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Agustín López Kindler, Antonio Fontán. Un héroe de la libertad

Algunos conocíamos ya el trabajo del que parte esta biografía sobre Antonio Fontán. Agustín López Kindler, discípulo del fundador de Nueva Revista, publicó en 2011 una «estrena», como las que cada navidad Fontán enviaba a sus amigos y conocidos. Se trataba de una selección de la correspondencia que maestro y discípulo mantuvieron desde 1959 hasta el fallecimiento del primero, a comienzos de 2010. Todo lo anterior certifica que esta biografía personal de Antonio Fontán está escrita por alguien que le conoció mucho y a quien el propio Fontán tomó como confidente de muchas de sus preocupaciones y empresas.

«Antonio Fontán. Un héroe de la libertad» de Agustín López Kindler. Editorial Rialp, Madrid, 2013

Estaría de sobra en el contexto de Nueva Revista recordar una vida que, como la de Fontán, estará para siempre vinculada a ella. En este sentido, su publicación sigue recordándole siempre que tiene ocasión. Pero también es cierto que, como director y fundador de Nueva Revista, la faceta pública de Fontán era bien conocida; menos conocidos son algunos de los aspectos en los que se centra López Kindler: su infancia, por ejemplo, los estudios universitarios y su pronto despertar al saber, su vocación al Opus Dei o muchas de las empresas que emprendió al comienzo de su carrera.

Si hay algo que sobresale en toda la biografía de López Kindler son los compromisos de Fontán: su amor a la libertad y su carácter tolerante y abierto en unos momentos políticos difíciles —de ahí la pertinencia del título de héroe—; el valor que otorgaba a la amistad, más allá de las ideologías; su defensa del civismo y la estima con que veía la participación pública; su defensa, asimismo, de la nación española y su visión sobrenatural. Si no fuera ya un lugar común, Fontán podía ser descrito como un verdadero humanista.

A quienes no le conocimos de cerca, pero que sentíamos por él la cercanía que nos transmitían sus escritos, les sorprende el ritmo frenético de sus empresas, las diversas dimensiones de su personalidad y que en ellas sobresaliera siempre con excelencia. Amante de los clásicos, su producción científica no se interrumpió en sus incursiones en el campo del periodismo ni en sus avatares políticos como representante de ese liberalismo clásico, sosegado y moderado que tanta influencia tuvo —y que fue tan importante— en la transición española. Y en esta faceta científica se detiene Kindler en bastantes ocasiones.

Su vocación periodística estuvo relacionada con su pasión por la cultura y por la política, como si el periodismo sintetizara ambas facetas. Creador e impulsor de diversas iniciativas, que todavía perviven, como Nuestro Tiempo o esta misma publicación, más relevante políticamente fue su aventura en el diario Madrid. En cualquier caso, fue también un hombre de enorme generosidad: no tuvo reparos en abandonar sus proyectos más personales para poner en marcha el Instituto de Periodismo en Navarra cuando se lo solicitaron.

López Kindler ha utilizado con acierto su propia correspondencia, pero también una enorme documentación a la que ha tenido acceso. De esa forma, en esta biografía Fontán aparece dibujado con exactitud: se revela como hombre humilde y atento a los demás, como pensador político que supo ver más allá de las circunstancias contingentes problemas más importantes, como certifican sus artículos en Nueva Revista. Es un complemento perfecto, por lo que tiene de personal, de otras biografías que están publicándose también en este momento, pero que se centran en otros aspectos de la vida de este gran hombre.

Henry Chesbrough, Open Business Models

La innovación es una de las variables más importantes que se pueden aplicar a los nuevos modelos de negocio para diferenciar una empresa de su competencia. Open Business Models es la segunda entrega del autor en relación a la «innovación abierta», que tras el best-seller Open Innovation revolucionó la manera de plantear los negocios en la era del conocimiento, donde demostró que debido a la gestión adecuada de las ideas y las invenciones a nivel global ya no tiene por qué concentrarse el conocimiento en unas pocas y grandes organizaciones, sino que puede ser gestionado por todo el mercado de manera estratégica.

» Open Business Models» de Henry Chesbrough. Harvard Business School Press, Boston.

