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Ver productosEllis y Neckbone, dos amigos adolescentes. Con familias desestructuradas, les mueve la curiosidad y el anhelo de aventuras, atravesados por una inocencia y un deseo de amor verdadero encantadores. Viven en el estado de Arkansas, junto al río Mississippi. Sin que sus familias se enteren toman una lancha a motor que les lleva a una pequeña isla. Ahí han descubierto una pequeña embarcación en lo alto de un árbol, quién sabe cómo llegaría hasta arriba. Alguien se oculta en los alrededores. Se trata de Mud, un fugitivo de la justicia, acusado de haber asesinado a un hombre. El tipo les cautiva con su romántica y malhadada historia, y deciden prestarle ayuda y conseguirle alimentos. Los acontecimientos que se siguen, donde no falta la decepción por un conocimiento más ajustado de la naturaleza humana, les servirán como rito de iniciación en la edad adulta.
Podríamos estar hablando de Tom Sawyer, Huckleberry Finn o Jim Hawkins. El espíritu de Mark Twain y Robert Louis Stevenson aletea en Mud, película escrita y dirigida por Jeff Nichols, que fue a concurso en la edición de este año del Festival de Cannes. Los chicos escapan de la mirada de sus mayores para vivir sus particulares aventuras, que les llevarán a la madurez. Sobre todo en el caso de Ellis, Mud deviene en modelo y referente casi paterno, el amor apasionado de este por Juniper le inspira a la hora de tratar de conquistar a May Pearl, una chica de su edad. Inevitable pensar en Long John Silver, el pirata de La isla del tesoro, y la especial admiración que Jim siente por él. Según Nichols, su planteamiento fue hacer «como si Sam Peckimpah dirigiera un corto escrito por Mark Twain». Era consciente de que el novelista «simplemente embotelló lo que se siente siendo un chaval. Y yo quería volver a eso y ver cómo podía ser un chico actual que vive junto al río». En la relación entre Ellis y el fugitivo Mud menciona además un referente en el que se percibe su misma nostalgia, Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993) de Clint Eastwood.
La pregunta del millón es: ¿conserva su vigencia el cine de aventuras en el siglo XXI? ¿O se ha convertido en una reliquia del pasado, que asoma esporádicamente a las pantallas, resistiéndose a desaparecer, a semejanza de lo que le ocurre al wéstern? No deja de ser paradójico en tal sentido que los años en que apenas se hacían películas del Oeste hayan coincidido precisamente con su reconocimiento en forma de premios Oscar, véanse Bailando con lobos (Dances with Wolves, Kevin Costner, 1990) y Sin perdón (Unforgiveness, Clint Eastwood, 1992). El viejo tema de la frontera nunca deja de cautivar, la existencia de territorios vírgenes y sin explorar, donde no todo está reglamentado con pelos y señales, permite el reencuentro con uno mismo en singular aventura, el planteamiento del reciente film de corte ecológico, y por tanto muy contemporáneo, Hacia rutas salvajes (Into the Wild, Sean Penn, 2007) va en esa dirección.
En todo caso, no parece casual la decisión de Nichols de insertar en Mud un plano de un calendario que no deja lugar a dudas de que la acción se desarrolla en el año 2011. Este hecho, junto con la completa ausencia de artilugios omnipresentes en la sociedad contemporánea —videoconsolas, teléfonos móviles, ordenadores, etc. — y la fisicidad de la naturaleza, manifestada sobre todo en el río y los árboles, parece toda una declaración de principios, una reivindicación del género por parte del cineasta: la aventura es la aventura, ayer, hoy y mañana, no se pueden perder en la noche de los tiempos las experiencias iniciáticas de la adolescencia, más o menos dolorosas, que conducen de la infancia a la juventud madura.
El diccionario de la lengua de la Real Academia Española define aventura en una de sus acepciones como «empresa de resultado incierto o que presenta riesgos». Por lo que podría decirse que, en definitiva, toda personal existencia humana es una aventura, se quiera o no. Sin embargo, en tiempos acomodaticios como los actuales, en que se quiere tener el control de todo y se abomina de cualquier tipo de sobresaltos —la consulta del parte meteorológico en los smartphones ha devenido en casi obsesivo—, no puede haber algo más contrario a la mentalidad dominante que la aventura. Aunque, paradójicamente, existe una añoranza de la sorpresa, el deseo de acometer algo con final imprevisible al cien por cien, lo que conduce a veces a la búsqueda de sucedáneos de aventuras, como pueden serlo los deportes de alto riesgo, o la inmersión en mundos virtuales con desafíos de los que supuestamente saldremos indemnes. En cualquier caso, y al igual que les ocurre a los hobbits Bilbo y Frodo Bolsón de J. R. R. Tolkien, muy cómodamente instalados en sus agujeros del suelo en la Comarca, pero no del todo a gusto, el ser humano necesita respirar aventura, proponerse metas arduas que valgan la pena, aunque solo sea para luego disfrutar aún más del hogar, dulce hogar. Y la ficción, literaria o cinematográfica, invita a llenar los pulmones de oxigenante aire aventurero.
El cine de aventuras es casi tan antiguo como el propio cinematógrafo, no hay más que pensar en el pionero Georges Méliès y su Viaje a la Luna (1902) inspirado por Jules Verne. Seriales como el Fantomas de Louis Feuillade o el Flash Gordon de Frederick Stephani explotaban a un personaje carismático y novelesco, y sus andanzas podían terminar en el momento más emocionante, lo que invitaba a aguardar expectante la entrega de la semana siguiente. El celuloide permitía plasmar en imágenes todo tipo de andanzas exóticas y de corte fantástico, y muchos directores supieron trasladar la tradición literaria aventurera a la pantalla, incluso identificándose con ese tipo de historias. Uno de los grandes fue Raoul Walsh. De niño voraz lector de novelas de aventuras conoció a Mark Twain y a Pancho Villa, tuvo juvenil experiencia marinera y en 1924 acometió con Douglas Fairbanks El ladrón de Bagdad (Thief of Bagdad), uno de los cuentos incluido en Las mil y una noches. Frecuentador del wéstern y las películas de piratas, también firmó clásicos como El mundo en sus manos (The World in His Arms, 1952), ambientada en mundo de los cazadores de focas en la Alaska rusa.
Reino Unido tuvo el impulso de los húngaros hermanos Korda, Zoltan, Alexander y Vincent dieron lustre al cine aventurero, adaptando a A.E.W. Mason —Las cuatro plumas (The Four Feathers, 1939)— y Rudyard Kipling — Sabu-Toomai el de los elefantes (Elephant Boy, 1937) y El libro de la selva (Jungle Book, 1942), ambas con Sabu—. La edad dorada de Hollywood coincidió, como es lógico, con títulos memorables del cine de aventuras que bebían de una sólida tradición oral y escrita. Estaban la saga de Tarzán basada en Edgar Wallace, con Johnny Weissmuller como rostro característico, las andanzas de Robin Hood encarnado por Errol Flynn, los tres mosqueteros de Dumas padre con Don Ameche como D’Artagnan. No ha habido mejor versión de La isla del tesoro que la de Victor Fleming en 1934, con unos extraordinarios Wallace Beery y Jackie Cooper, y no es de extrañar que también figurara como responsable de El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), adaptación de la obra de L. Frank Baum. Antes de que la segunda guerra mundial lo cambiara todo, y quizá a modo de fórmula para afrontar las consecuencias de la Gran Depresión, este cine permitía evadirse, echar a volar la imaginación hacia lugares exóticos, como ocurría en Gunga Din (George Stevens) o Beau Geste (William A. Wellman), ambas de 1939.
John Huston, él mismo un aventurero nato, sería de los que aguantaría el tipo abordando el género, tal vez porque le insuflaba un personal punto de ironía, de modo que entregó títulos imprescindibles como El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of Sierra Madre, 1948), La Reina de África (The African Queen, 1951), a partir de C. S. Forester, Moby Dick (1956), basada en Herman Melville, y, canto del cisne, El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King, 1975), según la obra de Kipling. Afirmaba el cineasta que «siempre me siento oprimido en presencia de demasiadas normas, normas severas. Me apuran. Me gusta la sensación de libertad. No es que busque la libertad absoluta del anarquista, pero me impacientan las reglas que proceden de los prejuicios». También Howard Hawks, que antes de la guerra hizo Solo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings, 1939), firmaría otro título también crepuscular, ¡Hatari! (1962), influencia indudable para Steven Spielberg en El mundo perdido: Parque Jurásico 2 (The Lost Work: Jurassic Park, 1997). Hawks aseguraba que «el mejor drama para mí es el que muestra al hombre en peligro. No hay acción donde no hay peligro. […] ¡Vivir o morir! ¿Hay drama mayor?».
