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El inagotable potencial de futuro de los clásicos. I jornada de críticos en almagro

Si hablamos sobre nuestra relación con los clásicos, mis consideraciones no tendrán nada que ver con una fidelidad a los textos literarios, sino a la estética, al estilo de las obras y a cuestiones similares.

Como sabemos, el teatro alemán siempre ha tenido fuertes referencias filosóficas. Así, la primera gran obra filosófica de Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, está dedicada al teatro. O el renacimiento de la tragedia, en la forma teatral de Richard Wagner, tuvo en él mismo al autor de numerosos escritos sobre teatro. El teatro de Bertolt Brecht es una contrapropuesta que plantea, igualmente, su propia filosofía del teatro.

Heiner Müller llamó colección de errores a sus reflexiones sobre teatro. También él explicó su filosofía del teatro a partir de las constelaciones políticas de su propio tiempo, un tiempo impregnado básicamente por el fallido intento del socialismo y del periodo posterior al fascismo alemán, la segunda guerra mundial y la guerra fría.

En este sentido, me gustaría llamar la atención sobre el contexto actual del teatro. Vivimos hoy en la época de la posmodernidad. Esta época tiene unas características significativas. Una particularidad clave es que ni el pasado ni el futuro juegan un papel importante en su cosmovisión.

Por el contrario, el diagnóstico de Heiner Müller dice así: «La fórmula original de la posmodernidad es aquello que Goethe consideraba el pecado original. Esto es: decirle al instante que vivimos: “¡Detente, eres tan hermoso!”. Lo que se quiere es el presente eterno, de tal manera que la historia y el futuro puedan ser ocupados por el presente» (Müller, The Situation, 22). La ocupación del tiempo con el presente es una característica absolutamente decisiva de esta estética de la presencia.

Si se examina el teatro posdramático, las llamadas nuevas formas teatrales, sus oscuridades se refieren generalmente al aquí y al ahora, centrándose en el presente y nada más. Podríamos hablar también de una burbuja temporal de presente infinito. Por el contrario, Wagner, Brecht y Heiner Müller siempre se relacionan con la historia, o también con el mito, con el objetivo de cambiar el futuro.

La máxima «Ningún futuro sin pasado» siempre significa que lo nuevo surge solo en la discusión con la historia y con los clásicos. Desde este punto de vista, no se trata únicamente de un gesto de cara a la literatura, sino de un gesto de cara al futuro. Con esto tocamos el asunto decisivo. La confrontación con lo pretérito o con los pretéritos no posee un carácter afirmativo, sino que actualiza la injusticia pasada, los sueños pasados, la esperanza pasada.

La confrontación con la historia eleva la presión sobre el presente para transformarlo. Podríamos decir también que se trata de un diálogo con los muertos. «Lo muerto no está muerto en la historia. Una de las funciones del drama es la conjuración de los muertos. El diálogo con los muertos no puede terminar hasta que estos entreguen en el futuro aquello que fue enterrado con ellos».

Cuando pensamos en los muertos como muertos para siempre y damos por cerrado su horizonte histórico, entonces es cuando están verdaderamente muertos. Pero si sabemos que los muertos, y también los clásicos, son los vivos de otro tiempo y que su horizonte histórico está abierto, entonces se muestra lo que está escondido con ellos para el futuro. Y es que los clásicos son clásicos solo porque una vez constituyeron un teatro del presente muy relevante. Y, por tanto, vivo.

Si afirmamos que son clásicos —es decir, con un sentido afirmativo, con la arrogancia de una época que se considera por encima de ellos— ayudamos a mantener protegido aquello que, en el futuro, está en ellos. En este sentido, la representación no supone una suplantación ilusionista o ilustradora, sino que significa un hacer presente. El medio de este hacer presente es el teatro. La sangre y la respiración del actor.

Una última consideración. Es característico del liberalismo actual el hecho de que no conoce alternativa alguna, del mismo modo como la posmodernidad tampoco conoce otra cosa que a sí misma. Algo que no es, como por ejemplo, un lugar utópico. La posmodernidad se entiende a sí misma como lugar utópico y este lugar es el presente absoluto.

Pero si hablamos sobre los clásicos, sobre el pasado, sobre los muertos, incluso sobre el futuro, lo que significa es que siempre hay algo más. Algo insatisfactorio, algo desconocido. Una alternativa, en la terminología de la política. Algo que es distinto de este presente y que ofrece una alternativa al dominio despótico del dinero. En nuestro contexto, eso otro son los clásicos, con su inagotable potencial de futuro. _

Con la traducción de Alejandro Martín

Las fachadas mágicas del Gaudí ruso. El color de la arquitectura

El camino de Shéjtel —un formidable artista— es la historia de la transformación de un patito feo en un hermoso cisne. Su vida es el reflejo de la historia y la cultura de Rusia en el siglo XX. La familia de Shéjtel era de procedencia alemana: sus antepasados llegaron a Rusia en la mitad del siglo XVIII, se establecieron en Sarátov, donde montaron un negocio y también se ocuparon de actividades culturales. Así, el tío del futuro arquitecto, que también se llamaban Fiódor, creó en Sarátov el primer club literario- musical, al que posteriormente se añadió el parque de entretenimiento y teatro de verano Tívoli. Desgraciadamente, en la madurez de Fiódor Shéjtel murieron su tío y su padre, y la familia se encontró en la ruina. Fiódor Shéjtel, junto con su madre y hermanos, se trasladaron a Moscú bajo el cuidado de amigos y conocidos. Vivían en la pobreza, y a partir de los diecinueve años Shéjtel tuvo que trabajar para poder vivir independientemente. Pero, al parecer, estas duras condiciones de vida no hicieron sino avivar aún más su talento, que desarrolló simultáneamente en varios ámbitos: arquitecto, artista de teatro e ilustrador. En particular, tuvo amistad con los hermanos Nikolás y Antón Chéjov, colaboraba con ellos en las revistas humorísticas El Despertador y El Grillo, e hizo el diseño para el libro de Chéjov Cuentos estridentes.

El maestro empezaba a proyectar ansiosamente cualquier tipo de construcción: palacios, casas de alquiler, bancos, centros comerciales, oficinas e, incluso, estaciones de ferrocarril. La verdad es que sería muy difícil imaginar Moscú sin la arquitectura de Shéjtel: la estación de trenes Yaroslávsky, los palacios de Morózova, Ryabushinsky, Derozhínskaya, sus propias mansiones en el callejón de Ermoláyevsky y Bolshaya Sadóvaya, la casa de alquiler en la esquina de la calle Známenka y el callejón Starovagánkovsky, el centro comercial de la Compañía de Seguros de Moscú en la plaza Antigua y tantos otros. En el registro de edificios de Moscú figuran unos sesenta proyectos arquitectónicos, obras del célebre artista. Si se suprimieran del entorno urbano de la capital, inmediatamente desaparecerían los rasgos artísticos que dan un aspecto peculiar a la ciudad.

La cualidad principal de la obra de Shéjtel es la constante evolución. Eso explica la incesante búsqueda creativa y la diversidad de sus proyectos. En cada nueva obra se encuentra una nueva y experimental revelación.

Fiodor Shéjtel (1859-1925)

Shéjtel fue autor de muchos proyectos arquitectónicos, pero todos ellos modernistas. A lo largo de toda su vida perteneció al modernismo, movimiento artístico que no duró mucho, pero que, al mismo tiempo, fue uno de los estilos más espléndidos y contradictorios en el arte mundial; un estilo con una ideología compleja, con su propia simbología, significado y con sus múltiples «peros»… Las dimensiones peculiares de sus construcciones, las hermosas y suaves líneas, la fluidez de los volúmenes, el ritmo musical de las plantas y ventanas, la atención a los detalles, la relación entre el interior y el exterior son características bien conocidas por los especialistas en el modernismo y en la obra de Shéjtel. Pero, entre todas, me gustaría señalar una característica peculiar de su genio: una percepción especial del color.