El conocimiento es un recurso de mayor valor en nuestros días. Este bien intangible tiene más valor, cuanto más se difunde. Ponerlo en manos de otros no es un síntoma de debilidad, sino de fortaleza, ya que te sometes a su análisis y a su crítica. Las ideas y el conocimiento útil no está concentrado en unas pocas organizaciones, y por ello, los líderes empresariales deberían adoptar un nuevo modelo de negocio basado en la Open Innovation que permita conocer e incorporar a su organización aquellas invenciones que faciliten alcanzar ventajas competitivas de largo alcance.

En este libro, Henry Chesbrough replantea el enfoque tradicional de negocio desde cero. Se propone un nuevo modelo «abierto» para gestionar la función interna de innovación, donde las empresas deben buscan de forma proactiva fuera de sus redes, las ideas y la propiedad intelectual que necesitan para poder competir en un entorno global.

Se proporciona un instrumento de diagnóstico que le permite evaluar a cualquier gestor su actual modelo de negocio, y explica cómo superar las barreras más frecuentes a la implementación de un modelo más abierto de gestión. Si ya se tiene la empresa en funcionamiento, no se trata de deshacer el actual modelo y desarrollar uno nuevo. El autor incide más en cómo cambiar la filosofía de abrir la estrategia a nuevos socios externos, mejorando con ello las oportunidades de liderazgo y supervivencia en los mercados internacionales.

En Open Innovation, el autor ya nos exponía cómo las empresas deberían abrir sus modelos de negocio para ser más permeables a la innovación, compartiendo y adquiriendo nuevas ideas y propiedad industrial, utilizando aquellos conocimientos que otros no utilizan pero que están desarrollados en el mercado, así como intentar transferir a otras compañías aquellas que no están siendo utilizadas en la empresa. En esta nueva entrega, Chesbrough explica cómo construir nuevos escenarios para buscar nuevas fuentes de ingresos, medidas para aprovechar al máximo dichos escenarios, así como nuevas estrategias para escalar los nuevos modelos de negocio por encima de la relación cliente-proveedor.

Las empresas deben construir mapas de acción para conectar la innovación con la gestión adecuada de su propiedad intelectual. Las empresas líderes del siglo XXI deben crear y capturar valor añadido de sus ideas y sus tecnologías de manera recurrente. La generación de redes estables de trabajo en el entorno del I+D+i ofrece a las compañías de cualquier sector múltiples oportunidades para asegurar sus ventajas competitivas de presente y futuro.

Henry Chesbrough introduce un nuevo conjunto de actores, los llamados «intermediarios de la innovación», como agentes que acercarán las oportunidades de ambos lados, valorizando las tecnologías y formalizando las trasacciones. Se explora el impacto de la protección de la propiedad intelectual en los mercados intermedios de la innovación, así como las estrategias de posicionamiento de mercado en los mercados basados en el conocimiento. La innovación es un proceso en el que hay que invertir grandes recursos, pero la clave está en hacer innovación de forma más eficiente en coste, tiempo y gestión del riesgo de manera adecuada.

Este libro resulta de gran interés para todos aquellos lectores que vean necesaria la conexión de su modelo de negocio, con la gestión de la innovación y la propiedad intelectual para alcanzar ventajas competitivas en el mercado. De sus páginas se extractan múltiples ejemplos de cómo otras empresas lo han hecho, en muchos casos grandes multinacionales pero perfectamente aplicable a pymes de sectores diversos. Entre los ejemplos de empresas que han desarrollado este tipo de modelos con éxito destacan los casos de Procter & Gamble, IBM o Air Products.

Chesbrough, en mi opinión, se vuelve a superar, acercándonos con sencillez a cómo una empresa puede abrir sus posibilidades de futuro, adaptándose a las nuevas realidades del mercado en continuo cambio, y poder así hacer negocios dentro del marco de competitividad y excelencia que reina en la actualidad. En definitiva, este libro debe ser leído por cualquier persona que quiera entender cómo innovar en la economía global del siglo XXI.

