilitario.
El segundo camino apuesta con fuerza por el carácter relacional del yo. Al crecer en la lógica del reconocimiento recíproco, el hombre persigue un desarrollo equilibrado de la propia persona. Es una camino que tiene en cuenta un dato estructural de lo humano. Nos referimos al hecho de que desde el nacimiento el sujeto se encuentra inmerso en una trama de relaciones con las personas (padres, hermanos, abuelos) y las cosas más cercanas a él, a través de las cuales comienza a tener experiencia del bien al que está destinado para ser feliz. En esta perspectiva, la familia, fundada en el matrimonio entre el hombre y la mujer, es verdaderamente célula fundamental de la sociedad. En todos los ámbitos de la existencia, del estudio al trabajo o al descanso, está en último término en juego esta dimensión constitutiva.
Esto no significa obviamente desconocer la afirmación de H. Jonas (El principio de responsabilidad): «El propio hombre se ha convertido en uno de los objetos de la técnica. El homo faber dirige hacia sí mismo la propia capacidad técnica y se apresta a reproyectarse con ingeniosidad como inventor y artífice de todo lo demás. Este perfeccionamiento de su poder, que bien puede preanunciar la superación del hombre, esta imposición última de la técnica sobre la naturaleza, lanza un desafío extremo al pensamiento ético que, nunca antes de ahora, se había encontrado con la necesidad de tomar en consideración la elección de alternativas a los datos de la condición humana que eran considerados definitivos». Quiere decir más bien no olvidar lo que con lucidez profética escribía en 1951 Romano Guardini (El poder): «Cuando la acción no se sustenta ya en la conciencia personal, un vacío singular se instala en el que obra. No tiene ya la sensación de ser él a la hora de obrar, sino la sensación de que la acción comienza en él y que él, por tanto, no es responsable. Parece que él no exista ya en cuanto sujeto y que la acción pase simplemente a través de él, simple eslabón de una cadena».
Pues bien, la religión no solamente reconoce el carácter decisivo del yo-en-relación, sino que lo inscribe en el mismo origen de la persona humana y de su relación con Dios. Por eso, cuando en su expresión pública cruza, sin indebidas superposiciones, la sociedad civil, se ve impelida a decir su palabra sobre temas decisivos para la convivencia humana como, entre otros, la política y la economía.
La religión está, en efecto, en condiciones de poner sobre el tapete temas, personales y comunitarios, disponibles para ser comunicados y comprometidos en mostrar razones válidas de una adecuada experiencia humana. Así, su presencia en el espacio público no es una intromisión injustificada, sino un recurso útil para mostrar a todos cuánta necesidad tiene nuestra sociedad plural de relaciones buenas y de prácticas virtuosas.
Un hombre sabedor de que el mundo y no solo el templo es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando con plena libertad sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.
Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical que ha de llevar a tres conclusiones:
1. A ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal.
2. A ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen en materias opinables soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene.
3. A ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas.
Se ve claro que, en este terreno como en todos, no podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad que os reconocen a la vez la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios. La libertad personal es esencial en la vida cristiana. Pero no olvidéis, hijos míos, que hablo siempre de una libertad responsable.
Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis ¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde. Y esta cristiana mentalidad laical os permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo, lo diré de un modo positivo, os hará convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social.
(fragmento correspondiente a las páginas 23-25 de la edición conmemorativa del XL Aniversario, Madrid, Rialp, 2007).