La visión especial del modernismo respecto del color ha cambiado considerablemente la perspectiva colorista del mundo. No es ningún secreto que cada periodo artístico tenga sus preferencias de color, su lenguaje y armonía colorista. Algunos colores y combinaciones de colores están admitidos y otros se ignoran.

Sin duda, el trabajo de Shéjtel en el mundo teatral influyó mucho en su percepción colorista. La concepción de la arquitectura ligada a los decorados escénicos siempre estaba presente en sus obras. Anteriormente, ninguno de los arquitectos había recurrido a tal cantidad de colores en sus obras. Habitualmente, durante el proceso de creación siempre predominaba la tectónica, la línea, la dimensión y el ritmo. Shéjtel, a su vez, introduce activamente en la construcción de los edificios el color, lo que se puede ver en sus proyectos. La sensación de magia, de algo teatral se traspasa a la arquitectura. Aparecen los tonos morados, violetas, azules y una amplia variedad de matices del verde. Para la decoración de las fachadas, el arquitecto introduce materiales de recubrimiento y fragmentos decorativos, que ayudaron a ampliar la paleta de colores: paneles y baldosas de cerámica y mosaicos, que dan a los edificios unas originales combinaciones de colores, de brillo, de imágenes de flores, peces y animales. Los colores de los mosaicos son llamativos, densos, brillantes; los colores de cerámica son resplandecientes, cambiantes, muy a menudo se entremezclan los unos con los otros. Para la ornamentación, Shéjtel utilizaba no solo yeso liso y de relieve, sino que siempre experimentaba con una gran diversidad de materiales. El arquitecto, en sus proyectos, utilizaba con frecuencia la baldosa y el ladrillo de vidrio satinado. Estos materiales son muy resistentes al mal tiempo y pueden ser de las tonalidades más variadas: rosa, verde, violeta, beige, entre otras.

Siendo un verdadero maestro del modernismo, Shéjtel trabajaba no solo sobre el exterior de los edificios, sino que también proyectaba detalladamente sus interiores, sobre todo de los palacios. Sin embargo, en este artículo, en particular, se comentan unas peculiaridades de los tres proyectos arquitectónicos de Shéjtel.

Edificio de la imprenta de Aleksander Levensón (1900), Moscú

Fiódor Shéjtel construyó su primer palacio (1896) en la corriente romántica del modernismo. La fachada del palacio está decorada con ladrillo de color naranja ocre. La transformación del cálido ocre —de un tono claro a uno más oscuro— crea un efecto de llama temblorosa en la chimenea. Los tejados de forma cónica hacen que el palacio tenga la imagen de un pequeño castillo. El portal principal está decorado con mosaicos: tres flores de iris sobre un fondo dorado, que simbolizan las tres etapas de la vida —la juventud, la madurez y la vejez—, y el nombre del artista y de su mujer escrito en latín. La simbología se ve incluso en las imágenes y en el color del mosaico. El color púrpura de los iris representa la sensualidad y la ternura. El fondo dorado del mosaico representa el tiempo infinito pero, al mismo tiempo, lo efímero de la vida terrenal.

La estación de trenes Yaroslávsky (1902-1904) es la puerta de la capital rusa, que une Moscú con la ciudad de Arjánguelsk. La estación es un claro exponente de la arquitectura nacional de Rusia y, sobre todo, del estilo arquitectónico propio del norte del país. Las paredes sólidas, las torres de vigilancia monolíticas y los tejados altos dotan al edificio de rasgos grotescos y de monumentalidad. A lo largo del perímetro de la fachada están colocadas tiras de baldosa cerámica de varios colores: marrón cálido, blanco y cian. Su imagen recuerda a la naturaleza del norte de Rusia: la nieve blanca, la tierra marrón, las piedras y el mar azul-verdoso. La impresión general la completan las reproducciones de bayas, peces y osos blancos. El color obtenido por la combinación de contrastes —del marrón cálido al frío verde-azulado—  genera un gran contraste con el resto de los colores, mientras que los elementos decorativos de cerámica provocan visualmente una sensación de tensión y agudeza.

La mansión de Zinaida Morózova (1893-1896), Moscú

La mansión del emprendedor y mecenas ruso Serguei Petróvich Ryabushinsky es una auténtica obra maestra, proyectada y construida por Shéjtel entre 1900 y 1902. Este edificio es un ejemplo de la corriente irracional del modernismo. El complejo volumen arquitectónico, las múltiples fachadas, las ventanas de diferentes formas y tamaños y varias entradas se completan con un peculiar toque colorista. Debido al ladrillo de beige claro con un brillo muy sutil, las paredes parecen estar libres de cualquier gravedad. Por tanto, el edificio, pese a que tiene la forma de un enorme cubo, parece muy leve. Uno de los frisos, construido en yeso de color melocotón, revela el ritmo irregular del edificio. El otro —de mosaico—, con una imagen de una orquídea y crisantemos, agrega tonos azules, lilas y rosados a la gama de colores de la mansión. Las orquídeas y crisantemos ubicados asimétricamente en el fondo azul celeste del cielo, confieren una peculiar atmósfera emocional y simbólica a la mansión y revela el refinado gusto estético de sus habitantes.

El color desempeña un papel importante en el proceso de creación artística en la arquitectura. Frecuentemente lo podemos ver utilizado ingeniosamente en las fachadas: se «desliza», se «respira», se «derrama». El color de Shéjtel es muy simbólico y evoca la escenografía teatral; habla con el público y está pensado para contemplarlo. Crea una¡ atmósfera especial e invita al espectador a comprender las obras de arquitectura como una performance.

Shéjtel nunca ha sido un artista del lujo, ni tampoco de la corte; simplemente creaba su propia realidad. Dios le concedió un talento y, a diferencia de la mayoría de nosotros, sus sueños y fantasías se convirtieron en realidad en las calles de nuestra capital querida. Desde luego, ha sido un ilusionista incorregible, un buen mago, que escondía su fabulosa naturaleza tras un traje oficial. Porque si no, ¿cómo explicar la estación de trenes Yaroslávsky, que tiene el aspecto de un palacio de madera de los cuentos infantiles y dos frescos gigantes con la imagen de fresa silvestre en su fachada? ¿O el fresco de casi un metro de crisantemos y orquídeas, que envuelve todo el perímetro de la mansión de Ryabushinsky? Las fachadas mágicas de los edificios proyectados por Shéjtel adornan y enriquecen el aspecto urbano.

Shéjtel tuvo la suerte de conocer en vida el sabor de la fama, del reconocimiento y la prosperidad. Sin embargo, su talento y obras no significaron nada para el nuevo poder soviético. El hombre que proyectó decenas de edificios en el centro de Moscú, terminó su vida en la pobreza y el olvido. Ahora lo único que queda como agradecimiento a este genio del siglo XX es la memoria de los descendientes que conocen y aprecian su patrimonio.

Homenaje a Javier Carvajal

Creo que fue Woody Allen quien escribió, en ese libro provocador y fascinante que es Cómo acabar con la cultura de una vez por todas, algo así como:

 

De todos los hombres célebres que han existido, sin duda me hubiera gustado ser Sócrates. No solo porque fue un gran pensador, pues también a mí se me reconocen algunas intuiciones razonablemente profundas, si bien las mías indefectiblemente giran alrededor de cierta azafata de las líneas aéreas suecas.

Bien, mis intuiciones razonablemente profundas (en el caso de que existan) y las de muchos, muchos arquitectos españoles, giran invariablemente alrededor de la arquitectura gracias, fundamentalmente a Javier Carvajal, que es, por encima, o además, de uno de los mejores arquitectos españoles, un auténtico maestro.

Hacer la laudatio de Javier Carvajal exige, inexorablemente, referirse a esa doble faceta, a ese magnífico saber conjugar la docencia y el ejercicio profesional, la reflexión sobre la arquitectura y su enseñanza con el fatigoso, arduo y enriquecedor intento de hacerla realidad.

Pero esto exigiría demasiado tiempo por mi parte y demasiada paciencia por la vuestra. De modo que, esta noche, quisiera centrarme solo en su faceta de profesor.