Julio Pascua, Economicina

Economicina es un libro escrito para que el lector se acostumbre a ver las cosas desde una perspectiva diferente a como lo había hecho antes y pierda cualquier complejo a enfrentarse a la comprensión de los fenómenos económicos». Con tal desparpajo se despacha el autor en el Prospecto del libro, si acaso resultara sencillo despojarse de los prejuicios tras seis intensos años de crisis que llevaron a la prima de riesgo a colarse bajo la puerta de nuestras casas para convertirnos a todos en opinadores de una coyuntura que lo ha puesto todo patas arriba. Da en la diana Julio Pascual (presidente del Instituto de Estudios de Competencia, vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia hasta 2005, cofundador  de la CEOE y autor de numerosos libros y artículos sobre Economía y Derecho de la competencia). Acierta de pleno, pues en el debate económico del momento falta objetividad y sobran ideas preconcebidas. El ejemplo más claro lo podemos encontrar en la acalorada discusión a propósito del final de la recesión: ¿Asistimos a los primeros albores de la recuperación o se nos está vendiendo la piel del oso antes de cazarlo? No hay español que resista la tentación de exponer su tesis al respecto.

«ECONOMICINA» de Julio Pascual. Unión Editorial, Madrid, 2013

En este contexto ve la luz Economicina, imprescindible vacuna contra el no saber y contra el «complejo» al que se refiere el autor en el prólogo del libro, que lleva por título Prospecto —como ya se ha mencionado— y que advierte al lector de que no debe tomar Economicina si se encuentra en alguna de las siguientes circunstancias: «Si no está usted dispuesto a cambiar de opinión sobre cualquier asunto económico. Si es usted de los que quieren que sus aseveraciones sean tenidas por incontestables. Si prefiere usted sacrificar la verdad a reconocer que ha estado equivocado antes». Del mismo modo, se recomienda tener «especial cuidado» con el ensayo «si es usted una persona con muchos amigos con quienes frecuenta la conversación, porque cuando haya usted adquirido el hábito de ver alrededor lo que ocurre con ojos nuevos, empleará más tiempo que ahora en las discusiones». O «si usted suele comentar la actualidad con sus jefes porque, como sus puntos de vista van a chocar en lo sucesivo con los de mucha gente, podría usted tener problemas en el trabajo si no extrema la prudencia».

A partir de ahí, manteniendo el tono desenfadado pero sin perder un ápice de rigor, Julio Pascual proporciona diez frascos literarios de diez píldoras cada uno que distribuye en seis dosis de lunes a sábado. «Somos hijos de la miseria», «La mano invisible al revés», «Capítulo sin ángeles pero con ley», «La globalización muestra la miseria pero no la crea», «Vale más un cerebro que un estómago», «Cuando el egoísmo se disfraza de filantropía», «Privatizar los peces para poder comer pescado», «El Estado hace coches y los particulares carreteras», «Lo pequeño no siempre es hermoso» o «Monipodio». Son algunos de los provocadores títulos que el autor ha querido dar a las píldoras de una Economicina que nunca defrauda.

«Cuando los países son pobres, exportan personas. Cuando son ricos, algunos llegan a exportar instituciones. Este modelo simplifica, pero no exagera. En efecto, los países que no son capaces de alimentar todas sus bocas generan emigrantes en busca de una vida mejor. Esta ha sido nuestra historia durante siglos, cuyas postrimerías los mayorcitos todavía recordamos bien. Aún tengo en mi retina la estampa de unos señores bajitos con boina bajándose del tren en Lausana, cada uno con su maleta de cartón atada con cuerdas, aquel verano de 1967 cuando estuve en esa ciudad suiza haciendo prácticas en una empresa; eran españoles que, haciendo de tripas corazón y sin saber una palabra en ninguna lengua que no fuera la propia, habían dejado su casa para buscar una vida mejor en un país extraño pero que le ofrecía una oportunidad de trabajo que el suyo no le daba. Alguno, como mi primo Vicente, hijo de un guardia civil, que no había podido estudiar pero que era trabajador y listo, se fue de obrero y, al poco de llegar, montó una academia para enseñar francés y alemán a los españoles que arribaban, y pocos años más tarde volvió a su Mediterráneo natal como director comercial de la filial española de una renombrada empresa helvética de conservas». El pasaje no está elegido al azar, si bien pueden encontrarse en el libro otros muchos que sintetizan de igual manera el estilo de la prosa y la personalidad del autor. La primera reflexión es que, como buen liberal, Julio Pascual no es hombre dogmático, así que el lector siempre es invitado a extraer sus propias conclusiones. La segunda es que todas las píldoras resultan ser de una vigencia extraordinaria (¿acaso no se marchan hoy muchos españoles a Suiza o a otros países europeos huyendo de una crisis económica con cuya profundidad casi nadie contaba?). Y la tercera: Economicina está escrito de un modo tan ameno que el lector puede empezar el libro un lunes y acabarlo el sábado habiendo «metabolizado» cómoda y gustosamente sus diez píldoras diarias sin ser consciente de lo mucho asimilado por el camino.