Hace más de medio siglo, en 1958, compartimos Javier Rupérez y yo el primer día (y después cinco años más) de nuestros estudios universitarios en Madrid. En 1965 hicimos juntos las oposiciones a ingreso en la Carrera Diplomática y en 1966 compartimos nuestro primer despacho en el Ministerio de Asuntos Exteriores, junto con José Luis Vázquez Dodero, excelente ensayista y periodista muy conservador, que miraba con bondadosa indulgencia a aquellos dos jóvenes semiprogres que Rupérez y yo éramos a sus ojos. En la Dirección General de Relaciones Culturales de aquel entonces coexistían diplomáticos de muy diversas tendencias, desde el director general, Alfonso de la Serna, hasta los dos Gonzalos, el rojo y el azul, Gonzalo Puente Ojea y Gonzalo Fernández de la Mora. Todos ellos nos trataron con compañerismo bien liberal. Y si en esa época remota de nuestras vidas nos hubieran dicho cómo iban a ser nuestras respectivas existencias individuales y, más importante, el curso histórico de nuestro país, nos habrían sorprendido mucho ciertas cosas y nada otras. Siempre es así, supongo.
Javier Rupérez se ha jubilado hace un par de meses (como funcionario, ojalá no de su vida pública) y este libro recoge su embajada en Washington entre 2000 y 2004 a la vez con precisión y con humor, con datos objetivos y emociones personales. Siempre fue aficionado a leer y a escribir —este es sus octavo libro— y siempre supo expresarse con claridad y pulcritud, insólitas en nuestros políticos y funcionarios modernos. Esta Memoria de Washington está construida —acertadamente— de acuerdo con las reglas tradicionales de los despachos diplomáticos, o más bien de las cartas de los embajadores al ministro, antes de que las constantes filtraciones entorpeciesen la labor informativa y, de paso, el estilo literario de los profesionales. A esas reglas —orden cronológico en los hechos y orden lógico en su interpretación, franqueza templada si es menester por la prudencia— añade las de un juego melódico. Cada capítulo tiene un título descriptivo precedido de una calificación musical, empezando por el Capítulo 1: Introducción y rondó caprichoso: el retorno a la diplomacia y terminando con el Capítulo 21: Finale ma non troppo: de Washington a Nueva York.
Entre ambos, Rupérez describe con lucidez no exenta de ironía a veces y otras de melancolía, o tristeza o incluso ira, los acontecimientos históricos —o de la vida diaria de una embajada— de los que fue testigo o actor. En llegando aquí hay que recordar que la diferencia esencial entre una tragedia y una novela policíaca es que en la primera el público sabe muy bien lo que va a ocurrir y es esa inevitabilidad del desenlace conocido lo que le produce horror, mientras que en la segunda la oscura incertidumbre produce mera curiosidad. Y quién podría sentir mejor el lado trágico de la matanza terrorista de Madrid, en el 11 de marzo del 2004, que Javier Rupérez, víctima en 1979 de un secuestro de la ETA.
Por eso escribe: «El lunes 15 de marzo organicé en la Catedral católica de San Mateo un funeral por las víctimas del atentado […]. Y no encontré mejor manera para reflejar mis sentimientos que inspirar [sus palabras] en la desolación del Salmo: De profundis clamavi ad te, Domine […] Dije lo que quería decir […] que la dignidad de la persona humana era imprescriptible y la mejor manera de hacerla respetar consistía en la práctica de la democracia». Pero también el embajador de España pide a Dios «fortaleza para todos los pueblos de la tierra que sufren el azote del terrorismo, para que nunca piensen que cediendo pueden acabar con la bestia».
(Al leer lo que antecede recordé que precisamente ese 15 de marzo del 2004 también a mí me tocó presidir un funeral por las víctimas de la barbarie, en la catedral católica de Westminster, en Londres. También me ofrecieron escoger un texto bíblico y leerlo. También opté por los Salmos pero no el De profundis, que es el 130, sino el 58 («Oh Dios, quiebra sus dientes en sus bocas») y el 59 («y tú, Señor Dios de los Ejércitos, no tengas misericordia de todos los que se rebelan con iniquidad… No los mates, para que mi pueblo no se olvide… Vuelvan a la tarde y ladren como perros y rodeen la ciudad»). Hay días en que los embajadores, estén donde estén, no están para eufemismos.)