Sus obras materiales ahí están:

Ahí está ese Panteón de los Españoles en Roma, que,con la iglesia de Vitoria, es obra definitiva en el cambio de sensibilidad del arte sacro.

O los edificios de viviendas colectivas de Cristo Rey, de Montesquinza, de Caracas, de León, ejemplos de construccióndelicada, sensible, del tejido urbano.

O esas viviendas unifamiliares de referencia obligada:las casas Hartman, Sobrino, Biddle Duke, Baselga, Lladó,Cardenal, Rodríguez-Villa y, sobre todo, ese potente, expresionista,exquisito conjunto realizado para los García Valdecasas y para él mismo en Somosaguas.

O los edificios docentes, como la Escuela de Estudios Mercantiles de Barcelona, la Biblioteca de Derecho de Madrid, la sede de la Universidad de Comillas, la Escuela de Telecomunicaciones de la Politécnica o la Biblioteca de Navarra,que (lamentablemente para mí) hace la competenciaa mi Facultad de enfrente.

O los de oficinas, como el Banco Industrial de León, la Adriática, la Moraleja…

O los edificios en altura, desde la Torre de Valencia al espléndido proyecto para Telefónica…

O los edificios singulares, como aquel inolvidable Pabellón de España en la Feria Mundial de Nueva York, felizmente en vías de recuperación para Madrid, o el Zoo de la Casa de Campo…

Hoteles, mezquitas, estadios, embajadas… Todas esas obras, cuya sola enumeración marea, ahí están. Son demostración de un trabajo obsesivo, una indesmayable dedicación, un buen hacer ejemplar.

Pero la rica y fértil vida de Javier Carvajal tiene otra dimensión inmaterial, y por ello difícilmente cuantificable, aunque extraordinariamente eficaz. Y a esa otra dimensión quisiera referirme esta noche.

Javier es, estaréis de acuerdo, un maestro.

Y un maestro que predica con el ejemplo.

Un maestro que sabe que ese fructífero entrelazarse de enseñanza y ejercicio profesional es condición imprescindible para quien intente ayudar a otros a recorrer caminos ya personalmente descubiertos, transitados y sufridos.

Hablo ahora como universitario, como alguien que aprendió de Javier a amar una institución que sigue siendo, a pesar de su pregonada obsolescencia, el lugar privilegiado para la creación del pensamiento, el debate intelectual y su transmisión.

Pues bien. Si la arquitectura española debe mucho al Carvajal arquitecto, la Universidad debe más al Carvajal profesor.

Este premio reconoce ambas deudas.

La Universidad reconoce en Javier una entrega generosa, una dedicación casi heroica, demasiadas veces retribuida no con laureles sino con despego.

Pero, ¡qué le vamos a hacer! Este viejo, admirable, maravilloso e ingrato país nuestro suele pagar, muchas veces, así a sus mejores hombres.

Como muchos de vosotros, me siento afortunado heredero de una etapa especialmente singular y brillante de la Escuela de Madrid.

He tenido maestros. He admirado en ellos, ante todo, su capacidad de generar entusiasmo.

De nuestros dos grandes profesores de proyectos, Oiza y Carvajal, jamás olvidaremos su talante apasionado, su entrega sin horarios, su convertir todo en crítica reflexión arquitectónica. Al cabo de nueve meses de clases, una sola cosa teníamos clara: que ya nunca podríamos abandonar la arquitectura.

En aquellas aulas de la Escuela, Carvajal nos hablaba a los alumnos. A veces alguien, temblando por su temeridad, se arriesgaba a comenzar una imposible discusión con él. Aprendíamos, rápidamente, que el diálogo entre el que sabe y el que no sabe se llama enseñanza.

De Javier Carvajal es imposible olvidar su actitud, aunque no pueda precisar sus palabras. Sé que tras las críticas públicas de los ejercicios presentados, realizadas con su apasionada vehemencia, corríamos al tablero. Nos enseñaba a proyectar. Recuerdo: «Se os ha dicho que proyectéis hacia el sur, que abráis la casa a la luz, a la higiene, al soleamiento… Un día, florece un cerezo al norte. Alguien abre una ventana para contemplarlo. Fin de la tipología. Comienza la proyectación».

En Barcelona y Las Palmas, pero muy especialmente en Madrid y Navarra, Javier ha sabido apelar a la emoción de sus alumnos, enfrentándolos ilusionadamente al drama del papel en blanco.

Muchas generaciones de arquitectos le deben lo que son. Muchos profesionales se han contagiado de su entusiasmo, han aprendido de su lucha ante las dificultades de la profesión, de su inconformismo ante lo fácil, de su búsqueda constante de la belleza y la excelencia.

Muchos le deben mucho.

Yo soy uno de ellos.

Tenéis que disculparme.

Comprendo que las referencias autobiográficas o las alusiones a circunstancias personales son irrelevantes, y que ese de nobis ipsis silemus, «no hablemos de nosotros mismos», que exige Kant en su Crítica de la razón pura es especialmente indicado cuando se habla en público.

Pero ¿qué queréis? No puedo ser objetivo hablando de Javier Carvajal. Pertenezco al grupo de quienes le deben demasiado.

El año siguiente a terminar la carrera, Javier Carvajal me invitó a integrarme en su cátedra como profesor de proyectos. Jamás olvidaré mi primera clase. Podéis imaginar los temblores y balbuceos de aquella pobre criatura, de aquel inexperto PNN, que debía hablar en presencia del catedrático. Su generosa comprensión me ganó para siempre.

Bajo su dirección hice la tesis doctoral (y muchos de vosotros sabéis lo pesado que es dirigir una tesis y la paciencia franciscana que exige). Presionado por su insistente machaconería preparé las oposiciones a profesor titular.

Y cuando, años después, su jubilación dejó vacante su cátedra de Madrid —que siempre será la suya— consideré una obligación personal y un homenaje debido al gran maestro presentarme a la oposición.

Creedme. Enseñar ahora en sus aulas me produce una extraña mezcla de orgullo y vergüenza. Es de los pocos momentos en que me asalta la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Nos has dejado tan alto el listón…

Bien. Comprendo que hemos entrado en campos minados, donde en cualquier momento puede desintegrarse el discurso lógico ante el estallido sentimental. Pero no importa. Dejemos la objetividad para los objetos.

«Dicho esto», como diría Javier Carvajal, «digamos cuanto antes» que seguiría diciendo cosas de Javier si no supiera que lo que él más desea (y quizá con él más de uno de vosotros) es que me calle de una vez.

Sin embargo, no lo haré sin recordarte, querido Javier, dos últimas cosas.

La primera es que los maestros, como los viejos rockeros, nunca se retiran. Pueden ser jubilados administrativamente, pero jamás dejan de ser una referencia, un modelo y un ejemplo.

Lo sabes, pero quiero repetirlo, por si acaso ahora necesitaras un aliento para seguir implicado en este difícil y fascinante, cruel y maravilloso mundo de la arquitectura, que sigue necesitándote.

La segunda… quisiera decirla en voz baja, pero debo hacerlo bien alto.

Yo Javier, como sabes, te quiero. Lo cual no tiene mérito por mi parte, sino por la tuya. Cuando alguien es querido, y por tanta gente, es porque sin duda ha hecho méritos para ello.

Querido Javier, solo Dios sabe cuánto te debemos tantos. La ventaja es que Él lo sabe bien, incluso mejor que tú, y ciertamente mejor que nosotros.

Has dado tu vida por la arquitectura y por la enseñanza de la arquitectura, y has pagado, por ello, un alto precio.

No importa.

Felizmente, Él que ve en lo oculto, Él que sabe corresponder con el ciento por uno, no se deja ganar en generosidad.

Mientras tanto, sirva este premio, y nuestra gratitud, de sucedáneo.