Y no quiero cerrar esta referencia sin agradecer a Julio Pascual su recuerdo a Tomás de Mercado, dominico español perteneciente a la Escuela de Salamanca, que ya en el Siglo de Oro de nuestra Historia señalaba nuestros más arraigados errores económicos que, lamentablemente, seguimos reproduciendo en nuestros días.

Lo dice Julio Pascual al final de su Prospecto: «El principio activo de la Economicina es la ciencia económica en estado puro, expuesta de forma sencilla en 60 comprimidos de unas 600 palabras cada uno, que contienen ejemplos de la vida real de todo el mundo, cuya comprensión está prácticamente al alcance de cualquiera». Justo es darle la razón tras haber leído el libro. A usted le pasará lo mismo cuando lo haya hecho. _

José María Carabante y Antonio Lastra (eds.), El libro de Kierkegaard

Desgraciadamente, este 2012 ha pasado sin pena ni gloria por una efeméride importante: el segundo aniversario del nacimiento de Kierkegaard. Algunos han publicado obras dignas de relevancia que reflexionan sobre la actualidad de la obra de Kierkegaard; otras editoriales han aprovechado para desempolvar viejos ensayos sobre la figura del jorobado danés. Pero la conmemoración ha sido reducida.

El libro de Kierkegaard, coordinado por Antonio Lastra y José María Carabante, es una forma original de rendir tributo al pensador existencialista y, sobre todo, pensar a partir de él. Así pues, no se centra tanto en estudios eruditos sobre la obra, sino en lecturas, reales o ficticias, que se han hecho sobre la misma: repasar los lectores que ha tenido; repasar asimismo el papel de Kierkegaard como lector. Es importante, a juicio de los editores, resaltar ese aspecto de lectura, pues como indican en la breve introducción que abre el libro es extraño el ejercicio de la verdadera lectura filosófica en una época dominada por la psicología convencional.

Ahora bien, pretender recuperar ciertas lecturas de Kierkegaard solo tiene sentido si, como indica M. Garrido en el primer capítulo, Kierkegaard, como un antecedente del posmodernismo, estuviera rejuveneciendo. A ello pretende contribuir este libro que, alejado del academicismo, no rehúye el compromiso con la seriedad y el rigor. Tal vez porque toda lectura filosófica solo pueda responder a una verdadera vocación filosófica y la vocación, si es veraz, es exigente.

Las lecturas de Kierkegaard, desde Abraham a Tarkovsky, son personales y, por ello mismo, no pueden resumirse en una breve reseña. Se repasan lecturas supuestas y superpuestas —Kierkegaard leyendo a algunos autores, como Sócrates, pero también en ese gesto se percibe a Sócrates leyendo a Kierkegaard—. Aparecen pues, junto con Abraham, Sócrates, Pascal, Lessing, Mozart, Thoreau, Unamuno, Benjamin, Adorno, Peterson, Löwith, Sartre, Steiner y Dreyer, además del mencionado Tarkovski.

Cada uno de los capítulos es personal, como indicábamos, como personales los intereses a los que responde. Pero todos ellos subrayan la pertinencia de un homenaje que va más allá de lo superficial o anecdótico para adentrarse en lo significativo de la relectura kierkegaardiana. Así, en el caleidoscopio que conforman estas lecturas, unas veces resplandece la categoría de la existencia; en otras, la crítica al mundo moderno o el concepto de decisión… De esa forma, los temas propios de la filosofía de Kierkegaard se superponen en este juego de voces y lectores.