Aunque tras la conflagración mundial no faltarían películas como el Ivanhoe basado en Walter Scott e interpretado por Robert Taylor, o nuevas adaptaciones de los mosqueteros, como las de Richard Lester en los años setenta, algo estaba empezando a cambiar. Asomaban la guerra fría y el pánico nuclear, y cintas como La invasión de los ladrones de cuerpos (The Body Snatcher, Don Siegel, 1956) se convirtieron en metáfora del peligro comunista. El mundo se hizo más cínico, y había deseos de libertad y de cambio del estado de las cosas, no a Vietnam, haz el amor y no la guerra, la imaginación al poder, revolución sexual, movimiento hippy, fuera cortapisas de la censura en las pantallas. Irónicamente tituló Michelangelo Antonioni La aventura (L’avventura, 1960), una cinta emblemática del llamado antiargumento, una película de misterio sin misterio según James F. Scott, que sirve para diseccionar a una burguesía vacía de ideales. Es cierto que había grandes superproducciones como Ben-Hur (William Wyler, 1959) o Lawrence de Arabia (David Lean, 1962) que mostraban a las claras que había sed de aventuras, pero lo cierto es que el género comenzó a languidecer, tuvo que refugiarse en la serie B.
A George Lucas y Steven Spielberg se les atribuye con motivo la recuperación del cine de aventuras gracias a La guerra de las galaxias (1977) y En busca del arca perdida (1981), claras películas deudoras de sus amados seriales cinematográficos. El cine se había vuelto demasiado sesudo y oscuro, y el espíritu adolescente de muchos adultos despertó con unas trepidantes películas de buenos y malos, princesas y tesoros, persecuciones y sacrificio, que también hacían vibrar a la gente joven. El efecto perverso de tal logro fue que el nuevo cine de aventuras demandaba unos costosos efectos visuales. Hollywood entraría en la espiral de los blockbusters de altísimo presupuesto, por lo que se buscó limitar los riesgos de inversión, lo que en muchas ocasiones se tradujo en la búsqueda de franquicias con las que el espectador estuviera familiarizado, recurriendo a fórmulas ya probadas, los experimentos con gaseosa, vaya. Lo que significaba a la postre renunciar en la medida de lo posible al riesgo, la antítesis de la aventura que se pretendía contar, lo que no podía dejar de pasar factura —si se nos permite el juego de palabras— en forma de películas con frecuencia mediocres.
De modo que la aventura en los últimos tiempos está muy ligada a las traslaciones a la pantalla de los superhéroes de cómic de Marvel y DC, con resultados variables. Y a adaptaciones de libros con ciertas garantías, véanse El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, o los libros de Harry Potter de J. K. Rowling, acertadas por su esfuerzo prioritario de fidelidad a las obras originales. Aunque el éxito nunca puede garantizarse, un caso muy singular es el de Las crónicas de Narnia de C. S. Lewis, Walden Media logrará sacar adelante, asociado con Disney, El león,la bruja y el armario (2005), de sorprendente éxito. La compañía del ratón quedó menos satisfecha con los resultados de taquilla de El príncipe Caspian (2008), de modo que renunció a producir La travesía del viajero del alba (2010) que al final hizo Walden con Fox, nuevo socio. En estos momentos es difícil decir si los cuatro libros restantes se verán algún día en la pantalla, resulta difícil cuadrar números en unos tiempos en que el cine se ha convertido en empresa de alto riesgo.
Un problema en cualquier caso de todos estos títulos consistía quizá en su elemento fantástico, que introducía un punto de puro escapismo, frente a las aventuras clásicas que pese a su exotismo dejaban al lector-espectador con los pies firmemente asentados en el suelo. Además, el barroquismo abigarrado y exuberante ha hecho irrupción en el género, demasiado pirotécnico y circense —el «más difícil todavía»—, influido sin duda en su ritmo vertiginoso por los videojuegos, que prometen una gran aventura en que el usuario es el protagonista, aunque no deja de resultar irónico que al final acaben empujando a la pasividad y limitando la imaginación. La saga Piratas del Caribe, iniciada en 2003 con Johnny Depp como su rostro emblemático, debe probablemente más su éxito a la conexión con el tono burlón de las películas clásicas de Burt Lancaster y compañía que a su simple perfección técnica, algo que parece corroborar la pobre acogida en 2013 de El llanero solitario, con el mismo equipo tratando de repetir fórmula, pero cayendo en la trampa del artificio sin alma. Y no está de más recordar que la cinta animada de Disney El planeta del tesoro (Treasure Planet, John Musker y Ron Clements, 2002) se complicaba la vida adaptando la novela de Stevenson en clave de ciencia ficción, que John Silver sea un cyborg, francamente, poco aporta a la historia original, y puede interpretarse como una muestra de condescendencia con los espectadores de las nuevas generaciones, que se supone no sabrán apreciar la trama si no se les sirve convenientemente triturada por la túrmix de la modernidad.
De todos modos, insisto de intento, uno de los problemas a los que se enfrenta el actual cine de aventuras se llama dinero, dinero, dinero. Las inversiones son colosales, y a veces se logra conectar con el público —La momia (The Mummy, Stephen Sommers, 1999), Avatar (James Cameron, 2009), Prince of Persia: Las arenas del tiempo (Prince of Persia: The Sands of Time, Mike Newell, 2010)— pero otros muchas no —10.000 (Roland Emmerich, 2008), Airbender: El último guerrero (The Last Airbender, M. Night Shyamalan, 2010), John Carter (Andrew Stanton, 2012)—. Por otro lado, los jóvenes cada vez muestran menos interés por un cine supuestamente dirigido a ellos, pero con el que a menudo no conectan, absorbidos por otros intereses a los que les reclaman las pantallas de sus smartphones. Con este panorama de una ficción aventurera degradada, Mud podría señalar un camino diferente a seguir: películas de presupuesto más ajustado, donde se cuidan mejor la definición de personajes y los aspectos dramáticos, al beber las tramas de las cuestiones más universales planteadas por el cine clásico de aventuras. _
Creo que fue Woody Allen quien escribió, en ese libro provocador y fascinante que es Cómo acabar con la cultura de una vez por todas, algo así como:
De todos los hombres célebres que han existido, sin duda me hubiera gustado ser Sócrates. No solo porque fue un gran pensador, pues también a mí se me reconocen algunas intuiciones razonablemente profundas, si bien las mías indefectiblemente giran alrededor de cierta azafata de las líneas aéreas suecas.
Bien, mis intuiciones razonablemente profundas (en el caso de que existan) y las de muchos, muchos arquitectos españoles, giran invariablemente alrededor de la arquitectura gracias, fundamentalmente a Javier Carvajal, que es, por encima, o además, de uno de los mejores arquitectos españoles, un auténtico maestro.
Hacer la laudatio de Javier Carvajal exige, inexorablemente, referirse a esa doble faceta, a ese magnífico saber conjugar la docencia y el ejercicio profesional, la reflexión sobre la arquitectura y su enseñanza con el fatigoso, arduo y enriquecedor intento de hacerla realidad.
Pero esto exigiría demasiado tiempo por mi parte y demasiada paciencia por la vuestra. De modo que, esta noche, quisiera centrarme solo en su faceta de profesor.
Sus obras materiales ahí están:
Ahí está ese Panteón de los Españoles en Roma, que,con la iglesia de Vitoria, es obra definitiva en el cambio de sensibilidad del arte sacro.
O los edificios de viviendas colectivas de Cristo Rey, de Montesquinza, de Caracas, de León, ejemplos de construccióndelicada, sensible, del tejido urbano.
O esas viviendas unifamiliares de referencia obligada:las casas Hartman, Sobrino, Biddle Duke, Baselga, Lladó,Cardenal, Rodríguez-Villa y, sobre todo, ese potente, expresionista,exquisito conjunto realizado para los García Valdecasas y para él mismo en Somosaguas.
O los edificios docentes, como la Escuela de Estudios Mercantiles de Barcelona, la Biblioteca de Derecho de Madrid, la sede de la Universidad de Comillas, la Escuela de Telecomunicaciones de la Politécnica o la Biblioteca de Navarra,que (lamentablemente para mí) hace la competenciaa mi Facultad de enfrente.
O los de oficinas, como el Banco Industrial de León, la Adriática, la Moraleja…
O los edificios en altura, desde la Torre de Valencia al espléndido proyecto para Telefónica…
O los edificios singulares, como aquel inolvidable Pabellón de España en la Feria Mundial de Nueva York, felizmente en vías de recuperación para Madrid, o el Zoo de la Casa de Campo…
Hoteles, mezquitas, estadios, embajadas… Todas esas obras, cuya sola enumeración marea, ahí están. Son demostración de un trabajo obsesivo, una indesmayable dedicación, un buen hacer ejemplar.