Ya al final del libro y después de lo relacionado con la tragedia del 11 de marzo del 2004, en esta Memoria de Washington comienzan a aflorar las miserias y ruindades de políticos y periodistas. A ese respecto, el penúltimo capítulo (Sonata disonante: España cambia de rumbo) no tiene desperdicio. El autor hace acopio de paciencia, y quizá de desprecio; ya lo dijo Chateaubriand, «hay tiempos en los que no se debe gastar el desprecio más que con parsimonia, de tantos necesitados como hay». Describe con frialdad exasperada la retirada de las tropas españolas de Irak, empezando con la visita de José Bono, que todavía no era ministro de Defensa, a Washington para entrevistarse con Donald Rumsfeld, el 5 de abril del 2004. Al parecer le hizo promesas que luego no fueron cumplidas cuando el 18 de abril el nuevo presidente del Gobierno, Sr. Rodríguez Zapatero, anunció que la retirada tendría lugar de manera inmediata. Así empezó la glaciación de las relaciones hispano-norteamericanas: por la forma tanto como por el fondo. En palabras de Javier Rupérez, «las excelentes relaciones que José María Aznar había sabido trabajosamente desarrollar con los Estados Unidos, y que recibían los parabienes de tirios y troyanos en aquel lado del Atlántico, fueron literalmente deshechas en los quince minutos que Zapatero empleó para anunciar la inmediata retirada de las tropas españolas de Irak».
Todo el mundo tiene, según Warhol, quince minutos de fama en su vida. Triste fama será la del Sr. Rodríguez Zapatero si queda centrada en esa aparición como oráculo fallido. Y bueno será, al escribir la historia de este comienzo de siglo, tener en cuenta el testimonio esclarecedor de Javier Rupérez.
Hace tiempo estuvo muy de moda una afirmación de Carlyle según la cual la historia es la biografía de los grandes hombres. El libro que comento es la biografía de un personaje decisivo, de alguien que encarnó la transición a la democracia y la llevó a buen puerto, pero es, también, un riguroso estudio histórico de una época que resulta esencial para entender el último medio siglo de la historia de España. Una presentación bastante interesada, y un poco necia de la transición nos la dibuja, precisamente, como algo que se hizo al precio de ignorar el pasado, de olvidar la historia. Este libro de Fuentes desmiente esa imagen borrosa, y muestra cómo el empeño de Suárez fue precisamente evitar que hubiéramos de repetir los trágicos momentos de un pasado que él era capaz de revivir en su propia carne. Suárez ignoraba seguramente muchos de los detalles de nuestra dramática peripecia reciente, una anécdota atribuida a Santiago Carrillo nos lo presenta preguntando al líder comunista sobre lo que pasó en la II República con los Estatutos, pero entendía perfectamente qué es lo que había que evitar y cómo había que hacerlo, con decisión, con rapidez y sin miedo.

Una de las grandes paradojas de nuestra transición es que habría de ser un hombre iniciado en la política del tardofranquismo, y sin mayores recursos ideológicos, quien acertara a llevar la nave del Estado desde la Ley orgánica del general Franco hasta la Constitución de 1978, de la ley a la ley y con un altísimo grado de satisfacción de la mayoría de los españoles. Con Suárez se ha producido ya ese efecto del paso del tiempo que tamiza los recuerdos borrando lo efímero y afirmando lo esencial, a lo que, sin duda alguna, ha ayudado el aire de tragedia que ha presidido los últimos años de la vida familiar y personal del primer presidente de la democracia.
Este libro, que bebe en fuentes muy cercanas a Adolfo Suárez, las memorias de Eduardo Navarro custodiadas en el archivo de Jorge Trías, ha sido escrito tras asimilar lo que ya es una enorme producción de libros y trabajos históricos y tras entrevistas con la mayor parte de los testigos de la vida política de Adolfo Suárez. El resultado es un relato apasionante, escrito con enorme agilidad y que nos trae a la memoria un panorama muy completo y bien estructurado de la España contemporánea, entre los años sesenta y la definitiva retirada de Suárez de la vida pública, antes de terminar el siglo.