«Si he llegado a ver más lejos», dijo Newton, «es por haberme encaramado a hombros de gigantes». Querido Javier, gracias por prestarnos tus hombros. Tú eres uno de esos gigantes. _

III Premio Antonio Fontán de Periodismo Político

LAUDATIO

El año pasado, en una ocasión como esta, destaqué de la figura del fundador, Antonio Fontán Pérez, marqués de Guadalcanal, tres características que, a mi juicio, hicieron de él una figura eminente, verdaderamente ejemplar. En primer lugar, su deseo de conservar de la tradición lo que sigue siendo vigente, fecundo, civilizador, integrador, sabio. Después, su liberalidad máxima: el placer por el individuo en su individualidad, en su singularidad, lo que le dotaba de una tolerancia genuina e infalible. Finalmente, su condición de maestro de la amistad, de genio de la amistad. Los discípulos de Platón decían: «Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad» para destacar el compromiso del filósofo con las ideas antes que con las personas. Yo creo que don Antonio diría: «Amigo de la verdad, pero más amigo de mis amigos»; o quizá: «La amistad —la fidelidad a las personas reales— es la única y principal de las verdades, por encima de creencias y de códigos».

Se verá que estas características adornan también al premiado de hoy. Por eso creo que don Antonio estaría muy complacido de la persona que este año obtiene el premio que lleva su nombre.

 

EL AUTOR DEL ARTÍCULO PREMIADO

Valentí Puig nació en Palma en 1949. Realizó estudios de Filosofía y Letras. Es periodista y escritor (en catalán y en español). Como periodista, es colaborador habitual de diversas publicaciones, entre otros medios, ABC —fue corresponsal en Londres—, El País, Diario de Mallorca y La Vanguardia. Ha desarrollado una extensa actividad literaria fundamentalmente escrita en catalán: poeta, dietarista, narrador y ensayista. En el ámbito catalán ha obtenido los más prestigiosos premios, como el de novela Ramon Llull en 1987 con Somni Delta (Sueño Delta); el Premio Josep Pla 1998 por L’home de l’abric (El hombre del abrigo), una aproximación novelada a la vida y obra del propio Josep Pla; el Premio Nacional de la Crítica en narrativa en catalán en 1999 por su libro de relatos Maniobres privades,y en 2006 el Premio Sant Joan de Narrativa por La gran rutina. Otros libros narrativos son Dones que fumen (Mujeres que fuman), cuentos, y Complot, novela. Es autor de varios dietarios como En el bosque o, hasta ahora el último publicado, Rates al jardí (Ratas en el jardín). Ha escrito libros de viajes sobre ciudades —Dublín, Palma—. Es editor de un Diccionario Pla de Literatura y de varios ensayos o de índole miscelánea como Cien días del milenio, entre otros títulos.

Si tuviera que compendiar la variedad de la obra de Valentí Puig diría de ella que es la obra de un hombre culto. ¿Qué entiendo por una persona culta?

Ser culto no significa acumular conocimientos de historia sino tener conciencia histórica, convertir la naturaleza en historia, practicar un cierto escepticismo atento a la pluralidad, a la complejidad, a la diversidad atomística de la realidad; alergia a las síntesis precipitadas y pretensiones maximalistas atemporales. No es el nihilismo del todo vale porque la historia enseña que el número de buenas ideas alumbradas por la humanidad es pequeño y controlable. Al contrario, el historicismo hace de las ideas algo racional, susceptible de deliberación, crítica, revisión y, en su caso, abandono.

Por otro lado, ser cultura implica una recepción crítica de la tradición. En ella se encuentra un ensayo de solución colectiva a problemas reales de convivencia, sabiduría atesorada y confirmada por la experiencia, aprendizaje colectivo, consenso de generaciones que sería estúpido ignorar.

En resumen, ser culto incluye relativismo delicado y sabio conservadurismo.

Defiendo que Valentín Puig es el paradigma del hombre culto. Sin duda acumula muchos saberes, como sugieren la lista de los libros citados y su afición a tantas cosas.

Pero lo que le caracteriza no es tanto eso, que también, sino sobre todo esa doble condición de hombre culto antes descrita.

De un lado, hombre con conciencia histórica, con ese sano relativismo que atempera las pretensiones de absolutismo en todas las esferas: política, cultural, nacional. Hombre atento a las singularidades, a los rasgos característicos, a las peculiaridades de cada individuo, cada pueblo, cada cultura, en su complejidad, en su rica pluralidad, en su diversidad irreductible a un ideario, a un programa político, un plan.

Ese sensus para lo particular le hace hedonista, sabiamente placentero con las cosas de este mundo: la mesa, la lectura, la conversación, el eterno femenino que nos eleva. Ese aprecio y la familiaridad con lo contingente, lo cambiante, lo mortal, pero en cuanto mortal, querido, amado, apreciado en su mortalidad, vulnerabilidad, fugacidad transeúnte. Contra la ansiedad de lo nuevo, el anhelo de novedades, el adanismo que cree estrenar el mundo cada día, ese empezar de cero que destruye por estupidez, por ignorancia, por insensibilidad, por incultura, contrapone el premiado un transar, pactar con la realidad del mundo en su estructura, pactar también con los otros y ser puente. Valentín tiene algo de pontífice, pero de un pontífice que hace de puente sin pontificar.

De otro lado, Puig es un conservador sabio. Un hombre inteligente es quien se proporciona los medios para obtener fines; uno sabio es quien elige bien los fines. Y para ser sabio hay que reconocer que flotamos sobre un lecho de tradiciones que conviene no olvidar ni despreciar sino conservar. Valentín Puig se parece a esos conservadores de registro anglosajón, como Burke, como Oakeshott. Este último escribió un ensayo luminoso titulado « ¿Qué es ser conservador?» (1956) publicado en El racionalismo en la política y otros ensayos. Allí describe la «disposición conservadora», la cual «estima el presente, y no se estima por sus conexiones con una antigüedad remota ni porque se reconozca como algo más admirable que cualquier alternativa presente, sino a causa de su familiaridad». «Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, preferir lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica».

Estas palabras del filósofo inglés describen muy bien, creo yo, la actitud de Valentín Puig: historicismo, conservadurismo crítico, sabiduría. Eso define su verdadero genio. Por eso cultiva todos los géneros: porque el género es solo un instrumento entre varios para producir y proyectar su mayor talento: su persona de hombre culto.

El ARTÍCULO

El artículo premiado —«Catalunya en todo y por partes»— es un texto de corroboración de lo antedicho: el artículo de una persona verdaderamente culta.

Advierte en él contra los maximalismos, los costes cuantiosos del todo o nada que perjudican a Cataluña, «mientras —dice— el realismo sin ambigüedad presenta más opciones abiertas». Propone el deslinde entre catalanismo y Cataluña, siendo la primera solo una opción política entre varias presentándose a sí misma como un todo. Y para demostrarlo recorre la historia, la visita girada por Alfonso XIII a Barcelona en 1902 y los artículos de Joan Maragall sobre ese acontecimiento.

El artículo contrapone la simplificación, el maximalismo reductor y monocorde, frente al reconocimiento de la pluralidad, diversidad, riqueza y complejidad de la realidad. El artículo es un homenaje a la seriedad de la realidad. Y eso es propio de los hombres sabios y cultos.

Por eso concluyo que el premio está muy bien otorgado y me alegro mucho por ello. Y felicito cordialmente al autor y a la Fundación. Gracias a todos.

El Edicto de Milán y la realeza imperial constantiniana

En la introducción al catálogo de la exposición organizada este año en Milán en torno a la conmemoración del mil trescientos aniversario de este fundamental evento, su comisaria, Gemma Sena Chiesa, utiliza la expresión falso storico para calificar al Edicto y símbolo epocale para expresar la enorme trascendencia que, a pesar de ello, se le ha atribuido desde la Antigüedad Tardía.

En efecto, el Edicto de Milán puede ser calificado con propiedad de falso storico desde un cierto punto de vista. Se trata, en realidad, de un mero documento (litterae) de disposiciones burocráticas dirigido a los principales dignatarios de la administración imperial, que sería confirmado después por el emperador de Oriente, Licinio, en Nicomedia. Pero enseguida se transformó en la narrativa constantiniana brillantemente fabricada por el obispo Eusebio de Cesarea y, sobre todo, en la leyenda medieval posterior, en una solemne declaración de intenciones hasta convertirse en la expresión más conocida de aquella revolución social, espiritual y política que supuso el triunfo del cristianismo en el Imperio Romano y llevará a la formación de la identidad del Occidente medieval y moderno. A la luz de esto, sin duda no resulta exagerado utilizar la expresión símbolo epocal para calificarlo.