Pero la rica y fértil vida de Javier Carvajal tiene otra dimensión inmaterial, y por ello difícilmente cuantificable, aunque extraordinariamente eficaz. Y a esa otra dimensión quisiera referirme esta noche.
Javier es, estaréis de acuerdo, un maestro.
Y un maestro que predica con el ejemplo.
Un maestro que sabe que ese fructífero entrelazarse de enseñanza y ejercicio profesional es condición imprescindible para quien intente ayudar a otros a recorrer caminos ya personalmente descubiertos, transitados y sufridos.
Hablo ahora como universitario, como alguien que aprendió de Javier a amar una institución que sigue siendo, a pesar de su pregonada obsolescencia, el lugar privilegiado para la creación del pensamiento, el debate intelectual y su transmisión.
Pues bien. Si la arquitectura española debe mucho al Carvajal arquitecto, la Universidad debe más al Carvajal profesor.
Este premio reconoce ambas deudas.
La Universidad reconoce en Javier una entrega generosa, una dedicación casi heroica, demasiadas veces retribuida no con laureles sino con despego.
Pero, ¡qué le vamos a hacer! Este viejo, admirable, maravilloso e ingrato país nuestro suele pagar, muchas veces, así a sus mejores hombres.
Como muchos de vosotros, me siento afortunado heredero de una etapa especialmente singular y brillante de la Escuela de Madrid.
He tenido maestros. He admirado en ellos, ante todo, su capacidad de generar entusiasmo.
De nuestros dos grandes profesores de proyectos, Oiza y Carvajal, jamás olvidaremos su talante apasionado, su entrega sin horarios, su convertir todo en crítica reflexión arquitectónica. Al cabo de nueve meses de clases, una sola cosa teníamos clara: que ya nunca podríamos abandonar la arquitectura.
En aquellas aulas de la Escuela, Carvajal nos hablaba a los alumnos. A veces alguien, temblando por su temeridad, se arriesgaba a comenzar una imposible discusión con él. Aprendíamos, rápidamente, que el diálogo entre el que sabe y el que no sabe se llama enseñanza.
De Javier Carvajal es imposible olvidar su actitud, aunque no pueda precisar sus palabras. Sé que tras las críticas públicas de los ejercicios presentados, realizadas con su apasionada vehemencia, corríamos al tablero. Nos enseñaba a proyectar. Recuerdo: «Se os ha dicho que proyectéis hacia el sur, que abráis la casa a la luz, a la higiene, al soleamiento… Un día, florece un cerezo al norte. Alguien abre una ventana para contemplarlo. Fin de la tipología. Comienza la proyectación».
En Barcelona y Las Palmas, pero muy especialmente en Madrid y Navarra, Javier ha sabido apelar a la emoción de sus alumnos, enfrentándolos ilusionadamente al drama del papel en blanco.
Muchas generaciones de arquitectos le deben lo que son. Muchos profesionales se han contagiado de su entusiasmo, han aprendido de su lucha ante las dificultades de la profesión, de su inconformismo ante lo fácil, de su búsqueda constante de la belleza y la excelencia.
Muchos le deben mucho.
Yo soy uno de ellos.
Tenéis que disculparme.
Comprendo que las referencias autobiográficas o las alusiones a circunstancias personales son irrelevantes, y que ese de nobis ipsis silemus, «no hablemos de nosotros mismos», que exige Kant en su Crítica de la razón pura es especialmente indicado cuando se habla en público.
Pero ¿qué queréis? No puedo ser objetivo hablando de Javier Carvajal. Pertenezco al grupo de quienes le deben demasiado.
El año siguiente a terminar la carrera, Javier Carvajal me invitó a integrarme en su cátedra como profesor de proyectos. Jamás olvidaré mi primera clase. Podéis imaginar los temblores y balbuceos de aquella pobre criatura, de aquel inexperto PNN, que debía hablar en presencia del catedrático. Su generosa comprensión me ganó para siempre.
Bajo su dirección hice la tesis doctoral (y muchos de vosotros sabéis lo pesado que es dirigir una tesis y la paciencia franciscana que exige). Presionado por su insistente machaconería preparé las oposiciones a profesor titular.
Y cuando, años después, su jubilación dejó vacante su cátedra de Madrid —que siempre será la suya— consideré una obligación personal y un homenaje debido al gran maestro presentarme a la oposición.
Creedme. Enseñar ahora en sus aulas me produce una extraña mezcla de orgullo y vergüenza. Es de los pocos momentos en que me asalta la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Nos has dejado tan alto el listón…
Bien. Comprendo que hemos entrado en campos minados, donde en cualquier momento puede desintegrarse el discurso lógico ante el estallido sentimental. Pero no importa. Dejemos la objetividad para los objetos.
«Dicho esto», como diría Javier Carvajal, «digamos cuanto antes» que seguiría diciendo cosas de Javier si no supiera que lo que él más desea (y quizá con él más de uno de vosotros) es que me calle de una vez.
Sin embargo, no lo haré sin recordarte, querido Javier, dos últimas cosas.
La primera es que los maestros, como los viejos rockeros, nunca se retiran. Pueden ser jubilados administrativamente, pero jamás dejan de ser una referencia, un modelo y un ejemplo.
Lo sabes, pero quiero repetirlo, por si acaso ahora necesitaras un aliento para seguir implicado en este difícil y fascinante, cruel y maravilloso mundo de la arquitectura, que sigue necesitándote.
La segunda… quisiera decirla en voz baja, pero debo hacerlo bien alto.
Yo Javier, como sabes, te quiero. Lo cual no tiene mérito por mi parte, sino por la tuya. Cuando alguien es querido, y por tanta gente, es porque sin duda ha hecho méritos para ello.
Querido Javier, solo Dios sabe cuánto te debemos tantos. La ventaja es que Él lo sabe bien, incluso mejor que tú, y ciertamente mejor que nosotros.
Has dado tu vida por la arquitectura y por la enseñanza de la arquitectura, y has pagado, por ello, un alto precio.
No importa.
Felizmente, Él que ve en lo oculto, Él que sabe corresponder con el ciento por uno, no se deja ganar en generosidad.
Mientras tanto, sirva este premio, y nuestra gratitud, de sucedáneo.
«Si he llegado a ver más lejos», dijo Newton, «es por haberme encaramado a hombros de gigantes». Querido Javier, gracias por prestarnos tus hombros. Tú eres uno de esos gigantes. _
LAUDATIO
El año pasado, en una ocasión como esta, destaqué de la figura del fundador, Antonio Fontán Pérez, marqués de Guadalcanal, tres características que, a mi juicio, hicieron de él una figura eminente, verdaderamente ejemplar. En primer lugar, su deseo de conservar de la tradición lo que sigue siendo vigente, fecundo, civilizador, integrador, sabio. Después, su liberalidad máxima: el placer por el individuo en su individualidad, en su singularidad, lo que le dotaba de una tolerancia genuina e infalible. Finalmente, su condición de maestro de la amistad, de genio de la amistad. Los discípulos de Platón decían: «Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad» para destacar el compromiso del filósofo con las ideas antes que con las personas. Yo creo que don Antonio diría: «Amigo de la verdad, pero más amigo de mis amigos»; o quizá: «La amistad —la fidelidad a las personas reales— es la única y principal de las verdades, por encima de creencias y de códigos».
Se verá que estas características adornan también al premiado de hoy. Por eso creo que don Antonio estaría muy complacido de la persona que este año obtiene el premio que lleva su nombre.
EL AUTOR DEL ARTÍCULO PREMIADO
Valentí Puig nació en Palma en 1949. Realizó estudios de Filosofía y Letras. Es periodista y escritor (en catalán y en español). Como periodista, es colaborador habitual de diversas publicaciones, entre otros medios, ABC —fue corresponsal en Londres—, El País, Diario de Mallorca y La Vanguardia. Ha desarrollado una extensa actividad literaria fundamentalmente escrita en catalán: poeta, dietarista, narrador y ensayista. En el ámbito catalán ha obtenido los más prestigiosos premios, como el de novela Ramon Llull en 1987 con Somni Delta (Sueño Delta); el Premio Josep Pla 1998 por L’home de l’abric (El hombre del abrigo), una aproximación novelada a la vida y obra del propio Josep Pla; el Premio Nacional de la Crítica en narrativa en catalán en 1999 por su libro de relatos Maniobres privades,y en 2006 el Premio Sant Joan de Narrativa por La gran rutina. Otros libros narrativos son Dones que fumen (Mujeres que fuman), cuentos, y Complot, novela. Es autor de varios dietarios como En el bosque o, hasta ahora el último publicado, Rates al jardí (Ratas en el jardín). Ha escrito libros de viajes sobre ciudades —Dublín, Palma—. Es editor de un Diccionario Pla de Literatura y de varios ensayos o de índole miscelánea como Cien días del milenio, entre otros títulos.