El relato de Fuentes, que se centra siempre en las acciones e intenciones de su personaje principal, narra de manera muy convincente las distintas etapas de la historia política del periodo. Asistimos al ascenso de Suárez, siempre a caballo entre el Movimiento y los tecnócratas, hasta que traba relación con el entonces Príncipe. Vemos luego una cierta caída en desgracia, de la que se recupera con elegancia y celeridad y que le conduce, finalmente, a la mesa del Consejo de Ministros a la que accedió de tapadillo, dice Fuentes, gracias al apoyo de Fernández Miranda en un momento crucial, en el primer gobierno del Rey.
Suárez mostró tener un instinto político descomunal para llegar a la cumbre, y una determinación incondicional para cumplir con lo que entendía como su misión histórica. Una vez hecho lo esencial, se convirtió en un estorbo para quienes estaban deseando llegar y perdió, en buena medida, su capacidad de supervivencia, de modo que su declive político comenzó la tarde misma del día en que coronó sus mayores éxitos. Suárez supo cambiar radicalmente las reglas de juego de la política española, pero no supo, o no quiso o no pudo, jugar a fondo con las reglas que él mismo había conseguido establecer. En un régimen político que, para bien o para mal, acabaría siendo lo que se llama un Estado de partidos, Suárez no supo adaptarse, y la UCD murió con él, aunque no, al menos por completo, por su culpa. Su ocaso político fue brusco, inopinado, en cierto modo cruel.
El libro de Fuentes dedica un tercio de sus seiscientas apretadas páginas a los orígenes de la carrera política de su personaje y casi dos tercios a su ocaso, cuyo comienzo sitúa el autor en el momento en que Adolfo Suárez gana, de manera muy personal y sorprendente para sus colaboradores, las segundas elecciones generales en 1979, y lo hace porque entonces comenzó un acoso sistemático e implacable del PSOE, que se sentía traicionado por Suárez, y que culminaría, no sin ayudas tan decisivas como equívocas de todo tipo de personajes del entorno suarista, en la dimisión de 1981, la victoriasocialista de 1982 y la desaparición virtual de una UCD que pudo comprobar que sin Suárez no iba a tener ningún futuro. Después de esa catástrofe continuada de comienzos de los ochenta, la recomposición de la derecha no se completó sino en 1996, quince años después de la emotiva dimisión del político de Cebreros como presidente del gobierno.
El retrato biográfico de Fuentes comienza con un consejo que el político había dado a Luis Herrero, hijo de su protector y amigo Fernando Herrero Tejedor: «La vida siempre te da dos opciones: la cómoda y la difícil. Cuando dudes elige siempre la difícil», y muestra una sincera admiración por un personaje que, sin que quepa desconocer sus carencias, fue evidentemente ejemplar en su valor y patriotismo, y por su fidelidad a una democracia de la que se consideraba históricamente responsable.
Este libro es una lectura muy recomendable para cualquier persona interesada en la historia reciente, pero resulta indispensable para cuantos se dedican a la política, muy especialmente para cuantos se encuentren en una posición ideológicamente afín a la que Suárez siempre defendió, una derecha conservadora que cree en España, en la libertad política, y en el progreso social, pero que tiene que saber que quien gobierna está siempre obligado a escoger, y no siempre puede hacer lo que quisiera. Suárez tuvo que gobernar en momentos de especial dificultad, y eso ha podido desdibujar en ocasiones su perfil político, pero siempre supo ser fiel a sus convicciones, más allá de la pura conveniencia.