Tan poderoso será el simbolismo político-religioso de este documento que obligará en los siglos altomedievales a la cancillería pontificia a poner sobre el tapete otro, la llamada Donación de Constantino, resultado de una burda falsificación, en el que se producía una reinvención de la figura del emperador. Este documento tuvo tal influencia que consiguió que en la memoria medieval el autocrático liberador de la Iglesia, el nuevo Moisés, se transformara en un humilde y sumiso súbdito del Papado, el palafrenero de san Silvestre a quien hacía entrega incondicional de todo el Imperio. El cesaropapismo cristiano del relato eusebia no se vería así contrarrestado por otra exageración de similar potencia: la hierocracia pontificia. Por supuesto, ambos extremos tergiversaban el verdadero sentido de lo sucedido en Milán en 313.

Pero no solo la falsa Donación de Constantino (Constitutum Constantini) contribuiría a la cuidadosa reconstruccióndel legado político del emperador por parte delos círculos intelectuales del entorno pontificio. En este sentido, cabe resaltar los Actus Silvestri, una colección de narraciones legendarias entre las que ocupa un lugar relevante un supuesta Vita del papa san Silvestre, contemporáneo (pont. 314-335) de Constantino. La leyenda, forjada a finales del siglo V, presenta al papa Silvestre como principal protagonista de la conversión y bautismo de Constantino e inspirador de su política religiosa1.

En efecto, la versión legendaria que ofrece esta Vita de un Constantino bautizado en Roma por san Silvestre poco después del 312 tuvo una enorme fortuna y trascendencia histórica tanto en Oriente como en Occidente hasta el punto de que fue la única vigente durante toda la Edad Media hasta que en el siglo XV se demostró su falsedad2.

Con todo, el interrogante que se impone sobre cualquier otro es el que planteaba Walter Ullmann en un célebre artículo publicado en 1976: «¿En virtud de qué autoridad intervino Constantino en la cuestiones relativas a la Iglesia cristiana, dado que durante gran parte de su vida y de su reinado no fue, formalmente hablando, un cristiano?

[…] ¿Con qué derecho intervino en las disputas y controversias que prima facie parecían incumbir solo a la Iglesia cristiana? ¿Qué título lo facultaba como emperador para convocar sínodos?»3.

De hecho, no deja aún de sorprendernos que un credo universalmente válido para todas las confesiones cristianas, como es el de Nicea, fuera establecido por la autoridad de un emperador al que ni siquiera se permitía entonces tomar parte en la celebración de la eucaristía por su condición de catecúmeno. Tal y como subrayara en su día el historiador alemán Eduard Schwartz, no resulta menos chocante el hecho de que «ni un solo obispo se atreviera a expresar una palabra de desaprobación contra esa monstruosa interferencia»4.

LA DIMENSIÓN CESARPAPISTA DE LA TEOLOGÍA POLÍTICA CONSTANTINIANA

Por supuesto, la respuesta a estos interrogantes la encontraremos en la teología política constantiniana y sus presupuestos teóricos cesaropapistas. Con el triunfo del cristianismo en el siglo IV surgió en el seno del orbe romano una nueva teología del Estado que, partiendo de la idea helenística y veterotestamentaria de la existencia de una estrecha relación entre el poder político y la gracia divina, dio origen a un nuevo discurso sobre la realeza imperial. Esta teología política, aunque nueva, se apoyaría en tres antiguos arquetipos ya hegemónicos en tiempos del paganismo: la Realeza triunfal (el triunfo militar como señal del favor divino), la Realeza sapiencial (la sabiduría como señal de la elección divina) y la Realeza iuscéntrica (el rey juez y legislador como vicario de Dios Supremo Juez universal).

En efecto, en el siglo IV se definió la realeza imperial cristiana en Roma como un oficio apostólico (apostolicum officium), una suerte de ministerio más de la Iglesia que habilitaba al soberano para arbitrar en los asuntos internos de esta e incluso convocar y presidir concilios5.

Obviamente estamos ante un concepto político-religioso cargado por completo de connotaciones cesaropapistas. A partir de los tiempos de Teodosio II, el título de isapostolos(«el igual de los apóstoles») será una de las denominaciones del basileus bizantino en tanto que guardián de la ortodoxia nicena. No en vano, Constantino el Grande se había proclamado el decimotercer apóstol de Cristo, y como tal fue reconocido.

Ahora bien, además de en el ámbito de los siglos inmediatamente posteriores al reinado de Constantino, nos encontramos con una teología política sobre la realeza imperial cristiana que no deja lugar a dudas sobre la absoluta preeminencia del emperador en el seno de la res publica christiana.

Temistio, sin duda el retórico más importante de la Antigüedad Tardía, recogió de la época helenística el arquetipo político iuscéntrico del soberano como ley viviente (nomos empychos) y lo inculcó en su pupilo, el emperador de Oriente, Arcadio: «Eres la Ley viva —le escribe—, la Ley divina llegada de lo alto, por encima de las leyes escritas».

En tiempos de Justiniano este discurso iuscéntrico llegaría a su apoteosis. En todo caso, el origen pagano del concepto no pareció importar a nadie, si bien ya el filósofo neoplatónico judío Filón de Alejandría (30 a.C.-50 d.C.) había calificado al profeta Moisés como Ley animada en tanto que «agente del Logos divino»6.

Esta «idolización» del emperador romano-cristiano conectó con la tradición judía de la realeza mesiánica y salomónica. En efecto, la fusión de la tradición helenística del monarca divinizado, «salvador y bienhechor del pueblo» (basileus soter, basileus evergetes), con el imaginario bíblico de los reyes ungidos de Israel, sabios y santos, dará lugar a una sacralización del Imperium Christianuma partir de la extrapolación de la Monarquía divina de Cristo Pantokrator («el que reina sobre todo») a la realeza romana posconstantiniana7.

Sería esta una realeza sapiencial con atribuciones sacerdotales según el paradigma del Melquisedek del Génesis, prefiguración del Rex et sacerdos del Antiguo Israel. De acuerdo con la cosmovisión oriental, siempre «jerárquico descendente», el discurso sapiencial bíblico hace de los reyes de Israel «monarcas sabios» en cuanto «ungidos del Señor», siendo su sabiduría un «don del Cielo» y no fruto del estudio. El mejor ejemplo es el rey Salomón, que recibe de Dios la hokhmá (sabiduría) gracias a sus plegarias.

Por tanto, en la realeza bíblica es la Fe y no la Razón la que reina soberana e indiscutida. El objeto de la sabiduría es una Verdad revelada, no hallada racionalmente. Es este un arquetipo teocéntrico y fideísta, de legitimación divina del poder: sapientia a Deo data. Combinada con la idea platónica del rey filósofo buscador del Sumo Bien nacería el arquetipo cristiano del rey sabio.

En el cielo un único Dios y en la Tierra un solo gobernante universal: el kosmokrator. Este emperador debe esforzarse en realizar una mimesis (imitación) de Cristo, Rey de reyes, para así convertir el Imperio Romano en un eikon (imagen) del Reino de Dios, tan universal en la Tierra como el divino lo es en el Cosmos. Y es que la realeza cristiana tomó su forma primigenia en estos momentos a partir de una imagen cristocéntrica y escatológica de un emperador mesiánico. El emperador romano cristiano, encarnado por Constantino el Grande, entraba así en la historia de la Salvación con un papel protagonista, ya que en él se cumplían las esperanzas del pueblo cristiano. En consecuencia con ello, podía ser presentado con rasgos mesiánicos en tanto que hyparchos (vicario) de Cristo y nuevo Moisés8.