Si tuviera que compendiar la variedad de la obra de Valentí Puig diría de ella que es la obra de un hombre culto. ¿Qué entiendo por una persona culta?
Ser culto no significa acumular conocimientos de historia sino tener conciencia histórica, convertir la naturaleza en historia, practicar un cierto escepticismo atento a la pluralidad, a la complejidad, a la diversidad atomística de la realidad; alergia a las síntesis precipitadas y pretensiones maximalistas atemporales. No es el nihilismo del todo vale porque la historia enseña que el número de buenas ideas alumbradas por la humanidad es pequeño y controlable. Al contrario, el historicismo hace de las ideas algo racional, susceptible de deliberación, crítica, revisión y, en su caso, abandono.
Por otro lado, ser cultura implica una recepción crítica de la tradición. En ella se encuentra un ensayo de solución colectiva a problemas reales de convivencia, sabiduría atesorada y confirmada por la experiencia, aprendizaje colectivo, consenso de generaciones que sería estúpido ignorar.
En resumen, ser culto incluye relativismo delicado y sabio conservadurismo.
Defiendo que Valentín Puig es el paradigma del hombre culto. Sin duda acumula muchos saberes, como sugieren la lista de los libros citados y su afición a tantas cosas.
Pero lo que le caracteriza no es tanto eso, que también, sino sobre todo esa doble condición de hombre culto antes descrita.
De un lado, hombre con conciencia histórica, con ese sano relativismo que atempera las pretensiones de absolutismo en todas las esferas: política, cultural, nacional. Hombre atento a las singularidades, a los rasgos característicos, a las peculiaridades de cada individuo, cada pueblo, cada cultura, en su complejidad, en su rica pluralidad, en su diversidad irreductible a un ideario, a un programa político, un plan.
Ese sensus para lo particular le hace hedonista, sabiamente placentero con las cosas de este mundo: la mesa, la lectura, la conversación, el eterno femenino que nos eleva. Ese aprecio y la familiaridad con lo contingente, lo cambiante, lo mortal, pero en cuanto mortal, querido, amado, apreciado en su mortalidad, vulnerabilidad, fugacidad transeúnte. Contra la ansiedad de lo nuevo, el anhelo de novedades, el adanismo que cree estrenar el mundo cada día, ese empezar de cero que destruye por estupidez, por ignorancia, por insensibilidad, por incultura, contrapone el premiado un transar, pactar con la realidad del mundo en su estructura, pactar también con los otros y ser puente. Valentín tiene algo de pontífice, pero de un pontífice que hace de puente sin pontificar.
De otro lado, Puig es un conservador sabio. Un hombre inteligente es quien se proporciona los medios para obtener fines; uno sabio es quien elige bien los fines. Y para ser sabio hay que reconocer que flotamos sobre un lecho de tradiciones que conviene no olvidar ni despreciar sino conservar. Valentín Puig se parece a esos conservadores de registro anglosajón, como Burke, como Oakeshott. Este último escribió un ensayo luminoso titulado « ¿Qué es ser conservador?» (1956) publicado en El racionalismo en la política y otros ensayos. Allí describe la «disposición conservadora», la cual «estima el presente, y no se estima por sus conexiones con una antigüedad remota ni porque se reconozca como algo más admirable que cualquier alternativa presente, sino a causa de su familiaridad». «Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, preferir lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica».
Estas palabras del filósofo inglés describen muy bien, creo yo, la actitud de Valentín Puig: historicismo, conservadurismo crítico, sabiduría. Eso define su verdadero genio. Por eso cultiva todos los géneros: porque el género es solo un instrumento entre varios para producir y proyectar su mayor talento: su persona de hombre culto.
El ARTÍCULO
El artículo premiado —«Catalunya en todo y por partes»— es un texto de corroboración de lo antedicho: el artículo de una persona verdaderamente culta.
Advierte en él contra los maximalismos, los costes cuantiosos del todo o nada que perjudican a Cataluña, «mientras —dice— el realismo sin ambigüedad presenta más opciones abiertas». Propone el deslinde entre catalanismo y Cataluña, siendo la primera solo una opción política entre varias presentándose a sí misma como un todo. Y para demostrarlo recorre la historia, la visita girada por Alfonso XIII a Barcelona en 1902 y los artículos de Joan Maragall sobre ese acontecimiento.
El artículo contrapone la simplificación, el maximalismo reductor y monocorde, frente al reconocimiento de la pluralidad, diversidad, riqueza y complejidad de la realidad. El artículo es un homenaje a la seriedad de la realidad. Y eso es propio de los hombres sabios y cultos.
Por eso concluyo que el premio está muy bien otorgado y me alegro mucho por ello. Y felicito cordialmente al autor y a la Fundación. Gracias a todos.
En la introducción al catálogo de la exposición organizada este año en Milán en torno a la conmemoración del mil trescientos aniversario de este fundamental evento, su comisaria, Gemma Sena Chiesa, utiliza la expresión falso storico para calificar al Edicto y símbolo epocale para expresar la enorme trascendencia que, a pesar de ello, se le ha atribuido desde la Antigüedad Tardía.
En efecto, el Edicto de Milán puede ser calificado con propiedad de falso storico desde un cierto punto de vista. Se trata, en realidad, de un mero documento (litterae) de disposiciones burocráticas dirigido a los principales dignatarios de la administración imperial, que sería confirmado después por el emperador de Oriente, Licinio, en Nicomedia. Pero enseguida se transformó en la narrativa constantiniana brillantemente fabricada por el obispo Eusebio de Cesarea y, sobre todo, en la leyenda medieval posterior, en una solemne declaración de intenciones hasta convertirse en la expresión más conocida de aquella revolución social, espiritual y política que supuso el triunfo del cristianismo en el Imperio Romano y llevará a la formación de la identidad del Occidente medieval y moderno. A la luz de esto, sin duda no resulta exagerado utilizar la expresión símbolo epocal para calificarlo.
Tan poderoso será el simbolismo político-religioso de este documento que obligará en los siglos altomedievales a la cancillería pontificia a poner sobre el tapete otro, la llamada Donación de Constantino, resultado de una burda falsificación, en el que se producía una reinvención de la figura del emperador. Este documento tuvo tal influencia que consiguió que en la memoria medieval el autocrático liberador de la Iglesia, el nuevo Moisés, se transformara en un humilde y sumiso súbdito del Papado, el palafrenero de san Silvestre a quien hacía entrega incondicional de todo el Imperio. El cesaropapismo cristiano del relato eusebia no se vería así contrarrestado por otra exageración de similar potencia: la hierocracia pontificia. Por supuesto, ambos extremos tergiversaban el verdadero sentido de lo sucedido en Milán en 313.
Pero no solo la falsa Donación de Constantino (Constitutum Constantini) contribuiría a la cuidadosa reconstruccióndel legado político del emperador por parte delos círculos intelectuales del entorno pontificio. En este sentido, cabe resaltar los Actus Silvestri, una colección de narraciones legendarias entre las que ocupa un lugar relevante un supuesta Vita del papa san Silvestre, contemporáneo (pont. 314-335) de Constantino. La leyenda, forjada a finales del siglo V, presenta al papa Silvestre como principal protagonista de la conversión y bautismo de Constantino e inspirador de su política religiosa1.
En efecto, la versión legendaria que ofrece esta Vita de un Constantino bautizado en Roma por san Silvestre poco después del 312 tuvo una enorme fortuna y trascendencia histórica tanto en Oriente como en Occidente hasta el punto de que fue la única vigente durante toda la Edad Media hasta que en el siglo XV se demostró su falsedad2.
Con todo, el interrogante que se impone sobre cualquier otro es el que planteaba Walter Ullmann en un célebre artículo publicado en 1976: «¿En virtud de qué autoridad intervino Constantino en la cuestiones relativas a la Iglesia cristiana, dado que durante gran parte de su vida y de su reinado no fue, formalmente hablando, un cristiano?
[…] ¿Con qué derecho intervino en las disputas y controversias que prima facie parecían incumbir solo a la Iglesia cristiana? ¿Qué título lo facultaba como emperador para convocar sínodos?»3.
