Otro quinto centenario: el de Luis Vives

Antonio Fontán

El filósofo valenciano Juan Luis Vives, que fue uno de los cuatro grandes pensadores europeos del primer tramo del siglo XVI, nació el seis de marzo de 1492. (Según ciertos cálculos, el 93. Pero hay un acuerdo tácito y general entre los estudiosos para que este año se celebre el quinto centenario). Sin ser de tanta trascendencia como el de Granada o el del Descubrimiento, no es nada desdeñable, e incluso resulta complementario de aquellos fastos mayores, desde el punto de vista de la cultura española y de su vocación histórica.

Luis Vives significa nuestra dimensión europea y la modernidad cultural. Los nombres de los otros tres personajes que forman la cuadriga intelectual de su tiempo, dicen más que un largo discurso: el holandés Erasmo, el inglés Moro y el francés Budé (o Budeo). Amigos además los cuatro, se conserva un buen número de cartas, de las muchas que se escribieron unos a otros en todas las combinaciones posibles entre cuatro elementos. Todas en latín, por supuesto, como el resto de sus obras —salvo los escritos ingleses de Moro—. El latín renovado, el de los humanistas, que era la lengua de la cultura, de la religión y de la vida internacional de su tiempo.

Luis Vives significa nuestra dimensión europea y la modernidad cultural

Los cuatro ejercieron una poderosa influencia en las ideas, en las conductas, en el estilo cultural y hasta en la política de su tiempo. Vives y Erasmo no ocuparon cargos públicos, pero Budé fue lo que hoy se llamaría ministro y Moro, jefe de gobierno. Los cuatro se movieron con soltura en los círculos de la influencia y del poder. Uno solo, Erasmo, era clérigo.

Clasicismo y Cristiandad

Con ellos quedó asentada la síntesis de Antigüedad y Cristianismo —o clasicismo y cristiandad— que es el signo de identidad y la base de partida de la Europa moderna. Poco importa a estos efectos que libros de Erasmo fueran prohibidos o declarados sospechosos por algunos «ultras» de entonces, que esos mismos celantes, o gente próxima a ellos tuvieran reservas con Vives o que a Budé se le reprocharan proclividades calvinistas, que nunca fueron demostradas. Lo mismo podía haber ocurrido con Moro, autor de la Utopía, si el martirio por la Fe no lo hubiera envuelto en un halo de santidad antes de que lo pusieran en la picota de los índices.

Vives, además, era judío, y judíos sus padres y sus abuelos, como quedó palmariamente demostrado en 1964, cuando el erudito historiador José María de Palacio, publicó los procesos inquisitoriales de la familia. El padre fue condenado a muerte, y ejecutado en 1524, por «judaizar» en 1524, sin que el hijo, enormemente afectado por el drama del hogar, que conocía a todos los poderosos y era apreciado por ellos, pudiera hacer nada para evitarlo o aliviar la condena. Quizá por eso no quiso volver a la Península ni a su Valencia natal. Trasladó a sus hermanas a Flandes, que también era de la corona de España, pero sin inquisición. (Hay un misterio que no podrá desvelarse nunca: en qué medida el «judaizar» en ceremonias y costumbres de algunos, o de muchos, conversos, después de la expulsión de su raza, era una afirmación de identidad más que una verdadera y reflexiva apostasía).

Allí, en Brujas, Vives, cuya ortodoxia cristiana nunca puso nadie en duda, contrajo matrimonio, en 1525, con la joven Margarita Valdaura, de origen valenciano también y de familia igualmente de mercaderes y judía, pero piadosa cristiana como su propio marido.

Pero, en todo caso, a efectos de lo que aquí me interesa ahora, basta retener que el filósofo Vives, judío de raza y cristiano ortodoxo —e incluso buen teólogo— de religión, no era un cuerpo extraño en la cultura particular de España ni en la de la Europa de su tiempo.

En el vestíbulo de acceso a la vieja Universidad de Lovaina se conserva una fuente sobre la que vierten —o vertían— dos canalillos distintos, cuyas aguas se juntaban en la taza. Eran el símbolo de las dos lenguas sabias, la griega y la latina, de las que manaba la sabiduría.