Así, por ejemplo, en el Peri Basileias (Discurso sobre la Realeza), compuesto en el año 399, su autor, el obispo Sinesio de Cirene, se dirige al emperador Arcadio instándole a imitar a Dios construyendo y dirigiendo el Estado sobre el modelo celeste, practicando las virtudes de la justicia y la filantropía: «El deber os impone —escribe el obispo— no deshonrar este título de Rey que lleváis al igual que Dios, os impone ligaros, al contrario, a este arquetipo divino, inundar las ciudades de beneficios sin número y a cada uno de vuestros súbditos dispensar toda la felicidad posible».

LA REALEZA CONSTANTINIANA COMO REALEZA  SAPIENZAL CRISTIANA

Este modelo de realeza cristiana «a imagen de Dios», el emperador como Imago Dei terrena, se articuló en torno a los topoi de la santidad y la sabiduría del monarca. En este sentido, Ninoslava Radosevic ha apuntado que el tema platónico del rey-filósofo fue uno de los más profusamente utilizados por los panegiristas del siglo IV que compusieron encomios de los primeros monarcas del nuevo Imperio Cristiano9.

Esta noción del emperador-filósofo cristiano tenía en el siglo IV diferentes niveles de significación. En primer lugar, implicaba un discurso sobre un emperador sabio idealizado que tomaba las decisiones correctas gracias a su educación en la paideia clásica. Además de unos ciertos rudimentos de la teología cristiana y de la Sagrada Escritura, un conocimiento perfecto de la literatura grecorromana y una familiaridad con las gestas de los héroes de la Antigüedad Clásica suponían condiciones necesarias para un buen gobernante cristiano del siglo IV.

Libanio y Temistio insistieron en sus obras en la importancia que tenía una educación profunda y a conciencia del futuro gobernante, en particular una educación en la ciencia del buen gobierno (basileias dioikesis), la retórica (rethorike) y la elocuencia (deinotes logou). De acuerdo con las exhortaciones de Temistio, los emperadores cristianos debían ser philologoi (literatos) tanto como philopolemoi (amantes de la batalla), recompensando con honores a los hombres de letras con talento en la misma medida que a los guerreros heroicos (Orationes, 4, 54a; 5, 63c; 8, 105d; 9, 123b).

En definitiva, el emperador sin educación (agroikoteros anaphaneis basileus) era visto como un monarca no capacitado del todo para el buen gobierno, reduciendo la dignidad imperial a mera ostentación vacía de contenido.

Dentro de esta línea ideológica, se intentó por parte de algunos polemistas paganos denigrar la figura de Constantino presentándole como un rústico palurdo, una mera marioneta de la Iglesia. Resulta particularmente interesante un opúsculo pagano anónimo que se ha conservado, el Anonymus Bandurii. En este panfleto anticonstantiniano se atacaba al primer emperador cristiano esgrimiendo un epíteto despectivo, pupillus, sin duda cargado de connotaciones sapienciales en negativo. Con esto se quería dar a entender desde la facción pagana que Constantino, en cuanto pupilo de la Iglesia, era gobernado por otros, que precisaba de una tuitio (tutela) por parte de un maestro (es decir, un obispo), no estando intelectualmente capacitado para asumir por sí mismo el gobierno del Imperium Romanum.

Una acusación carente por completo de fundamento, dado que Constantino, sin llegar a ser un emperador-filósofo como Marco Aurelio, ha sido definido como el príncipe de mayor formación cultural desde el siglo II. Además, su fuerte personalidad hizo de él un autócrata poco dúctil para sus consejeros y dignatarios.

Ciertamente, en el siglo IV, los emperadores cristianos confiaron su educación o la de sus hijos a preceptores privados. En este sentido sí que eran «pupilos». Pero no por ello eran necesariamente «discípulos» o «seguidores» de sus preceptores. El propio Constantino acudiría al gran sabio cristiano Lactancio, uno de los Padres de la Iglesia latina, para que fuera su preceptor. Una instrucción ciertamente no desaprovechada por el emperador si tenemos en cuenta que el antiguo soldado fue capaz de participar activamente en griego fluido en los enconados debates teológicos del Concilio de Nicea introduciendo nociones de la complejidad de la unicidad de sustancia del Padre y el Hijo.

Por consiguiente, bajo ningún concepto Constantino el Grande fue ni una dócil marioneta de la Iglesia ni tampoco uno más de los palurdos emperadores-soldado de la Roma bajoimperial. Parece ser que se crió en un ambiente cultivado de altos funcionarios palatinos. Allí hubo de recibir una esmerada educación literaria y retórica en latín y griego. Antonio Fontán subraya a este respecto que el emperador converso «fue el primero de los emperadores soldado de su siglo a quien cupo esa fortuna»10.

A Constantino el Grande se le atribuye un texto teológico conocido como el Discurso a la Asamblea de los Santos (Oratio ad Sanctorum Coetum). Este discurso/sermón fue pronunciado por el emperador en Tesalónica el Viernes Santo del año 321 (o 324 según otras dataciones) y nos es conocido debido a su reproducción por Eusebio de Cesárea en su Vita Constantini (IV, 32).

Por otra parte, a pesar de que hay autores que dudan de que Constantino acertara a manejarse con las ideas y fuentes literarias de una obra tan compleja como el opúsculo teológico que se le atribuye. En efecto, resulta innegable que es de una cierta complejidad teológica, ya que hay referencias a la idea platónica del Bien Supremo extraídas del Timeo y se citan la IV Égloga de Virgilio, la profecía de la Sibila Eritrea y pasajes de las obras de Cicerón y Calcidio, así como del Libro de Daniel11. Esto ha llevado a algunos autores a negar la autoría constantiniana o a sostener que su discurso fue posteriormente revisado por alguien que mejoró la calidad literaria de su griego.

A pesar de ello, hay autores como Timothy Barnes que apuntan a que este texto se debió a la propia pluma del emperador (aunque asesorado por dos de sus más estrechos colaboradores, el obispo Osio de Córdoba y Lactancio). Esta hipótesis, formulada por el más solvente de los recientes especialistas en la materia, nos parece la más convincente en el actual estado de nuestros conocimientos.

POSTERIDAD DE LA IMAGEN DE LA REALEZA  CONSTANTINIANA

En la Plena y Baja Edad Media, en el contexto del enfrentamiento entre el Papado y el Sacro Imperio, la Donatio Constantini fue un arma dialéctica, esgrimida por los canonistas hierocráticos, de un lado, y por los publicistas imperiales, de otra parte. Ejemplos de esta instrumentalización dialéctica los encontramos en las polémicas sostenidas a través de la publicística por Juan de París, Egidio Romano, Juan de Viterbo, Guillermo de Ockham, Marsilio de Padua o el propio Dante en la Divina Comedia.

En este contexto de polémica teórica, la Donatio Costantini, sostén por excelencia de la hierocracia pontificia, fue analizada y juzgada negativamente desde la perspectiva teológico-jurídica pero también desde la investigación histórica. En este sentido, la bien conocida revisión crítica del documento por parte del humanista Lorenzo Valla (De falso credita et ementita Constantini donatione) no fue sino una más de las denuncias de la falsificación que aparecerían en el siglo XV.

Pero, ya a mediados del siglo XIV, de la figura de Constantino sometida al pontificado transmitida a la Alta Edad Media por la leyenda hagiográfica del Actus Sylvestri y la propia falsificación del Constitutum, apenas quedaba ya nada y se puede concluir que para entonces la figura del primer emperador cristiano era ya, sobre todo para los defensores de la monarquía, la del Constantino triunfante y autócrata, el glorioso restaurador (restitutor) de Roma bajo una nueva fe. De la leyenda del humilde palafrenero de san Silvestre, tan incómoda para los defensores medievales de la superioridad temporal del Imperio sobre el Papado, apenas quedaba nada al entrar en la Edad Moderna.

Posteriormente, durante los siglos XVIII y XIX, Constantino el Grande fue objeto de su particular «leyenda negra» por parte de un sector anticlerical de la historiografía. Desde la influyente Decline and Fall of the Roman Empire del francmasón Edward Gibbon, se han vertido numerosas descalificaciones sobre la figura del primer emperador cristiano. Por ejemplo, Burckhardt le definió en su día como un «asesino egoísta e irreligioso». Incluso autores rigurosos como Alföldi le han considerado un «supersticioso», mientras que André Piganiol le ha descrito como «un pobre hombre que anda a tientas» y Henri Grégoire le caracteriza como «un segundón sin cultura».