De hecho, no deja aún de sorprendernos que un credo universalmente válido para todas las confesiones cristianas, como es el de Nicea, fuera establecido por la autoridad de un emperador al que ni siquiera se permitía entonces tomar parte en la celebración de la eucaristía por su condición de catecúmeno. Tal y como subrayara en su día el historiador alemán Eduard Schwartz, no resulta menos chocante el hecho de que «ni un solo obispo se atreviera a expresar una palabra de desaprobación contra esa monstruosa interferencia»4.
Por supuesto, la respuesta a estos interrogantes la encontraremos en la teología política constantiniana y sus presupuestos teóricos cesaropapistas. Con el triunfo del cristianismo en el siglo IV surgió en el seno del orbe romano una nueva teología del Estado que, partiendo de la idea helenística y veterotestamentaria de la existencia de una estrecha relación entre el poder político y la gracia divina, dio origen a un nuevo discurso sobre la realeza imperial. Esta teología política, aunque nueva, se apoyaría en tres antiguos arquetipos ya hegemónicos en tiempos del paganismo: la Realeza triunfal (el triunfo militar como señal del favor divino), la Realeza sapiencial (la sabiduría como señal de la elección divina) y la Realeza iuscéntrica (el rey juez y legislador como vicario de Dios Supremo Juez universal).
En efecto, en el siglo IV se definió la realeza imperial cristiana en Roma como un oficio apostólico (apostolicum officium), una suerte de ministerio más de la Iglesia que habilitaba al soberano para arbitrar en los asuntos internos de esta e incluso convocar y presidir concilios5.
Obviamente estamos ante un concepto político-religioso cargado por completo de connotaciones cesaropapistas. A partir de los tiempos de Teodosio II, el título de isapostolos(«el igual de los apóstoles») será una de las denominaciones del basileus bizantino en tanto que guardián de la ortodoxia nicena. No en vano, Constantino el Grande se había proclamado el decimotercer apóstol de Cristo, y como tal fue reconocido.
Ahora bien, además de en el ámbito de los siglos inmediatamente posteriores al reinado de Constantino, nos encontramos con una teología política sobre la realeza imperial cristiana que no deja lugar a dudas sobre la absoluta preeminencia del emperador en el seno de la res publica christiana.
Temistio, sin duda el retórico más importante de la Antigüedad Tardía, recogió de la época helenística el arquetipo político iuscéntrico del soberano como ley viviente (nomos empychos) y lo inculcó en su pupilo, el emperador de Oriente, Arcadio: «Eres la Ley viva —le escribe—, la Ley divina llegada de lo alto, por encima de las leyes escritas».
En tiempos de Justiniano este discurso iuscéntrico llegaría a su apoteosis. En todo caso, el origen pagano del concepto no pareció importar a nadie, si bien ya el filósofo neoplatónico judío Filón de Alejandría (30 a.C.-50 d.C.) había calificado al profeta Moisés como Ley animada en tanto que «agente del Logos divino»6.
Esta «idolización» del emperador romano-cristiano conectó con la tradición judía de la realeza mesiánica y salomónica. En efecto, la fusión de la tradición helenística del monarca divinizado, «salvador y bienhechor del pueblo» (basileus soter, basileus evergetes), con el imaginario bíblico de los reyes ungidos de Israel, sabios y santos, dará lugar a una sacralización del Imperium Christianuma partir de la extrapolación de la Monarquía divina de Cristo Pantokrator («el que reina sobre todo») a la realeza romana posconstantiniana7.
Sería esta una realeza sapiencial con atribuciones sacerdotales según el paradigma del Melquisedek del Génesis, prefiguración del Rex et sacerdos del Antiguo Israel. De acuerdo con la cosmovisión oriental, siempre «jerárquico descendente», el discurso sapiencial bíblico hace de los reyes de Israel «monarcas sabios» en cuanto «ungidos del Señor», siendo su sabiduría un «don del Cielo» y no fruto del estudio. El mejor ejemplo es el rey Salomón, que recibe de Dios la hokhmá (sabiduría) gracias a sus plegarias.
Por tanto, en la realeza bíblica es la Fe y no la Razón la que reina soberana e indiscutida. El objeto de la sabiduría es una Verdad revelada, no hallada racionalmente. Es este un arquetipo teocéntrico y fideísta, de legitimación divina del poder: sapientia a Deo data. Combinada con la idea platónica del rey filósofo buscador del Sumo Bien nacería el arquetipo cristiano del rey sabio.
En el cielo un único Dios y en la Tierra un solo gobernante universal: el kosmokrator. Este emperador debe esforzarse en realizar una mimesis (imitación) de Cristo, Rey de reyes, para así convertir el Imperio Romano en un eikon (imagen) del Reino de Dios, tan universal en la Tierra como el divino lo es en el Cosmos. Y es que la realeza cristiana tomó su forma primigenia en estos momentos a partir de una imagen cristocéntrica y escatológica de un emperador mesiánico. El emperador romano cristiano, encarnado por Constantino el Grande, entraba así en la historia de la Salvación con un papel protagonista, ya que en él se cumplían las esperanzas del pueblo cristiano. En consecuencia con ello, podía ser presentado con rasgos mesiánicos en tanto que hyparchos (vicario) de Cristo y nuevo Moisés8.
Así, por ejemplo, en el Peri Basileias (Discurso sobre la Realeza), compuesto en el año 399, su autor, el obispo Sinesio de Cirene, se dirige al emperador Arcadio instándole a imitar a Dios construyendo y dirigiendo el Estado sobre el modelo celeste, practicando las virtudes de la justicia y la filantropía: «El deber os impone —escribe el obispo— no deshonrar este título de Rey que lleváis al igual que Dios, os impone ligaros, al contrario, a este arquetipo divino, inundar las ciudades de beneficios sin número y a cada uno de vuestros súbditos dispensar toda la felicidad posible».
Este modelo de realeza cristiana «a imagen de Dios», el emperador como Imago Dei terrena, se articuló en torno a los topoi de la santidad y la sabiduría del monarca. En este sentido, Ninoslava Radosevic ha apuntado que el tema platónico del rey-filósofo fue uno de los más profusamente utilizados por los panegiristas del siglo IV que compusieron encomios de los primeros monarcas del nuevo Imperio Cristiano9.
Esta noción del emperador-filósofo cristiano tenía en el siglo IV diferentes niveles de significación. En primer lugar, implicaba un discurso sobre un emperador sabio idealizado que tomaba las decisiones correctas gracias a su educación en la paideia clásica. Además de unos ciertos rudimentos de la teología cristiana y de la Sagrada Escritura, un conocimiento perfecto de la literatura grecorromana y una familiaridad con las gestas de los héroes de la Antigüedad Clásica suponían condiciones necesarias para un buen gobernante cristiano del siglo IV.
Libanio y Temistio insistieron en sus obras en la importancia que tenía una educación profunda y a conciencia del futuro gobernante, en particular una educación en la ciencia del buen gobierno (basileias dioikesis), la retórica (rethorike) y la elocuencia (deinotes logou). De acuerdo con las exhortaciones de Temistio, los emperadores cristianos debían ser philologoi (literatos) tanto como philopolemoi (amantes de la batalla), recompensando con honores a los hombres de letras con talento en la misma medida que a los guerreros heroicos (Orationes, 4, 54a; 5, 63c; 8, 105d; 9, 123b).
En definitiva, el emperador sin educación (agroikoteros anaphaneis basileus) era visto como un monarca no capacitado del todo para el buen gobierno, reduciendo la dignidad imperial a mera ostentación vacía de contenido.
Dentro de esta línea ideológica, se intentó por parte de algunos polemistas paganos denigrar la figura de Constantino presentándole como un rústico palurdo, una mera marioneta de la Iglesia. Resulta particularmente interesante un opúsculo pagano anónimo que se ha conservado, el Anonymus Bandurii. En este panfleto anticonstantiniano se atacaba al primer emperador cristiano esgrimiendo un epíteto despectivo, pupillus, sin duda cargado de connotaciones sapienciales en negativo. Con esto se quería dar a entender desde la facción pagana que Constantino, en cuanto pupilo de la Iglesia, era gobernado por otros, que precisaba de una tuitio (tutela) por parte de un maestro (es decir, un obispo), no estando intelectualmente capacitado para asumir por sí mismo el gobierno del Imperium Romanum.
Una acusación carente por completo de fundamento, dado que Constantino, sin llegar a ser un emperador-filósofo como Marco Aurelio, ha sido definido como el príncipe de mayor formación cultural desde el siglo II. Además, su fuerte personalidad hizo de él un autócrata poco dúctil para sus consejeros y dignatarios.