Cuatro reconocidos intelectuales dialogaron en 2009 sobre el papel de la religión en la esfera pública. El encuentro, celebrado en Nueva York, reunió a Jürgen Habermas, Charles Taylor, Judith Butler y Cornel West, y ahora la editorial Trotta recoge sus intervenciones, además de una extensa entrevista con el pensador alemán y un epílogo de Craig Calhoun. El libro revela que, más allá de las polémicas sobre la laicidad y los límites del laicismo, y más allá, sobre todo, de los problemas concretos a los que se enfrenta la política, en términos filosóficos la religión sigue siendo un recurso muy importante. Para el lector en lengua castellana, algunos de estos intelectuales pueden serle ajenos o casi desconocidos, pero todos ellos son figuras de primer orden en la esfera pública internacional y han llamado la atención en sus trabajos sobre los defectos de un sistema que, como el liberal, relega la decisión al ámbito privado y concibe la creencia como una decisión privada, personalísima, sin apenas relevancia social ni política. Pero tanto para Habermas como para Taylor, así como para Butler y West, la religión puede ayudar a regenerar el entramado moral de nuestras sociedades, en un momento en el que, como el actual, la crisis se ha generalizado precisamente a causa de la falta de valores.
Así, por ejemplo, Habermas sorprendió en 2004 al declararse partidario de que las creencias religiosas aparecieran y contaran en una dimensión pública, algo alejado de quien se dio a conocer precisamente por su ateísmo metodológico y por afirmar que la filosofía debería sustituir a la fe. En un encuentro con el cardenal Ratzinger, el seguidor de la Escuela de Fráncfort afirmaba que las creencias religiosas constituyen un valioso instrumento para apuntalar la moral pública de las sociedades poscapitalistas. En la ponencia que aquí se recoge, y tal y como ha venido haciendo en los últimos años, sigue reivindicando un espacio para las creencias en la esfera pública, demostrando no solo una apreciación positiva de las mismas sino sobre todo los déficits de la propia teoría social. Frente a la recuperación de una obsoleta teología política, que seguiría la línea inaugurada por Carl Schmitt, Habermas denuncia la decantación totalitaria de una política sustancialista. Con su respetuosa atención a las religiones, Habermas quiere superar las fuerzas que amenazan con desintegrar la vida social, sobre todo aquellas que, acentuando el individualismo, obvian las referencias religiosas al considerarlas incompatibles con el postulado de la neutralidad estatal.
Consciente de que hay que revisar la teoría de la secularización, indica que las tradiciones religiosas pueden servir políticamente y fomentar el desarrollo de una ética cívica. Es cierto, afirma, que para ello los mensajes religiosos tienen que ser traducidos, es decir, hay que extraer y exprimir su contenido y depurarlo racionalmente. Esto, sin embargo, no es nuevo; también la filosofía se ha desarrollado históricamente gracias a impulsos que proceden de imágenes religiosas. Lo que resulta más llamativo es que Habermas considere que la obligación de traducir a un lenguaje secular los contenidos de las creencias religiosas compete no solo a los ciudadanos creyentes, sino también a aquellos alejados de la religión. Es una exigencia del imperativo de simetría, aclara.
Por su parte, el pensador canadiense Charles Taylor comparte la crítica habermasiana al modelo liberal rawlsiano, pero su ponencia, titulada «Por qué necesitamos una redefinición radical del secularismo», va más allá que la reflexión del pensador alemán, lo supera y apostilla. Taylor no cree que sea bueno considerar la diversidad religiosa como algo extraordinario y distinto de la pluralidad ideológica, cultural o étnica. De hecho, considera que favorecer esta distinción es propio de un pensamiento aferrado obsesivamente en lo religioso como problema. Por otro lado, la respuesta política a la diversidad religiosa no puede plantearse sin atender al contexto cultural en concreto. Esto significa que cada sociedad tiene que resolver los problemas religiosos que surjan, atendiendo a su historia, su tradición y sus propias metas sociales. Además, en la parte final de su exposición, Taylor advierte un problema filosófico de mayor calado. Acusa al laicismo de prejuicios antirreligiosos y de fomentar una distinción entre el uso público de la razón y un uso privado o religioso, inferior cognoscitivamente.