En cuanto a la acusación, tantas veces repetida, que hacía de la conversión de Constantino un mero acto de cálculo y de cinismo político, la historiografía anglosajona de la segunda mitad del siglo XX la ha desmontado con solvencia señalando los elementos estrictamente religiosos presentes en ella12.

En la figura histórica de Constantino el Grande descubrimos hoy a un tenaz y metódico hombre de estado, implacable con sus enemigos sí, pero también a un capaz militar, a un eficaz arquitecto del Estado tardorromano, además de un hombre culto y muy religioso, sinceramente comprometido con la causa de la Iglesia y cuyo largo principado supuso una autentica refundación cristiana de Roma.

De hecho, el inmenso éxito del sueño medieval del Imperio Romano como Sacro Imperio Cristiano, el principal de los mitos políticos que la Edad Media legó a la posteridad (con brillantes epígonos como Carlomagno o Carlos V), no se puede comprender en su justa medida sin la alargada sombra de Constantino el Grande.


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Carlos Dardé, Cánovas. José M.ª Marco, Maura. Luis Arranz, Silvela

Don Antonio Maura, uno de los grandes fabricantes de frases lapidarias que han pasado a la historia de nuestro parlamentarismo (de él es, por ejemplo, la famosa invocación a la transparencia resumida en la petición de « ¡luz y taquígrafos!»), dijo que «la memoria es evidentemente una de las prófugas de la política». La mala memoria forma parte del juego político, y no solo en el pequeño regate y en la necesidad de imponer la conveniencia frente a inoportunas manifestaciones anteriores, sino en momentos graves y trascendentes de nuestra historia. Por ello, el ejercicio del recuerdo es esencial. Sin sectarismo. No como nostalgia ni como desquite, sino, simplemente, como lección. Eso que George Santayana resumió en una frase imborrable que puede leerse en el campo de exterminio de Auschwitz: «Los pueblos que olvidan su historia están obligados a repetirla».

La Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) ha lanzado al mercado de los interesados por la política, no donde habita el olvido, sino justamente donde debe anidar la curiosidad por saber quiénes han sido y qué han hecho los protagonistas de nuestra historia, una serie de biografías políticas de fácil lectura (menos de 200 páginas), confiadas a expertos reconocidos en materia de investigación histórica, que han lanzado su mirada a tres grandes figuras de la reciente vida española: Cánovas del Castillo, Antonio Maura y Francisco Silvela.

Seguir la trayectoria, el pensamiento y la acción política de estos tres personajes, que eran prácticamente contemporáneos (Cánovas, el mayor de ellos, nació en 1828, Silvela, quince años más tarde y Maura, el más longevo, un cuarto de siglo después del artífice de la Restauración), unidos por un ideario común conservador, es acercarse a un periodo vital de nuestra historia en el que hubo, como en todos, luces y sombras, pero en el que se vivieron momentos trascendentales: desde el anarquismo terrorista (que acabó con Cánovas y estuvo a punto de hacerlo con Maura) a la guerra de Cuba y el 98, desde la Semana Trágica al Desastre de Annual.[[wysiwyg_imageupload:3152:height=160,width=100]]

El primero de los volúmenes, dedicado a Cánovas del Castillo, ha sido escrito por Carlos Dardé, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Cantabria, que es un gran especialista en la España de la Restauración. En el libro hace un retrato integral de aquel político malagueño, que concitó muchas antipatías (hasta Ortega no disimuló su total desprecio hacia «la fantasmagoría de la Restauración»), pero que sentó las bases del  liberalismo español («el liberalismo conservador», que es el título de la biografía) y que dejó, en medio de las tormentas que rodearon la vuelta de los Borbones a España, una abundante obra de historia y de ensayo. Cánovas es, sin ninguna duda, uno de los personajes que los españoles deberían conocer mejor. Saber algo más que esa famosa definición suya, fruto de su desdeñosa ironía, de que «es español el que no puede ser otra cosa».

Pero Cánovas era profundamente español, alguien que conocía muy bien a sus compatriotas y que pudo decir que creía «haber llevado, con ayuda de mis amigos, una de las más difíciles obras de la historia de España». En la crisis que desembocó en la independencia de Cuba, su posición fue mantener la tesis de que Cuba formaba parte de la nación, a pesar de los 9.000 kilómetros que la separaban de la metrópoli. Winston Churchill, que fue reportero en la guerra del 98 (donde se aficionó para siempre a los puros habanos), escribió asombrado, según cuenta el profesor Dardé, «que los españoles tenían el mismo concepto y usaban el mismo lenguaje para su patria y para sus colonias».

Como también era profundamente español aquel hombre de Palma de Mallorca que tuvo muchas dificultades a la hora de expresarse en castellano cuando llegó, para estudiar Derecho, a la Universidad de Madrid y al que todo el mundo llamaba don Antonio, y el rey, de usted: Maura, del que José María Marco, un experimentado escritor y articulista, con una copiosa y brillante obra a sus espaldas (de la que los lectores de Nueva Revista pueden dar fe), ha trazado un retrato riguroso, preciso y muy interesante, acercándonos los diversos ángulos de una figura de enorme influencia que dedicó su vida entera a la política. Mejor dicho, a la regeneración de la política. Algo que no era fácil, por la inercia del pasado, el caciquismo y la cerrazón de unos y otros. En una de sus horas bajas (que, a juzgar por el perfil que de él traza Marco debieron ser pocas, porque estaba siempre dispuesto para la batalla parlamentaria, en la que se crecía para brillar con fuerza), escribió a un amigo que su oficio era el de «espectador de desastres».

Maura («La política pura», ha titulado su trabajo José María Marco), a pesar de la imagen construida por sus enemigos, que cristalizó en el «Maura, no», como expresión de rechazo total a cualquier fórmula que incluyera su vuelta a la presidencia del Gobierno después de su papel rector en tantos Gobiernos anteriores, fue un habilísimo político de raíces cristianas, tolerante, situado en el centro, que aspiraba a crear una clase media consistente en un país que fuese una democracia y a ser un reformador que hiciera de España una nación de ciudadanos. «Por mí no quedará», dijo una vez, y esa frase fue el lema del ducado de Maura, con que el Alfonso XIII distinguió a su familia. Hizo muchas leyes (como la de la Escuadra, la de Huelga, la antiterrorista), se alió con Cambó en busca de solución para el problema catalán, luchó por sacar a España del aislamiento internacional y acuñó para su partido un eslogan imbatible: «Nosotros somos nosotros».

Creía que no había que anular la política, sino, como decía Silvela, dignificarla. Francisco Silvela es el tercer hombre de esta entrega biográfica de FAES. El libro, dedicado a la memoria de Luis Díez del Corral, ha sido escrito por Luis Arranz Notario, que ha desarrollado su actividad docente y de investigación en la Universidad Complutense de Madrid, y que lo titula «Entre el liberalismo y el regeneracionismo», dos polos que también podrían encuadrar a las dos figuras anteriores. Los Silvela eran tres hermanos, Manuel, Luis y Francisco, todos personalidades destacadas de la vida política y jurídica, pero solo el pequeño —aunque fue un gobernante efímero, como lo define Arranz— llegó a presidente del Gobierno.[[wysiwyg_imageupload:3153:height=159,width=100]]

Cánovas, que no se llevaba bien con él, profetizó que Silvela le sucedería al frente del partido conservador, aunque su gestión no sería un éxito. Pero,¿en qué consiste el éxito en política? Quizá en ser consecuente con las ideas propias, procurando que, como nos cuentan estas tres biografías, algunas se puedan llevar a la práctica y alguien las recuerde. Porque, a fin de cuentas, como dice la escritora mexicana Ángeles Mastretta, «somos lo que dejamos en los otros, lo que recuerdan de uno». Cicerón lo dijo de otra manera: la vida de los muertos es la memoria de los vivos. Los políticos que se recuerdan —podemos decir ahora— son los que valieron la pena. _

Agustín López Kindler, Antonio Fontán. Un héroe de la libertad

Algunos conocíamos ya el trabajo del que parte esta biografía sobre Antonio Fontán. Agustín López Kindler, discípulo del fundador de Nueva Revista, publicó en 2011 una «estrena», como las que cada navidad Fontán enviaba a sus amigos y conocidos. Se trataba de una selección de la correspondencia que maestro y discípulo mantuvieron desde 1959 hasta el fallecimiento del primero, a comienzos de 2010. Todo lo anterior certifica que esta biografía personal de Antonio Fontán está escrita por alguien que le conoció mucho y a quien el propio Fontán tomó como confidente de muchas de sus preocupaciones y empresas.