Ciertamente, en el siglo IV, los emperadores cristianos confiaron su educación o la de sus hijos a preceptores privados. En este sentido sí que eran «pupilos». Pero no por ello eran necesariamente «discípulos» o «seguidores» de sus preceptores. El propio Constantino acudiría al gran sabio cristiano Lactancio, uno de los Padres de la Iglesia latina, para que fuera su preceptor. Una instrucción ciertamente no desaprovechada por el emperador si tenemos en cuenta que el antiguo soldado fue capaz de participar activamente en griego fluido en los enconados debates teológicos del Concilio de Nicea introduciendo nociones de la complejidad de la unicidad de sustancia del Padre y el Hijo.
Por consiguiente, bajo ningún concepto Constantino el Grande fue ni una dócil marioneta de la Iglesia ni tampoco uno más de los palurdos emperadores-soldado de la Roma bajoimperial. Parece ser que se crió en un ambiente cultivado de altos funcionarios palatinos. Allí hubo de recibir una esmerada educación literaria y retórica en latín y griego. Antonio Fontán subraya a este respecto que el emperador converso «fue el primero de los emperadores soldado de su siglo a quien cupo esa fortuna»10.
A Constantino el Grande se le atribuye un texto teológico conocido como el Discurso a la Asamblea de los Santos (Oratio ad Sanctorum Coetum). Este discurso/sermón fue pronunciado por el emperador en Tesalónica el Viernes Santo del año 321 (o 324 según otras dataciones) y nos es conocido debido a su reproducción por Eusebio de Cesárea en su Vita Constantini (IV, 32).
Por otra parte, a pesar de que hay autores que dudan de que Constantino acertara a manejarse con las ideas y fuentes literarias de una obra tan compleja como el opúsculo teológico que se le atribuye. En efecto, resulta innegable que es de una cierta complejidad teológica, ya que hay referencias a la idea platónica del Bien Supremo extraídas del Timeo y se citan la IV Égloga de Virgilio, la profecía de la Sibila Eritrea y pasajes de las obras de Cicerón y Calcidio, así como del Libro de Daniel11. Esto ha llevado a algunos autores a negar la autoría constantiniana o a sostener que su discurso fue posteriormente revisado por alguien que mejoró la calidad literaria de su griego.
A pesar de ello, hay autores como Timothy Barnes que apuntan a que este texto se debió a la propia pluma del emperador (aunque asesorado por dos de sus más estrechos colaboradores, el obispo Osio de Córdoba y Lactancio). Esta hipótesis, formulada por el más solvente de los recientes especialistas en la materia, nos parece la más convincente en el actual estado de nuestros conocimientos.
En la Plena y Baja Edad Media, en el contexto del enfrentamiento entre el Papado y el Sacro Imperio, la Donatio Constantini fue un arma dialéctica, esgrimida por los canonistas hierocráticos, de un lado, y por los publicistas imperiales, de otra parte. Ejemplos de esta instrumentalización dialéctica los encontramos en las polémicas sostenidas a través de la publicística por Juan de París, Egidio Romano, Juan de Viterbo, Guillermo de Ockham, Marsilio de Padua o el propio Dante en la Divina Comedia.
En este contexto de polémica teórica, la Donatio Costantini, sostén por excelencia de la hierocracia pontificia, fue analizada y juzgada negativamente desde la perspectiva teológico-jurídica pero también desde la investigación histórica. En este sentido, la bien conocida revisión crítica del documento por parte del humanista Lorenzo Valla (De falso credita et ementita Constantini donatione) no fue sino una más de las denuncias de la falsificación que aparecerían en el siglo XV.
Pero, ya a mediados del siglo XIV, de la figura de Constantino sometida al pontificado transmitida a la Alta Edad Media por la leyenda hagiográfica del Actus Sylvestri y la propia falsificación del Constitutum, apenas quedaba ya nada y se puede concluir que para entonces la figura del primer emperador cristiano era ya, sobre todo para los defensores de la monarquía, la del Constantino triunfante y autócrata, el glorioso restaurador (restitutor) de Roma bajo una nueva fe. De la leyenda del humilde palafrenero de san Silvestre, tan incómoda para los defensores medievales de la superioridad temporal del Imperio sobre el Papado, apenas quedaba nada al entrar en la Edad Moderna.
Posteriormente, durante los siglos XVIII y XIX, Constantino el Grande fue objeto de su particular «leyenda negra» por parte de un sector anticlerical de la historiografía. Desde la influyente Decline and Fall of the Roman Empire del francmasón Edward Gibbon, se han vertido numerosas descalificaciones sobre la figura del primer emperador cristiano. Por ejemplo, Burckhardt le definió en su día como un «asesino egoísta e irreligioso». Incluso autores rigurosos como Alföldi le han considerado un «supersticioso», mientras que André Piganiol le ha descrito como «un pobre hombre que anda a tientas» y Henri Grégoire le caracteriza como «un segundón sin cultura».
En cuanto a la acusación, tantas veces repetida, que hacía de la conversión de Constantino un mero acto de cálculo y de cinismo político, la historiografía anglosajona de la segunda mitad del siglo XX la ha desmontado con solvencia señalando los elementos estrictamente religiosos presentes en ella12.
En la figura histórica de Constantino el Grande descubrimos hoy a un tenaz y metódico hombre de estado, implacable con sus enemigos sí, pero también a un capaz militar, a un eficaz arquitecto del Estado tardorromano, además de un hombre culto y muy religioso, sinceramente comprometido con la causa de la Iglesia y cuyo largo principado supuso una autentica refundación cristiana de Roma.
De hecho, el inmenso éxito del sueño medieval del Imperio Romano como Sacro Imperio Cristiano, el principal de los mitos políticos que la Edad Media legó a la posteridad (con brillantes epígonos como Carlomagno o Carlos V), no se puede comprender en su justa medida sin la alargada sombra de Constantino el Grande.
Don Antonio Maura, uno de los grandes fabricantes de frases lapidarias que han pasado a la historia de nuestro parlamentarismo (de él es, por ejemplo, la famosa invocación a la transparencia resumida en la petición de « ¡luz y taquígrafos!»), dijo que «la memoria es evidentemente una de las prófugas de la política». La mala memoria forma parte del juego político, y no solo en el pequeño regate y en la necesidad de imponer la conveniencia frente a inoportunas manifestaciones anteriores, sino en momentos graves y trascendentes de nuestra historia. Por ello, el ejercicio del recuerdo es esencial. Sin sectarismo. No como nostalgia ni como desquite, sino, simplemente, como lección. Eso que George Santayana resumió en una frase imborrable que puede leerse en el campo de exterminio de Auschwitz: «Los pueblos que olvidan su historia están obligados a repetirla».
La Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) ha lanzado al mercado de los interesados por la política, no donde habita el olvido, sino justamente donde debe anidar la curiosidad por saber quiénes han sido y qué han hecho los protagonistas de nuestra historia, una serie de biografías políticas de fácil lectura (menos de 200 páginas), confiadas a expertos reconocidos en materia de investigación histórica, que han lanzado su mirada a tres grandes figuras de la reciente vida española: Cánovas del Castillo, Antonio Maura y Francisco Silvela.
Seguir la trayectoria, el pensamiento y la acción política de estos tres personajes, que eran prácticamente contemporáneos (Cánovas, el mayor de ellos, nació en 1828, Silvela, quince años más tarde y Maura, el más longevo, un cuarto de siglo después del artífice de la Restauración), unidos por un ideario común conservador, es acercarse a un periodo vital de nuestra historia en el que hubo, como en todos, luces y sombras, pero en el que se vivieron momentos trascendentales: desde el anarquismo terrorista (que acabó con Cánovas y estuvo a punto de hacerlo con Maura) a la guerra de Cuba y el 98, desde la Semana Trágica al Desastre de Annual.[[wysiwyg_imageupload:3152:height=160,width=100]]
El primero de los volúmenes, dedicado a Cánovas del Castillo, ha sido escrito por Carlos Dardé, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Cantabria, que es un gran especialista en la España de la Restauración. En el libro hace un retrato integral de aquel político malagueño, que concitó muchas antipatías (hasta Ortega no disimuló su total desprecio hacia «la fantasmagoría de la Restauración»), pero que sentó las bases del liberalismo español («el liberalismo conservador», que es el título de la biografía) y que dejó, en medio de las tormentas que rodearon la vuelta de los Borbones a España, una abundante obra de historia y de ensayo. Cánovas es, sin ninguna duda, uno de los personajes que los españoles deberían conocer mejor. Saber algo más que esa famosa definición suya, fruto de su desdeñosa ironía, de que «es español el que no puede ser otra cosa».