Más allá de la calidad de los textos, algo innegable, una cosa resulta más sorprendente: el excelente resultado de una empresa que nació de una forma desinteresada y que con ese mismo desinterés se ofrece al público. Por terminar siendo kierkegaardianos, son las cosas de la vocación propia de cada uno, que se cumple contra viento y marea. Sirva todo ello para honrar la memoria de un autor que, si este libro está en lo cierto, todavía tiene mucho que decirnos.

«Al faro» de Virginia Woolf

La escritora británica Virginia Woolf (1882-1942) consideraba su quinta novela, Al faro, como una de sus más valiosas creaciones literarias. Así lo indica ella misma en las anotaciones de su diario, al exponer su estado de ánimo durante la fase de escritura:

Escribo ahora con mayor rapidez y libertad que

ninguna otra cosa que haya hecho en toda mi vida;

más —veinte veces más— que cualquier otra novela.

Creo que esto demuestra que estaba en el camino correcto

y que es aquí donde podré cosechar los frutos

que alcance mi alma.

Confirman esta opinión los medios más solventes de la crítica británica, que ha incluido Al faro entre las novelas más destacadas del panorama literario del siglo XX en Gran Bretaña.

Se trata de un relato de carácter introspectivo, muy del gusto de la autora, en el que las reflexiones íntimas y los sutiles conflictos emocionales que surgen de las relaciones personales, ocupan un lugar destacado en perjuicio de una trama argumental que se convierte, como la discutida visita a un faro perdido y sin importancia, en elemento secundario, aunque su sombra se cierne de principio a fin sobre los protagonistas.

La acción se inicia en el transcurso de unos días de descanso que el matrimonio Ramsay disfruta en su mansión de la isla de Skye, perteneciente al archipiélago de las Hébridas, en Escocia. La señora Ramsay propone una excursión en barca a un faro solitario que ejerce sobre ella cierta fascinación. Su deseo tropieza con la negativa del marido, que lo considera arriesgado por la inseguridad del tiempo y el mal estado de la mar. La falta de acuerdo y el hecho de que su hijo James apoya la propuesta de su madre, crea una sobrecarga de tensión entre los discrepantes. En la velada participan varios invitados, entre los que destaca la pintora Lily Briscoe, mujer tímida e insegura a la que anima la señora Ramsay a cultivar sus aficiones artísticas y de la que se erige en mentora y consejera. Queda así esbozado en la primera parte del relato que transcurre apenas en dos días, el marco ambiental en el que se desarrollará, diez años más tarde, el desenlace de la acción. El episodio se sitúa en el mismo lugar de la isla Skye, al que acuden los supervivientes del anterior encuentro, ya que varios de los presentes en el episodio anterior, incluida la señora Ramsay, han fallecido. Tal vez movidos por su recuerdo, el viudo y sus hijos emprenden la aplazada excursión al faro, circunstancia que permite a la autora transitar por ese complicado mundo de afectos y ensoñaciones que integra por la vía sentimental, después de una pausa reflexiva, las dos secuencias en una misma representación escénica.

Virginia Woolf, mujer de exquisita formación, miembro distinguido de los refinados ambientes de la cultura, el arte y las letras en la Inglaterra de principios de siglo XX, refleja retazos de su propia biografía a través de la señora Ramsay. Late en su novela un cierto sentido del dolor, la vida y la muerte, como si la autora presintiera en la dama protagonista el destino que le aguardaba cuando decidió suicidarse, incapaz de soportar el sufrimiento de graves desajustes emocionales, que provocaban en Virginia largos periodos depresivos que, ni siquiera al pensar en el amor que su marido le profesaba, lograba superar.

«Absalón, Absalón», de William Faulkner

Los Sutpen, una familia americana, son los protagonistas de la historia narrada en Absalón, Absalón. La acción se sitúa en un lugar inexistente, el imaginario condado de Yoknapatawpha, en el estado de Misisipi. Los narradores aspiran a ofrecer una reconstrucción lo más cercana posible a la realidad del drama protagonizado por la saga de los Sutpen como representantes de otras muchas familias del Sur de los Estados Unidos que sufrieron los efectos de una guerra sangrienta que, además, perdieron frente a la pujanza de la industria del Norte.

William Faulkner (1897-1962) maestro innovador en la técnica narrativa de largas parrafadas y complicada sintaxis, imitada más tarde con gran éxito por Gabriel García Márquez, refleja con fidelidad las raíces del problema que enfrentaba en los campos de batalla a los ejércitos de la Unión y de los Confederados.