Las intervenciones de Butler y West son más abstractas, en ellas tiene mayor peso la tradición propia de estos autores y, a nuestro juicio, tratan aspectos menores de esta problemática. Butler propone ampliar el debate e incluir en la categoría de religión experiencias que exceden al propio cristianismo. Aludiendo a la tradición de la diáspora y reflexionando sobre el sentido de la pertenencia al judaísmo, Butler recupera el concepto de cohabitación para proponer una solución al problema de la violencia en Oriente Medio. Cornel West, más emotivo y con mayor carga sentimental, critica el dogmatismo laicista de quienes buscan desterrar las creencias religiosas; para este pensador afroamericano, el testimonio religioso es imprescindible, ya que en él se revela la experiencia del dolor, de la ofensa y de la debilidad. Por ello, las tradiciones religiosas pueden llamar nuestra atención sobre aquellos que más sufren.
El poder de la religión en la esfera pública es, pues, un libro importante para saber por qué caminos filosóficos transita la laicidad y el laicismo y aventurar soluciones reflexivas a problemas graves. Además de la introducción de E. Mendieta y de los diálogos entre los participantes, el epílogo de C. Calhoun es interesante porque repasa la complementariedad histórica entre fe religiosa, política y filosofía.
Es conocido que durante la dictadura de Franco los hispanistas desempeñaron una importante labor a la hora de plantear con plena libertad cuestiones o análisis sobre nuestro pasado reciente que los historiadores españoles no podían o no lo hacían debido a las circunstancias internas por las que atravesaba España. Ese fue el caso de las obras de autores como Raymond Carr, Hugh Thomas o Stanley Payne sobre el siglo XX español, la guerra civil o el régimen de Franco. El impacto de estos autores fue insustituible tanto por el contenido de sus obras como por la renovación historiográfica que aportaron al ámbito de la historia contemporánea.

No es exagerado decir que este libro —que ha sido reconocido en España con el Premio Internacional Jovellanos de investigación histórica— va a tener una influencia equivalente en Cuba y es una aportación valiosa para los estudios americanistas en España. El autor, Ignacio Uría, investigador de la Universidad de Georgetown en el Cuba XXI Project, traza a través de la biografía del que fuera arzobispo de Santiago de Cuba, Enrique Pérez Serantes, la historia política y el papel de la Iglesia y los católicos en Cuba desde la independencia hasta 1968. Por el volumen y la importancia de los archivos consultados en España, Cuba y Estados Unidos y la documentación que el autor ha manejado supone, sin duda, una obra de singular importancia.
En cualquier caso, lo más relevante de Iglesia y Revolución en Cuba es la relectura que se hace sobre la Revolución cubana, el acontecimiento más importante en la isla después de su independencia en 1898, y el papel que desempeñó el arzobispo primado de Cuba en todos los acontecimientos capitales de la misma, las esperanzas y la sintonía con que acogió el triunfo de Fidel Castro, las primeras tensiones y la frustración con la que acabó sus días.
Precisamente, la relación personal y familiar del comandante Castro con monseñor Pérez Serantes es el centro de esta investigación, demostrando el decidido apoyo de los católicos cubanos —o al menos una parte significativa de ellos— al movimiento rebelde 26 de Julio, nacido tras el asalto al cuartel Moncada en 1953 y la mediación por la vida de Fidel por parte del eclesiástico tras la desastrosa operación. Como señala el autor, Pérez Serantes fue un representante de la voluntad mayoritaria de la burguesía cubana. Una burguesía de la que Fidel Castro era miembro tanto por su origen familiar como por el hecho de estar casado con una hija de un ministro del dictador Batista. Junto a todo lo concerniente a la detención de Fidel en 1953, quizás el acontecimiento de mayor impacto que narra el autor es el acto celebrado el 1 de enero de 1959 en el balcón del ayuntamiento de Santiago de Cuba. Para el discurso que dirigió a la nación desde dicha sede, Fidel se hizo acompañar del arzobispo, que hizo abrir las puertas de la catedral de tal forma que Castro pudiese ver el sagrario mientras pronunciaba un histórico discurso en el que junto a otras cuestiones agradeció el apoyo de la Iglesia y los católicos a la revolución.
