Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 Nov 1990 - 4min.
Autor: María Luisa Luca de Tena.
Obra: «Un millón por una rosa.»
Teatro :Príncipe Gran Vía.
Precio: 1.800 pesetas.
Dirección: Ramón Ballesteros.
Reparto: (Por orden de intervención). Pilar del Río, Rafael Castejón, Vicente Parra, Luisa María Payán, Jorge Barreiro.
La especie de mujeres dramaturgas no es muy poblada. En las salas comerciales se limita a los nombres consolidados de Ana Diosdado y María Manuela Reina. Más fecunda esta última en las últimas temporadas. A partir de ahora se podrá contar con un trío de damas, tras la incorporación a los escenarios de María Luisa Luca de Tena, que no sólo pone la tradición literaria del apellido a disposición del público sino también un auténtico oficio escenográfico a pesar de que Un millón para una rosa es la primera obra que estrena en una sala comercial.
La primera impresión que deja esta comedia dramática, de tono moralista como es obligado en toda comedia dramática que se precie de serlo, al menos desde los tiempos de Casa de muñecas, es que María Luisa Luca de Tena, a pesar de estrenarse en el oficio, sabe muy bien lo que se hace. Un millón para una rosa es teatro en el sentido más pleno de la palabra. Es obra de autor que tiene sentido del tablado, intuición de los personajes, perspicacia para la fabulación de la trama, capacidad para representarse escénicamente la acción y desenvoltura para la articulación del diálogo. Si hay acción, fábula, trama, personajes y diálogo, hay lo esencial para que haya teatro. Así que María Luisa Luca de Tena domina lo esencial para captar la atención del espectador, mantener el interés del público, desarrollar la intriga y entretener mediante un diálogo vivaz y realista. En esta primera obra, sin embargo, se manifiesta la falta de dominio del detalle, al menos de algunos detalles relativos a la verosimilitud de la puesta en escena global y a la coherencia interior de la acción dramática. Con ánimo de puntualizar estos aspectos, lo que no significa la invalidación del conjunto, sino muy al contrario su confirmación, se añaden los comentarios que siguen.
La idea de María Luisa Luca de Tena es ingeniosa, en sí misma válida, y no falta de tradición dramática. Reúne un grupo de personajes, en un presente inicial, con objeto de reflexionar sobre las circunstancias que les han conducido a una situación límite. Un joven drogadicto de buena familia pide explicaciones a sus padres, a un tío paterno y a su novia acerca de una conducta hipócrita que ha motivado su desarraigo, su desilusión y, en suma, su abandono al paraíso artificial. A partir de este presente, la acción se convierte en retrospectiva. Como Priestley, la autora juega con el tiempo, aunque el tiempo no sea, como en Priestley, el entorno filosófico de la acción. Pero Luca de Tena conjuga con habilidad los saltos temporales, en los que el presente se concibe como momento de reflexión dilucidatoria del pasado.
La deficiencia del detalle procede de la excesiva carga narrativa que la autora concentra en secuencias temporales brevísimas. Resulta difícilmente verosímil que una veinteañera, por alegre y desenvuelta que sea, se enamore platónicamente en dos horas de un profesor, por sugerente que sea. La falta de fluidez en los enlaces narrativos desemboca en salidas y entradas de los personajes cuya acción queda, en ocasiones, desacompasada y arrítmica. También la exposición del conflicto moral de los protagonistas resulta demasiado explícita y elemental, falto de la conveniente sutileza. Concretamente las disquisiciones sobre su reverencial servidumbre hacia el dinero, como motivación principal de sus actos, resultan un poco elementales.
La representación de los actores es convincente y verosímil aunque adolece de esas arritmias de la trama. Vicente Parra encarna un tipo de profesor bohemio, desilusionado y literario, recluido en las limitaciones de su profesión de catedrático de instituto provinciano. Una figura, algo idealizada en el texto, que sirve de contrapunto moral al resto de los personajes: Fonso, el hijo drogadicto (Rafael Castejón); Silvia, la madre que sacrificó la ilusión amorosa a una vida acomodaticia (Luisa María Payán); Ramón, el padre en cuya actividad empresarial va más allá de lo que la ley y la prudencia aconsejan (Jorge Barreiro); y Patricia (Pilar del Río), cuya frivolidad no está exenta de amargura y de ingenuidad. Todos ellos bien dirigidos por Ramón Ballesteros, quien concentra en un mismo decorado ambientes que exigen marcos escenográficos diferentes.