A través de los Sutpen, la novela plantea la complejidad de las cuestiones, debatidas, que no se reducían tan solo a la abolición de la esclavitud, sino que abarcaban además formas y medios de vida, sistemas de producción económica, valores familiares, cultura, tradiciones, sentido del honor, valores que los Sutpen ven caer a su alrededor impotentes, hasta quedar destruidos, arruinados y extinguidos como pequeña sociedad familiar.

Los personajes están basados, en buena medida, en hombres y mujeres que poblaron el entorno del novelista

Si bien se trata de una obra de ficción, resulta fácil percibir rasgos de la propia biografía del autor plasmados en numerosos pasajes de la novela. Como ocurre con frecuencia, observar la biografía del autor, en este caso William Faulkner, nos puede servir de gran ayuda para comprender aspectos fundamentales de su obra literaria y del carácter de sus personajes, en buena medida basados en hombres y mujeres que poblaron el entorno del novelista.

No en vano Faulkner nació el año 1897 en la localidad de New Albany (Misisipi) en el seno de una familia tradicional, a la que podemos atribuir con fundamento una cierta afinidad con los ideales defendidos por los sudistas en la guerra civil. El mítico lugar de Yoknapatawpha, del que son oriundos los Sutpen, se reconoce en el actual condado de Lafayette, mientras parece evidente que una parte de los episodios y de los personajes que aparecen en Absalón, Absalón encarnan una versión literaria del testimonio de personas que sufrieron de cerca las consecuencias de aquella guerra que duró cinco largos años: 1861-1865.

El resultado es una gran historia de sufrimientos, heroísmos y bajezas, descrita sin pasiones, que admite diversidad de puntos de vista, no coincidentes, a través de los cuatros narradores que ven la realidad compleja y difícil de abarcar, ambientada en lugares y familias imaginados que ofrecen sin embargo símbolos paralelos de un mundo que fue real.

«Finnegan’s Wake», de James Joyce

Vaya por delante una advertencia: no es posible leer sin frustración Finnegan’s Wake en castellano. Si no me equivoco, solo existe una traducción completa de la obra que es casi inencontrable, aunque puede leerse una selección en los clásicos universales de Cátedra. A mi juicio, todo intento de traducción, aunque en sí mismo merece el elogio, está condenado a la traición del original. No es posible tener en cuenta todo lo que Joyce quiso transmitir en cada línea y en cada palabra sin desertar el sentido y la forma original, tan relevante en esta obra. Es decir, una nueva versión de Finnegan’s Wake, en cualquier lengua, exige tener en mente otro Finnegan’s y, por tanto, ser otro Joyce. ¿Quién se atreve a ello? Porque a decir verdad tampoco es fácil leerla en inglés, teniendo en cuenta que es un texto experimental, abstruso, desordenado y difícil. Es posible que en las ediciones al uso ocupen más espacio las notas a pie de página que el cuerpo principal. Cosas que tiene la innovación.

Joyce llevó hasta el extremo en este caso las posibilidades del lenguaje y tal vez por ello ya merezca un lugar de honor en el panorama de la literatura universal

Porque por lo que se refiere a la experimentalidad, muy pocas obras pueden asimilarse a esta de James Joyce, en la que no solo hay asociaciones personales o intrincados párrafos, sino que las propias palabras están mezcladas en sus lexemas. Joyce llevó hasta el extremo en este caso las posibilidades del lenguaje y tal vez por ello ya merezca un lugar de honor en el panorama de la literatura universal. Fíjense si no en la novedad que representa la continuidad entre el principio y el final, por ejemplo.

Incluir Finnegan’s en el canon de una biblioteca clásica no significa que sea una lectura para todos ni que cualquiera sea capaz de digerirla. Pero ya es hora de hacer comprender que también la cultura es lo difícil, por más que se intente simplificar su digestión con manuales sobre lo que conviene saber. La experiencia de leer y de acercarse, al menos en las traducciones disponibles, a algunas líneas de Finnegan’s es algo que no conviene perderse: arduo y difícil, pero bello e irremplazable.