«Antonio Fontán. Un héroe de la libertad» de Agustín López Kindler. Editorial Rialp, Madrid, 2013

Estaría de sobra en el contexto de Nueva Revista recordar una vida que, como la de Fontán, estará para siempre vinculada a ella. En este sentido, su publicación sigue recordándole siempre que tiene ocasión. Pero también es cierto que, como director y fundador de Nueva Revista, la faceta pública de Fontán era bien conocida; menos conocidos son algunos de los aspectos en los que se centra López Kindler: su infancia, por ejemplo, los estudios universitarios y su pronto despertar al saber, su vocación al Opus Dei o muchas de las empresas que emprendió al comienzo de su carrera.

Si hay algo que sobresale en toda la biografía de López Kindler son los compromisos de Fontán: su amor a la libertad y su carácter tolerante y abierto en unos momentos políticos difíciles —de ahí la pertinencia del título de héroe—; el valor que otorgaba a la amistad, más allá de las ideologías; su defensa del civismo y la estima con que veía la participación pública; su defensa, asimismo, de la nación española y su visión sobrenatural. Si no fuera ya un lugar común, Fontán podía ser descrito como un verdadero humanista.

A quienes no le conocimos de cerca, pero que sentíamos por él la cercanía que nos transmitían sus escritos, les sorprende el ritmo frenético de sus empresas, las diversas dimensiones de su personalidad y que en ellas sobresaliera siempre con excelencia. Amante de los clásicos, su producción científica no se interrumpió en sus incursiones en el campo del periodismo ni en sus avatares políticos como representante de ese liberalismo clásico, sosegado y moderado que tanta influencia tuvo —y que fue tan importante— en la transición española. Y en esta faceta científica se detiene Kindler en bastantes ocasiones.

Su vocación periodística estuvo relacionada con su pasión por la cultura y por la política, como si el periodismo sintetizara ambas facetas. Creador e impulsor de diversas iniciativas, que todavía perviven, como Nuestro Tiempo o esta misma publicación, más relevante políticamente fue su aventura en el diario Madrid. En cualquier caso, fue también un hombre de enorme generosidad: no tuvo reparos en abandonar sus proyectos más personales para poner en marcha el Instituto de Periodismo en Navarra cuando se lo solicitaron.

López Kindler ha utilizado con acierto su propia correspondencia, pero también una enorme documentación a la que ha tenido acceso. De esa forma, en esta biografía Fontán aparece dibujado con exactitud: se revela como hombre humilde y atento a los demás, como pensador político que supo ver más allá de las circunstancias contingentes problemas más importantes, como certifican sus artículos en Nueva Revista. Es un complemento perfecto, por lo que tiene de personal, de otras biografías que están publicándose también en este momento, pero que se centran en otros aspectos de la vida de este gran hombre.

Henry Chesbrough, Open Business Models

La innovación es una de las variables más importantes que se pueden aplicar a los nuevos modelos de negocio para diferenciar una empresa de su competencia. Open Business Models es la segunda entrega del autor en relación a la «innovación abierta», que tras el best-seller Open Innovation revolucionó la manera de plantear los negocios en la era del conocimiento, donde demostró que debido a la gestión adecuada de las ideas y las invenciones a nivel global ya no tiene por qué concentrarse el conocimiento en unas pocas y grandes organizaciones, sino que puede ser gestionado por todo el mercado de manera estratégica.

» Open Business Models» de Henry Chesbrough. Harvard Business School Press, Boston.

El conocimiento es un recurso de mayor valor en nuestros días. Este bien intangible tiene más valor, cuanto más se difunde. Ponerlo en manos de otros no es un síntoma de debilidad, sino de fortaleza, ya que te sometes a su análisis y a su crítica. Las ideas y el conocimiento útil no está concentrado en unas pocas organizaciones, y por ello, los líderes empresariales deberían adoptar un nuevo modelo de negocio basado en la Open Innovation que permita conocer e incorporar a su organización aquellas invenciones que faciliten alcanzar ventajas competitivas de largo alcance.

En este libro, Henry Chesbrough replantea el enfoque tradicional de negocio desde cero. Se propone un nuevo modelo «abierto» para gestionar la función interna de innovación, donde las empresas deben buscan de forma proactiva fuera de sus redes, las ideas y la propiedad intelectual que necesitan para poder competir en un entorno global.

Se proporciona un instrumento de diagnóstico que le permite evaluar a cualquier gestor su actual modelo de negocio, y explica cómo superar las barreras más frecuentes a la implementación de un modelo más abierto de gestión. Si ya se tiene la empresa en funcionamiento, no se trata de deshacer el actual modelo y desarrollar uno nuevo. El autor incide más en cómo cambiar la filosofía de abrir la estrategia a nuevos socios externos, mejorando con ello las oportunidades de liderazgo y supervivencia en los mercados internacionales.

En Open Innovation, el autor ya nos exponía cómo las empresas deberían abrir sus modelos de negocio para ser más permeables a la innovación, compartiendo y adquiriendo nuevas ideas y propiedad industrial, utilizando aquellos conocimientos que otros no utilizan pero que están desarrollados en el mercado, así como intentar transferir a otras compañías aquellas que no están siendo utilizadas en la empresa. En esta nueva entrega, Chesbrough explica cómo construir nuevos escenarios para buscar nuevas fuentes de ingresos, medidas para aprovechar al máximo dichos escenarios, así como nuevas estrategias para escalar los nuevos modelos de negocio por encima de la relación cliente-proveedor.

Las empresas deben construir mapas de acción para conectar la innovación con la gestión adecuada de su propiedad intelectual. Las empresas líderes del siglo XXI deben crear y capturar valor añadido de sus ideas y sus tecnologías de manera recurrente. La generación de redes estables de trabajo en el entorno del I+D+i ofrece a las compañías de cualquier sector múltiples oportunidades para asegurar sus ventajas competitivas de presente y futuro.

Henry Chesbrough introduce un nuevo conjunto de actores, los llamados «intermediarios de la innovación», como agentes que acercarán las oportunidades de ambos lados, valorizando las tecnologías y formalizando las trasacciones. Se explora el impacto de la protección de la propiedad intelectual en los mercados intermedios de la innovación, así como las estrategias de posicionamiento de mercado en los mercados basados en el conocimiento. La innovación es un proceso en el que hay que invertir grandes recursos, pero la clave está en hacer innovación de forma más eficiente en coste, tiempo y gestión del riesgo de manera adecuada.

Este libro resulta de gran interés para todos aquellos lectores que vean necesaria la conexión de su modelo de negocio, con la gestión de la innovación y la propiedad intelectual para alcanzar ventajas competitivas en el mercado. De sus páginas se extractan múltiples ejemplos de cómo otras empresas lo han hecho, en muchos casos grandes multinacionales pero perfectamente aplicable a pymes de sectores diversos. Entre los ejemplos de empresas que han desarrollado este tipo de modelos con éxito destacan los casos de Procter & Gamble, IBM o Air Products.

Chesbrough, en mi opinión, se vuelve a superar, acercándonos con sencillez a cómo una empresa puede abrir sus posibilidades de futuro, adaptándose a las nuevas realidades del mercado en continuo cambio, y poder así hacer negocios dentro del marco de competitividad y excelencia que reina en la actualidad. En definitiva, este libro debe ser leído por cualquier persona que quiera entender cómo innovar en la economía global del siglo XXI.