Likeness and Presence. A History of Image before the Era of Art

De Hans Belting. Trad. de E. Jephcott The University of Chicago Press (Chicago, 1994), 700 págs.

María José Fontán

El arte, como todo el mundo sabe, es un invento reciente. La serie de objetos que llamamos obras de arte son realidades recientemente inventadas por instancias que difieren entre sí por su carácter individual o institucional, pero que comparten con su producto (las obras de arte) que también ellas son recientes invenciones: el artista, el crítico, el galerista, los museos, el mercado de arte, la estética y la historia del arte como disciplinas académicas. Sin embargo, nosotros concebimos todo eso como algo tan natural como un paisaje (otro invento reciente): así que lo peculiar de nuestra espontánea percepción de las obras de arte como objetos naturales es que no cae en la cuenta de hasta qué punto no es espontánea ni natural.

Algunos teóricos del arte o de la estética han tenido la gentileza de hacernos caer en la cuenta de eso, y la perspectiva que se gana al leerlos es enorme. Hans Belting, especialista en arte medieval, comparte con teóricos como Benjamin, Heidegger, Gadamer o Kosuth la presencia de nuevas ideas, y con historiadores como Panofsky o Gombrich la abundancia de datos, de información y de pruebas sobre lo que dice (en este caso, por ejemplo, un valioso apéndice de textos históricos sobre la historia y el uso de las imágenes).

Esta traducción inglesa de su libro sobre el paso de la imagen de culto (Kultbild) a la obra de arte (Kunstbild) —un libro celebrado unánimemente entonces por la crítica— comienza con el estudio de las imágenes sacras de la antigüedad, cuando las que hoy (en lo que Belting llama la era del arte), eran consideradas, usadas y veneradas como imágenes de lo divino. De allí pasa al proceso iniciado en el Renacimiento y la Reforma, cuando el arte sale del mundo común y mezclado de la vida para pasar al ámbito restricto del arte, cuando lo que domina en las imágenes es su cualidad estética y su carácter propiamente artístico.

Volviendo al principio: El libro de Hans Belting es una soberana maravilla por muchas razones (profundidad, estilo, documentación), pero sobre todo lo es por una: muestra que el arte es, al mismo tiempo, lo más natural del mundo (porque siempre ha existido) y lo menos natural del mundo (porque siempre ha cambiado). Pertenece al mundo a medio hacer que nos es propio a los seres humanos, que somos naturalmente culturales y culturalmente naturales: por eso, el que en el fondo de este libro fascinante opere esa vieja y continua articulación entre lo natural y lo artificial —sin la que no nos entenderíamos a nosotros mismos— nos explica nuestra visión actual del arte y con ella uno de los rasgos más radicales de nuestra época. Sin restar nada a la peculiariedad de las bellas artes, nos describe además el sentido humano del arte como aquello que los hombres —especialmente algunos— hacemos con lo que nos pasa, para que lo que nos pasa no pase del todo.