Pero Cánovas era profundamente español, alguien que conocía muy bien a sus compatriotas y que pudo decir que creía «haber llevado, con ayuda de mis amigos, una de las más difíciles obras de la historia de España». En la crisis que desembocó en la independencia de Cuba, su posición fue mantener la tesis de que Cuba formaba parte de la nación, a pesar de los 9.000 kilómetros que la separaban de la metrópoli. Winston Churchill, que fue reportero en la guerra del 98 (donde se aficionó para siempre a los puros habanos), escribió asombrado, según cuenta el profesor Dardé, «que los españoles tenían el mismo concepto y usaban el mismo lenguaje para su patria y para sus colonias».
Como también era profundamente español aquel hombre de Palma de Mallorca que tuvo muchas dificultades a la hora de expresarse en castellano cuando llegó, para estudiar Derecho, a la Universidad de Madrid y al que todo el mundo llamaba don Antonio, y el rey, de usted: Maura, del que José María Marco, un experimentado escritor y articulista, con una copiosa y brillante obra a sus espaldas (de la que los lectores de Nueva Revista pueden dar fe), ha trazado un retrato riguroso, preciso y muy interesante, acercándonos los diversos ángulos de una figura de enorme influencia que dedicó su vida entera a la política. Mejor dicho, a la regeneración de la política. Algo que no era fácil, por la inercia del pasado, el caciquismo y la cerrazón de unos y otros. En una de sus horas bajas (que, a juzgar por el perfil que de él traza Marco debieron ser pocas, porque estaba siempre dispuesto para la batalla parlamentaria, en la que se crecía para brillar con fuerza), escribió a un amigo que su oficio era el de «espectador de desastres».
Maura («La política pura», ha titulado su trabajo José María Marco), a pesar de la imagen construida por sus enemigos, que cristalizó en el «Maura, no», como expresión de rechazo total a cualquier fórmula que incluyera su vuelta a la presidencia del Gobierno después de su papel rector en tantos Gobiernos anteriores, fue un habilísimo político de raíces cristianas, tolerante, situado en el centro, que aspiraba a crear una clase media consistente en un país que fuese una democracia y a ser un reformador que hiciera de España una nación de ciudadanos. «Por mí no quedará», dijo una vez, y esa frase fue el lema del ducado de Maura, con que el Alfonso XIII distinguió a su familia. Hizo muchas leyes (como la de la Escuadra, la de Huelga, la antiterrorista), se alió con Cambó en busca de solución para el problema catalán, luchó por sacar a España del aislamiento internacional y acuñó para su partido un eslogan imbatible: «Nosotros somos nosotros».
Creía que no había que anular la política, sino, como decía Silvela, dignificarla. Francisco Silvela es el tercer hombre de esta entrega biográfica de FAES. El libro, dedicado a la memoria de Luis Díez del Corral, ha sido escrito por Luis Arranz Notario, que ha desarrollado su actividad docente y de investigación en la Universidad Complutense de Madrid, y que lo titula «Entre el liberalismo y el regeneracionismo», dos polos que también podrían encuadrar a las dos figuras anteriores. Los Silvela eran tres hermanos, Manuel, Luis y Francisco, todos personalidades destacadas de la vida política y jurídica, pero solo el pequeño —aunque fue un gobernante efímero, como lo define Arranz— llegó a presidente del Gobierno.[[wysiwyg_imageupload:3153:height=159,width=100]]
Cánovas, que no se llevaba bien con él, profetizó que Silvela le sucedería al frente del partido conservador, aunque su gestión no sería un éxito. Pero,¿en qué consiste el éxito en política? Quizá en ser consecuente con las ideas propias, procurando que, como nos cuentan estas tres biografías, algunas se puedan llevar a la práctica y alguien las recuerde. Porque, a fin de cuentas, como dice la escritora mexicana Ángeles Mastretta, «somos lo que dejamos en los otros, lo que recuerdan de uno». Cicerón lo dijo de otra manera: la vida de los muertos es la memoria de los vivos. Los políticos que se recuerdan —podemos decir ahora— son los que valieron la pena. _
Algunos conocíamos ya el trabajo del que parte esta biografía sobre Antonio Fontán. Agustín López Kindler, discípulo del fundador de Nueva Revista, publicó en 2011 una «estrena», como las que cada navidad Fontán enviaba a sus amigos y conocidos. Se trataba de una selección de la correspondencia que maestro y discípulo mantuvieron desde 1959 hasta el fallecimiento del primero, a comienzos de 2010. Todo lo anterior certifica que esta biografía personal de Antonio Fontán está escrita por alguien que le conoció mucho y a quien el propio Fontán tomó como confidente de muchas de sus preocupaciones y empresas.

Estaría de sobra en el contexto de Nueva Revista recordar una vida que, como la de Fontán, estará para siempre vinculada a ella. En este sentido, su publicación sigue recordándole siempre que tiene ocasión. Pero también es cierto que, como director y fundador de Nueva Revista, la faceta pública de Fontán era bien conocida; menos conocidos son algunos de los aspectos en los que se centra López Kindler: su infancia, por ejemplo, los estudios universitarios y su pronto despertar al saber, su vocación al Opus Dei o muchas de las empresas que emprendió al comienzo de su carrera.
Si hay algo que sobresale en toda la biografía de López Kindler son los compromisos de Fontán: su amor a la libertad y su carácter tolerante y abierto en unos momentos políticos difíciles —de ahí la pertinencia del título de héroe—; el valor que otorgaba a la amistad, más allá de las ideologías; su defensa del civismo y la estima con que veía la participación pública; su defensa, asimismo, de la nación española y su visión sobrenatural. Si no fuera ya un lugar común, Fontán podía ser descrito como un verdadero humanista.
A quienes no le conocimos de cerca, pero que sentíamos por él la cercanía que nos transmitían sus escritos, les sorprende el ritmo frenético de sus empresas, las diversas dimensiones de su personalidad y que en ellas sobresaliera siempre con excelencia. Amante de los clásicos, su producción científica no se interrumpió en sus incursiones en el campo del periodismo ni en sus avatares políticos como representante de ese liberalismo clásico, sosegado y moderado que tanta influencia tuvo —y que fue tan importante— en la transición española. Y en esta faceta científica se detiene Kindler en bastantes ocasiones.
Su vocación periodística estuvo relacionada con su pasión por la cultura y por la política, como si el periodismo sintetizara ambas facetas. Creador e impulsor de diversas iniciativas, que todavía perviven, como Nuestro Tiempo o esta misma publicación, más relevante políticamente fue su aventura en el diario Madrid. En cualquier caso, fue también un hombre de enorme generosidad: no tuvo reparos en abandonar sus proyectos más personales para poner en marcha el Instituto de Periodismo en Navarra cuando se lo solicitaron.
López Kindler ha utilizado con acierto su propia correspondencia, pero también una enorme documentación a la que ha tenido acceso. De esa forma, en esta biografía Fontán aparece dibujado con exactitud: se revela como hombre humilde y atento a los demás, como pensador político que supo ver más allá de las circunstancias contingentes problemas más importantes, como certifican sus artículos en Nueva Revista. Es un complemento perfecto, por lo que tiene de personal, de otras biografías que están publicándose también en este momento, pero que se centran en otros aspectos de la vida de este gran hombre.
La innovación es una de las variables más importantes que se pueden aplicar a los nuevos modelos de negocio para diferenciar una empresa de su competencia. Open Business Models es la segunda entrega del autor en relación a la «innovación abierta», que tras el best-seller Open Innovation revolucionó la manera de plantear los negocios en la era del conocimiento, donde demostró que debido a la gestión adecuada de las ideas y las invenciones a nivel global ya no tiene por qué concentrarse el conocimiento en unas pocas y grandes organizaciones, sino que puede ser gestionado por todo el mercado de manera estratégica.

El conocimiento es un recurso de mayor valor en nuestros días. Este bien intangible tiene más valor, cuanto más se difunde. Ponerlo en manos de otros no es un síntoma de debilidad, sino de fortaleza, ya que te sometes a su análisis y a su crítica. Las ideas y el conocimiento útil no está concentrado en unas pocas organizaciones, y por ello, los líderes empresariales deberían adoptar un nuevo modelo de negocio basado en la Open Innovation que permita conocer e incorporar a su organización aquellas invenciones que faciliten alcanzar ventajas competitivas de largo alcance.
En este libro, Henry Chesbrough replantea el enfoque tradicional de negocio desde cero. Se propone un nuevo modelo «abierto» para gestionar la función interna de innovación, donde las empresas deben buscan de forma proactiva fuera de sus redes, las ideas y la propiedad intelectual que necesitan para poder competir en un entorno global.