Esa significativa unión era el sueño de la Weltanschauung tradicionalista. Pérez Serantes tuvo que despertar de forma abrupta cuando fue comprendiendo que los planes que le hubieran gustado para Cuba no eran los que Fidel y especialmente Raúl y el Che Guevara tenían para la isla. Conforme los revolucionarios desintegraron todos los focos de resistencia en el seno de una sociedad cubana que había acogido a la revolución con enormes esperanzas y regocijo, la figura de Pérez Serantes emergió como la de un defensor tenaz de los derechos de los católicos cubanos. Un prelado de origen español, que había llegado a la isla prófugo del servicio militar en España, pero que amó al pueblo de Cuba hasta el punto de permanecer como buen pastor entre sus ovejas mientras no pocas de ellas tuvieron que huir ante la llegada de los lobos.
No estamos meramente, pues, ante la biografía de un eclesiástico de cierta notoriedad en un tiempo singular. Estamos ante una obra que aborda las cuestiones medulares de la relación entre la política y la fe, el papel de los católicos en la historia de Cuba, la miopía que supuso la cultura tradicionalista y la capacidad y las limitaciones de la única institución —la Iglesia católica— que ha sido capaz de resistir a la feroz deconstrucción revolucionaria enCuba.
La historia de Cuba en el siglo XX ha sido una historia compleja y trágica de la que todavía, a estas alturas del siglo XXI, aguarda el desenlace feliz que merecen los cubanos. La Iglesia de Cuba está jugando hoy una relevante labor gracias a que se levanta sobre los hombros de gigantes como Pérez Serantes. La historia no se repite, pero lo que sí podemos hacer es aprender de los errores y los aciertos que nos precedieron y que tuvieron que enfrentarse a situaciones similares. Por eso, esta historia de las decisiones libres de un hombre, Enrique Pérez Serantes, en el momento de la historia que le tocó actuar, es una obra de gran valor.
Este año, en febrero, Luis Alberto de Cuenca ingresó en la Real Academia de la Historia con un discurso que no sorprendería a ninguno de sus muchos lectores; de hecho, tratándose de él, no podría haber escrito otro para tan insigne ocasión. Historia y poesía es el título del discurso, y de historia y poesía habla precisamente en Elogio de la poesía, uno de los mejores poemas de su último libro, El reino blanco, y una rendida declaración de amor a la épica y a la lírica: «En el alba imprecisa de nuestro origen hubo, / primero, una voz recia que evocaba las gestas / del caudillo del clan; luego, otra voz más íntima / y dulce que, al compás de la lira, cantaba / el amor, subrayando su plenitud, / o el / que inspira la traición, o el cruel desengaño…» (p. 130). Pero lo más significativo del poema está en los últimos versos porque expresan una constante esencial de su autor: «Y esas voces fundaban un jardín de palabras / hermosas en el centro del desierto silente / del mundo / …. / que, como un cáncer, iba destruyendo, implacable, / el bosque sin memoria de nuestra soledad, / haciéndonos mejores, más libres y más sabios». Esta fe en el poder de la poesía y los saberes humanísticos para dignificar y enaltecer al hombre tiene otro bello ejemplo en el poema «Me acuerdo de Bram Stoker», donde Luis Alberto de Cuenca, con la elegancia de los clásicos, describe el placer y la libertad iniciática que le supuso leer por primera vez Drácula: «Al leerlo, se abrieron las puertas del abismo / para mí, de un abismo en el que florecían / las rosas inmortales de la imaginación, / los lirios del estilo y de la inteligencia; / de un abismo de sombras ancestrales y mágicas / por el que daba gusto perderse y despeñarse» (p. 112).