Se trata, pues, de un texto denso, de una oscuridad creciente. Como una mezcolanza de sueños, historias, tradiciones, todas presentadas en una aglomeración rítmica. Joyce señaló que Finnegan’s le supuso tanto trabajo (más de quince años) y lo hizo tan complejo que ocuparía durante siglos a los expertos. Sin duda lo consiguió. «Un camino solitario al final, amado, junto al…» termina y comienza siempre de nuevo.


La imagen de este texto es de Alx. Morozov. Se encuentra en Wikimedia Commons con licencia CC-BY-4.0. Se puede consultar aquí. 

«El extranjero», de Albert Camus

El extranjero, publicada en 1942, es la primera novela del escritor francés Albert Camus (1913-1960). Tanto sus ensayos como sus novelas encarnan lo mejor de la literatura existencialista de la Europa del siglo XX, aquella que enfrenta al hombre contra su destino y que analiza el sentido de la vida desde una perspectiva novedosa y nihilista, ya que Camus, como se aprecia en El extranjero, rechazó el cristianismo, el marxismo y también el existencialismo como soluciones individuales y colectivas.

El argumento de El extranjero cuenta la anodina vida de Meursault, un joven oficinista argelino que un día recibe la noticia del fallecimiento de su madre. La manera de encajar esta noticia es ya un buen ejemplo de su indiferencia existencial, pues Meursault, que no derrama ni una lágrima, no hace de ello un drama ni una tragedia, ante la sorpresa de los responsables del asilo y de algunos de los compañeros de residencia de su madre. Meursault incluso está deseando que el entierro acabe cuanto antes para regresar de nuevo a su casa.

Al día siguiente, como no sabe qué hacer, decide ir a la playa. Allí se encuentra con María, una antigua compañera de trabajo, con la que inicia una intensa y acelerada relación. Por la tarde van juntos al cine y después pasa la noche con Meursault. La novela describe también los vecinos y el ambiente que rodea su vida, todo bastante mediocre, gris y deprimente.

A Meursault todo le da lo mismo, incluso su relación con María. Raimundo, uno de sus turbios vecinos, le invita a pasar un día en una cabaña cerca de la playa. Meursault y Raimundo, que puede estar involucrado en peligrosos asuntos, ven cómo un grupo de árabes les sigue. Con ellos incluso tienen un altercado, que acaba con Raimundo herido. La cosa no acaba ahí. Meursault vuelve a encontrarse con uno de aquellos árabes. Ante las amenazas de este, y sin saber muy bien por qué, Meursault saca su pistola y dispara al árabe, al que hiere de muerte. Luego, con parsimonia, le dispara cuatro veces más para rematarlo.

La segunda parte transcurre en el calabozo y en la audiencia, donde se juzga su asesinato. Tanto el abogado como el juez no entienden su actitud desangelada, pues Meursault no muestra la más mínima señal de arrepentimiento. En una conversación con el juez de instrucción, confiesa también que no cree en Dios y, por tanto, tampoco le da mucha importancia ni a su vida ni a su futuro. Ninguno de los interrogatorios a sus compañeros y vecinos aporta nada positivo al carácter de Meursault. El jurado le declara culpable y le condenan a muerte. En la celda, más que sentirse arrepentido lo que está es aburrido por todo lo que le ha pasado. En sucesivas ocasiones rechaza entrevistarse con el capellán, ya que no cree en Dios. Meursault aguarda pasivamente a que se cumpla la sentencia.

¿Por qué un personaje tan escéptico y desapasionado sigue llamando tanto la atención? ¿Qué tiene esta novela para que siga siendo un referente literario y existencial? Camus dio forma con este insípido drama al desencantado estado de ánimo del hombre del siglo XX. Nada le llama la atención ni le apasiona. No cree en la comunidad, ni en la política, ni en la religión. Su dramático atractivo es su persistente indiferencia. Para Meursault, nada tiene importancia, pues su vida no tiene sentido. Por eso no monta ningún numerito en el juicio ni cae en una agónica y depresiva crisis existencialista. Lo que sigue sorprendiendo es su radical pasividad y su total ausencia de valores. Su desidia puede ser la del hombre del siglo XX que no acaba de encontrar su sitio en el mundo y que desconfía de las grandes ideologías redentoras. En su apático desdén existencial reside su atractivo, también literario.