Se proporciona un instrumento de diagnóstico que le permite evaluar a cualquier gestor su actual modelo de negocio, y explica cómo superar las barreras más frecuentes a la implementación de un modelo más abierto de gestión. Si ya se tiene la empresa en funcionamiento, no se trata de deshacer el actual modelo y desarrollar uno nuevo. El autor incide más en cómo cambiar la filosofía de abrir la estrategia a nuevos socios externos, mejorando con ello las oportunidades de liderazgo y supervivencia en los mercados internacionales.
En Open Innovation, el autor ya nos exponía cómo las empresas deberían abrir sus modelos de negocio para ser más permeables a la innovación, compartiendo y adquiriendo nuevas ideas y propiedad industrial, utilizando aquellos conocimientos que otros no utilizan pero que están desarrollados en el mercado, así como intentar transferir a otras compañías aquellas que no están siendo utilizadas en la empresa. En esta nueva entrega, Chesbrough explica cómo construir nuevos escenarios para buscar nuevas fuentes de ingresos, medidas para aprovechar al máximo dichos escenarios, así como nuevas estrategias para escalar los nuevos modelos de negocio por encima de la relación cliente-proveedor.
Las empresas deben construir mapas de acción para conectar la innovación con la gestión adecuada de su propiedad intelectual. Las empresas líderes del siglo XXI deben crear y capturar valor añadido de sus ideas y sus tecnologías de manera recurrente. La generación de redes estables de trabajo en el entorno del I+D+i ofrece a las compañías de cualquier sector múltiples oportunidades para asegurar sus ventajas competitivas de presente y futuro.
Henry Chesbrough introduce un nuevo conjunto de actores, los llamados «intermediarios de la innovación», como agentes que acercarán las oportunidades de ambos lados, valorizando las tecnologías y formalizando las trasacciones. Se explora el impacto de la protección de la propiedad intelectual en los mercados intermedios de la innovación, así como las estrategias de posicionamiento de mercado en los mercados basados en el conocimiento. La innovación es un proceso en el que hay que invertir grandes recursos, pero la clave está en hacer innovación de forma más eficiente en coste, tiempo y gestión del riesgo de manera adecuada.
Este libro resulta de gran interés para todos aquellos lectores que vean necesaria la conexión de su modelo de negocio, con la gestión de la innovación y la propiedad intelectual para alcanzar ventajas competitivas en el mercado. De sus páginas se extractan múltiples ejemplos de cómo otras empresas lo han hecho, en muchos casos grandes multinacionales pero perfectamente aplicable a pymes de sectores diversos. Entre los ejemplos de empresas que han desarrollado este tipo de modelos con éxito destacan los casos de Procter & Gamble, IBM o Air Products.
Chesbrough, en mi opinión, se vuelve a superar, acercándonos con sencillez a cómo una empresa puede abrir sus posibilidades de futuro, adaptándose a las nuevas realidades del mercado en continuo cambio, y poder así hacer negocios dentro del marco de competitividad y excelencia que reina en la actualidad. En definitiva, este libro debe ser leído por cualquier persona que quiera entender cómo innovar en la economía global del siglo XXI.
Economicina es un libro escrito para que el lector se acostumbre a ver las cosas desde una perspectiva diferente a como lo había hecho antes y pierda cualquier complejo a enfrentarse a la comprensión de los fenómenos económicos». Con tal desparpajo se despacha el autor en el Prospecto del libro, si acaso resultara sencillo despojarse de los prejuicios tras seis intensos años de crisis que llevaron a la prima de riesgo a colarse bajo la puerta de nuestras casas para convertirnos a todos en opinadores de una coyuntura que lo ha puesto todo patas arriba. Da en la diana Julio Pascual (presidente del Instituto de Estudios de Competencia, vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia hasta 2005, cofundador de la CEOE y autor de numerosos libros y artículos sobre Economía y Derecho de la competencia). Acierta de pleno, pues en el debate económico del momento falta objetividad y sobran ideas preconcebidas. El ejemplo más claro lo podemos encontrar en la acalorada discusión a propósito del final de la recesión: ¿Asistimos a los primeros albores de la recuperación o se nos está vendiendo la piel del oso antes de cazarlo? No hay español que resista la tentación de exponer su tesis al respecto.

En este contexto ve la luz Economicina, imprescindible vacuna contra el no saber y contra el «complejo» al que se refiere el autor en el prólogo del libro, que lleva por título Prospecto —como ya se ha mencionado— y que advierte al lector de que no debe tomar Economicina si se encuentra en alguna de las siguientes circunstancias: «Si no está usted dispuesto a cambiar de opinión sobre cualquier asunto económico. Si es usted de los que quieren que sus aseveraciones sean tenidas por incontestables. Si prefiere usted sacrificar la verdad a reconocer que ha estado equivocado antes». Del mismo modo, se recomienda tener «especial cuidado» con el ensayo «si es usted una persona con muchos amigos con quienes frecuenta la conversación, porque cuando haya usted adquirido el hábito de ver alrededor lo que ocurre con ojos nuevos, empleará más tiempo que ahora en las discusiones». O «si usted suele comentar la actualidad con sus jefes porque, como sus puntos de vista van a chocar en lo sucesivo con los de mucha gente, podría usted tener problemas en el trabajo si no extrema la prudencia».
A partir de ahí, manteniendo el tono desenfadado pero sin perder un ápice de rigor, Julio Pascual proporciona diez frascos literarios de diez píldoras cada uno que distribuye en seis dosis de lunes a sábado. «Somos hijos de la miseria», «La mano invisible al revés», «Capítulo sin ángeles pero con ley», «La globalización muestra la miseria pero no la crea», «Vale más un cerebro que un estómago», «Cuando el egoísmo se disfraza de filantropía», «Privatizar los peces para poder comer pescado», «El Estado hace coches y los particulares carreteras», «Lo pequeño no siempre es hermoso» o «Monipodio». Son algunos de los provocadores títulos que el autor ha querido dar a las píldoras de una Economicina que nunca defrauda.
«Cuando los países son pobres, exportan personas. Cuando son ricos, algunos llegan a exportar instituciones. Este modelo simplifica, pero no exagera. En efecto, los países que no son capaces de alimentar todas sus bocas generan emigrantes en busca de una vida mejor. Esta ha sido nuestra historia durante siglos, cuyas postrimerías los mayorcitos todavía recordamos bien. Aún tengo en mi retina la estampa de unos señores bajitos con boina bajándose del tren en Lausana, cada uno con su maleta de cartón atada con cuerdas, aquel verano de 1967 cuando estuve en esa ciudad suiza haciendo prácticas en una empresa; eran españoles que, haciendo de tripas corazón y sin saber una palabra en ninguna lengua que no fuera la propia, habían dejado su casa para buscar una vida mejor en un país extraño pero que le ofrecía una oportunidad de trabajo que el suyo no le daba. Alguno, como mi primo Vicente, hijo de un guardia civil, que no había podido estudiar pero que era trabajador y listo, se fue de obrero y, al poco de llegar, montó una academia para enseñar francés y alemán a los españoles que arribaban, y pocos años más tarde volvió a su Mediterráneo natal como director comercial de la filial española de una renombrada empresa helvética de conservas». El pasaje no está elegido al azar, si bien pueden encontrarse en el libro otros muchos que sintetizan de igual manera el estilo de la prosa y la personalidad del autor. La primera reflexión es que, como buen liberal, Julio Pascual no es hombre dogmático, así que el lector siempre es invitado a extraer sus propias conclusiones. La segunda es que todas las píldoras resultan ser de una vigencia extraordinaria (¿acaso no se marchan hoy muchos españoles a Suiza o a otros países europeos huyendo de una crisis económica con cuya profundidad casi nadie contaba?). Y la tercera: Economicina está escrito de un modo tan ameno que el lector puede empezar el libro un lunes y acabarlo el sábado habiendo «metabolizado» cómoda y gustosamente sus diez píldoras diarias sin ser consciente de lo mucho asimilado por el camino.
Y no quiero cerrar esta referencia sin agradecer a Julio Pascual su recuerdo a Tomás de Mercado, dominico español perteneciente a la Escuela de Salamanca, que ya en el Siglo de Oro de nuestra Historia señalaba nuestros más arraigados errores económicos que, lamentablemente, seguimos reproduciendo en nuestros días.
Lo dice Julio Pascual al final de su Prospecto: «El principio activo de la Economicina es la ciencia económica en estado puro, expuesta de forma sencilla en 60 comprimidos de unas 600 palabras cada uno, que contienen ejemplos de la vida real de todo el mundo, cuya comprensión está prácticamente al alcance de cualquiera». Justo es darle la razón tras haber leído el libro. A usted le pasará lo mismo cuando lo haya hecho. _