Los poemas arriba citados solo son dos de los muchos ejemplos de referencias literarias de El reino blanco; por decirlo de otro modo, raro es el poema que no remite, en última instancia, a un libro, o a un universo o a una concepción de la existencia creada por este, nada raro teniendo en cuenta la erudición de su autor. Por suerte, porque suele ocurrir con bastante frecuencia en los poetas doctos, su bagaje cultural no solo no ahoga el aliento lírico sino que lo potencia, como podemos ver en el poema «La Bruja»: «Pienso en Lovecraft, / en su cuento The Dreams in the Witch House, / … / ¿Qué bruja /innombrable y horrenda habrá vivido / —sigue viviendo— en esta habitación? / La veía de niño, y se me helaba / el corazón de miedo. Pero entonces / los días eran más largos que ahora, / y por las noches siempre había luna, / y tenía una imagen de la Virgen / especial contra brujas, en la mesa / de noche, que brillaba con un astro / en medio del abismo, y sonreía» (pp. 146-147).
Donde hay un libro, hay una biblioteca. Y la biblioteca, para Luis Alberto de Cuenca, además de otras muchas, tiene connotaciones góticas, policiacas y borgianas. En «El Cuervo», una recreación del poema homónimo de Edgar Allan Poe —transcurre, por supuesto, en una biblioteca—, destacan las góticas, pero también ese placer tan cervantino por contar historias que te hace leerlo deprisa a ver qué pasa porque De Cuenca hace deliciosas digresiones al poema de Poe. Y, cambiando de registro, en el poema «Sueño turco» (pp. 27-28), Jorge Luis Borges, bibliófilo de honor, acaba siendo besuqueado en un jardín por todo el equipo del Club de Fútbol Barcelona al entrar a la biblioteca del Doctor Muerte (pp. 27-28).
La fina ironía, de gentleman, que recorre El reino blanco, se vuelve pizpireta, erótica y descarada en las partes «Puertas y Paisajes, cinco seguidillas fetichistas», y «Caprichos ». Esta última nos gusta en especial porque sus poemas remiten a la divertida y disparatada mirada sexual de, al menos así nos lo imaginamos nosotros, una especie de libertino francés de la Ilustración (¿Diderot?). En el poema «Central termoginética», por ejemplo, leemos: «Obsérvese / cómo están conectadas ambas damas / al complejo industrial: el cableado / recorre ombligo y pubis, da dos vueltas / alrededor del cuerpo y, finalmente, / recibe la corriente en los pezones. La gata, / cuyo rabo es decisivo / para poner en marcha la central, / ha de ir peinada con la raya en medio, está en los últimos versos: / al modo en que se peinan las gitanas / de Romero de Torres, el sexómano / cordobés». (p. 102).
Con todo, a pesar de estos alegres, chispeantes y sensuales poemas, en El reino blanco prima un tono de estoico cansancio existencial. En el poema «Qué es lo que puedo hacer», leemos «que la vida es así, y que no duelen prendas / en admitirla tal, con las obras y pompas / que le son inherentes, / y que no hay más camino que el que lleva a la cruz, y que no hay más remedio / que aguantar los embates del pavoroso tedio / y sufrir los envites crueles del destino» (p. 43). Y en el espléndido poema «Berlín, otoño de 1938», convertido en un soldado alemán gracias a la metempsicosis que tanto le gustaba a Rubén Dario —al que se refiere en otro poema como uno de sus maestros—, el autor subraya con un maravilloso verso de Homero que la poesía no solo nos abre las puertas de la vida sino también las de la conciencia de nuestra inexorable finitud: «Las hojas y los hombres son del mismo linaje» (p. 148).