El símbolo es aplicable en su sentido literal, el de la inscripción que la acompaña, al Vives que, por poco tiempo, estudió allí y allí enseñó, no por mucho más. Pero también es la expresión de la obra cultural de Vives y de sus colegas de cuadriga: la fecunda armonización de clasicismo y cristiandad, o sea, la civilización europea.

Mensaje humanista

El quinto centenario va a dar lugar a una seria profundización en el mensaje humanista de Vives, así como a un mejor conocimiento de sus obras, a una depuración de los textos y una interpretación global de su personalidad. En los últimos veinte años se han publicado casi veinte libros importantes acerca del filósofo de Valencia y se han editado con un texto mejor que el de que se conocía antes media docena de volúmenes.

Ahora ya han empezado a aparecer los primeros brotes de la presumible inundación vivista del 92. En Valencia acaba de ver la luz el estudio de Gómez Hortigüela, cuyo título es toda una declaración de las conclusiones de su investigación: «Luis Vives, dice, o el compromiso del filósofo».

Pero, ¿cuál es el mensaje de Vives para un tiempo como el nuestro? En la cultura española más reciente Vives ha tenido buena suerte. Se enamoraron de él tradicionales y renovadores. Lo admiran Menéndez Pelayo, Bonilla, Sainz Rodríguez, Ortega y Marañón. Para el primero es el paradigma de la originalidad filosófica de España y un precursor de la nueva psicología y del empirismo escocés del XVIII. (Siempre don Marcelino a la busca de la «ciencia española»).

Para Ortega, Vives fue el primer intelectual «serio» del Continente. Su más poderosa originalidad consistió en el ensayo de ser «formal». Lo más duradero y representativo de su obra, el tratado de las pasiones, más moderno que su época y que él mismo, del que se ha ocupado otro español, Carlos Noreña; y su condición de «antropólogo», también avant la lettre, (hoy diríamos más bien antropólogo y sociólogo). Su opus maius, la voluminosa enciclopedia «sobre las disciplinas», que Ortega propone traducir por «tratado de la cultura» y que es, dice, la primera reflexión del hombre occidental sobre su cultura, el primer signo de la modernidad del autor.

Esta cultura es la de un ser social: «el hombre fue creado por Dios para la sociedad en esta vida mortal, y en la otra que no tendrá fin», escribió Vives en una especie de declaración de principios.

Semejante afirmación arrastra importantes consecuencias, no sólo para restaurar el derecho —que es de lo que se trata en el lugar de la frase—, sino para organizar la vida social sobre la base de una ética que se desprende de esa concepción del ser humano.

Para Vives, la propiedad de los bienes ha de tener una función social, sin que valgan los viejos conceptos quiritarios; los gobernantes han de velar por el bienestar de los gobernados y asegurárselo; la guerra no puede ser justa y la guerra entre cristianos es una aberración.

Este Vives moderno y precursor, para el que no es concebible una política sin ética, ni una antropología sin trascendencia, tiene algo que decir a nuestro país y a nuestro tiempo

Este Vives moderno y precursor, para el que no es concebible una política sin ética, ni una antropología sin trascendencia, tiene algo que decir a nuestro país y a nuestro tiempo. En el centenario de los descubrimientos uno se inclina a contemplarlo como un explorador del continente de la modernidad y de las honduras del espíritu, como un estímulo para una nueva sociedad en que sea posible restaurar, conforme al estilo y a las exigencias de los tiempos nuevos, las armonías de modernidad y tradición, cultura y espiritualidad que él descubrió adentrándose en los saberes y en la condición humana.

P.S. En este mismo año noventa y dos hay más (quintos) centenarios. En agosto se cumple el de la primera gramática castellana, que fue también la primera de una lengua moderna. El libro termina con el siguiente colofón: «Acabose este tratado de Grammatica que nuevamente hizo el maestro Antonio de Lebrixa sobre la lengua castellana. En el año del Salvador de MCCCCXCII a XVIII de agosto. Empresso en la muy noble ciudad de Salamanca». Pero eso ya lo explicaremos cuando toque.